Esto no tiene nombre

Zelena sostuvo en brazos el cuerpo de Emma. Ésta chorreaba sangre y se estremecía, presa de sacudidas tan bruscas que daba la impresión de estar siendo electrocutada. Tenía cara de ida, pues había perdido la conciencia. Era la furibunda agitación de los usurpadores que llevaba en su vientre la que zarandeaba el cuerpo inerte.

Las dos hermanas Mills se quedaron heladas durante una milésima de segundo, y luego entraron en acción como torbellinos. Zelena aseguró el cuerpo de la embarazada entre sus brazos y, gritando tan deprisa que resultaba imposible entender cada palabra por separado, ella y su hermana subieron disparadas las escaleras hasta llegar al segundo piso.

Salí a la carrera detrás de ellas.

—¡Morfina! —le gritó Regina a Zelena.

—Ponte al habla con Henry, Ruby—chilló la pelirroja.

Las seguí hasta la biblioteca, cuyo espacio central se parecía un montón al área de emergencia de un hospital. Las luces de un blanco cegador iluminaban a la parturienta, tendida encima de una mesa; bajo los focos, la piel le brillaba de un modo fantasmagórico. La pobre se agitaba como un pez en la arena. Zelena la fijó a la mesa y de un brusco tirón le rasgó la ropa mientras Regina le inyectaba algo con una jeringuilla.

¿Cuántas veces me la había imaginado desnuda? Yo qué sé. Y sin embargo, ahora, no podía mirarla, pues temía no ser capaz de sacarme esas imágenes de la sesera.

—¿Qué ocurre, Regina?

—¡Los fetos se están asfixiando!

—¡Las placentas se han desprendido!

Emma recuperó el sentido en algún momento de ese proceso y reaccionó a esas palabras con un chillido que me perforó los tímpanos.

—¡SÁCALOS! —bramó—. ¡No pueden respirar! ¡Hazlo YA!

Mientras hablaba a grito pelado, vi estallar las venas oculares que, ya rotas, se extendieron como arañas rojas por el blanco de los ojos.

—La morfina… —gruñó Regina.

—No, no… ¡AHORA!

Otro borbotón de sangre sofocó los alaridos de la parturienta. Su esposa le alzó la cabeza mientras le limpiaba la boca a la desesperada con el fin de que ella pudiera respirar de nuevo.

Ruby entró en la habitación como una flecha y colocó un pequeño auricular azul bajo el pelo de Zelena. Luego reculó un paso, con esos ojos dorados suyos abiertos hasta la desmesura, ardientes y ávidos de sangre. Zelena siseaba al teléfono como una posesa. La piel de Emma parecía más purpúrea y amoratada que blanca bajo el chorro de luz de los focos, y líquidos de un rojo intenso fluían debajo de la epidermis del abultado vientre. Zelena apareció con un escalpelo en la mano.

—Espera a que le haga efecto la morfina —le pidió Regina a voz en grito.

—No hay tiempo —le replicó Zelena—. Los bebés se mueren.

Bajó la mano hasta situarla sobre el estómago de Emma y con la lanceta practicó en la piel una incisión, por donde brotó un chorro de sangre negruzca. Era como si alguien hubiera volcado un cubo lleno hasta los bordes o hubiera abierto un grifo. Emma se retorció, pero no gritó, pues seguía sin poder respirar.

Entonces, a Zelena se le fue la pelota y le cambió la expresión del semblante mientras echaba hacia atrás los labios para dejar vía libre a los colmillos. Los ojos le relumbraron de pura sed.

—¡No, Zel! —chilló Regina.

Ella no podía hacer nada: tenía los brazos ocupados en mantener a su esposa incorporada para que pudiera respirar.

Me lancé contra Zelena de un brinco, sin molestarme en entrar en fase. El escalpelo se me hundió bien hondo en el brazo izquierdo cuando le caí encima y choqué contra su cuerpo de piedra, empujándola hacia la puerta. Le puse la mano derecha en el careto, bloqueándole los dientes y tapándole las napias.

