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CAPITULO 8

Una boda y... un funeral

Nadie me pagó el viaje esta vez y, a pesar de que mi cuenta estaba en números rojos, haciendo un alarde de ostentación, reservé tres pasajes con Ryanair. Sí, tres. Lo hice porque no quería que ningún pasajero se me muriese esta vez. Y, por suerte, el avión no iba completo, así que nadie se sentó junto a mí. Conecté el iPod a gran volumen y cerré los ojos intentando ignorar el barullo de los asistentes de vuelo que anunciaban loterías y perfumes.

Cuando aterrizamos en Stansted, estaba lloviendo, lo que parecía un tópico y, realmente, no lo era. El aeropuerto, moderno y pequeño, me pareció más acogedor que Heathrow. Recogí la maleta y al salir me tropecé con un chófer que esperaba con un cartel que llevaba mi nombre. No recordaba si Albert me había enviado a alguien o no, y como aquel hombre sólo hablaba inglés, lo seguí sin pronunciar una palabra hasta el aparcamiento.

Una vez en el automóvil, miré por la ventanilla y respiré hondo. Me atraganté y tosí. Sentía los dedos de las manos rígidos y la columna tensa. Empecé a notar un calor abrasador y una fina pátina de sudor cubrió mi frente. ¿Era así cómo se sentían todas las mujeres el día previo a su boda? Recordé la sensación de estar al borde del puente, la tirantez de las correas, la cuerda elástica recogida a un lado, el viento azotando mi rostro y el vuelco al corazón una vez que saltaba. La levedad del cuerpo volando ingrávido y el golpe rotundo a unos metros del suelo. La subida potencial de adrenalina posterior y el grito de júbilo. Era eso con exactitud, igual que hacer puenting. Sólo que ahora iba cómodamente sentada en un coche a una velocidad más que razonable y por una carretera sin curvas. El estómago se me encogió en un nudo doble y el cuello me dolió por lo rígido. Sentí unas irrefrenables ganas de abrir la puerta y arrojarme al asfalto, o salir gritando y agitando las manos. No lo sabía con certeza.

Respiré hondo de nuevo y emití un gemido angustiado.

—Pare —murmuré.

El chófer, que iba tarareando una canción de la radio, no pareció oírme.

—Stop! —aullé, y el frenazo hizo que me volcara hacia su asiento.

Solté el cinturón con manos temblorosas, abrí la puerta y vomité sobre el asfalto.

Era así cómo se sentían todas las mujeres el día previo a su boda, ¿verdad?

Estábamos llegando a Londres cuando sonó mi teléfono móvil. Revolví, todavía temblando, los objetos de mi bolso y tanteé, encontrándolo por la vibración. Se me cayó dos veces al suelo del coche antes de que pudiera contestar la llamada.

—¿Sí? —dije con voz entrecortada.

—Candy, ¿dónde estás?

—Hola, Anny. Voy hacia el hotel.

—¿En cuál te hospedas?

—En..., no lo recuerdo, lo reservó Albert. Espera, que lo tengo apuntado en un papel —contesté mientras hurgaba de nuevo en el bolso—. Creo que es algo de chino mandarín.

Y durante un brevísimo instante entorné los ojos con suspicacia: ¿chino? No recordaba que Albert tuviera ese curioso sentido del humor. Bueno, que tuviera sentido del humor alguno.

—¿El Mandarin Oriental? —inquirió Anny con un perfecto acento inglés.

—Sí, ése. ¿Por qué? —pregunté en un susurro.

—Yo ahí no te dejo sola toda la noche —aseguró.

—¿Es tan malo? —barboté sintiendo retortijones.

—Ufff..., espera y verás. —Y, diciendo eso, colgó dejándome todavía más preocupada.

La habitación, si es que podía llamársele así, ya que tenía el triple de tamaño que mi apartamento en Madrid, estaba decorada en tonos topo, violetas y cremas. Había cuatro ventanales franceses con vistas a Hyde Park, cubiertos por cortinas de pesado brocado color canela, y recogidas con hilo de oro. Frente a mí pude apreciar un salón con dos sofás Chester de terciopelo lila con varios cojines de diferentes tamaños. En el centro, una pequeña mesa de cristal con un servicio de té dispuesto alrededor de una fuente de tres pisos con variada repostería. A un lado, un escritorio estilo Luis XVI con una cesta de fruta cerrada con celofán y un lazo de cinta roja de satén como detalle de bienvenida. Junto a ella, una cubitera por la que asomaba el cuello de una botella, supuse que de champán, y dos copas talladas acompañándola. Y, en el extremo oriental, una cama tamaño king size cubierta por un nórdico blanco y un cubrecama de color granate junto con varios cojines más.

—¡Una suite con vistas al parque! —gritó Anny a mi espalda—. ¡Joder, con el amiguito de Tom! Sí que debe de ganar pasta con la informática. ¿Sabes lo que cuesta una habitación así? ¡Más de tres mil libras por noche!

En ese momento dejé mi bolso resbalar por el brazo y caer al suelo enmoquetado en gris perla. Me había detenido nada más traspasar la puerta sin saber cómo reaccionar a lo que estaba viendo. No recordaba cuánto tiempo había pasado en esa posición hasta que oí el chillido agudo de Anny, que me circundó como si fuese un molesto obstáculo en el camino, cogió un pequeño brownie, se lo metió entero en la boca y se lanzó en plancha sobre la cama.

—¡Es como estar en el cielo! —farfulló girando sobre sí misma para mirar la araña que colgaba del techo y brillaba con la luz de decenas de diminutas bombillas.

—Es perfecto —musité yo, sin dar crédito a lo que me mostraban mis ojos.

Si me hubieran dado la oportunidad de escoger una habitación nupcial entre un millón, habría elegido aquélla. Tenía exactamente el lujo decadente y sofisticado para convertir en inolvidable el comienzo de una luna de miel. Pero no la había elegido yo, había sido Albert, y seguía sin poder creérmelo.

—Candy, ¡espabila!

—¿Qué?

—¡Guau! Mayordomo privado las veinticuatro horas del día, carta de almohadas..., ¿las has probado? Yo creo que voy a pedir una visco...

Anny se había sentado en la cama con un folleto informativo y me iba relatando todos los servicios a los que teníamos derecho.

—¿Quieres que reservemos en el spa? Creo que un masaje nos vendría bien a las dos...

—¿Qué?

—Candy, ¿se puede saber qué te pasa?

—No lo entiendo. ¿De dónde ha sacado tanto dinero en estos años? ¿Crees que la empresa de seguridad informática es una tapadera? ¿Y si en realidad se dedica al tráfico de drogas? ¿O de armas con los rusos?

—¿Has bebido?

—No. ¿Y si trae escondidos en los aparatos electrónicos diamantes de Sierra Leona?

—¿Te has tomado algún psicotrópico de esos de tu madre?

—No. ¡Ay, Dios...! ¿Y si se dedica a la trata de blancas?

—¿Trata de blancas? ¿Crees que es esclavista?

—En serio, Anny. Tú misma lo has dicho. Conozco a sus padres, ella es ama de casa y él es un policía jubilado. No es posible que haya acumulado tanto dinero en tan poco tiempo con un negocio limpio.

—Creo que lees demasiada novela negra.

—No leo novela negra.

—Pues deberías hacerlo, a ver si así se te aclaran las ideas.

—Ya —dije yo, y seguí elucubrando posibilidades.

—Voy a pedir —dijo ella cogiendo el teléfono—. ¿Qué prefieres?, ¿ginebra o tequila?

—Estamos en Londres —contesté de forma mecánica, porque en realidad mi mente estaba muchísimo más lejos.

—Ginebra, entonces.

—Tequila.

—Eso, tú siempre llevando la contraria.

—¿Eh?

Vi, como si se tratara de una película, a Anny hablar en inglés y después levantarse para seguir investigando. Abrió un enorme armario empotrado en la pared y lanzó una exclamación. Eso me hizo moverme con lentitud, sintiendo que mis extremidades me habían convertido en una marioneta de madera.

—Tienes que ver esto, Candy. —Su tono serio contradecía la sonrisa resplandeciente en su cara.

—¿Qué? —pregunté asomándome a las profundidades del armario de Narnia.

No pude decir nada, absolutamente nada. Colgado de una percha de seda tenía el vestido de novia. El vestido de novia con mayúsculas. El vestido de novia que habría elegido alguna granjera de la América profunda asesorada por Karmele Marchante. Mangas abullonadas, una exagerada profusión de lazos, un fajín de encaje, y todo ello coronado por intrincados bordados en color oro. Era un espanto. Un espanto que creí reconocer de algún sitio, pero no lograba recordar de dónde.

—¡Ay, no...! Yo no me pongo eso.

—Y ¿qué piensas ponerte? —preguntó Anny echándole una mirada de reojo a la etiqueta que colgaba de un extremo. Abrió los ojos de forma desmesurada.

—Había comprado un traje de chaqueta en color crema. Discreto. Funcional. Quería comprarlo en negro, pero no me pareció adecuado.

—¿Sabes lo que cuesta este vestido? Está hecho a medida en una de las boutiques más prestigiosas de la ciudad.

—Con muy mal gusto —aseveré, y volví a mirarlo con atención. ¿Dónde había visto yo antes ese diseño?

—Supongo que Albert se decepcionará si no te lo pones. Además, piensa en las fotos del álbum. Cuando pasen algo así como doscientos veinte años, podrás mirarlas sin vergüenza.

—Mira que eres cabrona.

—Oye, que te prometo que no las publicaré en Instagram sin tu permiso.

—Como si pudiera creerte.

—En serio, no quiero hacerle daño a Archie. —Su tono de voz cambió y se puso súbitamente seria.

—Gracias.

—Pero verte así vestida no tendrá precio, me guardaré una gran colección de instantáneas para poder utilizarlas a corto plazo.

—¿Por qué dices eso? Sabes que esto no podrá saberse nunca. Arruinaría mi vida —musité al borde del llanto.

