.

.

CAPITULO 12:✿

En un lugar de la playa, de cuyo nombre no quiero acordarme...

Menorca, nueve años antes.

—¡¿Te queda mucho?! —gritó mi hermano aporreando la puerta del baño.

—¡No! —exclamé saliendo con una toalla enrollada bajo las axilas y el pelo húmedo rodeándome la cara—. Pesado, que eres un pesado —añadí, dándole paso.

Y en ese momento, me quedé inmóvil. Albert estaba sentado en el sofá frente al televisor encendido. No sabía que había llegado a Menorca, y la sorpresa hizo que me detuviera, rodeada del calor que sentía en su presencia, esperando aquella caricia desde hacía meses. Se levantó con algo de torpeza en cuanto me vio aparecer. Había cambiado, pero no sabría decir en qué sentido. Parecía más hombre, más maduro, más serio..., más todo. Llevaba unos vaqueros desgastados con unas Converse negras y un polo azul marino que confería a sus ojos una profundidad oceánica de sueños perdidos. Se apartó el pelo que le caía en la frente y me sonrió. Le devolví la sonrisa por inercia y a punto estuve de soltar la toalla.

—Hola.

Una única palabra. Un saludo bastante insulso, la verdad, aunque consiguió que mis piernas se convirtieran en gelatina. Las crucé con nerviosismo.

—Hola, Albert.

Sonrió y, algo azorado, se metió las manos en los bolsillos del pantalón, como si no supiera qué hacer con ellas.

Busqué con desesperación algo en mi mente que decir y resultara atrayente.

—Has crecido.

«¡Bingo!» Si es que era un hacha, con esa frase no sólo lo había atraído: lo había noqueado.

—Eh..., sí..., bueno..., supongo.

En realidad, lo dejé bastante desconcertado.

—Y ¿te quedas mucho tiempo?

Información al poder. Tenía que conocer de antemano con cuántos días contaba para intentar seducirlo con mi atrayente vocabulario.

—Una semana.

—Ah, ya.

Mi gozo en un pozo. ¿Sólo siete días?

—Hummm..., y ¿te quedas aquí?

Desvié la mirada a lo largo y ancho del pequeño salón con el deseo de ver alguna maleta.

—No. He venido con unos amigos. Estoy en casa de mi abuela.

—Ah, ya.

«¡Vamos, Canfy, piensa, piensa!»

—¡Qué guay, ¿no?!

«Tonta a la una, a las dos, a las tres... ¡Adjudicada a la señorita cubierta por una toalla!»

—Eh..., sí..., bueno..., supongo.

—Y ¿vais a salir esta noche? —Lo arriesgué todo con una última pregunta.

Pero fue mi hermano quién contestó, aullando desde el baño:

—¡No!

—¡Yo también te quiero, hermanito! —contesté frunciendo los labios.

—¡Pues yo a ti, a veces! —respondió él, lo que provocó una carcajada de Albert.

¿Con él se reía y a mí sólo me miraba como si no supiera qué hacer conmigo? Enrojecí y retrocedí hasta mi habitación. La voz de Albert me detuvo en la puerta:

—Sí, vamos a salir. Pasaremos a recoger a mis amigos antes. ¿Nos acompañas?

¡¿Que si los acompañaba?! ¿Tenía que preguntarlo? ¿Acaso la respuesta no era obvia?

—¡Sí! —exclamé con demasiado entusiasmo.

—Ni lo sueñes, enana —dijo mi hermano saliendo del baño y esparciendo agua a su alrededor como un perro.

—¿Por qué no? —Asomé la cabeza desde la habitación con bastante enfado.

—Porque te colgarás de mi brazo y me joderás la noche.

—Eres un capullo —mascullé.

—Yo me haré cargo de ella —interrumpió Albert.

Y esa frase hizo que me salieran alitas en los tobillos y casi levitara sobre el suelo. Albert iba a hacerse cargo de mí. Es decir, no nos separaríamos en toda la noche. Bien, puede que «hacerse cargo» no fuera demasiado romántico, pero ya se abrían ante mí un millar de posibilidades, a cuál más morbosa y caliente. Sin embargo, parecía que aún no estaba decidido. Mi hermano y él intercambiaron una mirada en la que se dijeron muchas cosas sin palabras. Finalmente, Tom asintió con la cabeza con gesto resignado.

