.

.

✿ ••.•´¯'•.•• CAPITULO 11 ••.•´¯'•.•• ✿

✿ Cómo matar al amor ✿

—Lo que estoy viendo no me gusta nada —exclamó Albert a un metro de mí.

Lo miré con hastío, y también con la furia acumulada después de otra noche en vela, ya que mi mente no dejaba de darle vueltas a la ruptura y al inoportuno enfado de Albert con la consiguiente amenaza de que iba a tropezarme en cualquier momento con alguna de sus sweethearts. Durante las horas más oscuras había estado preguntándome con cuántas mujeres habría estado en estos nueve años, si se parecerían a mí o a serían completamente diferentes. Mi tortura había proseguido imaginándomelo enamorado, con ese brillo que una vez percibí en su mirada clara, declarándoles su eterna devoción a imágenes desconocidas pero amenazantes. Así que había decidido, casi al amanecer, que lo mejor que podía hacer era dejar de perder el tiempo y comenzar a trabajar. Me preparé un nuevo termo de café y me encerré en su despacho.

—Lo que estoy viendo no me gusta nada —repitió, esta vez con más suavidad.

Me detuve unos instantes antes de contestar, examinándolo con detenimiento. No tenía aspecto cansado; por lo visto, no le afectaba el beber como a otros, o quizá no hubiera bebido tanto.

Desde luego, no dejaba entrever que hubiese pasado tan mala noche como yo. De hecho, parecía un modelo de ropa interior masculina, en concreto, pantalones de pijama de algodón azul marino y... nada más, como era su costumbre. Si no lo hubiera conocido lo suficiente, habría pensado que estaba exhibiéndose, cuando en realidad llevaba tanto tiempo viviendo solo que ésa debía de ser su indumentaria diaria.

—¿Me acabas de gruñir? —exclamó de nuevo, sobresaltándome.

Reponiéndome con prontitud, me froté los ojos con cansancio.

—Te mordería si tuviera la fuerza suficiente —mascullé.

Él rio, pero no fue una risa de diversión. Su sonrisa no alcanzó sus hermosos ojos azules, que destellaban con intensidad a la tenue luz de la única lámpara encendida sobre la mesa.

—¿Qué ha sucedido, Candy? —inquirió con tranquilidad, cruzándose de brazos y apoyándose en el marco de la ventana.

—Nada. Estoy trabajando. Tengo mucho trabajo atrasado—respondí ignorándolo y bajando la vista hasta fijarla en el último dibujo creado.

—No has dormido, sé que te has levantado antes del alba y no pareces muy feliz. Sé que anoche me comporté como un imbécil, pero no quiero pensar que eso enturbió la felicidad de estar con tu novio. —Pronunció la última palabra con desagrado.

Esta vez, el gruñido sí que se oyó. Y la furia me invadió como si estuviera pasando por la primera fase del duelo, o la segunda, no lo recordaba. Tenía tendencia a olvidarlas y a saltarme las fases, como si mi estado anímico fuera rebelde hasta con algo tan sumamente serio como eso.

—¿Por qué crees que me sucede algo? Ayer parecías bastante seguro de mi supuesta felicidad.

—Estás escuchando Possibility; de hecho, llevas escuchándola un par de horas. He estado observándote un buen rato y ni te has percatado de mi presencia. Sólo miras hacia la ventana y muerdes el lapicero con concentración.

—Possibility es una canción preciosa y muy romántica. Y, además—remarqué—, a veces, antes de dibujar suelo imaginarme mis diseños.

—Lo más romántico que dice esa canción es: «Todo lo que quería se ha ido con tu mirada» —rebatió él.

Suspiré con cansancio. La canción era ciertamente triste, pero también era lo que más necesitaba en ese momento: regodearme en mi propia desgracia. Lo único que lamentaba es que en aquella casa, propiedad de un aficionado a la nouvelle cuisine, no había encontrado más que una miserable galleta de avena con la que consolar mis papilas gustativas hambrientas de chocolate.

—Es lógico que esté un poco melancólica por la partida de Archie—expliqué.

—No te creo, Candy. Aunque tú no lo pienses, te conozco bastante bien y sé que estás ocultando algo. ¿Va todo bien entre vosotros?

Lo observé con fijeza, deseando fulminarlo con la mirada, aunque él no se inmutó. Estaba bastante concentrado en las emociones que mostraba mi rostro.

—¿Ahora quieres saberlo? Ayer no parecías muy interesado en el tema —lo acusé.

—Culpable de todos los cargos. —Hizo una mueca que pretendía ser una sonrisa—. Puede que actuara con demasiada brusquedad, pero yo tampoco he pasado muy buena noche, y digamos que he tenido tiempo para... reflexionar.

—¡Vaya! Pues debes de utilizar una crema para el contorno de ojos milagrosa. ¿Me la prestarás? —mascullé con sarcasmo.

—Tiempo muerto, Candy —expresó acercándose a mí hasta pararse justo debajo del tenue reflejo de un rayo de sol que se filtraba entre las nubes oscuras—. Me doy por aludido —continuó, y yo lo miré intrigada—. Está claro que hoy el mensaje de tu camiseta va dirigido a mí.

Agaché la cabeza ocultando una sonrisa. Puede que no me hubiera puesto la camiseta pensando en él, pero sí que en ese momento creí que la definición de idiota le venía al pelo.

—Entre Archie y yo va todo lo bien que puede ir habiéndome casado con otro y teniendo que permanecer separados un año—repliqué volviendo a un tono formal.

—Entiendo que no se lo tomó muy bien —murmuró él entornando los ojos.

Había conseguido llevarme a su terreno con bastante facilidad. Tenía que espabilarme y centrarme o conseguiría que se lo confesara todo entre lamentos. Apreté el lapicero en la mano con fuerza y deseé que fuera una cerbatana con un dardo envenenado para lanzárselo al cuello.

—Disfrutamos mucho del fin de semana, aunque la despedida, como todas, ha sido triste —expliqué sin explicar nada y mintiendo en cada sílaba.

—¿Por eso me llamaste? ¿Para que te consolara?

—Sí, algo así, aunque, bueno, tú estabas ocupado.

—Candy...

—¿Qué?

—He estado pensando, mucho, a lo largo de estas horas, y no te creo. Sé que te ocurría algo grave, pero te arrepentiste antes de decírmelo. Y yo lo agravé al comportarme como un marido celoso.

—¿Celoso?

—Terriblemente celoso.

—¿No tenías sweethearts suficientes para ayudarte a superar el mal trago? —ironicé.

Él suspiró y miró al techo. Un gesto que hacía a menudo Tom.

—Candy—comenzó de nuevo—, dejemos ese tema por el momento. Lo que quiero saber es por qué me estás mintiendo ahora.

—No miento.

—Sí lo haces. Sabes que consigo leer cada cambio de expresión y cada tono de voz, Emperatriz Infantil.

Lo miré con bastante desconcierto, hasta que una imagen destelló como un rayo en mi cerebro.

—¡Ay! —gemí levantando los pies para posarlos en el butacón y abrazarme las piernas con los brazos—. Nadie me llamaba así desde tiempos inmemoriales.

—¿Lo recuerdas? —inquirió con ternura.

—La verdad, desearía olvidarlo. —Oculté mi rostro entre las rodillas—. No tenía ni un ápice de sentido común —murmuré con voz amortiguada—. Y es posible que siga sin tenerlo...

Él rio y consiguió que yo me avergonzara todavía más.

—Pensé, ¡ay, Dios!, pensé que, si saltaba aquel acantilado, Fujur vendría a mi rescate y podría volar sobre él. Aquel dragón blanco y peludo había robado mi corazón —continué perdida en dolorosos y a la vez felices recuerdos.

—Aunque no vino...

—No. Pero sí lo hiciste tú. —Levanté la cabeza y lo observé con la misma adoración que había mostrado siendo una niña—. Saltaste sin pensarlo un segundo después de que lo hiciera yo. Me salvaste la vida, y a partir de aquel momento siempre consideré que tú eras Atreyu, mi héroe guerrero.

—No fue ninguna heroicidad. En realidad, caíste en una balsa creada entre las rocas, no había peligro.

—No podías saberlo. Nadie podía. Sin embargo, lo hiciste. ¿Por qué?

—Porque lo haría una y mil veces más si fuera necesario —afirmó con solemnidad.

Sentí que se me humedecían los ojos y parpadeé para alejar las lágrimas.

—¿Sabes? Ahora me gustaría ser Bastian y poder vivir en el Reino de la Fantasía olvidándome de todo lo real.

—¿También de mí? —preguntó con calidez.

—Principalmente de ti. —Su rostro se cubrió de una tristeza repentina, y sentí su dolor como propio—. Aunque también de otras cosas —añadí.

—¿Qué es lo que hice mal aquella maldita noche, Candy?—inquirió aclarándose la voz.

Lo miré intentando averiguar qué pretendía haciéndome creer que yo había sido la culpable. Sólo vi un velo que oscurecía sus ojos.

—Descubrí la verdad, Albert —confesé finalmente—. Y entonces dejaste de ser Atreyu.

Bajé las piernas al suelo y acerqué la silla a la mesa. Cogí el lapicero olvidado y me esforcé por trazar al menos un par de líneas, mostrando que daba por terminada la conversación.

Él se quedó en silencio un largo minuto y, después, se volvió para salir del despacho. Cuando estaba en la puerta, lo oí decir de nuevo:

—De todas formas, deberías descansar. Si sigues así mucho tiempo, te bloquearás y no conseguirás nada más que perder el tiempo.

—¡Mierda! —musité cuando lo vi desaparecer en el pasillo, preguntándome si se refería a mi trabajo o a mi vida.

Dejé caer el lapicero y comencé a llorar.

✿ ••.•´¯'•.•• ✿ ••.•´¯'•.•• ✿ ••.•´¯'•.•• ✿

A media mañana, el cansancio me venció y caminé a trompicones hasta la cama, donde caí en un tumultuoso sueño. Desperté un par de horas después y, para despejarme, me di una larga ducha con agua caliente. Me vestí con unos vaqueros negros y un grueso jersey del mismo color. Al ver mi rostro ojeroso y demasiado pálido frente al espejo, procedí a maquillarme cuidadosamente para amortiguar la impresión. Cogí el único abrigo que tenía, uno negro con mangas de cuero, y el bolso. Había decidido salir de mi autoimpuesto enclaustramiento para pasar la tarde con Anny. No tenía sentido seguir dándole vueltas a un problema al que no le veía solución. Además, necesitaba desesperadamente alejarme de aquella casa y de la influencia magnética de Albert.

Bajé a la cocina con la única intención de tomarme otra taza de café porque mi estómago no soportaba nada sólido. En cualquier momento, dado mi consumo de cafeína, mis terminaciones nerviosas iban a confluir en rayos luminosos que brotaran de mis dedos. Me sorprendí al verlo allí, ya que pensé que estaría encerrado en el ático trabajando, lo único que solía hacer en silencio. Sin embargo, estaba sentado en uno de los taburetes altos leyendo el periódico, concentrado en las noticias y bebiendo lo que mi nariz identificó como té. Carraspeó, ajeno a mi presencia, y se llevó una mano a la nuca, donde enredó en un dedo un rizo rebelde. Parpadeé cuando un flash acertó en el centro neurálgico de mi cansado cerebro al darme cuenta de cuántos pequeños gestos que durante años había creído memorizados de forma indeleble había conseguido olvidar. Me mordí el labio con nostalgia y me acerqué, dejando el bolso sobre la encimera. Él levantó la vista sorprendido y me sonrió, lo que contribuyó a iluminar un poco el oscuro día.

—Pareces más descansada —comentó.

—Hummm...

—He hecho lasaña, te vendría bien comer algo.

—Pareces mi madre —contraataqué sin entender por qué parecía haber olvidado el tenso intercambio de palabras de unas horas antes—. ¿No tendrás también una fiambrera llena de drogas por aquí?

—¿Tu madre tiene drogas? —preguntó con incredulidad.

—Te sorprendería saber de lo que es capaz mi madre...

—De algún sitio te tenía que venir...

Lo miré con indignación.

—¿Ahora volvemos a ser amigos? —inquirí torciendo el gesto.

—Que yo sepa, nunca hemos dejado de serlo.

Se encogió de hombros con desidia y tuve unas irrefrenables ganas de asestarle un puñetazo.

—No quiero discutir —asumí, siendo igual de políticamente correcta que él.

