.
.
❀ CAPITULO 6 ✿
✿ London calling ❀
Dos días más tarde, cuando me desperté, durante unos segundos fui completamente libre. Invadida todavía por una sensación onírica en la que no había recuerdos desagradables, sino esa levedad del ser que se despereza activando todos los sensores, no existen secuelas de accidentes automovilísticos, aneurismas que amenazan con reventar ni empresas a punto de quebrar.
Después, todo regresó de golpe, haciendo que me costara un poco más levantarme, provocando que asimilase con rapidez en qué se había convertido mi vida y qué podía hacer para solucionarlo.
Suspiré y, sabiendo que estaba sola en la cama, salí de ella sin una mirada atrás. Caminé hasta la cocina americana y me preparé un café, a la vez que consultaba los correos electrónicos en el móvil.
Con él en la mano, me dirigí al despacho y me apoyé en la jamba de la puerta, vestida todavía con el camisón. Observé a Archie en silencio mientras repasaba unos papeles con gesto concentrado. Habían sido dos días duros, de intenso aprendizaje, en los que había tenido que repetir las mismas frases más de mil veces con el fin de lograr la pronunciación correcta. No obstante, dudaba muchísimo de que lograra alcanzar el objetivo, rompiendo las esperanzas que la empresa había depositado en mí. Archie habló, ahuyentando así los pensamientos funestos:
—¿Ya te has despertado?
—Sí.
—He estado escribiéndote el discurso. Además, he añadido un dosier con algunas expresiones de cortesía y frases sobre direcciones, comidas..., ese tipo de cosas que creo que vas a necesitar.
—Gracias. No podías dormir, ¿verdad? —pregunté haciendo una mueca.
Lo extraño era que yo aquellos días no había perdido esa capacidad, como si mi cuerpo, agotado de todo lo que la jornada le había arrebatado, buscara con furia en el sueño recuperar las energías.
—No. Últimamente está siendo difícil —masculló él, y se frotó la nuca con gesto cansado—. ¿Algo importante? —inquirió mirando el teléfono en mi mano.
—Sólo mis padres, dándome los últimos consejos. Mi madre dice que lleve minifalda y escote, que me pinte los labios de rojo y sonría mucho, aunque no demasiado —maticé—. No quiere que parezca una fulana. —Archie sonrió y yo puse los ojos en blanco—. Sí, ha utilizado esa palabra. Ni siquiera sabía que siguiera existiendo —añadí.
—¿Y tu padre?
—Oh, mi padre ha sido más vehemente y directo. Quiere que me vista con un traje pantalón y me muestre seria y concisa. Me escribe que nunca se rio con el programa Humor amarillo y que, por tanto, para él los chinos no tienen sentido del humor. En la postdata añade que debería llevar bufanda porque en Londres hace mucho frío —expliqué.
—Y ¿a quién piensas hacer caso?
—Obviamente, a ninguno de los dos —aseveré recorriendo el pequeño espacio para sentarme sobre la mesa—. ¿En qué me estoy metiendo? —Suspiré hondo y busqué su apoyo.
—No lo sabemos todavía —respondió de forma enigmática—. Vamos —continuó al ver mi semblante serio—, será mejor que sigamos practicando un poco más.
('o') ^( '-' )^ ('o') v( '.' )v (' .' ) ('.') ^( '.' )^ ('.')v( '.' )v
Veinticuatro horas después me encontraba de pie con Archie junto al control de pasajeros. Al fin había elegido un vestido con cuello baby negro, un bolero de manga francesa y unos peeptoes con un tacón kilométrico que me alzaban hasta tener sus ojos ambar frente a los míos.
—¿Lo llevas todo? —inquirió él con visible nerviosismo.
Revisé mentalmente el contenido de mi maleta de mano, mi bolso y mi maletín negro de piel.
—Todo.
Me entregó los pasajes en un sobre cerrado.
—Se han disculpado porque no han encontrado asiento en business a la ida, pero sí a la vuelta.
—¿Ahora es más fácil encontrar vuelo en turista? —exclamé sorprendida.
—Por lo visto, sí. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.
—¿Y la clase media?
—Ésa va a desaparecer. Recuerda por qué estás aquí.
Reprimí un escalofrío. Estaba aterrorizada y no lograba disimularlo.
—Por lo menos podré emborracharme en el regreso si no lo consigo.
—Tienes que conseguirlo —aseveró—. Recuerda el saludo, no tartamudees, muéstrate siempre segura de lo que dices y, sobre todo, conquístalos.
—Y ¿cómo se supone que tengo que hacer eso?
—Con tu sonrisa los desarmarás.
Solté una carcajada y mi pelo rubio y rizado se agitó, cubriéndome parte del rostro.
—Claro.
—En serio, no hay nada que Candy White no pueda conseguir—afirmó Archie con total seguridad.
Lo miré buscando la confirmación en sus ojos, pero únicamente vi la sombra de la duda. Tragué saliva con fuerza y le cogí una mano.
—Archie, ¿por qué nunca lo hemos hecho?
—¿El qué? —preguntó desconcertado.
—Ya sabes, dar el paso definitivo. Vivimos juntos, pero nos vemos menos que cuando cada uno tenía su propio domicilio. A veces tengo la sensación de que nos estamos alejando y no logro entenderlo.
—Candy, no surgió, no hay que darle más vueltas.
—Pero... —Me detuve sin saber cómo continuar—. Nos queremos, quiero decir, tú y yo...
Esperé que él hablara, lo que hizo como si le costara un gran esfuerzo pronunciar las palabras exactas.
—Sí, te quiero.
—Entonces ¿por qué no lo hacemos? No necesito una gran boda, un gran vestido, doscientos comensales. Hace mucho que dejé de soñar, sólo los íntimos en un juzgado.
—¿Crees que éste es el momento para plantear algo así? —Su desconcierto y también su nerviosismo iban en aumento.
—No he encontrado otro momento, Archie. Éste es tan bueno como cualquier otro —insistí, sin darme cuenta de que estaba declarándome en medio de un aeropuerto.
—Candy, ahora no hay tiempo para otra de tus elucubraciones mentales, tienes que concentrarte en tu presentación.
—¡¿Elucubraciones mentales?! —A mi pesar, había elevado la voz y él parecía todavía más incómodo.
—Sí, eres incapaz de focalizar. Éste no es un buen momento, como tampoco es el lugar indicado.
—Y ¿cuándo lo será, Archie? —pregunté sintiéndome profundamente dolida—. ¿No has pensado que quizá la vida no sea eterna?
—Álex, déjame pensarlo.
—¿Pensarlo? —Ahora mi propio desconcierto era patente.
—Cuando regreses hablaremos.
—Creo que ya está todo dicho —afirmé con la dignidad que me quedaba, y me volví para dirigirme al control policial.
Él me detuvo sujetándome la muñeca con firmeza, aunque sin insistencia.
—Llámame para decirme cómo ha ido la presentación.
—Lo haré —musité, pese a que no tenía intención de hacerlo.
('o') ^( '-' )^ ('o') v( '.' )v (' .' ) ('.') ^( '.' )^ ('.')v( '.' )v
Era una idiota. A nadie en su sano juicio se le habría ocurrido plantear una proposición así cuando ve que lo único que cree seguro en su vida se le está escapando sin entender muy bien el porqué. Era como atrapar el aire con una red. Inútil.
Continué pensando que era una completa estúpida las dos horas siguientes, en las que me olvidé de estudiar el dosier con toda la información recogida por Archie. Al fin, decidí relegar a una esquina de mi cerebro lo que acababa de hacer y me puse a repasar una y otra vez las frases indicadas, consiguiendo mitigar el recuerdo de la bochornosa escena del aeropuerto.
Las luces que indicaban que debía atarme el cinturón y la brusca sacudida del aparato vinieron acompañadas del nudo en el estómago que me provocaba el encuentro con aquellos desconocidos que tenían el futuro de mi familia en sus manos. Guardé la documentación y miré por la ventanilla, a través de la cual contemplé una masa de nubes grises aposentadas sobre la inmensa urbe, protegiéndola o queriendo ocultarla de la vista. Me invadió una repentina sensación de tristeza y me pregunté cómo Anny era capaz de vivir en una ciudad tan oscura.
Cuando crucé de nuevo todos los controles y pasé por las puertas opacas, me detuve algo despistada intentando leer los carteles que portaban los chóferes o los guías. Ninguno llevaba escrito mi nombre, y presentí que aquello no iba a salir bien. No quise ser agorera y me alejé unos pasos con la intención de esperar un rato más. Conecté mi teléfono y un escalofrío me recorrió la espalda antes de sentir un soplo de aire cálido que me desconcertó.
