.

.

✿ CAPITULO 10 ✿

✿ Te quiero, no te quiero... Te dejo, no te dejo... ✿

Después de casi sufrir un ataque al corazón en una habitación de un hotel de lujo en el centro de El Cairo y de intentar por todos los medios que Archie retrasara el viaje, lo que finalmente hizo, tras oír excusas tan peregrinas como que la empresa china no me permitía la confraternización en días laborables, aterrizamos en Londres. Había conseguido setenta y dos horas más. Un habeas corpus en toda regla.

Llovía, lo que no era una novedad, pero, con franqueza, fue un consuelo después de tanto día de calor. Recuperé la respiración sin ayuda de inhaladores nada más salir al aparcamiento de Heathrow. Albert iba de mal humor, y yo, evitando una nueva discusión o dar más explicaciones que las que debía, me mantuve en silencio todo el trayecto. Si hubieran revisado nuestros indicadores mitocondriales, a través del microscopio se podría haber leído en letras fluorescentes: «Modo hostil: ON».

El trayecto en taxi duró apenas una hora, y el vehículo finalmente se detuvo en una calle residencial flanqueada por casas victorianas a uno y otro lado.

—¿Dónde estamos? —le pregunté a Albert mientras él entregaba la tarjeta de crédito al taxista.

—En Fulham. Vivo aquí.

Por su breve respuesta, percibí que el enfado no había remitido, así que guardé silencio de nuevo mientras observaba a mi alrededor y él se ocupaba de pagar el taxi y recoger las maletas.

Era una zona tranquila, con numerosos parques y zonas verdes, alejada del bullicioso centro neurálgico de la ciudad. Una zona burguesa y adinerada.

Subí detrás de él los cinco escalones que nos separaban de la puerta lacada en negro y él me dio paso primero. Dejó las maletas en el suelo de madera pulida y encendió las luces halógenas ocultas tras el artesonado de escayola del techo. Me guio hasta unas puertas de roble macizo con cristales biselados que corrió para que descubriera el salón principal de la casa. Abrí los ojos con muda admiración. Era una estancia amplia, donde unos grandes ventanales confluían en dar luminosidad natural al conjunto, aprovechando la forma de semicircunferencia propia de los edificios de época, compuesto por un sofá de piel negra y unas vitrinas adornadas con variados objetos y trofeos. Pegué un pequeño respingo al oír un murmullo que me hizo volverme hacia la pared principal, en la cual se estaban abriendo dos paneles que dejaban ver una televisión de plasma y varios aparatos electrónicos más. En el extremo oriental pude ver una mesa con capacidad para diez comensales y una chimenea.

Cuando comprobó que había paseado la vista por cada esquina sin perder detalle, Albert me cogió de la mano y tiró de mí para subir la escalera, rodeada por una barandilla de madera y forja. A lo largo del trayecto fui descubriendo fotografías enmarcadas de toda una vida. Sonreí al ver una de mi hermano y él cuando apenas eran unos muchachos, y me quedé clavada en un escalón al comprobar que había una de nosotros tres juntos. Nos la habíamos hecho antes de salir del apartamento de mis padres aquella noche en la que lo perdí todo. Por mi rostro sonriente y confiado, nadie habría dicho que a partir de aquel momento mi vida cambiaría por completo. Reponiéndome de la impresión, percibí a Albert quieto en un escalón superior, observándome con intensidad. Carraspeé y seguí subiendo sin molestarme en comentar nada al respecto.

En el primer piso, en el lugar que ocupaba el salón inferior, había dos puertas. Una de ellas daba paso a un despacho. Destacaba en él la mesa con incrustaciones de nácar característica de los muebles fabricados en el siglo XVIII y las estanterías repletas de libros. Un cuadro solitario, pero estratégicamente colocado, mostraba un paisaje expresionista de la costa mediterránea.

Sonreí de forma imperceptible ante la influencia que había tenido en él aquellos veranos compartidos.

—Éste será tu lugar de trabajo —dijo Albert, acercándose a una gran mesa blanca que se veía fuera de lugar en el entorno. Estaba situada frente al mirador semicircular y, por ello, dotada de una gran claridad. Sobre ella había colocado un ordenador, y en los cajones, que fue abriendo uno a uno, pude encontrar cualquier utensilio de dibujo que pudiese desear—. Tienes conexión directa con el servidor de Poppy, así que no será ningún problema. He intentado aprovisionarte de todo lo que he creído imprescindible, pero si necesitas cualquier cosa, no tienes más que pedirla—continuó, girando el sillón de cuero negro que iba a ocupar a partir del día siguiente.

—¿Con esto pretendes conquistarme? —pregunté, porque nunca antes había tenido un lugar tan sumamente adecuado para trabajar.

—¿Lo he conseguido? —Enarcó las cejas con algo de diversión.

—Lo conseguiste hace nueve años, pero, por fortuna, recuperé pronto la cordura —barboté ante la intensidad de su mirada.

—¿Cuándo vas a decirme por qué me guardas tanto rencor?—inquirió con dureza.

—Nunca —exclamé sin poder creer que todavía tuviera el descaro de preguntarlo.

Con un gesto de terquedad, salí de la habitación y me quedé en el descansillo, esperando a que me mostrara el resto de la casa. Albert abrió una segunda puerta y me indicó, con voz monótona, que aquélla iba a ser mi habitación. Sin estar tan profusamente decorada como las estancias anteriores, era cálida y a la vez impersonal. Los colores blancos y cremas denotaban que era la destinada a ser la habitación de invitados. La cama de matrimonio estaba situada a la derecha, junto a dos mesillas altas, todo en madera decapada blanca y tiradores de bronce mate. Frente a ella había una pequeña cómoda con un espejo ribeteado en plata.

—Tienes tu propio aseo, aunque sólo con ducha. Si deseas bañarte, podrás utilizar el mío. La puerta junto a la mesilla —se acercó para mostrármelo con detenimiento— es el armario. Es un vestidor disimulado entre las paredes. Parte es tuyo y parte es mío. Son independientes, no tienes que preocuparte por encontrarme desnudo en él.

—Con sinceridad, verte desnudo no es algo que me preocupe—musité, oteando el interior del vestidor vacío.