—Eh, vale, vale... Cuánto tardan en traer las bebidas, ¿no?—preguntó dejando de sonreír y acercándose para pasarme una mano por los hombros.

Suspiré hondo, secándome las lágrimas. No podía evitarlo, aquello era demasiado para mí. Ya no me parecía tener las cosas tan claras.

—¿Te... te costó mucho adap... adaptarte cuando viniste a vivir aquí? —Aunque lo intenté, no pude más que tartamudear.

—No tuve otro remedio —contestó ella.

La miré con sorpresa. Aparte de su aspecto, que seguía desconcertándome, había una sombra en sus ojos que antes no tenía.

—Claro que lo tuviste, podrías haberte quedado en Madrid.

—No, no podía.

—¿Por qué?

Sentía verdadera curiosidad. Cuando ella se mudó, yo todavía no había salido del hospital y apenas recordaba nada con claridad.

—Porque tuve que hacerlo y punto —dijo. Iba a replicar, pero ella continuó—: Cuando le coges el puntillo a Londres, no es tan malo.

—Y ¿cuándo le cogiste el puntillo?

—Me costó más de un año.

Al oír eso, los ojos se me llenaron de lágrimas de nuevo. Anny chasqueó la lengua y murmuró:

—Dios, Candy, estar contigo es como subir a una montaña rusa una y otra vez. ¿Cómo puedes sobrevivirte?

Sonreía con ternura. Sé que pretendía animarme, aunque pocas cosas podían hacerlo en ese momento. Ambas nos volvimos cuando sonaron unos suaves golpes en la puerta, y Anny corrió a abrir. La oí mascullar por el camino entre dientes: «Menos mal».

Un camarero uniformado dejó un carrito con lo que habíamos pedido e hizo una pequeña reverencia al recibir la propina que Anny sacó de mi bolso, el cual seguía en el suelo, junto a la entrada. Me senté sobre la cama, súbitamente agotada, y ella extendió mi mano, arrojó sal sobre ella, me obligó a chupar, después me tendió un chupito de tequila, me obligó a tragar y me pasó una rodaja de limón que me obligó a meter en la boca.

—¿Mejor? —preguntó.

—Ajá —farfullé.

—Me imagino que la idea del spa la dejamos para otro día...

—Ajá —dije chupando con fruición el limón mientras ella me ofrecía otro chupito que engullí en un segundo.

—Y tampoco te apetecerá salir a disfrutar de una noche loca...

—Ajá. —Asentí y me metí otro trozo de limón en la boca reprimiendo un escalofrío.

—Pero quizá bajar al restaurante y...

—No.

—Entendido —asumió ella finalmente.

—¿Qué estoy haciendo? —le pregunté con los ojos llorosos.

Ya estaba de nuevo, la bajada de la montaña rusa.

—La peor despedida de soltera en la historia de las despedidas de soltera —afirmó, y tomó un largo trago de tequila.

Dos horas más tarde, y dos botellas después, había conseguido mitigar los efectos del viaje y ambas nos reíamos de forma absurda viendo lo que emitía el televisor Bang and Olufsen tiradas sobre la cama, cuando volvieron a llamar a la puerta. Por fortuna, el alcohol me había atontado lo suficiente como para no darme cuenta de lo que estaba a horas de cometer. Me levanté con dificultad y trastabillé hasta llegar a la manija, que insistía en moverse en círculos. Tiré de ella con fuerza y casi me caigo hacia atrás del impulso. Me reí de nuevo, y después disimulé viendo al hombre de pelo largo y moreno apoyado en el quicio de lado, con una mano metida en el pantalón de traje y mirándome de forma chulesca.

—Y yo que pensaba que los mayordomos ingleses eran más viejos y feos... —musité.

Él sonrió mostrando una dentadura reflectante y entró sin esperar invitación.

—¿Quién de las dos hermosuras es la afortunada novia?—preguntó en castellano con acento portorriqueño.

—¡Ella! —exclamamos al unísono Anny y yo, señalándonos mutuamente.

—Vamos, preciosa —dijo él girándose hacia mí para sentarme con suavidad en un butacón de terciopelo dorado.

Me agarré a los apoyabrazos con fuerza y miré a Anny mientras él manipulaba el equipo de música oculto en un pequeño armarito, del que empezó a sonar la banda sonora de Nueve semanas y media. ¿Había algo más cutre en tres galaxias a la redonda?

—¿Se puede saber qué has hecho? —inquirí dirigiéndome a Anny.

La americana voló entonces por los aires con un giro del bailarín y acabó en uno de los sofás Chester.

—¿Yo? Nada de nada —ceceó ella.

—¿Has contratado un boy?

—Un Grey.

—¿Eing? ¿Dónde quedaron los policías y los bomberos con música algo más movidita?

El boy danzador efectuó un salto quedándose de rodillas frente a mí y se arrancó la camisa mostrando un pecho perfectamente depilado, confirmando así su adicción a los rayos uva.

—¿Tú crees que lo habrían dejado entrar en el hotel vestido de bombero? Además, ahora se llevan más los míster Grey.

—¿Me va a poner en la postura de la cruz y me va a azotar?

El bailarín se volvió y me ofreció una vista preferente de su trasero oscilando al son de la música.

—Sólo si se lo pides —aseveró ella, que se aproximó tambaleándose para darme otro chupito de tequila.

Miré su musculoso culo y me entró la risa nerviosa.

—¡Disfruta, coño! ¡Que me ha costado una pasta! —gritó Anny, girando en su mano la camisa del boy, animándolo.

Y él, aprovechando la cadencia de la canción, se puso frente a mí y se quitó el pantalón. Lo que hizo que yo riera todavía con más ganas. Y más aún cuando vi que lo que se escondía debajo era un minitanga de piel de leopardo.

—Creo que, en vez de un Grey, te ha salido un Pasión de gavilanes—farfullé mareada y sin poder posar la vista en ninguna parte de su anatomía porque todas parecían destellar por la purpurina.

—Eso es, preciosa —dijo él, ajeno a nuestro intercambio verbal y sujetando mis manos sobre la cinta de su tanga—. ¡Arráncamelo!

Y yo, obediente que soy, tiré con fuerza del elástico y él profirió un grito agudo que sonó muy poco masculino. Pegó un salto hacia atrás y se tapó con una mano la parte de su anatomía lesionada.

—Fuck! ¡Que tiene dos presillas!

—Ah..., no las había visto. —Me disculpé sin poder parar de reír.

—Ya lo hago yo, tranquila.

—Será lo mejor. Que una no está acostumbrada...

Cogí otro chupito y me lo tragué. Casi lo escupí al ver el tamaño del miembro de aquel bailarín.

—No lo comprobaste, ¿verdad? —le pregunté a Anny, que había tenido que entornar los ojos para acomodar la vista.

—En la foto parecía más grande —murmuró ella echándose a reír de nuevo.

—Es más grande, preciosa, sólo necesita animarse un poco—aseguró el boy, y procedió a acariciárselo con firmeza a la vez que extraía de uno de los bolsillos un bote de nata en espray.

Lo miré con curiosidad y él comenzó a esparcírsela por el pecho y por su miembro, que ya se había izado como una bandera.

—Al final no era Photoshop —determinó Anny sin perderse detalle.

Él se balanceó con sensualidad y me obligó a poner mis manos de nuevo en su trasero, pegajoso a causa de toda la pasta de purpurina y la nata, que se derretía formando pequeños charquitos a su alrededor.

—¿Te apetece probarla? —inquirió con un golpe de melena.

No pude evitar carcajearme y eché la cabeza hacia atrás. Él empujó y la punta de su miembro cubierto de nata me golpeó en la barbilla. Ambos proferimos un pequeño quejido.

—¡Joder! ¡Qué pollazo te acaba de meter! —aulló Anny dejándose caer en la cama y rodando sobre ella, disfrutando mucho más que yo del espectáculo.

—¿Interrumpo?

La voz grave y gutural de Albert hizo que los tres miráramos a una al hombre que acababa de entrar en la habitación con su propia llave. La canción terminó, y el ambiente se tensó tanto que podía cortarse con un cuchillo.

—Nadie me había dicho que esto iba a ser un trío —dijo el bailarín, agitando de nuevo la melena.

—No lo es —afirmó Albert fulminándome con su mirada azul cielo.

—No es lo que parece —murmuré, y me pregunté por qué siempre que se dice eso es exactamente lo que parece.

—¿No estás a punto de comerte la polla de ese tío?

—Quiero decir, sí, pero no.

—Y ¿por qué no lo sueltas entonces?

Miré mis manos, que parecían no pertenecerme y seguían fuertemente agarradas al trasero del bailarín. Me aparté con cautela y me las sequé en el pantalón vaquero.

Anny se había levantado y, situada a un par de metros, observaba con excesivo interés a Albert.

—¿Éste es el traficante de armas? Pues yo lo recordaba como más flacucho y bastante más feo.

—¿Traficante de armas? —inquirió Albert lanzándole a Anny otra de sus miradas cargadas de un potente rayo láser.

—¡Eh, que yo no quiero problemas! Mejor me visto y me voy—determinó el bailarín.

—Será lo mejor —corroboró Albert.

—¿Tan pronto? —inquirió, en cambio, Anny.

El bailarín se puso los pantalones y me miró sonriendo.

—A no ser que la novia haya decidido contratar un nuevo servicio.

—¿Nuevo servicio? —pregunté sin entender, porque desde que había entrado Albert en la habitación no podía despegar la vista de su cuerpo, vestido con un traje a medida. Y tampoco de su rostro, serio y a la vez teñido con una pincelada de diversión que se esforzaba en ocultar pasándose la mano por la nariz como si toda la situación lo superase.

—Pero ése lo pagas tú, guapa —dijo Anny.

—Mejor será que te vayas —le contesté al boy, entendiendo el servicio que me ofrecía.

Esperamos en un incómodo silencio hasta que abandonó la suite minutos después.

