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✿ CAPITULO 14 ✿
✿ Cuando todo se complica... ✿
Corrí. Corrí tanto que apenas notaba las gotas de lluvia que caían sobre mí en forma de agujas de hielo. Atravesé el parque Bishop, rodeando el palacio episcopal, y me adentré en el camino de tierra que bordeaba el Támesis. Me detuve cuando choqué con la barandilla de hierro forjado. Jadeando, me incliné sobre mí misma a punto de perder la conciencia. Me esforcé en respirar de forma pausada, a golpes. Los golpes que sentía en mi autoestima y en mi corazón. Sollozando, retrocedí hasta refugiarme del agua para sentarme en un pequeño banco de piedra situado bajo la alameda. Me abracé las piernas y pude sentir la frescura y la humedad que brotaba en pequeñas volutas de niebla sobre el río.
Cerré los ojos con rabia.
¿Cómo había tenido Albert la desfachatez de decir que yo le había roto el corazón? Maldito fuera, una y mil veces. Sollocé con más fuerza y no me importó empaparme. Sesenta euros fue su premio por mi única noche con él. Ni siquiera sabía el cambio a la moneda inglesa. Dejé escapar una carcajada amarga. Ahora le había salido un poco más cara, más o menos millón y medio de libras, y por un tiempo que dudaba mucho que fuera un año entero.
Recordé la primera vez que vi a Tom tras ese largo año, las miradas mutuas de desconfianza. Me costó un gran esfuerzo perdonarlo. Ambos sabíamos qué había ocurrido, pero nunca hablamos de ello. Cuando regresé, yo había cambiado, él también, y nunca le pregunté por qué lo hizo y él nunca me contó por qué se comportó de forma tan vil.
Secándome las lágrimas con el furioso frotar de mi brazo cubierto por la sudadera de deporte, agaché la cabeza. Al principio había creído que podía vengarme de Albert, que era como si el karma me diera una última oportunidad para ello, que podía soportar su presencia sin alterarme..., aunque finalmente me di cuenta de que era imposible. Éramos dos almas destinadas a estar separadas con el ansia de permanecer juntas por siempre. Dafne y Apolo. Me convertiría en árbol antes de que él pudiera destrozarme más la vida.
Con el ánimo cansado, me levanté al anochecer para dirigirme de nuevo a casa. Estaba dispuesta a hacer las maletas y regresar a Madrid, ya no tenía sentido permanecer más tiempo allí. Aunque también tenía que pensar en las consecuencias que eso tendría para mi familia. Sí, tenía mucho que pensar, y me temía que poco tiempo para ello.
Al llegar, me sorprendió comprobar que la casa estaba vacía. Encendí la luz de la cocina y Bruno bostezó desde su cojín junto a la puerta de salida al jardín. Arrodillándome junto a él, le acaricié las orejas y le llené el cuenco de agua. Se quedó nuevamente dormido.
Me acerqué a la encimera para prepararme un termo de café y vi que había una nota sobre la repisa. Era de él. La cogí frunciendo los labios y la leí:
Nunca me creíste, como sé que tampoco lo has hecho ahora. Sí, me rompiste el corazón, pero no fue eso lo peor que sucedió, lo peor es que fulminaste todos mis sueños y esperanzas de una vida en común contigo, la única mujer que he amado. Sé que es probable que te estés preguntando que, si tanto te amaba, por qué no fui a buscarte cuando por fin regresaste de aquel año que me arrebataste. Aunque imagino que ya sabrás la respuesta: tu hermano me avisó diciéndome que no volviste sola, sino con tu novio Paolo.
Gemí en voz alta al leer eso.
Tengo dignidad, Candy, aunque tú hiciste que casi la perdiera. Eso me frenó y me hizo recapacitar, y me di cuenta de que jamás conseguiría alcanzar aquello que esperabas de mí. Lo he intentado durante estos años por todos los medios posibles. Tengo mil preguntas que hacerte y que espero que sean respondidas a mi vuelta de forma sincera, a riesgo de que eso nos destruya por completo. No puedes imaginar lo que es tener el corazón tan hecho pedazos que es incapaz de unirse, lo que es necesitarte hasta para respirar. Y ahora, nueve años después, intento descubrir en ti a la niña que adoré, a la joven que me enamoró, a la mujer a la que entregué mi vida entera, y no sé si lo conseguiré o sólo lograré hacerme más daño. Voy a estar de viaje una semana, sigo creyendo que por lo menos me merezco una explicación, y te doy estos días para que lo pienses con calma y decidas qué hacer realmente con esto que nos une o que quizá no nos ha unido nunca.