—No lo estamos haciendo —aseveró, y vi el asomo de una sonrisa divertida.

¿Cómo demonios conseguía arrastrarme siempre a donde a él le convenía?

—¿Vas a salir? —continuó, dejando The Telegraph doblado a un lado de su taza de té.

—Sí —respondí de forma escueta.

—¿Quieres que te acompañe? —se ofreció.

Arrugué la nariz y lo miré con desconfianza.

—No es necesario.

—Puedes utilizar cualquiera de mis automóviles.

—¿Automóviles? ¿Cuántos chorvimóviles tienes?

—No tengo ni idea de lo que puede ser un chorvimóvil, pero si estás insinuando que utilizo alguno de mis vehículos para conocer mujeres, estás equivocada. Aunque, insisto, puedes utilizar o bien el Aston Martin o bien el Mercedes. —Seguía hablando en tono de broma, pero yo no pude por menos que imaginarme alguna escena tórrida en los asientos de cuero, y de un resoplido la relegué al olvido.

—Eso, restriégale tu opulencia a una pobre de solemnidad.—Conseguí que soltara una carcajada y me obligó a sonreír a mí también. Me puse seria al confesar lo siguiente—: No he cogido un volante desde hace dos años.

—Lo siento —musitó.

—No lo sientas, creo que es lo mejor para todos.

—No para ti.

—Albert, no sigas por ahí, por favor —le pedí frotándome la frente ante una nueva acometida a mi pasado.

—Está bien, entonces seguiré restregándote mi opulencia, como lo llamas tú —dijo, y me entregó un sobre blanco cerrado.

Abrí el misterioso sobre, del que cayeron dos tarjetas de crédito.

—La negra pertenece a una cuenta que abrí a tu nombre para ingresarte el sueldo. Todavía no hay mucho, pero la segunda lo compensa, está a mi cargo y no tiene límite —explicó.

—Vaya, ¿un pequeño incentivo al millón y medio de libras? ¿O vas a ir descontando los gastos ocasionados por mi estancia en Londres?

Me arrepentí de mis palabras en el momento en que vi su gesto enfadado.

—No te estoy comprando, Candy —repuso con acritud.

—Perdona, hoy no soy buena compañera —me disculpé—. De todas formas, ya me has comprado —añadí sin poder evitarlo.

—¿Eso es lo que crees?

Su tono suave contradecía el gesto duro de su rostro.

—Lo que creo es que estás intentando impresionarme con tu dinero, tu enorme casa, tus coches, tus tarjetas de crédito y tu contorno pectoral.

—¿Mi «contorno pectoral»? —Enarcó una ceja con diversión.

—Habrás oído mal —mascullé.

¿Cuánto llevaba casada con él? ¿Dos semanas? A ese paso no iba a llegar ni a un mes. Sentía que toda la fortaleza acumulada en nueve años habría sucumbido ante su hechizo maléfico. Porque no había duda de que era un demonio. Un demonio de lo más atractivo, pero igual de peligroso.

—¿Y mi encanto personal? —preguntó soportando una carcajada.

—De eso no tienes. —Fruncí los labios.

—Menos mal que no soy escrupuloso, no me importa que sólo me quieras por mi cuerpo y mi dinero —contestó dirigiendo la conversación al punto exacto que yo quería evitar a toda costa.

—En eso te equivocas. —Lo miré fijamente, atrayendo su atención—. Al que yo quería era al Albert despistado, torpe, flacucho, y que no tenía nada más que unos vaqueros desgastados y un ordenador de segunda mano.

Me obsequió con una sonrisa que iluminó todavía más la cocina. No sé si él sabía lo que podía ahorrarse en la factura de la luz sólo sonriendo. Entorné los ojos y me mostré completamente seria.

—No le veo la gracia —murmuré.

—Acabas de confesar que me querías.

¡Mierda! De nuevo esa sonrisa lumínica.

—Tú lo has dicho. «Quería», en pasado —repliqué.

—Bueno, sólo tengo que conseguir que recuerdes lo que sentías.

Si ya lo recordaba, ya. A todas horas.

—¿Es que no puedes dejarlo? ¿Cuándo vas poner la palabra «fin»?

—Eso es lo mejor de todo, Candy, que esta vez tengo el poder de decidirlo yo. —Abrí los ojos desmesuradamente y deseé romperle todos los dientes, aunque nos sumiéramos con ello en la oscuridad más tenebrosa—. Pero no seré tan cobarde como tú. Te aseguro que no te dejaré sólo una simple nota.

—Serás...

Los dientes de Albert se salvaron porque sonó el timbre de la puerta. Durante unos instantes nos sostuvimos la mirada, sin ser capaces de separarnos. Él fue más valiente. Se levantó despacio y se dirigió a la entrada.

—Debe de ser Neall —me informó con voz átona. De nuevo había vuelto el Albert con su educacion inglesa y formal.

Me quedé sentada, esperando y apretando los puños, intentando serenarme. No recordaba a ningún Neall, y lo único que quería era escabullirme cuanto antes. Lamentablemente, la puerta trasera no daba a la calle. Oí murmullo de voces hablando y ambos hombres entraron en la cocina. Observé con curiosidad a Neall, reconociéndolo como el padrino de la boda.

—Él es el que tiene el contrato, es mi abogado —me dijo Albert en castellano. Luego se dirigió a él en inglés—. Y lo ha traído —me aclaró.

Neall me sonrió de forma sincera y me obligó a devolverle la sonrisa. Sus ojos marrones relucían de manera un tanto pícara, sin poder ocultar la diversión que le producía saberse el único confidente de nuestro entuerto.

—Hablar español yo también —pronunció con un fuerte acento inglés.

Me mordí el labio para no reír y me imaginé qué dolor de oídos les produciría a ellos oírme hablar a mí en su idioma.

—Eso es estupendo —afirmé.

Se oyó un ladrido y me asomé al otro lado de la mesa. Un setter irlandés movía el rabo en señal de saludo. Me acuclillé para acariciarle la cabeza.

—¿Tienes un perro? —le pregunté a Albert, que me observaba con los brazos cruzados como si se dispusiera a otra discusión por si rechazaba al nuevo ocupante de la casa.

—Sí, Neall me lo cuida cuando estoy de viaje. Tenemos la custodia compartida.

Pareció tranquilizarse cuando se percató de nuestro mutuo entendimiento.

—¡Es adorable! —exclamé entusiasmada, y lo cogí en brazos.

—Me gusta mí —interrumpió Neall.

—Espero que te refieras a Bruno —respondió bruscamente Albert.

—No. Me gusta mí la chica —dijo él guiñándome un ojo.

No pude evitar reír, y Bruno intentó lamerme el cuello.

—Bruno. No —exigió con voz imperativa Albert.

El perro lo ignoró, y yo también.

Lo dejé en el suelo, todavía riéndome.

—Bruno, sit down! Now! [ ¡Bruno, siéntate! ¡Ahora! ] —ordenó Albert.

Y Bruno se acercó a mis piernas y me mostró sus habilidades y su extraordinario apéndice.

—¡Madre mía! —exclamé—, creo que te voy a llamar Bruno Banana.

Neall lanzó una carcajada al aire y el rostro de Albert se tornó más sombrío.

—Ni se te ocurra —me amenazó.

—Creo que le gusto —dije.

—A mí gustar también —intervino Neall.

—Shut up![¡Callate!] —abroncó Albert, pero no supe si se dirigía a Neall o a Bruno—. ¿No tenías que irte? —continuó, mirando con cierto grado de tristeza a su perro.

—¿Me estás echando? ¡Qué desconsiderado! ¿Ves, Bruno? Tu dueño no te merece —apostillé, y aunque no vi los ojos de Albert, supe que estaban brillando de furia.

—Neall, ¿podrías acompañarla? —preguntó mientras intentaba sin remedio que Bruno le hiciese algo de caso.

—Mi placer —contestó el aludido, lo que hizo que Albert emitiera un pequeño gruñido parecido a los de su homólogo perruno.

—Asegúrate de que llega sana y salva donde quiera ir —insistió.

—Yo protejo. —Y ambos hombres se retaron un segundo.

Cogí mi bolso y me quedé mirando el contrato guardado en una carpeta de cartón.

—Puedes cogerlo, si quieres. Ya está formalizado —comentó Albert al verme.

Me lo guardé en el bolso sin decir una sola palabra con intención de que, cuando encontrara a Anny, ella me lo tradujese. Albert frunció los labios, pero se mantuvo en silencio.

Despidiéndome de Bruno, que me siguió hasta la puerta gimoteando, ignoré deliberadamente a Albert, que continuaba mostrando una expresión bastante desconcertada ante el comportamiento de su perro y bastante desconfiada ante el comportamiento de su amigo.

Un BMW serie 5 azul petróleo nos esperaba en la entrada. Dentro del habitáculo todavía se podía percibir el intenso aroma a cuero repujado, propio de los automóviles de reciente adquisición.

—¿Adónde ir? —preguntó Neall arrancando el motor, que ronroneó en respuesta.

—A Oxford Street —dije, y saqué un pequeño plano de Londres por si me fallaba Google Maps en el teléfono—, creo que está cerca del Museo Británico, ¿no?

—Sí, cerca. Pasar Bloomsbury y llegar. ¿Dejar en museo?

—No es necesario, me gustaría pasear un poco.

—Oh, yo permitir tú pasear, entonces —aseguró, y en pocos minutos nos habíamos internado en el intenso tráfico de Londres.

El trayecto fue relativamente corto para tratarse de una urbe tan inmensa, y la conversación amena. Neall intentó no dejarla morir en ningún momento, instándome con sonrisas divertidas a que lo corrigiera cuando pronunciaba una palabra de forma incorrecta, lo que sucedió a menudo. Consiguió que me riera contándome alguna anécdota de mi hermano cuando los había visitado, y yo se lo agradecí. Conducía de forma calmada, y por un momento pensé que la mujer que debía de haber en su vida tenía que ser afortunada. A diferencia de Albert, que mostraba una insultante seguridad en sí mismo propia de los hombres de éxito, Neall resultaba atrayente no sólo por su aspecto, sino también por la intensidad que ponía en agradar. Me recordó la torpeza que caracterizaba a Hugh Grant en alguna de sus películas y sonreí al ver por dónde iban los derroteros de mi mente.

Detuvo el coche de improviso a un lado de la calle, frente a un pub.

—Hemos llegado —dijo algo titubeante.

—¡Perfecto! —aplaudí yo, y él me ofreció otra de sus sonrisas traviesas.

Me quité el cinturón para aproximarme a él y despedirme con dos besos. Él, en cambio, alargó la mano como un educado caballero inglés.

Sólo que su mano aplastó mi pecho derecho y mis labios chocaron con los suyos. No, la coordinación de movimientos no debía de ser una de nuestras habilidades. Ambos nos quedamos inmóviles un segundo eterno, acunados por la voz de James Arthur cantando Impossible a través de los altavoces. Y entonces, sucedió. Su mano se tornó valiente y circundó mi pecho, yo gemí de forma involuntaria y él aprovechó para introducir levemente su lengua entre mis dientes. Nos besamos como dos desconocidos, como dos desconocidos que tenían una razón que desconocíamos. Pero nos besamos. Sí, nos besamos. Mucho. Cuando abrí los ojos, descubrí que los suyos, de un marron claro y profundo, me observaban con cautela, y que su otra mano me sujetaba la nuca y se había enredado en mi pelo como si no quisiera dejarme escapar.

Me aparté, de súbito ruborizada, y él me detuvo por la muñeca antes de que pudiera poner un pie en el suelo.

—Esto no corregir —determinó.

Lo medité lo que duró un suspiro.

—No, no corregir —contesté.

—Y ¿repetir? —insinuó con voz suave.

Me solté de su mano y no pude contestar. Antes de echar a andar, sin saber ni en qué dirección debía hacerlo, observé cómo se incorporaba al tráfico. Esta vez, su forma de conducir era bastante más brusca y rápida de lo que lo había sido con anterioridad. Miré al cielo encapotado esperando que él tuviera todas las respuestas y, después, me centré en saber en qué punto exacto de Londres me encontraba.

