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CAPITULO 5
Si te dan una oportunidad, aprovéchala
Abrí los ojos de repente y un grito ronco murió antes de ser pronunciado. «Albert.» Siempre él. Parpadeé confundida antes de librarme de la inconsciencia del sueño. Estaba empapada en sudor y aferraba la sábana blanca de hilo con desesperación.
Esperé unos instantes a que los restos de la pesadilla se diluyeran y me levanté con lentitud. Comprobé la hora en el despertador y corrí hacia la ducha. Iba a llegar tarde.
Quince minutos después, estaba en la puerta poniéndome las bailarinas mientras me recogía la melena en un moño alto y, a la vez, intentaba cubrir mis ojeras con maquillaje mirándome de reojo en el espejo del pasillo, algo que no habría conseguido ni aplicando cemento armado.
Perdí el autobús y tuve que esperar al siguiente. Bajo la marquesina, rebusqué en mi bolso y encontré la receta del médico. Eché un vistazo detrás de mí, donde la farmacia ya abría sus puertas, y rompí el papel. Creía que el destino de una persona ya estaba fijado de antemano antes de nacer, por lo que empezar a tomar unas pastillas que no sabía qué efectos secundarios tendrían o qué beneficio podían suponer me pareció una idea inútil.
Llegué bastante más tarde de lo habitual a la empresa. Al pasar mi tarjeta identificativa por la ranura se abrieron las puertas acristaladas de Poppy y sentí una súbita nostalgia, como si en cierto modo ya me estuviera despidiendo de aquel lugar. Me detuve en el descansillo para sacar un café de la máquina y, con el vaso de plástico en la mano, me dirigí a mi despacho, situado en el primer piso. Entré y cerré la puerta. De forma mecánica, colgué el bolso y el blazer en el perchero y me puse la bata decorada con numerosas manos infantiles en infinitos colores: mi uniforme de trabajo. Me senté frente a la amplia mesa de dibujo, sin necesidad de encender ninguna luz, ya que el día era completamente soleado.
Llevaba en la misma posición cerca de una hora cuando Archie entró de improviso. Di un respingo y el vaso de café, frío y todavía lleno, se derramó sobre los folios blancos. Me levanté de un salto y él corrió a ayudarme a recoger el desastre.
—Espero que no fuera nada irrecuperable —dijo arrojando los folios a la papelera.
—No lo era —musité, ya que había sido incapaz de trazar una sola línea, y eso que ya me estaban presionando con la colección del próximo verano.
—Pareces distraída, ¿sucede algo? —inquirió mirándome con sus ojos del color de el trigo bajo las gafas metálicas.
—Nada. ¿Dónde estuviste anoche? —le pregunté recordando que no había dormido en casa.
—Me quedé aquí hasta tarde, así que preferí dormir en el sofá de mi despacho para no despertarte.
—Podrías haber llamado, al menos —añadí con algo de resquemor.
—Lo hice, tenías el teléfono apagado.
—¿Ah, sí?
—De hecho, lo sigues teniendo: te he llamado también esta mañana. No sé qué es lo que te mantiene en el plano abstracto, pero te aseguro que no es nada tan urgente como lo que te espera.
Lo miré frunciendo los labios; la gente siempre tiende a juzgar a los demás sin saber toda la historia.
—¿Qué es eso tan urgente? —mascullé.
—La junta de accionistas. Si no nos vamos ya, llegaremos tarde, aunque tú ya lo has hecho esta mañana —apostilló sin perder la sonrisa.
—Puedes descontarme la hora de mi próxima nómina..., ya sabes, la que no voy a cobrar de ninguna de las formas.
—Candy, recondúcete, que esta vez es serio.
—No sabes tú cuánto —murmuré saliendo con él del despacho.
Se oía una discusión acalorada detrás de las puertas de madera cerradas de la sala de juntas. No me extrañó; como empresa familiar, en ese tipo de juntas solían tratarse asuntos empresariales que después derivaban hacia temas de diversa índole. La empresa la fundó el abuelo, que empezó en un pequeño bajo en el centro de Madrid como sastre. Mi padre y mi tío entraron de aprendices y pronto se hicieron cargo de diversas áreas, decidiendo ampliar el negocio y trasladarse a las afueras.