Con una estudiada calma, más propia de un autómata que de una persona, llené el termo de café y cogí una taza. Salí de la cocina y subí la escalera. A medio camino, me di cuenta de que las lágrimas se deslizaban por mi rostro sin consuelo. Siempre creí que para él no quedaban lágrimas que derramar; me había equivocado de nuevo.
Después de darme una ducha caliente y de vestirme con un pijama, me recogí el pelo en una coleta alta y, con el termo y la taza, me dirigí al despacho de Albert. Encendí el ordenador, la luz de la mesa de trabajo y conecté la música en una lista de Spotify que me pareció adecuada para mi estado anímico. La más melancólica y deprimente que encontré.
Abrí un cuaderno de dibujo y escribí el título: «Cosas que hacer antes de morir».
Por fin había decidido enfrentarme a mi verdadero problema, y el catalizador de ello había sido Albert, como todo en mi vida, aunque no estuviera presente.
1.-
2.-
3.-
Dejé los puntos en blanco, pero no porque no supiera qué escribir, sino por todo lo contrario. Tenía tantas cosas todavía por vivir, por experimentar, que me daba miedo terminar una lista que nunca pudiera cumplir.
Cerré el cuaderno con un golpe seco y me froté la frente cansada.
Tomando un sorbo de café amargo, cerré los ojos y recordé la angustia previa a mi regreso a casa hacía ocho años.
Cuando finalizó mi trabajo en una pequeña aldea al norte de Moscú, no supe adónde dirigirme. Había viajado desde España con lo puesto, un bloc de dibujo y el ordenador portátil, que permaneció, a causa de la escasez de infraestructuras, la mayor parte del tiempo sin batería. Me alojé con los otros voluntarios en casas de los lugareños, en un país en el cual la noche no tenía fin.
Allí comprendí que mi vida, tal y como la había estado viviendo, no tenía sentido alguno. En sus rostros macilentos, donde su mirada denotaba un profundo desencanto y resignación, supe que daba excesivo valor a aquello que no lo merecía. Me fui de aquel país sabiendo que no había hecho nada reseñable por mejorar sus condiciones, habiéndome dado ellos mucho más de lo que yo les di.
Allí conocí a Paolo, era un voluntario venido de Brasil, al que decidí seguir a Laos. Ambos conectamos con rapidez, probablemente unidos por la única cosa que teníamos en común: un desengaño amoroso. Nos reconocimos como si una sombra de completa desilusión nos precediera. Con más o menos fortuna, Paolo y yo recondujimos nuestra amistad para intentar liberarnos del pasado y comenzar una nueva etapa. Recaímos varias veces, como el drogadicto que es incapaz de dejar la heroína que ya forma parte de sus venas, pero aun así superamos los meses siguientes concentrándonos en nuestro trabajo.
Después, él voló a Brasil y yo lo acompañé. De ahí continuamos nuestro periplo haciendo algo que los dos ansiábamos desde niños. Fue nuestra única y última frivolidad antes de retomar el ritmo diario y enfrentarnos a nuestros demonios a la vuelta al hogar: viajar a Estados Unidos y completar la Ruta 66 en moto.
Un año después, me sentía lo bastante valiente como para regresar a casa, aunque Paolo, todavía percibiendo mis momentos de debilidad, insistió en acompañarme a Menorca. El regreso fue incluso más duro y doloroso que la ida, con el miedo a reencontrarme con recriminaciones que nunca llegaron y con la certeza del sufrimiento que les había causado mi huida. El pánico inicial por volver a ver a Albert se fue difuminando al pasar las semanas y comprender que no lo vería. Mi hermano no lo mencionó, y yo no pregunté por él. Decidí matricularme en la universidad y Paolo decidió disfrutar de la subyugación por mi hermano unos días más, aunque Tom ignorara sus continuas atenciones.