Levanté la vista y vi a un hombre caminar con firmeza hacia mí.
«Mierda. Nonononononononono...»
Si el David de Miguel Ángel se hubiera convertido en un hombre de carne y hueso, sin duda habría sido él. Sus pasos destilaban fuerza y sensualidad, como si en sus genes se hubieran mezclado la elegancia sajona y la brutalidad gaélica . Era alto, quizá más de un metro noventa, su pelo rubio corto y peinado de forma alborotada le confería el aspecto de un diablo peligroso y decadente. Portaba en una mano una funda de traje, que se balanceaba con su paso erguido. Una bandolera de piel le cruzaba el pecho cubierto por una camiseta blanca informal bajo una chaqueta de cuero negro. Los vaqueros claros marcaban cada músculo de sus largas piernas y no contribuían mucho a ocultar su anatomía perfecta. Varias personas se giraron para mirarlo con atención, dándose codazos.
En Londres viven más de ocho millones de personas. Con toda seguridad, unos cuantos miles debían de estar en ese momento transitando por Heathrow. ¿Qué probabilidad existía de que me encontrara con la única persona que no deseaba volver a ver en mi vida? Mi abuelo habría dicho que, si se perdía una aguja en un pajar, sólo tenía que sentarme en el suelo y me pincharía el trasero.
«Mierda. Nonononononono...»
Instintivamente, me alisé el vestido, solté la maleta y me atusé el pelo, inclinando la cabeza para ofrecerle mi sonrisa de conquista. Me había jurado hacía ya nueve años que jamás dejaría entrever mi debilidad ante él. Que nunca le daría la oportunidad de comprobar todo el daño que me había hecho. Que no sería vulnerable a su magnetismo. Que le mostraría la mentira de que su abandono no había tenido efecto sobre mi persona. Que no había pisoteado mi corazón ni humillado mi alma de tal forma que había tenido que desaparecer para intentar recomponer lo que él había destrozado en una sola noche.
Tendría que convertirme en otra persona para conseguirlo.
Él se detuvo a escasa distancia y, como si se tratara de un león a punto de asestar la dentellada mortal a su presa, sus ojos claros recorrieron mi piel en una caricia que provocó que mis mejillas se tiñeran de rojo. Sonrió de forma sesgada, mostrando una dentadura perfecta, y su voz grave tuvo el mismo efecto en mí que un viaje al pasado. Tragué la saliva que, de improviso, se había atorado en mi garganta.
—¡Candy White! ¿Eres tú?
—No. Soy su gemela malvada.
«Así no, Candy —me dije—, así lo único que demuestras es lo que te sigue doliendo. I'll do my best, pero my very, very best.»
—Hola, Albert, ¿cómo estás? —añadí sin el entusiasmo que pretendía.
Le tendí la mano en un acto cortés, pero me arrepentí al instante.
Él la miró un momento enarcando una ceja, se inclinó hacia mí y, sujetándome por la cintura en un gesto claramente íntimo, me dio un beso en la mejilla. Aspiré su olor y contraje el estómago en respuesta. Me descubrí a mí misma deseando que el contacto de sus labios fuera más intenso y busqué aire boqueando de forma absurda. Su aroma era diferente, podía intuir su esencia bajo la capa de aquel perfume obscenamente caro. Me resultó extraño y desconcertante. Lo examiné sin disimulo alguno, buscando al joven desgarbado, tímido e incluso histriónico que mi cerebro había construido en aquellos años, sin encontrarlo.
—Muy bien. ¡Qué sorpresa encontrarte aquí! ¿Vacaciones?
—Tortura, ahora confirmada. Y, sí, es una sorpresa..., hummm..., sorprendente.
Se rio, y su risa retumbó en mis tímpanos en forma de recuerdo compartido en su compañía. No obstante, permanecí impasible, algo ocasionado por los nervios más que por mi carácter habitual.
—Estás preciosa, no has cambiado nada. ¿Cuántos años han pasado? ¿Cuatro, cinco?
«Ocho años y trescientos treinta y dos días, para ser exactos. Tampoco es que lleve la cuenta.»
—Más o menos, no lo recuerdo. Aunque tú sí que has cambiado—mascullé finalmente.
Él enarcó ambas cejas en un gesto divertido y, a la vez, sugerente.
—Quiero decir —me expliqué enrojeciendo de nuevo— que has cambiado bastante.
—Casi nueve años son mucho tiempo, Candy.
Sentí un pellizco en el corazón por su tono de voz tan sumamente cálido y la precisión en recordar la última vez que nos habíamos visto. Entorné con suspicacia los párpados.
—¿Has recobrado de repente la memoria?
—A diferencia de ti, yo nunca lo he olvidado.
Me mordí el labio con tanta fuerza que me hice sangre. Claro que no lo había olvidado. Me esforcé un poco más en mostrarme todo lo indiferente que podía, dadas las circunstancias.
—Para algunos, esos años han pasado mejor que para otros.
—¿Por qué lo dices? —Parecía interesado en conocer los motivos.
Lo rodeé frunciendo los labios. Él cruzó los brazos sobre el pecho, no supe si en defensa al escrutinio o para atestiguar que estaba en plena forma.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con el amigo de mi hermano? ¿Te lo has tragado? —inquirí recurriendo al sarcasmo como defensa.
Él echó la cabeza hacia atrás, mostrando su fuerte cuello y el nacimiento de la barba descuidada propia de dos días, estallando en una rotunda carcajada.
—Sigo sin saber los motivos que demuestran mi cambio.
—No estás calvo, ni gordo, ni se te han caído los dientes.
—No —contestó todavía sonriendo.
—Tenía esa esperanza —musité pesarosa.
Y entonces hice algo estúpido: le tiré del pelo.
—¿Qué haces? —preguntó él, extrañado por primera vez.
—Compruebo que no es una peluca.
—No lo es.
—Ya lo he visto, gracias.
Lo examiné de nuevo, detenidamente.
—¿Bótox?
—No.
—¿Ácido hialurónico?
—Ni siquiera sé lo que es eso.
—¿Blefaroplastia?
—¿Cómo?
—Sigues teniendo la nariz torcida.
—Cierto. Es lo único que siempre he querido arreglarme.
—Y ¿por qué no lo has hecho?
—Quería recordar por siempre que tú fuiste la causante de ello.
Me quedé mirándolo con la boca abierta y él volvió a reír a carcajadas. ¿Cuándo el amigo loser de mi hermano se había convertido en un adonis? ¿Mi cerebro había sido tan astuto de modificar cada rasgo de su cuerpo, ocultando cómo había terminado de esculpirse en un hombre que atraía las miradas como un fuego fatuo?
—¿Has acabado ya de examinarme? —inquirió cogiendo aire para expulsarlo luego con lentitud.
Pero ¿cómo había desarrollado esa enorme capacidad pulmonar? ¿Tomaría esteroides?
—Sí —murmuré.
—Bien. ¿Ya puedes contarme, entonces, qué haces en Londres?
—Tienen que venir a buscarme unos chinos.
—¿Qué?
Estaba claro que su presencia también había afectado las pocas neuronas de mi cerebro que todavía permanecían indemnes a su encanto.
—Quiero decir que tengo una presentación para una empresa china —aclaré—. Deberían haber enviado a alguien a buscarme.
—El tráfico a esta hora es horrible, es posible que se hayan retrasado.
—Ya —contesté sin poder apartar la mirada de su rostro, y sin estar todavía concentrada.
El sonido del teléfono terminó por espabilarme del todo y me apresuré a cogerlo. Era Archie.
—El recibimiento chino con flores y pancartas no se ha producido. ¿Qué sucede? —pregunté viendo que Albert se alejaba unos pasos para darme intimidad.
—He recibido un correo electrónico mientras estabas en pleno vuelo. Les va ser imposible ir a buscarte; por lo visto, han tenido un retraso debido a una tormenta en Hong Kong y el director general ha quedado atrapado en el aeropuerto. Te esperan mañana a las nueve en la sede de la empresa. Lo siento, Candy.
—No lo sientas. —Levanté la vista, observé a Albert y añadí—: Ya lo siento yo.
—Llevas la dirección del hotel que te han reservado en el maletín. Coge un taxi y que te lleve directamente allí —me indicó.