Aproveché la presa de mi mano en torno a sus morros para darle la vuelta al cuerpo de la pelirroja y poderle patear a gusto las tripas; pero, caray, las tenía tan duras que era como dar puntapiés al hormigón. Acabó golpeando el marco de la puerta, uno de cuyos lados se dobló. El pinganillo del móvil reventó en doscientos mil cachitos. Ruby apareció en ese momento y la aferró por el pescuezo para arrastrarla hacia el vestíbulo.

Algo sí tuve que reconocerle a la pelirroja. No se empleó a fondo en la pelea. Quería que ganásemos, y por eso me dejó que la zarandease de esa manera, para que salváramos a Emma: bueno, mejor dicho, para que salvásemos a las cosas.

Extraje la hoja de un tirón.

—¡Sácala de aquí, Ruby! —gritó Regina—. Entrégasela a Jefferson y mantenla fuera… ¡Graham! ¡Te necesito!

No vi cómo Ruby terminaba el trabajo, pues me di la vuelta para regresar junto a la mesa de operaciones, donde Emma se estaba poniendo azul y nos miraba con ojos redondos como platos.

—¡Masaje cardiaco! —me refunfuñó Regina, con tono urgente y perentorio—. ¡Va!

Estudié las facciones de la vampira en busca de algún indicio de que fuera a darle un ataque como a Zelena, pero no había en su rostro nada más que una determinación feroz.

—¡Haz que siga respirando! He de sacar a los bebés antes de…

Dentro del cuerpo de la agonizante se oyó otro chasquido, de esos que suenan cuando se produce un buen destrozo. Pero fue más estruendoso que los anteriores, tanto que Regina y yo nos quedamos como dos pasmarotes a la espera de que ella reaccionara y soltara un alarido.

Nada. Antes había flexionado las piernas como reacción ante el dolor, pero ahora estaba despatarrada de un modo muy poco natural, y las extremidades descansaban flácidas sobre la mesa de operaciones.

—¡Su columna vertebral! —exclamó con voz ahogada.

—¡Sácaselos, ahora ya no va a sentir nada! —le refunfuñé al tiempo que le lanzaba el escalpelo.

Me incliné sobre Emma para estudiar sus vías respiratorias sin apreciar obstrucción alguna. Le tapé la nariz con los dedos, le abrí bien la boca y la cubrí con la mía antes de soplar con fuerza para insuflarle aire a sus pulmones. Su cuerpo se agitó; así supe que no había obstrucción alguna en la garganta.

Sus labios sabían a sangre.

Percibí el latido desacompasado de su corazón. Aguanta, Emma, le pedí con fiereza mientras le insuflaba otro soplo de aire a su cuerpo. Lo prometiste. Que tu corazón no se detenga.

Escuché un chapoteo delator, el del escalpelo al deslizarse por el vientre, y el goteo incesante de la sangre sobre el suelo. El siguiente sonido me estremeció por lo inesperado y aterrador del mismo. Sonaba igual que cuando se abría una grieta en una superficie metálica.

Al oírlo, mi memoria voló atrás en el tiempo, a la pelea mantenida meses antes con los neófitos; su carne chasqueaba del mismo modo cuando los desgarrabas. Me aventuré a lanzar una miradita.

Vi el rostro de Regina pegado al bulto. Los dientes de vampiro eran un remedio infalible para destrozar la piel de vampiro.

Me estremecí cuando insuflé más aire a la parturienta. Ella reaccionó tosiéndome a la cara. Parpadeó y movió los ojos sin ver nada.

—¡Quédate conmigo, Emma! —le grité—. ¿Me oyes? ¡Aguanta! ¡Quédate, no me dejes! Haz que ese corazón tuyo siga latiendo.

Sus ojos se movieron, buscándome o buscándola, pero sin ver nada. Pese a todo, yo sí le devolví la mirada y la mantuve allí, clavada en sus ojos. En ese momento, de pronto, su cuerpo debajo de mis brazos se quedó quieto; la respiración había retomado una cadencia más o menos normal y el corazón le seguía latiendo. Entonces comprendí el significado de aquella calma. Había terminado, el zarandeo interior había acabado. Las criaturas debían de estar fuera.

Y así era.

—Henry y Hope—susurró Regina.

Ponerle Hope a ese monstruo se me antojo irónico y estúpido.

