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❁ CAPITULO 7 ❀

❀ Explicando algo que no tiene explicación ❁

—Muerto. Así, sin más... —dijo mi padre con voz ronca.

—Sí —musité.

—Pero algo harías para que sucediera, ¿no? —Esta vez fue mi madre, con voz aguda.

—No.

Levanté la vista observando al comité de crisis que se había reunido en el salón del adosado donde vivían mis padres. Ellos, mi hermano y Archie. Todos de pie. Yo sentada en el sofá de piel tostada, básicamente porque no me sostenían las piernas. Ni siquiera recordaba cómo había llegado hasta allí.

—Cuarenta y siete minutos y treinta y dos segundos estuve sentada al lado de aquel hombre muerto —musité con la mirada fija en un punto indefinible de la pared.

—¿Cómo es que no intentaron reanimarlo? —intervino mi hermano.

—Lo hicieron, llamaron a un médico.

—¿No había ningún médico en el avión? —preguntó Archie.

—Había cinco. Y cuatro enfermeras, dos matronas, tres fisioterapeutas y un veterinario que se acercó por si podía ayudar en algo.

—Ah, ya... —murmuró Archie.

—Es la consecuencia de la crisis, Alfonso —afirmó mi madre, dirigiéndose a mi padre—. Se nos fugan los cerebros y luego tienen que regresar a coger fuerzas con unas buenas lentejas cocinadas por su madre.

—Pero ¿y no había otro sitio donde dejarlo? —inquirió mi hermano.

—Normas de aviación civil —contesté con voz monótona—. Si no hay otro sitio libre, ocupa el que tenía.

—Ah, ya... —musitó de nuevo Archie, que no estaba siendo precisamente de mucha ayuda.

—Creo que te mereces que recupere tu antiguo apodo: Calamity Jane —apostilló mi hermano con una sonrisa sardónica.

Sólo necesité fulminarlo con la mirada para que dejara de reír.

—¿Qué le sucedió? —preguntó mi padre pasándose la mano por el pelo canoso como si no se creyera nada de lo contado.

—Un heart attack.

—Y eso, ¿qué es?

—Un jamacuco, Roberto, ¡por Dios, qué inculto eres a veces! Cómo se nota que no ves Discovery Channel como yo —explicó mi madre.

—Por lo menos conseguiste el contrato con los chinos, ¿no?—quiso saber mi padre, todavía mirando algo enfadado hacia mi progenitora y situado frente a mí. El inquisidor general.

Y en ese momento, comencé a llorar. De forma histérica, sin poder controlarme. Me tapé el rostro con las manos y sollocé hasta que me quedé ronca. Esperé por si alguno se acercaba a consolarme, aunque creo que tenían miedo hasta de tocarme.

—¡Que no lo ha conseguido! —asumió mi padre, yendo siempre un paso por delante. Aunque no siempre en la dirección correcta.

—Tranquilo, Roberto, tengo toda la documentación en el despacho. De hecho, están gratamente impresionados por su trabajo, al que califican de inspirador e imaginativo. «Un revulsivo contra la moda clásica infantil», fueron sus palabras exactas —confirmó Archie.

Y casi dejé de llorar. Y si no hubiera odiado tanto a Albert, incluso se lo habría agradecido.

—¡Si es que soy gafe! ¡Una ceniza! ¡Todo lo que toco se me muere! ¡Hasta las plantas! ¿A que sí, Archie? Que ni el cactus que me regalaste para ponerlo junto al ordenador ha sobrevivido—lloriqueé ante un nuevo ataque de histeria.

—¡Ay, Señor! ¡Que la niña está en shock! —aseveró mi madre, y huyó del salón hacia la cocina.

Mi padre caminó hasta el armario de los licores y se sirvió una gran cantidad de coñac francés en una copa. Se la bebió de un trago y, después, dándose cuenta de que había más gente con él en la habitación, nos ofreció, quizá creyendo que la rechazaríamos. Ninguno lo hizo.

Estaba balanceando la copa tallada en mis manos, intentando evitar que no se me notara cómo temblaban, cuando mi madre regresó y depositó en la mesita de centro una fiambrera. La abrió y pude ver la gran cantidad de blísteres de pastillas que contenía.

—Necesitas tranquilizarte, hija: Orfidal, Lexatin, Noctamid, valeriana, hierba de San Juan, Valium de diferentes graduaciones... —Fue enumerando a medida que las sacaba y dejaba sobre la mesa—. Creo que será mejor un Trankimazin.

La miré de forma incrédula.

—¿Cómo es que tienes este cargamento de drogas escondido en la cocina?

—Cielo, siempre has sido propensa al nerviosismo.

—Pero yo nunca...

Y ahí vi el gesto de culpabilidad de mi madre.

—¡Mamá! ¿No me dirás ahora que me has estado drogando a escondidas?

—Una o dos..., quizá más veces. ¡Hija, es que he sufrido tus continuos sobresaltos, tu incomprensible búsqueda de ti misma, tus proyectos locos y desafortunados, tu...!

—Accidente —musité, y cerré los ojos sintiéndome profundamente engañada.

—Toma —me dijo dándome un Trankimazin—. Ahora lo necesitas, y yo también —añadió tomándoselo con un trago de coñac.

—¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! Si es que soy como la tumba de Tutankamón, que me tocan y, ¡hala!, todos muertos. ¡No os acerquéis! —grité.

Pero Archie sí lo hizo, el tiempo justo que le costó coger la pastilla, metérmela en la boca y obligarme a tragarla con coñac. Después se levantó y se quedó en la misma posición.

