¿Que por qué no me largué? Ah, sí, vale, porque soy imbécil.

Me sentí… Bueno, no sé cómo me sentí. Aquello no parecía real. Tenía pinta de ser la versión gótica de un culebrón de los malos, pero en vez de ser el empollón marginado del instituto a punto de pedirle a la jefa de las animadoras que sea su pareja en el baile de graduación, yo era el tipo que había quedado segundo, el hombre lobo a punto de pedirle a la esposa de la vampira que abortara a su engendró que por una maldición llego a si vientre, para que pudiera seguir felizmente casada y yo en plan infeliz por siempre.

Sí iba a hablar con ella e intentaría que me hiciera caso. Y ella pasaría de mí, como de costumbre.

Regina no efectuó comentario alguno ni replicó a mis pensamientos mientras marchaba primera de vuelta al edificio. ¿Por qué había elegido un lugar tan lejano para la conversación?

¿Había buscado un sitio lo bastante apartado de la casa como para que su familia no pudiera escuchar los susurros?

Era probable, a juzgar por las miradas llenas de recelo y confusión que nos lanzaron los demás Mills en cuanto traspasamos el umbral. Ninguno parecía disgustado o enojado, lo cual me llevó a concluir que ninguno de ellos había oído nada del favor solicitado por Regina.

Vacilé en el quicio de la puerta sin saber qué hacer. Allí se estaba mejor, pues todavía llegaba del exterior algún ocasional soplo de aire respirable.

Regina se encaminó hacia el corrillo de vampiros con gesto envarado. Emma le dirigió una mirada ansiosa antes de mirarme a mí, y luego de nuevo a ella.

La tez de sus mejillas adquirió un tono ceniciento. Entonces comprendí a qué se refería su esposa cuando aseguraba que empeoraba en situaciones de estrés.

—Vamos a dejar que Graham y Emma hablen en privado —anunció Regina con una voz completamente inexpresiva, como de un robot.

—Por encima de mi cadáver —replicó Zelena con un siseo sin apartarse del lado de Emma.

Mantuvo una mano reposando sobre la mejilla chupada de la enferma con gesto posesivo.

Regina ni la miró.

—Emma —prosiguió con el mismo tono monocorde—. Graham desea hablar contigo. ¿Tienes miedo de quedarte a solas con él?

La interpelada me miró con desconcierto y luego contempló a Zelena.

—Está bien, Zel. Graham no va a hacernos daño. Ve con Regina.

—Quizá sea una trampa —le previno la pelirroja.

—No veo cómo —contestó Emma.

—No vas a perdernos de vista ni a Henry ni a mí, Zelena —intervino Regina. El timbre desapasionado de su voz se desvaneció en parte y dejó entrever una nota de ira—. Es a nosotros a quienes teme Emma.

—No —replicó la aludida en voz baja. Tenía los ojos relucientes y las mejillas llenas de lágrimas—. No, Regina, yo no…

Ella sacudió la cabeza y esbozó una leve sonrisa, pero daba grima mirarla.

—No pretendía expresarlo de ese modo, Emma. Estoy bien, no te preocupes por mí.

Deprimente. Ella tenía razón. Emma se estaba castigando a sí misma por herir los sentimientos de su esposa. La chica era la típica mártir, pero había nacido en el siglo equivocado. Debía haber vivido hace un porrón de años, cuando podía haberse ofrecido como comida para los leones por una buena causa.

—Salgamos todos —instó Regina, señalando la puerta con un gesto envarado de la mano—. Por favor.

Intentaba mantener la compostura como deferencia hacia Emma, pero estaba a punto de perderla.

Me di cuenta de lo cerca que estaba de ser otra vez la mujer consumida por el dolor que había visto fuera de la casa, y los demás también, de modo que se dirigieron a la puerta en silencio; y en un pispas, porque en dos latidos de corazón sólo quedaron en la habitación Zelena, dubitativa en el centro de la sala, y Regina, expectante junto a la entrada.

—Quiero que salgas, Zel —aseguró Emma con un hilo de voz.

