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CAPITULO 13
No lo entiendo, Candy, no lo entiendo
(Tom)
Lo primero que oí aquella mañana de verano fue el timbre de la puerta y los golpes que ésta recibió al retrasarme en abrir. Lo primero que vi fue una estúpida sonrisa en la cara de Bert y un ramo de rosas rojas. Lo primero que olí fueron las rosas y su colonia barata.
Sentí ganas de vomitar. Sin embargo, me arrastré hasta la cocina y conecté la cafetera eléctrica.
—¿Crees que le gustarán? —preguntó él dejando con cuidado el ramo sobre la mesa de fórmica blanca.
—Y yo qué cojones sé —respondí bruscamente.
Me dolía la cabeza como si tuviera al maldito Thor ejercitándose para una batalla, y su colonia me mareaba. Me aparté un poco de él.
—¿Todavía no se ha despertado? —inquirió mirando la habitación cerrada.
—Ni puta idea. Vete a ver —contesté sirviéndome un café solo.
Bert se acercó y golpeó con suavidad la puerta. Al no recibir contestación, la abrió y entró. Salió al cabo de un segundo con un gesto de preocupación alarmante.
—No está —dijo.
—¿Cómo que no está? —mascullé girándome para coger el azucarero.
Debajo de él había un ticket de la compra semanal escrito con la caligrafía redonda y algo infantil de mi hermana.
Bert me lo arrancó de las manos antes de que pudiera reaccionar.
—Se ha ido a Madrid —exclamó como si no pudiera creérselo.
—Y ¿a qué se ha ido a Madrid? —pregunté deseando que él también se fuera para volver a acostarme.
—Sólo pone eso: «He vuelto a Madrid».
Mi cerebro empezó a reaccionar con lentitud.
—¿Qué le has hecho?
Bert negó con la cabeza y me miró con incredulidad.
—¿Qué hostias le has hecho a mi hermana? —grité roncamente.
—Tengo que encontrarla. —Fue lo único que respondió, y vi que estaba a punto de desmoronarse.
—Joder —farfullé—. Espera aquí, que voy a darme una ducha, tú intenta llamarla.
Mientras me vestía, sabiendo ya que Candy tenía el teléfono desconectado, pensé que las pupilas de mi hermana siempre se movían a una velocidad desmesurada. Nunca podía mantener los ojos fijos en una persona u objeto de forma constante, como si fuera un paso por delante de todos los demás y tuviera que conformarse con esperarnos o lográramos entenderla. La melodía que todos oíamos nunca era la misma para ella. Había nacido para destrozarme la vida, para que la quisiera hasta que me doliera el alma y para odiarla también. Me temía que Bert tenía los mismos sentimientos hacia ella, aunque no precisamente fraternales.
Preparé la maleta, corté la luz de la casa y cerré la puerta, dejando como recuerdo el ramo de rosas todavía sobre la mesa, percibiendo que detrás de aquella huida inesperada había algo que desconocíamos ambos. Acompañé a Bert a casa de su abuela y esperé en la calle a que bajara con su equipaje preparado. En el aeropuerto de Mahón, devolví el coche alquilado y le presté dinero para coger el primer vuelo que saliera hacia Madrid. Bert nunca había tenido demasiado, y yo sabía que era algo de lo que se avergonzaba. Procuré no darle importancia diciéndole que con su nuevo trabajo iba a devolvérmelo antes de que acabara aquel año. Él pareció sufrir un espasmo al oír aquellas palabras. Y, de todas las opciones que se me ocurrieron aquel día sobre absolutamente todo lo que podía haber sucedido, en la única que no me equivoqué fue en aquélla.
Pudimos llegar a Madrid la tarde del día siguiente. El dolor de cabeza había empeorado debido a las horas pasadas despiertos, y preocupados, pese a haberme tomado ya tres ibuprofenos. Bert no esperó a que lo guiara al metro cuando aterrizamos, salió por la puerta de llegadas como una exhalación y se subió al primer taxi libre. «¡Puto loco!»
Recuerdo que el calor era infernal y que la casa de mis padres acumulaba todo en su interior porque el abuelo nunca ha sabido utilizar el aire acondicionado. También recuerdo que pensé en gritarle unas cuantas verdades a mi hermana en cuanto la pillara, sin embargo, allí no estaba. El abuelo descansaba en su sillón favorito viendo la televisión. No se extrañó al vernos, parecía esperarnos.
—No está. Se fue ayer. —Fue todo lo que dijo. Luego se encerró en sí mismo observándonos de reojo como si no se fiara de nosotros.
¡Maldita fuera! Con un simple vistazo a su habitación comprobamos que había desaparecido la mayoría de su ropa, su ordenador portátil y su pasaporte. Comencé a preocuparme en serio. Esa tonta era todavia menor de edad y era la mayor estupidez de la historia de las estupideces, y tenía muchas en su haber.