—¡Si es verdad! Si ni siquiera tú —escupí en dirección a Archie— quieres casarte conmigo.

Se formó un pequeño revuelo en el tribunal inquisitorial.

—¿Cómo que no quieres casarte con mi pequeña? —exclamó mi padre.

—Es cierto que a veces puede exasperarte, pero, Archie, que lleváis viviendo juntos no sé cuánto tiempo ya. Que va siendo hora de convertir a mi hija en una mujer decente —explotó mi madre.

—¿Mujer decente? —preguntó en cambio mi hermano, y se echó a reír.

—¿Crees que es el momento adecuado para hablar de eso, Candy?—inquirió Archie mirándome fijamente.

—¡Tú! ¡Tú y tus momentos! Todo es porque me llamo Candice White y este nombre está maldito. Tienes miedo, cobarde—apostillé algo mareada.

—En realidad, te llamas Candido —interrumpió mi madre.

—¡¿Qué?! —barboté con sorpresa—. Eso es un nombre masculino.

—Sí, es que queríamos tener un varón y todo indicaba que lo ibas a ser —aclaró mi padre—. Menudo embarazo le diste a tu madre. Y además naciste así, tan rechonchona y blanca. Parecías un pequeño ratoncito. Thomas y Candido. Queríamos la parejita. Tom deseaba mucho tener un hermano.

—¿Y? —balbuceé yo, más confusa que nunca en mi vida.

—Hubo un error con el funcionario del registro. En la partida de nacimiento constas como Candido, y en el DNI, como Candice. Por eso todos te llamamos Candy, para no confundirnos —dijo mi madre.

—De ahí que se perdiera misteriosamente mi partida de nacimiento y nadie recordara cuándo nací —musité, sintiendo que había vivido una vida de mentira—. Y ¿cómo se supone que tendría que llamarme? —inquirí con un hilo de voz.

—Cecilia —contestó mi padre.

—¿Cecilia? —preguntó mi hermano.

—¿Cecilia? —preguntó Archie.

—¿Cecilia? —pregunté yo, cada vez más desconcertada.

—Cecilia —aseguró mi madre a todos.

—Tú. —Miré esta vez a mi hermano, con su estatura de metro ochenta y cinco, su piel color caramelo, sus labios mullidos, su nariz recta, su hoyuelo en la barbilla y sus ojos almendrados cubiertos de espesas pestañas. Una belleza casi angelical, acompañada de un pelo rizado moreno que le llegaba sobre los hombros.

—Yo, ¿qué?

—¡Tú te quedaste con toda la genética familiar y a mí me dejaste sólo las sobras! —grité roncamente.

—Creo que esto se ha convertido en un asunto privado. Aquí ya no me necesitáis. Estaré en el despacho —dijo Archie cogiendo su chaqueta del traje y emprendiendo la retirada.

—Cobarde —siseé a la copa de coñac, que acababa de ser rellenada de nuevo.

—Al final conseguirás que se case con otro —soltó mi hermano acompañándolo a la puerta

Y ahí comencé a reír a carcajadas. Miraba a uno y a otro y, después, volvía a examinarlos y no podía parar de reír.

—Mary—interrumpió mi padre, dirigiendo una mirada de circunstancias a mi madre—, dale otro Trankimazin, que creo que con uno no es suficiente.

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Desperté varias horas después en lo que había sido mi antigua habitación. Tenía un tremendo dolor de cabeza y la boca pastosa, como si hubiese estado limándome la lengua. Bajé a la cocina a buscar un vaso de agua y comprobé que estaba sola. Subí la escalera de nuevo, de dos en dos, sabiendo que era un momento perfecto, y llamé a mi hermano al despacho de arquitectura donde trabajaba.

—Oficina de objetos perdidos. Lo sentimos, señorita White, aquí no han entregado su suerte. Pruebe un poco más tarde —me contestó su secretaria, Rosa, poniendo una voz metálica.

—Muy graciosa, Rosita... ¿Está mi hermano?

—En estos momentos está indisponible.

—Y ¿eso qué significa?

—Que está en el baño. Y ha cogido el bote de gomina, así que tardará una media hora más o menos.

—¡Rosa! ¡Te estoy oyendo! Cuelga ya ese teléfono —abroncó mi hermano desde la otra línea.

—¡Huy! Que veo que el jefe hoy está de mal humor. ¿Desea, señor White, que juguemos al «torres más altas han caído»? —propuso ella, ignorando que yo escuchaba toda la conversación.

—Rosa..., ahora no. Pero antes de la reunión con Márquez tengo veinte minutos libres.

—¿Sólo veinte minutos? No sé si me dará tiempo a construir y derribar —continuó ella.

—¿Hola? —interrumpí—, sigo aquí, por si lo habéis olvidado.

—Vale, vale, ya cuelgo —rio Rosa, pero asumí que había tapado el auricular y seguía escuchando.

Rosa había sido su novia durante un par de años de universidad y, al igual que Patricia, mantenía una formidable amistad con mi hermano. Ésa era otra de las extraordinarias cualidades de Tom: no había mujer ni novia que se le resistiese. Incluso después de romper, cosa que solía hacer él, ellas seguían perteneciendo a su círculo de allegados.

—¿«Torres más altas han caído»? ¿Qué es eso? —le pregunté a Tom.

—No quieras saberlo. Es una respuesta para mayores de edad.

—Hace tiempo que lo soy.

—Una hermana pequeña siempre es menor de edad.

—¿Es que has vuelto con Rosa?

—Hummm...

—Vale, entendido.

—¿Qué se te ofrece, Candido? ¿O Candice? ¿O Cecilia?

—¿Quieres que te llame Tomacito?