La pelirroja fulminó a su hermana con la mirada y le indicó con el dedo que abandonara la habitación ella primero de todos. Ella cruzó la puerta y la muñeca le imitó, no sin antes haberme dedicado una mirada de advertencia.

Una vez a solas, crucé la estancia y me senté en el suelo junto a Emma. Le tomé sus heladas manos con las mías y se las froté con cuidado.

—Gracias, Graham, qué gusto…

—No voy a mentirte, Emms, tienes un aspecto horroroso.

—Lo sé —repuso con un suspiro—. Debo de dar miedo.

—Más que La cosa del pantano —convine.

Ella se echó a reír.

—Cuánto me alegra tenerte aquí. Sonreír me sienta bien. No sé si sería capaz de soportar otro drama.

Puse los ojos en blanco.

—Vale, vale —admitió ella—. Soy yo la que lo lleva siempre encima.

—Sí, eso es. ¿En qué estabas pensando, Emms? ¡De verdad…!

—¿Te ha pedido ella que me eches un sermón?

—Algo así, pero no logro comprender por qué se cree que vas a hacerme caso. Nunca antes lo has hecho.

Suspiró.

—Te lo dije… —empecé a decirle.

—¿Sabías que el «te lo dije» tiene un hermano, Graham? —me preguntó, interrumpiéndome—. Se llama «cierra ese maldito pico».

—Ésa es buena.

La piel se le estiró hasta dejarle marcados los huesos de la cara cuando me dedicó una ancha sonrisa.

—No puedo apuntarme el tanto… Lo he sacado de un capítulo que volvieron a echar de Los Simpson.

—Me lo perdí.

—Era divertido.

Permanecimos en silencio durante un minuto. Mis manos calientes le entibiaron las suyas un poco.

—¿De veras te ha pedido que me des la charla?

Asentí.

—Desea que te meta sentido común en la sesera. Es una batalla perdida antes de empezar.

—Y en tal caso, ¿por qué aceptaste?

No le contesté, pues no estaba seguro de saber hacerlo.

Sólo sabía que cada segundo transcurrido en compañía de Emma únicamente iba a servir para aumentar el dolor que experimentaría más tarde. Me estaba llegando el día de echar las cuentas, como un yonqui con un alijo de drogas limitado. Cuanto más me llevara ahora, más duro iba a resultar cuando se acabara.

—Va a salir bien, ya verás —me aseguró al cabo de un minuto—. Estoy segura.

Eso me hizo enrojecer de rabia otra vez.

—¿La demencia es uno de los síntomas de tu enfermedad? —le espeté.

Ella se carcajeó, a pesar de que mi enfado era tan grande que empezaron a temblarme las manos, entrelazadas con las suyas.

—Es posible —repuso—. No digo que las cosas vayan a ser fáciles, Graham, pero, llegados a este punto ¿cómo podría no creer en la magia cuando he sobrevivido a todo lo que me ha pasado? ¿cómo no podría creer en la magia cuando la llevo en mí vientre?

—¿Magia?

—Especialmente en lo que a ti respecta —dijo con una sonrisa. Retiró una de las manos de entre las mías y me acarició la mejilla. Estaba más caliente que antes, pero me resultó fría al tacto, como todas las demás cosas—. Terminarás encontrando la magia y eso te permitirá poner orden en tu vida, puesto que nadie lo merece más que tú.

—¿Qué incoherencias estás diciendo?

Emma contestó sin perder la sonrisa.

—Regina me dijo una vez que la imprimación era como El sueño de una noche de verano, como la magia. Hallarás lo que buscas de veras, Graham, quizás entonces todo esto tenga sentido.

Me habría puesto a pegar voces si ella no hubiera ofrecido un aspecto tan frágil. Pero como lo tenía, me limité a soltarle un gruñido.