—¿Has venido a espiarme? —inquirí levantándome con torpeza para situarme frente a Albert, haciendo uso del método «la mejor defensa es un buen ataque».

—No. He venido a comprobar si estabas bien. No quería dejarte sola esta noche. Había pensado dar un pequeño paseo y cenar en un restaurante tranquilo.

—No tengo hambre —refunfuñé.

—Pues nadie lo diría: tienes toda la boca rodeada de nata.

Me pasé con rapidez una mano para limpiármela y lo encaré.

—No tienes por qué ser amable conmigo.

—A mí no me importa que lo seas —terció Anny.

Y los dos la miramos con furia.

—Vale, vale —masculló ella—. Esperaré en el baño.

Y tropezó con mi maleta antes de llegar siquiera a la puerta, pero al fin consiguió entrar.

—Estaba preocupado —murmuró Albert con suavidad y sonrió.

¿Cuándo se había convertido en un hombre tan considerado?

—No es necesario que te preocupes. Estoy perfectamente. —Y, al decir esto último, me tambaleé y él me acogió en sus brazos antes de que cayera.

Aspiré su fragancia masculina y ronroneé. Me aparté antes de que él pudiera sentirlo y oírlo.

Pero lo sintió y lo oyó.

—¿No quieres que me quede?

—Ya tengo compañía.

—No quiero dejarte así; de hecho, no me gusta verte así.

—¡No está sola, y te aseguro, vendedor de esclavos, que no pienso sujetar ninguna vela esta noche ni pienso dejar esta habitación! ¿Es que no puedes esperar unas horas? Mañana será toda tuya—gritó Anny desde el baño.

Sentí que enrojecía, aunque era difícil sentir nada en el estado etílico en el que me encontraba, y evité su mirada sobre mí.

—¿Vendedor de esclavos?

—Naaah..., cosas suyas, que tiene mucha imaginación.

—Ya. Bien, Candy, espero que descanses. Mañana pasaré a buscarte a las diez de la mañana.

—De acuerdo —dije acompañándolo a la puerta.

Cerré cuando vi que se volvía. No sabía si era para darme un beso o decirme algo. Ninguna de las dos cosas me interesaba en ese momento.

—Anny, sal —grité girando sobre mí misma.

Aunque no salió. Así que entré a buscarla. Y allí, dentro de la bañera con patas de bronce en forma de garra, acurrucada como un gato y abrazada a la botella de tequila, la encontré profundamente dormida. La zarandeé para despertarla y ella me pegó un manotazo. A duras penas la saqué y la dejé sobre la cama. Me tumbé junto a ella y encendimos de nuevo la televisión mientras dábamos cuenta de todos los pasteles de té.

—Es un deportista de élite. Eso dice él. Aunque no sé si el críquet puede considerarse un deporte —reflexioné para mí misma—. Parece ser que juega en el Mediosexo y ha ganado la copa de los Country Clubs.

Anny comenzó a reírse a carcajadas.

—¡Ya sé quién es! —exclamó como si tuviese la respuesta final del Trivial Genius—. Una compañera de trabajo lo estaba comentando el otro día. El Middlesex es el campeón de la County Club. La copa de los condados.

—¿Ah, sí? ¿Es verdad? También me dijo que tenía unos considerables ingresos porque había hecho una campaña de ropa deportiva como modelo.

Sus carcajadas aumentaron.

—Te vas a casar con el chico de los calzoncillos.

—¿Eh?

—El Beckham del críquet. Me dijeron que había unas fotografías circulando por ahí de él con una especie de pantalones cortos que bien podían ser calzoncillos. Por lo visto, todas quieren tenerlo como fondo de pantalla.

—Hasta para eso tengo mala suerte. ¿No podía ser el Beckham verdadero?

—Creo que ése está pillado.

—Sigo sin creérmelo. ¿Cómo ha hecho para cambiar tanto en nueve años? ¿Ha vendido su alma al diablo? No, tiene que haber otra razón lógica que demuestre por qué tiene tanto dinero. Y creo que lo he adivinado.

—¿El qué?

—De dónde sale todo su dinero.

—¿De dónde?

—Creo que es prostituto. Me voy a casar con un hombre que vende su cuerpo para acostarse con otras por dinero. Un gigoló. Es que no se puede caer más bajo... —lloriqueé.

Anny resopló y me miró sin decidirse por una sonrisa o un gesto de reproche, lo que, con su carácter, equivalía a un tortazo.

—Pero mira que dices idioteces.

—Si mencionó algo en nuestra primera conversación sobre eso. Ahora no recuerdo con exactitud qué era, si era de acostarse con mujeres a cambio de dinero o mujeres que le ofrecían dinero a él. Pero ya verás como tengo razón..., que yo no doy puntada sin hilo—la amenacé.

—Tú lo que deberías hacer es coserte la boca —afirmó con un tono que no daba lugar a más disquisiciones.

De la tele brotaba el estribillo repetitivo de una canción: «I'm too sexy».

Sonreí tontamente.

Y, por fortuna, ya no logro recordar más.

Alguien roncaba a mi lado cual camionero. Era Anny, tendida de espaldas y todavía vestida, al igual que yo. Le propiné un pequeño empellón y ella se volvió para acurrucarse junto a mí. Emitió un pequeño gemido y siguió durmiendo. Yo intenté abrir los ojos y a duras penas separé mis pestañas cubiertas de rímel. Me volví hacia el otro lado y comprobé, entornando los ojos, el estado en que había quedado la habitación. Había varias botellas desperdigadas por el suelo, los muebles desordenados y la moqueta manchada de los restos de la despedida de soltera.

Suspiré con fuerza, y la tamborrada de San Sebastián retumbó en mi cabeza. Me tapé los oídos como si el sonido fuera exterior y lo único que conseguí fue un zumbido que me aturdió.

—¡Anny! ¡Anny! ¡Que hoy me caso! —murmuré, aunque creí que lo había gritado.

—Pues levántate, es de mala educación llegar tarde a una cita tan importante —contestó con los ojos cerrados.

—¡Que no quiero! ¡Que esto es un despropósito! —Esta vez sí grité, y me tapé con la almohada para amortiguar el efecto en mi cerebro.

—Ya..., que necesitas un pequeño empujón —resumió ella.

—Yo...

Y caí espatarrada sobre el suelo debido al «pequeño empujón» que me dio con ambas piernas. Farfullé algo ininteligible comiéndome la moqueta, y me volví para ver que ella estaba asomada por el borde de la cama riéndose. Me tendió una mano para ayudarme a levantarme.

—No era necesario ser tan explícita —apostillé una vez que estuve en posición vertical, aunque levemente inclinada hacia la derecha por la gravedad.

—Date una ducha, anda. Será lo mejor. Despiértame cuando termines. —Y, diciendo eso, se giró y se tapó con el edredón para seguir durmiendo.

Hice lo que me indicó y, bajo el agua fría —ya que no conseguí entender y, por tanto, regular el mecanismo para templarla—, me espabilé del todo. Utilicé todos los productos de Ormonde Jayne cortesía del hotel y, oliendo a perfume y cubierta por un albornoz blanco y una toalla en la cabeza, salí a la habitación. Anny ya se había levantado y estaba degustando varios platos sobre la mesa de centro, en el salón.

—De parte del novio —me informó con la boca llena.

Me acerqué y sólo pude servirme una taza de café de lo cerrado que seguía teniendo el estómago. Sentándome frente a ella, la vi zamparse casi todo el contenido de los platos.

—¿Dije alguna tontería? —inquirí recordando la noche anterior.

—¿A quién? ¿A mí, a Kevin o a Bert?

—¿Kevin?

—Míster Grey.

—Ah, el de Pasión de gavilanes.

—Eh, que me costó una pasta y no supiste aprovecharlo..., todo el rato riéndote.

—Es que la luminiscencia de su piel me deslumbró. —Puse los ojos en blanco y ambas nos echamos a reír.

—A mí me dijiste muchas tonterías, y a Bert no lo sé. Recuerdo que tuve que meterme en el baño. ¿Me quedé dormida en la bañera? —preguntó algo meditabunda.

—Sí, lo hiciste. ¿Dónde quedó mi prima la Cum Laude?

—Candy, vamos, que yo secundaba siempre tus locuras. La única cuerda es Almu, mi hermana.

—Sí, y yo la descuerdé —musité con pesar—. ¿Está bien? ¿Sabes algo de ella?

Anny me miró con dulzura y dejó una tostada en el plato.

—Le costó superarlo, pero ya lo ha hecho. Tú, en cambio, no.

Me removí nerviosa en el sofá y me tapé con un cojín utilizándolo de escudo.

—No —acepté finalmente.

—Pues deberías hacerlo, porque sigues siendo la única que se culpa de aquello.

—Ya.

Di un sorbo al café, que cayó como un ladrillo en mi estómago.

—Voy a ducharme —dijo ella levantándose—. Por cierto, ha llamado tu prometido. —Arrugué la nariz ante el calificativo—. Se va a pasar por aquí dentro de media hora. Necesita que le firmes unos papeles.

—Y ¿cuándo ha llamado? —inquirí viéndola desaparecer en el baño.

—Hace media hora. Ya te lo he dicho.

Lancé una maldición y me levanté para recoger lo mejor que pude el desastre de la noche anterior. Estaba de rodillas, con medio cuerpo metido debajo de la cama mientras intentaba recuperar una botella vacía, cuando oí un carraspeo masculino.

Me asusté y me golpeé la cabeza al incorporarme. Rascándome la coronilla por encima de la toalla, escondí la botella detrás de mí, me erguí y lo miré.

—No tienes que recoger. Tienen servicio de habitaciones.

No contesté. No, al menos durante los segundos en que mis ojos quedaron presas de los suyos. Después, bajaron acariciando el traje a medida negro, con el chaleco en tonos metálicos que lo completaba, el cual aclaraba su mirada hasta hacerla casi transparente. Jadeé de forma inconsciente y me arrepentí de inmediato de mi propio aspecto. Tiré a un lado la botella, me crucé más el albornoz para no parecer un Teletubbie y hablé:

—Tú dirás.