—No.

—Pues deja de tocarme lo que no tengo.

—Por el nombre, nadie lo diría... —replicó, y supe que estaba sonriendo.

Bufé y miré al techo, pidiendo paciencia. Finalmente, lo solté:

—Lo sabes.

—Claro que lo sé. Entre Bert y yo nunca ha habido secretos. Me llamó esta mañana para contármelo todo. ¿Sabes tú el lío en el que te has metido?

—No he tenido otra opción. —Me sorprendí a mí misma defendiéndolo con bastante ímpetu—. En realidad, nunca llegué a creer demasiado en esa misteriosa empresa china que quería comprar parte de nuestras acciones. Así, por lo menos, consigo que Poppy siga en manos familiares y que la plantilla no se vea afectada.

—A cambio de un año de tu vida. Eso es mucho tiempo.

—No te creas que es tanto —murmuré yo haciendo un rápido cálculo de las opciones que me había ofrecido el neurólogo—. Me ha dicho que es porque tiene un plan para reconquistar a alguien y me necesita a mí, ¿sabes quién es ese misterioso alguien?

—Sí, siempre lo he sabido.

—Vaya, secretitos, ¿eh? Y ¿no podrías decírmelo ahora que me voy a casar con él?

—No. Eso es algo que le corresponde a él contártelo.

—¿Sabes? Os odio cuando os ponéis así. Siempre excluyéndome de todo.

—¿No has pensado, Candy, que quizá seas tú la que se excluye?

—Vale, Tom. Ya lo he pillado, y te aseguro que con los dos días que llevo no tengo ganas de perder el tiempo para descifrar vuestros mensajes crípticos.

—Y yo tampoco tengo mucho tiempo, tengo una cita.

—Sí, lo sé, con el señor Márquez.

—No. Con Rosa. Hablamos, enana.

Colgó sin esperar respuesta y yo me mordí el labio elucubrando sobre quién sería esa persona tan misteriosa de la que estaba enamorado el Musaraña. Tampoco le di mucha importancia, pues sabía que dentro de pocos días podría averiguarlo, una vez me casara con él. Lancé un gemido al aire. Sí, me había metido en un buen lío. Pero todavía no era realmente consciente de ello.

Oí voces en el salón y bajé cuando oí que me llamaban. Mi madre y su amiga Piruca, la bruja Piruca, estaban tomando un combinado frente al televisor.

—¿Sí? —pregunté plantándome a su lado.

—¿Ves? —le dijo mi madre a su amiga, que esta vez había dejado su estrafalaria indumentaria en casa y vestía un chándal color fucsia.

—Lo veo —contestó de forma enigmática Piruca, y se levantó para abrir una caja de madera con dibujos geométricos que había sobre la mesa.

—¿Qué se supone que ha visto? —inquirí sintiéndome ignorada.

—Tu aura, querida, es negra como el carbón. Hay que depurarla.

Se acercó a mí y me tocó con sus dedos largos de uñas pintadas de rosa.

Entornó los ojos y después musitó una especie de oración en un idioma incomprensible, que podía ser desde sánscrito a élfico.

—Pero, por favor...

—Ni por favor ni nada. Candy, es una situación de emergencia. Piruca sabrá lo que hacer, que a mí ya se me están acabando las reservas de tranquilizantes.

—¡Mamá!

Piruca puso un dedo en mis labios y me ordenó callar. Se apagaron las luces y encendió velas de diferentes colores alrededor de mis pies. Después inició una danza india. Pero no de la India, sino india cheroqui, por lo menos. Durante unos minutos sólo salía de su boca: «Huaa, huaa, huaa...». Estaba tan sorprendida que me olvidé de reír. De improviso, se detuvo y me miró fijamente. Prendió un palo de alguna hierba aromática y me roció con el humo.

—Los chacras, querida, no están alineados. De hecho, están desperdigados, perdidos, confusos...

—Pues igual deberían ir a un psicólogo —apostillé.

—Querida, ése no es el camino —replicó frunciendo el ceño.

—¿Cuál? ¿El mío o el de los chacras?

—Candy—intervino mi madre—, que esto es muy serio.

Le saqué la lengua como toda contestación y Piruca me instó, cogiéndome de la barbilla, a que la mirara.

—Siento una gran confusión en tu interior. Una lucha de poder. Deberás ser muy fuerte para superar las pruebas que la Gran Diosa ha dispuesto para ti.

—Y ¿quién es ésa?

Me observó con algo de desprecio y meneó la cabeza.

—Para que funcione, hay que creer.

—Si ya te lo decía, Piruca, que mi hija es una descreída.

—¡Mamá!

—Asiente con la cabeza, Candy —me pidió Piruca.

Y yo lo hice.

—Bien, bien...Ya está penetrando la esencia de la diosa en ella.

—Pues yo sólo huelo a quemado —dije.

—Es que no tienes remedio —me reprendió mi madre.

—De verdad. Sólo huelo a quemado —repetí.

Y de repente, la diosa hizo manifestación de todo su poder y la manta sintética que estaba sobre el sofá comenzó a arder, emitiendo una llama vibrante y colorida. Ambas mujeres profirieron un grito y yo corrí hasta la cocina, donde cogí el cubo de fregar y lo lancé sobre el sofá. Apagué las llamas, pero se quedó flotando en el aire un olor extraño y nauseabundo.

Piruca estaba desconsolada, y mi madre miraba el sofá como si no terminara de creérselo.

—Tienes razón, Mary, lo de tu hija es un caso imposible. Fuerzas sobrenaturales la rodean, y es imposible que yo, con mi poder, pueda hacer frente a ellas —sentenció Piruca de forma pesarosa.