Llegó el final del verano y con él se rompieron todas las esperanzas depositadas en un posible encuentro con Albert. Volví a Madrid disimulando mi decepción y Paolo lo hizo a Brasil sin ocultarla. Poco volví a saber de él. De vez en cuando recibía algún correo desde países con nombres que ni siquiera sabía pronunciar, un hombre que seguía saltando de continente en continente sin llegar a encontrarse a sí mismo. Yo inicié la época de mi vida más tranquila y apacible, dándole reposo a mi corazón herido y buscando en la rutina diaria la salvación.
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La tímida luz del amanecer estaba ganando a la profunda oscuridad previa al alba, y los primeros rayos de un sol mortecino conquistaron terreno en la superficie de mi mesa de dibujo. Había pasado otra noche en vela y no había sido consciente de ello. Me levanté con gesto cansado y, antes de que llegara al pasillo, sonó el timbre de la casa. Bajé a trompicones la escalera, más dormida que despierta, para encontrarme con la sonrisa madrugadora de un repartidor que me entregó una voluminosa caja de cartón. Le di una propina y subí con ella a la habitación.
Al abrirla descubrí que era el muestrario de telas. Las extendí sobre la cama y las examiné con gesto pensativo, dudando cuáles elegir para cada uno de los diseños. Cuando quise darme cuenta, me había quedado dormida entre retazos de brillantes colores.
Bruno me despertó pocas horas después con largos lametazos en mi rostro y un gemido triste. Le sonreí y me desperecé para ponerle algo de comida y agua. Me cambié y bajé a esperarlo mientras me tomaba otra taza de café con tostadas. Después, me lo llevé a su paseo matutino. Como buen cachorro, no dejó de corretear alrededor de mis pies, tironear de la correa y olisquear todo lo que no debía ser olido. Al regresar, gastadas nuestras energías, la mías mucho más maltrechas que las suyas, lo dejé dormitando en su cojín y subí a darme una ducha.
El sonido del teléfono me sorprendió secándome el pelo. Me lo ahuequé con las manos y lo cogí con algo de miedo al comprobar que era mi hermano. Pensé que el primer estallido me iba a romper los tímpanos, aunque no fue así.
—¡Hola, enana! ¿Has vuelto al redil?
—He vuelto a la cárcel —repliqué con sarcasmo.
—Desde aquí me llegan tus ondas llenas de energía positiva.
—Vamos, hermanito, ¿qué pasa? —repuse con impaciencia. No me gustaban los rodeos.
—Buh, ya veo que estamos de buen humor, ¿eh?
—Thomas, contesta.
—No pasa nada, sólo que papá y mamá están algo preocupados y quieren hablar contigo.
—Ya lo hacen —dije sorprendida—. De hecho, lo hace papá, a quien no sé en qué momento de sapiencia mental se te ocurrió regalarle un móvil táctil. La única función que conoce es la de llamada, y yo debo de ser su contacto estrella. —Su brusca carcajada me interrumpió—. ¡Es verdad! —repliqué indignada—. Cuando contesto, siempre me pregunta quién soy y qué hago llamando desde el móvil de mamá.
Sus carcajadas continuaron como toda respuesta.
—¡No te rías y soluciónalo! Si es un regalo tuyo, por lo menos asegúrate de que sabe cómo utilizarlo.
—No, si me río porque ahora quieren verte.
Me atraganté con mi propia saliva.
—¿Van a venir a Londres?
—No, te están esperando en el despacho de papá con el Skype preparado, y esta vez me he asegurado de que saben qué hacer con él.
—¡Mierda! Dame cinco minutos y estoy con ellos.
—De acuerdo —afirmó, y colgó.
Me vestí con unos vaqueros y una camiseta y corrí hasta el despacho de Albert. El ordenador estaba encendido y sólo tuve que conectarme. Lo primero que vi fue el ojo de mi padre.
—¿Está ahí? No consigo ver nada.
—Estoy aquí —dije colocando la cámara para que me enfocara a la cara.