Lo oí mascullar algo en inglés que no entendí y lo seguí a la siguiente habitación, que era la suya. Mucho más amplia que la anterior, su decoración era bastante parecida, pero en tonos oscuros. Muebles negros y sobrios de madera maciza. Acaricié con una sonrisa el papel gris cubierto por diminutas amapolas, lo suficientemente pequeñas como para ser masculinas y pasar desapercibidas a otros ojos.

Admiré su gusto en silencio y supe sin lugar a dudas que, aunque pareciera una casa propia de una revista de decoración, él había sido el encargado de elegir la mayoría de los muebles y los objetos. Tras cada puerta podía descubrir un rasgo particular y admirado de su carácter. Serio, clásico, amante de las antigüedades y, sin embargo, siempre a la vanguardia de lo moderno sin que llegara a ser frío. Había convertido su casa en un hogar y no en un simple domicilio.

Después de aquello, me mostró un pequeño gimnasio, que rechacé utilizar, y me señaló que en el ático estaba su lugar de trabajo, una buhardilla cubierta de ordenadores donde solía encerrarse largas horas durante el día.

—¿Y esta puerta? —inquirí señalando una que permanecía cerrada al lado del despacho.

—Está vacía.

—¿Por? —continué preguntando sin saber que estaba cayendo en una trampa.

—Es la destinada al bebé.

Tragué saliva con rapidez y aparté el sonrojo de mi rostro, a la vez que hacía desparecer las imágenes que habían permanecido en mis recuerdos tantos años.

—¿Estás embarazado? Nadie lo diría, no se te nota nada.

Recurrí al sarcasmo como arma, lo que hacía a menudo, y le propiné un pequeño codazo en su abdomen firme y duro.

Él recogió el guante con soltura y elegancia. Me miró con fijeza y enarcó una ceja.

—Te dejaré decorarla a ti. Nadie mejor que su madre, y, además, diseñadora de ropa infantil, para conseguir un espacio perfecto y acogedor.

Sonrió con tanta suficiencia al decirlo que me quedé sin réplica alguna.

Me giré sobre los talones y me encaminé a mi habitación.

—Necesito una ducha —mascullé y, recobrando el ánimo, proseguí—: ¿Puedes subirme la maleta?

—Por supuesto —contestó a mi espalda en el mismo tono de satisfacción irónica con el que había hablado con anterioridad.

Era cierto que el baño era pequeño, aunque la ducha romana lo compensaba, además de incluir una columna de hidromasaje.

Pasé bastante tiempo descansando mis músculos bajo los chorros de agua lanzados con precisión a cada parte de mi cuerpo. Me sequé el pelo con una toalla y me vestí con unos vaqueros desgastados y una camiseta que rezaba: «El mundo está lleno de idiotas distribuidos estratégicamente para que te encuentres al menos uno cada día». Me puse unos calcetines antideslizantes y decidí bajar a la cocina.

Me detuve en la puerta y aproveché que Albert no me había oído para admirar la estancia y, si soy sincera, también a él. Era mucho más espaciosa que cualquier cocina al uso, decorada en muebles lacados en rojo y encimera de granito negro. Había una mesa en el centro con varios taburetes con medio respaldo tapizados en cuero oscuro. Las paredes de cerámica blanca refulgían en contraste con los colores elegidos. Agradecí no ver la típica cenefa de cebollas, calabazas y apios que adornaba cualquier cocina española, ya que había conseguido darle a la estancia un tono boho chic.

Albert estaba de espaldas a mí, buscando algo en el frigorífico americano. Lo cerró con el codo y, al girarse, puso un gesto de extrañeza que me confundió.

—¿Eso lo dices por mí? —preguntó señalándome con una bandeja de pimientos amarillos.

Me estiré la camiseta y resoplé.

—Fue el último regalo de Anny por mi cumpleaños. Ya ves, tiene mucho sentido del humor.

—Yo diría que más bien un particular sentido del humor.

Sonreí, todavía titubeante, y me acerqué. Él dejó la bandeja en la encimera y me ofreció una copa de vino.

—Mmmm..., ¿chianti italiano?

—Sí. ¿Te gusta?

—Sí, me recuerda un viaje a Venecia —dije con nostalgia.

Él se quedó en silencio. Habíamos compartido muchos momentos durante varios años, pero también teníamos un considerable y abismal espacio que rellenar.

—Estoy haciendo la cena. ¿Qué te apetece? —pronunció finalmente.

—Lo que quieras, no tengo preferencias.

—Está bien.

Se volvió y buscó en uno de los cajones para sacar un delantal, que se colocó con la facilidad que tenía mi abuela Jacinta, la cual creo que nació y murió con uno de esos trapos puestos, creando leyenda como el general Caster y sus famosas botas.

No pude reprimir la risa.

—¿Qué te hace tanta gracia? —inquirió volviéndose hacia mí.

—Hay cosas que nunca cambian. Sigues siendo tan meticuloso como siempre.

—¿Es que tú no te pones delantal cuando cocinas?

—No cocino a menudo, suelo comer en la empresa y por la noche pedimos comida para llevar.

—¿«Pedimos»?

—Archie y yo.

Se quedó en silencio un minuto y se dedicó a trocear los pimientos y otra serie de verduras para volcarlas luego en un wok.

—No me habías dicho que vivías con él —dijo al ponerlo sobre la vitrocerámica.

—Yo no lo llamaría vivir tampoco. —Me interrumpí porque me dio la sensación de que me estaba disculpando por algo de lo que no era culpable—. Después del accidente, fue una época difícil. El ambiente en casa de mis padres se enrareció y necesitaba salir de allí, así que le pedí que me hiciera un hueco en su minúsculo apartamento.

—¿En serio?

Cogió su copa y bebió un sorbo enarcando una ceja en mi dirección.

—Sí, ¿te parece tan extraño?

—Siempre creí que eras del tipo de mujeres que esperan una declaración de rodillas y un diamante del tamaño de Madagascar.

—Quizá lo fuera hace mucho tiempo, pero dejé de serlo y de esperarlo hace mucho también —murmuré con algo de amargura.