—Quizá sea mejor que llame a Anny, hace mucho tiempo que no la veo y...
—Candy, te conozco. Sé que, si llamas a Anny, la tarde se convertirá en noche, ésta en madrugada y todavía no habrás encontrado el maldito hotel —barbotó—. Haz el favor de hacer las cosas bien por una vez en tu vida o todos perderemos mucho.
Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula.
—Está bien —susurré con voz ronca por el esfuerzo, y colgué el teléfono golpeando la pantalla tan fuerte que estuve a punto de resquebrajarla.
Albert se acercó cuando vio que lo guardaba en el bolso.
—¿Algún problema?
—Me han dejado plantada, lo que no es buena señal —mascullé.
No me gustaba el plan, no me gustaba lo poco que había podido averiguar sobre esa misteriosa empresa de dudoso capital. No me gustaba estar en Londres y, mucho menos, estar en Londres en compañía de Albert.
—¿Tienes dónde alojarte? —preguntó solícito.
—Sí, un hotel cerca de Victoria Station —contesté sin apenas mirarlo.
—Puedo acompañarte, si lo deseas —ofreció.
—No es necesario, cogeré un taxi. Tengo órdenes precisas de la empresa.
—¿Y cuándo Candy, con «C» de caos, ha obedecido alguna orden?
Por primera vez sonreí de forma sincera al ver que también recordaba aquel dato.
—¿Sabes? Tienes razón.
Él me devolvió la sonrisa.
—No es un halago —añadí, y torcí la boca.
—No te preocupes, no me lo he tomado como tal.
—Eso espero.
—De todas formas, ¿qué caballero no acompañaría a una dama en apuros?
—Y ¿quién te ha dicho que tú seas un caballero y yo una dama en apuros?
—Soy un caballero y veo que estás completamente perdida.
—No lo eres y no estoy perdida. De hecho, pensaba llamar a Anny. Ahora vive aquí, ¿la recuerdas?
—Tu prima. No lo sabía. Y, sí, soy un caballero, lo fui hace nueve años y sigo siéndolo.
—Te aseguro que respecto a eso tenemos opiniones diferentes—apostillé con dureza.
—Me encantaría que me las contaras mientras cenamos —sugirió algo molesto.
—No pienso ir a cenar contigo. No tenemos nada de que hablar.—Mi réplica sonó a enfurruñamiento infantil.
—No pienso dejarte sola en Londres, Candy. Lo quieras o no.
—¡Vete a la mierda! —solté de improviso, pero él ni se inmutó.
Me cogió de la mano y tiró de mí hacia la salida.
—Ahora sí empiezo a reconocer a la Candy que recordaba—musitó.
—Suéltame la mano. ¡No soy ninguna niña! —exclamé apartándome de él.
—Como quieras —asintió con un gesto de la cabeza acompañando la afirmación.
Posó una mano firme en la parte baja de mi espalda, lo que me produjo el mismo efecto que tener una llama incandescente sobre mi piel. Enrojecí y lo miré de reojo. Lo vi sonriendo triunfante y eso fue infinitamente peor que me cogiera de la mano.
—Invitas tú, y asegúrate de que haya ingentes cantidades de alcohol —dije rindiéndome.
—Siempre tan amable —murmuró y, con un leve empujón, me dirigió hacia la salida.
Una vez dentro del taxi, me puse el cinturón, me separé todo lo que pude de la ventanilla y me obligué a respirar con normalidad.
—Ponte el cinturón —lo insté viendo que él se había arrellanado junto a la ventana contraria y miraba con demasiada concentración el fluido tráfico de la hora punta.
—A sus órdenes. —Me sonrió levemente y sus ojos se pasearon por mis manos apretadas en un puño y, después, se posaron en mi mejilla izquierda.
Estaba acostumbrada a las miradas de compasión y a las falsas palabras de conmiseración, pero había terminado por odiarlas.
Hice una mueca y miré al frente.
—Lo sabes. Mi hermano te lo contó, ¿no?
—Sí. ¿Estás bien? —Su tono no era condescendiente, sólo mostraba preocupación.
—Ahora estamos empatados. Te rompí la nariz y yo llevo cicatrices en el rostro —dije con un tinte de amargura implícito en la voz.
—Apenas son perceptibles, Candy. —Su tono se suavizó, y yo apreté los dientes.
—Sí lo son.
—No estoy seguro de a qué cicatrices te refieres.
Suspiré hondo y por un instante deseé que su mano cogiera la mía, cosa que no sucedió.
—A todas.
—Podría haberle sucedido a cualquiera. —Su voz seguía siendo aterciopelada.
—Sí, pero me sucedió a mí —mascullé, y con eso di por finalizada la conversación.
('o') ^( '-' )^ ('o') v( '.' )v (' .' ) ('.') ^( '.' )^ ('.')v( '.' )v
Casi una hora después, el taxi nos dejó en una concurrida avenida con el imponente edificio de Victoria Station a nuestra espalda. A pocos metros, vi un restaurante japonés.
—¿Japonés? —Mi voz agonizó.
—Sí, creo recordar que el sushi es una de tus comidas favoritas—dijo Albert con amabilidad.
—Tienes muy mala memoria —aseveré.
Aparte de la sopa de miso, no había nada que me gustara de la comida japonesa. No obstante, entré delante de él, empujada por su mano persistente en mi espalda.
Lo saludaron como si lo conocieran, y parecieron indicarle un reservado que debía de utilizar a menudo.
—Suelo trabajar para las empresas de la zona y vengo a comer de forma ocasional —me explicó mientras nos dirigíamos hacia nuestro destino.
Una vez allí, abandoné la maleta, el bolso y el maletín en una esquina y procedí a imitarlo, arrodillándome. La postura era harto incómoda, así que dejé los pies a un lado. Después me retorcí en una posición imposible y acabé sentada sobre un costado con los tobillos cruzados en el tatami. Lamenté no haber seguido los consejos de mi padre y me arrepentí de llevar un vestido tan corto, viendo cómo él tenía la mirada fija en mis piernas desnudas. Debería haber cogido también una bufanda, de ocho metros, a ser posible. Mientras yo efectuaba equilibrismos dignos del Circo del Sol, Albert ya se había colocado frente a mí con una habilidad que no era propia de un hombre de su tamaño.
Cuando nos trajeron la carta, le hice un gesto con la mano indicándole que pidiera él por los dos. Era inútil que la estudiara, no iba a comprender una sola palabra.
El restaurante era sofisticado pero tradicional. El kikisake-shi apareció con la intención de ofrecernos la recomendación respecto al menú elegido. Oí a Albert murmurar: «Jukushu», y meneé la cabeza mordiéndome la lengua para no soltar: «¡Qué repelente! ¡Y, encima, habla japonés!». La tokkuri, o jarra decantadora, elegida, fue recogida por Albert, que acompañó con un «domo» perfectamente pronunciado. Dejé que me llenara la sakazuki, o la taza de sake, sujetándola con la mano y poniendo la derecha como base, mientras me entretenía en observar la decoración en blancos y negros. Una suave música que provenía del hilo musical, convenientemente escondido, daba al reservado una intimidad propia de parejas enamoradas. Di un sorbo al sake esquivando los ojos de Albert y, después, olvidándome del protocolo, bebí el resto. Sentí un súbito mareo, acompañado del aroma de unas gruesas velas que adornaban la mesa y que desprendían un agradable olor a vainilla especiada, lo que me permitió relajarme lo suficiente como para sentirme medianamente cómoda en aquel espacio que parecía llenar él.
—Bueno, cuéntame qué tal están todos. Hace semanas que no hablo con Tom —comenzó Albert.
—Bien.
—¿Y la empresa?, ¿qué es esa presentación de la que hablabas antes? ¿Tenéis pensado expandiros al resto de Europa?
—No.
—¿Es acaso un secreto de Estado?
—No.
Bebí la segunda taza de sake, sintiendo el fuego atravesar mi garganta hasta aposentarse como un ladrillo en el estómago. Ni siquiera había logrado probar los exquisitos platos expuestos frente a nosotros. Cerré los ojos y dejé que la falsa languidez del licor me calmara.
—Sólo pretendo ser amable. Si lo prefieres, terminamos y te acompaño al hotel —asumió él al final.
Levanté la vista y lo encaré buscando... ¿Qué buscaba? Ni yo misma lo sabía.
—¿De verdad te interesa? —inquirí con demasiada brusquedad.
—Por supuesto. ¿Has traído tus diseños?