—Si te piensas que la imprimación va a darle sentido a este despropósito… —hice un esfuerzo en busca de las palabras adecuadas—. ¿De veras crees que esto va a estar bien sólo porque algún día yo pueda imprimarme de una desconocida? —le señalé su cuerpo hinchado con el dedo

¡Dime qué lógica puede tener que yo te ame! ¡O que tú la ames a ella! Cuando te hayas muerto, Emma, ¿cómo van a volver a estar las cosas bien? ¿Qué propósito tiene tanto dolor? ¡El tuyo, el mío, el de Regina! No es que tu mujer me preocupe, pero también vas a matarla a ella —ella dio un respingo, pero no me detuve—. Por, tanto, al final, ¿qué significado tiene que retuerzas al máximo esta historia de amor? Si tiene alguna lógica, por favor, Emma, muéstramela ahora mismo, porque yo no se la veo.

Ella exhaló.

—Todavía no lo sé, Graham, pero presiento que todo va a acabar bien, aunque resulta difícil de aceptar viendo cómo pinta la cosa ahora. Supongo que podrías llamarlo fe.

—Vas a morir para nada, Emma. ¡Para nada!

Dejó caer la mano de mi rostro y la posó sobre el vientre hinchado con gesto de cariño. No tuvo que despegar los labios para que yo supiera lo que se le pasaba por la cabeza. Iba a sacrificarse por eso.

—No voy a morir —respondió entre dientes. Pude apreciar que repetía frases que ya debía haber dicho con anterioridad—. Conseguiré que mi corazón siga latiendo. Tengo fuerza suficiente para lograrlo.

—Todo eso son chorradas, Emma. Has intentado alargar lo sobrenatural más de la cuenta. Ninguna persona normal lo haría. No tienes suficiente vitalidad.

Tomé su roso con las manos. No necesité de recordatorio alguno para actuar con suavidad. Todo en ella me recordaba su fragilidad.

—Puedo hacerlo, puedo hacerlo —murmuró.

—Pues no me da esa impresión, la verdad, así que suelta: ¿cuál es tu plan? Y espero que tengas alguno.

Ella asintió, pero me rehuyó la mirada.

—¿Sabías que Cora se tiró por un despeñadero? Cuando era humana, quiero decir…

—¿Y…?

—Estuvo tan cerca de la muerte que ni siquiera se molestaron en llevarla a la sala de urgencias, la dejaron cerca de la morgue, pero su corazón todavía latía cuando Henry la encontró…

Ajajá, a eso se refería antes con lo de no permitir que el corazón dejara de latir.

—No tienes intención de sobrevivir a esto como humana —concluí lentamente.

—No, no soy idiota —entonces, me buscó con la mirada—. Sin embargo, supongo que tú tienes tu propia opinión a este respecto.

—Una vampirización de emergencia —murmuré.

—Funcionó con Cora, y con Killian, y con Zelena, incluso con Regina. Todos ellos estaban en las últimas. Henry los transformó únicamente porque era o eso o la muerte. Él no puso fin a sus vidas, las salvó.

Noté una súbita punzada de culpabilidad en lo tocante al buen vampiro del doctor, tal y como había ocurrido antes. Desterré la idea enseguida y comencé otra vez con las súplicas.

—Hazme caso, Emma, por favor, no hagas eso —tuve una noción clara de cuánto me importaba que ella siguiera con vida, al igual que había ocurrido antes, cuando se comentó en la manada el telefonazo de David. Comprendí que necesitaba mantenerla viva de algún modo, de cualquier modo. Respiré hondo—. No esperes hasta que sea demasiado tarde, Emma. No vayas por ese camino. Vive, ¿vale? Tú limítate a seguir con vida. No me hagas esto. No se lo hagas a Regina —mi voz se hizo más audible y ganó en dureza—. Sabes qué va a hacer cuando tú mueras, ya lo has visto antes. ¿Deseas provocar el regreso de los asesinos italianos?

Ella se encogió en el sofá.

No hice mención alguna a que eso no iba a ser necesario esta vez.

Hice un esfuerzo por suavizar la voz antes de preguntar:

—¿Recuerdas tus palabras cuando me hirieron los neófitos? —aguardé, pero ella no me contestó; cerró los labios con fuerza—. Me dijiste que fuera bueno e hiciera caso a Henry —le recordé—. ¿Y qué hice yo? Obedecer al vampiro. Por ti.

—Lo hiciste porque ésa era la decisión correcta.

—De acuerdo, pero lo hice, dejo a tu gusto el motivo.

Ella respiró hondo.