Él, como todo un caballero, asintió con la cabeza y, comprendiendo que necesitaba un poco de espacio, se centró en no dejar que las verduras se quemaran. Yo cogí la copa de vino y me senté en un taburete viéndolo cocinar y admirando su destreza y, sobre todo, lo bien que le quedaba el pantalón vaquero a su trasero. Después, escalé con la mirada su espalda ancha y los músculos que se marcaban tras la sencilla camiseta blanca y tuve que beber de nuevo, notando cómo la temperatura en la cocina iba en aumento.

—Tienes una casa preciosa —comenté para distender el ambiente.

—También es tu casa ahora —replicó él sin perder la concentración.

—¿De verdad? No me digas eso: corres el riesgo de que la venda y me quede con el dinero para saldar la deuda de la empresa familiar —continué, bromeando.

—¿Harías eso?

Se giró hacia mí con la espátula de madera en la mano, lo que, en vez de darle un aspecto cómico, le confería uno tremendamente erótico.

Me pregunté si el vino tendría algún componente, aparte de la uva, que provocara ese efecto en mí.

—Soy pobre, pero también honesta. Te daría la mitad de lo obtenido por la venta, por supuesto —afirmé.

Él sonrió y se acercó a indagar de nuevo en el frigorífico. Lo oí tararear una canción que me resultó familiar. Sacó una bandeja de huevos y me indicó que me aproximara. Lo hice con reparo, pues pocas veces mis experimentos culinarios resultaban adecuados para los humanos.

—¿Puedes batir estos huevos? —me pidió.

—Claro. —Suspiré con alivio—. Eso sí sé hacerlo.

Ambos nos concentramos en cada objetivo. Me situé a su lado y comencé a marcar el ritmo de la canción con pequeños golpes en el plato.

—«I have climbed the highest mountains» —cantó Albert en voz baja—. «I have run through the fields...» —Sonrió viendo cómo yo le seguía el ritmo.

En la siguiente frase de la canción de U2, me envalentoné y canté con él.

—«Only to be with you» —dijo Albert.

—«Only to be with you» —repetí.

—«But I still haven't found...» —pronunció él con voz ronca.

—«...what I'm looking for» —terminé yo, y ambos chocamos nuestros instrumentos, yo el tenedor y él la espátula, como si estuviéramos en un concierto y fueran las baquetas de una batería.

—¿Tienes alguna idea de lo que has dicho? —inquirió riendo.

—Ni la más remota, ¿me la traduces? —solicité.

—No tengo ninguna intención, Candy. Ésta tendrás que averiguarla tú misma.

Su mirada pícara y cargada de diversión me hizo desconfiar, y saqué el teléfono del bolsillo trasero de mi pantalón.

—Ahora no, ya tendrás tiempo esta noche —repuso él.

—De acuerdo —asentí con un mohín que le provocó una carcajada, y continué batiendo con bastante furia los huevos.

—Creo que ya están, no es necesario que los asesines —dijo acercándose a mí.

—¿Qué vas a hacer? —pregunté llevando de nuevo la conversación a un terreno neutral.

—Unas tortillas de espinacas y salteado de verduras.

—¿Desde cuándo sabes cocinar?

—Llevo muchos años viviendo solo. Me he cansado de la comida para llevar.

Me miró enarcando una ceja y yo fruncí los labios.

Por un momento me maravilló que fuéramos capaces de mantener una conversación sin recriminaciones ni acusaciones.

—¿No sabes cocinar nada de nada? —Quiso saber, todavía con la sorpresa reflejada en el rostro.

—Bah..., ya sabes, hornear lasaña, freír san jacobos..., ese tipo de cosas.

Su carcajada me sobresaltó y me hizo enrojecer.

—Anda, ven —pidió tendiendo su mano hacia mí.

Me situó frente a la sartén y él se colocó a mi espalda. Pude oler su jabón y su perfume impregnado en la ropa. Pude sentir su calor a través de la fina camiseta que llevaba. Cogió un bote de especias y lo agitó sobre la tortilla abierta. El suave aroma del orégano llegó a mis fosas nasales.

—El secreto —susurró inclinándose sobre mi hombro, acariciando con su aliento mi mejilla— es saber utilizar los ingredientes en su justa medida.

—Hummm... —balbuceé, de repente bastante más interesada en otras cosas que en aprender a cocinar.

—El secreto —continuó posando una mano abierta por debajo de mi camiseta justo sobre mi estómago— es utilizar un ingrediente que realmente sorprenda al comensal.

Con su mano libre alcanzó otro bote de especias y aspiré el olor de la canela como si fuera opio.

—Ayúdame, Candy —exigió con voz ronca, y mostró su mano frente a mí.

Espolvoreé sobre ella la canela y observé con alto grado de fascinación cómo la dejaba caer en la mezcla.

—¿Sabes que la canela es un afrodisíaco? —murmuró acercándose tanto a mi piel que su barba me rozó el cuello.

Y todas las respuestas, las afirmativas, las negativas, las acertadas y las equívocas, volaron de mi pensamiento consciente. Sólo sentía su mano sobre mi piel, cómo sus dedos acariciaban de forma pausada haciendo que cada centímetro de mi cuerpo respondiera despertándose de un largo letargo. Deseé que su mano subiera y alcanzara mis pechos, que comenzaban a doler. Deseé que su mano bajara y diera calma al punzante hormigueo de mi vientre. Lo deseé con tanta intensidad que proferí un quedo gemido.

Él apartó la mano y se separó para apoyarse con la cadera a un lado.

—Lo sabías, ¿no? —inquirió observándome con expresión divertida.

—¿El qué? —pregunté yo a mi vez, sujetándome del borde de la encimera de mármol por temor a caerme al suelo.

—Que la canela es un afrodisíaco. Al menos, eso dicen, aunque no he tenido ocasión de comprobarlo.

—¿Comprobarlo? —musité sin soltar la encimera.

—Sí. Me he quedado sin albahaca, así que esto es una especie de experimento.

Con lentitud, recuperé la compostura.

—También dicen que los experimentos con gaseosa, por si acaso.

—Cierto. Pero nunca son tan divertidos —añadió guiñándome un ojo.