Los siguientes tres días los pasamos recorriendo Madrid y husmeando entre sus amistades sin descubrir nada. Se había volatilizado. Ni Anny, ni Almu, ni sus compañeras de instituto supieron darnos siquiera una pista.
No sé cómo pudimos sobrellevar aquellos días de incertidumbre. Supongo que vi a Bert tan destrozado que tuve que ser el fuerte para que él se apoyara en mí. El abuelo se hacía el loco y nos evitaba, culpándonos con la mirada, algo que no llegábamos a entender. En la tarde del tercer día regresaron mis padres de su viaje a Italia y nos encontraron esperándolos en casa. Sin que nos diera tiempo a explicarles lo sucedido, sonó el teléfono con una precisión matemática. Una precisión que sólo poseía Candy. Fue mi madre la que contestó, aunque no habló. Al cabo de un par de minutos, en que todos aguantamos la respiración, colgó y soltó la bomba.
—Se... se ha ido a Rusia —balbució.
—¡Rusia! —exclamamos todos al unísono, y mi madre comenzó a llorar en silencio.
—Dice... dice que estaba apuntada a un programa de voluntariado para trabajar con niños, que... que ella iba a rechazarlo pero que piensa que es la mejor decisión que podía tomar. Que... que...—mi madre no conseguía hilar una frase coherente y nosotros no entendíamos ni una sola palabra— está bien.
—¿Está bien? —repitió Bert tragando saliva y con una palidez espectral.
—Hace frío, eso sí —murmuró mi madre, y huyó a la cocina.
Aquel día descubrí que tenía una fiambrera oculta en uno de los armarios con todo un arsenal químico de tranquilizantes. Nos los repartimos como si fueran caramelos y nos quedamos sentados en el sofá de piel con el aire acondicionado susurrando a nuestro alrededor un lenguaje incomprensible.
—Pero si ni siquiera tiene la mayoría de edad. Voy a avisar a la policía y...
Bert se apresuró a interrumpir a mi padre.
—No consiguen nada con hacerla volver, hay que dejarla traquila—musitó.
Y todos nos hundimos un poco más en la desesperación que acompañó su ausencia, sabiendo que nada podíamos hacer por atraerla a casa. Nunca podíamos atraparla cuando ella no quería dejarse atrapar.
Dos días después, Bert regresó a Londres. Yo lo acompañé al aeropuerto, y fue la primera vez que mencionó algo de la noche anterior a la desaparición de mi hermana.
—Yo soy el culpable —murmuró a punto de desmoronarse.
Le di unos golpes en la espalda y sentí un nudo en el estómago extraño y aterrador porque nunca había sentido nada así.
—No fui lo suficientemente bueno para ella, la decepcioné y ahora no quiere volver a verme. Lo siento —susurró con voz ronca, y vi cómo sus ojos se llenaban de las lágrimas contenidas durante aquella infernal semana.
Me importó una mierda lo que la gente pensara de nosotros y lo abracé con fuerza. Para mí era también un hermano y no podía por menos que compartir su dolor. Se fue arrancándome la promesa de que le hiciera llegar cualquier noticia que tuviera de Candy.
Pero lo que no supe hasta bastante tiempo después fue que su dolor era equiparable al mío. Nuestra casa se vio vacía, como si las cuatro personas que la habitáramos no fuéramos suficientes, como si ella lo llenara todo con su presencia. Las comidas y las cenas se tornaron grises y desdibujadas sin su conversación caótica y muchas veces sin sentido. Nunca llegué a entender por qué se alejó de aquel modo, y mucho menos comprender por qué lo hizo de mí. Desde que tuve conciencia de su existencia había estado colgada de mi cuello como un molesto mono. Me incomodaba e incluso le mentía muchas veces para quitármela de encima y tener tiempo para mis asuntos. Nunca creí que la añoraría tanto como para llorar a solas en mi cama esperando que ella entrara, se tirara sobre mí haciéndome un placaje y se pusiera a contarme alguna historia surrealista que le había acontecido.
Lo peor sucedió cuando fueron llegando las fotografías. Se las enviaba por correo electrónico a mi padre y él me las reenviaba a mí. Una sola instantánea en la que se la veía sonriendo falsamente a la cámara haciéndonos ver que era el sueño de su vida, porque mi hermana siempre había sido así, una eterna soñadora, una incombustible soñadora que pulverizaba lo que ansiaba una vez que lo había conseguido sin llegar a disfrutar de ello. Los mensajes eran todavía más preocupantes. Frases cortas en forma de telegrama: «Estoy bien / hace frío / calor / llueve sin parar», o lo que cojones tocara aquel día. Siempre finalizaba con: «Os quiero y os echo de menos». Jamás decía cuándo iba a regresar ni contestaba los correos de tinte desesperado que le escribía en nombre de mis padres. Y yo me encerraba en mi habitación y tenía ganas de gritarle por su egoísmo y zarandearla y preguntarle por qué no nos había dado la opción de quererla y de echarla de menos. Tenía la última palabra, y la odié por ello.