—¡Toma! Y ahora, ¿qué soy? ¿La niña de El exorcista?

Mi madre sujetó con mucha fuerza el Cristo de Medinaceli que llevaba al cuello y yo la miré haciendo una mueca.

—Mejor me voy. Creo que la diosa se ha enfadado conmigo.

—Sí, será lo mejor, así podré depurar la casa de la energía negativa —aseveró Piruca.

Mi madre asintió y noté que su mirada me acompañaba con tristeza hasta la puerta.

Cogí el primer autobús que me acercaba al centro. Una vez sentada, comencé a pensar de nuevo en lo sucedido en las últimas veinticuatro horas. Siempre había sido una niña fantasiosa y soñadora. Quizá demasiado. Había querido ser exploradora en el Amazonas, misionera en África, hacer el rally París-Dakar, vivir una y mil aventuras. Nunca creí ser la culpable de lo que sucedía a mi alrededor, algo que conformó mi aura de gafe graciosa.

¿Tenía yo la culpa de que justo la semana que había estado de visita en Roma se muriera el papa Juan Pablo II? ¿Era la culpable de que el viaje que había planeado a Budapest acabara con un rescate debido a un tornado que arrasó la ciudad? ¿Sería yo la consecuencia de que la barcaza en la que disfrutaba de un tranquilo paseo por la laguna de Venecia acabara hundiéndose debido a una tormenta repentina atraída por los lejanos montes Dolomitas? Hasta ahora habían sido coincidencias extrañas, sucesos que contar en una cena de amigos y reírte de que de todas hubiese salido indemne. Pero desde que había sucedido el accidente, algo había cambiado. No conseguía remontar el vuelo.

Empecé a creer que, si algunos nacen con estrella, como era el caso de mi hermano, yo había nacido estrellada. Y, cuanto más lo creía, más real se hacía. Un bucle interminable de ocasiones perdidas que nunca había conseguido recuperar.

Las emociones me vencieron, y no me di cuenta de que unas gruesas lágrimas se deslizaban por mis mejillas hasta que la señora que iba sentada a mi lado carraspeó algo incómoda. Me levanté musitando una disculpa y me bajé en esa misma parada.

Tuve que caminar más de media hora para llegar al pequeño apartamento donde vivíamos Archie y yo. Mi espíritu de autocrítica tuvo un respiro, y el paseo contribuyó bastante a relajar mi estado de ánimo. O puede que fuera el efecto tardío de dos Trankimazin acompañados de dos copas de coñac.

Entré en el vacío apartamento y lo sentí todavía más vacío sin su amigable presencia, aunque presumía que seguía algo enfadado por los súbitos cambios de planes y mi pedida de mano tan fuera de lugar. Sin nada más emocionante que hacer que la colada que se amontonaba en el baño, en ese momento recibí un mensaje salvador en el móvil:

Calamity Jane, ¿cómo es que vienes a Londres y no me llamas? Conéctate. Ya.

Sonreí de forma inconsciente. Era Anny. Hablábamos a menudo por teléfono, pero sólo nos habíamos visto una vez en dos años, justo cuando ella se trasladó a Londres. Mi amiga, más que una hermana. La perfecta Anny, reina de los colores pastel, los trajes de chaqueta a media pierna, zapatos de punta redonda y tacón bajo, la melena de Blancanieves y pendientes de perlas. La única que contrarrestaba mi carácter y, aun así, me comprendía más que cualquier otra persona. La única, también, que cuando abría la boca te preguntabas dónde había dejado los modales de colegio privado de monjas. Me senté a la mesa del pequeño despacho, despensa y sala de plancha que teníamos en el apartamento, y me conecté a Skype. En un minuto la tuve frente a mí, una versión parecida de mi rostro, sólo que con el pelo negro, lacio y ojos azules, tan inquisitivos como los de una ardilla. Me llevé la mano al cuello de la impresión. Su mirada estaba acentuada por sombras negras, llevaba un pendiente con un anticristo que le colgaba hasta el hombro y se había puesto una cinta de lana con tres flores verdes haciendo las veces de diadema, sujetando varios mechones de color violeta.

—¿Anny?

—La misma que viste y calza. ¿Qué pasa? ¿Necesitas gafas?

Se repantigó en la silla y se puso a comer patatas fritas con sabor a cebolla y ajo.

—¡Puaj!

Ella examinó la bolsa.

—Tampoco voy a besar a nadie esta noche, así que...

—Has... cambiado —acerté a decir.

—¿Yo? ¿Por qué lo dices?

Se miró de arriba abajo y se encogió de hombros.

—Eh..., por nada. Déjalo, no tiene importancia.

—Anda, céntrate y explícame cómo es que mis padres me han dicho que has estado en Londres y no me has llamado.

—Oye, ¿te has puesto un piercing en la nariz? —pregunté todavía despistada.

—Sí. Y contesta, que tienes un arte para la evasión...

—¿Te dejan ir así a trabajar? Con lo rancios que son los ingleses...

—Que sí, pesada. ¡Y contesta ya!

Resoplé y la enfoqué.

—Estuve sólo una noche, era una reunión de negocios. No hubo tiempo.

—¿Ni para una copa?

—Ni para eso —mentí flagrantemente.

—Pues saca lo que tengas a mano, que nos vamos a resarcir.

—Anny, por Dios, que no sabes todo lo que me ha pasado.

—Con alcohol, todas las historias son más divertidas —rebatió ella, y me mostró una botella de ginebra.