—Te he traído el contrato. El verdadero, para que lo firmes.

—Ah, ya —musité, y alargué la mano para cogerlo.

—¿Cómo estás, Candy?

Pero no lo escuché.

—¡Está en inglés! ¡Y por lo menos son diez hojas!

—Soy medio inglés, ¿en qué idioma pensabas que iba a estar?—preguntó extrañado.

—Necesito un traductor.

—¿No te sirvo yo?

—No. Tú seguro que me mentirías.

Se echó a reír y me cogió el contrato para acercarlo al escritorio, donde tuvo que apartar la cubitera, en la que todavía flotaba la botella de champán.

—¿Quieres que te lo lea? Es un contrato típico.

—¡Claro! Seguro que hay un montón de gente que se casa por dinero. Ahórrate la parte contratante de la primera parte, que ésa ya me la sé.

—Está bien —dijo, y empezó a leer.

Pasó una página y no logré comprender nada. Pasó la segunda y seguí igual. Se lo arrebaté de las manos e intenté descifrarlo por mí misma. En realidad, sólo quería averiguar una cosa.

—¿«Sexo» en inglés sigue siendo sex?

—Sí, aunque también tiene otros nombres —rio él.

—No creo que en un contrato legal ponga follar.

—Obviamente, no, pero puede poner sleep with her, have sex, get laid, y mi preferida...

Se acercó hasta quedar justo a mi espalda y su voz me susurró al oído: «Fuck». Y sonó sucio y tremendamente excitante. El tono ronco hizo que reverberara cada fibra sensible de mi cuerpo y mi respiración se volvió agitada. Se apartó, tal y como se había acercado y, atusándose el alfiler de diamante de la lazada de su pañuelo con gesto descuidado, negó con la cabeza.

—No pone nada de eso, Candy. ¿Te gustaría que sí lo pusiese?

Me volví y lo examiné con detenimiento. Su gesto de falsa inocencia y su sonrisa de enfant terrible me hicieron entornar los ojos con suspicacia.

—No —repuse—. ¿Te gustaría a ti?

Cogió el contrato, ya firmado, aunque no supe lo que firmaba, y se alejó hacia la puerta.

—Me habría encantado —murmuró, y cerró la puerta.

—¿Eso ha sido lo que creo que ha sido? —preguntó Anny, de pie junto a la cama y envuelta en un albornoz igual que el mío.

—¿Eh?

Me volví hacia ella completamente despistada.

—Candy, Bert está metiendo fichas. Vamos, a juzgar por lo que nos rodea, yo creo que se ha asegurado de comprar el casino y a todos los crupieres por si acaso...

—Eso es imposible. Siempre nos hemos odiado.

—Ya, ¿no has oído nunca eso de «los que de pequeños se pelean de mayores se desean»?

—Y seguimos odiándonos —aseveré.

«Al menos, yo.»

Ella meneó la cabeza con resignación y se acercó a la puerta al oír una nueva llamada. Esta vez era un equipo completo de estilistas.

Mi prima le indicó algo a la peluquera, que sonrió a la inglesa, es decir, levantando sólo medio labio.

—¿Qué le has dicho?

—Que te haga tirabuzones, estarás guapísima y acorde con el vestido —se carcajeó sentándose en la silla donde la iban a maquillar a ella.

—Ni lo sueñes —siseé a la joven que había comenzado a peinarme.

Y ella respondió con otra sonrisa a la inglesa. Había que reconocerlo, eran los genios de la diplomacia. Jamás sabría lo que pensaban por mucho que los estudiara.

Todavía meditando las extrañas atenciones de Albert, y vigilando de reojo mi peinado, me dejé hacer, y Anny se dejó disfrutar, como ella lo llamaba. Dos horas después, vestida, maquillada y con el espejo devolviéndome una imagen irreconocible de mí misma —por lo espantosa—, ella salió del baño con su traje de madrina.

—Pero ¿se puede saber dónde has dejado tus trajes de chaqueta y tus vestidos hasta la rodilla? —estallé.

—«Allá donde fueres, haz lo que vieres» —contestó ella dignamente.

—Eso, tú sigue con los refranes. ¿Te has quedado en la época de los Sex Pistols? Porque estás a punto de que te nombren «chica Almodóvar».

—Mira quién fue a hablar, si pareces Ana de las Tejas Verdes. ¿Te traigo un cayado para guiar a las ovejas?

—Bruta.

—Envidiosa. Si sé que te encanta cómo voy vestida. Ya te gustaría cambiármelo.

En eso tenía razón, pero no se lo dije. Aunque mi sorpresa era comprensible: llevaba una falda tutú en gasa negra sobre medias de rejilla, a juego con un corpiño palabra de honor con lentejuelas verdes. Le habían cardado el pelo y sujeto con un broche en forma de calavera. Como colofón, calzaba botines de cuero remachados en acero.

Nuevos golpes en la puerta interrumpieron nuestra discusión acerca de la moda nupcial. Abrió ella de forma desganada. Yo, en cuanto vi al nuevo visitante, me recogí el vestido, mostrando mis zapatos forrados en seda de tacón de aguja, y eché a correr a sus brazos.

—¡Tom! ¡Has venido!

—¡Hostia puta!

Me quedé quieta a medio camino. Tan tiesa como un palo. Y él recompuso el gesto.

—Estás preciosa, Candy..., pese al vestido —remarcó.

—¿Tan malo es?

—Peor —terció Anny.

Tom nos miró a la una y a la otra sin saber qué decir. Él, precisamente él, a quien nunca le faltaban las palabras. Comprendió que no convenía arrojar más leña al fuego.

—Estás preciosa, enana, a Bert se le va a caer la baba en cuanto te vea.

—Y la mandíbula —apostilló Anny.

Me di la vuelta y me dirigí a la maleta con decisión.

—Me cambio ahora mismo. Yo no salgo así de aquí.

Miré mi falda, con tantos frunces que parecía una cortina dieciochesca. Tom se acercó y me puso las manos sobre los hombros, apartando el cuello isabelino.

—Candy, este vestido significa mucho para Bert.

—¿Lo ha heredado de alguna abuela que detestaba a las mujeres de la familia?

—No, lo ha elegido expresamente para ti.

—Pues ahora sí que me parece cierto eso que dices de que te odia—murmuró Anny a mi espalda—. Un poquito, al menos.

Me incliné sobre la maleta y Tom me detuvo. Nos enfrentó a Anny y a mí.

—Chicas, no empecéis...

—Ha empezado ella —refunfuñé cruzándome de brazos.

—Venga, Candy—reculó Anny—, si tú misma dices que es una boda falsa, qué más te da ir vestida de fallera.

—¿Lo ves? —intenté mostrar mi enfado, pero con ese vestido era imposible demostrar seriedad alguna.

—Que, por todo el despliegue, no lo parece —terció Anny, cediendo—. Una boda falsa, me refiero. Y calla, Tom, que Candy es de lágrima fácil y no veas lo que le ha costado a la maquilladora reconstruir su cara.

—Pero mira que eres exagerada —balbuceé con los ojos húmedos.

—Y tú moñas —rebatió ella.

—¡Chicas! ¡Ya está bien! —nos amonestó Tom pasándose la mano por el pelo como cientos de otras veces a lo largo de su convivencia con nosotras.

—Que sí, que sí... —claudicó mi prima.

Y, cogiendo su bolso con los labios de los Rolling Stones, o de Miley Cyrus (cualquiera se atrevía a preguntarlo), nos instó a que abandonáramos el hotel.

Aparcado en la puerta nos esperaba un Rolls-Royce. Anny se puso a dar grititos e insistió en ir acompañando al conductor. Yo me introduje con bastante dificultad junto con mi hermano en el asiento de atrás. Desde fuera sólo podía intuirse que yo era un inmenso merengue con lazos. Intenté apartar las capas de tela hasta que me tropecé con una caja redonda de cartón color crema.

—Es un regalo de Bert —me dijo Tom al notar mi extrañeza.

La abrí con cuidado, mientras nos internábamos en el tráfico de media mañana en Londres, y ahogué un gemido al ver lo que contenía: el ramo de la novia. Un precioso ramo con una docena de amapolas en flor rodeadas de un engranaje de ramas verdes que las protegían. Miré desconfiada hacia mi hermano.

—¿Tú sabías que eran mis flores favoritas?

—¿Yo? Ni idea —contestó él algo confuso.

—Pero... ¿cómo es posible que él...?

No me dio tiempo a pensar más, ya que el chófer avisó de que llegábamos a la iglesia. «The church», sí, eso lo entendí perfectamente.

Y sufrí el primer ataque de histeria del día.

—¿Una iglesia? ¿Cómo pretende que nos casemos en una iglesia?

—Y ¿por qué no ibas a casarte en una iglesia? —inquirió mi hermano.

—¡Nunca conseguiré la nulidad!

—Y ¿por qué ibas a querer tú la nulidad? —preguntó esta vez Anny, asomando su rostro entre los asientos.

—Para... para casarme con... —Y las palabras se ahogaron en mi garganta.

El Rolls-Royce se detuvo frente a la escalinata. Vi la mirada que cruzaron mi hermano y Anny y negué con la cabeza.

—¡Que no! ¡Que no me caso! ¡Que yo soy atea por la gracia de Dios!

—Pero ¿no decías que querías casarte con...? —intentó replicar mi hermano, pero Anny lo silenció.

—Creo que Archie ahora no debe ser mencionado —dijo.

—¡Pues tú lo has hecho! —la acusé.

—¡Y tú estás histérica! —rebatió ella.

—¡Sí! ¡Estoy en todo mi derecho, que es mi boda!

—Chicas, que el chófer está esperando —murmuró Tom intentando calmarnos.