—Ahora no está en juego lo mismo —su mirada recayó sobre su enorme vientre redondeado y susurró por lo bajinis—: No voy a matarle.

Volvieron a temblarme las manos.

—Ah, no había oído la buena nueva. De modo que vas a alumbrar un precioso niño, ¿no es eso? Tal vez debería haber traído unos globitos azules.

Las facciones de Emma adquirieron una tonalidad rosácea tan hermosa que me provocó un retortijón en el estómago, como si alguien me hurgara en las tripas con un mugriento y oxidado cuchillo de filo dentado.

—No sé si es un chico —admitió, algo avergonzada—, ya que los ultrasonidos no son operativos. La membrana alrededor del bebé es demasiado dura, como la piel de los vampiros, por lo que sigue siendo un pequeño misterio, pero en mi mente siempre he visto un chico.

—Ahí dentro no llevas un precioso bebé, Emma.

—Ya veremos —refutó ella, un tanto pagada de sí misma.

—Tú no —le espeté.

—Eres francamente pesimista, Graham. Existe una oportunidad de que escape con bien de todo esto, no hay duda.

No conseguí articular la respuesta. Bajé la mirada y exhalé hondo y despacio en un intento de mantener controlada mi rabia.

—Esto va a salir bien, Graham —me dijo mientras me palmeaba el pelo y me acariciaba la mejilla—. Shh. Todo va bien.

No levanté la vista.

—No, no va nada bien.

Ella enjugó una lágrima de mi mejilla.

—Calla.

—¿Y qué hay de tu deseo, Emma? —contemplé fijamente la alfombra nívea sobre la cual mis embarrados pies descalzos habían dejado manchas. Genial—. Pensé que querías ser vampiro por encima de cualquier otra cosa en este mundo, y ¿justo ahora vas a renunciar? No tiene ni pies ni cabeza. ¿Desde cuándo te ha entrado esa fiebre por ser madre? ¿Por qué te has casado con una vampira si deseabas con tanto anhelo la maternidad?

Ella suspiró.

—No es así como funcionan las cosas. En realidad, no me preocupaba tener un hijo y ni me lo había planteado. La cuestión no es tener un bebé, es… bueno, es este bebé.

—Es un asesino, Emma, mírate al espejo.

—No lo es. Se trata de mí, que soy humana y débil, pero seré capaz de sacar esto adelante, Graham, voy a poder.

—Venga, vamos, Emma. Cállate. Puedes contarle todas esas milongas a tu chupasangres, pero a mí no me la das. No vas a lograrlo.

Me lanzó una mirada intensa.

—Eso no lo sé, y claro que me preocupa.

—Te preocupa —repetí entre dientes.

Emma jadeó y se aferró la barriga. Mi furia cesó con la misma inmediatez que la luz en cuanto pulsas un interruptor.

—Me encuentro perfectamente —jadeó—. No es nada.

Sin embargo, no le presté atención. El movimiento de sus manos había retirado la sudadera, dándome ocasión de verle la piel. Unos enormes lamparones de color púrpura oscuro le salpicaban el vientre como si fueran manchas de tinta. Se reajustó la prenda en cuanto se percató de mi semblante de espanto.

—Él es fuerte, nada más —repuso ella a la defensiva.

Esas manchas cárdenas eran hematomas.

Contuve un ataque de náuseas y comprendí a qué se refería Regina cuando hablaba de ver cómo el feto le hacía daño. De súbito, yo mismo me sentí un tanto majareta.

—Emma —empecé; ella notó un cambio de tono en mi voz y alzó los ojos, turbios por la confusión; todavía respiraba con pesadez—, Emma, no lo hagas.

Mi amiga no parecía estar atenta. Trazaba círculos sobre su vientre hinchado y permanecía cavilosa, mordiéndose los labios. Permaneció en silencio durante un buen rato.

—No puedo hacer caso esta vez —Emma suspiró—. Me gustaría ser capaz de explicártelo de modo que comprendieras. No puedo herirle —prosiguió, señalando su vientre con el dedo—, como tampoco podría echar mano de una pistola y dispararte. Le amo.