Abandoné un instante el ordenador, pero como todavía arrastraba algo de abotargamiento desde el cóctel que me había suministrado mi madre, sólo cogí una botella de agua fresca y un vaso de chupito para fingir que la acompañaba. Ambas nos mostramos la bebida, hicimos un brindis virtual y bebimos al mismo tiempo. ¿No decían que daba mala suerte brindar con agua? Yo juraría que se lo había oído decir a mi abuelo Braulio, pero, en fin, en ese momento no pensé que más mala suerte pudiera afectarme. No pensé con karma, y el karma me lo haría saber unos días más tarde.

—De Mazo a Mazo, lingotazo —dijo ella dejando el vaso con un golpe sordo sobre la mesa—. Y ahora, cuenta, Candice White Torres.

Sí, nuestras madres también eran hermanas, algo que siempre había provocado bromas por la tendencia endogámica que tenía la familia, pero eso nos había unido mucho más.

Lo pensé un segundo y no lo dudé. Necesitaba contárselo a alguien que quizá lo entendiera y que fuera de mi absoluta confianza. Crucé los tobillos sobre la silla y apoyé el mentón en una rodilla.

—Me caso —solté de improviso.

Se quedó muda un instante y por su rostro pasaron infinidad de expresiones sin que se decidiera a conservar ninguna.

—¿Así que Archie se ha lanzado? Cuéntame qué dijo —pidió, y se sirvió otro chupito de ginebra. Noté que la mano le temblaba ligeramente.

—No dijo nada.

—¿Es una adivinanza?

—No. Él no se lanzó.

—Fuiste tú.

—Sí, pero me rechazó —murmuré, quizá pensando que igual debía tomarme un chupito de tequila sólo para amortiguar el pinchazo de dolor que me provocaba recordar aquel momento.

—No entiendo nada. Entonces ¿con quién te casas?

—Con Albert Ardley LongCock , el amigo de mi hermano.

Y lo único que vi fue el chorro de ginebra transparente que salió de su boca y empañó la cámara.

—¡Joder! Espera, que limpio esto.

Desapareció durante un minuto y volvió con un paño y un secador con el que se afanó en desintoxicar las teclas de su ordenador. No pude evitar un ataque de risa al verla enchufándome el aparato con cara de circunstancias.

—Y ¿por qué te casas con ése? ¿Lo habéis dejado Archie y tú?

—No he tenido más remedio. Es por dinero. La empresa..., ya sabes la situación en la que está. Me ofreció un acuerdo al que no pude negarme —musité, pensando que no resultaba tan sencillo contárselo a alguien que no fuera un extraño—. ¡Pero no se lo digas a nadie! ¡Es un secreto! Se supone que sí he conseguido el contrato con los chinos.

—Y ¿a quién se lo voy a contar? Nadie me creería. ¿Te paga por acostarte con él, con el Musaraña? Ya hay que tener estómago...—afirmó con calma, apagando el secador y centrándose en la cámara.

Levanté la mano, deteniendo sus pensamientos.

—No habrá nada de sexo, lo ha prometido.

Sus carcajadas me llegaron claras y sonoras.

—Siempre te pierdes lo más divertido...

—Ha cambiado..., para mejor —le aclaré.

—Así que el friki de los computers se ha convertido en un macho man.

—No lo llames así —rebatí indignada.

—Vale, el adicto a las redes...

—No, me refiero a macho man.

De nuevo, sus carcajadas sonaron atronadoras.

—Ya veo que tú no has cambiado. —Todavía conservaba la sonrisa.

—Además, tengo que irme un año a trabajar fuera —continué con desconsuelo.

—¿A China? Si tú no sabes nada de China. Como mucho, que el té es originario de allí.

—Pero ¿no era el té inglés?

—¿Ves?, ni eso sabes. Eres una cateta conceptual.

—Y tú, una pija repelente con pintas de neogótica. Y me traslado a Londres, que lo sepas. Un año, así sí que tendremos oportunidad de estar juntas.

Su reacción fue extrañísima. Se quedó con la boca abierta y comenzó a balbucir algo como que ella no tenía sitio en su casa, que compartía piso con una pareja de italianos, que vivían muy alejados del centro, en un barrio al que ni siquiera llegaba el metro, y que tenía que caminar un kilómetro hasta el Sainsbury's más cercano.

Arrugué el entrecejo y me acerqué a la cámara.

—¿Estás bien?

—Sí, yo..., es que todo esto me ha pillado desprevenida.

—No te preocupes, ya tengo sitio. Si me caso con Albert, tendré que vivir en su casa. —Hice una pausa, ya que ese tema todavía no lo habíamos hablado—. Supongo.

—Y ¿qué opina Archie?

—Es obvio que no se lo he dicho. Ni pienso hacerlo. Es un acuerdo comercial. Ya pensaré cómo contarle que me mudo a Londres..., total, va a ser sólo un año.

Le expliqué someramente en qué iba a consistir el acuerdo con Albert.

—No creo que lo entienda. Yo, por lo menos, no lo entendería.

—No me lo pongas más difícil, Anny, que en menudo jardín me he metido.

—Ya, si siempre lo hemos dicho todos: «Lo que no le pase a Candy..».

—Precisamente. Es por mi nombre, ¿sabes que en realidad tendría que haberme llamado Cecilia? Pero mis padres querían un niño. Hasta en eso fracasé.

—¿Cecilia? Bueno, comprende que nacimos tres niñas en tres días y eso igual los sobrepasó un poco.

—Sí, Cecilia. Cecilia es un nombre perfecto. Cecilia White. Es hasta literario. Imagina mis diseños firmados con ese nombre...