Anny salió dando un portazo y yo lo hice también, pero mi portazo quedó deslucido porque junto con la puerta atrapé un pedazo de tela de la falda. O, más bien, varios, incluido algún que otro lazo.

—¡Ay, mierda! ¡Que ahora se me van a ver las bragas! —me lamenté intentando darme la vuelta.

—Pero ¿es que con este vestido no van incluidos los pololos? —se burló Anny, y abrió de nuevo la puerta del coche.

Los tres nos asomamos a comprobar los daños. El vestido se había rasgado y mostraba parte del miriñaque. Ambos intentaron deshacer algún lazo para disimular el desastre y soltaron más frunces, lo que convirtió a la falda en un absoluto desastre.

Parecía que me habían arrastrado por el suelo cientos de metros.

—¡Que yo me vuelvo al hotel y me pongo el traje de Zara! —grité girándome para subirme al coche.

—De eso nada. Apenas se ve, ¿verdad, Anny? —intervino mi hermano con voz serena.

—Seguro que ya le están sacando fotos desde un satélite de la NASA, pero vamos, que tampoco es para tanto —musitó ella, y yo quise estrangularla.

—Venga, deben de estar esperándonos —insistió Tom, tirando de mi brazo.

Y de repente levanté la vista y vi a varios grupos de gente observándonos con curiosidad en las escalinatas de la iglesia.

—¿Por qué van todos de negro si es una boda? —murmuré.

Tom empalideció y miró a Anny.

—¿Qué sucede? ¿Qué dicen? No me entero de nada —exclamé antes de quedarme muda al ver que cuatro hombres salían portando un féretro de madera noble.

El chófer se había encendido un cigarrillo y nos observaba con una expresión de incomprensión en el rostro. Me dirigí a él en mi perfecto inglés:

—What are they singing? [ «¿Qué están cantando?» ]

—Singing? —preguntó con extrañeza—. Nothing.

—Saying [ «Diciendo.» ] —me corrigió Anny.

—¿Qué? ¿Tú los has entendido?

—A man... plane... heart attack... a few weeks... autopsy —dijo el chófer.

Bueno, en realidad, su discurso fue bastante más largo, pero yo sólo alcancé a entender esas nueve palabras, y me sirvieron. Me sirvieron para gritar y volverme hacia el coche de nuevo.

—Open the door! —aullé sacudiendo la manija como una histérica.

—Mira qué bien se expresa cuando quiere —masculló Anny.

Tom me soltó las manos y me atrajo hacia él.

—Tranquila, Candy.

—¿Tranquila? ¿Estás loco? ¿Cómo quieres que me case en la misma iglesia donde acaba de celebrarse el funeral del hombre que me cargué? ¡Que se nos va a caer el techo en cuanto entre! ¡Que Dios, ya lo decían los curas, es muy vengativo! ¡Que nos va a mandar las cuatro plagas!

—Diez —me corrigió Anny de nuevo.

—¡Las que sean! ¡Que no, que no y que no!

Mi hermano rebuscó en un bolsillo de su pantalón y, después, en el interior de su americana. Destapó una pequeña petaca metálica, me cogió la barbilla, me depositó una pastilla en la lengua y me obligó a tragarla con el líquido que contenía la petaca, algo con mucha graduación alcohólica. Me atraganté y tosí, pero me repuse lo suficiente para asestarle un pequeño puñetazo en el pecho.

—¿Estás conchabado con mamá? —barboté con indignación.

—No. Se las robé anoche. No tengo ni idea de lo que te he dado, pero espero que sirva por lo menos hasta que acabe la ceremonia; luego, ya es problema de Albert lo que haga contigo. Mi labor es llevarte hasta el altar, y te juro, Candy, que lo voy a hacer —me amenazó.

—Traidor —musité viendo que los asistentes al funeral se dispersaban y desaparecían dejando libre la escalinata de piedra.

—Y ahora, sujétate a mi brazo y sonríe, que te vas a casar —dijo con firmeza.

—Eso, tú alégrame el día —mascullé cogiéndole el codo.

Cuando entramos, el hall estaba vacío. Había hall, eso fue lo primero que me extrañó, y también dos capillas independientes. En una acababa de celebrarse el funeral, en la otra se celebraría... otro funeral. Perdón, quería decir boda.

—Mira qué listos son estos ingleses, si hasta tienen dos capillas por si se les acumula el trabajo —murmuró Anny caminando detrás de nosotros.

Me alisé el vestido de forma mecánica y comprobé que temblaba como una hoja. Por lo visto, el tranquilizante que me había facilitado mi hermano todavía no había hecho efecto. Creí que hasta las paredes de piedra devolvían el eco del repicar de mi corazón. Sentía la sangre latir golpeando mis oídos como latigazos, y aquello me aturdió tanto que tuve la sensación de caer por un agujero a velocidad vertiginosa. Oímos murmullos en la capilla principal, situada a la derecha, y éstos se interrumpieron en cuanto aparecimos nosotros.

Dicen que las novias no recuerdan nada del día de su boda.

Mentira. Yo puedo describir hasta la grieta con forma de salamandra que adornaba la pared izquierda, justo al lado de una imagen de la Virgen algo deteriorada y con un pequeño enganchón en el manto de un tono azul descolorido.

Me quedé paralizada en la entrada, junto al pequeño grupo de músicos, que a una orden silenciosa comenzó a tocar la marcha nupcial de Mendelssohn. Los miré con inquina y ellos se interrumpieron. Creo que preguntaron si prefería otra melodía, y yo contesté:

—El Réquiem de Mozart es más apropiado.

Obviamente, sólo entendieron Réquiem y Mozart, y el que tocaba el violonchelo se quedó con la mano alzada sin decidirse a continuar. Anny les dijo algo en un rápido inglés, ellos me miraron, sonrieron entre sí y empezó a sonar la alegre marcha nupcial.

Di un paso, dos, tres, varios más sobre la alfombra roja del centro sujeta del brazo de mi hermano, a la vez que observaba a la gente reunida para la celebración. Gente que me era totalmente desconocida, pero que me ofrecían sonrisas amables. Los hombres. Las mujeres, bastante desconcertadas, no repararon en mi rostro, pero analizaron mi vestido al detalle. Y sentí que me hundía en arenas movedizas. Debería haber estado haciendo aquello, pero haciéndolo bien. Con otra persona, para ser exactos. Con mi familia, incluso. Con otro vestido, por supuesto. A medio camino, me quedé paralizada. Era incapaz de dar un paso más.

—¿Qué te sucede? —preguntó en un susurro Tom, inclinándose hacia mí.

—No puedo —mascullé entre dientes.

Me dolía la cara de sonreír, de no sonreír, de fingir.

—Debería haberte dado algo más fuerte —murmuró, y tiró de mí como si fuese una niña que no quiere entrar al colegio.

Caminé a trompicones y acabé siendo recogida por los brazos de Albert, que esperaba en el altar junto con un hombre que no reconocí, y Anny, que no dejaba de observarme como si en cualquier momento pudiera ponerme a gritar.

Me conocía bien.

Levanté la vista y el rostro de Albert me tranquilizó. Fue su gesto de muda compresión, de ternura. Sus ojos brillantes y sus brazos fuertes sujetándome para no caer. Lo achaqué al tranquilizante, que ya debía de estar produciéndome efecto, y me aparté para situarme a su lado. Me cogió la mano derecha y me la apretó con fuerza. Sí, él también estaba nervioso, aunque lo disimulaba mucho mejor que yo. En ese momento reparó en mi atuendo y parpadeó con una pizca de espanto a la vez que tragaba saliva, aunque continuó sujetando mi mano.

Comenzó la homilía y eso me dio pie para distraerme en observar lo que me rodeaba. La cúpula gótica de piedra ennegrecida, las amplias vidrieras que adornaban la pared exterior. Los dibujos de colores que dejaban entrar una luz que producía pequeños destellos sobre los invitados. El altar, sencillo, con una mesa de mármol y la imagen de Cristo crucificado al fondo, rodeado de ángeles protegiéndolo.

Me pregunté en qué época concreta habría sido construida, me pregunté si el manto de la Virgen que había visto a la entrada sería de terciopelo o una tela más adecuada al clima y al desgaste, me pregunté si las vidrieras habrían resistido los bombardeos de la segunda guerra mundial o bien serían posteriores, me pregunté si realmente el cáliz de oro sería una antigüedad o no, me pregunté por qué tenían dos capillas, me pregunté cuál habría sido la empresa que había adornado con tantas flores blancas la iglesia, me pregunté si los frescos de la cúpula serían recientes o restaurados, me pregunté por qué el sacerdote tenía pintas de haberse bebido para el desayuno media botella de whisky, me pregunté si llegaría esa noche a tiempo al hotel para llamar a Archie, me pregunté si deberíamos estar toda la ceremonia de pie o nos dejarían sentarnos en algún momento, me pregunté si la manicura permanente me duraría una o dos semanas, y me pregunté tantas cosas absurdas que olvidé prestar atención a lo realmente importante, hasta que oí el silencio como banda sonora y sentí las miradas de todos puestas en mi persona.

—¿Qué? —susurré en dirección a Albert.

—¿Podrías centrarte un poco en lo que estamos haciendo? No has parado de girar la vista, de murmurar, y creo que hasta has hecho cálculos con los dedos —me pidió.

—Oh, sí. Lo intentaré.

—Bien, porque es tu turno.

—Mi turno, ¿de qué?

—Tienes que decir «sí, quiero».

Y ahí sufrí el segundo ataque de histeria del día.

—¡Ah, no! Tú primero.

Albert resopló con incalculable paciencia y, sonriéndole al sacerdote, se volvió hacia mí, cogió mis manos entre las suyas y comenzó a hablar:

—Candy, prometo amarte, cuidarte, serte fiel, protegerte y hacerte feliz hasta que sólo me quede un aliento de vida. Prometo conseguirte las estrellas si es eso lo que me pides, prometo despertar cada día a tu lado, prometo decirte una y otra vez que eres lo más bello y lo más preciado de mi existencia. Prometo no provocar tus lágrimas y, si yerro, secarlas con prontitud. Prometo que habrá risas, abrazos y besos, millones de besos. Prometo serlo todo, y sólo para ti.

