.
.
CAPITULO 9
La maldición egipcia
Si decirle a una mujer que hiciera una maleta para un viaje de ocho días en menos de media hora ya constituía como mínimo una causa eximente para la comisión de asesinato, el que me confesara que íbamos a Egipto hizo que no sólo deseara matarlo, sino después también desmembrarlo y arrojar sus restos al río Támesis. Esta vez, sin atenuantes. Odiaba ese país por un millar de cuestiones. Si quería fastidiarme, lo había conseguido con un único golpe de globo terráqueo.
El viaje hasta el aeropuerto fue silencioso. Como también lo fue la estancia en la sala vip de Heathrow, donde dispusimos de un refrigerio y la comodidad de estar aislados del resto de los pasajeros. Sentada en uno de los sillones, mientras él se dedicaba a llamar y a contestar llamadas, paseándose a lo largo de toda la estancia, atrayendo las miradas femeninas de admiración y las masculinas de envidia, tuve un pequeño rato para estar a solas con mi mente. Lo que no me convenía demasiado.
Di un profundo suspiro y aproveché el interludio, y el wifi gratuito, para enviarle un escueto mensaje a Archie comunicándole que ya me había instalado en la nueva empresa y que durante esa primera semana no podría llamarlo, ya que estaba intentando aclimatarme al horario, la ciudad y las normas.
Me contestó que me lo tomara con calma y que disfrutara de todo lo que iba a aprender en ese tiempo. «Si supiera dónde me encuentro en este momento...», pensé con amargura. Guardé el teléfono y Albert se acercó para ayudarme con la maleta de mano, ya que nos habían avisado para embarcar en nuestro vuelo.
Caminé detrás de él como si me dirigiera a una penosa prisión con una condena que yo misma había buscado y me lamenté de que, nuevamente, había perdido el tiempo que necesitaba para pensarlo todo con calma.
Volamos en primera. En dos cómodos y amplios asientos de piel. Pedimos champán y éste burbujeó en las copas.
—¿Un brindis? —propuso Albert.
—No tengo nada que celebrar —dije, y me bebí la copa de un trago—. ¿Por qué a Egipto?
Me miró con extrañeza.
—Porque siempre has querido visitarlo. Le pregunté a tu hermano y me dijo que no habías estado.
—¡Lógico! ¿No te parece, tal y como está el mundo?
—Ahora es el mejor sitio para viajar, es muy seguro.
—Ya. Pero, vamos, que yo no necesito ninguna luna de miel. Y que, si la necesitara, me conformaba con una semana en las Maldivas o una tarjeta platinum en Harrods. Lo que prefieras.
Sonrió, pero permaneció callado. Maldito fuera. Decidí concentrarme en mi libro electrónico, ignorándolo.
Él suspiró y apagó su móvil. Una vez despegamos, cerró los ojos y pensé que se había dormido. Teníamos por delante varias horas de vuelo. El resto lo desconocía. No quería preguntar ni quería que me lo explicara. No quería nada más que regresar, acostarme en una mullida cama y que al despertar todo hubiera sido una pesadilla.
Sin embargo, finalmente me quedé yo también dormida y, cuando desperté, la pesadilla se hizo realidad. Estaba apoyada en el pecho de Albert, agarrada a su jersey con los puños cerrados, como si él fuera mi tabla de salvación y no la persona que estaba intentando ahogarme. Me quedé quieta porque noté que él, desconozco si de forma inconsciente o no, me acariciaba el pelo con una mano. Su tacto era suave y tranquilizador, casi una nana sin palabras. Se detuvo cuando comprobó que yo estaba despierta. Me aparté y me acomodé mejor en mi asiento. Sonrió y sus ojos brillaron con la luz artificial del avión.
—¿Queda mucho? —farfullé.
—Una media hora. Te has vuelto a perder la comida. ¿Quieres que pida algo para ti?
Negué con la cabeza y me centré de nuevo, bostezando, en el libro electrónico.
Cuando aterrizamos, comprobamos por las ventanillas que ya había anochecido. No tuvimos que esperar largas colas y, en poco rato, con los pasaportes debidamente sellados, salimos al exterior del Aeropuerto Internacional de El Cairo. Me quedé sin aire, al igual que si hubiera metido la cabeza en un horno industrial. Boqueé sintiéndome un pez fuera del agua intentando recuperarme y de reojo vi que Albert se reía.
—¿Qué te hace tanta gracia? —barboté.
—Que tú seas española y estés así. Imagínate lo que es para mi que vivo en Inglaterra.
.
—Pues no pareces muy afectado.
—Estoy acostumbrado a viajar a menudo a diferentes partes del mundo con variados climas.
Y eso, si soy sincera, fue lo que hizo que recuperara el aire. Si viajaba a menudo, quería decir que no lo vería en ese tiempo, y quizá mi condena de un año se viera considerablemente reducida.
Nos esperaba una furgoneta blanca antigua, con cortinas cubriendo las ventanillas de los asientos traseros. Una furgoneta de las que suelen utilizar los vendedores ambulantes, los que llevan la cabra y hasta los alijos de droga. Empecé a ponerme nerviosa, sin entender nada y siendo obligada a sentarme en unos asientos de piel resquebrajada por la que sobresalían varios muelles oxidados. Desde luego, el marco no parecía el más apropiado para una luna de miel. Quizá se había gastado todo el dinero en alquilar la habitación del hotel y comprar el horrible vestido nupcial. Podría haberse ahorrado el viaje, se lo habría agradecido.
El conductor emprendió la marcha y a la vez conectó la radio, que emitió una animada canción árabe. Albert iba concentrado en recuperar la señal de su teléfono móvil y yo concentrada en no marearme, con tanto giro y bache en el camino de tierra por el que transitábamos. Me asomé temerosa al exterior, descorriendo una de las cortinillas de flores, para descubrir que estábamos atravesando una especie de asentamiento con casas de adobe y tendidos al aire libre, donde los hombres, ya que no vi ninguna mujer, tomaban té y fumaban en shisha conversando en voz alta.
Cerré la cortinilla con fuerza y lo miré.
—Albert.
—¿Hummm? —preguntó él distraído.
—¿Estás seguro de lo que estás haciendo?
—¿Por? —inquirió sin despegar la vista de su teléfono.
—¡Ay, madre! Albert, pero tú ¿has oído hablar de la Primavera Árabe?
—Sí, claro. Pero el circuito es seguro, no vamos a estar cerca del peligro en ningún momento.
—¿Peligro? —Me ahogué con esa palabra—. ¿Estás loco? ¿No ves las noticias? Que esta gente va en serio, que no se andan con tonterías. Que arrojan por las azoteas a los gais..., y tú, tú tienes todas las papeletas, vamos, que eres un rato metrosexual. Que ahora lo que se lleva son las barbas y los moños..., y tú, ¡ay, joder!, que eres de lo más gay que pueda ver esta gente por aquí, con tanta gomina y ropa de marca. Si ya deben de estar preparando la soga al oler tu perfume. Y, además, medio ingles y escoces. ¡Anda que no os guardan rencor los egipcios a los ingleses! Que todo está muy reciente, que apenas han pasado sesenta años desde que os echaron de su país. Que todavía debe de haber ancianos que estén pensando cómo freíros para la cena. Por no hablar de lo que les habéis robado, todas las obras de arte, toda su cultura. Si tenéis Londres lleno de Obeliscos, ¡por Dios! ¡Pero si sólo os ha faltado plantar la pirámide de Keops en Piccadilly Circus como atracción turística!
—Candy. —Me miró con paciencia y algo de diversión—. Tranquilízate. Lo tengo todo controlado.