No obstante, el capital social seguía perteneciéndonos, así como la toma de decisiones.
Entré en silencio y ocupé mi silla, a un lado de Tom. También habían acudido mis tíos y mis padres. El abuelo me saludó desde un sillón situado en una esquina. Decía que la empresa ya no era suya, pero seguiría siéndolo siempre. De hecho, no había día que no se trasladara para «ver qué se cocía en los talleres». Anny y Almudena no habían vuelto desde hacía dos años, ambas por motivos diferentes. La primera se mudó a Londres porque le ofrecieron un trabajo imposible de rechazar; la segunda, porque no me perdonó nunca lo sucedido en el accidente. Su padre tenía el poder notarial de las dos sobre la mesa. Archie saludó a todos y se encaminó al frente, donde había preparado una pequeña exposición acompañada de diapositivas realizadas en PowerPoint. Lo examiné con detenimiento y lo noté inusualmente nervioso. La americana de su traje había desaparecido, se había aflojado la corbata y recogido las mangas de la camisa en los codos.
Desvié la vista hasta la pizarra y me detuve en una serie de gráficos que reflejaban la situación económica de la empresa. No comprendí ni uno solo de ellos, para mí suponían una sucesión de líneas de color sin significado alguno, excepto que todas marcaban una tendencia descendente. Me esforcé en escuchar con atención.
—¡Todavía estamos pagando los dos camiones que compré hace tres años! —expuso mi tío, un hombre rubicundo y rubio, dando un puñetazo sobre la mesa de madera de cerezo maciza.
—Lo sé, y también llevamos un retraso en el pago de más de tres nóminas a los empleados. En cualquier momento nos van a empezar a llover demandas por despido improcedente y nos veremos obligados a responder —continuó mi padre con gesto cansado.
Mi madre le cogió la mano y se la apretó. Tom y yo nos miramos con gesto serio.
—¿Tan grave es? —expresé en voz alta, estudiando a todos los socios presentes.
—Estamos al borde de la quiebra. La cuenta de resultados muestra que en cualquier momento nos pueden plantear un concurso de acreedores, debemos más de quinientos mil euros a los proveedores y casi doscientos mil a los trabajadores. Por no hablar de las empresas externas que trabajan como subcontratas para nosotros. Nos estamos manteniendo a base de créditos.
Todos los meses tengo que hacer malabarismos para traspasar dinero de una cuenta a otra y evitar así un mal mayor —explicó Archie.
—¿Cómo... cómo hemos llegado a esta situación? —balbució mi hermano.
—A nosotros nos deben más de seiscientos mil, entre empresas que han quebrado y otras de las que estamos pendientes de ejecutar crédito en el juzgado. Pero no tengo muchas esperanzas de que se vayan a hacer efectivas, por lo menos en el próximo año—resumió Archie de nuevo.
—¿No os ayudó la indemnización que cobré del accidente?—inquirí sabiendo que ese tema solía ser tabú en las reuniones familiares.
—Ayudó, pero no es suficiente. Dudo que podamos devolvértelo—contestó Archie con gesto cansado.
—No era necesario, de todas formas...
—La crisis. La maldita crisis, que se ha convertido en la banda sonora de este país —explotó mi tía echándose a llorar.
—Seguimos teniendo propiedades. Los apartamentos de Menorca, las antiguas oficinas en el centro, este edificio, nuestras propias casas —dije buscándole el sentido a algo que no lograba entender del todo.
—Está todo hipotecado, hija —declaró mi padre con voz derrotada, como si no le quedaran fuerzas.
—No lo entiendo —asumí finalmente—. Nuestra ropa gusta, se vende. Tenemos varias tiendas diseminadas por el país, e incluso estábamos planteándonos exportar al extranjero.
—Es una cadena. —Archie me miró a los ojos—. Si se rompe un eslabón, caemos todos detrás.
—¡Joder! —Esta vez fue mi hermano el que golpeó con furia la mesa.