—¿Por qué siempre has de querer lo que está mal?

—A mí no me lo parece.

Carraspeé para deshacer el nudo de la garganta y así poder conferir a mi voz la dureza suficiente.

—Confía en mí.

Hice ademán de incorporarme.

—¿Adónde vas?

—Aquí no hago bien alguno.

—No te vayas —me imploró con la manita tendida hacia mí. Ella creaba dependencia, y fui consciente de que esa adicción tiraba de mí e intentaba que no me apartara de su lado.

—Éste no es mi sitio. Debo regresar.

—¿Por qué has venido hoy? —quiso saber, todavía con el brazo débilmente extendido.

—Sólo para saber si estabas viva de verdad. No me creía la historia de David, eso de que estabas enferma.

El estudio de su rostro no me reveló si se había tragado o no mi embuste.

—¿Vendrás a visitarme de nuevo antes de que…?

—No voy a merodear por aquí para verte morir, Emma.

Dio un respingo.

—Tienes razón, tienes razón. Harías bien en irte —me encaminé hacia la puerta—. Adiós —se despidió ella en un susurro—. Te quiero, Graham.

Estuve en un tris de regresar. Estuve a punto de dar media vuelta y postrarme de rodillas para empezar a suplicarle otra vez, pero sabía que debía renunciar a Emma y a su droga antes de que me aniquilara igual que iba a hacer con Regina.

—Claro, claro —musité mientras me marchaba.

No vi a ninguno de los vampiros. Ignoré la moto, abandonada en medio del prado, pues ahora no era lo bastante veloz para mí. Mi padre estaría loco de preocupación, y también Sam. ¿Cómo reaccionaría la manada ante el hecho de no haberme oído cambiar de fase? ¿Habrían pensado que los Mills me habían capturado antes de tener ocasión de transformarme? Me desvestí sin preocuparme de la presencia de algún posible observador y eché a correr, desapareciendo de allí a un medio trote lobuno.

Me estaban esperando, claro, por descontado. Me aguardaban.

Graham, Graham, corearon ocho voces llenas de alivio.

Vuelve a casa ahora mismo , ordenó el Alfa, el líder. Sam estaba furioso.

La desaparición de Paul me indicó que Marco y Rachel estaban a la espera de saber qué me había pasado. Paul tenía tantas ganas de darles la buena noticia de que yo no había terminado convertido en comida para vampiros que no se quedó a escuchar la historia completa. No hizo falta informar a los lobos de mi avance. Podían ver el bosque convertido en un borrón conforme yo corría alocado hacia la casa. Tampoco hizo falta decirles que acudía medio enloquecido. La repulsión impresa en mi cabeza era evidente.

Vieron todo el horror: el vientre moteado de moratones y la voz quebrada de Emma: «Él es fuerte, nada más». El rostro de Regina, la viva imagen de una mujer consumida, «con impotencia cómo enferma y se consume, contemplando cómo esa cosa le hace daño». Zelena agazapada sobre el cuerpo desmadejado de la embarazada. «La vida de Emma no significa nada para ella». Y por una vez, nadie tuvo nada que decir.

Su estupor sonó en mi mente como un grito silencioso y sin palabras.

¡¡¡¡!!!

Había recorrido la mitad del camino de vuelta a casa antes de que alguno se hubiera recuperado. Luego, todos echaron a correr a mi encuentro.

Era casi noche cerrada y las nubes velaban el sol crepuscular casi por completo. Me arriesgué a cruzar la autovía y lo conseguí sin ser visto. Nos reunimos en el bosque, en un claro de árboles talados por los leñadores, a poco más de quince kilómetros de La Push. Era un lugar encajado entre las cumbres de dos montañas, lo bastante retirado como para pasar inadvertido por cualquier observador.

Los barboteos de mi mente habían degenerado en una completa algarabía, pues todos gritaban a la vez.

Sam tenía erizada la pelambrera del cuello y aullaba de forma incesante mientras iba de un lado para otro del círculo. Paul y Jared se movían detrás de él como sombras con las orejas pegadas a los laterales de la cabeza. Todos los lobos del círculo se habían puesto en pie, profundamente agitados, y lanzaban gruñidos por lo bajo.