—¡Ja! A otra con ese cuento. Eso es lo que dicen todos los que no tienen nada bajo control. —Hice una pausa dramática—. Por lo menos, yo me pongo un burka y puedo pasar desapercibida. Soy rubia pero con un poco de maquillaje aquí y allá... Pero ¿qué digo? Me moriría debajo de tanta tela, y el calor, ¡ay, el calor!, que si ya no puedo respirar con la boca destapada imagínate con ese capisayo negro mortuorio. Ni dos días sobrevivo. Ni dos. Te lo digo.
—¡Candy!
—¿Y si nos secuestran? —pregunté con un nudo de terror en el estómago recordando fatídicas imágenes televisadas—. Que mi familia está en la ruina, y la tuya..., ¿tienes suficiente dinero para que nos salven a los dos? ¿Contactos con la mafia? Sí, eso será mejor, ya que en cuanto los gobiernos internacionales intervienen acaba siendo una catástrofe...
—Candy... —Albert se mordió el labio reprimiendo la risa.
—Que yo no estoy hecha para que me lleven a una montaña y me encierren en una cueva. No lo resistiría ni un día, sin comida, sin agua, sin camas, sin baños. ¡Qué vergüenza! Haciéndolo detrás de una zarza o una roca, porque por allí no hay vegetación, ¿no? ¿Y animales salvajes? Pero ¡qué va a haber animales salvajes! Los habrán matado todos para comérselos, que son así de cafres, que lo he visto en la tele..., unas imágenes, Albert, unas imágenes... Lo confesaría todo, hasta el asesinato de Kennedy, y sólo tendrían que amenazarme con quitarme el champú para rizos rebeldes...—Lo miré con indignación al ver que ya sonreía ampliamente—. ¡Lo digo en serio!
—Candy... —repitió con un tono paternalista que me hizo rechinar los dientes.
—¡¿Qué?! —estallé.
—Va a ser un viaje inolvidable, ya verás. Tú confía en mí.
Sí, en eso fue en lo único que no se equivocó. Fue un viaje inolvidable. No lo olvidaría en toda mi vida.
^('o') ^( '-' )^ ('o') v( '.' )v (' .' ) ('.') ^( '.' )^ ('.')v( '.' )v
La furgoneta nos dejó en un embarcadero y se alejó trotando, porque iba trotando como un torpe caballo y hundiéndose en todos los socavones posibles. Albert cargó con las dos maletas y cruzamos la pasarela de embarque hasta el barco adornado con luces de bienvenida donde nos esperaba un hombre sonriente de tez oscura y unos brillantes ojos verdes. Se presentó como nuestro guía, Hassam, y nos acompañó al camarote. Éste tenía una cama de matrimonio bastante diminuta para nuestro tamaño y un simple escritorio, junto a un pequeño armario por todo mobiliario. Sobre la cama había una curiosa escultura de un camello realizada con toallas en color canela. Miré incrédula a Albert.
—¿Aquí es donde vamos a dormir? —pregunté, porque yo pensaba que habría tenido la decencia de reservar un camarote con dos camas, pero él no lo entendió, o simplemente quiso incidir un poco más en mis reparos.
—Supongo que lo habrás hecho en lugares peores. Tú, toda una aventurera, que haces puenting, paracaidismo, la Ruta 66 en moto...
Mi rostro mostró toda la desconfianza acumulada en cuarenta y ocho horas.
—¿Cómo sabes tú eso?
Vaciló un solo instante antes de atacar con otra pregunta:
—¿Olvidas que te conozco desde que eras una niña?
Nos desafiamos un momento con la mirada. Suspiré con lentitud, más bien resoplando resignada. Estaba demasiado desanimada como para enfrentarme a él.
—Está bien. Además, lo hacía. Ya no practico ningún deporte de riesgo.
—Creí que nada podía vencerte, Candy.
El tono con el que lo dijo me hizo observarlo con atención. Estar casada con él iba a ser más complicado que aprender a dormir sobre una cama de espino.
—Que hayas ganado una batalla no te hace ganador de la guerra—mascullé, y de reojo lo vi sonreír.
—No quiero luchar contra ti, sino contigo —afirmó.
—Pues es una lástima que yo ya me haya retirado del combate—murmuré sin querer seguir el juego dialéctico— Vamos, será mejor que acudamos a la recepción, cuanto antes lo hagamos, antes podremos acostarnos.
Enarcó las cejas en un gesto tan sensualmente explícito que enrojecí.
—Acostarme. A dormir. Tú puedes hacer lo que quieras —aclaré saliendo al estrecho pasillo sin una sola mirada atrás.
El guía estaba de pie esperándonos junto a una mesa rodeada de asientos de cuero carmesí en el salón de baile. Casi todas las luces estaban apagadas y sólo quedaba un silencioso camarero en la barra, el cual, cuando nos vio acercarnos, sirvió dos vasos de líquido pardusco que nos entregó con una pequeña inclinación de cabeza.
—Pruébelo, señora Ardley —incitó Hassam con una sonrisa complaciente, indicándonos que nos sentáramos frente a él—. Es karkadé, un cóctel de bienvenida típico de este país.
Pegué un respingo, no por el cóctel, ni porque me hablara en castellano, sino porque era la primera vez que me llamaban señora Ardley. Sin pensarlo más, lo probé y, al comprobar que su sabor era dulce y dejaba una nota de acidez en el paladar, me lo terminé en lo que él resumió cuáles iban a ser nuestras visitas y nuestro trayecto. Su espíritu incansable y la pasión con que hablaba de su país contribuyeron a que yo fuera perdiendo todas las reservas que tenía al respecto y comenzara a emocionarme.
Bastante más animada, regresamos al camarote. Albert parecía haberse relajado al ver mi entusiasmo, y comencé a verlo todo con una luz nueva. No tenía por qué preocuparme, simplemente disfrutar de la oportunidad que me ofrecía la vida.
^('o') ^( '-' )^ ('o') v( '.' )v (' .' ) ('.') ^( '.' )^ ('.')v( '.' )v
Cambié de idea varias horas después.
Gemí de forma entrecortada, envuelta en la sábana que nos tapaba. Estaba cubierta por una capa de sudor, aunque el aire acondicionado resollaba sobre nuestras cabezas refrescando el camarote. Albert dormía sólo con un bóxer, en otra de sus posturas impracticables, entrelazando una pierna con las mías.
Me giré doblándome sobre mí misma y gemí de nuevo llevándome la mano al estómago.
—Candy, ¿estás bien? —preguntó él con voz ronca a la vez que encendía la luz de la mesilla.
—Creo... creo que estoy algo mareada —murmuré cerrando los ojos con fuerza.
Me sentía como si, en vez de ir en un crucero lento y calmado sobre un río, estuviese en una goleta en medio del océano rodeada de una tormenta. Intentó volverme hacia él y yo me retraje subiendo más las piernas hacia el pecho.
—No tiene pinta de ser un mareo —susurró, y se incorporó de un salto para acuclillarse a mi lado.
Me levantó el párpado del ojo derecho y yo protesté. Me tocó la frente y le di un manotazo. Me tapó con una manta y yo me destapé sintiendo, de súbito, un calor abrasador.
—¿Quieres que pida algo de comer? —sugirió irguiéndose.
Ésa fue la palabra mágica. Comida. Me incorporé con rapidez y, tapándome con una mano la boca, corrí de forma desesperada hasta el baño, donde vomité el cóctel de bienvenida y todas mis buenas intenciones. Albert se arrodilló a mi lado y me sujetó la cabeza.
—Vete.
—No.
—Vete, por favor. Me da vergüenza que me veas así —musité casi sollozando.
—No me importa verte así —aseguró.
—Pero a mí sí —dije atropelladamente, poniéndome en pie con su ayuda.
Me refresqué la cara y bebí un poco de agua embotellada que él me ofreció después de lavarme los dientes.