—¡Cariño!
—¡Hola, hija! —saludó mi madre moviendo también la mano—. ¿Te tratan bien los chinos? Te veo más delgada. ¿A que no te dejan comer nada más que arroz? ¿Ves? Te lo dije, Roberto. —Y miró a mi padre, que en ese momento suspiraba con resignación—. Tienes que descansar más, esas ojeras no las tapa ni el cemento armado..., si ya lo decía yo, que son unos explotadores, que te van a tener esclavizada, que las huelgas que hacen ellos no son de trabajar, sino de trabajar el doble...
—Eso son las huelgas a la japonesa, Mary—interrumpió mi padre la diatriba de mi madre, o más bien las críticas sucesivas a mi persona.
—¿Estás seguro, Roberto?
—Yo diría que sí.
—Pues yo creo que no, que en eso estoy muy puesta, ya sabes que me veo todos los documentales de la tele.
—¿No era el Disney Channel?
—¡No! El Discovery Channel. Roberto, que no te enteras de nada.
—Es que así vivo más feliz.
Me recosté en la silla giratoria y sonreí viendo su conversación. Fue como regresar a casa. Siguieron así un par de minutos más, hasta que me hice notar.
—¡Eh, que estoy aquí! ¿Os acordáis de mí?
—¡Huy, sí, cariño! ¿Qué tal? Que no nos cuentas nada —dijo mi madre reaccionando.
—Tampoco me habéis dejado... Estoy bien, hace algo de frío, llueve muchas veces y os echo de menos.
Ambos se miraron con cara de circunstancias.
—¿Estás en Londres con los chinos? ¿No te habrás ido a algún otro lugar recóndito del mundo otra vez?
Abrí los ojos con sorpresa y me carcajeé.
—Ya estoy mayor para ciertas cosas. ¿Qué os hace pensar eso?
—Nada, nada —expresaron los dos a la vez, y se miraron algo preocupados.
—Bueno, vosotros diréis.
—¿Ves, Roberto? Lo sabe, ya se lo ha dicho Tom.
—¿Qué tiene que decirme Tom? —inquirí bastante desconcertada.
Intercambiaron de nuevo una mirada y, por primera vez en años, noté una extraña tirantez en sus reacciones. Volví a sentir un nudo en el estómago, el aviso previo de que lo que iban a decirme no me iba a gustar oírlo.
—El caso es que ya tienes una edad, y Tom también, y nosotros, bueno..., nosotros..., la casa es muy grande... —comenzó mi madre.
—¿Vais a vender la casa? —pregunté relajándome.
—Sí, es la mejor opción.
—¿No es suficiente con el dinero que hemos ingresado?
—No es eso, es que..., verás, ya sois mayores los dos —reiteró—, y nosotros todavía no somos muy mayores...
No entendía nada de lo que intentaba explicarme mi madre, hasta que mi padre le puso una mano en el antebrazo y le ordenó callar con ese simple movimiento.
—Nos divorciamos —soltó de improviso.
Mi primer impulso fue reírme. ¿Divorciarse? ¿Cuánto llevaban casados, discutiendo, recriminándose el uno al otro tonterías, y reconciliándose? ¿Mil años? Carraspeé, dejé escapar una risita nerviosa e intenté componer un gesto serio que no disimulaba en absoluto.
—Nos divorciamos —repitió mi madre, esperando una reacción por mi parte que no fuera la sonrisa que había comenzado a adornar mi cara.
—Sí, claro... —farfullé.
—¿Acaso dudas de las palabras de tus padres?
Y entonces los creí. Porque nunca se habían puesto de acuerdo en nada, salvo en esa cuestión. Un escalofrío me recorrió la columna y se desplazó hasta la garganta, que se cerró impidiéndome respirar. Mi cuerpo se tensó como una cuerda y la reacción que esperaban llegó: solté la taza de café que sostenía porque ésta no pudo soportar el temblor de mi mano. Cayó al suelo con un golpe sordo y se hizo añicos. Me arrodillé torpemente para evitar el estropicio, jadeando como si no me llegara el aire a los pulmones.