Sintiendo que mis articulaciones se habían convertido en gelatina, me acerqué a mi asiento y dejé que él me rellenara la copa. Tras beber un nuevo sorbo, empecé a tranquilizarme. ¿A qué estábamos jugando exactamente? ¿Él me atraía a su juego o yo lo iniciaba?

Al poco rato comenzó a hablar de nuevo, como si en realidad no hubiese sucedido nada fuera de lo común entre nosotros. Me entretuvo con sus explicaciones de dónde estaba cada cosa y las veces que venía la asistenta con la compra, a limpiar la casa y a planchar. Puso dos servicios individuales, uno frente al otro y, en el centro, la fuente de verduras. Cuando terminó de cocinar, nos sirvió a ambos y se sentó. Comimos en silencio unos minutos. La tortilla estaba deliciosa, eso no lo podía negar, fuera fruto de la canela o no.

—Candy, lo siento —soltó de improviso, limpiándose con la esquina de la servilleta de hilo los labios.

—¿Qué es lo que sientes? —inquirí con curiosidad.

—Lo del viaje. Quería que fuera especial y...

—Fue especial —lo interrumpí—, dependiendo de cómo utilicemos ese adjetivo.

—Sí, verte aferrada al busto de Nefertiti me impactó.

—¡Qué pena que al final perdiera la cabeza como Luis XVI!

Ambos nos miramos y reímos a la vez.

—Por lo menos, la boda salió tal y como se esperaba —sentenció.

Lo miré con incredulidad.

—Yo sólo recuerdo que mi hermano me drogó, que sufrí varios ataques de histeria y que acabé emborrachándome y quedándome dormida con el vestido sobre la cama.

—Sí, serán grandes anécdotas para contar a nuestros nietos—afirmó todavía con una sonrisa.

Le cogí la mano y la acaricié con suavidad.

—Albert, no es necesario que te esfuerces en crear una apariencia real a este matrimonio. Ambos sabemos que es sólo un contrato.

—¿Es sólo eso, Candy? —preguntó mirándome con tal intensidad que por un instante pensé que podía leer mis pensamientos.

—Lo es. Intentaremos ser amigos, lo que creo que va a ser difícil, pero lo intentaremos —aseveré.

Él bajó la cabeza y se concentró en acabar la tortilla. Al poco rato lo oí murmurar:

—Enough. For now.[Suficiente. Por ahora.]

—Eso lo he entendido —dije y él elevó los ojos hacia mí.

Ambos sonreímos de nuevo.

—Por cierto —comenté, auspiciada por el buen entendimiento al que parecíamos haber llegado—. No tendrás algún viaje preparado, ¿no?

—¿Para cuándo? —En su tono se filtró la desconfianza.

—Mañana.

—¿Por qué?

—Viene Archie. Me ha dicho que tenemos que hablar de algo importante y creo saber lo que es. No quiero tener secretos con él, y he decidido contarle todo este embrollo, pero también me gustaría hacerlo a solas, si es posible.

Él se mordió el labio y vi cómo tensaba la mandíbula.

—¿Crees que es buena idea contárselo? —preguntó.

—Si tú fueras él, ¿te gustaría que tu pareja te ocultara algo así? Quiero que entienda que no es nada sórdido, simplemente un amigo que ha decidido ayudarnos a cambio de...

—Vamos, Candy, ¿a cambio de qué? ¿Le vas a decir que es a cambio de casarte conmigo durante un año? —me interrumpió con brusquedad.

—Lo haré. No soporto el engaño y la mentira. Tú no lo conoces, él es un hombre íntegro y no quiero hacerle más daño del que ya le estoy haciendo. Tengo que aclarar muchas cosas con él, no sólo ésta.

—¿Qué cosas?

—A ti no te conciernen —respondí cortante.

—Aunque no lo creas, me conciernen y me afectan. ¿Esperas una explicación también por parte de él de por qué todavía no estáis ni siquiera prometidos?

Solté el tenedor, que chocó con el plato y rebotó con ira.

—¿Cómo sabes tú eso?

—Es obvio que si estuvierais prometidos no habrías dudado en ondearlo como una bandera delante de mis narices, algo que no has hecho. Más bien al contrario, o no quieres hablar de él o realmente no lo recuerdas con tanta intensidad como para tenerlo presente.

—Albert, te rogaría que te abstuvieras de opinar de algo que no te incumbe, porque, aunque crees conocerme, no soy la que recuerdas.

—Hace días me preguntaste por qué quería un año de tu vida.

—¿A qué viene eso ahora?

—Porque una de las cosas que me propongo es recuperar a la persona que fuiste y que sé que sigue dentro de ti, aunque ahora estés tan dolida y atormentada que te escondes en las tinieblas que rodean tu alma.

—Muy poético, Albert, aunque eso no lo conseguirás nunca.

—¿Por qué?

—Porque a esa persona la mataste tú —finalicé, y me levanté con rapidez para salir de la cocina.

Él me alcanzó justo en la puerta, sujetándome por la muñeca.

—Tienes suerte: mañana por la tarde me voy a Dublín. Regreso el domingo, ¿es tiempo suficiente? —preguntó en ese tono que odiaba en él, tan indiferente y alejado.

—Lo es —afirmé, y me solté para subir de dos en dos los escalones hasta llegar al refugio de mi habitación.

Cuando ya me había puesto el pijama y estaba acostada intentando leer un libro, mi móvil me avisó de que tenía un mensaje. Lo abrí con curiosidad y leí su contenido:

«He escalado las montañas más altas, / he corrido a través de los páramos, / sólo para estar contigo. / Pero todavía no he encontrado lo que estoy buscando.»

Por si te habías olvidado. A.

Cuando terminé, silencié el teléfono, cerré el libro y apagué la luz.

Y deseé tener también el poder de apagar mis recuerdos.

Al día siguiente no lo vi, aunque sí lo oí. Lo oí machacarse en el gimnasio con The Killers de fondo. Y lo oí tararear a Tony Bennett en el baño mientras se daba una ducha, y también oí el silencio opresivo de la casa cuando estuvo trabajando varias horas en el ático.