Cinco minutos después, vomité el agua sobre sus pies. Ni siquiera me dio tiempo a llegar al baño. Él me sujetó con fuerza y me tendió en la cama. Posó su mano en mi frente y yo jadeé doblándome sobre mí misma.
—¡Joder! —exclamó—. Estás ardiendo.
Creo que me quedé dormida o, por lo menos, inconsciente. Desperté con el sonido de unos golpes en la puerta. Abrí los ojos e intenté enfocarlos en Albert, que estaba vestido con unos vaqueros claros y una camiseta negra. Oí voces, pero no alcancé a ver con quién hablaba. Regresó al cabo de unos minutos.
—Era el guía, deberíamos partir ya si no queremos perder el avión hacia Abu Simbel.
Recordé las explicaciones de Hassam sobre nuestra primera visita y las fotografías tan impactantes que nos había mostrado sobre el templo de Ramsés II excavado en una montaña.
—Ve tú —murmuré.
—Ya le he dicho que no vamos a ir.
—Estoy bien, sólo necesito descansar un poco. No te pierdas la visita por mí —le pedí.
—Candy—dijo acercándose tanto a mi rostro que lo vi desdibujado, o quizá fue la fiebre—, no pienso dejarte sola ni un instante, ¿entendido?
Cuando se hizo de día, tuvo que llamar al médico del barco. La fiebre no había remitido y seguía con náuseas. Me pusieron suero y, a falta de dónde sujetar la bolsa, la dejaron colgando de una de las lámparas de las mesillas. No lograba entender nada y tampoco cooperé demasiado, ya que me quedaba dormida a cada instante, como si mi cuerpo se negara a despertar por completo.
—Candy, el médico pregunta que de qué te has vacunado.
Oí la voz de Albert como si me llegara amortiguada a través de una pared de cemento, aunque estaba a mi lado.
—¿De qué tenía que vacunarme? —balbuceé.
—¿No leíste mis correos electrónicos? —preguntó con incredulidad.
—Casi ninguno, en todos me pedías cosas —me defendí.
—¡Joder! —repitió con bastante frustración, y yo ya no oí más.
Durante tres días permanecí en estado de semiinconsciencia. Albert solicitó que le llevaran su comida al camarote, pero eso contribuía a empeorar mi estado. El olor especiado me mareaba sin remedio, así que optó, después de que le vomitara otro de sus impolutos vaqueros, por acudir al restaurante. Eran visitas cortas, que no duraban más de quince o veinte minutos. Siempre regresaba con expresión angustiada y me observaba con detenimiento hasta asegurarse de que no hubiese sucedido nada en su ausencia. Ese hecho me enterneció, y comencé de nuevo a preguntarme si no estaría equivocada en cuanto a él.
El cuarto día tuve fuerzas suficientes para ducharme, aunque aquello me dejó exhausta y me volví a acostar, con el pelo húmedo y tiritando. Era noche cerrada cuando el sonido del metal chirriando, a la vez que el fuerte tirón del barco, me despertó.
Asustada, me volví hacia él y, sin pretenderlo, busqué su cobijo.
Albert se giró y me abrazó pasándome la mano por la espalda con lentitud.
—Estamos atravesando la esclusa del río, será sólo un momento. Tranquila, que no nos vamos a hundir.
—Eso espero, porque lo único que me falta es ser el desayuno de los crocodiles del Nilo.
Él rio, lo que motivó que yo le devolviera la sonrisa.
—Estás mejor —dijo, y en su voz pude notar un gran alivio.
—Sí, lo estoy —afirmé.
Pero me equivoqué de nuevo. Al dormirme, el sonido metálico y el brusco movimiento trajeron como recuerdo algo que nunca había llegado a olvidar.
—¡Candy! ¡Candy! ¡Por favor, despierta! —Una voz llamándome, pero cubierta por unos armónicos graves completamente diferentes de los de Archie.
—¡No! ¡No! —mascullé hundiendo el rostro en la sábana empapada de sudor.
—Es una pesadilla. Sólo una pesadilla —murmuró él y, aunque intenté impedírselo, me arrastró hasta rodear mi cuerpo. Dejé caer mi rostro sobre su pecho y sollocé sin control.
Durante meses, las pesadillas habían sido incontrolables. Llegué a odiar el momento de acostarme y lo retrasaba todo lo posible. Si estaba despierta, podía cubrir mi dolor con los múltiples sonidos, personas y luces exteriores. En el sueño, estaba indefensa. Cuando me despertaba, a veces sin respiración, otras acobardada sujetándome a la almohada como si fuese mi tabla de salvación, no esperaba a que llegara la calma. Me levantaba a trompicones de la cama y corría hasta el salón; conectaba la televisión y me sentaba en el sofá, mirándola fijamente. Me daba igual qué sucediera en la pantalla, sólo quería oír algo que no fuera el ruido de mi propia sangre golpeándome en los oídos, ver algo que no fuera la blancura inmaculada de la nieve rodeándome, sentir algo que no fuera el viento helador que se colaba por la ventanilla rota. Quería dejar de sentir y no lo conseguía, pero el eco de las voces y las imágenes sin sentido me atontaban hasta el extremo de caer en un estado de trance hipnótico. Aunque me esforzara por deshacerme de las pesadillas, éstas seguían persiguiéndome durante el día, un rescoldo de llamas sin apagar, una piedra negra, oscura y brillante de maldad en mi cerebro. Llenaron mis días de tristeza hasta que se fueron espaciando. Apenas las sufría ya si no eran provocadas por alguna situación de estrés o agotamiento extremo.
Albert dejó unos minutos para que me relajara y me ofreció una pequeña botella de agua. Bebí como si con eso pudiera disolver el sabor metálico de la sangre en mi boca. Después, me recosté sobre él.
—¿Quieres hablar de ello? —me preguntó, acariciándome la melena.
—No —musité.
Él se mantuvo en silencio y su presencia fue el mayor consuelo que había tenido desde el accidente, como si sólo él pudiera entender en toda su magnitud mi profundo dolor. Empecé a hablar con voz ronca y balbuciente:
—Era febrero, había preparado un estupendo fin de semana en Baqueira Beret esquiando con Archie, Almu y Lucas, su marido. Coincidía con San Valentín, y yo creía que Archie me propondría matrimonio allí, que en su maleta debía de haber un precioso anillo de diamantes esperando el momento idílico de nosotros dos frente a una chimenea encendida. No podía estar más feliz, ni más ilusionada. Almudena y Lucas se habían casado hacía pocos meses, nunca conocí a una pareja tan compenetrada, ni tampoco le conocí ninguna otra pareja. Ella siempre ha sido la más seria, la más contenida de las tres, y probablemente la más cabal. Sin embargo, Lucas era todo alegría a su lado. La pareja perfecta. Se conocieron en la universidad, terminaron la carrera y, al poco de conseguir un trabajo, se compraron un piso. Anny y yo hacíamos apuestas de cuándo nos sorprenderían con la noticia de que esperaban un hijo —pronuncié con la voz rota.
Suspiré hondo, controlando un sollozo, y el silencio de Albert me animó a continuar.
—Archie estaba fumando. Todavía recuerdo el olor del cigarrillo en la fría mañana, en la puerta de casa de Almu y Lucas. Dejó de fumar después del accidente, nunca me dijo por qué... —Volví a suspirar y me armé de valor—. Almu estaba tardando demasiado y Lucas la disculpó diciendo que se había quedado recogiendo unas cosas antes de salir. Comprobé el estado de las carreteras en el móvil y la previsión del tiempo. Quería llegar antes del anochecer, amenazaba nieve y temía conducir en aquellas condiciones.
—¿Archie no conduce? —inquirió Albert con voz suave.
—No, no le gusta. Siempre prefirió que lo hiciera yo. Además, a mí sí que me gustaba. No sé si lo has sentido alguna vez, esa sensación de libertad frente a una carretera vacía, la tensión del tráfico, la adrenalina de los adelantamientos, la fuerza que imprime el controlar una curva cerrada. Aquello me encantaba.