El blanco de su ira no estaba claro en un principio, y llegué a creer que la descargaban sobre mí.

Estaba hecho un lío y no me preocupaba. Podían hacerme lo que les viniera en gana por contravenir las órdenes.

Y entonces, el caótico conjunto de pensamientos empezó a tomar una dirección concreta.

¿Cómo puede ser? ¿Qué significa? ¿Qué va a ser esa criatura?

Nada seguro. Nada bueno. Peligrosa. Antinatural. Monstruoso. Una abominación. No podemos permitirlo.

Ahora, todos los miembros de la manada, salvo yo y otro de los hermanos, caminaban y pensaban de forma sincronizada. Me senté junto al otro miembro inmóvil, demasiado desconcertado como para mirar quién era ni buscar su identidad con el pensamiento mientras los demás daban más y más vueltas a nuestro alrededor.

El tratado no recoge esto.

Ese bicho nos pone a todos en peligro.

Intenté comprender la espiral de voces y seguir el sinuoso sendero de pensamientos para ver adonde querían ir a parar, pero no tenían el menor sentido. Ocupaban el centro de sus reflexiones unas imágenes que eran las mías, las peores de todas: los moratones de Emma y el rostro doliente de Regina.

También ellos temen al feto.

Pero no van a hacer nada al respecto.

Protegen a Emma Swan.

Eso no puede influirnos.

La seguridad de nuestras familias y de cuantos aquí moran es más importante que la vida de una sola persona. Si no la matan ellos, tendremos que encargarnos nosotros. Hay que defender a la tribu.

Protejamos a nuestras familias.

Debemos acabar con eso antes de que sea demasiado tarde.

Fue en ese momento cuando resonó en mi mente otra mención, las palabras de Regina: «No deja de crecer, y además muy deprisa»

Me estrujé los sesos en el intento de identificar cada una de las voces.

No hay tiempo que perder , empezó Jared.

Esto va a provocar una lucha , le previno Embry, y de las chungas.

Estamos preparados , insistió Paul.

Necesitamos contar con el factor sorpresa de nuestro lado , caviló Sam.

Si los sorprendemos cuando estén separados aumentarán nuestras posibilidades de victoria , arguyó Jared, que empezaba a trazar una estrategia.

Meneé la cabeza y me incorporé lentamente. Me sentía inestable, era como si el movimiento circular de los lobos me hubiera mareado. Mi compañero también se levantó y sostuvo mi lomo con el suyo, a fin de apoyarme.

Un momento , pensé.

Dejaron de girar durante unos instantes y luego reanudaron su caminar en círculo.

Apenas hay tiempo , repuso Sam.

Pero ¿en qué estáis pensando? Esta misma tarde no ibais a atacar a los Mills, pues no habían vulnerado el tratado, ¿o no? ¿Y planeáis ahora una emboscada a pesar de que nadie ha infringido los términos del acuerdo?

El tratado no previó esta contingencia , respondió Sam. Esto pone en peligro a todo ser humano de la zona. No sabemos qué clase de criatura van a criar los Mills, pero sí tenemos noticias de su fortaleza y su rápido crecimiento, y también que va a ser demasiado joven como para regirse por ningún acuerdo. ¿Recordáis a los vampiros neófitos contra los que combatimos? Eran salvajes, violentos e incapaces de someterse a la razón o al constreñimiento. Imaginaos uno de esa ralea protegido por los Mills.

No sabemos si…, intenté interrumpirle.

Cierto, no sabemos, admitió él, y no vamos a correr riesgos con lo desconocido, no en este caso. Podemos tolerar la presencia de los Mills mientras tengamos la certeza de que no van a ocasionar daños. Esa… cosa no es digna de confianza.

A ellos no les gusta más que a nosotros.

Sam tomó de mi mente la imagen de Zelena acuclillada junto al sofá y la proyectó en la de los demás.

Algunos están dispuestos a luchar por ella sin importarles que sea la criatura en realidad.

Sólo es un crío, y se va a dedicar a berrear.

No por mucho tiempo , apostilló Leah.