—Sólo que ahora te vas a llamar Candy Gallo Orgulloso. ¿O quizá seas la señora Gallina?

—¿Eing?

—¿Es que no sabes que es la traducción del segundo apellido de Albert? Aunque vulgarmente long cock se traduce como «polla grande» o «larga». Poético, ¿a que sí? Pegaría mucho con tu nombre ficticio literario: Cecilia Polla Larga.

Ahí sí que me arrepentí de veras de no tener una bebida alcohólica en la mano.

—No. ¡Ay, qué chungo! ¡Qué chungo! Con ese nombre me van a hundir, con razon nunca lo utiliza.

Sus carcajadas me apuñalaron. Ya estaba yo fantaseando con poder cambiarme el nombre por el de Cecilia, con convertirme en una mujer sofisticada como el nombre indicaba, con poseer el glamur de... Dejé de soñar, ya no me quedaba tiempo para sueños. Cambié el tono de voz a uno que intentó ser alegre y le pregunté:

—¿Y tú? ¿Qué tal en el museo?

Había conseguido una beca para trabajar en el Museo Británico poco después de terminar la carrera de Historia, algo casi imposible de alcanzar para un español, pero no para ella, que contaba con un expediente deslumbrante y que contribuía a incluir en la categoría de vergonzante el mío si era comparado con el suyo.

—Bien, creo que me van a dar el puesto de directora adjunta de la exposición de Boudica. Aunque, de momento, me tienen en el sótano, clasificando una y otra vez todas las piedras que han robado a otras culturas.

—No lo digas muy alto, no vaya a ser que te despidan, y más con el Brexit en curso.

—Es verdad —se dio un golpe con la palma abierta en la frente—, que ahora que vienes tú a Londres...

—No creerás tú también que soy gafe...

—Candy, se te ha muerto tu compañero de viaje, que ya me lo han soplado. Eso no es tener muy buena suerte, que digamos.

—Hinca el cuchillo, que todavía no me ha llegado al corazón.

—Tranquila, ¿qué puede pasar más?

—Si yo te contara...

Pero eso me había prometido no contarlo. A nadie.

Nos despedimos con la promesa de que la avisaría para que estuviera presente en el evento, dícese mi falsa boda, y desconectamos la cámara.

Intenté esperar despierta a Archie, pero no lo conseguí. Tenía la sensación de que estaba evitándome, y nos debíamos una larga conversación. Cansada, me acosté, cerré los ojos y me olvidé de todo.

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Al día siguiente, la cama continuaba vacía y fría. Me volví, sin querer levantarme, y comprendí que sí, que Archie me estaba evitando. No sabía si enfrentarlo o esperar a que él diera el paso. Estaba confusa: ¿qué había cambiado? Él desconocía que me iba a casar dentro de varios días, eso no podía ser, aunque habría sido una razón de peso para ignorarme, enfadarse y enfurecerse..., lo que no había sucedido. Era como si se hubiese impuesto una barrera invisible que me impidiera acercarme a él.

Antes del accidente ya estábamos haciendo planes, o quizá era yo la que hacía los planes de futuro y él se limitaba a secundarlos. Ya no lo tenía nada claro. Y seguía dándole vueltas a la cabeza, lo que mi hermano denominaba el runrún. Y yo era muy de runrunear.

Me sentía agotada. Agotada de tener que explicar algo que no entendía, de no entenderme ni yo misma. Acumulaba muchas locuras en mi vida, pero ésa era irremediablemente la mayor. Sin embargo, de manera sorprendente, ya no albergaba dudas, no demasiadas. Después de una larga temporada viendo el cielo oscuro, éste se había abierto de improviso para mostrar el arcoíris más hermoso en el cielo cloudy de Londres. Sabía que estaba haciendo lo correcto. Sabía que no había otra solución.

Estaba ofreciendo a mi familia el último regalo que podía darles. Tenía frente a mí un futuro raquítico, aunque iba a aprovecharlo al máximo.

Y el futuro comenzó con más de diez correos electrónicos de Albert. No abrí ni la mitad, ya que casi todos eran para pedirme algún tipo de documentación para formalizar el acuerdo nupcial.

Que una iba a casarse, pero tampoco quería dárselo todo hecho. El último era una notificación empresarial comunicándome una nueva junta esa misma mañana para explicar mi trabajo el próximo año. Y ¿en qué iba a consistir mi trabajo el próximo año?

Tenía que representar el papel de esposa de Albert, ¿y eso qué significaba? ¿Asistir a las cenas de empresa, a los partidos de críquet y a las sesiones de fotos? Y ¿cómo iba a explicárselo a la junta? Aquélla sería mi primera prueba de fuego; si conseguía su credibilidad, lo demás vendría rodado. Demostraría que podía fingir en cualquier situación. Al menos, eso pensé mientras me preparaba para asistir al primer acto de mi nueva vida. Es obvio que debía de tener aún los chacras desperdigados, confusos, y puede que alguno incluso borracho, porque no salió tal y como lo había esperado...

—¿Por qué hemos tenido que enterarnos por los chinos de que te vas un año fuera? —inquirió mi madre frunciendo los labios.

—Yo... —comencé.

—¿A China? —preguntó mi tía.

—Pero, hija, ¿tú sabes hablar chino? —quiso saber mi padre.

—Yo...

—¡Cómo va a saber chino, si ni siquiera ha conseguido aprender inglés! Roberto, ¡qué cosas tienes! —interrumpió mi madre.

—Yo...

—Y entonces ¿adónde te vas? —Habló mi tío.

—Yo...