—Entiendo.
—Ahora lo odio. No puedo dejar de pensar que, si no hubiera sido yo la que llevaba el coche, no habría habido accidente alguno.
—Tu hermano me dijo que fue imposible de evitar, aquel automóvil prácticamente os arrolló. No tenías margen de maniobra.
—Sí, eso lo sé, aunque no cambia nada. Me asaltan miles de preguntas sin respuesta. ¿Y si no hubiera decidido parar donde lo hice? ¿Y si hubiera retrasado un poco más la salida, o adelantado...? ¿Y si hubiera reducido la velocidad kilómetros antes...?
—Dijiste a todo el mundo que no recordabas nada.
—Mentí. No quería provocarles más dolor, ya tenían suficiente. El médico los informó de que era muy probable que no lo recordara, que era normal en esos casos sufrir una amnesia temporal. No tuve esa suerte, o fui afortunada. Quién sabe.
—¿Qué sucedió en realidad, Candy?
—Cuando salí de Madrid y llegué a la E90, me relajé y puse música. Al aproximarnos a Huesca, el tiempo empeoró: fuertes rachas de viento y remolinos de nieve. Podía ver las placas de hielo iridiscente sobre la carretera ante el reflejo de los focos, y me concentré en no perder el control del volante. Ellos se habían quedado dormidos. Archie a mi lado, y Almu detrás de mí. Lucas se había movido para que ella se recostara sobre su hombro.
Ocurrió de improviso. Estábamos subiendo un puerto de montaña, tenía un camión delante de mí, así que intenté superarlo por el carril de adelantamiento. Otro coche que venía en dirección contraria a gran velocidad invadió nuestro carril y nos embistió de frente. —Tuve que hacer una pequeña pausa para recobrar la compostura y evitar que me temblara la voz—. En una fracción de segundo, pensé en multitud de acciones..., girar, frenar, desacelerar para meterme de nuevo tras el camión.
No lo logré, no pude reaccionar a tiempo. Después del impacto, sentí que nos empujaba una fuerza brutal. Quedamos atrapados contra la pared de piedra de la montaña. No conseguía respirar, hasta que me di cuenta de que el airbag había saltado y apenas alcancé a girar la cabeza. Notaba un intenso y lacerante dolor en la mejilla y tanteé con la lengua varios fragmentos de cristales que habían atravesado mi piel, desgarrándola. Desperté, aunque nunca perdí el conocimiento, al oír la voz de Archie llamándome por mi nombre. No podía moverme. No sentía la mitad del cuerpo, como si estuviese atrapada. Tenía la pierna rota por dos sitios, pero parecía no pertenecerme. Quería saber qué había sucedido con los demás, aunque no podía hablar. Era una sensación angustiosa, de intenso terror. Las manos agarrotadas gesticularon y dejé escapar un agudo chillido que quedó acallado por el grito de Almu. Su dedo señalaba un punto frente a nosotros.
—Candy...
—Ni siquiera lo reconocí, Albert —pronuncié entre sollozos—. Ni siquiera lo reconocí... Me había reído de él porque llevaba un grueso gorro de lana cubriéndole lo que él llamaba su pista de aterrizaje. Lucas no quería que el tiempo le ganara la batalla y había decidido raparse el pelo para disimular su incipiente calvicie. Pero hacía demasiado frío para no cubrirse la cabeza. Y estaba allí, frente a nosotros, tirado en el suelo, inmóvil. Ya no llevaba el gorro de lana, y su cabeza... su cabeza estaba completamente abierta. Sangraba y todo lo cubría la sangre. La nieve acumulada se había convertido en un charco oscuro. Y Almu no dejaba de gritar y gritar, y yo no podía hacer nada más. Nada. Aunque lo había hecho todo...
Se me quebró la voz y comencé a llorar, expulsando algo que llevaba ocultando demasiado tiempo. Y lo hice con él, con la persona que creía odiar, con la que en ese momento me estaba mirando con una intensa compasión en sus ojos azules y calidos.
—¿Quién más lo sabe? —murmuró sin dejar de acariciarme el pelo.
—Sólo tú.
Y, acunada por su cuerpo, volví a dormirme. Esta vez sin pesadillas.
^('o') ^( '-' )^ ('o') v( '.' )v (' .' ) ('.') ^( '.' )^ ('.')v( '.' )v
Aquel mismo día llegamos a El Cairo. Una nueva furgoneta de transporte nos dejó en el Hilton. No podía comer nada sólido, pero me habían suministrado varias bolsas de suero y batidos de proteínas que, por lo menos, me mantenían estable. Teníamos reservada una suite nupcial en el piso diecisiete, desde el que podía verse la ciudad iluminada por el anochecer y los numerosos minaretes que llamaban a la oración con potentes altavoces. El ocaso sobre aquella urbe tenía algo mágico; el sol que iba cubriendo de sombras los edificios y el canto de los almuecines rodeándola de misticismo le otorgaban la apariencia de ser atemporal.
Me alegré de salir del claustrofóbico barco, aunque desde que le había confesado a Albert uno de mis mayores secretos me sentía débil, como si aquello fuese lo único que quedaba de la muralla construida para protegerme y un terremoto la hubiera destrozado. No obstante, él no volvió a hacer comentario alguno al respecto y, pese a que puede parecer extraño, empecé a confiar en él de una forma diferente. Siempre había sabido que para mi hermano era el hombre más honorable del mundo, ¿lo sería también para mí?
La habitación era amplia y acogedora. Sin deshacer la maleta, me dejé caer con gesto cansado en uno de los butacones dispuestos frente a una pantalla de plasma mientras veía a Albert retirar los pétalos de rosas que habían esparcido sobre la cama.
—¿Te encuentras bien? —preguntó mirándome preocupado.
—Sí, de hecho, ahora mismo me comería una hamburguesa del McDonald's.
—Estamos en el Hilton, podemos pedir cualquier cosa.
—Eso es lo único que me apetece.
—A veces creo que estoy viajando con tu hermano.
—Mi hermano es mucho más guapo que yo. Y, además, te habrías hartado de follar durante todo el trayecto. Menudos sois los dos—sonreí sin pretenderlo.
—Te equivocas —musitó él con el semblante de súbito serio.
—¿En qué?
—En las dos afirmaciones —concluyó, y se dirigió a la puerta sin darme tiempo a replicar.
Con un suspiro de resignación, me recosté en el butacón intentando alejarme emocionalmente de Albert —como si eso fuera posible—, concentrándome en la cadena árabe que emitía vídeos musicales hasta el punto de dejar la mente en blanco. De improviso, una sombra se cernió sobre mí.
—¡Joder! ¡Qué susto me has dado! ¿No ibas a por comida?
—¿Sabes? —dijo él rascándose la barba descuidada con gesto pensativo—. Contigo nunca tuve el sentimiento de protección.
—¿Protección? —inquirí con curiosidad, sin entender qué camino tomaba su mente—. Pero mira que eres nenaza...
—Sí, aunque tú no lo creas, es una sensación inherente al ser humano, al hombre en realidad.
—Vale, vale, que ya lo pillo. Los hombres cazadores, las mujeres recolectoras. Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus. ¡Pero qué topicazo!
—No, no es un tópico, es algo... primitivo. Si os protegemos, sentimos que somos útiles.
—No necesito que me protejan. —Lo miré a los ojos.
«Aunque desearía tu protección mi vida entera.» Sólo lo pensé, obviamente no lo dije.
—De eso ya me he dado cuenta. Lo que quiero decir es que siempre te vi como un igual, alguien a quien conquistar para mantenerme a tu altura.
—¿Conquistar?
Vaya, eso me gustaba más que proteger, para qué negarlo.