No llevaba más de diez minutos andando cuando dejé atrás Oxford Street y me interné en el barrio de Bloomsbury. Los edificios altos y los comercios dieron paso a un escenario diferente, más tranquilo, reposado, acogedor. Vagabundeé con la mirada perdida y el pensamiento confundido, hasta que, al doblar una esquina, pude ver el inmenso edificio del Museo Británico. Eran las tres de la tarde, así que tenía tiempo de realizar una breve visita y esperar a Anny a la salida. No obstante, para asegurarme, una vez que traspasé las verjas de hierro y estuve en la escalinata de piedra que daba acceso al interior, la llamé por si tenía planes para aquella tarde.

—¿Hola? —pregunté algo indecisa—. ¿Te pillo bien?

—Estoy trabajando —fue su breve respuesta.

—Y yo estoy en tu lugar de trabajo. ¿Dónde quieres que te espere?—inquirí con la sensación de que estaba comportándose de forma algo extraña.

—¡¿Estás en el museo?!

Me aparté el teléfono del oído del ímpetu.

—Sí, ¿dónde iba a estar, si no?

—Sal de ahí.

—¿Cómo?

—Dirígete a la estación de metro de Holborn, coge la línea Piccadilly, la azul oscuro, y bájate en Covent Garden. Una vez allí, ve hacia el mercado. Ni tú te perderás. Cuando salgas, lo verás a la derecha. Yo estaré esperándote en uno de los puestos exteriores a la izquierda del edificio.

—Pero ¿qué...?

No hubo contestación. Ya había colgado.

Todavía aturdida por su comportamiento inusual, por el beso de Neall, por mi situación en el centro de Londres completamente perdida, giré sobre mis talones de forma mecánica y enfilé la salida. Desanduve lo caminado con anterioridad y llegué a Oxford Street. Me equivoqué de dirección y con mi inglés de boy scout abordé a un joven con la intención de que me indicara adónde dirigirme. Era español, ¡cómo no!, si la mitad de los españoles ya vivían en Londres... Y hasta me acompañó a la boca del metro. Agradecida, me interné en el espacio reducido y atestado de viajeros en hora punta y compré la Oyster Card. Llegué a la escalera mecánica y, con rapidez, me situé entre la maraña de gente que sí sabía adónde ir.

Iba mirando de forma distraída los carteles promocionales del West End cuando me quedé sin sangre en las venas. Sujeté con tanta fuerza la barandilla de plástico negro que tropecé con el viajero que iba un escalón por debajo de mí. Me disculpé balbuciendo y me volví para bajar de espaldas, sin dejar de observar la fotografía que tanto me había impresionado.

Trastabillé cuando mis pies tocaron el suelo y busqué algo desesperada la traducción en Google, un mal recurso, pero imprescindible para comprender ciertas palabras. En concreto: «Desnuda al hombre». Musité varios «sorry» y acabé apartándome de la marabunta, quedándome frente al guitarrista con pinta de irlandés que se había tomado más de una cerveza, unos cuantos whiskies y varios pacharanes, y que amenizaba la entrada a los túneles con una voz cascada y rota. Él me sonrió, pensando quizá que me había quedado embelesada por su música. En realidad, estaba impactada, pero no precisamente por él. Giré de nuevo sobre mí misma y enfilé la escalera para subir otra vez. Busqué entre los carteles y lo encontré. No pude mantenerme en silencio. Un sonoro «¡La madre que lo parió!» brotó de mis labios. Y un no menos sonoro «¡Y el padre que lo hizo!» me acompañó en castellano, junto con un coro de carcajadas femeninas a mi espalda.

Tuve claras dos cosas: una, en Londres, la primera lengua era el castellano, así que debías tener cuidado con lo que decías en voz alta, y, dos, Google no se había equivocado al fin y al cabo.

Bajé de nuevo la escalera mecánica, ya con la mirada algo desconcertada del guitarrista irlandés, que dejó de tocar para observar mi extraño comportamiento. Albert Ardley LongCock había tenido la culpa, como la tenía de todo, podría añadir.

Acababa de comprobar que era Will Dley y su imagen, promocionando..., ¿qué narices puede promocionar un hombre cubierto sólo por una toalla minúscula recostado en una cama?

Nadie tuvo que darme la respuesta: que se exaltaran todas las hormonas sexuales femeninas, los estrógenos, la progesterona, y que llegáramos al placentero estado producido por la serotonina. Aquella fotografía, sencilla en apariencia, directa en lo visual y profundamente sensual, era inolvidable, o, más bien, recordable en largas noches solitarias.

Hice el mismo recorrido cuatro veces, tenía que asegurarme de que era él. Lo era. Su pelo rubio corto, su mirada celeste seductora, su pose de indiferencia estudiada, su pecho musculado, la perfección de su mandíbula cuadrada y ese hoyuelo en el centro de la barbilla. Era él, y no estaba anunciando ropa deportiva. Al menos, no una que se viera. Era él y yo me sentía estúpida. Era él, pero no lo parecía. La seguridad que emanaba de aquella imagen era hipnótica, su mirada, dirigida a todos y a nadie en particular, abrumaba. Era él, y a mí también me encendió la progesterona, los estrógenos y la serotonina..., bueno, ésa no, porque deseé con todas mis fuerzas tenerlo delante en ese momento para decirle... En fin, no sabía lo que iba a decirle, lo que sí sabía es que iba a ser alto y claro, para que lo entendiese correctamente.

Y así, enfadada, porque tuve una perturbadora sensación de posesión hacia Albert, excitada, sin saber muy bien por qué —aunque lo supiera— y engañada, pese a ser conocedora de sus fotografías promocionales, me subí al vagón. Y no me olvidé de dejarle un billete de cincuenta libras al músico por las molestias; de todas formas, era el dinero de Albert...

Sin darme tiempo a buscar un asiento libre, lo que se convirtió en empresa imposible, ya que apenas pude sujetarme a una barra, llegué a mi parada. Cuando salí a la calle, caía una fina llovizna y había anochecido. Me puse la capucha y caminé decidida a tener una seria conversación con Anny, si la encontraba.

Me detuve un instante junto a la tienda Apple, donde varias personas se habían arremolinado en la entrada manipulando sus móviles atraídos por la señal wifi gratuita y admiré el majestuoso edificio del siglo XIX, compuesto por tres pabellones, de Covent Garden. Su arte bohemio y acogedor resultaba atrayente tanto para turistas como para londinenses. Comenzó a llover con más intensidad, y subí la escalera para internarme en el mercado. Me recibió la bella voz de una soprano cantando un aria de Verdi en el piso de abajo, y leí con una sonrisa el letrero escrito en varios idiomas situado junto a la joven rubia que amenizaba al grupo que escuchaba atento en una cafetería: «Por favor, no arrojen monedas desde el piso superior». Tras unos instantes deleitándome con aquella voz, me dirigí a la izquierda, donde había varios puestos de artesanía.

Vagabundeé entre ellos sin saber dónde me esperaba Anny. Me acerqué a uno que vendía fotografías y compré una de Piccadilly Circus al anochecer, iluminada por la caída del sol entre las fulgurantes luces brillantes. Después, continué con el puesto situado justo al lado, un puesto que me llamó la atención por la belleza de los artículos expuestos, desde camafeos hasta pulseras laboriosamente trabajadas. Cogí unos pendientes de esmalte con el diseño de una amapola, con intención de comprarlos. La mujer que atendía estaba de espaldas a mí. Su voz dulce y atenta explicaba en un inglés perfecto a una pareja el funcionamiento del cierre de un collar. Bajé la vista de nuevo a las amapolas para comprobar su precio. La voz de la mujer, esta vez hablando en castellano, me sorprendió.

—Me inspiré en ti para crearlas.

Levanté el rostro para quedarme con la boca abierta.

—Pero ¿qué haces ahí metida? —pregunté a Anny.

—Trabajar —contestó ella con una media sonrisa.

—¿No trabajabas en el museo?

—Es una larga historia. —Suspiró y comenzó a envolver en paños de terciopelo negro la mercancía.

—¿Esto lo haces tú? —inquirí de nuevo.

—Sí, son trabajos míos.

—No entiendo nada —repliqué, porque en ese instante de mi mente había volado que tenía que comentarle muchas cosas.

—Te lo explicaré cenando. Aquí al lado hay un italiano pequeño y acogedor. Sirven la mejor carbonara que he probado en mi vida.

—Anny, ¿qué ha pasado?

—No seas pesada, lo hablaremos frente a dos sidras.

Iba a replicar, pero me interrumpió de nuevo.

—Por cierto, te los regalo —dijo dirigiendo la mirada a los pendientes que seguían en mi mano—, nunca he conocido a nadie a quien le gusten más las amapolas que a ti. Aunque reconozco que se venden muy bien debido al Día del Recuerdo por los caídos en la Gran Guerra.

—¿Ah, sí? No lo sabía. Gracias.

—No sabes tantas cosas —dijo con ternura, en plan hermana mayor, y por fin sonrió.

Esperé a que cerrara el puesto a unos metros, preguntándome quién sería esa nueva persona que acababa de conocer, y que creía conocer desde que nacimos, y a qué se había referido con la última frase. Observé mientras tanto que ya habían empezado a decorar el mercado con los primeros adornos de Navidad; un reno enorme hacía las delicias de los niños que acudían al Disney Store situado en la plaza.

Anny terminó de recoger y entrelazó su brazo con el mío para guiarme. Caminamos durante varios minutos hasta llegar a una puerta minúscula de madera algo desconchada en la que se leía: «Bella Italia». Anny saludó al camarero, que debía de conocer bastante bien, y él nos ofreció un pequeño reservado en el piso superior. Pedimos, nos sirvieron la sidra y ella seguía sin hablar. Bebió un largo trago, se apoyó con los codos en la mesa, entrelazó las manos, que sujetaron su barbilla, y me miró de forma inquisitiva.

Tenía tantas preguntas que hacerle que no supe por cuál empezar, así que lo hice por el principio.

—¿Qué ha sucedido con tu trabajo en el Museo Británico?

—Nunca hubo ningún trabajo en el museo.

—¡Pero si te dieron una beca impresionante! Desde entonces, la familia te llama la becada.

—Bah —hizo un gesto de disgusto con una mano—, haces que suene como si fuera una rancia sociedad gastronómica de gran abolengo.

—Es que ha sido motivo de orgullo para todos —me defendí, aunque en realidad estaba defendiéndola a ella—. Y entonces ¿por qué te fuiste de Madrid?

El camarero nos interrumpió dejando los platos sobre la mesa con una cuidadosa reverencia a la que ambas respondimos sonriendo. Entonces lo comprendí, y la sidra se revolvió en mi estómago.

—Te fuiste porque maté a Lucas. Por eso no quisiste contármelo cuando te lo pregunté la última vez.

—¡Por Dios, no! Deja de pensar tonterías.

—Te fuiste justo después del accidente.

—Me fui porque tenía que irme, lo del museo fue la excusa perfecta. Todo el mundo se lo creyó y, por cierto —me amenazó con el tenedor en alto—, deberán seguir creyéndoselo.

—Yo no voy a decir nada, y lo sabes —exclamé ofendida de que dudara de mi discreción—. Además, sería un golpe bastante fuerte para tus padres.

—Lo sé. Pero ellos fueron los que más se tragaron la historia, precisamente porque era lo que querían creerse de mí. Su hija cum laude, una beca en Londres..., fue bastante sencillo de crear.

—No lo entiendo, ¿puedes explicarte mejor? No me has dicho qué razones te trajeron aquí.

—No quiero explicarme mejor. Me gusta trabajar con las manos, ver la alegría de la gente que compra mis obras. Así, aquí soy feliz.

Recordé cómo ni siquiera la había reconocido cuando hablaba con aquella pareja y lo que había cambiado su forma de vestir, atestiguando que anteriormente se sentía encorsetada.

—Podías haber hecho lo mismo en Madrid —reiteré, y ella, con terquedad, obvió mi insistencia.

Cambié de táctica:

—¿Lo sabe Almu?

—Sí, ha venido varias veces a visitarme, pero no debe saberlo nadie más. Y tiene que seguir así, ¿de acuerdo? No quiero que se presenten en Londres para hacerme una intervención de urgencia como si su perfecta hija hubiera sido abducida por alguna secta maléfica.

—No seas exagerada. Te quieren.

—No soy exagerada, y lo sabes. A ti te pasaría lo mismo si supieran por qué estás en realidad aquí.

—Tienes razón, es mejor que ellos no sepan nada —afirmé mordiéndome el labio.

—A veces es más conveniente mentir para que te crean.