—Está bien, Bert, el problema es todo tuyo.

Antes de que les diera tiempo a cambiar de idea, me metí de nuevo en la habitación y revolví todo mi armario. Después de descartar varias prendas, me decidí por un vestido corto de lino blanco con unas menorquinas también de ese color. Me ahuequé el pelo, que cayó en ondas hasta mis hombros, y me apliqué un poco de brillo en los labios. Estaba inusualmente bronceada aquel año, y no necesité una restauración completa. Cogí una pequeña bandolera de estilo hippy y me la colgué cruzándomela sobre el pecho.

—Ya estoy lista —afirmé plantándome en el salón, donde ellos ya esperaban tomándose una cerveza.

La apuraron y, sin más comentario, nos dirigimos al coche.

En menos de veinte minutos estábamos recogiendo a los amigos ingleses de Albert, y entonces nos dimos cuenta de que teníamos un problema numérico.

—Somos seis, uno tiene que quedarse en tierra —indicó mi hermano, y me sonrió de forma sarcástica—. Ya sabes a quién le toca.

—Ella irá encima de mí —aseveró Albert, y dirigió una mirada de furia a Tom, que se aguantaba a duras penas la risa—. Pagaré la multa si nos pillan.

Y así lo hicimos. Yo me senté sobre sus piernas en el asiento de atrás, justo al lado de la ventanilla. Cinco minutos después, pese al aire acondicionado del coche, el calor empezó a ser sofocante. Me revolví inquieta y noté un bulto sospechosamente duro debajo de mí. Las manos de Albert se cernieron alrededor de mi cintura y su aliento cálido me susurró al oído:

—Quieta, Candy, por favor.

Intenté hacerlo. Lo intenté..., lo que no quiere decir que lo consiguiera. Antes de que llegáramos a un aparcamiento cercano al centro de la ciudad, sus manos me sujetaban tan fuerte que creí que podía contar cada una de mis costillas, y mi piel estaba cubierta por la misma pátina de sudor que la suya. Seguía sintiéndolo y deseaba seguir sintiéndolo, pese a sus ruegos insistentes de que no me moviera.

Cuando salimos del coche hubo risas generalizadas y comentarios subidos de tono.

—Joder, Bert, deja de pelar la pava con mi hermana, que lo único que puede darte es un buen dolor de cabeza y... —Tom hizo una pausa examinando su entrepierna— de huevos —añadió rodeado de risas ante el sonrojo del ajusticiado.

Le golpeé un hombro y miré furibunda al resto de sus amigos, los cuales no entendían mi idioma, y yo, por supuesto, tampoco el suyo.

Poco a poco nos fuimos internando en las zonas más concurridas y la gente nos rodeó, lo que provocó que nos distanciáramos. Por un momento creí perderlos, hasta que sentí los dedos de Albert entrelazándose con los míos. Estaba cumpliendo su promesa, se estaba haciendo cargo de mí. Nerviosa, no pude ni mirarlo. Ni tampoco pude respirar durante segundos. Sentí una electrizante sensación de estar absorbiéndonos mutuamente, comunicándonos a través del contacto de nuestra piel. Me concentré en disfrutar del momento. De vez en cuando, se volvía hacia mí y me ofrecía una sonrisa sesgada que me estremecía como si me recorrieran la columna vertebral con una pluma.

Recuerdo con vaguedad que entramos en un pub con terraza. La música estaba demasiado alta y el alcohol empezó a surtir los primeros efectos. Un par de sus amigos ingleses desaparecieron. Poco después, lo hizo mi hermano. Albert se mordió el labio observando la pista de baile, al parecer sin decidirse a nada en concreto, y yo pensé mil y una conversaciones para que no se arrepintiera de haberme llevado consigo. De improviso, sujetó mi muñeca y yo me tensé. Agachó la cabeza para que pudiera oírlo y susurró:

—¿Nos vamos a otro sitio más tranquilo?

