Disclaimer: Los personajes de este One shot le pertenecen a la Mangaka Rumiko Takahashi, en cambio la trama salió exclusivamente de mi mente loca e inspirativa y del fanart que le pertenece a Piloaart.

Summary: Había momentos que simplemente Inuyasha no podía olvidar, como aquel en el que era espectador de un momento mágico e íntimo entre su hija y su compañera. El tiempo pasa rápidamente y él no perdería la oportunidad disfrutar en plenitud la infancia de su pequeña Moroha.

Aware

Por: Aida Koizumi

No podía explicar cómo se sentía cuando observaba ese momento, simplemente las palabras no salían de su garganta y no hallaba explicación alguna que pudiera igualar aquellas sensaciones que recorrían su cuerpo. Su corazón se sentía completo, con un extraño calor que comenzaba a embargarlo cada vez que era espectador de aquella tierna escena.

Aquel momento era perfecto ante sus ojos. Siempre podía percibir la tranquilidad fluyendo en el aroma de Kagome cuando se encontraba a su lado y el suave olor de su pequeña Moroha quien, posando cómodamente en los brazos de su madre, no dejaba que nadie la distrajera de su acción. Ella se encontraba completamente ajena a las emociones de sus padres.

Inuyasha ya había perdido la cuenta de la cantidad de veces que se quedó plasmado viendo el espectáculo.

Al comienzo, la timidez lo embargaba dejando la curiosidad en segundo plano. Pero poco a poco, empezó a soltar aquel sentimiento encarcelador para dejar en descubierto a un hanyou recostado en alguna rama alta inspeccionando la escena desde la distancia.

Kagome sabía que se encontraba ahí, pues podía sentir su aura desde lejos, pero no quiso insistir en que la acompañara. Comprendía que Inuyasha se sentía avergonzado e incluso, una vez le confesó que se sentía un pecador observando aquella intimidad.

La sacerdotisa se rio suavemente ante sus palabras, pero aquello no fue del agrado del hanyou pues se encorvó en su postura y agachó sus orejas sintiéndose regañado por su actitud infantil. Rápidamente le explicó que aquello era algo natural, que no debía avergonzarse por su curiosidad y le pidió, más bien le exigió que la acompañara una sola vez. Si luego de aquella oportunidad no deseaba acompañarla, respetaría su decisión y dejaría de insistir.

Obviamente, Inuyasha se negó al comienzo, pero al cabo de los días terminó cediendo impulsado por su creciente interés ante la explicación de Kagome. Si ella decía que estaba bien hacerlo, no debía sentirse mal ¿No?

Y desde aquel momento, el hanyou nunca más se apartó de su lado.

-.-.-

Una ventisca comenzaba a aparecer en el ambiente, el cálido sol se reflejó en el firmamento iluminando todo a su paso y la tarde se hizo presente.

Inuyasha se encontraba ajeno a la situación. Posado en lo alto de un árbol, sus ojos permanecían cerrados y sus cabellos plateados flameaban al compás de la brisa que lo atravesó. Sus brazos se encontraban en la misma posición desde hace 5 minutos y servían como soporte para su cabeza.

A pesar de mostrar una actitud relajada, el hanyou estaba atento a cada sonido que apareciese en su perímetro. Intuía lo que se acercaba, y como él es un hombre de palabra, no se perdería el espectáculo por nada.

De pronto, una dulce voz femenina se dejó escuchar a lo lejos, algo casi imperceptible para el oído humano, pero nada imposible para él. Sus orejas se movieron inconscientemente captando con mayor plenitud aquel sonido. Reconocería esa voz, aunque esté a kilómetros de distancia.

Y de un brinco, sus pies se posaron en el pasto flexionando las rodillas para amortiguar su caída. Emprendió su marcha en dirección del sonido a paso rápido, sintiendo como su nariz comenzaba a llenarse de aquellos dos aromas que tanto amaba en el mundo.

—Inuyasha — su nombre quedó plasmado otra vez. Él simplemente sonrió sabiendo con anticipación lo que se venía.