Emma se había colado. No eran los dos niños con los que había fantaseado, lo cual no me sorprendía lo más mínimo. ¿En qué no se había equivocado la pobre?

No dejé de mirar aquellos ojos salpicados de puntos rojos, aunque noté cómo levantaba débilmente las manos.

—Déjamelos… —pidió con voz rasposa—. Dámelos.

Debería haber sabido que ella iba a concederle cualquier petición, sin importar lo estúpida que fuera, pero ni en sueños habría pensado que le iba a prestar oídos en ese momento. No pensé en detenerla sólo por ese motivo.

Algo tibio me rozó el brazo, lo cual debería haber llamado mí atención, pues no parecía haber nada capaz de calentarme. No aparté la mirada del rostro de Emma. Ella parpadeó y al final mantuvo la mirada fija, viendo algo. Entonó un extraño y débil canturreo.

—Henry y… Hope Qué… bonitos… son.

Entonces, jadeó, jadeó de dolor.

Cuando quise mirar, ya era demasiado tarde. Regina había tomado a las cosas calientes y ensangrentadas de los débiles brazos de Emma. Recorrí con la mirada la piel de Emma, bañada en sangre: la de su propio vómito, la de las criaturas, que habían salido embadurnadas, y la procedente de dos puntitos situados encima del pecho derecho; parecían mordiscos con forma de medialuna.

—No, Henry, no Hope —murmuró Regina con un tono de voz que sonaba como si estuviera enseñando modales a los monstruitos.

No malgasté una mirada en ninguno de ellos. Sólo observaba a Emma cuando se le quedó la mirada extraviada y el corazón, tras una última sístole sin apenas fuerza, falló y se sumió en el silencio.

El corazón de Emma debió de detenerse menos de medio latido, pues enseguida me puse a hacerle un masaje cardiaco. Fui llevando la cuenta de cabeza, intentando mantener constante el ritmo de compresión y relajación.

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Lo dejé durante un segundo y le practiqué otra insuflación boca a boca. Fui incapaz de ver nada más, pues tenía la mirada borrosa por culpa de las lágrimas, pero estaba muy al loro de los sonidos de la habitación: el gorgoteo de su corazón bajo mis compresiones, el latido de mi propio corazón y otro par más, vibrantes, ligeros, rápidos, que fui incapaz de situar. Me obligué a introducir más aire en la garganta de Emma.

—¿A qué estás esperando? —le grité mientras, ya sin aliento, reanudaba el masaje cardiaco.

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

—Vigila a los niños—oí decir a Regina con tono apremiante.

—Tíralos por la ventana.

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Alguien se unió a la conversación y dijo con boca pequeña:

—Dádmelos a mí.

Regina y yo le gruñimos al mismo tiempo.

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

—Me he serenado —prometió Zelena—. Dame a los niños, Regina. Me encargaré de ellos hasta que Emma…

Le hice el boca a boca a Emma mientras las hermanas se pasaban a los hijos. El aleteo del corazón se fue apagando: tump, tump, tump.

—Quita de ahí esas zarpas, Graham.

Levanté la vista de los ojos en blanco de Emma sin dejar de masajear su corazón y me encontré a Regina sosteniendo una jeringuilla enorme, toda de plata, como si estuviera hecha de metal.

—¿Qué es eso?

Su mano de hierro apartó las mías. Se produjo un ligero chasquido cuando el manotazo me partió el meñique. Acto seguido, hundió la aguja en el corazón.

—Mi ponzoña —respondió mientras impulsaba hacia abajo el émbolo de la jeringa.

El corazón de Emma dio un brinco, lo oí, como si le hubiera dado una descarga con las palas de reanimación.

—Sigue con el masaje —ordenó con voz helada y huera. Hablaba con fiereza y de forma impersonal, como si fuera una máquina.

Ignoré el dolor del dedo roto y continué masajeándole el corazón. Resultaba cada vez más difícil, como si el plasma sanguíneo se le parara en las venas, se le congelara y se espesara.

Observé el comportamiento de Regina mientras yo me afanaba en que esa sangre, ahora viscosa, siguiera circulándole por las arterias. Parecía estar besándola. Le rozó con los labios la garganta, las muñecas y el pliegue interior del codo.

