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CAPITULO 3
La vida es puro teatro...
22 de septiembre de 2016, en la actualidad
«¿Cómo me he metido en este lío?» No era la primera vez que me lo preguntaba en las últimas semanas, y sabía la respuesta. Era algo necesario para salvar a la empresa de una previsible quiebra. Sin embargo, seguía recriminándomelo mientras repasaba el programa y caminaba dando los últimos toques al escenario.
En ese momento se apagó la luz. Me tambaleé buscando un apoyo que fuera el tercer peldaño de la escalera que desembocaba en el pasillo central del teatro, pero no lo encontré. Los papeles volaron en todas direcciones y manoteé como un bebé arrojado por primera vez al agua. Me torcí el tobillo, mascullé una maldición, caí sin gracia alguna hacia atrás y bajé los cinco últimos escalones con el trasero en vez de con los pies. Aterricé con un claro gesto de estupor mientras lo acompañaba de un grito agudo, más propio de una película de terror que de una función infantil.
—¡Host...! —Me interrumpí al comprender que estaba rodeada de madres con niños, tíos con sobrinos y abuelas con nietos—. ¡Oscuridad! —dije finalmente, cambiando el sentido y la ortografía de la palabra, dejando que un padre se acercara con el teléfono y me iluminara para que pudiera levantarme.
Se lo agradecí alargándole la mano, que él sostuvo para ayudarme.
—¿Está usted bien? Ha sido un buen golpe.
En la platea sonaron unas risas disimuladas.
—Sólo me he roto el coxis, de ésta sobrevivo —contesté sonriéndole levemente.
Fruncí los labios cuando me volví, inclinándome sobre el micrófono inalámbrico, y le susurré con furia al técnico de sonido:
—¡Charlie! ¿Qué se supone que ha pasado?
—Nada, guapa, un pequeño fallo técnico.
Desde el refugio de bastidores, adonde llegué cojeando, me asomé entre las cortinas de terciopelo rojo y comprobé que el «fallo técnico» estaba sentada sobre la mesa de sonido con las faldas levantadas. Resoplé con frustración y me enfrenté al caos que se ocultaba tras de mí.
«Pero ¿cómo coño me he metido en este lío?»
Grupos de niños a medio vestir corrían de un lado a otro perseguidos por sus madres. La bruja Piruca se estaba recolocando el turbante, en el que refulgía un diamante falso del tamaño de un puño. Patricia, mi amiga y fotógrafa del evento, sonreía con displicencia. Me rasqué sin disimulo alguno la parte golpeada y suspiré con cansancio: «"A lo hecho, pecho", como decía el abuelo Braulio, experto en frases adecuadas para cada momento».
Todo había comenzado cuando había tenido la brillante idea de estudiar Bellas Artes, lo que finalmente hice, pese a la oposición de mis padres, con más o menos fortuna. En realidad, con menos fortuna, pero, una vez le demostré al mundo que nunca llegaría a triunfar como pintora, recurrí al ofrecimiento del abuelo y empecé a trabajar de ayudante en el Departamento de Diseño de su empresa, dedicada a la fabricación y la venta de ropa infantil y juvenil. Descubrí que era feliz diseñando ropa para niños, que ir a trabajar no me suponía ningún esfuerzo, ya que era algo que adoraba. Cuando el director de proyectos —mi abuelo, que parecía querer sostener él solo el sistema de Seguridad Social español— se jubiló por fin a los ochenta y siete años, yo ocupé su puesto, y el primer cambio que hice fue en el nombre y el diseño del logotipo de la empresa, que pasó a llamarse Poppy.[1]
También modifiqué el estilo de la ropa, empezando a crear nuevas líneas llenas de color y alegría, porque era eso lo que me transmitía la infancia. Cada año dedicaba una pequeña línea a algo especial, como las imágenes que conservaba de Menorca, llenas de luz, de sol, del azul del Mediterráneo, o me volcaba en diseñar algo que evocara el mundo de los cuentos infantiles o la selva amazónica. Lo que fuera con tal de darle ese punto único y especial a la prenda.
—Recuérdame de nuevo por qué me he metido en esto —insté a Patty, ya que necesitaba una voz cuerda que le diera sentido.