Siempre que se encontraba cerca, Kagome lo llamaba suavemente desde la distancia. Gracias a sus desarrollados sentidos, se percataba de sus palabras y se dirigía rápidamente hacia ella y su hija.

La sacerdotisa comenzó a esperarlo cada vez que Moroha le exigía atención, trataba de calmarla unos segundos hasta que el padre apareciera a su lado. Incluso Inuyasha le pidió, más bien le exigió que lo esperara pasivamente.

De a poco, sus dorados ojos comenzaron a distinguir una silueta cerca de unos árboles. Aquella se encontraba cómodamente sentada en el verde jardín a la espera de su presencia.

A la distancia, pudo distinguir como su cabello azabache flameó suavemente con la brisa y a sus oídos llegó el sonido del descorrer de una tela.

Cuando llegó a su objetivo, se sentó rápidamente al lado de su compañera flexionando sus piernas en su típica pose.

—Al fin llegaste cariño — mencionó Kagome y un tierno sonrojo apareció en las mejillas masculinas.

Inuyasha miró de reojo a su izquierda y soltó una tenue risa ronca por la escena que sus ojos proyectaban.

Moroha parecía estar inquieta ante el momento y la expectativa de poder satisfacer lo que tanto esperaba.

La sacerdotisa la dejó unos segundos sobre su regazo, pero la pequeña no paraba de mover sus manos buscando su objetivo con desesperación. Cuando su madre la volvió a tomar en sus brazos, Moroha se aferró a aquella porción de carne como si su vida dependiera de ello.

Un tierno sonrojo se asomó como siempre por sus mofletes mientras fruncia y succionaba con sus labios en busca de más, sus bellos ojos oscuros comenzaron a entrecerrarse ante el cálido momento.

Kagome a su vez, decidió soltar al viento una tenue melodía distinta a las ocasiones anteriores e Inuyasha aprovechó y desamarró su haori rojo para luego acomodarlo sobre el regazo de la sacerdotisa y usarlo como un soporte cómodo para su pequeña.

Luego de aquello, él también decidió entrecerrar sus dorados ojos dejando que sus orejas captaran en mayor proporción su dulce voz. El viento movía lentamente sus largos cabellos mientras que en su mente los recuerdos volvían sin parar como fuertes ráfagas.

Tantos días, meses y años esperó por el reencuentro con su amada, que la agonía y tristeza ya eran parte de su ser. Él nunca perdió las esperanzas, no por algo se dirigía cada 3 días al pozo con la ilusión de captar su dulce aroma en él indicando su regreso.

Pero los días pasaron y pronto se convirtieron en años, eternos para su gusto, pero él seguía firme. En lo profundo de su corazón sabía que se reencontraría con Kagome, sus almas estaban destinadas y aunque al principio de su aventura él la confundió con Kikyo, comprendía que ambas no eran iguales.

Kikyo fue la primera mujer que amó, aparte de su madre, y que manifestó sus deseos de vivir junto a él. Pero el destino sabía que ella no era la indicada, su amor fue tan frágil y efímero que ambos no dudaron en desconfiar en el otro cuando Naraku les tendió la trampa.

Cuando Kagome lo liberó de aquel conjuro que Kikyo le impuso 50 años en el pasado, sellándolo en el árbol sagrado, aún seguía recordando a su primer amor y luego de saber que ambos salieron perjudicados por una trampa de un tercero, la rabia y la culpa dominaron su raciocinio. Juró vengar la muerte de Kikyo para luego cumplir su promesa de partir al infierno junto con ella.

Pero había un problema. En su corazón, la presencia de Kagome se hacía cada vez mayor y con cada gesto o acción que ella realizaba en su nombre, fue ganado terreno en su vida cicatrizando todas las heridas de su pasado.

Y aunque fue tarde darse cuenta de lo enamorado que estaba de la joven sacerdotisa, no podía corresponder a sus sentimientos, no aún sabiendo que Kikyo seguía con vida encarcelada a un cuerpo de barro y huesos.

