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CAPITULO 4
¿Cuánto tiempo?
Cogí el primer autobús que me acercaba al centro y caminé varias manzanas hasta llegar al edificio del barrio de Salamanca donde tenía la consulta el doctor Antúnez. Percibí que la gente me miraba con curiosidad y sonreía a mi paso, pero no le di importancia. Empezaba a sentirme cansada y tenía ganas de que aquel día terminara por fin. Descarté con un golpe de pensamiento los malos presagios que sentía. El abuelo Braulio, que era el que decía conocerme mejor que nadie, solía coger mis mejillas mofletudas con dedos ásperos y cabecear: «Nenuca, eres igualita que tu abuela, con rostro de ángel y ojos de bruja».
Quería, desesperadamente, que se equivocara, pero él, ya fuera por la edad, la experiencia o la certeza que también encerraban sus ojos, no solía hacerlo con frecuencia.
Me abrió la puerta la enfermera, una joven bajita con el rostro redondo y simpático, vestida todavía con la bata blanca. Las luces del piso estaban apagadas y no se oía más que el teclear furioso de una persona al fondo.
—¿Soy la última?
—Sí, el doctor te está esperando. Por cierto, ¿vienes de una fiesta de disfraces?
En ese momento me vi reflejada en el espejo del recibidor y comprobé que todavía iba caracterizada como el hada Marala. Avergonzada, saqué un pañuelo del bolso y, estrujándolo contra mi piel, apenas conseguí otra cosa que emborronarme el maquillaje de colores.
—Vengo de una función infantil —expliqué.
—Tranquila, busco unas toallitas húmedas y te las llevo a la consulta.
Sonreí y caminé los escasos pasos que me separaban del despacho de mi médico. Llamé con suavidad a la puerta semiabierta y entré al oír su voz.
—Buenas tardes —saludé.
—Buenas tardes, Candice, ¿cómo estás? —Se incorporó y me tendió la mano.
—Bien, gracias. ¿Qué era eso tan urgente que tenía que comentarme?
Si soy sincera, que me llamaran por mi nombre completo siempre me ponía nerviosa, aunque intentaba aparentar tranquilidad.
Más tarde me di cuenta de que la vida es una traidora que permanece agazapada para asestar el golpe que hará que toda tu existencia se tambalee definitivamente.
—Han llegado los resultados de tu última tomografía craneal.
—¿Y? —Apreté en las manos el pañuelo manchado y mi voz me traicionó con un agudo digno de una soprano.
—Verás, he descubierto algo. —Se interrumpió y desvió la vista hacia la puerta—. ¿Has venido sola?
—Sí.
—Quizá deberías llamar a tu hermano o a Archibald. Puedo esperar un poco más.
Eso disparó todas las alarmas. El hecho de que mencionara que iba a necesitar a dos de las personas que más quería en el mundo hizo que mis manos se cubrieran de sudor y empaparan el pañuelo, hecho ya un guiñapo.
—Prefiero saber qué sucede antes de contarles nada —dije de forma cortante, defendiéndome con la única arma que contaba: la indiferencia.
—Está bien —concedió él, y creí percibir una mirada resignada.
Se levantó y encendió la luz de la pantalla que ocupaba parte de la pared posterior. Allí estaba mi cerebro, refulgiendo en la oscuridad. Con un puntero láser señaló una minúscula mancha blanca.
—¿La ves? —me preguntó.
—Sí —mentí. Sólo veía un conjunto de luces y sombras sin sentido.
—Es un aneurisma. Muchas personas los tienen sin saberlo; a otras se les forman debido a la erosión de las venas, y otras, como creo que es tu caso, vienen como consecuencia de un trauma.
Hablaba en un tono académico, el mismo que tendría de estar impartiendo una clase de anatomía. Lo miré extrañada, sin entender todavía demasiado.
—¿Un trauma?
—Sí, el accidente.
Esas palabras fueron las definitivas. Agaché la cabeza e intenté pensar con calma, pero mi mente había caído en un abismo de oscuridad. Me sentí embotada y bloqueada como si estuviera en un limbo sin colores, sin vida, al igual que en los meses posteriores a mi accidente de tráfico dos años atrás.