—Porque adoras a los niños, nadie más que tú se implica en la empresa y...
—¿Y?
—Estás más loca que una cabra.
Una mujer de unos setenta años pasó trotando frente a nosotras con un cartel que rezaba «vaca», un gran cencerro colgado al cuello y mugiendo. Ambas nos quedamos mirándola espantadas.
—Bueno, puede que otras estén aún más locas que tú —afirmó Patty mientras sacaba su cámara y disparaba una ráfaga.
—Son del grupo de teatro aficionado de la asociación de vecinos. Van a representar el cuento Jorgito y los animales de granja —la excusé yo, aunque me pregunté por enésima vez si aquello no acabaría en un desastre descomunal.
Mi amiga puso los ojos en blanco y, después, meneó la cabeza.
—No quiero conocer a quien hace de Jorgito.
—¡Míralo! Ahí lo tienes —dije señalándolo con el dosier de la presentación enrollado.
El chico, de unos veinte años, al que reconocí porque trabajaba en una empresa de mensajería que solía repartir paquetes en Poppy, se acercó a saludarnos. Sus piercings y su cresta habían desaparecido y, en su lugar, llevaba una gorra abierta con una especie de ventilador de plástico en la frente. Lo habían vestido con un peto vaquero de pantalón corto, calcetines blancos hasta la rodilla y zapatos negros. Mi estudiada frialdad frente a lo antiestético sufrió un sofoco.
—Hola. No sabía que fueras actor —murmuré cuando lo tuve frente a nosotras.
Patty seguía muda de asombro y ni siquiera había sacado la cámara para inmortalizar el momento.
—No lo soy. Mi madre, aquella que va vestida de león..., pues naaah..., que...
Dirigió la mirada hacia una mujer mayor con el pelo teñido de rubio y cardado que llevaba unos guantes rosas de fregar en los que había pintadas una especie de garras con tinta negra y que estaba ensayando el rugido con gran pasión.
Patty y yo nos tapamos los oídos a la vez, y su hijo hizo una mueca resignada.
—Naaah..., que me pilló una china de marijuana en el cajón de los calcetines, y éste ha sido su castigo.
—¿Eh? —pregunté desconcertada.
—Una piedra de maría, Candy, que a veces parece que naciste en otro siglo —apostilló Patty, mirando con algo más de interés el esperpento que tenía delante.
—De hecho, nací en otro siglo —musité, despistándome de nuevo cuando una madre me agarró del brazo y lo sacudió.
—¿Dónde está el baño? Coque se está haciendo pis.
—Está ahí detrás.
—Ése está ocupado por unas mujeres medio desnudas. No puedo dejar que mi hijo entre ahí, sufriría un trauma de por vida.
—Son las de danzas exóticas. En algún lugar tendrán que vestirse, digo yo.
—Dirás que en algún lugar tendrán que desvestirse. No me parece adecuado que salgan así en un espectáculo infantil. ¡Qué va a pensar el AMPA!
—Dirá el hampa —me susurró Patty, y a mí me entró la risa nerviosa.
Alguien tiró entonces de la manga de mi blusa y me volví sin reconocer en un primer momento a la persona.
—¡Mamá! —exclamé al fin—. ¿De qué vas vestida?
Ella giró sobre sí misma y varias hojas de parra revolotearon alrededor de su cintura. Observé su pelucón pelirrojo y el sujetador de lentejuelas negras con bastante estupefacción.
—Vamos a bailar el hula de Bombay.
—¿Bombay? ¿Eso no está en la India? —interrumpió Patty.
—Dirás Hawái, mamá.
—Pues eso es lo que he dicho.
—Ya.
—Es buenísimo para fortalecer los músculos pélvicos —afirmó contoneándose obscenamente.
El repartidor la miró con ojos desorbitados.
—¿Qué músculos dice, señora?
—Los de aquí —respondió mi madre señalándose el pubis.
Patty soltó una carcajada y el actor que interpretaba a Jorgito se quedó mudo mientras las orejas se le coloreaban de rojo como en un dibujo animado.