¿Divorciarse? ¿En serio? No, tenía que ser una broma. Tenía que serlo, aunque como broma no tenía ninguna gracia. Mis padres quizá no fueran un ejemplo que seguir, pero eran mis padres. Y los padres no se divorcian cuando los hijos ya están creciditos, con todos los años que han tenido para hacerlo... No, imposible.
Era un error, un enfado gordo, un enfado pasajero. Seguro. Tenía que serlo. ¿Divorciarse mis padres? Un chiste. Un chiste de muy mal gusto.
—¿Dónde está, Roberto? Lo veo todo oscuro —oí que decía mi madre.
Levanté la vista desde el suelo hacia el respaldo negro de cuero.
—Creo que hemos perdido la intersección —asumió mi padre.
—Será la conexión —replicó mi madre.
—Pobre hija, y ni siquiera hemos podido explicárselo en condiciones.
—Es lo mejor, Mary, ¿cómo crees que reaccionaría si le dijéramos que llevamos más de dos años separados y que sólo nos reunimos en casa para la comida de los domingos con Archie y Tom?
Tuve que taparme la boca para no emitir un sollozo. No, nunca hay una buena edad para contar algo así a tus hijos.
—Hay que tener cuidado de que nunca lo sepa, imagínate cómo se sentiría si llegara a adivinar que tuvimos que mantener las formas después del accidente para que ella se recuperara—afirmó mi madre.
—Con lo que tenemos que tener cuidado, Mary, es con que no descubra que tú te has agenciado un novio que casi tiene su edad. Que ya sabes cómo es tu hija, que le da la ventolera y se nos va de misionera al Congo.
—Él me da lo que tú nunca me has dado. Aunque tienes razón: con lo frágil que es, le creamos un trauma y luego nos arruina con la cuenta del psiquiatra.
Mi padre resopló con enfado y yo apreté un trozo de loza de la taza de café hasta hacerme un corte profundo en la palma de la mano con tal de mantenerme callada.
—Lo entiendo. No se lo diremos nunca. Y añado: eso es porque tú nunca me has querido, siempre pensé que eras frígida. Un polvo los sábados, y el resto, castigado. ¡Joder, Mary! Si me tienen que beatificar por pasarme tantos años aguantándote.
—¡Tú hazte el bueno! Y ¿qué me dices de Piruca? ¿Crees que no sé que te acuestas con ella?
—Lo hago y lo hacía. Ella me ofrece lo que necesito, cariño en la cama y un cuerpo mullido... Además, se conoce todas las posturas del Kama Trufa.
—Kama Sutra, idiota, que siempre has sido un cateto...
—Y tú una listilla que se casó por dinero.
—¡Eso! ¡Encima, lo que tengo que aguantar, Señor! Si yo he cuidado de toda la familia estos años. Incluido tu padre, que, por cierto, te quedas tú con él. Aquí ni custodia compartida ni leches en vinagre. Ya verás qué contenta se pone Piruca cuando lo sepa...
En ese momento decidí intervenir. Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano y carraspeé para aclararme la voz. Sentándome con calma en el sillón, oculté la herida metiendo la mano entre las piernas y forcé una sonrisa.
—Bueno, ya estoy aquí, por lo visto la conexión se ha perdido durante unos minutos. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí, que queríais divorciaros.
Ambos se miraron incómodos y después me examinaron detenidamente a través de la cámara.
—¿Estás bien? —preguntaron al unísono.
—Claro —contesté no con todo el ánimo que quería imprimir a la afirmación—. Ya sois mayorcitos para saber qué os conviene. No os preocupéis por nada, que Tom y yo seremos siempre vuestros hijos y os apoyaremos a los dos.
¿De dónde había sacado eso? ¿De una serie americana? Me mordí el labio y sentí cómo me temblaban las piernas. No obstante, mantuve una expresión que consideré serena.
Ambos me escrutaron con claros gestos de estupefacción.
—¿Estás segura? Se te ve bastante pálida.
Mi madre se acercó de forma peligrosa a la pantalla para observarme de cerca.
—Es que todavía no se ha conectado la calefacción y comienza a hacer algo de fresco. Sólo eso —aseguré.