—Sí.
—¿Puedo verlos?
—Claro, pero..., en serio, no creo que sepas nada de este tipo de asuntos.
—¿Sobre diseño? Te equivocas. Últimamente he descubierto que me interesan mucho.
—¿Y eso por qué? —pregunté bastante desconcertada—. ¿Qué tiene que ver la moda con la informática?
—Tengo dos trabajos. Uno es mi pasión, y el otro, mi oficio. Y, en ocasiones, ejerzo de modelo —afirmó sin dejar claro cuál era la pasión y cuál el oficio.
Me quedé muda. Pero mi silencio duró sólo un instante. Solté tal carcajada que hasta los paneles del reservado temblaron.
—¿Tú? —jadeé entre risas, secándome las lágrimas—. Y ¿de qué eres modelo? ¿De zapatos?
No podía imaginarme al Musaraña, por muchas horas de gimnasio que hubiera invertido en esos años, en una profesión tan exigente como la de modelo.
—No: de ropa deportiva. Es algo que surgió por mi pertenencia al Middlesex. ¿No lo sabías? —Su pregunta sonó como una acusación en toda regla. Parecía molesto y algo enfadado.
—Pues no. Tom no lo había mencionado. Lo último que supe de ti es que habías montado una empresa informática de apps para móviles. —Entorné los ojos con suspicacia—. De ahí debe de provenir tu exceso de musculatura gimnástica..., ¿no? Y ¿qué anuncias? ¿Chándales y cosas así?
La tercera taza de sake desapareció en mi boca, y él resopló con indignación.
—No son precisamente chándales, como los llamas tú. Y no voy mucho al gimnasio, si es eso lo que te preocupa. En realidad, prefiero los deportes al aire libre.
—No me preocupa en absoluto.
—Ya veo. Pertenezco a un equipo de críquet —aclaró.
Contuve la risa a duras penas.
—¿Modelo? ¿Críquet?... ¿También juegas al bridge con la asociación vecinal, querido?
—Pues sí, y se me da bastante bien. Y, como te dijo tu hermano, no he dejado aparte mis estudios de ingeniería informática. No son apps para móviles. Es una empresa de seguridad informática que monté hace ocho años con dos socios.
—Eso te pega mucho más. Por cierto, ¿eso del críquet sigue existiendo?
Me miró con enfado mal reprimido.
—Mi equipo, el Middlesex, fue el campeón del año pasado de la County Championship —pronunció de forma tirante.
—Pero ¿eso no lo juegan en la India?
«Y los abuelitos ingleses.» Aunque eso no lo dije en voz alta.
Albert meneó la cabeza con consternación.
—Se practica en todos los países que forman la Mancomunidad Británica de Naciones, aunque sí que es cierto que en la India es muy popular.
—Es que hasta para eso eres raro. No podía darte por el fútbol como a todos. No, el Scottish tenía que salirnos friki hasta para golpear una pelota. Porque se juega con una pelota, ¿no?
—Sí, una pelota bastante maciza y del tamaño de una de tenis, pero también utilizamos bates y...
—Ah, ya, y unos arquitos de madera en el suelo por los que tenéis que pasar la pelota; parecido a la petanca, vamos.
—¿Petanca?
Albert casi se atragantó con la palabra, y yo no pude reprimir un asomo de sonrisa. Para mí era tan absurdo imaginármelo jugando al críquet como posando a lo Jon Kortajarena. Aunque ahora que lo miraba con detenimiento, hasta se le parecía un poco. Sólo un poco. En la mandíbula marcada. O tal vez fuera su abierta sonrisa.
—Será mejor que me dejes ver esos diseños —masculló enarcando una ceja ante mi escrutinio y extendiendo una mano, ofendido.
—Nada, que también nos ha salido sensible —murmuré, y me volví a buscar la carpeta con los diseños.
Se la entregué y quedé a la espera. La verdad es que creí que no apreciaría ni entendería los dibujos. Él pasó las páginas una a una, despacio, deteniéndose en cada uno como si los estuviera analizando.
—Son realmente magníficos. Tom me dijo que eras buena, pero no sabía que tuvieras tanta imaginación. Llenas de color a los niños, de alegría, en definitiva —dijo mirándome con una grata sonrisa. Parecía haber olvidado parte de su enfado.
—¿En serio? Gracias —balbuceé, y la cuarta taza de sake se vació misteriosamente.
—¿Cuál es el motivo, entonces, de la reunión con esa empresa china? —inquirió con interés.
Supongo que el sake me había ablandado el cerebro y había liberado mi lengua con descaro.
—La empresa está casi al borde de la quiebra. Necesitamos su dinero.
—Aunque a ti no te convence —asumió él.
—No. No me gusta. Parte de la producción se trasladará a China, la calidad disminuirá, y seguro que se pierden varios puestos de trabajo. Los empleados para mí son como mi familia.
Prácticamente he crecido entre los talleres y los despachos.
—Pero no tenéis otra opción.
—No. Necesitamos una inyección de dos millones de euros como mínimo. Los bancos ya no nos proporcionan más créditos. Todas las propiedades están hipotecadas, hasta el apartamento de Menorca, ¿lo recuerdas?
Sonrió de forma sesgada y sus ojos se volvieron soñadores.
—Sí, a la perfección.
—Pues ahí tienes el resumen. Tengo que conquistarlos para vender todo lo que amo por dinero.
—Ya, entiendo —dijo rascándose la barbilla cubierta por esa barba que me obligaba a no despegar los ojos de él.
Bebí con rapidez la quinta taza de sake. Estaba empezando a ver su contorno borroso, aunque eso también me permitía olvidar por unos instantes dónde me encontraba, con quién y, sobre todo, por qué. Era buena gente, eso fue lo que me enamoró de él. Hasta sus ojos celestes lo mostraban. Una mirada directa y franca. El deseo de abrazarlo para protegerlo y a la vez ser abrazada por él para sentirme segura. La contradicción de ser mujer, en una palabra.
—¿Y si yo te diera el dinero? —dijo de improviso.
No escupí el sake porque ya había conquistado mi estómago, pero mi boca abierta debió de ser muy elocuente.
—No es ninguna broma. Puedo hacerlo —asintió con seriedad.
Lo miré suspicaz. Se me olvidaron todos los consejos de Archie, ni sonreí ni intenté conquistar. Desconfiaba. Había llegado el momento de negociar y tenía que espabilarme.
—¿Qué quieres a cambio?
—Un año de tu vida.
Y lo dijo así, con un tono indiferente, sin una sílaba más alta que la otra, como si estuviera comentando una noticia de la televisión.
—¿Por qué quieres tú un año de mi vida? —pregunté estupefacta.
—Porque me lo debes.
—¿Que te lo debo?
—Sí, el año siguiente a tu dieciséis cumpleaños. Me robaste aquel año y quiero que me lo devuelvas.
—¿Que yo te lo robé? —Hablaba a borbotones, expulsando toda la ira acumulada en aquel tiempo—. ¡¿Cómo puedes ser tan cínico y tan falso?!
—Lo hiciste, y eso quiero si tú accedes —afirmó con terquedad.
—Y ¿cómo piensas hacerlo?
Seguía sin creer que estuviéramos manteniendo esa conversación sin llegar a las manos, ya que, por fortuna, los palillos de madera eran un arma muy poco contundente.
—Casándome contigo.
—¡¿Qué?!
—Candy, estoy seguro de que te han oído hasta en la calle.—Sonrió divertido.
—¿Te has vuelto loco? ¿Para qué narices quieres tú que me case contigo?
—Digamos que tengo un plan.
—Un plan, ¿para qué?, ¿para volverme loca con tus tonterías?, ¿para encerrarme en un psiquiátrico?, ¿para asesinarme en nuestra noche de bodas con un cuchillo jamonero?
Comenzó a reír a mandíbula batiente, que no era precisamente lo que quería provocar en él, y yo, en respuesta, me atraganté con mi sexta taza de sake. ¿O era ya la séptima?
—Dios, había olvidado eso de ti.
—¿El qué?
—Lo que me hacías reír. Pensaba que lo recordaba todo: tu forma de ladear el rostro y guiñarme un ojo cuando creías que nadie nos veía; tu forma de sonrojarte y suspirar cuando te besaba; tu voz cuando...
—Calla —le pedí.
—Y tus gemidos cuando llegabas a...
—¡Cállate!
Me froté la frente intentando despejarme. Sin conseguirlo.