—Aunque de lo que de verdad tenía ganas era de follarte hasta dejarte sin sentido.
Lo miré con los ojos muy abiertos a causa de la impresión.
Lamentablemente, eso me gustaba mucho más.
—Sobre todo, si sigues mirándome con esa cara.
Ni parpadeé ni moví un músculo ni una pestaña se me cayó.
—Así que será mejor que me vaya a comprar comida para no caer en la tentación —murmuró girándose.
Desapareció en tres segundos y sólo quedó el tenue sonido de la puerta al cerrarse.
Seguí varios minutos mirando el espacio vacío, inmóvil.
—Para una vez que no me hubiera importado que cayeras, que te estrellaras, más bien, que te estamparas, para ser exactos...—musité y, con lentitud, volví mi atención al televisor.
^('o') ^( '-' )^ ('o') v( '.' )v (' .' ) ('.') ^( '.' )^ ('.')v( '.' )v
Regresó media hora más tarde con dos bolsas marrones grasientas y una gran sonrisa. Como él pareció no dar muestras de recordar la conversación, yo hice lo propio, olvidándola.
Bueno, intentando olvidarla o, por lo menos, disimulando. El olor tan familiar a carne quemada y pan tostado me hizo recuperarme. Cogí la hamburguesa y la mordí con ansia, a la vez que tragaba una patata y lo refrescaba todo con Coca-Cola.
Suspiré con deleite y él me sonrió cómplice.
—Tengo que llamar a Archie. Seguro que está preocupado al ver que no doy señales de vida. Le dije que iba a estar muy ocupada, pero me conoce lo suficiente como para notar algo extraño. Ni siquiera le he enviado un wasap. Habrá llamado un montón de veces, ¿no?
Albert se levantó y despacio dejó los restos de bolsas y cajas en la papelera.
—¿Qué? —pregunté.
—Yo avisé a tu hermano para que no estuviese preocupado.
—Mi teléfono no ha sonado en todos estos días, ¿verdad?
—No, no lo ha hecho.
—¿Ni una sola vez? —inquirí con un hilo de voz—. ¿Ni mi madre? ¿Ni mi padre? ¿Ni siquiera los de la compañía telefónica a la hora de la siesta? ¿Los del banco? ¿Los que venden seguros? ¿Enciclopedias? ¿Aspiradoras? ¿Nada de nada?
Él negó con la cabeza. De repente, la hamburguesa perdió su sabor y la Coca-Cola su frescura. Las deposité en la pequeña mesa de centro redonda.
—Candy. —Albert se acercó y se acuclilló junto a mí.
—No digas nada, por favor. No lo digas —le pedí.
Dejé la mirada perdida a través de la ventana y me pregunté qué habría sucedido. ¿Tan pronto me habían borrado del mapa? ¿O había sido yo la que me había aislado tras el accidente y me daba cuenta en ese instante?
¿Y Archie? Tenía una horrible sensación de angustia en la boca del estómago, y esta vez no era ningún virus maligno egipcio, era el conocimiento de que, además de estar separados de forma física, también lo estábamos de forma personal. ¿Cuándo había comenzado? ¿Había sido a raíz del accidente o antes? ¿Había estado siempre ahí y yo no había querido verlo?
La voz grave de Albert interrumpió mis disertaciones.
—¿Te encuentras lo suficientemente bien como para una pequeña excursión?
—Creo que ahora no soy buena compañía para nadie, mejor ve tú solo, o con alguno de los otros integrantes del viaje —musité con un nudo en la garganta que apenas me dejó hablar.
—Si tú no vas, yo no voy —expuso con terquedad.
Suspiré con cansancio, no queriendo darle motivos para que hurgara en la herida. Nada me apetecía menos que explorar la ciudad. Toda la seguridad en mí misma que había intentado mostrarle el día que nos reencontramos había desaparecido.
Insistió de nuevo, cogiéndome la mano. Sonrió. Su sonrisa era irresistible, jamás pude luchar contra ella.
—Está bien. Voy —cedí de forma reticente.
—Te aseguro que va a ser fantástica —aseguró él levantándose de un salto.
Y nuevamente no se equivocó. Fue fantástica para el camello...
Perdón, que me estoy adelantando.
Vestida con unos shorts vaqueros y camiseta de tirantes negra, lo seguí a través de los pasillos enmoquetados del hotel hasta la salida, donde contrató uno de los coches privados a servicio de los clientes. Con rapidez, nos internamos en el caótico tráfico de El Cairo, en el cual se guiaban por el sonido del claxon, aunque no llegué a averiguar qué pitido significaba cada cosa. Después de una media hora de camino, ya lejos de los rascacielos y los bloques de edificios sin terminar debido al alto grado de impuestos, el automóvil se detuvo junto a una tienda de suvenires en una estrecha callejuela repleta de pequeños comercios.
—¿Aquí es? —pregunté saliendo a la bochornosa y polvorienta acera de tierra.
—Sí, aquí llega nuestro compañero de viaje —dijo él sonriendo, y un camello giró la esquina y se plantó frente a nosotros.
—No lo entiendo —murmuré.
—Vas a poder dibujar las pirámides al anochecer —afirmó sacando de su bandolera de piel un enorme cuaderno de dibujo y varios lápices.
—Y ¿para qué quiero yo hacer eso, con lo cómodo que es sacar una fotografía? —Lo miré de forma incrédula, y él empalideció levemente.
—Porque siempre lo has querido.
—¿Yo? ¿Es acaso otra de las recomendaciones de mi hermano?
—No..., esto... —Se pasó la mano por el pelo con gesto concentrado—. Porque es tu pasión. El dibujo. Te has pasado la vida con un bloc en la mano retratando todo lo que te rodeaba. Ya verás como pronto lo vas a entender.
Fui a protestar, pero no me dio tiempo, ya que el camello nos esperaba arrodillado junto a nosotros. Albert montó y me ayudó a subirme detrás. Ni siquiera me sujeté, desoyendo las advertencias del dueño del animal. Lo entendí cuando se levantó. Sí, solamente hizo falta que se irguiera para que yo gritara. Se inclinó tanto hacia delante que casi besé el suelo, aunque en realidad me di un golpe en la nariz contra la espalda de Albert. Lo rodeé con los brazos y la fuerza centrífuga hizo que ambos nos arrojáramos hacia atrás con un gran impulso.
—Candy, me estás estrangulando —murmuró él conteniendo la risa.
—Y ¿quién te ha dicho que no es eso lo que pretendo? —mascullé a su espalda.
No llevábamos más de cinco minutos en el infierno que suponía ir sobre ese animal, aferrada a Albert como una garrapata e intentando no resbalar hacia los lados, cuando empecé a sentir que me ahogaba. Al principio pensé que eran los nervios, que me habían cerrado la garganta debido a la cercanía con su cuerpo firme y seguro sobre el camello y, ante todo, su aroma, que perduraba aun cuando el calor era tan intenso que el sudor nos cubría a ambos. Pero al empezar a oír un silbido que provenía de mis pulmones y que no auguraba nada bueno me asusté, y eso contribuyó todavía más a obstruir mis bronquios. Me di cuenta de que no era una situación mental, sino física. Y también descubrí que jamás había sentido nada igual con anterioridad.
Tosí, jadeé y ya empezaba a verlo todo con puntitos brillantes frente a mí cuando Albert se dio cuenta de que algo no iba bien. Lo percibió al tener que sujetarme de una mano porque caí inconsciente a un lado del camello.
Desperté en el hotel. Había un hombre desconocido a mi lado aplicándome una mascarilla de oxígeno. Aguardó un par de minutos más, al ver que estaba consciente, y después la retiró.