Sentía un sudor frío cubriéndome la frente y la tensión acumulada en el estómago, como si hubiera recibido un puñetazo. La herida de la mano emitía dolorosos pinchazos a lo largo del brazo.
—¿Ves, Roberto? Siempre he dicho que nuestra hija acabaría convirtiéndose en alguien adulto, una mujer madura.
—Vamos, Mary, que siempre afirmaste que te la habían cambiado en el hospital, que una hija así no podía ser nuestra ni pintándola.
—Hola —dije de nuevo, mordiéndome con fuerza el carrillo hasta que sentí la sangre en la boca.
—Yo ya he cambiado mi estado en Facebook, igual ya lo sabías—añadió mi padre—. Soy The Hunter, el cazador.
—Y ¿qué pretendes cazar? —inquirí totalmente descolocada.
—Disparo a todo lo que se mueva.
Se rio de su propio chiste.
—¿Papá tiene Facebook?
Miré intrigada a mi madre, que a su vez observaba a mi padre con considerable desagrado.
—Por supuesto. Yo también lo tengo. Soy Lady Halcón.
—¿Quieres que te cace? —pregunté todavía más desconcertada.
—No, tonta. Es por la película. Me he puesto como foto una de Michelle Pfeiffer algo modificada y no veas la de solicitudes masculinas que me llegan todos los días. Es una forma estupenda de... conocer gente —finalizó algo avergonzada, más por mi gesto de muda consternación que por el acto en sí.
—Entiendo —murmuré sin entender y, lo que era peor, sin querer entender nada.
—Bueno, cariño, que se nos hace tarde. —Se miraron con una sonrisa que no tenía ni un ápice de complicidad—. Queremos que sepas que nos alegra mucho que lo hayas entendido y que te guste tu nuevo trabajo con los chinos en Londres —aseveró mi padre.
—Aunque haga frío —añadió mi madre.
Se despidieron lanzándome un beso, como si en realidad no hubieran lanzado un misil de asalto contra toda mi existencia dando en la diana.
Me quedé unos instantes mirando la cámara y viendo el despacho de mi padre, ahora ya vacío. De improviso, cogí la papelera metálica y vomité el café ingerido. Estaba secándome la boca con un pañuelo cuando oí pasos y la voz de mi abuelo.
—¿Polvorilla? ¿Estás ahí?
Me incorporé con dificultad e intenté contener el mareo. Apenas podía respirar, y lo sentía todo girando alrededor de una forma siniestra.
—Sí.
—Y ¿cómo funciona este chisme? ¿Tengo que darle a algo?
—No, sólo siéntate y enfoca la cámara.
—Ya está —dijo repantigándose en el sillón de mi padre—. Te lo han dicho, ¿no?
—Sí.
—Si ya lo decía tu abuela Jacinta: «Braulio, que nosotros no hemos sido bendecidos con los hijos más listos del mundo, pero han ido a escoger a las dos más tontas del pueblo».
—Abuelo... —le recriminé con una media sonrisa.
—Nada, nada, que estoy harto de que te oculten cosas. Que piensan que eres débil cuando yo sé que eres la más fuerte de todos. Menos mal que la abuela te conoció y conoció a todos nuestros nietos. Que no sé yo cómo de esa mezcla pudisteis nacer vosotros. Seguro que se saltó una generación.
Sonreí de medio lado.
—¿Estás bien, nenuca?
—Sí —musité, porque no era capaz de procesar más palabras.
—Y ¿te cuida el chaval como debe hacerlo?
Pegué un respingo.
—¿Qué?
—Sé que os pensáis que chocheo, pero todavía tengo cuerda para rato. Y a mí no se me engaña tan fácilmente.
—¿Qué sabes?
—Que nos está ayudando a levantar la empresa. Si siempre dije que era un buen chaval. Aunque un poco atontado cuando tú estabas delante. ¿Crees que no tengo ojos en la cara? Toda su vida ha bebido los vientos por ti, como yo por tu abuela, que mira que me lo puso difícil...
Más preocupada porque no compartiese esa información con nadie que por su mensaje, lo interrumpí:
—No se lo digas a nadie, por favor.