—Perdona, Candy, no quería molestarte.
«No lo has hecho, sólo me estoy desangrando, pero eso tú nunca podrás verlo», pensé. Carraspeé y le pregunté de nuevo a qué plan se refería.
—Un plan para reconquistar a una persona —respondió con seriedad.
—Pues déjame decirte que casarte con otra no es un buen plan.
—Lo es, estoy convencido. Llevaba pensando en ello mucho tiempo, y tú has llegado en el momento justo.
Lo miré de nuevo con detenimiento mientras paladeaba otra taza de sake. Contrariamente a lo que suele suceder, el alcohol no me había provocado ni un ápice de locura ni de alegría, sin embargo, me estaba haciendo analizarlo todo desde diferentes puntos de vista. Hasta que encontré la verdadera razón.
—¡Joder! ¡Eres gay!
Él, entonces, sí se atragantó con su bebida y tosió sin disimulo.
—No —negó con rotundidad.
—¿Estás seguro?
—Al cien por cien.
—Vaya, eso habría explicado muchas cosas. Por ejemplo, tu extraña afición al perfume que marea, tu gomina en el pelo, tu ropa de marca pegada al cuerpo y, sobre todo, que juegues al críquet y sepas hablar japonés. ¿También sabes hacer la ceremonia del té? —Obvié su gesto de estupor y continué con mi diatriba—: ¿Lo sabe mi hermano? Puedes contar con mi apoyo de todas formas, yo soy progay, o probanderita arcoíris, proderechos humanos y supersuperhippy happy flower power. Siempre participo en la semana del WorldPride —aseveré haciendo el signo de la victoria con una mano, claro que no recordé que allí su significado era el contrario y en realidad lo estaba mandando a tomar... viento fresco.
Albert se pasó la mano por el pelo, revolviéndoselo, y por un instante me olvidé de lo que acababa de decir y sentí la irrefrenable tentación de hundir mis dedos en él y comprobar si era tan suave y maleable como parecía. Su carcajada me arrancó de mis ensoñaciones.
—¡Joder, Candy! ¿Algún día aprenderás a medir tus palabras? Te estoy diciendo que no soy gay. Creo que no tengo nada que explicarte. —Su tono se volvió duro y brusco.
—¿En serio? —insistí.
—Pero ¿cómo es posible que seas precisamente tú quien me pregunte eso? —exclamó enfadándose.
—Pues porque tengo información de primera mano —contesté con demasiada rapidez.
Él resopló e hizo un amago de levantarse. Luego pareció pensarlo, se mesó el pelo de nuevo y suspiró con cansancio.
—Te estoy diciendo la verdad. Piénsalo con calma. Si te conozco en algo y, sí, te conozco, sé que no terminas de fiarte de ese extraño acuerdo con el holding chino. Yo te ofrezco algo diferente. La producción seguirá estando en vuestras manos, el diseño también y, por supuesto, no perderéis ningún puesto de trabajo. Nadie tiene por qué saberlo. Necesitas el dinero. Después de un año, cada uno por su lado con los problemas resueltos. Te considero una mujer inteligente, sé que elegirás de forma correcta. Sabes que Tom es como un hermano para mí. ¿Crees que haría algo que pudiera perjudicarle?
Me quedé de nuevo en silencio y bebí el sake que, de forma milagrosa, llenaba de nuevo mi taza. Me pregunté si pretendía emborracharme.
—¿Cuánto dinero?
—Estoy dispuesto a daros un millón y medio de libras. No será un contrato de préstamo, sino una entrega trimestral sin condicionantes. Únicamente estará sujeto a que tú sigas siendo la diseñadora de la empresa.
—¿Tienes tanto dinero? —Mi voz destilaba incredulidad.
—Lo tengo.
—¿Sexo?
—¡No! ¿Crees que pagaría tanto dinero por acostarme contigo?
Hice un gesto como si me clavara una lanza en el corazón. En realidad, me sentí exactamente así. Lo miré con fijeza, con gesto adusto. Al fin y al cabo, en su día yo le salí bastante más barata. Casi de saldo, podría decirse. Si quería herirme, lo había conseguido con tan sólo una pregunta. Al ver que continuaba callada, insistió:
—Nunca he necesitado pagar para acostarme con nadie.
—Aunque alguna sí que pagaría por acostarse contigo.
«Hablar sin pensarlo primero puede dar lugar a muchos malentendidos», otra sentencia de mi abuelo que podría aplicar a la situación.
—Alguna sí que ha habido... —Dejó la frase en suspenso y sonrió. Sonrió con amplitud, con suficiencia, con chulería.
—Eres un engreído, ¿crees que yo querría acostarme contigo?—contesté, reprimiendo la acidez del sake en mi boca.
Su rostro cambió en un instante. Se inclinó y lo situó a unos pocos centímetros del mío.
—¿Aceptas? —dijo ignorando mi pregunta y lanzando la definitiva.
Un año entero con Albert. Trescientos sesenta y cinco días. Ocho mil setecientas sesenta horas. Quinientos veinticinco mil seiscientos minutos. Para mí, toda una vida. Pero, si lo pensaba con calma, lo que él me ofrecía tenía muchas más ventajas para mi familia que hipotecar el futuro de la empresa en otra de la que no terminaba de fiarme.
—No —respondí al fin, retándolo.
Sus ojos se entornaron hasta parecer dos afiladas líneas brillantes en su rostro serio y, también, sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque no. No tengo que darte explicaciones. —Como vi que iba a comenzar a hablar, me adelanté—: Bueno, te las daré: no quiero pasar mi últi..., un año contigo. No me gustas; en realidad, te detesto, me caes mal. Sigo pensando que eres un gay reprimido y, además, un hipócrita y un mentiroso.
—¿Eso piensas de mí? —Su voz denotaba una pizca de dolor y mucha desilusión.
Fruncí los labios. Lo pensaba, sí. Me había esforzado en pensarlo durante nueve años para poder soportar su abandono, y no iba a claudicar ahora como si fuera la protagonista de Una proposición indecente. Y encima, sin sexo. Era mi vida, no una película.
Pero sus ojos me observaban sin ambages, directos y sinceros, y comencé a replanteármelo. ¿Había una súplica oculta en su mirada?
—Tengo que consultarlo, no sé, es demasiado precipitado para...
—Es ahora o nunca. Esta oferta expira en cuanto salgamos del restaurante —sentenció con dureza.
—Y ¿cuál es mi papel?
—Serás mi esposa de cara al público. Tampoco te pido una exposición mediática que no puedas controlar. Me acompañarás a algunos actos públicos, el resto del tiempo puedes pasarlo trabajando o como quieras.
—Suena a contrato de esclavitud —murmuré sin fuerza.
—Candy, no. No dejaré que reduzcas esto a algo miserable. Es un negocio. Un negocio rentable para ambas partes.
—Para una más que para la otra.
—Candy, no te estoy pidiendo que renuncies a tu vida. Sólo te pido un maldito año a mi lado. ¿Tanto es?
—Para mí, demasiado.
—Piensa en tu familia.
—Eso es un golpe bajo.
—Piensa en la empresa, esa empresa que adoras. Piensa que esto es un pequeño sacrificio para disfrutar de las rentas el resto de tu vida.
—Ja, el resto..., dices.
—Hablo completamente en serio. Decídete ya, Candy.
—Es una locura —mascullé frotándome la frente.
—Es un acuerdo comercial —contradijo él—. Es obvio que esto no se lo puedo pedir a una desconocida, sino a alguien que...
—Que esté desesperada por conseguir el dinero —terminé la frase por él.
—Quiero ayudaros, Candy. Sabes que no encontrarás otra opción mejor —añadió bajando la voz, que se convirtió en un susurro tiznado de ternura. Había cambiado la estrategia de exigir a convencer.
—Sé que me arrepentiré toda mi vida...
—Pero...
—Acepto —escupí, y me dolió cada sílaba que pronuncié.
—Bien, vamos a celebrarlo entonces —dijo, y cogió la tokkuri de sake—. Vaya, te la has bebido toda, pediré otra —añadió agitándola.
—Pide también una daga sacramental.
—¿Para qué quieres algo así?
—Para hacerme el haraquiri... Muy propio, ¿no?
—Joder —murmuró, y por primera vez lo dijo pesaroso—. Creo que esto va a ser más difícil de lo que parecía.
—Dicen que el matrimonio es lo más parecido al infierno.
—¿No dicen también que el infierno es mucho más divertido que el cielo?