—¡Ajá! —contesté yo en un prodigio del lenguaje que mostraba en su presencia.

Volvimos al coche de mi hermano y él me abrió la puerta del acompañante, empujándome con suavidad en la parte baja de mi espalda hasta que estuve dentro. Cuando retiró la mano, seguí notando su contacto como si me hubiera marcado.

—¿No se cabreará mi hermano por dejarlo tirado? —inquirí cuando él estuvo sentado a mi lado.

—Lo dudo, las llaves me las ha dado él —contestó sonriendo de forma terriblemente sensual. O, al menos, eso me pareció a mí.

Tal vez fuera el calor.

No pregunté adónde me llevaba, aunque parecía saberlo. No recurrió al GPS y se concentró en mantener la vista fija en la carretera. Yo me concentré en mantener la vista fija en él para no perderme detalle de cada uno de sus movimientos. Al fin aparcó el coche cerca de una pequeña cala. Me ayudó a bajar entre zarzales hasta alcanzar la suave arena. La brisa me revolvió el pelo y suspiré con placer al sentir el frescor del agua cercana y el rumor tranquilizador de las olas lamiendo la orilla. Podía oler el salitre llenando mis pulmones, y mi corazón se aceleró igual que en el momento previo a una larga carrera.

Nos sentamos juntos. Él, con las piernas estiradas y cruzando los tobillos. Yo, doblando las rodillas y apoyando la barbilla en ellas.

A lo lejos pudimos oír algunas risas que provenían de unas rocas escondidas de miradas ajenas, y me ruboricé.

—Ya te has graduado, ¿no? —pregunté rompiendo la dulzura que parecía caracterizar aquella noche. O tal vez fuera el calor.

—Sí. Y tú, ¿has pensado ya lo que vas a hacer el año que viene?—inquirió a su vez girando la cabeza hacia la mía.

En la penumbra pude ver cómo sus ojos brillaban reflejando la palidez de la luna, que esa noche decidió brindarnos el honor de refulgir en todo su esplendor. Decididamente, el calor estaba haciéndome ver las cosas de manera... más calurosa.

—Me gustaría estudiar algo relacionado con el arte, el dibujo. Con probabilidad, haré alguna rama relativa al diseño, aunque —hice una pausa sumida en mis propios pensamientos— lo que de verdad me gustaría es tomarme un año sabático y poder recorrer el mundo: Nueva York, Tailandia, Tierra de Fuego, Canadá, las grandes capitales europeas y ver las pirámides egipcias al anochecer. A veces sueño con que publico un libro de dibujos de mis viajes. Pero bueno —me volví hacia él y lo vi completamente abstraído en los cambios producidos en mi rostro—, sólo son sueños...

Estábamos creando un halo de intimidad que jamás habíamos poseído, robándoselo a otras personas que lo merecieran más que nosotros. Nunca me había sentido así con nadie, como si a él pudiese confiarle todos mis secretos sabiendo que me sería fiel hasta la eternidad. Descubrí con sorpresa que jamás había estado tan en paz conmigo misma como con él en ese momento, y me pregunté si a él le sucedería igual.

—Contigo es diferente —musitó.

Lo miré con una mezcla extraña de expectación y miedo. Y con esa frase decidí que le entregaría mi vida entera.

Albert se pasó la mano por el pelo algo nervioso.

—Quiero decir, me estabas mirando como... Contigo es diferente. Nunca sé cómo actuar. Lo pienso antes de verte, de hecho, llevo pensándolo muchos meses, imaginándome qué te diría cuando te tuviera frente a mí, pero acabo comportándome como un idiota al que le faltan las palabras.

—Pues de momento vas bastante bien...

Él dejó escapar un pequeño gemido que pudo ser de frustración o de satisfacción. Nunca lo supe. Lo que sí supe es que quería seguir oyendo ese sonido de su boca siempre.

—¿Te sucede a ti? —me preguntó con una expresión de anhelo que nunca olvidaré.

—Sí —dije, y agaché la cabeza con timidez.

—La imagen que guardo de ti en mis recuerdos no se corresponde con la que veo. Siempre es más opaca, no tiene el brillo y la intensidad que posees. Es como si..., ¡joder!..., es como si me estallara el pecho si sólo logro rozar tu mano. No sabes el efecto que causas en mí.