—No lo voy a hacer. Sólo te pido que no se lo pongas tan difícil como me lo puso a mí tu abuela, que la paciencia se acaba, nenuca.
—Vale, vale —me rendí—. Y ¿ahora qué vas a hacer tú?
—Pues irme con la Piruca, ya verás qué contenta se pone...
Sus carcajadas me desarmaron, y comencé a reír con él.
—No seas muy malo.
—No lo soy, sólo soy viejo y eso me da muchas ventajas... Espera, que viene tu hermano. ¿Tengo que apagar el chisme?
—¡No! —gritamos al unísono Tom y yo.
Los vi hablar en susurros y el abuelo se despidió calándose la boina y premiándome con una sonrisa desdentada. Tom se sentó con gesto cansado en la butaca frente al ordenador.
—¿Cómo estás, Candy?
—¿Desde cuándo lo sabes? —contraataqué.
—Desde hace algunos meses. Papá a veces pasa la noche en mi apartamento, y una vez me lo encontré en el X For You —explicó con visible nerviosismo.
—¿Eso no es un club de intercambio de parejas? ¿Qué hacías tú allí? ¿Qué hacía papá? —argüí con bastante enfado.
—Mejor no preguntes —carraspeó, y desvió la mirada.
—¿Por qué no me lo habías contado? —dije con un hilo de voz.
—Candy —su tono se volvió condescendiente—, después del accidente, todo se complicó en casa. Las discusiones eran constantes, y la tensión con los tíos lo empeoró todo. Era imperativo, por tu bien, mantenerte alejada de aquello.
—Ya. Por eso Archie aceptó que me mudara con él cuando en realidad no era lo que estaba deseando —musité sintiendo renovadas ganas de vomitar.
—¿En serio estás bien? —insistió con preocupación.
—Sí, bueno, te dejo, que tengo que trabajar. Hoy han llegado las telas y quiero enviar los diseños dentro de un día o dos —afirmé, y corté la comunicación con una clara demostración de que no estaba nada bien.
Y entonces, sin cámaras ni espías, contuve las náuseas y las lágrimas se liberaron, deslizándose de forma serpenteante por mi rostro. Lo que más me atormentaba era que no sabía muy bien por qué lloraba, si por el divorcio de mis padres, por lo que pensaban de mí, porque me lo hubieran ocultado durante más de dos años o porque el abuelo me hubiera sermoneado. Lo único que sabía es que estaba harta de sorpresas desagradables y secretos.
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Un par de horas después, Bruno apareció alertándome con sus ladridos. Me miró compungido y me lamió la mano.
Mordiéndome el labio, me limpié y vendé la herida con cuidado mientras lo veía comer, para sacarlo después de paseo. Nada mejor que la rutina diaria para conferir algo de normalidad a mi vida. Fue en vano. Ni siquiera fui capaz de ingerir nada consistente al volver. Seguía encontrándome mareada, en ese estado previo en el que crees estar incubando la gripe. Me sentía como el punching ball de un gimnasio que la gente utiliza para desahogar sus frustraciones. Cogí el teléfono por inercia y llamé a Anny, la única que podía entender y esclarecer un poco mis cuitas.
—Aquí, la creadora de las amapolas más famosas de todo Londres... —canturreó, consiguiendo que yo sonriera desganada.
—Necesito que me salves de mí misma —pedí con bastante dramatismo.
—¡Ni lo sueñes! No soy una suicida —replicó con energía.
—Tengo que contarte algo importante.
—¿Por fin te has acostado con Bert? —inquirió con interés.
—No. Es algo relacionado con mis padres.
—¿Están bien? —En su tono había sincera preocupación.
—Creo que ahora mejor que nunca, y eso es lo que me da miedo.
—Trabajo hasta tarde y después tengo mi clase de zumba. Puedes venir y lo hablamos. Hay un Pret A Manger justo al lado del gimnasio —sugirió, dándose cuenta de lo difícil que resultaba para mí explicarle algo que todavía no llegaba a entender.
—¿Zumba? ¿No resultará arriesgado? Ya sabes que soy de las que piensan que cuando me entran ganas de hacer deporte lo más acertado es tumbarme hasta que se me pasen... —contesté no muy convencida.