Cuando ella al fin obtuvo su descanso eterno, él logró reacomodar sus pensamientos y corresponder los sentimientos de Kagome, pero el destino fue tan cruel que los distanció.

Y como dice el dicho "Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde", fue en ese instante en que él comprendió a la perfección el significado de aquellas palabras.

Por esa razón, cuando Kagome apenas tocó piso en el Sengoku, Inuyasha se dispuso a hacer feliz a la joven y que mejor forma que confesándole todo lo que estos años calló.

Desde ese momento, ambos fueron muy felices, dejaron la timidez a un lado y se sumergieron en la pasión que ambos liberaban por los poros. Producto de aquello fue su pequeña Moroha, quien seguía reposada en la tela roja y succionaba con entusiasmo el pecho de su madre.

Se veía tan tierna ante los ojos de sus padres, sus mejillas seguían rosadas resaltando aún más su pálida y delicada piel, sus oscuros ojos seguían cerrados concentrada en su acción y su cabello corto se encontraba desordenado.

El hanyou extendió una mano y acarició suavemente su melena, tratando de alguna forma peinarla con sus garras de forma cuidadosa.

—Tiene el cabello suave — susurró roncamente. En sus dedos se encontraba un corto mechón azabache, el cual friccionó analizando su textura.

—Se parece al cabello de alguien que conozco — la suave voz de Kagome quedó en el aire.

Un sonrojo se dejó ver en el rostro del hanyou e inmediatamente su mente voló a aquellas noches donde se amaban. Recordaba como su compañera, envuelta en la pasión que ambos lograban generar, enredaba sus largos cabellos en sus manos acercándolo más a ella y así evitar que él se apartara de su lado y siguiera besando su cuello. Un lugar que volvía loca a la sacerdotisa.

Ella nunca se avergonzaba de admitir todos los rasgos y características que le gustaban de Inuyasha. Es más, siempre que tenía la oportunidad de decírselo no dudaba en hacerlo y más cuando veía como el rostro de su compañero se volvía rojo a más no poder y soltaba sus famosos "Keh".

—Yo creo que su cabello es similar al tuyo — replicó suavemente.

—No lo creo, mi cabello perdió ese brillo y suavidad luego de mudarme al Sengoku — admitió elevando su vista con nostalgia al firmamento.

Él también dirigió su vista hacia horizonte. En su mente todavía existía esa duda que lo taladraba constantemente, pero nunca fue lo suficientemente valiente para lograr saciarla.

En cierto punto resultaba cómico, pues un hanyou como él que derrotó a varios demonios que buscaban apoderarse de los fragmentos de la perla de Shikon, sentía temor por unas simples palabras, por una posible respuesta a sus incógnitas.

Un suspiro se filtró por sus labios imaginando la escena, una en la cual Kagome admitía con ojos llorosos que aún extrañaba a su familia y su vida en el futuro.

No podía negar que sentía temor al saber la verdad, pero no lograrían solucionar nada. El pozo se encontraba cerrado y dudaba que la sacerdotisa pudiera regresar a su época.

—Inuyasha… — de repente todos sus pensamientos se desplomaron cuando sintió la mirada intensa de Kagome. —¿Te sucede algo cariño? — en sus ojos chocolates se encontraba la duda.

El hanyou mantuvo sus ojos en los de ella por unos segundos hasta que volvió a desviar su mirada dorada pero esta vez centrándose en su regazo.

—Kagome, tú… — realizó una pausa ordenando las palabras a decir. —¿Tú eres feliz en esta época?

La sacerdotisa abrió ampliamente los ojos analizando lo dicho por su compañero. Luego una tierna sonrisa se asomó en su rostro transmitiéndole una tranquilidad al inquieto posado a su derecha.

—Claro inuyasha, soy muy feliz a tu lado — contestó inmediatamente. —Tú y Moroha son mi felicidad, al igual que nuestros amigos.

Aquella respuesta no fue del todo creíble para el peliplata pues sus ojos seguían posados en la misma dirección y sus músculos no dieron indicios de algún movimiento. Más bien parecía una estatua viviente.