Su tono serio y a la vez inmensamente triste me hizo mirarla con detenimiento. Sabía que sus ojos azules ocultaban algo, aunque si ella no quería confesar, poco podía hacer yo para sonsacárselo. Cogí mi vaso y lo choqué con el suyo, ofreciéndole mi apoyo.

—Brindemos por ello —musité, y ella borró de su rostro el velo que lo había cubierto segundos antes.

—Bueno, y ahora, ¿me vas a contar qué te pasa a ti?

Suspiré hondo y llamé al camarero para pedirle otras dos nuevas botellas de sidra. La tarde se presumía larga.

—Archie me ha dejado —solté de improviso, aunque ella ni se inmutó.

—¿Y bien?

—¿Y bien, qué? Agradecería un poquito de compasión, por favor.

—Si no llega a dejarte él, lo habrías hecho tú no tardando mucho.

—¿Cómo?

—Candy, que a mí no puedes engañarme. Ni a él tampoco. Tú no lo querías. Lo que te escuece es tu orgullo. Creo que nunca has estado enamorada. Desde que te empeñaste en salir con aquel profesor de taichí que te sacaba diez años en la universidad... Por cierto —hizo una pausa dramática—, nunca supiste hacer la postura de la garza, parecías una cigüeña coja, todo fue de mal en peor. Después llegó aquel roquero que siempre estaba colgado y te arrastraba a todos los conciertos de heavy metal que se celebraban en cada uno de los antros de Madrid. Posteriormente lo intentaste con el cerebrín compañero de clase, que era más soso que la comida dietética. Y al final llegó Archie, lo único normal en tu currículum amoroso.

En su discurso, me dio tiempo a beberme casi toda la botella de sidra. Cuando dejé el vaso sobre la mesa lo hice con un golpe brusco, demostrando mi enfado.

—¿Qué es lo que quieres decir?

—Que nunca has sabido lo que querías. Te limitabas a probar un estilo y después otro a ver si lograbas encajar en alguno. Ninguno encajó, y lo sabes. Buscabas a cualquiera que no se pareciera a cierta persona de la que ahora llevas su apellido. Si hubieras amado a Archie, no te habrías casado con Albert.

—Él me ha dicho lo mismo, aunque sin ser tan hiriente—remarqué—. Dice que siempre supo que estaba enamorada de otra persona.

—Y tiene más razón que un santo, el pobre —apostilló, y al ver mi rostro, su voz se tornó suave y me cogió la mano con dulzura—. Candy, lo sabes, en tu interior, lo sabes. Sabes que Archie era el hombre que habías elegido para toda la vida porque te resignaste a perder a Albert. No lo amabas, lo estabas utilizando, y él se dio cuenta de ello.

—Te lo ha contado, ¿verdad?

—Ha cambiado su estado en Facebook.

—¿Archie tiene Facebook? —balbuceé abriendo unos ojos como platos.

—Sí. ¿No lo sabías?

No, no lo sabía. Apenas tenía tiempo de meterme en el mío, y solía olvidarme de actualizarlo. ¿Cómo era posible que no lo supiera? ¿Algo tan obvio?

—Y ¿qué ha hecho? ¿Pasar de «ocupado» a «libre como el sol cuando amanece»? —mascullé.

—Más o menos...

—¡Oh, Dios!

Me sujeté la cabeza con una mano preguntándome si conocía a alguno de los que me rodeaban.

—Todavía no lo ha tuiteado.

—¿También tiene Twitter?

—¿Tú no?

La miré totalmente descompuesta. ¿Sabía algo de la vida privada de mi expareja?

—Tiene más de veinte mil followers, es un hacha dando caña a los políticos.

—¡¿Cómo?! ¿Hablamos del mismo Archie? ¿El Archie tranquilo, sencillo, callado, circunspecto, serio, formal y cuadriculado?

—El mismo.

Abrí los ojos y la boca a la vez, sintiéndome ridícula.

—Pero, tranquila, que en Facebook lo ha publicado como información privada, sólo la hemos visto sus amigos.

—Ya, y entre ellos, ¿hay alguien más de la familia? —mencioné, recuperándome poco a poco del golpe.

Anny pareció rumiar la respuesta con demasiada concentración.

—Lo comprobaré esta noche —acabó diciendo.

La escruté sintiéndome molesta por algo que no llegaba a comprender del todo.

—Y, si ya lo sabías, ¿no has pensado que te necesitaría este fin de semana? Al menos, oír tu voz por teléfono o un triste GIF.

Creí que iba a echarme a llorar y no quería demostrar debilidad.

—Pensé que lo mejor era dejarte espacio para que reflexionaras. Pero puedo ver que no lo has hecho. Si se te mete una idea en la cabeza, no hay forma de hacerte ver que estás equivocada.

—Anny, déjalo, que no eres psicóloga.

—No hace falta serlo para comprenderte. Eres de manual, Candy. Si no hubiera sucedido el accidente, al cabo de unas semanas o meses te habrías dado cuenta de que entre Archie y tú no había lo que tenía que haber.

—Y ¿qué se supone que tenía que haber?

—Amor, Candy, amor. Tan sencillo y tan complicado como eso.

Pese a que no quería mostrarme vulnerable, los ojos se me llenaron de lágrimas. En dos días llevaba varios altercados que no le estaban haciendo nada bueno a mi tensión arterial. Ella guardó silencio y esperó paciente a que me serenara. Cuando fui a sacar la cartera del bolso, recordé el sobre con el contrato y se lo entregué.

—¿Me lo puedes traducir? Me gustaría saber si hay alguna forma de disolverlo —pedí, todavía con la tristeza nublándome el rostro.

—¿Quieres disolverlo? ¿Ya te has cansado también de esto?—espetó con enfado.

—Hazlo, por favor. Luego ya veré qué puedo hacer yo —dije comenzando a enfadarme también.

—Albert es un buen tío —insistió ella.

—También es un buen tío que está adornando todos los pasillos del metro desnudo, ¿lo sabías?

—Sí, lo investigué concienzudamente durante vuestro romántico viaje de novios. Déjame decirte que disfruté mucho en esa labor y que ahora mismo te envidio.

Hice una mueca y resoplé, suplicando paciencia.

—La investigación fue con fines científicos, tenía que saber con quién te casabas. —La frase solemne quedó deslucida por su sonrisa triunfadora.

—Y ¿por qué no me lo dijiste?

—Porque iba a resultar mucho más divertido que lo descubrieras por ti misma. ¿No lo ha sido?

—No, puedo asegurarte que divertido no ha sido. Nunca me lo llegué a creer. Pensé que era una broma —respondí con acritud.

—Candy —murmuró mirándome con fijeza—, sólo puedo decirte que lo más divertido está todavía por llegar.

—¿Hay más? —pregunté exudando sarcasmo—. ¿No te parece suficiente con la vida de mentira que vivimos las dos?

—En eso te equivocas, Candy, como siempre. No hay nada más verdadero que nuestras vidas.

Lo medité un momento y supe que estaba equivocada, una vida repleta de mentiras nunca sería una vida completa. Así que decidí contarle lo que me había sucedido con Neall.

—Anny, hoy he metido la pata de nuevo.

—¡Joder! No habrás denunciado a Albert porque seguías pensando que estaba metido en algo ilegal, ¿no?

—No, peor. Me he besado con Neall.

—¿Su abogado? ¿El padrino de la boda? ¿«Me he besado»? Y ¿eso qué quiere decir? ¿Lo has besado tú o te ha besado él? Porque ninguna de las opciones me convence —barbotó como una ametralladora.

—Es que no sé ni qué ha pasado. Nos estábamos despidiendo y... surgió.

—¿Albert lo sabe?

—No.

—Es preferible que no se lo digas, creo que no se lo tomaría muy bien.

—Y ¿eso por qué? Todavía piensa que sigo saliendo con Archie y, de hecho, él me ha informado de que piensa traer a sus amantes, sí, lo dijo en plural, a casa —mascullé con ironía.

—Porque debiste de hacerle daño, simplemente por eso, Candy. Créeme.

—¿Más del que él me hizo a mí?

—Más del que tú crees que te hizo.

—Explícate.

—Candy, nadie sabe qué te hizo para que lo odiaras así, él es el único que tiene la respuesta.

—Pues es curioso que lo menciones, porque él piensa que soy yo quien la tiene.

—Empiezo a pensar que los dos sois idiotas de remate.

—Ni se te...

—Bueno, tú más que él, porque ahora me dirás que te has enamorado de un tipo al que acabas de conocer y que además es el mejor amigo de tu marido —me interrumpió con rapidez.

—¡No me he enamorado! —estallé—. Es... es..., no sé lo que es. Llevo tres días sin dormir, discutiendo con Albert, reconciliándonos, me lleva a su terreno, me muestra recuerdos que creí olvidados, su ternura, y después su enfado. ¡Me está volviendo loca!

—Y luego dices que no eres de manual...

—¿Se puede saber qué tengo para que todos se alejen de mí?—pregunté haciendo un mohín.

—Que todos acaban averiguando que estás enamorada de otro.

—No es cierto. No estoy enamorada de Albert. Ahora, menos que nunca —me reafirmé a mí misma, como si con ello pudiera creerme.

—Curioso —se rascó la barbilla con gesto pensativo—, yo no he dicho en ningún momento que sea él...

—¿Pedimos la cuenta? —balbuceé esquivando su sonrisa de satisfacción.

Salimos del restaurante en silencio y nos encaminamos a la estación de metro, cada una perdida en sus propios pensamientos. Me explicó los cambios que tenía que hacer para llegar a Fulham y nos despedimos con un beso en la mejilla bastante tirante. Pese a sus recomendaciones, descubrí que el metro de Londres era como jugar una partida de parchís, te equivocas de color y cuentas veinte más. Veinte estaciones más que tuve que pasar hasta que llegué con un gran enfado, dirigido principalmente a mí misma, a la amplia y lujosa estación de Fulham Broadway. Anduve durante unos quince minutos hasta llegar a casa de Albert, lo que me dio tiempo a pensar con frialdad y atemperar mi malestar. Me pareció entrever la silueta de un cuerpo que cruzaba el salón de la planta baja tras las cortinas y, una vez abrí la puerta, me preparé para un nuevo asalto.

Bruno me recibió correteando entre mis piernas.

—¡Albert! —lo llamé—. ¿Dónde estás? Tengo algo que contarte que...

Me detuve mordiéndome la lengua. Anny había especificado que no se lo contara a nadie de la familia, pero sí podía hacerlo con Albert, ya que no era exactamente familia y, de paso, reconducir la conversación a la fotografía de su cuerpo semidesnudo que todavía permanecía grabada en mi mente como un sello indeleble.

—¡Albert! —insistí.

Pero nadie contestó. Observé en derredor con cautela. La puerta del salón estaba cerrada, algo extraño, y pude oír una especie de gemido entrecortado. El corazón retumbó en mi pecho y se formó un nudo en mi garganta. Cuando percibía algo fuera de lugar desde el accidente, siempre tenía tendencia a imaginarme lo peor.

Y en ese momento, el terror me consumió llevándose cualquier pensamiento lógico que todavía tuviese. Un golpe contra una esquina, él desangrándose en el suelo, un ataque al corazón, un robo con un disparo en el pecho... Busqué con rapidez algo con lo que poder defenderlo y defenderme, y mi mirada reparó en un paraguas negro, grande y bastante resistente. Lo aferré con ambas manos, abrí la puerta de un empujón y entré gritando y enarbolando la atípica arma sobre mi cabeza.

—¡Tranquilo, Albert, ya estoy aquí! —bramé como si fuera un Seal en misión secreta—. Hazme una señal, lo que sea, te encontraré.—Enronquecí mi voz a propósito, sin lograr apreciar más que sombras amenazantes—. ¿Dónde estás? —susurré tropezándome con algo tirado en el suelo.

Alguien encendió una pequeña luz y parpadeé intentando localizar su cuerpo.

—Aquí —respondió el aludido, soltando un pezón rosado y puntiagudo de sus labios a la vez que se oía un gemido de placer de su dueña.

Me quedé de pie, como una estatua de piedra y el paraguas en alto, observando la escena que se desarrollaba sobre el sofá. La mujer delgada, de pelo rojo y largo, me ofreció una sonrisa sesgada en su bello rostro aniñado. Estaba situada debajo del inmenso cuerpo de Albert. Ambos conservaban todavía la ropa interior, al menos, la inferior.