Escuché una y otra vez las obscenas perforaciones de los colmillos en la piel de Emma. Su esposa estaba inoculándole veneno en el cuerpo por el mayor número posible de puntos. Acerté a ver cómo le lamía los cortes sangrantes. Antes de que me dieran arcadas o me cabreara, comprendí su propósito: sellar las heridas con saliva a fin de impedir la salida de la sangre o la ponzoña.

Le practiqué el boca a boca, pero ya no había vida en ese cuerpo. El pecho reaccionaba subiendo tras cada insuflación. Seguí con el masaje mientras ella trabajaba como una maníaca sobre ella en su desesperado intento de traerla de vuelta. Ni con toda la ayuda…

Allí no había nadie más, sólo Regina y yo.

Nos afanábamos encima de un cadáver.

No quedaba más de la chica que ambos habíamos amado, salvo esos restos quebrantados, ensangrentados y desfigurados. No íbamos a lograr traerla a la vida otra vez.

Supe que era demasiado tarde y que había expirado cuando tomé conciencia de que la atracción había desaparecido. No encontré razón para seguir junto al cuerpo ahora que ella ya no lo habitaba, pues esa carne ya no podía atraerme. La disparatada necesidad de estar cerca de Emma había desaparecido.

Tal vez desaparecido no era la palabra exacta. El tirón, la atracción, se había desplazado, pero ahora me empujaba en la dirección opuesta. Me instaba a bajar las escaleras y salir por la puerta. Sentí el anhelo de marchar de allí para siempre jamás, para no volver.

—Vete, pues —me espetó Regina.

Volvió a apartarme las manos de un golpe para sustituirme. Genial. Ahora tenía rotos tres dedos.

Los estiré con una cierta torpeza sin importarme las punzadas de dolor. La vampira masajeaba su corazón parado más deprisa que yo.

—No está muerta —gruñó—. Se va a recobrar.

No estaba muy seguro de que me estuviera hablando a mí. Me di la vuelta y me marché por la puerta con paso lento, muy lento, pues no era capaz de arrastrar los pies más deprisa.

Entonces, ése era el océano de dolor y ésta, la orilla al otro lado de las aguas agitadas, tan lejana que no había sido capaz de ver ni de imaginar.

Me sentí vacío ahora que había perdido todo objetivo en la vida. Salvar a Emma había sido mí cometido durante mucho tiempo y ya no podía ser salvada. Ella se había inmolado de forma voluntaria para que esas bestezuelas la rasgaran en dos. Había perdido la batalla y la guerra había acabado.

Durante el descenso de la escalera, sufría una tiritona cada vez que oía el sonido procedente de detrás, el de un corazón quieto al que se le quería obligar a funcionar a golpes.

Qué no habría dado yo por poder verter lejía en mí cerebro hasta consumir todas las neuronas y quemar con ellas los minutos finales de Emma. Daría por buenas las lesiones cerebrales si conseguía librarme de esos recuerdos: los gritos, las hemorragias, los crujidos y los chasqueos mientras los monstruos recién nacidos la desgarraban desde dentro para salir al exterior.

Mí deseo habría sido salir pitando, bajar los escalones de diez en diez y cruzar el umbral de esa casa como una bala, pero los pies me pesaban como si fueran de plomo y nunca había estado tan hecho polvo. Bajé la escalera arrastrando los pies, como un viejo tullido.

Me tomé un respiro en el último escalón, haciendo acopio de las últimas fuerzas para atravesar la puerta.

Zelena estaba de espaldas a mí, sentada en la esquina limpia del sofá blanco. Sostenía en brazos a una de las criaturas, envuelta en una manta, al tiempo que la arrullaba y le hacía cucamonas. Debía haber oído cómo me paraba al pie de la escalera, pero optó por ignorarme, entregada a los gozos de una maternidad robada. Tal vez fuera feliz ahora que tenía lo que quería y Emma jamás iba a acudir para quitarle a los niños. Me pregunté si no sería eso lo que había estado esperando esa arpía pelirroja durante todo este tiempo.