El mundo se quedó en silencio cuando él terminó su pequeño discurso, el pequeño mundo del interior de la iglesia y el gran mundo exterior, aunque supuse que nadie, excepto tres personas, lo habíamos entendido. Creo que en aquella ocasión lo vi por primera vez. Porque hasta entonces ni siquiera lo había mirado. Y no supe qué decir o qué hacer. Albert sonrió levemente y enarcó una ceja en mi dirección. Yo abrí los labios, parpadeé y no conseguí pronunciar palabra alguna.

—¡Será mamonazo! —masculló Anny junto a nosotros—. Albert, si ella no quiere casarse, yo ocupo su puesto con mucho gusto.

Eso me hizo reaccionar y me volví hacia el sacerdote.

—Now?—inquirí, y él asintió con la cabeza—. Sí —dije, pero resultó un agudo «Síííí». Carraspeé y lo intenté de nuevo sin soltar las manos de Albert—: Yeah, digo..., yes.

Y, finalmente, como todos seguían esperando un discurso parecido al que había pronunciado él, lo único que hice fue soltar sus manos y levantar los dedos pulgares demostrando que estaba conforme. Me pareció oír varios suspiros de alivio provenientes de los invitados, pero ya empezaba a estar algo desubicada debido al tranquilizante y a la sensación de leve aturdimiento que me había ocasionado Albert.

—Perfect —susurró él, y se inclinó para darme un suave beso en los labios que cerró nuestro trato y nuestro falso matrimonio.

Dos horas después, me encontraba sentada a la mesa presidencial. Sus padres, mi hermano y Anny nos acompañaban. Apenas pude degustar nada del menú que había elegido, y lo único que hice fue beber el vino que un camarero dispuesto y siempre atento a que yo vaciara la copa volvía a rellenarme.

Estaba escondiéndome tras una botella, como lo definiría Anny. Y era cierto. No quería enfrentarme a ninguna conversación incómoda, y más con sus padres, que eran los únicos que entendían el idioma. No sabía qué podía haberles dicho su hijo, y temía verme expuesta por algún comentario bienintencionado.

Cuando trajeron los postres, el padrino, que según me explicó Tom era uno de los mejores amigos de Albert y, además, su abogado, por lo que estaba al tanto de toda la función, se levantó para pronunciar su discurso. Obviamente, no conseguí entender más que una o dos palabras, pero ocasionó ovaciones y más de un silbido. Cuando finalizó, Albert me atrajo hacia él. Pensé que era para susurrarme con algo de intimidad. Me equivoqué.

—¿Sí? —inquirí mirándolo fijamente.

—El beso —contestó él con voz grave y ronca.

Y ahí sufrí el tercer ataque de histeria del día.

—No —musité, intentando sonreírle al fotógrafo, que se había posicionado frente a nosotros.

—Sí —rebatió él.

—¡Te he dicho que no! —mascullé entre dientes.

—Sí —replicó él de forma firme.

—Me habías prometido que no había sexo en el contrato—indiqué convirtiendo mi sonrisa en una mueca.

—Esto no es sexo, Candy. Es un beso —repuso.

Lo siguiente que sentí fue que me internaba en un túnel a gran velocidad. Todo el vello de mi cuerpo se erizó y la piel hormigueó impaciente. El mundo desapareció y únicamente quedó él, llenándolo todo. Sentí hambre, sed, ansiedad y la irrefrenable percepción de que iba a estallar en diminutas luces iridiscentes.

Lo que sentí fueron sus labios sobre los míos.

No fue sólo un beso.

Nunca lo es.

Cuando abrí los ojos, seguía sujetando su nuca y no sabía cómo mis manos habían llegado hasta allí. Él me observaba en silencio con una expresión entre torturada y desafiante, concentrado como si yo fuese su pequeña obra de arte recién pintada.

—Candy—murmuró tragando saliva.

—No.

—Candy, por favor...

—Lo... lo siento —balbuceé, y me levanté como un resorte impulsando hacia atrás la silla, que cayó al suelo con un brusco golpe.

Corrí hasta esconderme en el baño. Entré en un cubículo vacío y, tras bajar la tapa del inodoro, me senté y escondí el rostro entre las manos. ¿Qué había hecho? ¿Por qué tenía que arruinar mi vida de nuevo? Él no me amaba. Nunca me había amado, y yo... yo me había esforzado en no quererlo durante nueve años. Nueve años tirados a una alcantarilla. ¿Qué estaba pasando? No. No lo amaba. Ya no era la niña tonta subyugada por su encanto. Era una mujer adulta que tomaba sus propias decisiones. Una mujer que jugaba con ventaja.

No, no lo era. Con él sólo podía ser Candy.

Quería gritar, llorar, hincarme las uñas en la piel hasta hacerme sangrar. El corsé de varillas se convirtió en una cárcel que me impedía respirar. Oía el ronco sonido del aire intentando acceder a mis pulmones, sibilante. Y únicamente pude permanecer en esa posición, inmóvil, ahogándome sin llegar a la superficie.

—¿Estás bien? —Era la voz de Anny, y sonaba preocupada.

—No —resollé a través de la puerta.

—Y ¿borracha?

—Tampoco. Y desearía estarlo —contesté con poco más que un murmullo.

—Creo que la pastilla de tu hermano no ha funcionado. Para mí que ha robado una valeriana, y tú necesitas por lo menos Valium—determinó.

Me levanté despacio, sintiendo dolor en cada una de mis articulaciones, y abrí la puerta. Ella estaba apoyada de forma indolente sobre el mármol que sujetaba la estructura de cinco lavabos.

—¿Quién es toda esa gente, Anny? —pregunté llevándome la mano a la frente para secarme el sudor frío que la cubría.

—Supongo que los amigos y familiares de Albert —contestó ella evaluándome con la mirada.

—No conozco a nadie. Me siento como un extra en una película húngara. Su padre no ha dejado de mirarme con una sonrisa perenne en el rostro, y su madre parece estar al borde de las lágrimas, como si todo esto le hiciera inconmensurablemente feliz. Durante toda mi vida he tenido la sensación de que no encajaba en el conjunto, ahora más que nunca.

Anny humedeció una pequeña toalla blanca y me la ofreció. La cogí con manos temblorosas y me la puse en la nuca, reprimiendo un súbito escalofrío.

—Tengo que deshacer este entuerto —afirmé algo más serena—. Hablar con Albert y conseguir el dinero de otra forma. Le diré, le diré... —vacilé un instante y suspiré hondo—, le diré que trabajaré para él las horas que sean, que le venderé mis acciones, que convierta todo este embrollo en un préstamo vitalicio. Lo que sea necesario, pero no puedo continuar con la farsa.

—¿Por qué? —inquirió ella con suavidad.

—Porque lo único que deseo en este momento es que siga besándome. Siempre —murmuré agachando la cabeza, completamente vencida.

Ella se acercó y me cogió la barbilla para levantarme el rostro.

—Tienes un año por delante para seguir haciéndolo.

—¡No lo entiendes! —exclamé separándome—. ¿Has oído lo que ha dicho en la iglesia? ¿Cómo puede ser tan hipócrita?

—A mí me ha parecido bastante sincero —replicó ella sin inmutarse.

—Ha tenido nueve años. ¡Nueve malditos años para decírmelo! No vino a por mí. ¡No vino a por mí! —grité perdiendo el control.

—¿Quién te ha dicho eso? —Anny entornó los ojos con una pizca de diversión.

La miré con incredulidad.

—Está claro que no quiso encontrarme.

—¡Eso es porque ninguno de nosotros tuvo nunca ni puta idea de dónde estabas! —estalló con ira contenida, que fue recibida en forma de una bofetada de aire caliente en mi rostro. No supe qué me extrañó más, si su vocabulario o toda la furia vertida en una simple frase.

—¿Sabes acaso lo que me hicieron? —pregunté con un hilo de voz, sin fuerzas para defenderme.

—No. No lo sé porque no lo contaste. Ni lo contaste, ni pediste nuestra ayuda. Hiciste lo que haces siempre que algo te hiere: esconderte.

Los labios me temblaron y los ojos me escocieron de contener las lágrimas.

—Daría todo lo que tengo por poder retroceder en el tiempo —le dije con tanto dolor en la garganta que éste se transmitió a mi tono ronco por el esfuerzo.

—Te has olvidado de la «X» de la ecuación —musitó ella apretando los labios.

La miré de forma interrogante, sujetándome al borde del mármol para no caer. Anny se encogió de hombros y, apoyándose en la repisa con ambas manos, dio un salto y se sentó sobre ella cruzando los tobillos y balanceando las piernas.

—¿Retrocederías en el tiempo si supieras qué es lo que te espera en el futuro? —resumió.

Asentí con la cabeza. El nudo en la garganta me impedía hablar.

—¿Hasta dónde retrocederías exactamente, Candy?

—Hasta hace dos años.

—Ya —murmuró.

—No es lo que piensas, Anny. Soy consciente de que maté a una persona y tendré que vivir toda la vida con ello en mi conciencia. Lo que me aterra es volver a ser feliz, porque sé que, cuando todo parece funcionar, la vida te arrebata lo que más deseas. No podría soportarlo de nuevo.

—¿Estás intentando decir que tienes miedo a sentir lo que sientes?

—Durante meses, después del accidente, fui incapaz de mirarme a un espejo. No me importaba ver mis cicatrices, pero sí tenía terror por ver mis ojos de nuevo. Por no poder reconocer a la persona en que me había convertido.

—¿Qué te hizo mirarte de nuevo? —inquirió ella con dulzura.