—Per... perdón —conseguí decir con un hilo de voz.

Apreté con tanta fuerza el mango del paraguas que activé el mecanismo de apertura automática y éste se abrió con un ¡plof! Pude oír la risa de la joven peliroja y una especie de maldición por parte de Albert. Pero, por fortuna, el paraguas me impedía su visión y ocultaba mi rostro abochornado.

Trastabillé unos pasos atrás y acabé saliendo a la carrera del salón, con el paraguas abierto tras de mí como si quisiera salir volando también.

Albert me atrapó cuando subía la escalera. Me sujetó con fuerza la muñeca y me obligó a volverme para encararlo. Casi le saco un ojo con una de las varillas del paraguas. Agradecí que siguiera teniendo unos reflejos envidiables. Intenté cerrarlo sin conseguirlo. Él me lo arrebató y, sin apenas esfuerzo, lo plegó y lo arrojó al suelo.

—¡Eres un idiota! ¡Me has asustado!

Le golpeé con ambos puños el pecho.

—¿Sólo eso? —inquirió evaluándome con sus ojos azules entornados.

Lo miré directamente al rostro, que, estando él situado un escalón por debajo de mí, quedaba casi a la misma altura que el mío.

—Sólo eso —mascullé.

—Me pareció entender ayer que no te molestaría en absoluto que trajera alguna amiga a casa.

—Yo a esa mujer no la definiría como amiga.

Soltó una brusca carcajada.

—No, en realidad no lo es.

—¿Es... tu novia? —inquirí ávida de saber algo que presumía me iba a hacer mucho daño.

—No.

—Entonces ¿qué demonios haces con ella? —espeté como si fuera su madre y lo hubiera pillado en el garaje familiar montándoselo con la vecina peliroja.

—Tenía intención de follármela, hasta que has llegado tú.

—Oh, ¡vaya! No quiero interrumpir —dije con la dignidad que me quedaba y, haciendo un giro dramático, enfilé la escalera.

De nuevo me sujetó hasta volverme hacia él.

—Nunca escuchas las frases completas: hasta que has llegado tú.

—Y ¿qué pinto yo en todo esto?

Albert se acercó hasta que nuestros labios estuvieron sólo a un suspiro.

—Durante un breve espacio de tiempo en mi vida pensé que tú y yo...

Lo detuve poniendo una mano abierta sobre su pecho, mano que ardió al contacto con su piel.

—Brevísimo —susurré.

—Un hombre jamás olvida el olor de la mujer que ama. Tú olías a sol, a salitre, a flores frescas, a libertad. Recuerdo cada aroma y el tacto de tu piel. Cada curva, cada valle, cada recoveco. Jamás olvidé aquel momento. El momento en el que creí alcanzar el cielo...

—¡Basta! —Mis manos cubrieron mi rostro e intentaron borrar aquellos recuerdos compartidos.

Él me cogió las muñecas y, con extremada suavidad, me separó ambas manos. Nuestros ojos chocaron de nuevo, reconociéndose por primera vez en nueve años.

—Candy..., quiero recuperar lo que fue mío —murmuró.

Y, después, sentí sus labios acariciando los míos. Sentí su cuerpo aproximándose al mío. Sentí sus manos rodeándome la cintura y atrayéndome más a él. Mi boca lo aceptó, rindiéndose a un pasado roto, y su lengua se entrelazó con la mía con desesperación. Apenas podía respirar, pensar..., pero el hechizo se rompió cuando oí la voz de la mujer llamándolo desde el salón.

Me separé y lo que vi en su rostro descompuso el mío. El velo de su indiferencia habitual había caído, dejando ver el asomo de una tristeza, de un anhelo, de miedo incluso. Se estaba mostrando desnudo frente a mí. Me llevé un dedo a mis labios hinchados y cerré los ojos.

Con él nunca fue un beso. Con él, un beso siempre fue mucho más. Algo que no quería recordar porque era demasiado doloroso.

—¿Cómo te has atrevido a besarme cuando hace un momento la estabas besando a ella? —esgrimí con ira contenida, abriendo los ojos.

—¿Es eso lo que te molesta, Candy? ¿Que la estuviera besando a ella o que te haya besado a ti?

—Las dos cosas.

—Si tú me dices que no quieres que esté aquí, se irá. Depende de ti y sólo de ti.

No lo pensé ni un segundo. Cuando la furia, el dolor y la ira te invaden, no eres capaz de pensar con frialdad. Únicamente de actuar, y no siempre de la forma correcta.

—Espero que disfrutes tanto como yo lo hice con Archie. Aunque me gustaría hacer una apreciación. —Vacilé un instante sin mirarlo—. Estoy agotada, ¿podríais al menos ser discretos? Buenas noches.

—Las paredes de esta casa están insonorizadas. Te aseguro, Candy, que, si eso es lo único que te preocupa, podrás dormir a pierna suelta. Yo no seré una molestia, ni ahora ni nunca.

Ya estaba dicho, y con un tono que no admitía réplica ni el inicio de una nueva discusión. Me giré sobre los talones y subí la escalera. Oí su hondo suspiro, aunque, esta vez, no intentó detenerme.

Cuando llegué a mi habitación, me puse el pijama con gesto cansado y me senté en el borde de la cama sujetándome la frente con la mano mientras sentía que mi cabeza era demasiado pesada para que la columna la mantuviera erguida. Oí sus risas amortiguadas a través de la puerta y cómo entraban en la habitación de al lado. Me apoyé en el cabecero y comencé a leer.

No pude pasar de las tres primeras líneas de la página de aquel libro. Cogí la tableta y recorrí con el dedo alguno de los últimos diseños. La apagué y la tiré sobre la cama. Me levanté y empecé a caminar sin rumbo fijo. De la ventana a la cómoda, giraba y otra vez lo mismo.

Estaba siendo testigo de una película porno codificada a través de los ladrillos que se presuponían insonorizados y no lo estaban para el nivel de gritos que ella profería. Lo imaginé todo. Lo sentí todo. Supe en qué momento él la arrojó sobre la cama y se tendió sobre ella cubriéndola con su cálido cuerpo. Supe cuándo comenzó a besar su piel con deseo. Supe cuándo se deshicieron de la ropa que les quedaba entre risas contenidas y supe cuándo el acto amoroso se convirtió definitivamente en sexual. Me toqué las mejillas, cubiertas de un sospechoso tono rojizo. Acaricié mis labios todavía hinchados por la intensidad de su beso. Saboreé por última vez su esencia en mi boca. Y oí un nuevo grito de placer.

En uno de mis giros, me enfrenté a mi propia imagen en el espejo sobre la cómoda.

—Tú —la increpé señalándola con el dedo—. ¡No me mires así!

—Es de mala educación señalar —me contestó ella, sacándole brillo a una uña y frotándola con desidia en el jersey del pijama.

—¡Encima dame una lección de buenos modales! ¡Lo que me faltaba! —exclamé.

—No, lo que te falta es valor. Entra ahí y encáralos. Dile lo que de verdad estás pensando y deja de ser una mojigata.

—¿Que yo soy qué? —Me mostré mortalmente ofendida—. Te pareces a mi madre. —Sabía que eso le iba a doler.

Mi propia imagen abrió los ojos de forma desorbitada.

—No soy tu madre. Soy algo mucho peor: tú.

—Me da exactamente igual lo que esté haciendo, es su vida. Me da igual que esté practicando todos los besos en idiomas desconocidos y por conocer, que haya hecho el salto del tigre desde la lámpara del techo, que...

—Vale, vale..., que ya me hago una idea. —Mi otro yo resopló con disgusto.

—Jode, ¿eh?

—No sabes cuánto. —La imagen suspiró.

—Todos son iguales. Cortados por el mismo patrón. No pueden mantener su soldadito a cubierto. Debería existir un método para asesinarlo.

—¿Ahora quieres matarlo?

Pareció asustada.

—Al amor. Debería matar al amor. Debería haber una droga que hiciera que, tomándola, borrara todos los recuerdos. No entiendo por qué las farmacéuticas no invierten más en ese campo. Imagínate el mercado de mujeres despechadas que tendrían como clientas...

—¿Nadie te ha dicho que estás loca de atar?

—Con toda probabilidad, muchos lo piensan, aunque no han llegado a pronunciarlo en voz alta.

—Deberían encerrarte. ¿No te ves? Estás deseando interrumpir la fiesta sexual que está sucediendo a un paso de tu habitación y eres incapaz de hacerlo. En vez de ello, estás hablando conmigo como si yo fuera real.

La miré con inquina. Un nuevo gemido me desconcentró y me volví tapándome los oídos. Sin recordar ni cómo lo había hecho, me había vestido, preparado una muda y reservado un taxi a través de internet. Diez minutos después, escapé de aquella casa que se estaba convirtiendo en una cárcel que me ahogaba.

A mi espalda, mi imagen atrapada en el espejo rio de forma amarga y gritó de manera audible:

—¡Cobarde! Haz lo que haces siempre: huir.

Le di la dirección, escrita en una hoja, al taxista y me recosté en el asiento de piel negra. El trayecto fue rápido y sin apenas tráfico. En un momento dado, nos detuvimos en un semáforo junto a unos grandes almacenes. Allí, lo vi de nuevo. A él. En aquella maldita foto. Una persona que creía conocer hacía mucho tiempo y que ya no conocía de nada. La misma sensación de desubicación que había sentido horas antes con Anny. Me dolieron los dedos al soñar que podía acariciar su piel y no la pátina satinada del papel. Estaba ahí. Estaba en cualquier sitio que mirara. Y me pregunté una sola cosa: ¿qué había estado yo mirando todos esos años?

Cuando el taxi me dejó frente al hotel The Montcalm y el botones me abrió la puerta, ya tenía preparada mi estrategia para reservar habitación: dar mi nombre y entregar la tarjeta de crédito de Albert. No fue necesario, pues el que me recibió fue Stear. Creo que mi suspiro de alivio lo oyó hasta la silenciosa señora de la limpieza que se afanaba en sacar brillo al mármol del hall. Y creo que él percibió que algo no iba bien.

—¿Candy?, digo..., señorita White, ¿se encuentra bien?

Negué con la cabeza porque tenía un nudo en la garganta que me impedía cualquier tipo de vocalización.

—¿Una suite como la última vez?

Asentí levemente y le entregué la tarjeta de crédito.

—Veo que ya es la señora Ardley.

Asentí de nuevo, con lágrimas en los ojos.

—No se preocupe, dentro de un momento lo tendré todo preparado. Yo mismo la acompañaré a su habitación.

Esperé un par de minutos de pie junto al mostrador pulido, sabiendo que era observada por la inquietante mirada del compañero de Stear y la desdeñosa de la señora de la limpieza, que había dejado de tararear y escrutaba mi rostro como si yo fuera a sufrir un ataque de histeria en cualquier momento.

Dejé que Stear me cogiera del codo y me guiara hasta los ascensores. Una vez se cerró la puerta de acero, se volvió hacia mí.

—Candy, no quiero resultar entrometido, pero ¿qué ha pasado?—inquirió con cautela.

Lo miré sin poder contener el llanto.

—Necesito una habitación porque mi recién estrenado marido se está follando a otra en nuestra casa —barboté.

—Será hijo de puta —exclamó Stear y, de improviso, me abrazó.

El poder de un abrazo está infravalorado. Un abrazo significa alguien en quién apoyarte. Alguien que te va a sujetar si en ese momento no puedes sostenerte.

—Yo se lo permití, Stear —afirmé, dándome cuenta por primera vez de que mis impulsos no siempre era acertados ni coherentes con lo que en realidad deseaba.

En silencio, me acompañó hasta la habitación; me había asignado la misma que la última vez.

—Si necesitas algo, lo que sea, sólo tienes que llamarme. ¿Entendido?

—¿El minibar está lleno?

—Completamente.

—Bien, eso será suficiente. Gracias —dije, y sonreí con tristeza antes de perderlo de vista.

✿ ••.•´¯'•.•• ✿ ••.•´¯'•.•• ✿ ••.•´¯'•.•• ✿

Dos horas después, había escuchado mil canciones en el hilo musical, había cambiado el olor del ambientador cinco veces, agotado las reservas de todas las marcas de ginebra, y me disponía a empezar con el whisky. Colocadas las botellas vacías haciendo un círculo sobre la moqueta, en el centro se erguían las próximas a ser vaciadas, esperando sentencia. Me senté en el suelo apoyando la espalda contra la cama, cogí el teléfono y, mientras lo manipulaba, encendí el televisor. Llamé al único contacto que no me iba a colgar a esas horas de la noche.