Después de una noche en la que no había dejado de soñar con mensajes crípticos escondidos en canciones que marcaron mi adolescencia, y de sentirme nuevamente sobre un camino de difícil resolución, justo en una encrucijada, aproveché para serenarme y empezar una rutina diaria. Trabajé durante toda la mañana en mi despacho y avancé bastante en los diseños de la nueva temporada. Comí un sándwich rápido en la cocina, evitando a Albert, y por la tarde empleé todo el tiempo que me restaba en estar espectacular para recibir a Archie. Me duché, me apliqué suavizante con olor a frambuesa en el pelo y me di crema hidratante por todo el cuerpo con parsimonia, creando mi propio ritual de belleza. Vestida con un conjunto de lencería negro y medias con liguero, me pregunté qué esperaba del reencuentro.

Estaba preparándome como si aguardara a mi amante, cuando en realidad tenía intención de dejar claros todos los puntos de nuestra relación. Suspiré hondo, sin saber de qué lado inclinar la balanza y, al oír ruido en el pasillo, abrí la puerta sobresaltando a Albert, que ya arrastraba su maleta en dirección a la escalera.

—¿Puedes venir un momento? —le pedí.

Soltó la maleta y se volvió lentamente con gesto de fastidio. Sólo la leve dilatación de sus pupilas me indicó que yo estaba casi desnuda. Carraspeé, enrojecí y, después, desafiante, erguí la cabeza.

Si mi hermano hubiera presenciado la escena, ya tendría un nuevo apodo: Candy Calientapollas White. Durante un brevísimo instante, ambos nos retamos con la mirada.

—¿Qué es lo que necesitas? —preguntó él con voz ronca.

—Tu opinión de amigo —dije.

Entornó los ojos y se cruzó de brazos sobre el traje.

—¿Qué tengo que opinar?

—Más bien elegir. Mira los vestidos sobre la cama. ¿Cuál de ellos te gustaría arrancarme con los dientes si me vieras vestida con él?

Mi hermano ya me habría cambiado el apodo de nuevo: Candy Capulla-Calientapollas White. No puedo responder a por qué lo hice, sólo sentía que debía devolverle el calentón de la velada anterior, el enfado posterior, la noche en vela, y restregarle que, aunque me hubiera casado con él, iba vestida para matar a polvos a mi novio, pese a que todavía no supiera qué pasaría con Archie. Sí, debía reconocer que tenía las ideas perfectamente claras.

—¿Cómo?

Carraspeó y tosió un par de veces.

—Vamos, eso es lo que hacen los amigos.

—Los amigos gais.

—Ya.

—Por mucho que te empeñes, Candy, no vas a conseguir que cambie de acera. Estoy muy cómodo en ésta.

—Vale, vale. Sólo dame tu opinión de tío.

Se quedó un momento mirando los dos vestidos, evitando deliberadamente mirarme a mí. Uno era negro hasta la rodilla, con la espalda desnuda y sujeto por un hilo de cristales de Swarovski, y el segundo, rojo y provocativo.

—El negro —sentenció.

—¿Estás seguro? ¿No te parece más sexy el rojo?

—Si ya lo tenías claro, ¿se puede saber para qué me preguntas?

Levanté las manos ante su ataque, en señal de rendición.

—El negro entonces.

—Sí, el negro —afirmó sin dejar de observarlo como si fuera a levitar en el aire.

—¿Te vas ya? —inquirí.

—No quiero molestar —argumentó y, volviéndose con brusquedad, se dirigió hacia la puerta.

Mis ojos persiguieron su espalda hasta que desapareció. Apreté los puños con enfado y la balanza por fin se inclinó hacia un lado. Albert me dio la respuesta que mi mente se negaba a aceptar, o, más bien, mi corazón me gritó que empezara a solucionar el problema. Debía romper con Archie. Nuestra relación se había ido enfriando, diluyéndose y resquebrajándose por el tiempo transcurrido, en vez de afianzarse. Apenas hablábamos, apenas nos veíamos, no teníamos relaciones desde..., ya ni lo recordaba. No quería que él perdiera su tiempo con alguien que ya no tenía futuro. Se lo debía, al menos le debía que recuperara su vida y pudiera rehacerla con otra mujer.

Y, reafirmándome, me puse el vestido rojo, sabiendo que el negro estaba reservado para otra persona, aunque sólo fuera en mis sueños. Me maquillé con esmero y, cuando oí un coche detenerse en la entrada, bajé a trompicones la escalera, presta a recibirlo.

Archie mostraba un gesto cansado. Venía directamente del trabajo, ya que todavía llevaba el traje, bastante arrugado, y del que había desaparecido la corbata. Aun así, me ofreció una sonrisa y alabó mi aspecto.

—Estás preciosa, Candy. Como siempre.

—Gracias.

Hice una pequeña reverencia, de repente, cohibida.

—¿No es ése el vestido que te pusiste para nuestra primera cita?

—Eh..., no. Es el que me puse para la Nochevieja en la que nos invitaron tus padres.

—Es verdad. —Sonrió él—. Bebiste tanto cava que tuve que llevarte a hombros a la cama.

—Pues yo lo que recuerdo es que en la cama nos divertimos bastante —apostillé.

—¿En serio? —Se rascó la cabeza con gesto pensativo—. Es curioso cómo el cerebro parece seleccionar algunos recuerdos y otros no. ¿No te parece?

No, no me lo parecía, aunque empezaba a verlo todo claro.

—¿Quieres que pidamos algo para cenar o prefieres hacerlo fuera? —inquirí.

—Mejor aquí, estoy algo cansado.

—¿Tomamos algo primero? ¿Un vino? ¿Cerveza? —ofrecí, porque no tenía nada pensado, ni para cenar ni para lo que viniera después.

—¿No tienes algo más fuerte?

—Creo que Albert guarda una botella de whisky escocés en el aparador —dije, y me dirigí hacia el salón con el fin de prepararnos en dos vasos tres dedos de licor para cada uno.

Cuando terminé, él se había sentado en el sofá y estaba con los ojos cerrados.

No se había acercado a mí. No me había tocado. No había besado mis labios pintados. Parecíamos dos completos desconocidos.

Lo observé un momento, de pie en medio del salón, y él abrió los ojos y me otorgó una media sonrisa. Me senté a su lado con bastante rigidez.