—Archie. Fue él. Fue su infinita paciencia. Estuvo a mi lado cada minuto, cada hora, cada día. Nunca me culpó. Nunca mencionó nada del accidente. Nunca me juzgó, y no permitió que yo lo hiciera. Él fue mi isla desierta cuando me sentía náufraga.

—¿Y?

La miré directamente al rostro, con furia, con dolor.

—¿Cómo voy a presentarme ahora ante él? ¿Cómo voy siquiera a poder mirarlo a los ojos sabiendo lo que he hecho? ¿Cómo voy a poder mantener el engaño durante un año si no ha pasado un día y ya estoy destrozada?

—Candy...

Supe que no sabía qué contestar. Por primera vez en toda mi existencia, había dejado en sólo unas horas a mi hermano y a mi prima mayor sin palabras.

—Tú lo quieres —afirmé con convicción.

Ella empalideció y desvió la mirada.

—Anny, no te estoy acusando de nada. —Meneé la cabeza ante su turbación—. Me refiero a que sé que siempre lo has apreciado. Él es una persona mucho mejor que yo, en todos los aspectos. Desde que lo conocí, todo el mundo alrededor me ha estado diciendo la suerte que tengo de haberlo encontrado. ¿Sabes qué es lo peor de todo?

—¿El qué? —preguntó recobrando la voz.

—Que lo he traicionado. Estoy engañando a lo único bueno que había conseguido conservar a mi lado.

—Joder —musitó.

—Anny —la llamé y ella levantó el rostro hacia mí—. ¿Te ha dicho algo?

—¿Sobre qué?

—¿Te ha dicho algo sobre mí? Tú lo has estado viendo este último año prácticamente cada fin de semana. Sé que algo cambió en nuestra relación después del accidente, pero siempre pensé que era yo la que me estaba alejando de él. Ahora no sé qué pensar. ¿Lo has notado extraño? —inquirí con un hilo de voz.

—No. Apenas lo he visto dos o tres veces —murmuró.

—Anny, ya dudo hasta de seguir enamorada de él. ¿Cómo puedo amarlo si me acabo de casar con otra persona? —pronuncié, esperando que ella me diera una respuesta que no estaba en su mano.

—A veces, las personas tomamos decisiones con el corazón y no con la cabeza, Candy. Ésta es una de ellas. —Suspiró hondo y se dejó caer al suelo. Sus tacones provocaron un eco que reverberó en las paredes vacías de adornos. Se irguió y sonrió levemente—. Te has casado por un motivo. En realidad, un motivo de un millón y medio de libras. Además, con un hombre por el que muchas venderían a su propia madre por hacerlo —dijo recuperando poco a poco su ánimo.

—Es una locura, ¿no lo ves? Esto no puede acabar bien —afirmé.

—Acabará —susurró ella—. Tiene que hacerlo. Todos cometemos locuras.

—No una tan grande como ésta. Pero ¿en qué estaría yo pensando? Sucedió todo tan rápido que no me dio tiempo a reflexionar. Por un momento lo vi claro, una excusa laboral, salvar el futuro de la empresa y... —Me interrumpí porque no sabía si llegaría a conseguirlo.

De forma ausente, me masajeé la cabeza y me eché a temblar.

—Candy, ¡mírate! —exigió ella, y me volvió para ponerme de frente al amplio espejo que cubría toda la pared—. Es tu boda, aunque sea una falsa boda. Sólo será un año. Piensa en ello. Creo que hemos hecho cosas más estúpidas a lo largo de nuestras vidas.

—¿Ah, sí? ¿Como cuál? —inquirí cerrando los ojos porque me negaba a verme.

—No me hagas recordarlo, que gracias a ti tengo antecedentes penales —replicó Anny.

—No seas exagerada, que al final todo quedó en una multa.

—Sí, una multa que aún estoy pagando a mis padres. —Puso los ojos en blanco—. Todavía no sé cómo lograste librarte tú.

—Ehhh..., mejor no te lo cuento. —Enrojecí profundamente.

Ella me examinó como si pudiera leerme la mente y suspiró hondo, dando el tema por zanjado.

—Toda tu vida has sido así, aunque ahora no lo recuerdes. Tú planeabas, nosotras ejecutábamos y mi hermana se chivaba. Siempre tenías una idea loca en la cabeza, un nuevo plan, una nueva historia. Éramos las ovejas negras de la familia y estábamos orgullosas de serlo —continuó.

—Pero es que tenemos una familia que puede protagonizar su propia serie en versión cañí: Spanish Horror Story.

—Sí, lo sé, la compartimos, ¿recuerdas? Lo extraño es que hayamos llegado a la tierna edad de veinticinco años sin estar encerradas en un manicomio.

Sonreí con sinceridad, aunque seguía sintiéndome desubicada, desorientada en una situación que yo había provocado y que, aun así, me superaba. El desconcierto, el miedo y el imperativo deseo de huir se reflejaron en mi rostro demudado. Anny reaccionó con rapidez y me abrazó de improviso. Dejé caer la cabeza sobre su hombro con un suspiro y reprimí de nuevo las lágrimas.

En ese momento llamaron a la puerta y una cabeza masculina se asomó.

—Espero no interrumpir ninguna escena rollo-bollo —dijo mi hermano al vernos entrelazadas.

—Idiota —farfullé yo.

—Además, sería incesto, gilipollas —contestó Anny.

—Venga, que esperan a la novia para el baile.

—Pero ¿es que también va a haber baile? —pregunté atemorizada por volver a enfrentarme a la pequeña multitud que me aguardaba en el salón.

—¡Claro! Es una boda, ¿qué esperabas?

Mi hermano me observó con la duda bailando en sus ojos castaños.

—¡Yo no sé bailar el vals! —exclamé con un deje de pánico.

—Pues espero que Albert sí sepa —finalizó él llevándome consigo hasta el centro de la improvisada pista de baile, donde me esperaba el flamante novio.

Albert me sujetó por la cintura y me examinó con detenimiento.

—¿Has estado llorando, Candy? —inquirió con suavidad.

Asentí con la cabeza; de súbito, el nudo en la garganta había regresado.

—¿Es por mí? ¿Tanto dolor te provoca casarte conmigo?—preguntó tragando saliva.

Negué con la cabeza. Empezaba a parecerme a un muñeco de esos que se ponen en la bandeja trasera de los automóviles, asintiendo y negando.

—Candy, relájate.

—No creo que pueda.

—Hazlo y escucha la canción —murmuró mientras acercaba mis manos a sus hombros y la luz se atenuaba para dejar un único foco que nos iluminó.

Entonces, la música comenzó a sonar. No era un vals, sino Otis Redding cantando These Arms of Mine. Cerré los ojos y me dejé llevar por su cuerpo y sus manos, que guiaban cada movimiento. Y entendí parte de la letra, porque hacía más de nueve años la habíamos bailado y él me había estado susurrando al oído que sus brazos estaban anhelando amarme. Me pedía que fuera su mujer, que lo fuera todo para él.

Cuando finalizó, apoyé la frente en su pecho y aspiré su olor. De nuevo me sentía al borde de un abismo. Levanté la vista y sus ojos me miraron con intensidad, suplicantes y, a la vez, escondiendo la furia de tantos años odiándonos.

—¿Podemos irnos?

—Cuando tú quieras —indicó él, y me dejó junto a la barra para despedirse del resto de los invitados.

No fue buena idea. Pedí un whisky y lo balanceé en mi mano, deseando olvidar, deseando retractarme, deseando volver atrás. Lo bebí de un sorbo y pedí otro. Al ver que se aproximaba, me lo terminé de la misma forma y, algo tambaleante, me sujeté a su cintura. Caminábamos hacia la salida cuando oí a Anny gritar.

—¡El ramo! ¡Candy, que has olvidado lanzar el ramo!

Miré mi mano izquierda como si no me perteneciera. Allí llevaba fuertemente sujeto mi ramo nupcial. Observé al pequeño grupo de mujeres reunidas, expectantes. Me di la vuelta y tiré el ramo hacia atrás. Oí algún gruñido aislado y un aullido de triunfo. Acerté a ver a Anny saltando y empujando a mi hermano, que había sido el verdadero receptor del objeto volante. Ambos cayeron al suelo. Anny se incorporó sobre él agitando el ramo en la mano vencedora.

—¡Bert, cuando te divorcies ven a buscarme, que soy la siguiente!—exclamó.

Un coro de risas nos acompañó hasta la calle. Se apagó en el Rolls-Royce, cuando nos recibió la noche londinense llena de luces. Los dos hicimos el trayecto en silencio, cada uno mirando la calle por su ventanilla. Al llegar al hotel, recuerdo que me deshice de los zapatos lanzándolos a una esquina de forma descuidada, caminé a trompicones hasta la cama y me dejé caer sobre ella.

Y, afortunadamente, ya no recuerdo nada más de lo ocurrido por segunda noche consecutiva.

Desperté cuando aún no había amanecido. Estaba tapada con el edredón y Albert dormía a mi lado. Me giré sobre mí misma y observé la postura imposible que tenía él, de espaldas al techo, con una mano bajo la almohada y otra sobre la cabeza, como si quisiera aislarse del mundo. Comprobé, algo desconcertada, que yo llevaba una camiseta blanca que no era mía y que todavía guardaba su aroma. El vestido, el corsé y las medias habían desaparecido. Me levanté en silencio y me asomé a uno de los ventanales que daban a Hyde Park, iluminado apenas con alguna farola que se intuía entre la neblina del alba. Me llevé un puño a la boca y ahogué un gemido. Caminé de vuelta a la cama y la rodeé hasta sentarme en una silla tapizada en crema frente al rostro de Albert dormido. Apoyé los codos en las rodillas y me sujeté la barbilla. Me quedé así, simplemente observándolo, largos minutos.

Era un hombre guapo. Hermoso..., aunque ese calificativo siempre me había parecido femenino. No obstante, no había nada femenino en él. Incluso dormido, con los ojos cerrados y las gruesas pestañas formando un arco perfecto sobre sus pómulos altos, con el pelo corto, rubio como el oro, revuelto. Con la boca entreabierta, respirando acompasadamente. Sentí el tímido hormigueo en los dedos previo al comienzo de un nuevo dibujo.