Kagome sonrió ante su actitud de inseguridad. Aún no creía que Inuyasha, después de todo el amor que ella le demostró todos estos años desde su regreso. siguiera desconfiando de su palabra. Él seguro pensaba que en cualquier momento ella desaparecería de su lado como aquella vez en que el destino se atrevió a distanciarlos, cerrando el pozo en el proceso por 3 largos años.

Aclaró su garganta y en su mente se formuló una respuesta más explícita a la dada anteriormente.

—Escucha, yo sufrí mucho cuando el pozo se cerró. Todos los días, al finalizar mis clases me dirigía a él y saltaba con la ilusión de ser trasladada por esa luz morada a esta época… — Moroha decidió interrumpir el ambiente al sentirse satisfecha de su alimento.

Inmediatamente Kagome, y ayudada por Inuyasha, decidió reacomodar su traje superior de sacerdotisa para luego colocar a su pequeña en su hombro izquierdo. De pronto, comenzó a darle unas palmaditas suaves y repetitivas en su espalda ayudando a expulsar el posible aire que tragó al succionar su pecho con ansias.

—Inuyasha, yo sé que te sientes culpable de la situación — prosiguió ella. —Aunque nunca mencionaste nada al respecto, yo sé que estas atemorizado de tan solo pensar que yo estoy arrepentida de mi decisión.

Él simplemente la miró atentamente a la espera de su relato. La sacerdotisa se volteó hacia su derecha y las lagunas doradas la golpearon de lleno. Ella pudo distinguir aún la inseguridad en ellas.

—Quiero que sepas que, aunque extrañe a mi familia, no estoy arrepentida de permanecer a tu lado — vio como sus ojos se aguaron. —Nunca me arrepentiré de amarte y de haber formado la hermosa familia que tengo.

—Kagome — susurró conmocionado.

Y es que su corazón no podía más de tanta alegría y amor por ella. Solo Kagome fue capaz de aceptar a un hanyou como él, un ser asqueroso y despreciado por muchos. Ella fue capaz de curar su corazón herido y darle un hogar donde sentirse protegido.

De pronto, una serie de imágenes aparecieron en su memoria y se perdió en ellas por unos segundos.

Recordaba cuando Kagome lloró por primera vez por él cuando aquel demonio arácnido lo atacó en su faceta humana, también cuando lo abrazó fuertemente en su regreso luego de que él le haya robado los fragmentos y la haya empujado adentro del pozo. Las veces que ella lo defendió delante de otros aldeanos o cuando ella decidió permanecer a su lado a pesar de que él había tomado la decisión de proteger a su primer amor Kikyo.

Una sonrisa apareció en los labios del peliplata al percatarse de todo lo anterior. Kagome lo amaba e infinidad de veces lo había demostrado, por lo tanto, no debía dudar de su palabra. Si ella decidió permanecer a su lado, dejando su vida futurista y a su familia, es porque en verdad le importaba.

Inuyasha decidió mirarla nuevamente. El perfil definido de la sacerdotisa se mostró, ella ahora se encontraba atenta al paisaje a su alrededor y ajena a la mirada dorada.

El hanyou delineó cada rasgo de su rostro. La inocencia seguía intacta en su piel de porcelana, pero sus mejillas se coloreaban más seguido ante su cercanía. El brillo de sus ojos se intensificó más desde el nacimiento de su hija y a pesar de registrar pequeñas líneas debajo de sus parpados inferiores, la belleza no se extinguía, es más, la maternidad le dio un aire maduro y seductor.

De pronto, el corazón de Inuyasha dio un vuelco ante su descubrimiento y su sonrisa se extendió aún más en su rostro.

—Te amo — las palabras brotaron por si solas de sus labios.

Kagome contuvo la respiración por unos segundos tratando de asimilar sus palabras y sus ojos se abrieron suavemente. Cuando decidió mirarlo a los ojos, se sorprendió de encontrar un cumulo de sentimientos en ellos. El amor, protección y agradecimiento resaltaban en demasía en sus pupilas esfumando la inseguridad que yacía con anterioridad.