—¿Se puede operar? —balbuceé finalmente, perdiendo la poca compostura que me había sostenido.
—Ahora no, resultaría peor la reparación que el daño en sí mismo. No obstante, es pequeño, hay que vigilarlo y estar pendiente de las señales.
En ese instante entró la enfermera y se sentó a una mesita accesoria. Vi que en una mano llevaba un paquete de toallitas húmedas sin abrir. No me lo entregó. Yo no se lo pedí.
—¿Qué señales?
—Dolores de cabeza, mareos, pérdida de visión, adormecimiento de un lado del cuerpo, dificultad al hablar...
—Lo entiendo —interrumpí, porque no quería seguir escuchando.
Levanté la cabeza y los observé a los dos. El médico, de unos sesenta años, corpulento, casi calvo, con un rictus severo en el rostro. La enfermera, frunciendo los labios y apretando en su mano las toallitas. Y deseé ver algo de compasión. Eran personas, al igual que yo. Y estaban dictando mi sentencia de muerte. El aire se tornó irrespirable y cerré los ojos. No me di cuenta de que lloraba hasta que sentí la humedad en los labios.
Lloré lágrimas de purpurina.
—¿Cuánto me queda? —pregunté con el resto de voz que todavía permanecía inmune en mi cuerpo.
—Es imposible de predecir. Meses, años, quizá toda la vida. Nunca se sabe.
¿Tenía que ser tan sincero? Sin duda, habría agradecido que matizara la cuestión.
—¿Cuántas posibilidades tengo de sobrevivir si... —se me trabó la voz— explota?
—Nunca me gusta dar cifras porque no son fiables.
—¿Cuántas? —exigí levantando con firmeza la cabeza.
—Más del cincuenta por ciento.
—Ya, lo que quiere decir que tengo casi el cincuenta por ciento de posibilidades de morir en cualquier momento.
El abuelo Braulio me habría regañado: «Debes empezar a ver el vaso medio lleno, no medio vacío». Pero el abuelo no estaba allí para sostenerme. Ambos se quedaron callados e intercambiaron una mirada cargada de circunstancias. Finalmente, la enfermera alargó una mano y me tendió una toallita húmeda. Me limpié los restos de maquillaje brillante, corazones y estrellas que adornaban mi rostro y me sentí hueca, arrancándome también el alma con ese acto de purificación. Casi sin fuerzas, me levanté de la silla.
—Espera, Candice, me gustaría darte una serie de recomendaciones, así como recetarte un medicamento para la tensión. También deberías decírselo a tu familia.
Me quedé de pie, como un tentetieso al que se le golpea y se tambalea, pero nunca llega a caer.
—No, no diré nada. Ya han estado bastante preocupados desde el accidente. Esto es algo mío —contesté con obstinación.
El doctor frunció los labios y me tendió la receta y un folio con indicaciones de lo que debía evitar, dietas y algo más que no me molesté en leer. La enfermera me acompañó a la salida y allí, sin que el médico nos viera, me apretó el brazo con suavidad.
—Candy, hay grupos de apoyo. Si quieres te doy el teléfono de alguno de ellos.
Me revolví como un animal cazado por un cepo, soltándome con brusquedad.
—¿Ah, sí? ¿Grupos que se reúnen en alguna parroquia a cantar y tocar la guitarra? ¿Tendré también un padrino, como en Alcohólicos Anónimos? ¿Me dará una medallita por cada mes que sobreviva? Y ¿cómo debo presentarme? «Hola, me llamo Candy, hoy estoy aquí, pero mañana puede que ya no.» —Me interrumpí al ver su gesto de estupor y comencé a llorar de nuevo.
La tristeza había vencido a la ira.
—Lo siento —susurré—, tú no tienes la culpa.
—Tú tampoco, Candy —contestó la enfermera.
—Sí la tengo.
—¿Por qué? —inquirió ella sorprendida.
—Porque maté a una persona y ahora estoy pagando por ello.
Y, sin decir nada más, cerré la puerta tras de mí.
El accidente. El maldito accidente en el que no morí, aunque deseé haberlo hecho.