—A Londres. —La voz fría y serena de Archie los dejó a todos en silencio cuando arrojó un puñado de papeles sobre la mesa—. Está todo ahí. Un contrato por un año en su delegación de Inglaterra.

—Yo...

—¡Como Anny! —Mi tía aplaudió entusiasmada, y después pareció pensarlo mejor—. Yo creía que eso sólo les pasaba a los que son cum laude, como nuestra hija.

—Yo...

—Sí, la que tenemos becada en el Louvre —explicó mi tío, como si fuera algo que los demás desconociésemos.

—No, Benito, que está en el Museo Británico —replicó mi tía disgustada.

—Y eso está en Londres, ¿no? —inquirió él algo confuso.

—¡Pues claro que sí! ¡Que parece que no sabes ni dónde está tu hija ahora!

—Es que eso es lo que pasa con los ingleses, que tienen mucho en muchos sitios..., vete tú a saber —se defendió mi tío.

—Yo... —intenté interrumpir, aunque fue inútil.

—¿Estás tratando de decir, Juani, que mi hija no es lo suficientemente buena como para trabajar para una empresa extranjera? —Mi madre se encaró con mi tía y comenzaron a saltar chispas.

—Yo...

—Mary, que si fuera Tom, lo entenderíamos, pero es Candy y todos la conocemos.

—¿Qué pasa con mi hija? —preguntó mi padre.

—Pues que la niña es muy buena con los dibujos y todo eso, pero ya sabemos que vive en su mundo de colorines. Y la vida real es muy real. Que no digo que no sea una bellísima persona, y como sobrina la quiero muchísimo, pero poner todo el futuro de la empresa en sus manos...

—Yo... —intenté defenderme, aunque fui interrumpida de nuevo.

—Candy es perfectamente capaz de desempeñar este trabajo. De hecho, es la única condición sine qua non que han puesto. Si no va ella, no hay trato —exclamó Archie sentándose al otro extremo de la mesa, alejado tanto de los cuatro socios principales como de mí y de mi hermano.

Y, aunque odiaba a Albert, si lo hubiera tenido frente a mí en ese instante, le habría propinado un beso de película.

—Sigo sin verlo claro —musitó mi tío.

—Si, además, ahora ya no aceptan extranjeros, que he visto en la tele que van a construir un muro —destacó mi tía cruzándose de brazos.

—Ése es Trump —resopló Tom.

—Pues lo mismo da, ¿no hablan el mismo idioma? Que los quieren echar a todos del país. Menos a Anny, que Anny es un portento y no la van a dejar escapar —añadió sin dar su brazo a torcer.

—Yo os quería expl... —Alcé un poco la voz, pero hasta ahí llegó mi alegato, antes de ser aplastada por otras voces.

—Pues mi hija más, que mira cómo la quieren los chinos —me defendió mi madre.

Tom se atragantó murmurando: «Sí, sí, los chinos...», y acabó tosiendo por el codazo que le propiné.

—Candy, si hubieras puesto un poco de empeño en aprender algo de inglés por lo menos —apostilló mi madre pesarosa, imagino que comparándome con Anny. Porque ese aspecto era indefendible por muchas vueltas que le dieran.

—Hija, ¿es que no piensas decir nada? —finalizó mi padre.

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Dos horas después, Archie vino a buscarme al despacho. No estaba creando, físicamente hablando; mentalmente ya era otra cuestión. Creaba cosas sin sentido en mi cabeza, que seguía girando como una noria. Y así me encontró él, frente a la ventana, con la mirada perdida en el aparcamiento como si de repente aquello tuviese un interés excesivo.

—Así que es aquí donde te escondes —pronunció con suavidad.

Me volví hacia él conteniendo las ganas de llorar.

—No me escondo, más bien creo que es al contrario: el que se esconde eres tú.

—Yo he estado aquí todo el tiempo.

—Ya.

Suspiró y se acercó. Yo me alejé.

—Candy, ¿por qué no has hablado en la junta?

—¿Crees que he tenido opción? Todos opinan que soy demasiado voluble, fantasiosa o infantil para hacerme cargo de ese trabajo. Todos piensan que voy a fracasar.

—Tienes que entenderlo, para ellos es el trabajo de toda una vida puesto en la cuerda floja y a prueba durante un año. Es difícil de entender para todos.

—¿También para ti?

—Candy, ¿por qué no me dijiste que te ibas a Londres?

—No me has contestado.

—Tú tampoco.

—No te lo dije porque no tuve tiempo. Todo sucedió demasiado deprisa y parecías estar huyendo de mí.

—Para mí no.

—Para ti no, ¿qué?

—Creo que es una oportunidad realmente brillante en tu carrera y que no deberías desaprovecharla. Y no creo que vayas a fracasar, de hecho, estoy convencido de que será al revés.

—Gracias. Pero ¿por qué?

—Candy, ¿necesitas reafirmarte a través de los demás? Eso es algo que no logro entender. Eres buena, empieza a creértelo.

—Gracias. Pero ¿por qué tú no te lo crees?

—¿Cómo? Acabo de decirte todo lo contrario. No me digas que ahora empiezas a tener problemas para entender también el castellano —dijo sonriendo.

—Empiezo a tener problemas para entenderte a ti. —Yo no sonreía.

—Todo esto es por la boda.

Mi corazón pegó un brinco que ahogué con un carraspeo incómodo.

—Sí, no has vuelto a mencionarlo. Sé que quizá no fuera el momento, pero ¿cuándo lo va a ser?

Y ahí me detuve. «¿Qué estoy haciendo? ¿Me he vuelto loca? Dentro de varios días me caso con otra persona y estoy prácticamente suplicándole que se case conmigo.» Caminé hasta la mesa del ordenador y me senté en el sillón cogiéndome la cabeza entre las manos.

