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CAPITULO 2
Grita
Madrid, dos años antes.
Hay amores que queman, que lo destruyen todo a su paso y, aun así, no puedes evitarlos. Lo amé desde que tengo uso de razón. ¿Él me amó? Al principio lo creí, después dudé, y terminé afirmando la negación. Si me amaba, ¿por qué había hecho aquello?
Sin embargo, en ocasiones, mi corazón, debilitado por los golpes, con moratones y magulladuras, se rendía. Cerraba los ojos y sujetaba con fuerza el carboncillo antes de posarlo sobre la blancura prístina del papel. Mi debilidad me llevó a dibujarlo aquella noche. La última noche antes de que un accidente automovilístico cambiara por completo mi vida y la convirtiera en un infierno.
Era una tarde oscura de invierno, con el único reflejo lumínico que se filtraba de las farolas de la calle por el amplio ventanal.
Había empezado a llover tímidamente. Las gotas de agua iridiscentes, al ser alcanzadas por la luz artificial, destellaban como diminutos diamantes helados cuando tocaban el suelo.
Comencé haciendo trazos sesgados con el carboncillo sobre la cartulina. Un esbozo de su cuerpo de espaldas, inclinado sobre el ordenador. Dibuje su pelo largo y lo até en una pequeña coleta. Di forma a su perfil apolíneo y conformé su marcada mandíbula cuadrada. Bajé con firmeza para crear su cuello musculoso, apenas visible bajo aquel jersey de lana gris.
Después levanté la vista y suspiré. No quería mirarlo. No era capaz de delinear su semblante. Había conseguido estar siete años sin dibujarlo y, pese a haber transcurrido tanto tiempo, continuaba sin atreverme a vislumbrar su rostro a través del lienzo. Cada vez que pensaba en él, sentía un dolor pesado y profundo. Era como perderlo una y otra vez. Sin descanso.
Me enfrenté a mi propia imagen recortada en el cristal, opacada por la lluvia que se deslizaba por él hasta formar un pequeño charco en el alféizar. Quise gritar. Gritar hasta que él oyese mi dolor golpeando el pecho. Pero mis gritos siempre eran acallados por el silencio. El silencio de una pregunta que nunca se hizo, de una respuesta que nunca llegó. El silencio de su voz y de la mía entremezcladas. El maldito silencio.
A veces soñaba con él. No lo recordaba durante semanas y, de repente, una noche cualquiera aparecía para convertirse en un fantasma que me rondaba durante las horas de luz sin que pudiera deshacerme de su presencia.
De todas formas, intenté ser realista. Ya no tenía sentido seguir recordándolo. Ni pintándolo. Ya no existía para mí, así que guardé el retrato bajo un montón de diseños, en un cajón. Eché un vistazo al reloj y me di cuenta de lo tarde que era. Casi no quedaba gente trabajando, excepto en la planta baja, desde donde el rumor de las máquinas surgía monótono. La nana que había estado oyendo desde mi infancia. Cogí el abrigo, el bolso, y cerré el despacho. Me metí deprisa en el coche, con la mente volando a los preparativos que me quedaban por hacer antes de comenzar el fin de semana tanto tiempo antes planeado.
Me reafirmé con el volante en la mano. Mi vida había continuado después de él, y continuaría. Exactamente igual que la suya.
No obstante, tras arrancar el coche, me detuve un momento a observar las estrellas, que, en aquel lugar apartado de Madrid, podían verse brillar jugando al escondite con las nubes.
Me pregunté si él estaría mirando el mismo cielo.
Me pregunté si él alguna vez pensaba en mí.
CONTINUARA