—¡Joder, enana! ¡Que la diferencia horaria en Londres es sólo de una hora y son las tres y media de la madrugada! Dime que te has equivocado, te disculpas y te despides.

—Yo también te quiero, Tom —balbuceé. Tal vez me hubiera equivocado en mis suposiciones.

—¿Estás borracha?

Suspiró y lo oí recostarse sobre los almohadones de su cama.

—Creo que las reservas del minibar se van a acabar antes de que lo consiga.

—¿Estás en un hotel?

—Sí.

—Y ¿qué haces en un hotel?

Juro que lo vi a través de los kilómetros que nos separaban mirar al techo de su habitación y pedir paciencia.

—¿Por qué me dejaste casarme? —inquirí yo, ignorando su pregunta.

—¿Cómo? ¿Crees que alguien puede hacerte cambiar de idea cuando algo se te mete entre ceja y ceja? Eres como un inmenso agujero negro que absorbe toda la energía de alrededor.

—Yo no soy así —me defendí, abriendo con los dientes una botella de Macallan.

—Lo eres. ¿Recuerdas cuando fuimos de fin de semana a la Costa Brava? —No esperó mi respuesta—. Tú tenías apenas quince años y me jodiste el puente. Te empeñaste en venir conmigo y mis amigos y, de paso, traerte a Anny y a Almu.

—Mamá no me dejaba ir si no era con ellas —me defendí de nuevo.

—Sí, y mamá me hizo jurar que no te dejaría «tirarte por los sitios», como lo definió ella. Y ¿qué fue lo que hiciste la mañana del primer día?

Me quedé en silencio. Lo recordaba.

—Te escapaste de la casa rural y contrataste un servicio de ala delta; según tú, eso no se consideraba «tirarse», sino «volar». Todavía siento ganas de matarte cuando recuerdo tu sonrisa de satisfacción al aterrizar en aquel acantilado donde te esperábamos.

—Y yo todavía recuerdo la bofetada que me diste.

—Y yo la patada en la espinilla de Anny y el puñetazo de Fran intentando defenderte. Siempre estuvo algo colgado de ti...

—¿Ah, sí? Pero si nunca me dijo nada... Coño con Fran, esto sí que es una sorpresa. ¿No está casado y tiene tres hijos? —inquirí con interés.

—Sí, y también estoy seguro de que se pajea pensando en ti cuando se ducha.

—¡Argg! Esas cosas no se le dicen a tu hermana pequeña.

—Tú has preguntado y, además, todos lo hacemos.

—Eso no necesitaba saberlo.

Una imagen de Albert me vino de pronto a la mente, cubierto de agua, excitado, gimiendo..., y la borré de inmediato con un buen trago de Macallan.

—El caso es que siempre fuiste diferente.

—Lo dices como si eso fuera malo.

—No lo es, Candy, sólo que... ¡Joder! Yo quería tener un hermano y cuando vi que eras una niña me resigné... Nunca imaginé lo que podías llegar a ser si te lo proponías.

—No te entiendo.

—Siempre creí que acabarías como una especie de teniente O'Neil, rapándote el pelo y uniéndote a la legión.

—¿Estás de broma?

—Lo digo completamente en serio. Nunca fuiste de las niñas que juegan con sus muñecas y sueñan con vivir en palacios rosas cubiertos de purpurina. Tú eras de las que querían luchar con el dragón y matar al caballero. Por ese orden. Jugabas con mi fuerte medieval y hacías carreras con mis coches teledirigidos, dejando las marcas de tus dedos cubiertos de Nocilla como prueba irrefutable.

—Siempre me gustó el chocolate.

—Estoy convencido de que incluso te sabes más páginas de porno por internet que yo.

Escupí lo que me quedaba del Macallan y decoré la pared, inmaculadamente blanca hasta ese momento, con un Miró algo desdibujado. Hummm..., no sabía que mi hermano me conociera tan bien.

—¿Es así como me ves?

—Es así como eres.

—¿Me estás echando una bronca a miles de kilómetros a las tres y media de la madrugada?

—Son las cuatro. Tú has llamado y me imagino que será para contarme algo, ¿o no?

En ese momento, una imagen en la televisión me despistó.

—¡Eh, tú! ¡Idiota!

—¿Por qué me llamas idiota? —preguntó Tom con alto grado de crispación.

—A ti no, es a Ewan McGregor, que le está cantando a Nicole Kidman algo tan espeso como la melaza en una azotea de París—expliqué—. ¡Que no te enteras! ¡Que los finales felices no existen! —continué agitando mi dedo en dirección al televisor.

—Pero ¿se puede saber qué cojones te pasa? —El tono de mi hermano me hizo volver de forma fulminante a la realidad.

—Archie me ha dejado —musité con voz queda, queriendo con ello que mostrara un poco de empatía.

—¡Ya era hora!

—¡¿Qué?! ¿Tú también has visto Facebook?

—¿Ya lo ha publicado? No he tenido tiempo de revisarlo—murmuró él.

—¿Qué os pasa a todos conmigo hoy? ¿No podéis mostrar algo de compasión?

—Candy, despierta. Esa relación llevaba muerta meses, o incluso años, o tal vez nunca debería haber empezado. Todos lo veíamos menos tú.

—Pero, pero ¿se puede saber qué tengo yo de malo para que nadie me quiera?

—¡Ay, joder! —Lo que vino a continuación fue una sarta de maldiciones en arameo que apenas pude entender—. Candy, no es que tengas nada malo, es que no sabes elegir tus parejas.

—Está claro que todos pensáis que soy imbécil.

—No. Lo único que pensamos es que tú eres tu peor enemiga.

Me quedé momentáneamente sin habla ante esa afirmación.

—¿Has hablado con Anny? —pregunté un minuto después, desconfiando.

—No. ¿Por qué tendría que hacerlo? —respondió él algo intrigado.

—Por nada, es que ella dice lo mismo.

—Y tiene razón. Siempre eliges a hombres que sabes que no te van a hacer sombra, a los que puedas manejar a tu antojo. Sé que Archie te quería y, la verdad, me sorprende que haya tenido las agallas suficientes para dejarte. Dime que no intentaste dispararle o clavarle un cuchillo.

—No hice nada, fue una conversación civilizada de adultos, en algunos momentos...

—Candy... —Hizo una pausa en la que suspiró varias veces—. Sólo conozco un hombre que sea inmune al cataclismo que supone que compartas tu vida con él.

—¿Quién?

—Bert.

De mi boca brotó una carcajada sarcástica.

—¡Anda, si no te he contado lo mejor! ¿Sabes dónde está Albert ahora mismo?

—¿Dónde?

—Follándose a la Barbie Supermodel peliroja en nuestra casa.

Y, dicho lo cual, colgué. Tom intentó llamarme más de cuatro veces, pero no cogí el teléfono. Recibí varios mensajes y no quise abrirlos. Al fin, apagué el móvil y me recosté en el suelo mirando el millar de pequeñas luces que adornaban el artesonado del techo, deseando poder volar y escapar, desando ser aquella que había dejado de ser, deseando... desear. Fue el último recuerdo de aquella noche.

✿ ••.•´¯'•.•• ✿ ••.•´¯'•.•• ✿ ••.•´¯'•.•• ✿

«Ring, ring...» Ese sonido extraño que no reconocía retumbó en mi cerebro como una marcha militar. Abrí los ojos despacio y gemí de forma entrecortada llevándome las manos a la cabeza. Me dolía todo el cuerpo de dormir en el suelo enmoquetado. Giré sobre mí misma y comprobé que lo que me atormentaba era el teléfono del hotel, cuya luz roja no dejaba de parpadear.

Me puse de rodillas con gran esfuerzo y cogí el auricular.

—¿Diga? —contesté en castellano.

—¿Candice?

—La misma.

—Soy Stear, ¿se encuentra bien?

—Podría encontrarme mejor.

—Esta noche ha recibido varias llamadas de su hermano y también de su marido, el cual se ha presentado aquí cerca de las seis de la mañana a buscarla.

—¿Qué marido? —inquirí, todavía más dormida que despierta.

—Mr. Ardley.

—¡Ah! Ése...

—Les he dicho que usted había dado orden de que no se la molestara bajo ningún concepto.

—¿Que yo había...? ¿Que ellos han...? —Vacilé un instante mientras la información iba cobrando forma en mi cerebro—. Has hecho bien —afirmé.

—¿Necesita algo más? Mi turno está a punto de acabar.

—Un café muy cargado me vendría bien.

—Ahora pido que se lo suban.

—Espera, Stear.

—Dígame.

—Te invito a desayunar, es lo menos que puedo hacer por la noche que te he hecho pasar.

—Yo no sé si...

—Está bien —dije comprendiendo sus reparos—. Contéstame sólo con monosílabos, ¿de acuerdo?

—Sí.

—Dentro de media hora te espero en la esquina de Upper Berkeley Street.

—Sí.

—Perfecto, entonces.

Colgué y me dirigí al baño arrastrándome. La ducha consiguió despejarme un poco, pero mi mente seguía trabajando en lo sucedido en las últimas veinticuatro horas, en las últimas tres semanas, en los últimos dos años. Me cambié la ropa y, todavía con el pelo húmedo, me acerqué a la ventana de la habitación. Observé el cielo encapotado y las pompas que las gotas de lluvia provocaban en el adoquinado del patio. Necesitaba salir de allí, respirar aire fresco, mojarme e incluso ahogarme con la polución de Londres.

Llegué puntual a mi cita, que estaba esperando en la esquina convenida bajo un paraguas negro. Me sonrió con calidez y me ofreció su brazo para evitar que ambos nos empapáramos.

Caminamos en silencio hasta llegar a un Starbucks situado a unos doscientos metros. Nuestra primera frase fue elegir el desayuno.

—Capuchino grande, pastel de jengibre y muffin de chocolate—dije examinando el mostrador.

Stear me miró extrañado, pero procedió a pedir lo mío y un café americano para él. No lo dejé invitar, aunque sacó la cartera.

—Es el dinero de mi marido, no tengo reparos en dejarlo en la ruina —mascullé.

Cuando nos entregaron las consumiciones, él se dirigió a una mesa junto a los ventanales. Yo fui al mostrador y añadí grandes cantidades de vainilla, chocolate y canela. El aroma de esta última me recordó a la mano de Albert sobre mi estómago acariciando mi piel y dejé caer el bote al suelo. Lo recogió un ejecutivo situado a mi lado que me dirigió una mirada preocupada.

Le sonreí para tranquilizarlo, balbuceé una disculpa y me encaminé a la mesa, donde Stear me había dejado el sillón marrón de piel algo ajado y él se había posicionado frente a mí en una incómoda silla. Fuera seguía lloviendo cada vez con más fuerza y, de súbito, me sentí triste y enormemente cansada.

—¿Cómo te encuentras? —inquirió él dando un largo trago a su café.

—Jodida —murmuré sin mirarlo.

—Bueno, no hay nada que no pueda solucionar un ibuprofeno, agua y una cama decente.

—Realmente jodida —murmuré de nuevo.

—Pero...

Y entonces, sí, lo miré.

—¿Crees que un ibuprofeno puede hacer desaparecer un aneurisma cerebral?

Su cara de estupefacción absoluta, en la que abrió unos ojos como platos a la vez que la boca y, después, agachó la mirada para sonrojarse, me sorprendió. Hay hombres y hay amigos. Es decir, hay hombres que nada más conocerlos sabes que con ellos puede surgir una chispa en cualquier instante, y hay hombres que nada más conocerlos sabes que jamás podrás considerarlos nada más que buenos amigos. Stear acababa de entrar pisando fuerte en mi propia friend zone.

—Yo, verás... —Se trabó con sus propias palabras y carraspeó—. Aquí hay muy buenos especialistas, y tu marido tiene mucho dinero. ¿Has intentado...?

—Él no lo sabe, ni quiero que lo sepa —lo interrumpí.

¿Por qué se lo conté a él y en ese momento? Ni yo misma lo entendía, sólo sabía que tener una pequeña bomba sin implosionar era lo que en verdad me producía la sensación de estar al borde de un abismo, rodeada por la niebla del desconcierto. Él no diría nada porque no tenía a quién decírselo. Pero yo sí que necesitaba de forma imperativa confesar lo que me estaba carcomiendo por dentro.