—Candy. —Su tono admonitorio y la forma en que tuvo de sentarse en la silla de invitados frente a mí no me gustó en absoluto—. Para ti todo tiene que ser ahora y sí o sí. No tienes término medio.

—Archie - Utilicé su mismo tono y lo miré con fijeza—. Nos conocemos desde hace cuatro años y llevamos dos viviendo juntos, ¿cuándo se supone que va a ser un buen momento?

—Desde luego, ahora no, ya que te vas fuera un año.

«¡Maldita su lógica!»

—¿Y si no me fuera?

—Pero te vas.

—Ya. Y este viaje ha llegado en el momento perfecto, ¿verdad?

—No intentes poner palabras en mi boca, Candy.

Me rendí. Ya no podía seguir luchando con alguien que no quería seguir luchando junto a mí. Sólo me quedaba una última pregunta: «¿Me sigues queriendo?». Y no me atreví a hacerla porque me temía que la respuesta iba a ser «no».

—Déjalo, Archie, cuando... cuando estés dispuesto a hablar, lo hablaremos.

Él se levantó y se acercó a mí. Sus fuertes brazos me rodearon y me levantaron de la silla. Apoyó su frente contra la mía y suspiró hondo.

—Candy, nunca lo entenderás, ¿verdad?

—¿El qué?

—Eres demasiado.

—¿Demasiado?

—Sí. Demasiado.

٩(●̮̮̃•̃)۶ ٩(-̮̮̃-̃)۶ ٩(͡๏̯͡๏)۶ ٩(-̮̮̃•̃)۶ ٩(×̯×)۶

Doce días después, me encontraba de nuevo en Barajas frente a la fila de control de equipajes. Me había despedido de amigos y familiares con anterioridad, y sólo Archie vino a acompañarme.

Nuestro aislamiento había sido mutuo, y ya empezaba a verlo como a alguien ajeno. Habían sido unos días extraños, llenos de dudas, llenos de correos electrónicos de Albert, los cuales me esforcé en ignorar, y llenos también de angustia. Tenía pesadillas en las que me veía en la ciudad de Londres vacía de gente, gritando, haciéndome entender sin conseguirlo, porque no había nadie alrededor. Me despertaba enrollada en las sábanas, demasiadas noches en soledad, ya que Archie aducía tener muchísimo trabajo para prepararlo todo y prácticamente dormía en la empresa. No sabía a lo que me enfrentaba y, sin embargo, estaba deseando hacerlo, huir, empezar de nuevo, o comoquiera que se llame esa época en la vida en la que tu mundo comienza a hacerse demasiado pequeño para que puedas respirar.

Miré a Archie, que me observaba con cautela.

—No pienso pedirte de nuevo matrimonio. No tienes nada que temer —le dije con una sonrisa que pretendió ser valiente.

—No es eso, Candy. Es..., te echaré de menos. —Exhaló y me devolvió la sonrisa.

—¿Estás seguro?

—Sí. Eres como ese compañero de estudios que siempre revolucionaba la clase. El día que no asistía, todo el mundo lo añoraba. Ahora la vida será mucho más aburrida.

—Sí, pero más tranquila también.

—Cierto.

Y ahí llegó mi momento de debilidad.

—¿Me prometes que no me olvidarás?

—Nunca podría hacerlo, aunque lo intentara. —Sonrió con dulzura.

Quizá esperaba otra respuesta o una proposición loca. Pero no llegó nada de eso, porque, de los dos, la loca era yo, sin duda alguna. Y en ese momento tuve el extraño presentimiento de que nuestra historia se estaba acabando.

—Un año es mucho tiempo —dijo sosteniendo mi rostro con la mirada.

—Para algunos, mucho más que para otros —contesté, y me alejé hacia la gente que ya esperaba impaciente.

CONTINUARA.

Hola a todas, de corazón les agradezco sus mensajes que leei en el comunicado que publico Wall-e, tanbien leei a una Guest que se alegraba de que me cerraran la cuenta por el plagio que estaba haciendo yo, como saben ustedes yo siempre doy credito a las escritoras de cada novela que adapto, nunca,he dicho o dado a entender que han sido obras mias, una que otra adapcion le agregue el epilogo porque me lo han pedido, pero Jamas he dicho que yo soy la autora de las novelas que he publicado, solo lo hago por entretenerne y muchas de mis adaptaciones las leoo con ustedes , leeo un capitulo y lo publico enseguida, por eso siempre termino rrapido los fics.

Chicas ya van 4 cuentas que me eliminan, Azul70, Abigailwhite de Ff y la whattpad, otra que abri que no duro ni un respiro que fue despues que me bloqueron la de azul70, y ahora no se cuanto dure esta, pero eso ya no me preocupa porque nadie me quita el plecer que senti al leer todas estas hermosas novelas y adaptarlas con mis personajes mas amados de mi anime preferido. CANDY.

La verdad ha sido maravilloso compartir con ustedes todas estas obras de escritoras tan talentosas, que me han echo soñar con los Highlanders y vivir emocionantes aventuras con solo imaginarne a Candy, Albert y el rebelde como protagonistas.

No soy escritora, solo soy una lectora empedernida, que disfruta compartiendo con ustedes estas hermosas novelas, y a la Guest que se alegra por mi caida , solo le puedo decir que Dios la bendiga y que deje tanto odio porque yo no le he echo ningun daño a ella o ellas.

Un abrazo fuerte a todas ustedes y GRACIAS de corazón por su apoyo y cariño sincero que me has demostrado.

AzulWhite.