—Creo que sí lo sé.

Me miró suplicante.

Sonreí con felicidad.

—Es el mismo que tú causas en mí.

—¡Joder, gracias! —Meneó la cabeza—. Creo que ahora puedo respirar con normalidad.

—Puedo hacerte el boca a boca si te atragantas —sugerí.

Él sonrió con la misma felicidad que yo mostraba.

—A veces los sueños pueden cumplirse —murmuró.

—¿A qué sueño te refieres exactamente? —inquirí ladeando la cabeza.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Ser tú —dijo extendiendo una mano para acomodar un rizo detrás de mi oreja—. De verdad, no tienes ni idea de lo que lo que haces sin hacer nada.

—¿Qué hago?

Cogió mi mano para posarla sobre su corazón. Sentí su fuerte y acelerado latido.

—Esto —murmuró.

Cerré los ojos, concentrándome en la inexplicable subida de temperatura que acababa de experimentar mi cuerpo al sentirlo bajo mi mano.

—Me refería a dos sueños que pueden ser uno.

Abrí los ojos de forma interrogante.

—¿Quieres un compañero de viaje para tu año sabático?

—¿Vendrías conmigo?

—No me separaría de ti ni un instante.

—Es una locura, es decir, ¿no te esperan en Inglaterra?

—Acabo de terminar la carrera, estoy a la espera de la respuesta a una entrevista de trabajo, pero la rechazaría si pudiera irme contigo. ¿Qué me dices?

—Que mis padres te matarían y después me matarían a mí. Aunque preferiría morir primero para no tener que sufrir tu pérdida —determiné con una sonrisa triste.

—No si nos fugamos. Tendrían un año entero para que se les pasara el enfado. Verás..., tengo algo de dinero ahorrado y me gustaría llevarte a ver todos los lugares que has mencionado. No, me gustaría verlos contigo y, después, bueno..., después podría trasladarme a España. Convalidar mi título no sería complicado, así tú podrías estudiar lo que quisieras.

—Albert...

—¿Sí?

—¿Estás planificando mi vida?

—¿Me dejarías hacerlo?

Me abstuve de contestar que lo dejaría hacerme todo lo que quisiera.

—Me gustaría, pero ni siquiera he cumplido los diecisiete.

La sensatez, aunque fuera por primera vez en años, tomó el mando.

—Estás a punto de cumplirlos, por eso he elegido precisamente esta semana. Por cierto, te he comprado un regalo.

Enarqué las cejas de forma inquisitiva mientras él sacaba un pequeño paquete cuadrado del bolsillo. Las mariposas de mi estómago se divirtieron torturándome.

—¿Me vas a pedir que me case contigo? —pregunté intentando bromear debido al nerviosismo.

—Todo a su debido tiempo —aseguró él entregándomelo.

Me mantuve en silencio porque su frase supuso un cataclismo sísmico en mi interior y rasgué el papel descubriendo una pequeña caja de piel. La abrí con cuidado y pude ver una cadena fina de oro con el colgante de un delfín. Era sencillo, pero a la vez hermoso. Era un detalle íntimo pero amigable. Era perfecto. Lo saqué y le ofrecí mi nuca para que me lo abrochara. Sus dedos se detuvieron unos instantes en mi cuello y oí un hondo suspiro.

—Siempre me has recordado a los delfines. Todo el mundo se empeña en analizar su lenguaje como si realmente lo entendiera, aunque no tienen ni idea de lo que dicen. —Lancé una carcajada que rebotó en el agua y fue devuelta en forma de eco—. Son animales fieles y hasta se dejan acariciar y comparten contigo algo de su tiempo..., aunque después, después es imposible atraparlos, se deslizan de tu mano con elegancia hasta desaparecer.

—¿Es que quieres atraparme, Albert? —susurré.

Él me miró fijamente a los ojos y sentenció:

—Quiero estar contigo mi vida entera.

Bajé la vista avergonzada y él cogió mi barbilla para que la levantara de nuevo.

—¿Estoy asustándote?