—El amigo de tu hermano ha sido muy amable en cederte la casa, los alquileres en Londres son prohibitivos —comentó.

—Sí, eso es cierto —corroboré, pero no dije a cuál de las dos afirmaciones me refería.

Nos quedamos unos minutos en silencio, sin encontrar la forma de comenzar nuestra última conversación.

—Tengo que decirte algo —barbotamos los dos a la vez.

—Empieza tú.

Sonreí con timidez y también con miedo a abordar la cuestión que me temía que no iba a disfrutar de ningún preliminar cordial.

—No, hazlo tú. Las damas primero —insistió.

—Prefiero que seas tú —le dije, asumiendo que con ese acto le estaba dando el tiempo necesario para que asumiera lo que le iba a contar.

—Está bien. —Dio un largo trago al whisky y depositó el vaso sobre la mesa de centro. Me cogió ambas manos y me miró fijamente a los ojos—. Hay cosas que no se pueden decir por teléfono, hay que estar frente a frente.

Sentí un retortijón en el estómago y tragué la saliva acumulada en el grueso del paladar. En ese momento, Archie me soltó una mano y rebuscó en el bolsillo de su chaqueta. «Por favor, no..., por favor, que no sea el anillo de compromiso que debería haber sido entregado años antes», supliqué en silencio, y mis manos se enfriaron como si las hubiera metido en hielo. Intenté sonreír y apenas conseguí una mueca. Sin embargo, de su bolsillo sacó el móvil y lo apagó. Lo miré más intrigada que disgustada.

—Candy.

—¿Sí?

—Creo que debemos dejarlo.

Si me hubieran clavado un cuchillo en el abdomen, no me habría dolido tanto. ¿Cómo era posible que tan sólo unas horas antes hubiera decidido ser yo la que terminara la relación y ahora me encontrara como si me hubiesen arrancado el corazón para hacerlo picadillo?

—¿Dejarlo? —pronuncié con un hilo de voz.

—Las cosas se han complicado. Hace mucho tiempo que venimos retrasando la decisión.

Me levanté como un resorte, soltando su mano.

—¿«Debemos»? ¿«Venimos»? ¿Desde cuándo me incluyes en una decisión que has tomado tú solo?

—Candy —murmuró él con lentitud—, no te enfades. Deberías verlo igual que yo. Hace muchos meses que no nos acostamos, apenas hablamos, salvo por cuestiones del trabajo. Y cuando estamos juntos nos evitamos.

—Eso no es un motivo para romper una relación de cuatro años.

Hasta yo misma me sorprendí de la ira que mostré en esa frase, cuando creía pensar exactamente lo contrario.

—Lo es. Llevo meditándolo bastante tiempo, y lo que me hizo reaccionar fue tu inoportuna pedida de mano en el aeropuerto. Pensé que, aunque para mí estaba claro, tú igual no lo veías de la misma forma.

—¿Me estás dando un discurso de moralidad y buenos modales? Vivíamos juntos, teníamos un proyecto de futuro en común.

¿Qué estaba haciendo? No conseguía reconocerme en mis palabras. Estaba defendiendo algo en lo que ya no creía.

—No, Candy. Lo tenías tú. Tú y todos tus planes que yo secundaba. Pero con éste no lo voy a hacer.

Tuve que disimular el temblor de mis piernas en los tres pasos que me separaban de una de las estanterías. Supe que su intención de romper no era reciente. La nuestra era una relación que venía deshaciéndose desde antes de que ambos nos diéramos cuenta. No había un solo culpable. Esa vez no. Me apoyé en la madera buscando algo en mi mente para convencerlo, conseguir que volviera a mí. De repente estaba desesperada por no sentirme fracasada, sola de nuevo. Pero el dolor, tan reconocible como un viejo compañero de viaje, me traicionó provocando que me hundiera más con la última pregunta. Sí, la pregunta que jamás debemos hacerle a alguien que nos está dejando.

—Archie, ¿tú me quieres?

Lo miré a los ojos, con los míos nublados por las lágrimas.

Él se levantó y rodeó la mesita de centro para quedar frente a mí. Su imagen era la derrota en sí misma.

—¿Que si te quiero? Me enamoré como un idiota la primera vez que te vi. Entraste al despacho de tu padre y te disculpaste sonriendo por la interrupción tras dejar un muestrario en la mesa. Ni siquiera me miraste. ¿Sabes que yo salía con otra persona en ese momento? —Lo observé con incredulidad—. Sí, no era nada serio, pero aquella mujer me gustaba mucho, muchísimo —remarcó—. Y, sin embargo, en cuanto empecé a trabajar y vi que tenía una mínima posibilidad contigo, la dejé. Nunca creí que tú pudieras haberte fijado en un tío como yo.

—¿Por qué no? —balbuceé desconcertada por el giro de la conversación.

—Porque nunca me he sentido lo suficientemente bueno para ti. Yo no era lo que tú necesitabas, no podía seguirte. Lo intenté, pero no pude. Y ya no quiero seguir haciéndolo.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? Has tenido cuatro años para hacerlo.

—Por, por...

Me llevé la mano a la frente y cerré los ojos un instante.

—Por el accidente. No quisiste dejarme por ello —pronuncié con la voz rota.

—Candy —dio un paso para acercarse a mí y alargó una mano, dejándola caer a un costado de su cuerpo sin tocarme—. No deberías haberme preguntado si yo te quiero: deberías habértelo preguntado a ti misma.

—No te entiendo —murmuré.

—Sé que me has tenido cariño, pero nunca me has amado.

—¡Sí lo he hecho! —estallé.

—No podías hacerlo porque siempre has amado a otra persona.

Con esa simple frase, me desarmó. Abrí la boca, la cerré. Me llevé la mano al cuello y noté las rápidas pulsaciones en la carótida. Negué con lentitud, moviendo apenas la cabeza, negándome a reconocer la verdad.

—Creo que debo irme —asumió él, alejándose para coger su maleta.

Reaccioné.

—¿Hay otra? —le pregunté con frialdad.

—No quiero hacerte daño, a ti no —repuso girándose.

—Creo que ya lo has hecho —mascullé—. ¿Desde cuándo?