Caminé sin rumbo por varias calles. Llegaba a una intersección y giraba sin saber adónde me llevaba, cruzaba los pasos de cebra en una nube y sin darme cuenta de que en cualquier momento podía ser atropellada. Iba observando los rostros de la gente, fijándolos un instante en mis retinas hasta hacerlos desaparecer cuando quedaban tras de mí.
Era una noche cálida de finales de septiembre, el sol se ocultaba tras los rascacielos, aunque el asfalto todavía guardaba su calor.
Todo era exactamente igual que el día anterior y, sin embargo, había cambiado por completo. Numerosas terrazas adornaban las aceras y la gente conversaba de manera relajada. Se reían, bebían y vivían. ¿No percibían nada extraño en mí? Sentía como si mi cabeza hubiera crecido hasta alcanzar un tamaño de proporciones incalculables. Me pregunté qué hacer a partir de ese momento, y decidí, sin lugar a dudas, que guardaría el secreto.
Hay secretos que guardas porque son demasiado preciados para compartirlos, otros no tienes a quién confesárselos, y de otros te avergüenzas. Mi secreto sería ocultado para proteger a mi familia.
Rememoré lo sucedido tras el accidente. Las reuniones familiares se espaciaron y acabaron por desaparecer. El espectro de aquella muerte nos cubrió a todos con una especie de oscuridad nebulosa y modificó nuestra conducta definitivamente. A mí me dejó secuelas físicas, unas casi imperceptibles escarificaciones en la mejilla izquierda y una ligera cojera que se acentuaba cuando el tiempo cambiaba de forma repentina. Todo ello era ínfimo si lo comparaba con las secuelas psicológicas. Comprendí que el dolor pesaba, que no era algo etéreo, que podía ser consistente y traicionero. Aunque se esforzaron porque llegara a creer que no había sido culpa mía, nunca lo sentí así y me martiricé durante los dos últimos años pensando que, si no hubiera pasado un semáforo en ámbar o no hubiera decidido parar a tomar un café y repostar en aquella gasolinera, podría haber evitado el accidente. La teoría de que el vuelo de una mariposa puede cambiar el mundo. Mi mariposa no voló aquel día, o quizá voló demasiado deprisa para poder alcanzarla.
Seguí caminando y caminando sin descanso hasta que llegué a las inmediaciones de mi casa cuando ya era más de medianoche. No me apetecía entrar, encontrarme con Archie. No quería ver a nadie, aunque tampoco tenía a donde ir. Con un suspiro, subí la escalera hasta el primer piso. Nada más abrir la puerta, supe que aquella noche mis deseos de soledad se iban a cumplir.
Últimamente Archie pasaba muchas horas en el trabajo, intentando levantar la empresa que lo había acogido como si fuera uno más de la familia. Lo compaginaba con un máster que estaba haciendo en Londres, donde tenía que viajar muy a menudo, así que no me extrañó.
También era conocedora del cambio que había experimentado mi carácter después del accidente, y no lo culpaba porque necesitara alejarse de vez en cuando. Si yo hubiera podido, también me habría alejado de mí misma. Me di una ducha rápida y me acosté en la inmensa cama, que parecía todavía más amplia en soledad. Abracé la almohada y lloré de nuevo con libertad.
Comencé a pensar en todo aquello que me perdería si fallecía, en todo aquello que nunca llegaría a saber, en todas aquellas personas que ya no conocería. No dudé ni un solo instante de que el médico, de forma cáustica e impersonal, había suavizado los datos, y tenía que ir preparando mi final. Sin embargo, no pude hacerlo. Me negué a rendirme con tanta facilidad, así que opté por enterrar ese secreto como había hecho con otros anteriormente. Como había hecho con el recuerdo de Albert, reduciendo así cada día que pasaba el dolor de su abandono.
Siempre había pensado que lo único que había marcado mi vida había sido conocerlo y, después, odiarlo. Dos años antes tuve que sumarle una cosa más: haber matado a una persona a la que quería en un accidente de tráfico.
Lloré con más intensidad, sabiendo que quizá ya no tuviera tiempo de volver a verlo. Nunca podría preguntarle mirándolo a los ojos el porqué de su traición. Y fueron sus ojos claros bajo el cielo de un verano que ya agonizaba los que me acunaron hasta que caí en un sueño lleno de turbulencias cuando el sol ya asomaba por la ventana.
CONTINUARA