Negué con la cabeza. Llevaba años esperando aquello y, sin embargo, no estaba preparada para oírlo. Nunca creí que mi sueño pudiera cumplirse con tanta facilidad.

—¿Me permites besarte? —continuó después de una pequeña pausa.

—Nunca me han pedido permiso.

—Eso es que nunca has elegido al hombre adecuado —añadió y, sin esperar mi respuesta, sabiendo de antemano que iba a ser afirmativa, inclinó la cabeza y sus labios se posaron sobre los míos. Primero con ternura y, después, con desesperación.

Jugamos a encontrarnos y a separarnos, a beber de nuestro aliento, a respirarnos y ahogarnos.

Y ése fue el momento en que descubrí que con él un beso no era sólo un beso.

Pasamos bastante rato tumbados, cubriéndonos de arena, acariciando nuestros cuerpos por encima de la ropa, con miedo a ser descubiertos, con miedo a descubrirnos a nosotros mismos, hasta que él se incorporó, colocando las manos a ambos lados de mi rostro.

—Te llevaré a casa —afirmó.

—Sólo si te quedas allí conmigo.

—¿Estás segura?

—Completamente.

El trayecto fue una mezcla de miradas, de manos furtivas sobre la pierna, de caricias robadas en un semáforo en rojo. Y, también, de besos atrapados por el deseo que amenazaba por estallar entre nosotros. Dejamos el coche en la entrada de la urbanización y corrimos a través del cemento que rodeaba la piscina vacía de gente hasta el portal. Nos besamos de nuevo y él sujetó mi cintura como si tuviera miedo de avanzar. Yo bajé directamente a su entrepierna abultada y él gimió. Me arrastró hasta la puerta del piso de mis padres, que aquel año se habían ido de vacaciones con mis tíos a Italia, y saqué las llaves del bolso. Se me cayeron dos veces antes de poder introducirlas en la cerradura. Tuvo que ser él quien abriera y me diera paso dentro. Lo guie en la oscuridad hasta la habitación del fondo. Entramos envueltos en un abrazo eterno y, cuando nos separamos, de improviso, nos quedamos mirándonos con una vergüenza que nos había esquivado toda la noche. Las cortinas abiertas daban paso a la luz de la luna, cuyos destellos plateados se escondían entre las sombras.

—¿Estás segura? —preguntó de nuevo mirándome con intensidad, con un anhelo imposible de explicar.

Asentí con la cabeza y después negué con energía. Y, no sé por qué, pero en ese momento me acorde de la similitud con los delfines y la incapacidad de entender su forma de comunicarse. Me reí con timidez ante su gesto de incomprensión.

—Sí..., yo..., verás..., nunca...

Me interrumpió poniendo un dedo en mis labios hinchados de besos y pasión compartida.

—Yo tampoco —afirmó con bastante más seguridad que yo.

Abrí los ojos con desmesura y él pareció algo avergonzado. Se pasó con torpeza la mano por el pelo y resopló con frustración. Sencillamente, lo encontré tan adorable que lo habría adoptado.

—Pero ¿sabes cómo...?

—En teoría, sí, físicamente me las apañaré —concluyó, y me atrajo hacia sí sin miramientos.

La ropa fue despareciendo con gran rapidez, como si la urgencia de unir nuestros cuerpos hubiera nublado nuestros sentidos.

Aunque las cremalleras se atascaron, el cierre del sujetador se enredó con mi pelo y su cinturón necesitó de bastantes sacudidas, caímos desnudos riéndonos sobre la cama cubierta por los vestidos que había desechado horas antes.

Se situó sobre mí y atacó mis labios indefensos y, también, rendidos a él. Bajó su lengua deslizándose por mi cuello y mi clavícula, produciéndome pequeñas descargas de placer en todas las terminaciones nerviosas. Alcanzó un pezón y lo circundó con el entusiasmo de un novato. Gemí cuando su mano rodeó mi pecho izquierdo.

—Es exactamente como me lo imaginé —suspiró al decirlo—, del tamaño perfecto para mi mano.

Reí de nuevo y él me acalló con un beso en el que enredamos las lenguas y provocó que nuestra respiración se volviera errática.