Nunca supimos con exactitud en qué lugar de Rusia estuvo; sí que, sintiendo la imperiosa necesidad de alejarse todavía más de nosotros, viajó a Laos unos meses más tarde. La fotografía que envió aquella vez me impactó de tal modo que no quise seguir viendo qué rumbo tomaba su vida. Estaba sentada sobre una piedra, se veía una frondosa vegetación de fondo, contrastando con el fular de vibrantes colores que le rodeaba el cuello. Sus brazos desnudos y demasiado delgados sostenían con ternura a un bebé. En sus ojos vi algo que deseé no haber visto nunca, una desolación tan apabullante que sentí un agudo dolor en mi interior. Siempre fue excesivamente generosa, esparcía amor con facilidad, regalándolo como si no supusiera ningún esfuerzo para ella. Estaba intentando transmitir ese amor al pequeño bebé, negándonoslo a nosotros. Pero yo, demasiado enfadado con ella, sólo quise ver el egoísmo que escondía con esa acción, había olvidado el daño que había hecho para consolar a otros que necesitaban su ayuda. O quizá vi su propio dolor en aquella mirada y no su egoísmo. Nunca lo supe con certeza.
Trescientos sesenta y cinco días después, regresó. Estábamos en Menorca pasando el verano y ella lo sabía. Vino cargada de regalos para todos, hablando sin parar como si volviera de un puto crucero por el Mediterráneo y no de recorrer el mundo por lugares peligrosos para una mujer tan joven. Aunque la que regresó no fue mi hermana pequeña, fue una mujer que me costó meses reconocer. Una mujer más delgada que ocultaba su tristeza con una elegancia etérea y una sabiduría que antes no habíamos percibido en ella. Pensé que, a partir de ese momento, si ya había tenido encontronazos con algunos de mis amigos, especialmente con Fran, ahora iba a tener que repartir puñetazos a diestro y siniestro para controlarlos. Su aura era contagiosa y abrasiva a partes iguales. Nunca habló de cuál fue la razón de su huida y nunca se lo preguntamos, porque creo que todos temíamos que en cualquier momento fuera a hacerlo de nuevo.
Bert me comentó una noche que él creía verla como un delfín al que nunca lograría atrapar. Su afirmación me hizo reír en su momento, aunque meses más tarde comprendí que yo sentía algo parecido. Candy absorbía la vida, la devoraba en el sentido estricto de la palabra. El mundo, tal y como lo concebíamos los demás, no fue creado para ella.
Por alguna extraña razón, jamás había podido imaginármela como una anciana rodeada de nietos, percibiendo ya que iba a agotar el tiempo que nos daban en la Tierra antes que cualquiera de nosotros. Por ello me sorprendió tanto lo que dije cuando la vi cubierta de vendas y monitorizada en el hospital varios años después por un accidente de coche.
Recuerdo que había tenido una reunión complicada con el Departamento de Urbanismo del ayuntamiento y sólo tenía una idea cierta en mente. Largarme a casa cuanto antes y beberme una cerveza frente al televisor. Ni siquiera me apetecía llamar a Patty, a Rosa o a cualquier otra mujer dispuesta a acompañarme. Fue mi padre quien me comunicó la noticia, y únicamente dijo una frase:
—Tom, ven deprisa al hospital o no llegarás a tiempo.
—¿A tiempo de qué?
—De despedirte de tu hermana.
Me salté varios semáforos en rojo, conseguí unas cuantas multas de tráfico y perdí un espejo retrovisor al atajar por una calle demasiado estrecha. Una vez en el hospital, corrí hasta urgencias y pude ver a través de la ventana el cuerpo de Candy. Sólo ahí me permití el lujo de volver a respirar.
—Todavía no —murmuré.
Nadie me oyó, aunque yo continué con mi soliloquio.
—Todavía no es el momento, ¿verdad, Candy?
Y desde entonces me ha perseguido la idea de que la voy a perder en el momento más inesperado, porque ella es así, impulsiva, visceral y descomunalmente generosa con los que la rodean. Una mezcla difícil de digerir, pero a la que se ama con facilidad.
Llegó cuando todos esperábamos a Cecilia y se irá cuando nadie esté preparado para perder a Candy de forma definitiva.
CONTINUARA