Sentía que mi vida se había convertido en una pequeña colmena en la que almacenar, en sus perfectas formas romboidales, cada uno de los secretos que acumulaba y también los secretos de los que me hacían partícipes los que me rodeaban. Pensé que, después del accidente, mi existencia se había transformado en una carrera de obstáculos a la que cada vez añadían más vallas de contención, o quizá era yo la que me las imponía. Estaba demasiado confusa como para analizarlo con claridad.

—Pero, Candy, eres muy joven.

—Y muy tonta.

Conseguí arrancarle una sonrisa y destensar el ambiente.

—También muy guapa.

Y él consiguió que yo me sorprendiera.

—Lo siento, yo... no he pensado lo que decía —balbució.

—No pasa nada —lo tranquilicé—. Creo que soy la última persona que deberías haber conocido aquí.

—En eso te equivocas. Eres la única persona en la que llevo pensando desde que te conocí.

—Stear...

—Perdón, no quería...

—¡Oh, por Dios! Deja de disculparte a cada cosa que dices—repuse sonriendo.

—Vale, perdón.

Lo amenacé con el muffin de chocolate y él se rindió.

—Perdón, no lo diré más.

Ambos comenzamos a reír.

—Me ha dejado mi prometido —le dije poniéndome seria.

—Yo no te dejaría nunca si tú me permitieras estar contigo.

—¡Pero bueno! ¿Se puede saber qué os pasa estos días a los hombres? O me decís que me lo merezco o me asaltáis como si fuera la última mujer sobre la Tierra. La verdad, no os entiendo. ¿Han esparcido polvitos mágicos en el cielo de Londres o san Valentín está haciendo horas extras?

—Nosotros somos amebas y vosotras estáis en una escala superior de la evolución, ya habéis llegado a ser protozoos—determinó.

—¿Te han echado coñac en el café? —inquirí olisqueándoselo.

—Creo que es la noche en vela, cada vez lo llevo peor —dijo frotándose la cara para despejarse.

—Lo siento. —Fue mi turno de disculparme—. Sólo te estoy entreteniendo —añadí levantándome sin haber probado apenas el pastel y dejando abandonado el muffin.

—Será mejor que volvamos a casa —asumió él siguiéndome con el café en la mano.

—Sí, estoy de acuerdo —musité ya en la calle, cubiertos por su inmenso paraguas negro.

—¿Puedo llamarte alguna vez? —preguntó mirándome con fijeza.

Nuestros rostros casi estaban a la par, rodeados por la pequeña multitud de la City que entraba y salía de la cafetería.

—Sí, claro —asentí con la cabeza.

Y no lo vi venir. Juro que no lo vi venir.

El sabor de su café inundó mi boca a la vez que lo hacía su lengua. Me quedé completamente paralizada. Nada nos unía, excepto un paraguas sobre nuestras cabezas y nuestros labios. Me despegué con un pequeño quejido de protesta.

—¿Por qué me has besado? —lo increpé con enfado.

—Por esto, Candy, no pienso pedirte perdón. —Fue lo único que dijo, y me sujetó el codo para guiarme hasta la estación de Moorgate.

Allí nos separamos, ya que él cogía un autobús para regresar a su piso compartido, y yo una combinación de varias líneas de metro. Me dio un beso más, esta vez en la mejilla, y prometió llamarme. Después se alejó tarareando algo de Extremoduro, golpeteando con los zapatos el suelo encharcado.

Al llegar a Fulham, estaba agotada y también preocupada. No había querido encender el teléfono y temía la reacción de Albert. Caminé, cubierta esta vez por mi propia capucha de cuero, y llegué empapada al edificio victoriano.

Silencio.

Ni siquiera oí a Bruno ladrar cuando estuve frente a la puerta. La abrí con cautela y me quité el chaquetón para dejarlo colgado en la percha de la entrada. Sin embargo, sabía que estaba allí, sentía su presencia en el vello de mi cuerpo erizado avisándome del peligro. Creyendo que se había encerrado en la cueva de Moria a trabajar, me quité las botas empapadas y caminé en calcetines para pasar desapercibida. Entré en la cocina, cuya puerta trasera daba a un pequeño jardín, con intención de dejar allí las botas, y lo vi apoyado en la mesa central con una taza en la mano.

Esta vez sí iba vestido, con un pantalón vaquero ajustado y una camisa negra abierta en el último botón, mostrando un poco del vello ensortijado que le cubría parte del pecho. Pero fue su rostro el que me impactó e hizo que casi pegara un grito. Un rostro serio y circunspecto, enfadado y con los ojos brillantes de ira. Su pelo revuelto le confería el aspecto de un hombre preparado para la lucha..., y yo sólo quería esconderme en mi habitación, a ser posible hasta el próximo milenio.

—¿Se puede saber por qué huiste anoche? He estado bastante preocupado. La próxima vez que quieras correrte una juerga, ten la decencia de avisarme por lo menos —barbotó dejando con un golpe brusco la taza sobre la mesa.

—Y ¿por qué habría de avisarte? ¿Lo hiciste tú cuando trajiste a esa mujer a nuestra casa? —exclamé enfureciéndome yo también.

—Pues sí, lo hice, y con tu permiso, además.

¡Mierda! De nuevo pillada en la primera frase. Tenía que salir de allí lo más rápido posible. Me volví y tropecé con la aludida, que entraba a la cocina en ese momento. Ella me sonrió de forma mecánica y, vestida sólo con una camisa blanca de Albert, se acercó a él y le dio un cariñoso beso en el cuello descubierto.

Celos. Ésa había sido la palabra utilizada por mi madre para calificar la inquina que le cogí a Albert cuando era niña, debido a que pensó que lo odiaba por haber suplantado la adoración de mi hermano. Ahora no se habría equivocado, pero eran unos celos reales e hirientes a mis entrañas. Una emoción desconocida para mí, que me dejó paralizada y respirando con dificultad. Tenía celos de la mujer que me estaba arrebatando a Albert. Había dejado de ser imbécil para convertirme directamente en subnormal.

—Nicoletta —se presentó extendiendo la mano hacia mí.

Se la cogí con bastante reparo.

—La de las tetas —murmuré entre dientes.

—Cuidado —me advirtió Albert—, conoce tu idioma.

Nicoletta rio y me las mostró. Sí, se desabrochó la camisa y me mostró sus perfectos y siliconados pechos.

—¿Te gustan? —preguntó con un ligero acento italiano que la hacía todavía más seductora.

Albert se había girado para rebuscar algo en los armarios de cocina, disimulando.

—Son muy bonitas, sí —acerté a decir.

Ella se las cogió con ambas manos y las bamboleó ante mi cara de estupefacción.

—El cirujano hizo un buen trabajo. ¿Quieres tocarlas?

—Pues no —mascullé, y descubrí a Albert riéndose mientras cogía una nueva taza y la llenaba de café.

—Contigo también lo hizo —apostilló Nicoletta.

Antes de que me diera tiempo a contestar, lo hizo Albert:

—Las suyas son auténticas.

Los tres nos quedamos en silencio. No, la conversación no discurría por donde debería haber discurrido. Pasé un pie sobre el otro sin saber muy bien qué decir ni qué hacer para alejarme de allí con rapidez.

—Entiendo. Albert me ha contado que te conoce desde hace mucho tiempo y que mantenéis una relación especial —explicó Nicoletta.

—Sí, como la de los dinosaurios y los humanos, que no compartieron la Tierra al mismo tiempo —mascullé.

—¡Qué graciosa! ¿No has visto Parque Jurásico?

Pequé un respingo.

—Huy, Albert, a ésta la has conseguido en las ofertas del Mercadona, ¿no?

—¿Cómo dices? —preguntaron los dos a la vez.

—Nada, que ya veo lo que te gusta de ella: su tremenda inteligencia y su vasto conocimiento del medio —murmuré, pero no lo suficientemente bajo.

—No —rebatió ella—. Lo que le gusta de mí son mis tetas.

Ya estaba tardando en mencionarlas, ya.

—En realidad, no es eso, me recuerdan a..., hummm..., los balones de playa. Tengo la sensación de que en cualquier momento me pueden explotar en la cara —comentó Albert, y creo que lo hizo sin pensarlo, porque se quedó quieto con la taza en la mano y puso gesto contrito.

Nicoletta se volvió hacia él con un ligero enfado que empañaba su rostro aniñado.

—Entonces ¿qué es lo que te gusta de mí?

Él pareció encontrarse entre las cuerdas, acorralado, y a mí me entraron unas irreprimibles ganas de reír. Y parecía tonta...

—Esto..., verás... —se puso frente a ella y delimitó con ambas manos una figura femenina—, supongo que... ¿todo?

¡Ay, cómo me dolió ese «todo»!

Reculé un paso y tropecé con el frigorífico.

—Yo... mejor me voy. —Miré con dureza a Albert y con envidia a Nicoletta—. Antes de que a tu... tu..., a ésa le dé por meter los dedos en un enchufe para hacer sus ejercicios de electroestimulación.

—Candy, no... —Albert se mesó el pelo y frunció los labios.

Nicoletta nos observaba con una concentración dispersa en sus ojos azules.

—Ya que estás ahí, ¿puedes acercarme algo fresco?

«Sí, un iceberg y te lo meto por el...»

—Claro, ¿una Coca-Cola te viene bien?

—¿Hay helado? Me apetecería recuperar algo de la energía que he perdido esta noche —solicitó, haciéndole un guiño de complicidad a Albert.

¡Ay, cómo me dolió esa «energía»!

Dejé la mirada un minuto sobre el rostro de Nicoletta y después la fijé en Albert, que observaba cada una de mis reacciones. Enrojecí súbitamente y abrí el congelador situado detrás de mí. Saqué un bote y se lo entregué.

—Es mi preferido —le dije con mi sonrisa de conquistar.

«Lástima no te ahogues con él, zorrasca.»

Ella lo abrió y metió un dedo, lo untó de cremoso helado para, a continuación, chupárselo con lascivia mientras observaba a Albert. Yo gruñí de forma inconsciente y él me miró con intensidad. El momento «porno helado» no duró mucho. De improviso, ella enrojeció, o más bien le surgieron multitud de rojeces en el rostro, y balbució algo incoherente. Albert cogió el bote y leyó los ingredientes.

—Candy, ¿lleva nueces?

—De macadamia, las mejores —aseguré.

Nicoletta se llevó una mano a la garganta y, profiriendo un sonido que venía a ser de asfixia, cayó al suelo.

Albert corrió a acuclillarse junto a ella. Yo hice lo mismo. Estaba inconsciente y se había dado un buen golpe en la cabeza. No reaccionaba.

—Es alérgica a las nueces —me informó él, levantándose para coger las llaves de uno de sus coches—. La llevaré al hospital.

Yo no estaba tan tranquila. Había humedecido un trapo de cocina e intentaba que por lo menos abriera los ojos. Sentí un miedo atroz. Reviví la escena del avión y creí que iba a vomitar.

—¡Ay, madre, que me he cargado a otra persona! —aullé.

Lo siguiente que recuerdo fueron los fuertes brazos de Albert sujetándome antes de caer yo también.

—Tranquila, es una reacción alérgica, sólo eso. Dentro de unas horas estará perfectamente. Espérame aquí, tú y yo tenemos una conversación pendiente —afirmó, y cogió en brazos a Nicoletta para llevársela al garaje.

Reconocí el sonido de su Aston Martin saliendo a la calle principal y crucé los dedos con desesperación.

Bruno ladró a mis pies como si me ofreciera su apoyo.

—Lo sé, a mí tampoco me caía bien —me justifiqué a sus dulces ojos marrones—. Pero de ahí a intentar matarla...

¿Es que nada podía salirme bien? Pero ¿nada, nada?

✿ ••.•´¯'•.•• ✿ ••.•´¯'•.•• ✿ ••.•´¯'•.•• ✿

Dos horas después, seguía bastante preocupada. Albert no había llamado y yo ya no sabía qué hacer. No entendía el idioma y ni siquiera sabía a qué hospital la había trasladado. Estaba nerviosa, demasiado inquieta, como si el capuchino tamaño familiar se hubiera extendido por mis venas en una electrizante necesidad de expulsar adrenalina. Nunca se me había dado demasiado bien tener paciencia, y lo estaba demostrando. Incluso Bruno, contagiado por mi malestar, no dejó de ladrar y de solicitar mi atención correteando alrededor de mis pies. Decidí cambiarme y salir. Me puse unas mallas negras, las zapatillas de running y una sudadera con capucha.

