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CAPITULO 1
Pero ¿qué has hecho, Candy?
(Anny)
Londres, 28 de diciembre de 2016
Entré en su habitación con verdadera furia. Mi respiración, agitada e intermitente, me obligó a detenerme en el centro de la estancia para tomar aliento. Aproveché para pasearme por el dormitorio con ojos inquisitivos, buscando una pista de dónde podía encontrarse ella en ese momento.
—¡Candy! ¿Qué has hecho esta vez?
El silencio me respondió con el suave eco de mi propia voz.
No quería rendirme. Se lo debía.
En los siguientes minutos me apresuré a revisar su armario y los cajones de las mesillas. No había dejado ningún rastro, algo típico de ella. Una vez que huía, sólo quedaba una estela indeleble en el tiempo, aquel aroma tenue de un perfume que perdura en las prendas antiguas. Me senté en la cama, vencida.
—Candy, ¿dónde estás? —musité creyendo que las paredes huecas podrían responderme.
Me froté la frente buscando un indicio, una frase encerrada en el cúmulo de conversaciones fútiles, una simple señal. Nada. En uno de los cajones abiertos a mi lado vislumbré un dibujo realizado a carboncillo y conservado en una funda de plástico. Cuando reconocí al retratado, lo apreté entre mis manos y la congoja aprisionó mi garganta.
Aunque ella se empeñaba en negarlo, aquel dibujo expresaba su anhelo hacia una única persona. La forma que tenía Candy de comunicarse con el mundo era a través de sus creaciones. Era su manera de fotografiar la vida que la rodeaba. Puede que no tuvieran una técnica excelente, inusual, o que no impresionaran por su belleza, pero sí te retorcían el alma, abrían una grieta a lo que ocultaba.
Suspiré hondo y nos recordé a las tres juntas, abrazadas. La imagen se me representó al igual que un negativo sin revelar.
Candy destacaba por su alegría intrínseca, esa que no se puede ocultar al objetivo, aunque también por algo que ella desconocía que tuviese. Esa cualidad que provocaba que todos a su alrededor quisiéramos estar todavía más cerca. Nunca la había visto realmente enfadada. Solía decir que perder el tiempo en algo así no merecía la pena. «Matarlos a besos» era su filosofía vital. Y era lo que envidiábamos de ella. Su incansable optimismo, su lengua afilada y burlona, su empatía social.
Una no elige a quién amar, y yo la quería. La quería con todas las consecuencias. La quería con una intensidad que me lastimaba el corazón. Porque con ella todo era más sencillo. Podías otorgarle tu confianza, incluso poner tu vida en sus manos y saber que la protegería por encima de la suya. La quería, Dios, sí que la quería.
Agaché la cabeza, ya con lágrimas en los ojos.
Ella no se merecía lo que le habíamos hecho. Y no nos había dado tiempo a decírselo.
Oí voces en el piso de abajo y me acerqué a la puerta, pero no llegué a tiempo de abrirla. Lo hizo Tom, su hermano. Entró con el teléfono en la mano, gesto serio y, también, ostensiblemente cansado. Lo miré interrogante. Su piel dorada, propia de aquellos que pasan varios meses junto al mar, había adquirido un color cetrino. Sus ojos oscuros se veían ahora opacados por la tristeza.
—¿La han localizado? —pregunté con voz ronca.
—Sí —murmuró.
—¿Y?
A veces es necesario un valor considerable para pronunciar una única sílaba.
Él negó con la cabeza.
En ese momento la odié con toda la intensidad que pude reunir.
Me asustó sentir algo así contra una persona. Esa oscuridad que te cubre y emponzoña tu corazón hasta convertirlo en una dura piedra.
Y la odié por un solo motivo: nadie debe morir antes de que los demás se hayan despedido.
CONTINUARA.
Hola en este primer capitulo la que habla es Anny, la historia esta narrada en primera persona por Candy, aunque también tendremos otros narradores como en este caso.
Azul.