—Mamá, que igual no deberías ir dando tantas explicaciones—susurré entre dientes.
—¡Anda que no! Si supieras qué vigor han alcanzado. Lo que entra aquí no sale si yo no lo dejo —me confió.
Patty continuó riéndose a mandíbula batiente, y el actor en ciernes se alejó balbuciendo una disculpa.
—No le hagas caso a tu hija, Mary, y tú explícame eso mejor, que creo que me voy a apuntar a tu clase —aseguró Patty entrelazando su brazo con el de mi madre para alejarla de mí.
Se lo agradecí con una sonrisa y me agaché para recoger varias prendas de repuesto por si había algún imprevisto. Al levantarme, noté un molesto dolor al final de la espalda.
—Ya tengo otro hueso roto en el cuerpo —murmuré a nadie en particular.
—No creo. —Patty me dio un pellizco en una nalga, regresando a mi lado—. Está mullidito como un cojín.
La miré sin lograr enfadarme con ella.
—Deja de tocar, que te veo venir.
Ella me lanzó un beso y me guiñó un ojo, lo que hizo que yo le correspondiera con una sonrisa sincera. Patricia era la mejor fotógrafa de la zona norte... del barrio de Malasaña. Nuestro presupuesto era más que ajustado, y se había ofrecido a trabajar gratis, gracias a que una vez había sido novia de mi hermano. Yo me preguntaba si eso era lo que le había hecho descubrir que, en realidad, le gustaban las mujeres.
—¿Va a venir tu prima Almu? —inquirió con interés.
Negué con la cabeza, perdida en un nuevo tumulto. Después de unos instantes, me volví hacia ella.
—No, ya sabes que, tras el accidente, se ha desentendido bastante de lo que sucede en la empresa. Pero Anny me ha mandado un GIF de apoyo —le dije enseñándole en la pantalla del teléfono las imágenes de Rihanna cayéndose por la escalera de un escenario—. Creo que tiene algún espía aquí que se lo ha contado—mascullé ante las carcajadas de Patty.
Anny y Almudena eran mis primas hermanas. Nacimos en tres días consecutivos de un caluroso mes de agosto, lo que provocó que a partir de aquel año brotara en nuestra familia la imperiosa necesidad de trasladarnos en la época estival a Menorca. Anny nació a las once y cincuenta y siete minutos, Almudena lo hizo a las doce y tres minutos del día siguiente. Nadie recuerda exactamente a qué hora nací yo. Mi madre dice que estaba demasiado agotada y sedada para darse cuenta de algo, y que sólo deseaba, palabras textuales, «Que me sacaran de su cuerpo, aunque fuera con una sierra mecánica». Mi tío no daba abasto con sus dos nuevos vástagos, y mi padre es incapaz de recordar el día que nació él. Mi hermano Tom nos llamaba «el trío calavera».
Anny era la inteligente, Almu la dulce, y yo... era yo. Tenía poco de todo, porque todo se lo había quedado mi hermano, incluida su lengua viperina cuando había que buscar motes. Y yo era su preferida a la hora de recibir la mayoría de sus dardos envenenados.
Con un poco más de ánimo, carraspeé, levanté la voz y me dirigí a los pequeños modelos, esos monstruitos egocéntricos que no paraban de revolver el atrezo entre bastidores, empujando a los demás participantes. Nada me gustaba menos que organizar desfiles o presentaciones de moda.
—¡Hola! Soy Candy White—saludé con una gran sonrisa.
—¿Candy White? —preguntó un niño—. Eso es un nombre de caramelo y tú no lo eres.
Resoplé y sonreí de nuevo.
—No, no lo soy. Soy la que ha diseñado la ropa que hoy vais a presentar.
—¿Nos vais a pagar? —me interrumpió una madre, y yo la fulminé con la mirada.
—Os podéis quedar con la ropa con la que desfiléis —expliqué.
—¡Pues vaya mierda! —exclamó el niño.
—¡Coque! —le gritó su madre.
—Yo no salgo ahí si no es por la nueva PlayStation.
—Ni lo sueñes —murmuré.
—¿La Wii?
—No.
—¿Un móvil?