Notaba su miembro erguido y duro contra mi estómago, y eso me excitó como nunca antes nada lo había hecho. Abrí las piernas esperando recibirlo, aunque él no tenía tanta prisa como demostraba yo.

—Déjame saborearte, he esperado mucho tiempo —pidió.

Abandonó mis labios y se dispuso a recorrer mi cuerpo desnudo con la boca. Me estremecí cuando llegó a mi vientre y sopló con levedad sobre mi ombligo. Luego apoyó el rostro y afirmó con reverencia:

—Algún día podré oír el latido del corazón de nuestros hijos.

—Espero que sea un día muy lejano —añadí yo riéndome—. Y, sobre todo, que sea un latido individual —continué con un leve jadeo.

Él levantó la vista y me examinó con detenimiento. No reía. Su gesto concentrado me comunicaba que hablaba en serio, y eso fue lo que me hizo amarlo. En aquel instante comprendí que, si aquello no era amor, nunca averiguaría lo que suponía.

Sus dedos investigaron y yo me arqueé para recibirlo, totalmente entregada. Se aseguró de que estuviera preparada antes de continuar y hubo un pequeño forcejeo con el preservativo que provocó más risas contenidas. Sin embargo, nada hizo que disminuyera el deseo que sentíamos de fundirnos el uno con el otro. Nada lo consiguió. Se introdujo en mi interior poco a poco, con excesivo cuidado y ternura, a la vez que me iba cubriendo de pequeños besos todo el rostro, como si estuviera venerando a una imagen sagrada. Se detuvo al notar la leve barrera y se irguió soportando su peso sobre los antebrazos. Sus ojos me enviaron una pregunta silenciosa y fui yo, con mi movimiento, quien rompí aquello que nos impedía unirnos. Proferí un quejido y él se quedó inmóvil un instante hasta que el color regresó a mis mejillas.

—Muévete —le pedí.

Lo hizo, con una cadencia sensual al principio, y con urgencia después. Apenas me dio tiempo a contener el aliento cuando estallé en un placer que me dejó exhausta entre sus brazos. Creí que él continuaría, que alargaría ese momento tan sumamente agradable. Se detuvo. Abrí los ojos y lo miré. Él abrió los ojos y me miró.

—¿Eso ha sido todo? —inquirí.

No sé qué entendió.

—Sí, te lo he dado todo, Candy —respondió dejándose caer sobre mí sólo para aspirar como si le fuera la vida en ello en el hueco de mi cuello descubierto.

—¿Todo? —repetí, y comencé a reír a carcajadas.

Él se irguió, todavía en mi interior, y me escrutó con una mirada de enfado.

—¿Te estás riendo de mí?

Volví la cabeza y la enterré en la almohada, fresca en contraste con mi acalorada mejilla, y seguí riendo. Noté cómo vibraba él en mi interior y reí con más ganas. Cuando descubrí mi rostro, lo vi riéndose a él también.

—Joder, lo siento. Me prometí a mí mismo que duraría más, pero no he podido, ha sido...

—¿Todo? —inquirí de nuevo, y ambos estallamos en carcajadas.

—Iba a decir «demasiado intenso» —farfulló cuando nos tranquilizamos un poco.

—También lo ha sido —añadí besándole la frente perlada de sudor, y aspiré su olor salado salvándome de mí misma.

Robándole parte de su esencia para hacerla mía.

—Te prometo que la próxima vez será mucho mejor —aseguró.

Lo miré con seriedad. Su rostro mostraba un anhelo desesperado por conseguir que lo creyera. No hacía falta. Jamás volvería a dudar de él.

—Lo sé, de eso no he tenido nunca duda alguna —musité antes de recibir un nuevo beso.

Curiosamente, yo fui la primera en quedarse dormida. Desperté algún rato después con la apacible sensación de que había encontrado el camino que buscaba y no lograba encontrar. Era él. Mi camino, mi obstáculo, mi roca y mi perdición. Estaba recostado de lado y me observaba mientras me acariciaba el pelo y enredaba sus dedos en mis rizos con inconmensurable ternura.

—Antes no me has contestado. ¿Me darás un año de tu vida para enamorarte?