Me sonrió de tal forma que lo adiviné. Su gesto, la dilatación de sus pupilas cuando yo vacilé un momento antes de quedar atrapada definitivamente. Quería un año de mi vida para culminar la venganza que había iniciado una tórrida noche de verano en Menorca. Me toqué la cabeza en un acto reflejo, donde creía que tenía alojada la bomba, que en ese instante activó el temporizador.
«Un año, ¿eh, Albert?»
Esta vez sería yo quien ganara la apuesta.
('o') ^( '-' )^ ('o') v( '.' )v (' .' ) ('.') ^( '.' )^ ('.')v( '.' )v
Cuando abandonamos el restaurante había comenzado a llover, esa lluvia incómoda que cae con lentitud, empapándote. El aire cortaba hasta el extremo de arrancarme lágrimas de los ojos.
Albert se quitó su cazadora y me la puso sobre los hombros. Habría protestado, pero mi supervivencia al hostil clima inglés me obligó a mantenerme callada. Inconscientemente, aspiré el olor que la prenda atesoraba. Me tambaleé y tropecé con un adoquín. Él sonrió, como si apreciara el efecto que tenía en mí, y me sujetó por el codo.
—Vamos, my fiancée. El hotel está cerca, apenas a dos manzanas.
—¡Oye! A mí no me insultes. —Lo miré indignada.
Aquella palabra con reminiscencias a novelas victorianas de amantes pertrechados tras cortinajes de terciopelo me había golpeado los oídos como una bofetada.
—Fiancée significa «prometida». ¿No lo sabías? —Su sonrisa se hizo más amplia.
—¡Qué mal suena en boca de aquel a quien no quieres oírsela!—mascullé apretando el paso.
Sus zancadas pronto me alcanzaron.
—¿Cómo sabes dónde está el hotel? —inquirí ceceando un poco.
—He visto cuál era cuando has sacado el dosier de la presentación—contestó sin más explicación mientras balanceaba mi maleta rosa en su enorme mano. Maleta que pesaba con exactitud quince kilos y medio, ya que me había asegurado escrupulosamente de «casi» cumplir el reglamento del equipaje de mano en los aviones. Así era yo, me gustaba el riesgo.
De improviso, se detuvo y me tambaleé de forma vergonzante. Elevé la vista y enarqué las cejas con sorpresa.
—¿Es aquí? —pregunté.
—Sí, entremos.
El edificio victoriano, con una inmensa arcada en piedra por la cual se podía acceder en coche, nos dio la bienvenida. Apenas pude ver parte del patio empedrado, que estaba rodeado de parterres con peonías en flor, antes de que un botones uniformado nos abriera la puerta acristalada situada a nuestra izquierda.
—Sir, madam...
Con paso decidido, Albert se encaminó a la recepción. Yo me detuve a medio camino observándolo todo con expresión extasiada. El techo era una sucesión de arcos abovedados, lo que contrastaba con la sobriedad y la elegancia del entorno. Las paredes, cubiertas de antracita, dejaban caer una cortina de agua que susurraba al llegar a un estanque estrecho cubierto por nenúfares que circundaba toda la estancia. Unos sillones en piel negra frente a unas pequeñas mesas y música ambiental que brotaba de altavoces ocultos lo convertían en un lugar fascinante y acogedor. Carraspeé y me dirigí a los mostradores de mármol travertino. Albert ya estaba solicitando mi habitación.
Me perdí en los derroteros de la conversación sin apenas entender más de dos palabras. Pero sí comprendí que nos habían tomado por una pareja al uso. Dejé mi bolso de mano sobre el mostrador con un sonoro golpe.
—¡No! —Miré a Albert como si se hubiera convertido en algo sumamente desagradable y, después, encaré al atribulado recepcionista—. He and me... —Me detuve sin recordar cuál era la palabra para definir «entre», di un manotazo y lo solucioné a la española—. He and me, nothing de nothing.
Otro recepcionista se acercó presto en ayuda de su compañero. Me miró asombrado y la comisura de su labio se elevó arrugando su nariz inglesa.
—He... far far away —añadí recordando un cuento infantil.
El recepcionista ayudante pareció sufrir un espasmo que derivó en un tic nervioso en el ojo.
—Forever and never of ever —continué, ya imbuida en el idioma inglés por completo.
El recepcionista ayudante enarcó ambas cejas y el tic en el ojo se acentuó.
—Are you entertaining me? —pregunté algo molesta.
Albert suspiró y miró al joven que nos atendía reprimiendo una sonrisa.
—Tranquila, señorita White, yo la entretengo perfectamente—dijo éste con deliberada calma, aprovechando que su compañero ayudante inglés había iniciado una compulsiva cuenta de facturas en una esquina—. Es un placer que haya elegido nuestro hotel para hospedarse. Le estaba ofreciendo al caballero un refrigerio, ya que el restaurante está cerrado. No obstante, tenemos un servicio de habitaciones que funciona durante las veinticuatro horas del día. Pueden pedir lo que deseen —continuó sin respirar, todo seguido. Después, me miró sonriente.
Me fijé con atención en el nombre que indicaba su placa dorada:
Stear Ramírez.
—¿Eres español? —inquirí abochornada.
—Concretamente, de Cuenca.
—Bonitas casas colgadas —murmuré.
—¿Casas colgadas? —Albert se mostró intrigado.
—Investiga en Google, que para eso está.
—Y ¿de dónde cuelgan? —prosiguió él, alargando mi vergüenza.
Lo miré directamente, reparando en su sonrisilla sarcástica.
—De tu cuello, si me dejaran —mascullé.
Stear carraspeó con disimulo, interrumpiendo nuestro feroz intercambio de miradas y frases con dinamita. Me volví hacia él.
—Bien, pues ahora que todos nos hemos presentado, le confirmo que la reserva está sólo a mi nombre y que no tengo ningún tipo de relación con él..., con este que me acompaña.
—De acuerdo —contestó Stear sin perder la apostura—. Aquí tiene la llave de su suite. Si necesita cualquier cosa, no dude en llamar. Marque el cero en el teléfono y tendrá acceso directo con recepción. Piso primero a la derecha del ascensor. No tiene pérdida.
—Gracias —musité y cogí la tarjeta imantada, girándome hacia los ascensores.
Albert me siguió, murmurando entre dientes.
Me volví enfurecida.
—¿Qué es lo que estás mascullando?
—Who, me? Nothing de nothing —contestó de forma inocente, para sonreír después con burla.
Apreté los dientes, respiré hondo y me metí en el ascensor, deteniendo su avance.
—Sé llegar por mí misma a la habitación.
—Permíteme dudarlo —respondió con formalidad.
—Permíteme asegurarlo. —Enarqué una ceja dando fuerza a tal afirmación.
—Está bien, Candy, conozco tu terquedad. Tienes mi teléfono por si me necesitas, aunque estaremos en contacto. —Se inclinó y me dio un suave beso en la mejilla—. Ha sido un placer.
—Por desgracia, no puedo decir lo mismo.
El pequeño triunfo que había conseguido con mi despedida a lo actriz del Hollywood de los años cuarenta, aunque me faltó el golpe de melena, desapareció cuando percibí una sombra fugaz de dolor en sus ojos. El remordimiento me duró un piso exacto, y lo olvidé una vez me vi incapaz de localizar la dichosa habitación. Durante más de media hora vagabundeé por los pasillos sin seguir un rumbo concreto. Atravesé un pequeño puente acristalado, me interné en un salón de reuniones, saludé cortésmente a los reunidos con una profusa reverencia; encontré el gimnasio, que crucé lo más rápido que pude huyendo de un entrenador bastante interesado en que yo fuera su próxima víctima; descubrí las cocinas, donde sonreí a los últimos pinches que recogían y, finalmente, llegué hasta el restaurante cerrado. Giré, volví sobre mis pasos y acabé entrando de nuevo en la recepción por la puerta de servicio.
—Hola —saludé a mi compatriota.
—Señorita White, ¿de dónde ha salido?
—No tengo ni la más remota idea. Si su hotel es un laberinto, deberían premiarme al menos por haber encontrado la salida. Seguro que todavía andan buscando a algún cliente que desapareció de forma misteriosa allá por la década de los setenta.
—Yo mismo la acompañaré —aseguró, y habló en un rápido inglés con su compañero, que seguía mirando la puerta de servicio y a mí como si no lograra encontrar una explicación razonable.