—Candy...

—¿Desde cuándo hay otra? ¿O crees que soy tan imbécil como para no darme cuenta de que si rompes conmigo es porque hay otra esperando? —rebatí, descubriendo lo que era la secuencia más lógica en aquella situación.

Todas las noches que se ausentaba, lo esquivo de su comportamiento, su misteriosa forma de evadir cualquier pregunta comprometida. Absolutamente todo confluía en que él ya estaba con otra mujer mucho antes de que yo llegara a pensarlo siquiera.

—Candy, déjalo, por favor.

—Es ella, ¿verdad? ¿Has vuelto con la mujer con la que estabas antes de conocerme?

—Sí —contestó con claridad.

Mi mirada se quedó fija, procesando la última afirmación, en una de las figuras de Albert. Era un perro de cerámica, tan bien trabajado que parecía real. Sus ojos te miraban con devoción. Sus ojos me hicieron tanto daño como la palabra de Archie. Cogí la figura y la acaricié.

—Vete —murmuré.

Le di la espalda, sin querer verlo alejándose. Cuando oí la puerta cerrarse, tragué saliva sintiéndome engañada y aliviada a la vez. Un escalofrío me recorrió la espalda y mi mano tembló, lo que provocó que el pequeño perro resbalara de mis manos y quedara hecho añicos en el suelo.

—Mierda —musité agachándome para recoger de forma metódica los pedazos de la figura destrozada.

Los llevé a la basura y me quedé de nuevo mirando los trozos. Me parecía verlo todo desde fuera, como si espiara por un agujero. Subí a mi habitación, me quité despacio el vestido y las medidas y me puse un pijama de franela con cuadros escoceses. Me arrebujé en una bata de felpa y bajé a la cocina. Me preparé un termo de café y me encaminé al estudio de Albert. Encendí la luz sobre la mesa de dibujo y rebusqué en los cajones. Había varios blocs, hojas, cartulinas de diferentes tamaños y toda clase de lapiceros y pinturas. Con el primer sorbo de café sin azúcar, comencé a trabajar. Cuando levanté la vista, las primeras luces del amanecer se filtraban entre las nubes cargadas de agua.

Y sólo entonces pude llorar.

Me sujeté la cabeza con las manos y sollocé, temblando todo mi cuerpo. No lloraba por la pérdida, lloraba por no haberlo previsto. Me sentía estúpida. Lloraba por dos personas que habían luchado por una relación que no tenía futuro. Lloraba porque no había sabido amarlo como él necesitaba. Lloraba porque sabía que él tenía razón. Lloraba porque odiaba que tuviese razón. Y lloraba porque ya no tenía mucho tiempo para arreglar nada. Incluso mi vida. Acariciándome la parte de la cabeza que ocultaba el temido aneurisma, un gemido amargo brotó de mis labios. No había querido verlo, tomarlo demasiado en serio, pero estaba ahí, y eso, sólo eso, era lo que iba a condicionar los meses que me quedaran de vida.

Nunca había pensado en la muerte como tal. Ni siquiera cuando falleció Lucas. No asistí a su entierro porque estaba ingresada en el hospital y no me atreví después a visitar su nicho en el cementerio. Sentía miedo. Miedo y vergüenza. Miedo y arrepentimiento. Miedo y compasión. El miedo es libre y, cuando te atrapa, no puedes escapar de él. Un miedo que creció latente en mi interior a ser la siguiente en caer sobre el asfalto, rodeada de nieve mezclada con sangre y con el líquido oleoso que goteaba del motor, con el silencio de las montañas arropándome. Un silencio que me aterraba. Me apreté con ambas manos abiertas la cabeza, palpando el cráneo bajo el cabello, como si con eso pudiera infundirme un valor del que carecía. Deduje que, si hubiera tenido un espejo frente a mí, mi rostro se habría mostrado demudado, negando un hecho que era cierto. Porque nadie cuando tiene poco más de veinte años piensa que la muerte puede presentarse de improviso. Ese concepto nos es lejano, quizá temido, pero distante, irreal. Me pareció que podía tocar con la yema de los dedos la diminuta vena escondida en mi cerebro, protegida por el hueso que ya no era protección suficiente. Tan leve y delicada como el aliento de un niño. Permanecí así varios minutos, tomando conciencia de mi verdadera situación. Más tarde, recompuse el gesto y, como si no hubiera sucedido nada, me levanté con cansancio y en la cocina preparé otro termo de café.

De nuevo me concentré en crear, en dibujar una colección. Mi trabajo fue mi refugio, al igual que lo fue después del accidente, porque, cuando dibujaba, nada de lo que sucedía a mi alrededor tenía suficiente importancia. Ni siquiera la muerte.

Llegó un momento en que las horas se mezclaron y perdí la noción del tiempo. Dormitaba y me despertaba al poco rato con el sabor amargo de la decepción en la boca del estómago. A veces era de día, a veces la oscuridad lo cubría todo. Me quedaba con la mirada perdida en la calle, apenas transitada de gente, o ya completamente vacía. Comprobaba el teléfono y la desilusión de encontrarlo sin llamadas o mensajes me llegó a desesperar. Ésa es la única razón que encuentro para haber hecho lo más desesperado que podía hacer en ese momento.

—¿Candy?

Contestó al primer tono. Parecía estar esperando la llamada.

Carraspeé e intenté hablar, aunque no logré más que expulsar el aire de la boca con lentitud. Oía su respiración y él oía la mía.

—Candy, ¿estás bien? Candy, mi amor...

Su tono de voz consiguió formar un nuevo nudo en mi garganta.

Era incapaz de pronunciar una palabra.

—¿Quieres que regrese? —preguntó.

—¿Podrías hacerlo? Necesito contarte algo —murmuré después de otra larga pausa.

—Puedo estar allí en dos horas si es necesario —afirmó.

—¿Es que entre tus poderes está también el de volar?

Sentí que sonreía como si pudiese acariciar sus labios curvados.

—Si es por ti, soy capaz de todo.

—Bert, sweetheart... —oí entonces que decía alguien de fondo.

¿Cómo? ¿Quién era esa mujer?