No le confesé que no necesitaba un año, que ya era suya en cuerpo y alma.

—Te lo daré si me miras siempre así —murmuré.

—¿Cómo? —inquirió él con una sonrisa.

—Como si fuera la única mujer sobre la faz de la Tierra.

—Lo eres, Candy, para mí siempre lo has sido. Ahora y siempre.

:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚

Amanecía cuando abrí los ojos de nuevo. Estaba sola en la cama, pero pude oír el rumor de dos voces masculinas en el salón. Sonreí de forma inconsciente, con aquella felicidad que consideras inmutable al tiempo. Me levanté y me puse una camiseta con intención de salir. Sin embargo, me detuve junto a la puerta cerrada al oír mi nombre.

—Joder, Tom, ¡ten cuidado! Candy está dormida y no quiero que se despierte —siseó Albert.

—Tío, te has perdido una noche de la hostia —aseveró mi hermano, ignorándolo y tropezándose con algo que supuse que era el sofá.

—No me he perdido nada, te lo puedo asegurar. —En la voz de Albert percibí el asomo de una sonrisa, y no pude por menos que morderme el labio triunfante.

Mi hermano maldijo de nuevo y oí caer algo de cristal que se rompió al llegar al suelo.

—Déjame llevarte a la habitación —pidió Albert algo crispado.

Los oí forcejear y, de repente, la voz alta y clara de mi hermano, como si hubiera olvidado algo de suma importancia.

—¿Lo has conseguido?

Silencio. Un silencio que contenía la respuesta.

—Congratulations, my friend! Nunca pensé que lo lograrías. ¿Cuánto apostamos? ¿Sesenta euros? —siguió diciendo como si celebrara la Champions League.

Mi rostro se nubló ante esa demostración de alegría.

—Tómalos y así puedes llevar a cenar a mi hermana a algún sitio elegante —continuó Tom pese al silencio de su amigo.

—Está bien, los cojo sólo por eso. Y procura no hacer más ruido, no quiero que se despierte, he preparado una sorpresa...

Dejé de escucharlos. Y creo que en ese instante dejé de creer en el mundo tal y como lo conocía. Todo se desmoronó a mi alrededor. Cada palabra había sido una dentellada de realidad. Esperé hasta que oí la puerta cerrarse y salí tropezándome yo también con el sofá para alcanzar la habitación de mi hermano. Cuando entré lo vi vestido y tumbado boca abajo en la cama. Lo zarandeé sin compasión hasta que conseguí que entreabriera un ojo y me enfocara.

—¿Una apuesta? ¿Qué apuesta? —exigí saber.

—Candy, ¿no estabas dormida?

—¡No! ¡Contesta, maldita sea!

—Una apuesta, sí —dijo él frotándose la cara torpemente con una mano.

—¿Apostaste con Albert que...? —No pude continuar. El dolor que me estrangulaba la garganta lo hizo imposible.

—Pensé que no lo conseguiría —declaró mi hermano cerrando los ojos de nuevo—. Tuve que convencerlo durante semanas. No se atrevía, pensaba que iba a ser rechazado, pero por lo visto ha entrado por la puerta grande con honores..., ¡qué cabrón! —Y una sonrisa algo bobalicona le adornó el rostro antes de caer en un coma profundo.

Le abrí un ojo con dos dedos y él me asestó un manotazo.

—La apuesta —repetí con voz trémula—, ¿era yo?

Se volvió para darme la espalda y yo corrí hasta el otro lado de la cama.

—No te cabrees..., ¿eh?... Si has salido ganando.

Me quedé sin sangre en las venas.

—Total, dice que comparte el premio contigo...

Comenzó a roncar de una forma estrepitosa y me aparté de su lado apretando los puños hasta que me clavé las uñas en ellos. En ese momento los odié a ambos de una forma que nunca creí posible. Deseé poder hacerles todo el daño que ellos me habían hecho. No, deseé devolvérselo multiplicado por un millar. En cuestión de segundos, se me pasaron por la cabeza cientos de pensamientos de guerra, destrucción y mutilación. Al unísono, superponiéndose, logrando con eso que ahogara mi dolor para reaccionar a tiempo.