—Oiga, ¿cuántos años tiene su hijo?
—Cuatro.
—Pues qué adelantadito a su tiempo está, ¿no? —intervino Patty, salvándome.
Miré alrededor con miedo. Aquello se me estaba yendo de las manos. Lo que había surgido como un proyecto solidario que patrocinábamos podría convertirse en el baile de graduación de Carrie. Era un festival infantil de cuentacuentos y danza. Mi hermano era uno de los cuentacuentos, y yo también intervenía en el papel del hada Marala. Había conseguido convencer al grupo de danza del gimnasio de mi madre. Y ella, por su parte, había traído a la bruja Piruca, que en su vida real era una ejecutiva que, tras un viaje a la India, reconsideró que sus chacras necesitaban un reajuste y puso un consultorio como pitonisa. Los del grupo de teatro aficionado se apuntaron motu proprio.
Y en medio de todo aquel jaleo estaba Poppy. La crisis también se había cebado con nosotros, la llegada de los productos Disney y, sobre todo, la importación de China nos había dado un duro golpe. Cada día era una lucha para seguir manteniendo la calidad de los diseños y el personal de la empresa.
Y ésta fue una de mis propuestas: «Una prenda, una entrada». El aforo, de quinientas personas, estaba lleno, y hasta era probable que salváramos parte del trimestre con ese acto. No obstante, yo llevaba más de dos meses peleándome con ayuntamientos, concejalías y madres que querían convertir a sus hijos en estrellas para conseguir sacar adelante la función.
Mi hermano entró como una exhalación, todavía vestido con uno de los trajes de Hugo Boss que solía llevar en su trabajo. Se fue quitando la americana y desabotonándose la camisa a medida que se acercaba a mí. Lo miré enfadada.
—Llegas tarde.
—Llego justo a tiempo. ¿Dónde puedo cambiarme, Calamity Jane?
—No me llames así. ¡Lo odio! El baño está ocupado, busca un lugar apartado y...
Antes de que terminara la frase, Tom ya estaba bajándose el pantalón, con lo que consiguió más de una mirada de soslayo de las madres que nos acompañaban —aunque ninguna protestó por el improvisado desnudo— y un silbido por parte de Patty. Su tatuaje en letras chinas destacaba en su cintura cuando se irguió, sólo en ropa interior. Le lancé una túnica.
—¡Tápate! Me estás revolucionando al personal.
Una de las madres se acercó y le sonrió de forma seductora.
—Bonito tatuaje, ¿qué dice?
Patty y yo pusimos los ojos en blanco.
—«Fuerza», ésa es la traducción —contestó Tom sonriéndole, sin apreciar otra cosa más que interés.
—Mentiroso —susurré—. Le hice una foto y lo pregunté en un estudio de tatuajes. Me dijeron que significaba «aguas fecales». Bonito, ¿eh?
—Serás capulla. ¿Me sacaste una foto?
—Sí, estaba harta de que presumieras tanto de ese famoso tatuaje que te hiciste con tu amiguito.
—Con Albert. Tiene nombre, aunque tú pareces haberlo olvidado—masculló él con enfado.
¿Olvidarlo? ¿Yo? Lamentablemente, jamás podría olvidarlo.
—Estás pensando en él —afirmo mi hermano sin despegar la mirada de mi rostro.
—No.
—Ahora la que mientes eres tú. Se te nota demasiado cuando piensas en él.
—¿Ah, sí? Y ¿por qué? ¿Acaso se dulcifica mi gesto?
—No, más bien parece que acabas de chupar un limón agrio.
—No me distraigas, tengo mucho trabajo —repliqué dándole la espalda.
Él, sin querer apreciar mi incomodidad, se asomó al escenario y oteó entre los espectadores.
—Mira, ahí está el abuelo.
Me volví para espiar con él.
—Vaya, si ha venido con sus compañeros del mus. ¿Ves cómo les ponen ojillos a las bailarinas exóticas? ¡Anda! Si uno de ellos se ha traído hasta los prismáticos —exclamé viendo a mi abuelo octogenario teclear en el móvil. Y así supe quién había avisado a Anny.
—Joder, ni que vinieran a cazar patos... —musitó Tom.