Él tapó el micrófono y lo oí murmurar algo en inglés. Hasta yo había podido adivinar el significado de ese apelativo.

—¿Candy, estás ahí?

Colgué el teléfono. Apreté con fuerza el lápiz entre los dedos y continué dibujando.

El sonido de un automóvil deteniéndose en la acera varias horas después hizo que pegara un pequeño respingo. Levanté la vista del papel y me asomé por la ventana. Era un taxi inglés. Estaba anocheciendo y las farolas no mitigaban la tarde sombría. Mi corazón dio un vuelco cuando vi a Albert apeándose. Esperé varios minutos a que él subiera, e, intrigada por su obstinación, bajé a buscarlo.

Del salón, envuelto en la penumbra, emergía la potente voz de Ella Fitzgerald. Había comenzado a llover con virulencia y gruesas gotas de lluvia azotaban los cristales. Caminé a tientas con cuidado de no tropezarme, hasta que lo vi. Estaba sentado en el sofá, con el tobillo cruzado sobre su rodilla y la cabeza apoyada en el respaldo. Tenía los ojos cerrados. Sin embargo, no parecía relajado, su rostro se veía tenso, y a su alrededor crepitaba la energía que de él emanaba, la cual percibía con claridad, alertándome. Sus dedos golpeaban el vaso de whisky que sostenía al ritmo de la música.

—Albert, ¿estás bien? —pregunté.

Él abrió los ojos con lentitud y le costó varios segundos enfocarme. Nada más hacerlo, frunció el ceño y su gesto se tornó enfadado.

—Perfectamente, ¿por qué me colgaste el teléfono, Candy? ¿Querías restregarme tu fin de semana romántico y te arrepentiste en el último momento?

—Te llamé porque... —me interrumpí porque no quería decirle que le había colgado el teléfono en un impulso celoso y absurdo.

—¿Fue ahí donde lo hicisteis? ¿De pie, apoyándoos en la estantería? —exhortó.

—No fue exactamente así —respondí con brusquedad.

—La figura del perro de Limoges está destrozada en el cubo de la basura. Me imagino que el impulso no os frenó. Dime, Candy, ¿te arrancó el vestido a mordiscos como deseabas? ¿Te arrastró después sobre el sofá para continuar vuestro reencuentro? ¿Al suelo tal vez?

—¿Estás enfadado? —inquirí con incredulidad.

—¿Enfadado? Y ¿por qué habría de estarlo? Mi mujer ha estado follando con otro durante todo el fin de semana en mi propia casa y luego me ha llamado para contármelo. No es motivo suficiente..., ¿o sí? Soy un gilipollas.

—Te estás equivocando, Albert. —Empezaba a enfurecerme yo también.

—No, Candy. ¿No pretendes que seamos amigos? Los amigos hablan de estas cosas. Cuéntame, ¿qué fue después del sofá? ¿Un asalto en la cocina?

—Pero, Albert... —comencé, perdiendo la ira para mostrarle lo equivocado que estaba.

Necesitaba su consuelo, contárselo a alguien, desahogarme con algo que no fuera café y dibujo. Necesitaba su abrazo, aspirar su olor familiar, sentir su corazón golpeando mi mejilla.

—He sido un completo imbécil —estalló él, de nuevo interrumpiéndome—. Creí, ¡joder!, yo simplemente creí que... Y tú, tú sigues siendo la misma niñata consentida, la misma egoísta que sólo piensa en sí misma sin importarle lo que sufran los demás por ella.

Meneé la cabeza con resignación. No quería defenderme, porque él no quería escucharme. A veces únicamente ves lo que quieres ver y nada puede hacerte cambiar de idea. Lo necesitaba más que nunca, necesitaba su fortaleza intrínseca, sus comentarios cargados de ironía y sus respuestas acertadas. Su sonrisa de enfant terrible. Su risa contagiosa y su forma de mirarme haciéndome sentir especial para él. Soportando las lágrimas, conseguí que mi voz sonara firme.

—Después del sofá, el suelo y la cocina, terminamos la jugada en mi habitación. Hubo amor, sexo, estrellas de colores y fuegos artificiales. ¿Era eso lo que querías saber?

Bebió un largo trago de whisky y dejó el vaso con un golpe seco sobre la mesa.

—Lo que quiero saber es si yo también puedo traer a mis amantes a casa.

Enarqué las cejas con sorpresa; no esperaba esa afirmación. Ese fin de semana me habían clavado dos dagas en el corazón, aunque sin duda alguna esta última había sido la más dolorosa.

—¿A tu sweetheart?

—¿Cómo dices?

—¿Crees que no lo he oído? ¿Es a ésa a la que quieres traer?

—Si no te importa...

—No —mascullé—, claro que no me importa. Lo que no logro entender es por qué me dijiste que querías un año de mi vida para darme todo lo que no habías podido darme en el año que te arrebaté. ¿Es así como piensas conseguirlo? —Mi voz se había helado como la Antártida.

—Candy, tú eres la que pone las condiciones del acuerdo. Está claro lo que has decidido; de hecho, no he querido oírlo ni creérmelo hasta este momento, en que tengo las pruebas frente a mí.

—Albert, no tienes ninguna prueba, así que no te atrevas a acusarme de ser egoísta cuando lo único que me estás demostrando ahora es que hace nueve años no me equivoqué contigo —exploté con la rabia que me produjo el dolor de saber lo que él pensaba de mí.

Seguía sin mirarme. Su terquedad era admirable y temible a la vez.

—Sólo dime una cosa: ¿lo amas? —preguntó con voz ronca, voz que tembló al pronunciar las dos últimas palabras.

—¿Tú qué crees? —respondí obligándolo a enfrentar mis ojos, esperando que él descubriera la verdad.

—Ya me has respondido —pronunció, y desvió la mirada.

Sentí que el frío que recordaba de mi niñez en sus ausencias había regresado con la intensidad de una tormenta de invierno. Tirité percibiendo un escalofrío de profunda tristeza y soledad.

—Muy bien, Albert —contesté sin ningún atisbo de maldad—, si es así, sólo me queda desearte que disfrutes. Buenas noches.

Y por el hilo musical, Ella Fitzgerald seguía cantando: «dream a little dream of me».

CONTINUARA