Graham, tronco, este asunto es gordo , dijo Quil. No podemos ignorarlo .

Le dais una importancia que no tiene , argüí. La única persona en peligro es Emma.

Y nuevamente eso es por su propia elección , refutó Sam. Pero esta vez su opción nos afecta a todos.

No lo veo de ese modo.

No podemos correr semejante riesgo. No vamos a permitir que un bebedor de sangre campe a sus anchas por nuestras tierras.

Démosles entonces la oportunidad de marcharse , terció el lobo que todavía seguía sosteniéndome para impedir mi caída. Se trataba de Seth, por supuesto.

¿Y endosar a otros la amenaza? Destruiremos a los bebedores de sangre cuando crucen nuestras tierras sin importar que su presa no sea humana. Vamos a proteger al mayor número posible de personas.

Eso es una locura, repliqué.

Esta misma tarde temías poner en peligro a la manada.

Porque esta tarde ignoraba que nuestras familias corrían peligro.

¡No doy crédito…! ¿Cómo vais a matar a esa criatura sin acabar también con la madre?

Reinó el mutismo, pero ese silencio estaba cargado de amenazas.

Proferí un aullido.

¡Emma también es humana! ¿No se le aplica también nuestra protección?

De todos modos, se está muriendo , pensó Leah, por lo que, en realidad, únicamente estamos acortando el proceso.

Eso me sacó de mis casillas, me aparté de Seth con un brinco y me lancé contra su hermana con las fauces abiertas. Estaba a punto de atraparle la pata izquierda trasera cuando sentí la mordedura de Sam en el costado, obligándome a retroceder.

Aullé de dolor y rabia antes de revolverme contra él.

¡Quieto! , me ordenó con el timbre doble propio del Alfa, del líder de la manada.

Las patas se me doblaron y me removí antes de detenerme. Me mantuve en pie por un acto de pura fuerza de voluntad.

Apartó la mirada de mí.

No seas cruel, Leah , le ordenó. El sacrificio de Emma es un alto precio a pagar, y todos hemos de admitirlo así. Estamos aquí para actuar contra todo aquello capaz de acabar con la vida humana, y cualquier excepción a ese código de conducta es de lo más desolador. Todos nosotros vamos a lamentar la acción de esta noche.

¿Esta noche? , repitió Seth, muy sorprendido. Creo que deberíamos hablar del tema un poco más y al menos consultar con los ancianos. No puedes pretender en serio que vayamos a…

No hay hueco para tu tolerancia hacia los Mills ahora ni tiempo para el debate, Seth. Tú harás lo que se te ordene.

Seth dobló las patas traseras y agachó la cabeza bajo el peso de la orden del Alfa.

Sam anduvo alrededor de nosotros dos, describiendo un círculo muy cerrado.

Necesitamos a toda la manada para acometer esta misión, Graham, y tú eres el guerrero más fuerte. Esta noche vas a luchar con nosotros, pero comprendo que esto es muy duro para ti, razón por la cual vas a centrarte en los combatientes, Killian y Jefferson Mills. Tranquilo, no te vas a ver envuelto con… la otra parte. Quil y Embry lucharán a tu lado.

Me temblaron los carpos de las patas e hice un enorme esfuerzo por mantenerme en pie mientras la voz del Alfa se imponía a mi voluntad.

Paul, Jared y yo nos encargaremos de Regina y de Zelena, las posibles guardianas de Emma a juzgar por la información aportada por Graham. Henry y Ruby no han de andar lejos, y otro tanto puede decirse de Cora. Brady, Collin, Seth y Leah se encargarán de ellos. Quienquiera que tenga un acceso rápido a… la criatura, que lo aproveche.

Todos nos percatamos de la vacilación de Sam a la hora de pronunciar el nombre de Emma.

Destruir a la criatura es nuestra prioridad.

La manada gruñó su asentimiento con nerviosismo. Todos tenían erizada la pelambrera a causa de la tensión. Los pasos eran más rápidos y el sonido de las pezuñas sobre el suelo salino resultaba más agudo cada vez que lo arañaban.