Albert me explicó que me había desmayado y que me habían transportado —no quise preguntar cómo— hasta el hotel, donde el médico había determinado que había sido un ataque de asma agudo ocasionado por el pelo del camello. Se fue, dejándome de recuerdo el pinchazo del antihistamínico, un fuerte dolor en el hombro y el espray que tenía que aplicarme si volvía a sufrir una crisis.
Albert pasó las siguientes horas de la noche paseándose por la habitación en un estado de considerable nerviosismo. Cuando conseguía mantener los ojos abiertos más de unos segundos, podía verlo moviendo los labios en silencio, mesándose el pelo y mirando fijamente el ventanal con vistas al oscuro cielo egipcio.
—Será mejor que te acuestes —dije. Pero debido a la ronquera, mi voz sonó amenazante.
Él se volvió hacia mí y, por primera vez, me ofreció una sonrisa triste.
—Prefiero estar despierto. Me quedo más tranquilo si no te pierdo de vista.
Cerré los ojos después de observarlo un instante más y, al fin, me quedé dormida.
^('o') ^( '-' )^ ('o') v( '.' )v (' .' ) ('.') ^( '.' )^ ('.')v( '.' )v
El puñetazo que deseaba darle desde que me había anunciado nuestra idílica luna de miel se lo di aquella mañana. Me volví en sueños y golpeé algo duro con la mano cerrada. Oí una maldición y abrí los ojos asustada. Lo vi frotándose la frente con gesto de cansancio. Se había quedado dormido con la cabeza apoyada en el colchón, junto a mi cuerpo. Tenía el pelo revuelto y la barba, que le había crecido durante la noche, le confería un aspecto sensualmente descuidado.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Algo atontada, pero mejor —contesté incorporándome y dándome cuenta de que todavía iba vestida con la ropa de la tarde anterior —. ¿Y bien? ¿Qué planes tienes para hoy? ¿Visitar el Valle de los Reyes y arrojarme a alguna tumba abierta?
Lanzó una carcajada al aire y yo sonreí sin pretenderlo.
—Eso es lo que más me gusta de ti.
—¿El qué? —inquirí enarcando las cejas.
—Tu forma de ser. Eres incapaz de filtrar el pensamiento antes de pronunciarlo.
Me quedé pensando si eso era en realidad un halago o una crítica, pero le di las gracias. Él se levantó, estirándose como un gamo, y me miró de nuevo antes de meterse en el baño.
—¿Quieres que pida algo para desayunar o prefieres bajar al restaurante?
—Pide lo que quieras —susurré, pendiente de cada uno de sus movimientos.
Una vez cerró la puerta, me levanté con rapidez y cogí mi bolso para buscar el móvil. Descubrí, de nuevo con decepción, que no había ninguna llamada de Archie, ni de ninguna otra persona. Oí el agua de la ducha y la voz grave de Albert acompañando la cadencia líquida. Algo no terminaba de cuadrar en mi mente, como si hubiera llegado tarde a una sala de cine y me hubiera perdido media película. La luna de miel estaba siendo una tortura, y también un viaje al centro de mí misma. Sentía que él quería probarme, llevarme al límite. No lo entendía, y empecé a sospechar. Tenía que contárselo a alguien o acabaría volviéndome loca, así que decidí llamar a Anny.
—Hola, tortolita —me saludó ella desde el frío Londres.
—¿Tortolita?
—Sí. ¡Qué callado te lo tenías! Crucero por el Nilo, hotel de cinco estrellas en El Cairo, el calor, la poca ropa, la magia de la danza del vientre..., ¿has aprendido ya?
—Aterriza, Anny, que te has ido a viajar por un cielo de purpurina.
—Bueno, si no quieres contar lo interesante, cuéntame lo aburrido. ¿Qué has visto?
—Un camarote, una bolsa de suero, una habitación, un camello y una mascarilla de oxígeno.
—Pues sí que has sido productivo el viaje, vaya que sí...—murmuró.
—Anny, en serio, que tengo poco tiempo —dije de forma apresurada.
—¿Qué? —preguntó ella, ya con toda su atención puesta en mí.
—Esto es incomprensible. El vestido, la boda, la luna de miel... Nada tiene sentido si no es con un propósito. Y un propósito nada bueno.
—A ver, ¿qué propósito es? —Suspiró de forma elocuente, aunque yo no me desanimé.
—Creo que quiere asesinarme —susurré, espiando por si dejaba de oír la voz de Albert en el interior del baño.
—¿Estás loca?
—No. Estoy más cuerda que nunca. Que me he casado con un Dexter de andar por casa. Un London psycho. Creo que me envenenó nada más llegar y que, como no pudo deshacerse de mí, lo ha vuelto a intentar en El Cairo.
—¿Es que acaso no avisó a un médico? ¿Eso no te parece algo lógico? —resopló ella.
—Eh..., bueno, quizá quiso encubrir el crimen al ver que no funcionaba —musité, empezando a dudar.
—Tú lo que has cogido es la típica gastroenteritis del turista y... lo del camello no lo entiendo..., ¿intentó asesinarte contratando un camello? ¿Es un animal o uno de esos tíos que pasan droga?
—Un animal. Resulta que soy alérgica al pelo de camello.
Sus risas tiraron por el suelo todos mis argumentos lógicos.
—¡Que no te rías! ¡No sé si regresaré viva!
—Pero si mañana estás aquí, ¿qué más te puede pasar? Además, no te has dado cuenta de lo más importante: ¿para qué iba a querer asesinarte si es él el que tiene el dinero? ¿No debería ser al revés?
Rumié la respuesta, aunque yo seguía desconfiando. Era imposible que todo fuera casualidad.
—Que me odia, Anny. Que lo nuestro va a tener un final trágico, de esos en los que la vecina dice a todo el mundo: «Pero si parecía un chico muy majete». Que no creo en las casualidades, ya no.
Anny se carcajeó y yo me enfurecí.
—Mira que te quiero, pero estás comportándote como una niña tonta. Y ¿si es tan sencillo como que está enamorado de ti?
Fue mi turno de reírme.
—Lo digo en serio —replicó ella copiando mis palabras.
—Sí, yo también. Sólo te estoy avisando. Si no vuelvo, ya sabes quién es el culpable —sentencié, y colgué el teléfono furiosa porque no me creyera.
Albert salió justo cuando yo dejaba el móvil sobre la mesilla. Di un respingo, como si me hubiera pillado haciendo alguna barbaridad, no sé, por ejemplo, acusándolo de intento de asesinato a través del teléfono. Pero me recompuse con prontitud, elevando los labios en una falsa sonrisa y desviando los ojos a lo largo de su cuerpo. Llevaba puesto lo que ya era habitual: sólo un bóxer, esta vez blanco.
—¿Te gusta pasearte en calzoncillos? —inquirí mientras me levantaba.
—No tengo ningún problema con mi desnudez. ¿Lo tienes tú?—Sonrió con picardía mientras buscaba ropa en el armario.
—¿Con mi desnudez o con la tuya? —pregunté a mi vez.
—Yo con la tuya, ningún problema, Candy —murmuró roncamente sin girarse antes de que yo me metiera en el baño para darme una ducha.
«Será capullo», pensé al cerrar la puerta del aseo. Y durante la larga ducha, mi mente no dejó de trabajar ni un instante, analizando cada situación y cada punto de vista. Algo seguía sin cuadrar, y no lograba encontrar qué era.
Salí una media hora después con el pelo mojado y vestida con un peto corto de lino negro. Seguía desconfiando, e hice varios comentarios tratando de destaparlo en un descuido, pero él se había cerrado en banda y no mostraba más que una política cordialidad esperándome para desayunar, obsequiándome con una precaria tregua. Me senté frente a él y cogí un yogur. No me atrevía a consumir nada que no estuviese precintado. Él dio buena cuenta de su desayuno continental.
—¿Te apetece que vayamos al Museo Egipcio? —sugerí.