Un sonrojo apareció en las mejillas de ambos, producto de la intensidad de sus miradas y decidieron acortar la distancia para unir sus labios en un tierno beso.

Un suspiro brotó de los labios del peliplata al sentir el roce de sus labios, aquellos labios que conocía y recorría cada rincón y secretos mientras los saboreaba constantemente. Nunca se cansaría de probarlos.

Justo cuando el beso daba indicios de intensificarse, la pequeña inquieta soltó un sonido suave y gracioso que el peliplata identificó como un eructo, recordando la breve explicación que su compañera le dio en su momento.

Ambos rieron ante la interrupción de Moroha, quien seguía posada cómodamente en el hombro de la sacerdotisa ajena a la situación. De pronto, salieron de aquella burbuja familiar que los rodeaba y notaron el cambio en el ambiente.

El cielo comenzaba a revelar un cálido atardecer, los pájaros ya no se encontraban cantando como habitualmente lo hacen cada tarde. Seguramente se encontraban en sus hogares y ellos decidieron emprender viaje al suyo.

Inuyasha ayudó a su compañera a ponerse de pie lentamente, sujetando el pequeño cuerpo de Moroha en sus brazos. Kagome aprovechó la intervención del hanyou para reacomodarse el traje de sacerdotisa y tomó en sus manos el haori que su compañero le había prestado para una mayor comodidad para su pequeña.

Inmediatamente, él tomó su delicada mano y, a paso lento, guiaron sus pasos hacia la cabaña que el hanyou había construido estos 3 años de ausencia de Kagome con la esperanza de vivir en ella junto a su familia.

Al menos logró su cometido, pues la cabaña se encontraba en funcionamiento y la podía compartir con su amada familia. Una cálida sensación recorrió su cuerpo, una que había perdido cuando su madre falleció y quedó huérfano, a la deriva del destino.

Pero aquel destino le recompensó todo lo perdido poniendo a Kagome en su camino y él no pudo estar más complacido por ello.

Al fin obtuvo el hogar que tanto deseó desde pequeño, junto a su compañera y su hija de apenas unos meses de edad. Una sonrisa suave se dibujó en el rostro de Inuyasha ante la inmensa felicidad que lo embargaban aquellos hechos.

Aunque algunos momentos sean efímeros, siempre los guardaría con llave en su memoria. Su pequeña Moroha crecería y volaría de su hogar, pero los recuerdos quedarían ahí, como pequeñas vivencias que él y Kagome con ansias disfrutaron.

Fin

Palabras: 2960

Aware: Palabra exclusivamente japonesa, que significa percibir la sensación de un momento de belleza breve y perecedero. Por lo tanto, nos trasmite un sentimiento de nostalgia por la fugacidad de las cosas, pero a su vez nos permite cerrar etapas y seguir avanzando en el ciclo de la vida.

Lo relacioné con el OS porque la infancia de Moroha es aware, sus padres la recordaran con mucha nostalgia al verla crecer día a día, algo completamente natural.

Notas de autor: ¡Buenas! Quiero aclarar que esta idea fue producto de inspiración del fanart de Pilooart en donde muestran a Inuyasha y Kagome disfrutando del momento de lactancia. Me pareció algo tan tierno que no dudé en escribir algo al respecto.

Por eso quiero agradecer en principal a Pilo por permitirme escribir esto, todos tus dibujos son arte y me alegra que lo puedas compartir. También este OS está dedicado a todos los lectores que aman a Moroha tanto como yo, siempre que tengo la posibilidad de escribir algo sobre ella y sus padres, lo hago xD.

Si quieren ver más escenas como estas, los invito a leer "Milagro en camino", que muy pronto actualizaré. Sinceramente, amo escribir como serian Inu y Kag como padres primerizos.

¡Nos leemos pronto! Y recuerden que el mejor pago y felicidad para una escritora son sus comentarios.