Stear cogió mi maleta, subimos al primer piso y giramos a la derecha. La tercera puerta era la habitación 132, la mía.
—¿Es una broma? ¿Han recolocado los números? ¿Es algo así como el castillo de Hogwarts, en el que aparecen y desaparecen los pasillos? —inquirí todavía ceceando un poco.
—No. Esto era una antigua fábrica de cerveza. Creo que usted cogió el camino de la izquierda y pasó a la otra ala. Igual está un poco cansada...
—¿Cansada, dices? ¿Eso es un eufemismo para decirme que estoy como si me hubieran metido en una cuba de la cerveza que fabricaba este hotel? ¡Qué mono! Anda, déjate de monsergas, que estoy borracha, pero no para tanto.
Él frunció los labios evitando reírse.
—Está bien —concedió—. Si necesita algo, ya sabe dónde encontrarme. Pero esta vez baje por la escalera de los clientes.
—Lo intentaré —le dije antes de cerrar la puerta—. Y, si no, puede que hasta encuentre las mazmorras del castillo.
Con el sonido amortiguado de sus pasos sobre la moqueta, di la luz y examiné la suite. Era amplia y moderna, de lujo accesible para no sentirse demasiado incómoda. Me desvestí tirando la ropa sobre una silla y me arrebujé en el nórdico. Cogí el teléfono móvil y me conecté a la red wifi del hotel. Busqué en Google «William Albert Ardley» y Google me respondió: «Quizá quisiste decir: Will Dley». Solté un bufido y dejé el teléfono en la mesilla.
Es que ni Google lo conocía, y eso que Google lo conoce todo, hasta lo que no quieres que se conozca. Menudo farsante. ¡A mí me iba a engañar! «¿Modelo y campeón de críquet, eh? ¡Qué más quisiera él!», pensé antes de quedarme profundamente dormida.
('o') ^( '-' )^ ('o') v( '.' )v (' .' ) ('.') ^( '.' )^ ('.')v( '.' )v
Desperté con el martilleo de la lluvia golpeando los cristales, clavándose en mi cabeza como la escarcha. Di un alarido que hizo que por arte de magia se encendieran todas las luces de la habitación y el hilo musical, por el que comenzó a sonar música clásica. Sentándome en la cama como un resorte, recordé todo lo sucedido la noche anterior. Me apreté las sienes intentando con ello contener las campanas de una catedral resonando en mi cerebro. Comprobé la hora en el teléfono y anduve a trompicones hasta el baño, donde me di una ducha rápida sin detenerme en los productos de cortesía de la marca Hermès de los que estaba haciendo uso. Me sequé el pelo con una toalla de rizo americano y descubrí mi rostro tremendamente pálido frente al espejo. Corrí hacia la maleta y busqué desesperada el maquillaje a la vez que sacaba la ropa para la presentación.
—No voy a llegar a tiempo —mascullé, y volví a coger el teléfono. Deslicé mi dedo por la agenda de contactos sin encontrarlo—. La «A», la «A»... ¡Maldita sea! ¡¿Dónde está la «A» cuando más se la necesita! —grité perdiendo el control.
Finalmente la localicé y pulsé el botón de llamada. Me di cuenta de que estaba a punto de sufrir un ataque de nervios y exploté cuando oí su voz al otro lado de la línea.
—Buenos días, Candy.
—¡Aborta la misión! ¡Aborta la misión!
—¿Candy? —preguntó Albert algo desconcertado.
—¡Claro que soy yo! ¿Quién iba a estar gritándote a las ocho y media de la mañana «¡Aborta la misión!»?
—Demasiado tarde —contestó con calma.
—¡¿Qué?!
—Mi abogado ya se ha puesto en contacto con la empresa china para explicarles que no estáis interesados.
—Pero... ¿y ahora qué voy a hacer? —inquirí desinflándome como un globo.
—Casarte conmigo el próximo 15 de octubre.
—¡Aarggg...!
Localicé con la mirada una papelera metálica y me arrodillé ante ella. En mi garganta se aglutinaron las náuseas, mil preguntas por hacer y mil preguntas por responder.
—Tranquila, Candy, todavía quedan tres semanas, tiempo suficiente para prepararlo todo. Mi abogado, esta misma mañana, ya ha comenzado a presentar los papeles necesarios. Nosotros, me refiero a LongDley, Ardley & Miller, nos haremos cargo de que en Poppy no sospechen nada. Hemos creado una cuenta falsa por la que haremos entrega del dinero de forma periódica. A cambio, se ha redactado un contrato por el que se supone que tú te comprometes a trabajar para ellos durante un año —continuó él ajeno a mi estado anímico.
—¿Trabajar para ellos? ¿Para quiénes? —balbuceé recuperando la voz.
—Se supone que para la empresa china, aquí, en su delegación de Londres.
—¿Tengo que trasladarme aquí? —pregunté ahogándome en mis propias palabras.
—Está claro, las relaciones a distancia nunca funcionan — respondió él con rotundidad.
Me levanté con lentitud y el espejo situado sobre el escritorio me devolvió una mirada tiznada de desesperación. Las decisiones que se toman arropadas por la bebida, la noche y la influencia de alguien que nunca debería haber aparecido en tu vida se ven de diferente forma en cuanto amanece y analizas la situación desde otra perspectiva. La perspectiva real. Hice una rápida lista mental de pros y contras. En los pros estaban resumidos mi familia, mi empresa, mi trabajo, el trabajo de mi familia, y seguro que había cosas que en ese momento no recordaba. En los contras, una sola palabra en mayúsculas: ALBERT, y debajo ya podía añadir otra igual de luminosa: LONDRES.
—¿Estás ahí? —Su voz hizo que diera un respingo involuntario.
—Sí, estoy —respondí con un hilo de voz.
Empezaba a pensar que toda aquella locura se estaba convirtiendo en algo cierto, y seguía sin creerlo.
—¿Estás bien?
—No, no lo estoy —murmuré—. ¿Cómo voy a explicarle esto a mi prometido?
—¡¿Estás prometida?!
—Casi.
—¿Lo estás o no lo estás?
—Casi lo estoy. Es complicado. Archie, él..., yo..., nosotros... —Me froté la frente y la descubrí cubierta por una pátina de sudor helado.
—Ayer no lo mencionaste. —Sonó acusatorio.
—¡Porque se me olvidó! —Y en ese instante me di cuenta de que realmente me había olvidado de Archie.
—¿Cómo puedes olvidarte de tu prometido?
—Me emborrachaste, ¿recuerdas?
—¿Quién? ¿Yo?
—¿Ves?, ya estamos discutiendo y ni siquiera nos hemos casado aún.
—No estamos discutiendo.
—Eso, tú sigue negando lo evidente.
—Pero, Candy...
—Ni Candy ni nada. Te dejo, que tengo muchas cosas en que pensar. Adiós.
Colgué sin esperar respuesta. Dos no discutían si uno no quería, y estaba claro que no iba a darme ni siquiera ese placer.
Me acerqué con lentitud a la ventana y descorrí los estores. La lluvia londinense, junto con el cielo cubierto por nubarrones negros, me dio los buenos días. Me fijé en la tarjeta que había dejado el hotel pronosticando el tiempo para el día: «Cloudy», y me entraron ganas de llorar. Así veía yo mi futuro: nuboso y gris.
¿Era todo tan malo como imaginaba? Quizá Albert tuviera razón y me estuviera ofreciendo una salida digna. Podía llegar a Madrid con mi trofeo ganador. Podía demostrar que no era simplemente la hija del jefe, que no había encontrado otro trabajo mejor que aquél. Podía demostrar a mi familia que era capaz salvar la empresa. Con trampas, pero podía. Al fin y al cabo, me consideraba heredera de la picaresca española. ¿Quién no ha sido alguna vez un poco Lazarillo de Tormes? Sin permitirme el desaliento, me vestí con rapidez, cogí el teléfono y marqué «0». Al oír una voz masculina hablando en inglés, me di cuenta de que toda la información que me había proporcionado Archie había volado con el dosier y la tenía Albert. Me quedé un momento en silencio y, después, elevando la voz para que se oyera clara, pronuncié una simple frase en el idioma patrio:
—Me... want... breakfast. —Ya estaba lanzada, sólo me había restado acompañarla de un sonoro «hunga, hunga» para parecer una completa neandertal.
—¿Señorita White?
—Stear, ¿eres tú?
—El mismo.
—Menos mal. —Respiré con considerable alivio—. He visto que ya se ha cerrado el restaurante. ¿Puedo pedir algo al servicio de habitaciones?