Me parecía un lugar seguro y rodeado de gente. Mucho más seguro que estar los dos solos en la habitación. No ocultó su sorpresa ante la propuesta.
—¿En serio quieres aventurarte más lejos de estas cuatro paredes?
—Bueno, llevaré el inhalador, y es nuestro último día. Por lo menos podremos decir que hemos visto las momias.
Desde luego, no aparentaba que le molestara la sugerencia. Igual, por ese día, no había trastocado sus maléficos planes.
—Me parece una idea perfecta.
Sonrió y se terminó su té con rapidez, antes de que yo cambiara de parecer.
De nuevo alquiló un coche privado y nos internamos en el caótico y desconcertante tráfico. Yo iba atenta al sistema del claxon, cada vez más intrigada, hasta que nos detuvimos frente al edificio clásico y fuertemente custodiado por el ejército del museo.
Albert le dio una generosa propina al conductor y, con ello, se aseguró de que estaría esperándonos a nuestro regreso.
Salimos del frío interior del vehículo para recibir la, ya acostumbrada, bofetada de aire áspero y ardiente en el rostro. Sin más demora, traspasamos los controles militares y entramos a un recinto con el mismo calor y bastante más claustrofóbico. Estaba repleto de turistas de todas las nacionalidades que pululaban sin control y sin prestar demasiada atención a las obras de incalculable valor que se exponían, la mayoría de las veces, sin la debida protección.
—¿No te recuerda un poco a un almacén de trastos viejos?—inquirió Albert cogiéndome la mano.
Miré su mano, entrelazada con la mía, después lo miré a él, que observaba una estatua de Ramsés II con inusitada concentración, y comprendí que no había sido un acto premeditado. Me relajé y empezó nuestra visita.
—A mí me recuerda a un almacén lleno de tesoros. Ya sabes, como cuando subes al desván de la casa de tus abuelos y empiezas a sacar piezas de coleccionista enterradas en cajas—exclamé emocionada cuando salíamos de la exposición de las momias.
Unos pasos más adelante, me quedé fija examinando un busto de Nefertiti, la reina más bella.
—¿Sigues llevando el bloc y los lápices? —le pregunté.
—Toma —contestó, y por fin pude ver alegría en sus ojos azules.
Él tomó asiento en un banco algo alejado y yo me quedé de pie, dibujándola. Sólo quería esbozar el contorno, las formas, porque de improviso se me había ocurrido incluir algo egipcio en la nueva colección de Poppy. Nefertiti refulgía presidiendo la escalinata principal, y yo me aislé del mundo por plasmar su esencia milenaria en el papel.
Había unos niños alemanes jugando alrededor, los miré con ternura y continué con mi trabajo. Uno de ellos empujó al otro, el otro se revolvió, le devolvió el empujón y acabó cayéndose sobre el pedestal de la efigie. Solté el bloc y el lápiz e intenté sujetar la escultura. El padre de los niños se acercó corriendo intentando ayudar, pero resbaló y sus pies golpearon los míos. Vi cómo Albert se levantaba para socorrerme, pero no le dio tiempo. Nefertiti y yo caímos al suelo con un brusco golpe. Todavía seguíamos abrazadas cuando Albert se agachó para comprobar que no me hubiera hecho daño.
—¡Candy! ¿Estás bien? —preguntó.
Me incorporé y le sonreí triunfante.
—Las dos estamos perfectamente. ¿Tú crees que me darán una medalla por salvar una obra de tanto valor? —exclamé sujetando la escultura como si hubiera hecho el touchdown ganador de la Super Bowl.
—Candy...
Y en ese momento me fijé mejor en el busto que sujetaba. Busto sin cabeza. Cabeza que rodó por la escalera principal y golpeó cada uno de los escalones para acabar aterrizando justo a los pies de un vigilante orondo y sudoroso que me miró con expresión de profundo horror.
—¡Ay, Dios! ¿Esto puede considerarse delito?
A Albert no le dio tiempo a responder, ya que nos rodearon varios intendentes del museo y, también, personal del ejército. Nos llevaron a una sala cerrada y nos obligaron a sentarnos en dos sillas de madera contiguas frente a un escritorio cubierto de tantas montañas de papeles que era casi imposible descubrir al hombre enjuto y moreno que se escondía detrás. Albert tuvo que contestar a mil preguntas, realizadas en un tono bastante amenazador del hombrecillo que debía de ser el director del museo. Hice un movimiento involuntario, o no tan involuntario, y sentí que algo frío me empujaba el hombro para que detuviera mi presunta huida. Albert silenció su discurso y se volvió para sujetar con el puño el cañón del fusil con el que el soldado presente en el interrogatorio pretendía intimidarme. Huelga decir que lo consiguió.
Por un instante olvidé el miedo a una represalia contundente y lo miré con admiración, como si fuera el héroe protagonista de una película de acción que se enfrenta, armado sólo con su cinturón, unos clips y una grapadora, a un ejército de doscientos sicarios bielorrusos..., o algo parecido. Pero la histeria me pudo. No iba a ser tan fácil rescatar a la chica en apuros...
—¡Lo siento! ¡Lo siento! —grité perdiendo el control.
—Candy, déjame solucionarlo a mí —esgrimió Albert previendo mi estallido.
—Que soy licenciada en Bellas Artes. Lo que he hecho para mí es como cometer un magnicidio. ¡Ay, madre! Si hubieran sabido esto antes, no me habrían dejado ni graduarme. ¡He asesinado a Nefertiti! ¡Una antigüedad de incalculable valor! Que de esto me quitan el título. ¡Qué digo el título! ¡Me excomulgan y me prohíben la entrada a cualquier museo! ¿Tú crees que nos expulsarán del país? ¡Seguro! ¡Joder, que yo ya tengo un expediente policial que a mi padre le costó una pasta enterrar para que me admitieran en la universidad! Que, digámoslo en voz baja, soy una delincuente reformada. Tú págales lo que te pidan, hasta en carne si es preciso, que ya veo que el director te está haciendo ojitos. No te cortes, que yo te cubro. ¡Y prometo no contarlo nunca! —exclamé sin poder detener mi verborrea.
—Candy —pronunció entre dientes Albert, y me cogió la mano izquierda, aunque primero tuvo que deshacer el nudo que había hecho con su compañera, y la acarició intentando calmarme.
Fui a hablar de nuevo, pero una mirada suya de completa frialdad me detuvo. Cerré la boca y agaché la cabeza avergonzada y pidiéndole disculpas al fantasma de la irrecuperable Nefertiti.
Varios minutos después, Albert se levantó y, mascullando una maldición, dejó sobre la mesa un considerable montón de libras esterlinas. Era posible que con ese dinero pudiera comprar toda un ala del museo. Sin mirar atrás, con la arrogancia que caracteriza a los ingleses, abandonamos el museo.
Una vez a salvo en el coche, me hizo una sola pregunta:
—¿Estás segura de que eres licenciada en Bellas Artes?
—¡Por supuesto! ¡Que tengo la firma del Rey para atestiguarlo!—respondí con indignación.
Él reprimió una sonrisa y yo lo miré con suspicacia.
—¿Por qué lo preguntas? —inquirí.
—Porque era una reproducción en escayola, me ha parecido extraño que te afectara tanto.
Me quedé con la boca abierta y, después, ante su carcajada, balbuceé una excusa, amparándome en que apenas había podido examinar con detenimiento la obra debido a la tensión nerviosa producida por el temor al castigo de las autoridades.
Apenas quince minutos después, entrábamos en la habitación del hotel. Él todavía mantenía la sonrisa y yo hacía tiempo que la había perdido. Totalmente desarmada por los últimos acontecimientos, me senté en la cama y comencé a llorar sin consuelo.
—Parece que me han puesto una vela negra. No hay nada que toque que no se estropee. Y yo pensando que intentabas asesinarme... —Lo miré con intensidad, los ojos brillándome entre lágrimas—. Estás vivo de milagro. De milagrito.