Caminé despacio hasta mi habitación. Pisé un cristal y me corté la planta del pie derecho. Ni siquiera percibí el dolor. No era capaz de sentir nada, como si me hubieran vaciado dejándome sin aire. Hice la maleta y me vestí con rapidez. Al recoger el bolso, una nota escrita con la caligrafía alargada y más propia de un médico que de un informático, cayó al suelo. La cogí casi con asco; ya todo lo relacionado con él me producía reparo y un profundo arrepentimiento.

Buenos días, mi delfín que se dejó atrapar. Te prometo que nunca te dejaré escapar. ¿Estás dispuesta a asumir el riesgo que eso supone? Te quiero. Creo que no he tenido valor para pronunciarlo con palabras, pero sí lo tengo para escribírtelo. Empieza la cuenta atrás: trescientos sesenta y cinco días y toda una vida.

La arrugué sin tener lágrimas que derramar y la arrojé a una esquina de aquella habitación, donde había aprendido lo que era perder y, también, lo que había sido amar. Cerré la puerta con cuidado y me puse las gafas de sol al llegar a la calle, todavía vacía de turistas y viandantes, ocultando la tristeza y el odio que luchaban por alzarse con el poder de dominar mi mirada.

:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚'゚・✿.。.:* *.:。✿*゚

Llegué a Madrid casi al mediodía. Mi abuelo estaba peleándose con las cazuelas de comida que le había dejado mi madre, ya que vivía seis meses con nosotros y los otros seis con mis tíos. En cuanto vio mi cara, se acercó a mí.

—¿Qué te ocurre, polvorilla?

—Nada, he decidido regresar antes de tiempo. Voy a subir a darme una ducha, quitarme la arena y hacer una llamada.

—Nenuca, cuéntamelo. Ha tenido que suceder algo. ¿Están todos bien?

—Demasiado bien —respondí subiendo la escalera.

Si dejaba que me abrazase, nunca podría completar lo que había urdido en el avión.

Hice la llamada y también una nueva maleta. Cogí mi pasaporte, mi portátil y bajé a despedirme.

—¿Ya te vas otra vez? ¿Vuelves a Menorca?

El abuelo no podía ocultar su preocupación y me obligó a mirarlo para responder.

—No, me voy bastante más lejos. Es algo que me ofrecieron y rechacé por él. —Me atraganté y casi no pude continuar—. Ahora es la única salida.

—¿Por él? ¿Te refieres al chico amigo de Tom tan majete que conocéis en Menorca?

—Al mismo, y no es tan majete como parece —ironicé—. Y tu nieto, tampoco.

—¿Qué te han hecho? Porque yo nunca me equivoco al juzgar a las personas, y ese chico vale la pena. Y tu hermano es un tarambana, pero tiene un corazón de melaza.

—No hablaré de ello, abuelo, no insistas, por favor —le pedí a punto de romperme.

—Huir, nenuca, es una salida cobarde, y tú nunca lo has sido.

—Ahora es lo único que puedo hacer, lo único que puede ayudarme —musité.

—Está bien, ya eres mayor para darte cuenta de que la vida no se queda con nada. Todo lo devuelve, y nunca cuando lo esperas. Ten cuidado, polvorilla, y piensa bien que lo que vas a hacer es posible que no puedas deshacerlo.

—Lo sé, abuelo. Cuídate —susurré dándole un beso en la mejilla.

—No, nenuca, cuídate tú. Y vuelve valiente, tan valiente como eras antes.

—Volveré, abuelo, aunque no sé cómo lo haré.

—Dime al menos dónde te vas para no preocupar a tus padres.

—A donde él no pueda encontrarme nunca —dije alejándome por el camino de piedra que daba a la calle.

CONTINUARA

Bueno, aqui se daran cuenta de lo que supuestamente le hizo el rubio a la niñata, porque ella es super mega inmadura y no analiza las cosas antes de actuar, y 9 años pensando que el y el hermano la apostaron a ella ...

Cosas de adolentes y ella como que no ha madurado todavia

Este hombre tiene muchisima paciencia con ella.

Azul.