Por lo que vi desde la ventana el otro engendro estaba fuera con Ruby Jefferson y ¿Leah? Me pregunte que demonios estaba haciendo ahí en su formar humana, pero sinceramente me dio igual.

Zelena sostenía algo oscuro en las manos además de la pequeña asesina, que profería unos sorbos ávidos.

Olisqueé el olor dulzón de sangre en el ambiente. Sangre humana. Zelena la estaba alimentando. Los engendros esos deseaban sangre, ¿con qué otra cosa puede alimentarse a unos monstruos capaces de mutilar brutalmente a su madre? Era como si estuviera bebiendo sangre de Emma. Tal vez incluso lo era.

Me volvieron las fuerzas cuando oí las succiones de la pequeña ejecutora mientras se alimentaba.

Una oleada de fuerza, odio y calor, un calor rojo, cruzó mí mente, quemándolo todo y sin borrar ni un recuerdo. Las imágenes de la sesera seguían, calentándose al fuego vivo de aquel infierno, pero sin consumirse. Los temblores me hicieron estremecer de la cabeza a los pies, y no hice esfuerzo alguno para detenerlos.

Zelena seguía ensimismada con el aborto ese, y sin prestarme atención. No iba a ser lo bastante rápida como para detenerme con lo distraída que estaba.

Sam tenía razón. Esas cosas eran una abominación y su existencia, un hecho antinatural. Eran demonios malignos y desalmados, seres sin derecho a existir.

Algo que debía ser destruido.

Después de todo, parecía que esa pulsión, esa atracción, no me había conducido hasta la puerta, pues ahora podía sentirla en mí interior, animándome, empujándome a avanzar. Me compelía a acabar con aquello y depurar el mundo de aquella aberración.

La pelirroja intentaría matarme cuando la cosa hubiera muerto y yo me defendería. No estaba muy seguro de que tuviera tiempo de aniquilarla antes de que los demás acudieran en su ayuda y acabar con el otro demonio. Quizás Leah me ayudaría y veríamos como salir de eso. Tal vez sí, tal vez no. Me traía al pairo.

En cualquier caso, me daba igual si los lobos me vengaban o si consideraban la reacción de los Mills como una reacción justificada. Ahora, todo daba igual. Sólo me importaba mí propia justicia. Mí venganza. No iba a dejar vivir ni un minuto más a los responsables de la desaparición de Emma.

Ella me habría odiado por eso, es más, habría querido matarme personalmente si hubiera sobrevivido.

No me afectaba. Ella me había hecho mucho daño al dejarse degollar como un animal, ¿y acaso le había importado? Así que, ¿por qué iba a tener en cuenta ahora sus sentimientos?

Y luego estaba Regina, demasiado ocupada en ese momento para leerme la mente mientras se ofuscaba como una loca y se negaba a aceptar esa muerte, intentando revivir a un cadáver.

No iba a tener ocasión de cumplir mí promesa de matarla, tal y como pintaba la cosa, a menos que me las arreglase para ganar una lucha contra Zelena, Jefferson y Ruby, tres contra dos, si es que Leah me ayudaba, y ni yo apostaría a mí favor. Pero, en realidad, no la hubiera matado aunque hubiera tenido la ocasión.

Me faltaba compasión para eso. No quería liberarla del peso de sus actos. ¿No sería mucho más justo y satisfactorio dejarla vivir sin absolutamente nada?

Estaba tan lleno de odio que la simple posibilidad me hizo sonreír. No tendría a Emma ni a su progenie asesina ni a algunos miembros de su familia, a todos lo que me pudiera llevar por delante. Por supuesto, y a diferencia de Emma, que no podía revivir, Regina siempre podía recomponerlos, ya que no se me pasaba por la imaginación quedarme para incinerar los pedazos.

Me pregunté si podría recomponer a las criaturas cuando hubiera acabado con ellos. Albergaba serias dudas. Había una parte de Emma en los engendros, por lo que debían haber heredado algo de su vulnerabilidad. Podía escuchar el redoble de sus corazoncitos.

Los corazones de los engendros latían y el de la madre, no.

Adopté todas estas decisiones en apenas un segundo.