Cuando abrí la puerta me encontré con él. Más bien, me tropecé de cabeza contra su pecho. Me froté la frente y di un paso atrás.

—¿Adónde crees que vas? —me increpó con más curiosidad que enfado.

—A correr.

El sonido de su carcajada me alteró hasta tal punto que tuve que cerrar los puños. Me gustaba el deporte, aunque no precisamente aquel en el que tuvieras que esforzarte demasiado, sobre todo, más allá de unas cuerdas atadas a tu cuerpo y un paso adelante.

—Lo creería si me hubieras dicho que ibas a hacer escalada, pero ¿correr?, ¿tú?

—Pues pienso hacerlo —insistí frunciendo el ceño.

—Ni lo sueñes. Y menos con esa sudadera.

—Y ¿qué le pasa a mi sudadera? —pregunté tirando del bajo para examinarla con atención.

—«Sex Machine.» —Fue lo único que dijo él.

—Sí, ¿qué? —exclamé poniendo un pie en la calle.

No llegué mucho más lejos. Sus brazos rodearon mi cintura y me alzaron hasta tal punto que mis piernas patearon el aire unos segundos.

—Que alguno va a querer desmontarte por piezas, Candy. Y eso es algo que no voy a permitir —declaró soltándome y cerrando la puerta de golpe.

Me volví hacia él y lo encaré.

—¿Se puede saber qué te pasa? Parece que te has convertido en un cromañón.

—Necesitas soltar toda tu energía y golpear algo.

—¿A ti? Eso no me importaría —barboté con sarcasmo.

Sonrió y soportó un pequeño empellón en el hombro sin inmutarse. Resoplé indignada.

—Lo que necesito es que te apartes. No lo entiendes —dije empujándolo con ambas manos sin conseguir moverlo—. Soy como una pandemia. Un virus mortal que afecta a todos los que me rodean.

—Yo ya sucumbí a ti hace muchos años, Candy. No me asusta—afirmó, y tiró de mí escaleras arriba.

Protesté enérgicamente, pero cerré la boca cuando me metió en el gimnasio y miré alrededor con desconfianza. Albert se puso a un lado del saco de boxeo que colgaba de un gancho metálico del techo y lo señaló con una mirada.

—Todo tuyo —dijo con suavidad—. Pero antes —añadió— necesito que me cuentes qué es realmente lo que te sucede. Y, esta vez, no quiero mentiras ni medias verdades. Llevo mucho tiempo esperando y se me está empezando a acabar la paciencia.

—¿Que se te está empezando a acabar la paciencia? ¿Y la mía?

Se mantuvo en silencio, expectante y taladrándome con sus impresionantes ojos azules.

—¿Por qué no me dijiste que tu foto adornaba todo Londres?

Hasta yo misma me sorprendí de que esa frase brotara de mi boca. Podría haber elegido un millar, y ésa fue la que mi inconsciente, porque nunca era consciente, eligió.

—Te lo dije, varias veces —contestó con seriedad—. Te dije que había hecho una campaña para una marca de ropa deportiva, pero nunca me creíste. Nunca creíste que el muchacho que habías conocido hacía tantos años pudiera llegar a ser algo... algo que...

—¿Algo qué? —lo animé viendo que no deseaba contar nada más.

—Déjalo. Y sigue, esto se presume interesante.

Y lo pensé. Sólo un segundo, como venía siendo habitual.

—No entiendo nada, Albert. Creí que mi vida estaba planificada y organizada matemáticamente y, de pronto —me quedé un momento en silencio tragando el nudo que tenía en la garganta—, todo desapareció: mis planes, mis deseos. Me convertí en una mujer que he llegado a odiar. No sé por qué me he casado contigo, cuando esto se está convirtiendo en una tortura. No sé por qué te empeñas en analizarme, llevarme de viaje, tenerme junto a ti, aunque sabes que no lo soporto. Me dices cosas que me provocan ternura y pienso que eres el muchacho que conocí y hasta llego a creer que aquella vez me equivoqué contigo. ¿Quieres volverme loca? Ah, y otra cosa, Archie me ha dejado. —Albert levantó ambas cejas, pero siguió en silencio—. Sí, lo hizo nada más llegar, ¿sorprendido? Ya veo que no; de hecho, a todos los que se lo cuento me dicen que yo era la única que no lo veía. Estoy segura de que hasta te alegras. —Alcé la mano cuando vi que él quería interrumpir y continué—: Y Anny lleva mintiéndonos a todos más de dos años. Trabaja vendiendo artesanía en Covent Garden. Y Neall me besó ayer. —Observé cómo fruncía el ceño y apretaba los puños, aunque no le permití hablar—. Y después, me besaste tú..., ¡joder!, y fue..., ¡no sé cómo fue! —Su gesto de sorpresa hablaba por sí solo—. Y esta mañana me ha besado Stear.—Albert arrugó la nariz y respiró hondo—. Y no sé por qué, y le he contado que tenía un... —Me quedé en silencio y recapacité a tiempo—. Pero ¿qué os pasa a todos? ¿No entendéis que es un peligro acercarse a mí? Y después, después..., tú... —me trabé a punto de llorar— me dices cosas que... Y luego te encontré con Nicoletta y... me dolió —musité—. Me dolió tanto que tuve que escapar.

Comencé a sollozar quedamente. Él estaba parado a un par de metros de mí, inmóvil, con todo su cuerpo en tensión. Parecía una estatua apolínea, perfecta. Un hombre que atrae sueños en las noches hambrientas de deseo.

—¿No piensas decir nada? —murmuré.

—No me acosté con Nicoletta.

—¿Qué? ¿Por qué? —exclamé sorprendida.

—Porque no eras tú. Simplemente eso. Deseaba que su cuerpo fuera el tuyo, que sus labios fueran los tuyos, que los gemidos de su boca fueran los que una vez te provoqué yo.

—No te creo —mascullé.

—No, por lo visto, nunca lo haces.

Apreté los labios con furia y lancé un puñetazo al saco, que apenas se balanceó.

—Tú besaste a Neall y a Stear. Creo que estamos empatados. —Se rascó la nariz en un gesto concentrado y a la vez intensamente seductor—. Bueno, en realidad, me sacas ventaja.

—Me besaron ellos. Yo no tuve nada que ver —me defendí.

—Dos no se besan si uno no quiere.

—Ya veo que tu madre te ha inculcado la sabiduría popular.

—Mi madre sólo me ha inculcado que si te gusta una mujer debes luchar por ella, y eso es lo que estoy haciendo.

—De una forma absolutamente perfecta, debería añadir—esgrimí con ironía.

—¿En qué idioma necesitas que te lo diga, Candy? —murmuró acercándose de forma peligrosa a mí.

—Aléjate —musité, pero no lo hice con la debida intensidad.

Albert, con un movimiento brusco, me cogió por la cintura y me apretó contra su cuerpo. Levanté el rostro y lo miré desafiante. Él me sostuvo la mirada y, cuando supo que yo estaba a punto de girar la cabeza, se inclinó sobre mis labios y los atrapó. Su barba sin afeitar me raspó la piel y su lengua se desenvolvió con soltura dentro de mi boca. Su pasión electrizante me quemó, y proferí un quejido de rendición. Me desarmó, simple y llanamente. Cuando se separó, con la misma brusquedad con que se había acercado, puso la mano derecha sobre mi pecho. Quise retroceder, pero su otra mano me cercaba la muñeca. Cerré los ojos ante la sensación de debilidad que percibí en mi cuerpo. Su aliento sopló sobre mi oído.

—Sigue estando ahí, Candy. Aunque tú no quieras verlo, tu cuerpo no miente.

Su mano se ahuecaba al ritmo del frenético latido de mi corazón.

—No —murmuré.

—Dime la verdad. ¿Algún hombre te ha besado como lo hago yo?

«No —debería haber sido la respuesta—. Nadie me ha besado como tú.» Era la absoluta verdad de mi vida entera. Pero jamás lo reconocería ante él. No, aunque él ya lo supiera. Abrí los ojos con lentitud. Los párpados me escocían. Su presencia era dañina e irremediablemente atrayente. Eso era lo que lo distinguía, con él nunca tenía suficiente. Necesitaba de él como de una droga. Sus besos me dejaban ansiando sentir sus labios por el resto de mi piel. El contacto de la carne contra la carne. La firmeza de sus brazos rodeándome, la seguridad que encontraba apoyándome en su pecho. Él era demasiado doloroso para soportarlo de nuevo.

Su mano seguía en mi pecho y el pánico a verme descubierta me aterrorizó. Intenté respirar el aire cargado de electricidad y apenas lo conseguí. Tenía que alejarme de allí. Di un paso atrás y nuestro contacto desapareció y le siguió la ya habitual frialdad, como si me rozara una lengua de hielo. Ignoré su pregunta con deliberación y retrocedí dos pasos más bajo el hechizo de su mirada. Tropecé con algo y me agaché de forma mecánica para coger una pequeña pelota del suelo. Noté su peso y su dureza y deseé ser aquella pelota con corazón de madera.

—Candy, ¿qué te ocurre?

Su voz me llegó lejana, como un recuerdo que no quería recordar. Lancé la pelota al aire y la cogí de nuevo con la mano, sin contestar.

—Es una pelota de críquet. No tiene mucho misterio —explicó Albert con algo de extrañeza implícita en la voz. Todavía no parecía muy seguro de cómo reaccionar, y vislumbrar el atisbo de su debilidad supuso un ínfimo consuelo a mi herida.

Lo miré con la valentía que otorga saber que, una vez que ya has perdido el amor, no puedes perderlo dos veces. Él se mantenía tenso a unos metros de mí. Aparentaba una actitud indolente, la misma que un inquisidor que ha quebrado a su testigo.

—Nunca volveré a creer tus palabras, Albert.

Cerré los ojos al no poder soportar más la intensidad de su mirada y el resto de mis sentidos se agudizaron. El aire se volvió pesado y cimbreó rodeándonos. Aspiré el aroma de su perfume, que me enloquecía. La pelota palpitó en mi mano y reclamó mi atención, valorándola como un arma de defensa o ataque.

Todavía no lo tenía muy claro.

—¿Por qué no me crees? —Su voz rompió el hechizo de unión con la pelota y abrí los ojos.

—Porque cuando dos de las personas que más amas te traicionan y apuestan entre ellos siendo tú el premio final sin tener en consideración las repercusiones, no se lo merecen.

Lo examiné con frialdad un instante y, aprovechando su desconcierto, lancé la pelota contra su cuerpo con toda mi fuerza, con el odio, la decepción y la ira aposentada durante tantos años.

Pero esos sentimientos no iban dirigidos a él, sino a mí, y no me di cuenta hasta que ya no hubo vuelta atrás. Y, si soy sincera, creí que él tendría la suficiente habilidad como para cogerla al vuelo, aunque en mi fuero interno deseé que no lo hiciera. Quise devolverle el golpe que él me propinó aquella lejana noche.

Y lo conseguí.

Concretamente, en la entrepierna, como si un diablillo vengativo hubiera dirigido la trayectoria hacia el lugar exacto. Cayó de rodillas gimiendo y maldiciendo a partes iguales. El arrepentimiento me acometió de improviso, liberado ya de la furia, y corrí junto a él.

—¿Te... te traigo hielo?

Albert se cubrió la entrepierna con las dos manos y me mostró unos ojos ligeramente enrojecidos. Apretaba la mandíbula hasta el punto de fracturársela. Negó con la cabeza.

—¿Es el golpe que me debías desde hace nueve años, Candy?—preguntó al fin.

Medité la respuesta, quizá me conocía mejor que yo misma. Quizá había visto el brillo de mis ojos segundos antes de lanzarle la pelota. No tuve valor para pronunciarlo con palabras, pero sí asentí con la cabeza.

—¿No fue suficiente romperme la nariz, que ahora también me has roto los huevos? —masculló.

Me incorporé y me alejé con rapidez de él. Sentía punzadas ardientes en el pecho, apenas podía respirar. Lo último que oí fueron sus palabras:

—No duele tanto como cuando me rompiste el corazón.

Esa vez no hubo banda sonora, sólo el silencio que acompaña a una confesión de brutal sinceridad.

CONTINUARA