Me abstraje hasta llegar al lugar recóndito de mi interior en el que él se escondía. Dolió. La atracción, la energía que percibía en ondas que llegaban hasta mí, no se había disuelto con el transcurrir del tiempo. «Joder —maldije en voz baja—, no me puede estar sucediendo de nuevo. Ahora no.» Ya no quedaba ningún rasgo del joven desgarbado y tímido que había conocido en el pasado. ¿Habría sido siempre así o yo no había querido verlo? También advertí que era un consumado actor. Recordé el apasionado discurso de amor con que me había obsequiado en la ceremonia y no pude por menos que esbozar una mueca dirigida a mí misma. En mis recuerdos siempre había sido un adolescente titubeante y azorado. Pero ¿en qué estaba pensando? No, una y mil veces no. No podía permitirme flaquear con él. Tajantemente, no. Sin embargo, tuve que reconocer mi debilidad y, rindiéndome, entorné los ojos y me concentré todavía más en su rostro, intentando analizar qué había tras él.

De improviso, un tímido rayo de sol incidió por la ventana situada a mi espalda y azotó el rostro que tanto me interesaba. Él gruñó y se frotó el pelo de forma descuidada, para después abrir los ojos y mirarme con fijeza.

—¿Candy? —inquirió roncamente.

—Son celestes —musité.

—¿El qué? —preguntó algo adormilado.

—Tus ojos. Creí que eran grises como una tormenta, pero son azules. Son azules como el cielo de verano, casi transparentes cuando la luz los ilumina. Son... fascinantes.

—¿Estás bien?

—Ya no llevas gafas —le dije, ignorando su pregunta.

—Me operé hace años. ¿Por qué? ¿Es eso lo que te preocupa?

—No. Tenemos que hablar —aseveré irguiéndome en la silla mientras me percataba de lo absurdo de la conversación, como si él pudiera adivinar mis pensamientos anteriores.

Estaba decidida a mostrarme firme y contundente. Desafiante, si llegaba el caso. Cruel, si lo requería la situación. Vamos, que tenía que ser un genio de la interpretación si pretendía ganar algo.

Él resopló y se incorporó. Puso una almohada apoyada en el cabecero y se recostó sobre ella cruzando los brazos. No llevaba pijama ni nada que le cubriese el torso. Se le marcaban todos los músculos que pueden marcársele a un ser humano: los bíceps, los oblicuos, los pectorales, los cuádriceps..., no. Ésos, para el alivio de mi respiración, estaban escondidos bajo el edredón. Ignoré la sonrisa divertida que me ofreció ante mi escrutinio y fruncí los labios.

—Pensé que esa frase me la dirías pasados al menos unos meses—repuso.

—¿Puedes explicármelo? —Mi tono era serio y brusco.

—¿Qué quieres que te explique?

—La boda. Todo ese despliegue. El vestido. No consigo entenderlo. Creí que era un acuerdo, algo que firmaríamos en la intimidad, en un juzgado, no en una iglesia frente a decenas de personas.

—Quería hacerlo lo más creíble posible.

—Y ¿no pensaste que yo podía no estar de acuerdo con eso? ¿Sabes que es casi imposible conseguir la nulidad eclesiástica? No sé qué planes tienes para conquistar a esa misteriosa persona, pero yo tenía algunos para mi futuro. Y tú... —me atraganté y respiré hondo— los has tirado por la borda.

Él frunció el ceño y me observó durante varios segundos antes de responder:

—Estaba todo en el contrato.

¡Bum! Con una simple frase, me había desarmado. Casi le doy un puñetazo. Para no hacerlo, me levanté y comencé a pasear de forma furiosa por la habitación.

—¡Un contrato que sabías que no iba a entender! ¡Eres..., joder, no quiero decirte lo que eres! ¡Tú ya lo sabes!

—No, no lo sé, ¿puedes ser más clara al respecto? —inquirió con calma enarcando una ceja.

Me acerqué a trompicones y apoyé ambas manos sobre el colchón, aproximando mi rostro de forma peligrosa al suyo.

—¿Qué es realmente lo que te propones con todo esto, Albert?—susurré con brusquedad.

—Ya te lo dije la primera vez. Me debes un año de tu vida y hoy empiezas a pagar la deuda.

Me aparté mirándolo con odio.

—Renuncio —dije con voz cansada—. No voy a consentir que sigas utilizándome de esta forma.

—Está bien, Candy, si es eso lo que quieres... —dijo mientras se levantaba para dirigirse al baño—. Exijo que me sean devueltas las trescientas cincuenta mil libras que han sido transferidas esta misma mañana a la cuenta de tu empresa.

—Maldito hijo de la gran...

Antes de que me diera tiempo a formular lo que estaba pensando, su dedo índice se posó sobre mis labios.

—Cuidado con lo que dices, Candy. Puede que te arrepientas—musitó, y nuestras miradas chocaron como dos trenes de mercancías.

Le sujeté la muñeca y apreté con fuerza. Él sonrió con descaro y se inclinó para darme un leve beso donde antes había estado su dedo.

Me quedé inmóvil, todavía con la mano cercando su muñeca, y observé su cuerpo cubierto sólo por un bóxer negro. Sentía tanta furia que creí que podía arder en combustión espontánea.

—No te emociones. Me levanto así todas las mañanas, es una cuestión fisiológica —manifestó examinándome con calma.

Me giré sobre los talones, dándole la espalda, y oí su carcajada cuando cerró la puerta del baño. Oí el agua de la ducha correr y deseé que se ahogara. Deseé una y mil muertes cruentas y dolorosas para él. Si había pensado hacía unos minutos que era una persona diferente de la que recordaba, comprobé que me había equivocado por completo. Y eso me enfureció todavía más, porque comprendí que había caído en su red como la mosca atrapada por la araña.

Salió un rato más tarde, tapado con una pequeña toalla que circundaba su cadera y frotándose el pelo húmedo, esparciendo pequeñas gotas de agua a su alrededor. Sin mirarlo, pasé a su lado y me encerré en el baño. Gradué la temperatura del agua con más habilidad que el día anterior y dejé que se llevara parte de mi furia y que ahogara los sollozos que brotaban de mi garganta. Retrasé todo lo que pude el regreso a la habitación. Incluso me maquillé. Lo único que no pude hacer fue vestirme, así que me puse un albornoz y, dejándome el pelo suelto, finalmente salí.

Albert estaba sentado en uno de los sofás Chester. Se había vestido con un pantalón vaquero claro y un jersey negro de cuello de pico por el que asomaba una camiseta blanca. Llevaba también zapatos deportivos negros y desayunaba mientras leía el periódico con gesto concentrado. Ni reparó en que yo estaba allí, así que cogí algo de ropa de mi maleta y me escondí de nuevo. Me puse unos vaqueros y una blusa informal. Volví a salir y me encontré con su mirada, que me estaba esperando.

—He pedido un completo para ti. No creo que se haya enfriado

todavía.

—No tengo hambre —mascullé.

—Deberías estar hambrienta. Anoche no cenaste nada y... —hizo una pausa considerablemente larga— bebiste demasiado. Lo que no sé si debe preocuparme, ya que los tres días que te he visto has mostrado una ebriedad considerable.

Gruñí por toda respuesta y me senté en el sofá de enfrente. Levanté la tapa de mi plato y los huevos fritos, el beicon y las salchichas hicieron que se me revolviera el estómago. Cogí una tostada y la unté con mantequilla mientras examinaba las jarras.

—También he pedido chocolate. Recuerdo que no te gustaba demasiado el café.

—Últimamente es lo único que me mantiene consciente—mascullé, aunque no tuve más remedio que servirme chocolate.

Sorbí en silencio mientras él volvía a su lectura.

En ese momento me fijé en que había dos maletas iguales, una negra y otra de color ciruela, abiertas sobre la moqueta. La masculina estaba ordenada con precisión matemática, y la otra, vacía. Sin levantar la vista del periódico ni una sola vez, Albert volvió a hablar.

—Tienes media hora para hacer la maleta, Candy.

—¿Ah, sí? ¿Nos van a echar del hotel?

—No.

—Por cierto —comencé acordándome de la cuestión principal—, ¿de dónde has sacado tanto dinero? Me imagino que el vestido, la habitación, el banquete y todo lo demás te habrá costado bastante.

—Ya te lo dije. —Y esta vez sus ojos azules se asomaron por el borde del periódico—. Soy deportista, acabo de conseguir un importante contrato de modelaje y, además, la empresa de seguridad informática tiene contratos con varias multinacionales que...

—Sí, ya te oí la primera vez —lo interrumpí—. Pero ahora, en serio, ¿me vas a contar la verdad o estás esperando a que vengan a detenerme a mí también para confesar?

—¿Por qué habrían de detenerte? —inquirió con curiosidad, y dobló el periódico dejándolo a un lado—. Nunca he hecho nada ilegal.

—Aparte de un falso matrimonio.

—No es un falso matrimonio.

—Claro. Y ¿por qué entonces tengo que hacer la maleta antes de media hora?

—Porque nos vamos de luna de miel, ¿no te lo había dicho?

El trozo de pan con mantequilla que estaba pasando por mi garganta se quedó atorado y tosí, casi sin respiración. Él se levantó con rapidez y me dio varios golpes en la espalda. Todavía con los ojos llorosos y la voz ronca, me encaré a él:

—¿Luna de miel? Eso no estaba en el contrato.

—Sí lo estaba. Lo único es que tú sólo buscabas una palabra en concreto, ¿te la recuerdo?

Abrí la boca, la cerré. Cogí un vaso de agua y bebí un largo trago.

—Y ¿adónde se supone que nos vamos? —pronuncié casi sin voz.

—A Egipto.

—¡¿Egipto?!

CONTINUARA