Las sacudidas aumentaban en intensidad y rapidez. Tensé los tobillos y me encogí para saltar mejor sobre la vampira pelirroja y servirme de los dientes para arrebatarle de los brazos esa criatura asesina.

Zelena volvió a hacerle arrullos al engendro tras dejar a un lado una botella de metal. La alzó en vilo para acariciarle la nariz con la mejilla.

Ni a pedir de boca. La nueva posición era perfecta para mí golpe. Me incliné hacia delante. Noté cómo el fuego empezaba a cambiarme en el preciso momento en que la pulsión hacia la asesina crecía. Nunca había sentido la atracción con tanta fuerza, hasta el punto que me recordó al efecto de una orden impartida por un Alfa, como si fuera a aplastarme si no obedecía el mandato.

En esta ocasión quería hacerlo.

La asesina miró por encima del hombro de Zelena y clavó en mí la vista. No había conocido a ningún recién nacido concentrar la mirada de esa forma.

Tenía unos ojos verdes, mezclados con el aguamarina. Eran iguales a los de Emma.

De pronto, se calmaron los temblores que sacudían mí cuerpo. Me inundó una nueva oleada de calor, más intenso que el de antes, pero era una nueva clase de fuego, uno que no quemaba.

Un destello.

Todo se vino al traste en mi interior cuando contemplé fijamente a la bebé semihumana y semivampira con rostro de porcelana. Vi cortadas de un único y veloz tajo todas las cuerdas que me ataban a mi existencia, y con la misma facilidad que si fueran los cordeles de un manojo de globos. Todo lo que me había hecho ser como era —mi amor por la chica muerta escaleras arriba, mi amor por mi padre, mi lealtad hacia mi nueva manada, el amor hacia mis hermanos, el odio hacia mis enemigos, mi casa, mi vida, mi cuerpo, desconectado en ese instante de mí mismo—, clac, clac, clac… se cortó y salió volando hacia el espacio.

Pero yo no flotaba a la deriva. Un nuevo cordel me ataba a mi posición. Y no uno solo, sino un millón, y no eran cordeles, sino cables de acero. Sí, un millón de cables de acero me fijaban al mismísimo centro del universo.

Y podía ver perfectamente cómo el mundo entero giraba en torno a ese punto. Hasta el momento, nunca jamás había visto la simetría del cosmos, pero ahora me parecía evidente. La gravedad de la Tierra ya no me ataba al suelo que pisaba.

Lo que ahora hacía que tuviera los pies en el suelo era la niñita que estaba en brazos de la vampira pelirroja. Hope.

Un sonido nuevo llegó procedente del segundo piso, el único capaz de llegarme al alma en ese momento interminable.

Un golpeteo frenético, un latido alocado.

Un corazón en proceso de cambio.

POV Leah

No iba a dejar que una sangijuela me dijera que debía o no hacer, volví al trote hacía la casa, ayudaría a Graham en todo lo que pudiera y sentí que debía estar en la casa de esos chupasangres por alguna razón, era algo más fuerte que yo.

Le pedí a Seth que se quedará cerca vigilando mientras corría en dirección a la cripta, cambie de fase unos metros antes de llegar a la casa y tome unas ropas que una de las sangijuelas me había entregado en mí última visita.

Al llegar me tope con dos de los Mills, la vampira sostenía en sus brazos un bebé.

Apenas me oyeron se volteo a verme y el pequeño que hasta ese momento estaba dormido, abrió sus ojos de color chocolate con leche y los fijo en los mios.

Sentí como se encendió algo en dentro de mí, algo distinto, algo que jamás había sentido, algo que me dio vuelta el universo y modifico mí eje gravitatorio.

Pude sentir como se iba el dolor que albergaba por Sam, sentí como estaba completa, ya no estaba el vacío, ya no sentía nada más, solo había un calor, un calor que me abrazaba las entrañas pero sin quemar nada.

El odio, el dolor, ya no sentía nada más, solo podía escuchar el latido rápido de ese pequeño corazón y mí necesidad de protegerlo y no separarme nunca más de el.

Quizás estuvimos equivocados todo el tiempo respecto a la imprimación, está era la prueba irrefutable de ello.