Únicamente Seth y yo permanecimos inmóviles en el centro de una tormenta de dientes al descubierto y orejas gachas. Mi acompañante casi tocaba la tierra, doblegado por las órdenes de Sam. Percibí su pena ante el inminente acto de deslealtad, ya que Seth había luchado junto a Regina Mills en el pasado y había llegado a convertirse en un sincero amigo de la vampira.

Sin embargo, no tenía la fuerza para oponerse. Iba a obedecer sin importar lo mucho que le doliera. No le quedaba otra alternativa.

¿Y cuál tenía yo? Ninguna. La manada sigue al Alfa cuando éste habla. Sam nunca había llegado tan lejos a la hora de imponer su autoridad y yo sabía cuánto aborrecía ver a Seth postrado ante él, como un esclavo a los pies de su maestro. Jamás habría forzado la situación hasta ese límite de no haber creído que se había quedado sin elección. El vínculo mental existente entre las mentes de todos nosotros le impedía mentirnos y éramos conscientes de la sinceridad de su convicción: nuestro deber era acabar con Emma y el monstruo que llevaba en sus entrañas; él creía de veras que no teníamos tiempo que perder, y lo creía hasta el punto de estar dispuesto a morir por ello.

Supe que planeaba enfrentarse a Regina él mismo, pues Sam pensaba que el don de Regina para leernos el pensamiento la convertía en la mayor amenaza de todas. El líder no tenía intención de permitir que ningún otro asumiera semejante riesgo.

A su parecer, el segundo oponente de mayor peligro era Jefferson, y por eso me había emparejado con él, sabedor de que el miembro de la manada con más posibilidades de ganar en esa pelea era yo. Había reservado los objetivos más fáciles para los lobos jóvenes y Leah. La pequeña Ruby no era tan peligrosa sin la guía de la visión premonitoria y, en los días de nuestra fugaz alianza, habíamos llegado a saber que Cora carecía de dotes como luchadora. Henry podía convertirse en todo un desafío, pero su aborrecimiento hacia la violencia iba a entorpecerle.

Me puse más enfermo aún que Seth cuando contemplé cómo Sam iba desgranando su plan, analizándolo desde todos los ángulos para dar a cada componente del grupo las máximas posibilidades de sobrevivir.

Todo estaba del revés. Había estado en un tris de atacar a los Mills esa misma tarde, pero Seth había tenido razón cuando había dicho que no estaba preparado para esa lucha. Me había dejado cegar por el odio, no me había permitido estudiar las cosas con calma porque sabía que, si lo hacía, lo vería todo de un modo diferente.

Si miraba a Henry Mills sin el velo de animadversión, resultaba imposible decir que matarle no era un asesinato. Era tan bueno como cualquiera de los hombres a los que protegíamos. Quizás incluso mejor. Y suponía que ocurría otro tanto con los otros aunque el sentimiento no era tan fuerte respecto a ellos, pues los conocía menos. Henry había renunciado a la violencia incluso para salvar su propia vida y ésa era la razón por la que podíamos matarle: él no quería acabar con nosotros, sus enemigos.

Aquello era un error, estaba mal…

… y no sólo porque matar a Emma era como asesinarme a mí, como suicidarme.

Ve con los demás, Graham, me ordenó Sam. La tribu es más importante.

Hoy me he equivocado, Sam.

En ese momento actuaste siguiendo criterios errados, pero ahora tenemos un deber que cumplir.

Me mantuve en mi sitio.

No.

Sam bufó y se acercó al paso hasta plantarse delante de mí. Me miró fijamente a los ojos mientras un sordo gruñido se le filtraba entre los dientes.

, decretó el Alfa con esa doble voz suya que abrasaba con el fuego de su autoridad. Esta vez no hay escapatoria posible. Tú, Graham, vas a ayudarnos en la lucha contra los Mills. Tú, Quil y Embry os encargaréis de Jefferson y Killian. Estás obligado a proteger a la tribu, ésa es la razón de tu existencia, y vas a cumplir con esa obligación.

Me fallaron las patas y se me hundieron las paletillas cuando cayó sobre mí la fuerza de su edicto. Acabé a sus pies, tirado sobre la tripa. Ningún miembro de la manada podía desobedecer al Alfa.