—No te metas con él, por lo menos ha venido —repliqué.
Hubo un silencio de unos segundos.
—¿Y Archie? —preguntó entonces mi hermano.
—Dice que tenía mucho trabajo. Lo veré en casa.
Aunque intenté no darle importancia a la frase encogiéndome de hombros, sé que Tom dejó escapar un suspiro nada alentador.
En Poppy, había conocido también a Archie. La empresa donde él trabajaba como director financiero había quebrado debido a la crisis provocada por la burbuja inmobiliaria, y se presentó a la ronda de entrevistas que había convocado el Departamento de Recursos Humanos. Tenía un currículo impresionante para ser tan joven, y su carta de recomendación y su seriedad a la hora de responder a las cuestiones planteadas convencieron a mi padre para otorgarle su confianza.
Para convencerme a mí sólo necesitó un par de cervezas y una cena en Santceloni. No es que fuera una mujer fácil de convencer, de hecho, únicamente había tenido dos o tres relaciones que duraron apenas unos meses, pero sí había llegado a saber con certeza que la parte de mi corazón que había ocupado Albert jamás podría volver a llenarse porque ahora era una tierra tan árida y huera como el desierto. Me conformaba con poder llegar a un entendimiento cómodo con la persona que eligiera para compartir mi vida. Porque Archie era así, como un viejo sofá orejero en invierno. Sus cualidades más significativas eran la templanza, la lealtad inquebrantable y el sosiego que me transmitía. Era sencillo quererlo. De lo que no estaba tan segura era de que fuera tan sencillo quererme a mí.
Descarté esos funestos pensamientos y me centré en la representación. La hora se aproximaba y aquello seguía siendo un caos. Desde la platea comenzaron a oírse conversaciones en alto y quejas por el retraso, así que respiré hondo y me dispuse a salir.
—¿Cuál es el santo patrón de los actores? —le pregunté a Patty.
—Ni idea. ¿Molière, tal vez?
—¿El de la mala suerte y el amarillo? ¿Estás segura?
Y en ese instante, la bruja Piruca extendió una capa de un colorido amarillo refulgente y se cubrió con ella. Oí jadeos, y una de las madres hasta se santiguó.
—¡Hostia! —Fue finalmente Patty la que pronunció la palabra que yo había procurado ocultar minutos antes.
Algunas madres taparon las orejas a sus hijos y la fulminaron con la mirada. Ella se mantuvo impasible y me dio un pequeño empujón hacia el escenario.
—Esto se hunde... —murmuré antes de enfrentarme a los focos.
Y entonces, el león rugió...
A las siete en punto terminó el acto, sin más incidentes que reseñar que mi caída por la escalera. Me encontraba en un estado de sobrecarga de endorfinas, excitada y deseando ir a celebrarlo con unas copas en cuanto lo recogiéramos todo. Sin embargo, como ya solía ser habitual en mi vida, nada resultó como pretendía. En cuanto encendí el teléfono comprobé que tenía tres llamadas perdidas de mi neurólogo y un mensaje de voz. Me instaba a que acudiera a su consulta antes de las ocho. Maldije en silencio y me acerqué a Tom.
—¿Te importa hacerte cargo de esto? —Extendí una mano señalando el desorden, la ropa acumulada y el atrezo sin recoger.
—Me gustaría más tomarme una cerveza. Se me ha quedado la boca seca después de tanto hablar —contestó él con una sonrisa de súplica.
—Me lo debes. —Levanté un dedo acusador—. Casi me da un infarto al ver que no llegabas.
—Pero al final he llegado...
—Tom, es importante. Me ha llamado el doctor Antúnez.
—¿Para qué? —Su gesto se volvió pétreo.
—Me imagino que no será nada, ya sabes que tenía la revisión después del alta provisional al año. Querrá darme el alta definitiva, sólo eso.
—Pero ¿estás bien?
—Sí, me encuentro perfectamente —lo tranquilicé saliendo ya por la platea, ahora vacía de forma desconsoladora de risas y personas.
Crucé los dedos. Sólo eso.
Que fuera sólo eso.
CONTINUARA