—Sí, claro. ¿Qué es lo que desea?
—¿Qué tienes que se lleve la resaca de un plumazo, las mortificaciones mentales y sirva para celebrar un compromiso?
Vaciló un instante, aunque adiviné que estaba acostumbrado a peticiones mucho más estrafalarias que la mía.
—Una botella de Dom Pérignon sería una buena elección.
Repasé mi anecdotario inglés y encontré un refrán que podía hacer honor a la situación: «If it's free, it's for me».[ «Si es gratis, es para mí.» ]
—Perfecto. Acompáñalo también de algunas frutas y... —vacilé unos instantes— bombones de chocolate.
—De acuerdo. Dentro de unos minutos se lo entregarán.
—Gracias.
Un rato más tarde, llamaron a la puerta con eficiencia y puntualidad británicas. Cuando la abrí vi al propio Stear, ya sin el uniforme de recepcionista.
—¿Eres también el camarero? —inquirí.
—No. Mi turno termina ahora y no me costaba nada subírselo, señorita White.
—¡Bah! Llámame Candy, y pasa, anda, que dicen que no es bueno beber en soledad.
Él sonrió, dando algo de luz a su rostro apagado por la noche en vela.
—También dicen que no es de mujeres decentes invitar a un hombre a la habitación —replicó con un poco de timidez.
Solté una carcajada y lo examiné con más atención.
—¿Tú también tienes un abuelo Braulio?
—No, tengo una abuela Remedios.
—Prometo guardar tu virginidad —aseguré.
Fue su turno de reírse y se mostró más relajado.
—Me encantaría, pero no me está permitido.
Lo cogí de un brazo y lo arrastré dentro de la habitación.
—Si tú no se lo cuentas a nadie, yo tampoco lo haré.
Dejamos el carrito y me dirigí al baño para coger un vaso impoluto. Él, mientras tanto, abrió la botella y sirvió el fresco y aromático champán francés en la copa. Se sentó en la silla del escritorio y yo en el borde de la cama. Parecía algo incómodo y supe que no sabía cómo iniciar una conversación. Por un instante, atisbé en sus ojos la tristeza del emigrado y me avergoncé de lamentarme como lo hacía, habiéndolo tenido todo al alcance de mi mano. Levanté la tapa y descubrí una fuente con fruta fresca ya pelada y preparada con exquisito cuidado, y al lado, otra con bombones Pierre Marcolini. Se los ofrecí con una sonrisa y él cogió uno.
—¿Te gusta vivir aquí? —pregunté.
—Estudié Turismo y hablo con fluidez alemán, inglés y francés. No tuve otra salida.
—No has contestado —le recriminé.
Él se recostó en la silla y se relajó después del primer sorbo de champán.
—No me disgusta, pero preferiría estar en España. ¿Por qué lo preguntas? ¿Tienes intenciones de trasladarte a Londres?
—Digamos que no tengo otro remedio —musité.
Fue su turno de examinarme con atención.
—¿Qué estamos celebrando exactamente? —inquirió.
—Que el hombre del que estoy enamorada no quiere casarse conmigo y al que odio con toda mi alma sí.
Él se atragantó y lo disimuló dando un largo trago a la bebida.
—¿El hombre al que quieres es el que te acompañaba anoche?
—No. Ése es al que odio.
—Vaya.
—Vaya, ¿qué?
—Nada. Y ¿por qué, si puedo preguntarlo, te vas a casar con él?
—Por dinero.
Se atragantó de nuevo y yo me levanté para darle unos golpes en la espalda.
—No pienses que soy una escort ni nada parecido —aclaré.
Y como lo vi bastante confuso procedí a contarle toda la historia, a ver si con eso conseguía creérmela yo también.
—Así que dices que él quiere vengarse y por eso se casa contigo—dijo después de un buen rato y, también, de vaciar la botella.
—Sí.
—No lo entiendo. Si yo odiara a una persona, lo último que haría sería casarme con ella.
—Ya. Yo también, y aquí me ves. No obstante, creo saber la verdadera razón. Él dice que tiene un plan para recuperar a una persona, y creo saber quién es esa persona.
—Y ¿quién es?
—Un hombre —susurré como si confesara un secreto de Estado.
—No lo creo —se apresuró a decir él.
—Créeme. Tengo un sexto sentido para estas cosas. Un radar que me avisa de los gais que hay a mi alrededor. No se me escapa uno.
—¡Qué extraño! Yo juraría que no es homosexual.
—Tú no posees el radar que tenemos nosotras, las mujeres.
—Será que es porque soy hombre —asumió él terminándose la fruta y todo el chocolate.
Miré la hora en el reloj y me levanté con rapidez, aunque algo tambaleante una vez que estuve en posición vertical.
—Creo que tengo que irme o perderé el avión de vuelta. Ha sido un placer tener esta conversación contigo, Stear.
—Lo mismo digo, Candy. Es una pena que no vayamos a vernos más.
—¿Quién sabe? Voy a vivir aquí el próximo año.
Él esbozó una sonrisa triste.
—¿Cuánto hace que estás aquí? —le pregunté.
—Cinco años. Vine para seis meses, pero la situación en España me ha obligado a permanecer más tiempo.
—Lo siento.
—Tampoco es tan malo —dijo sonriendo—. Yo, por lo menos, no he tenido que casarme con nadie.
('o') ^( '-' )^ ('o') v( '.' )v (' .' ) ('.') ^( '.' )^ ('.')v( '.' )v
Dos horas después estaba cruzando la pasarela de embarque, todavía algo mareada por los efectos del extraño desayuno. La azafata cogió mi billete y me guio hacia first class, señalándome un asiento junto a la ventanilla y ofreciéndome algo de beber.
Pedí champán, no era bueno mezclar. Tenía casi tres horas de completo disfrute y relax con pantalla de televisión privada, una magnífica selección de música y la suavidad de la piel nacarada de los asientos. Y también de completo malestar mental. No quería pensar, pero debía hacerlo. Una dicotomía difícil de digerir.
A mi lado se situó un hombre de unos cincuenta años vestido con traje de tweed. Se peinaba el escaso pelo cano hacia atrás y llevaba unas gafas redondas y metálicas. Su atuendo gritaba «inglés» por los cuatro costados. Le faltaba el bombín y el bastón.
Me sonrió y habló en castellano, lo que me sorprendió.
—¿Viaja a Madrid por placer o por negocios? —preguntó.
—Regreso a casa después de firmar un contrato.
—Negocios —asumió él.
—Desgracia —negué yo.
—¿Cómo dice? —inquirió con interés.
Y me dejé llevar de nuevo. Lo consideré mi tabla de salvación, pues era incapaz de concentrarme en algo que no fuera mirar por la ventanilla con gesto pensativo. Creí que si le contaba la historia a un completo desconocido podría calibrar las repercusiones que tendría en un futuro si llegaba a saberse. Era una forma de valorar si yo terminaba de creérmela y, así, reafirmarla antes de enfrentarme a mi familia. Él escuchó atentamente y se rio en algunos momentos. De hecho, parecía estar disfrutando bastante.
El periódico del día que le habían ofrecido ni siquiera había sido abierto. De vez en cuando me obsequiaba con todos los adjetivos ingleses que comienzan con «A»: awesome, amusing y amazing.[3] También hubo algún surprising.[4] Pero ningún terrifying,[5] que es lo que habría sido apropiado.
Y, de repente, dejó de hablar y de reírse.
Detuve mi diatriba y lo observé, alertada por su silencio. Tenía la cabeza apoyada en el respaldo del asiento y los labios separados, como si hubiera querido pronunciar algo que no había llegado a brotar de su boca. Sus ojos abiertos de forma abrupta estudiaban el techo del avión con demasiado interés.
—¿Oiga? —pregunté.
Como vi que no me contestaba, y dudando todavía de que no se hubiera quedado dormido, lo zarandeé levemente y él cayó hacia el pasillo. Me levanté de un salto y quise alcanzarlo antes de que se golpeara con el suelo, pero no llegué a tiempo. Me arrodillé junto a él y varios pasajeros más se levantaron al percibir el revuelo.
—¿Me oye? ¿Está usted ahí? —inquirí acercándome a su oído.
Silencio. Después, unos gritos. Después, unos pasos. Después, alguien me apartó cogiéndome por las axilas. Después, mi voz:
—¡Ay, madre! ¡Que se me ha muerto!
CONTINUARA