Se acercó con paso calmado y se sentó en una silla frente a mí.
—¿Creías que intentaba asesinarte?
—¿No has escuchado nada de lo que te he dicho? Huye ahora que puedes, antes de que te alcance la maldición.
—¿Creías que intentaba asesinarte?
—Esto me pasa por llamarme Candy. Si desde mi nacimiento ya me marcaron a fuego.
—¿Creías que intentaba asesinarte?
—Debería haberme llamado Cecilia. Si me llamara Cecilia, nada de lo que me ha pasado estos últimos años habría sucedido. Nada. Cecilia es un nombre fuerte, carismático, casi sensual...
—¡Candy!
—¡¿Qué?!
—¿Me puedes explicar por qué has pensado que tenía intención de matarte?
—¿Yo he dicho eso? —balbuceé, dándome cuenta de que había abierto la caja de Pandora.
—Lo has hecho.
—Bah..., lo habrás entendido mal.
—Lo he entendido a la perfección.
—Bueno, creo que es obvio que nos odiamos. Me dijiste que te debía un año. ¿Para qué quieres ese año si no es para resarcirte?
—¿Me odias? —preguntó con un gesto de dolor palpable también en su mirada.
—¿Tú a mí no?
—Jamás he podido odiarte, y déjame decirte que he tenido numerosos motivos para ello. Empezando porque me abandonaste con una puta nota.
Comenzaba a enfadarse y no se molestó en ocultarlo.
¡Zas! La primera en la boca. Sí, fui yo quien lo dejó, aunque tenía mis motivos. Unos motivos irrefutables.
—Reconozco que no fue el polvo del año, pero ¿tan malo como para abandonarme? —continuó él todavía tenso.
«¿Que no fue el polvo del año? Fue el del siglo. ¡Qué digo siglo! ¡Fue el del milenio!»
—Tienes razón —corroboré—, tampoco fue para tirar cohetes.
—No me dejaste ni siquiera intentarlo de nuevo. Me jodiste, sin joderme.
—¿Que yo hice qué? ¿Sabes una cosa? Sólo los que no pueden aceptar su culpa culpan a los demás.
—¡¿Qué culpa?! —estalló—. ¿Soy acaso culpable por amarte como un completo gilipollas toda mi vida?
Pero yo ya no estaba escuchando. No quería hacerlo. No quería levantar la ampolla del dolor. Escocía. Así que me mostré lo más fría que pude.
—Me has obligado a darte un año, eso para mí es odiar a una persona.
—Sí, un año en que quería ofrecerte todo lo que no pude en el año que me arrebataste por algo de lo que, todavía, estoy esperando una explicación razonable por tu parte.
Se incorporó hasta inclinarse tanto sobre mí que me obligó a tumbarme en la cama.
Sentí la suavidad de sus labios acariciando los míos y la aspereza de su barba. La punta de su nariz rozó la mía con levedad. Lo enfoqué y sólo fui capaz de ver un inmenso cielo azul. Sus ojos.
—No quiero desenterrar rencores pasados —murmuré.
—Va siendo hora de que lo hagas.
Su aliento se mezcló con el mío y apreté los párpados sintiendo el furioso tamborilear de mi corazón.
—Nunca deberíamos haber compartido aquella noche. —Lo había dicho. No era lo que pensaba, pero lo dije.
—Yo no me arrepiento absolutamente de nada de lo que pasó aquella noche —afirmó.
—Yo, en cambio, me arrepiento absolutamente de todo lo que sucedió aquella noche —repliqué con obstinación.
—¿De todo, Candy? Piensa bien tu respuesta —susurró, sujetando mis manos con fuerza.
Notaba su tensión y también la voluntad firme de mantenerme a su merced hasta que confesara.
Me había pillado. Con una simple frase. Si decía que no, me confesaba culpable. Si le decía que sí, le confesaba mi amor. ¡Maldito fuera! Hablar con él era mantener una lucha en la que sólo había un vencedor. Intenté mirarlo con odio, pero ese sentimiento ya no tenía cabida en mi cuerpo, así que mis ojos únicamente mostraron dolor.
—Albert, que ahora no quiero discutir. —Me desquité, sintiéndome acorralada.
Me incorporé y lo obligué a hacer lo mismo.
—No estamos discutiendo —determinó él poniéndose de pie como si necesitara alejarse de mí.
—Estás intentando llevarme a tu terreno y no lo vas a conseguir.
—¿Llevarte adónde?
Se volvió a mirarme con incredulidad.
—¡Que no discutas, Albert!
—¡Pero si no estoy discutiendo!
—Pues eso. ¿Ves? Ya están las cosas claras. Voy a preparar la maleta, que no quiero estar aquí ni un minuto más del necesario.
En ese momento, el sonido de mi teléfono, con la melodía del Carmina Burana, nos interrumpió con gran acierto.
Me levanté para cogerlo. Hice una mueca al comprobar quién era el que llamaba y suspiré con resignación, como si hubiera librado un combate a muerte y hubiera perdido. Que lo había hecho, aunque eso era algo que al que estaba al otro lado de la línea no podía contarle.
—Hola, cariño, ¿te tratan bien los chinos?
Por extraño que pueda parecer, era con el único que no me apetecía hablar en ese momento.
—Archie, hola —musité.
Albert se pasó la mano por el pelo con gesto frustrado y se encerró en el baño.
—No has dado señales de vida en toda una semana —le recriminé, aunque esas palabras tenían otra forma en mi cabeza e iban dirigidas a otra persona: «No diste señales de vida en nueve años».
—Me dijiste que te diera tiempo para aclimatarte —fue su explicación.
De forma inconsciente, me acerqué a la puerta del baño y apoyé la frente en la madera. Me extrañó oír sólo el sonido del agua correr, y me entristecí de repente al descubrir qué era lo que faltaba. Siempre cantaba en la ducha, lo llevaba oyendo durante una semana. Todo un repertorio de Frank Sinatra, Bing Crosby y, de vez en cuando, Dean Martin. Supe que lo había herido porque yo misma me sentía herida y lo había atacado como defensa.
Deseé abrazarlo y que el tiempo transcurrido se diluyera en nuestro pasado..., pero eso nunca llegaría a suceder.
—¿Candy, estás ahí?
—¿Eh? Sí, claro, claro... —balbuceé.
—Tenemos que hablar de algo importante.
—Tú dirás.
—Te lo diré cuando te vea. ¿Puedes enviarme la dirección del apartamento que tienes alquilado?
¿De qué tenía que hablarme que no pudiera hacerlo por teléfono? Mi ritmo cardíaco se disparó con la absurda sensación de que la tan deseada, hacía unos días, propuesta de matrimonio iba a llegar en el momento menos oportuno.
—No estoy en ningún apartamento. —Mi mirada voló por toda la habitación buscando una salida imaginaria—. ¿Recuerdas a Albert Ardley LongCock?
—¿El amigo de tu hermano?
—Sí, ése. Se ha ofrecido a acogerme en su casa, así puedo ahorrarme el coste del alquiler —me inventé.
—Qué amable. —No pronunció una sola sílaba más alta que otra, sin embargo, pude apreciar algo de suspicacia en el comentario—. Mándame la dirección y esta noche estaré allí.
No me di ni cuenta de la implicación temporal, ya que perdí la poca concentración que tenía al ver a Albert salir del baño completamente desnudo, desprendiendo pequeñas gotas de agua a su paso, ajeno a mi mirada.
—¿Cuándo has dicho que vas..., que vienes? —pregunté algo despistada.
—Esta noche, llegaré sobre las once.
—¡¿Hoy?! —grité recobrando la concentración en un instante.
Mi voz se oyó hasta en la necrópolis de Saqqara.
CONTINUARA