—Pero no todo está perdido. Por eso estamos aquí. —Archie se levantó y señaló un nuevo gráfico que apareció en la pantalla.
Todos nos volvimos hacia el colorido tapiz, y creo que todos lo examinamos minuciosamente sin llegar a entenderlo, excepto quizá mi padre y mi tío, que cruzaron una mirada de comprensión.
—Y ¿cuál es la solución? —exclamé.
—Tú. —Fue Archie quien habló.
—¿Yo? —pregunté desconcertada—. Y ¿qué puedo hacer yo?
—Hay una empresa, un holding chino que está interesado en comprar nuestros diseños. Parte de la explotación se trasladaría allí y eso abarataría costes. Además, están dispuestos a adquirir un paquete de acciones por una gran cantidad de dinero. Pero ponen una condición.
—¿Cuál? —inquirí entornando los ojos.
Había empezado a dolerme la cabeza, y no sabía si era un reflejo de la noche tan corta o de lo que me había comunicado el médico, despertando algo dormido en mi cerebro... ¿Quizá el temporizador?
—Quieren que la diseñadora principal sigas siendo tú.
—Bueno, eso no es problema —contesté con demasiada rapidez, olvidándome de lo que había oído en la consulta.
—Dentro de tres días tienes una reunión con ellos en Londres. Según cómo propongas y vendas la próxima colección, ellos entrarán en el negocio o no.
—¡¿Qué?! Yo no sé negociar, sólo sé diseñar. Eso siempre se le ha dado mejor a mi hermano.
—Sí, pero yo sé vender casas, no ropa —masculló Tom.
—¿Cómo llevas el inglés, hija? —inquirió mi padre.
—Eso también se le da mejor a mi hermano —farfullé.
—Si no hubieras odiado tanto a Bert, quizá ahora no hablarías inglés como un niño de primaria —atacó él.
—El odio era mutuo —dije como única defensa, porque en realidad tenía razón.
Había tenido decenas de oportunidades de aprender el idioma tal y como lo había hecho mi hermano, con estancias en casa de Albert y viajes a Inglaterra y Escocia, pero yo siempre me había negado. Ésa fue la primera vez que me arrepentí de veras.
—Te prepararé esta misma noche un discurso y trataremos los temas de cortesía durante dos días. Espero que sea suficiente—declaró Archie, aunque no se lo veía nada convencido.
Todos suspiraron a la vez y percibí que nadie estaba convencido de que aquello saliera bien. Yo era su clavo ardiendo, su última oportunidad. Y yo misma era mi última oportunidad, como si una metáfora maléfica hubiera decidido voltear mi vida.
—Lo haré lo mejor que pueda —dije con voz temblorosa.
—I'll do my best —puntualizó Tom.
—¿Cómo? —Me volví hacia él—. ¿Yo haré mi mejor? ¿Es que no saben decir nada con sentido?
—Ésa no es la actitud, hija —se quejó mi padre.
—Pues es la única que tengo. ¿Cómo se dice eso en inglés, Tom?
—I'll do my best —repitió él triunfante.
Asomaron algunas sonrisas de apoyo, y yo levanté el dedo corazón dirigiéndome a él.
—Esto no hace falta que me lo traduzcas.
—No lo haré, sólo te recordaré que en Inglaterra las peinetas se hacen levantando los dedos índice y corazón. Ya sabes, un consejito callejero por si lo necesitas —añadió guiñándome un ojo con sorna.
—¿Queréis comportaros? —pidió mi padre algo cabreado.
—¿Lo ves? ¿Lo ves? —Mi tía no paraba de darle codazos a mi madre.
—Yo no veo nada —contestó ella fulminándonos con la mirada.
—Está bien.—Levanté las manos en señal de rendición—Quemaré todos los cartuchos que nos quedan.
—Sólo nos queda uno, Candy, así que da en el centro de la diana.—La voz ronca del abuelo, sentado en un butacón en una esquina, fue la que puso el punto final a la reunión.
Después me guiñó un ojo, al igual que había hecho mi hermano, y sonrió de medio lado acomodándose la boina.
CONTINUARA