—¿Arriesgado? Y me lo dice la que le gusta saltar de los puentes...—masculló—. Sólo es peligroso si no tienes cuidado con los puñetazos o las patadas.
—¿Puñetazos y patadas? ¿No hacías zumba? —pregunté a mi vez algo desconcertada.
—Sí, en el baile. Ya sabes: «Move your body!».[Mueve tu cuerpo] Vamos, anímate, ya verás qué divertido es —insistió.
—Si tú lo dices... —respondí todavía dudando y sin verle la diversión.
—Te mando al móvil las instrucciones para que no te pierdas.
Me lanzó un beso y colgó, con la maestría que la caracterizaba tras años haciendo lo mismo.
Media hora después, me encontraba en la casilla de salida del parchís o, lo que es lo mismo, el metro de Londres. Y esa vez conquisté la casilla de llegada sin pérdida alguna, con lo que salí a la fría tarde bastante más animada. Encontré el Pret A Manger sin problemas. Entré, elegí la especialidad navideña de sándwich, un botellín de agua y me senté a una mesa de plástico blanco a esperar a Anny. Sin que me diera tiempo a desenvolver el sándwich y descubrir la curiosa forma que tienen los ingleses de mezclar la mermelada de frambuesa con el pavo, los cebollinos y el pan integral, vi aparecer a mi prima. Iba vestida con unas mallas negras y un plumífero rosa chicle. En el hombro llevaba colgada una bolsa de deporte. Se había recogido el cabello negro en una coleta alta por la que asomaba su pelo de punta. De nuevo me sorprendió su aspecto, pero lo ignoré cuando vi su sonrisa cargada de preocupación. Me saludó y se apresuró a coger una Coca-Cola para sentarse junto a mí.
—¿Me dejarán entrar así, sin inscripción ni nada? —le pregunté evitando el tema principal.
—Ya te he preinscrito por internet. Suelo hacerlo a menudo, me conozco todos los gimnasios de Londres. Una vez que pasa el período de prueba, me doy de baja y así no me cobran —me explicó mientras ella se comía mi sándwich y yo bebía agua.
—¿Eso no es fraude?
—No. A eso se lo llama «cómo sobrevivir en Londres siendo inmigrante».
No pude reprimir una sonrisa.
—De verdad que a veces me pregunto quién eres tú y qué has hecho con mi prima.
—Todos nos hemos visto obligados a cambiar en estos años—murmuró mirando la acera a través de la cristalera. Se volvió con rapidez y me encaró.
—¿Qué han hecho tus padres? —preguntó con decisión.
—En realidad, deshecho.
Arqueó las cejas con muda interrogación.
—Se van a divorciar.
—¡¿Qué?! ¿Tus padres? Quiero decir, ¿mis tíos?...
—Sí. Por lo visto, no se soportan y hasta tienen en su haber una lista considerable de amantes.
Sentí náuseas de nuevo al recordarlo.
—Pero si llevan... llevan... siglos casados —masculló.
—Treinta y cinco años, para ser exactos.
—Toda una vida...
—¿No lo sabías?
—¿Yo? No tenía ni idea.
Me miró con total sorpresa.
—Tengo la sensación de que soy la última que se entera de las cosas. Dicen que fue para protegerme, por lo del accidente, ya sabes...
—No, no lo sé, aunque me lo imagino.
—¿Crees que yo he sido la culpable? —inquirí con un nudo en el estómago, ya que en ese momento me di cuenta de que era muy probable que yo hubiese provocado la situación.
—¿Crees que los hijos son los culpables de que un matrimonio se divorcie? Eso también es de manual, Candy. Y, no, no lo creo. Son adultos y toman sus propias decisiones. Nosotras no somos quiénes para juzgar por qué o por quién lo han hecho. De lo que sí estoy segura es de que hay muchas razones para que una pareja se rompa, y tú no eres una de ellas.
La miré con las lágrimas escociéndome los ojos.
—Candy, que a ti lo que te pasa es que tienes el corazón desafinado.
—¿Corazón desafinado?
—Sí, que tu vida ya empieza a parecerse con tanto dramón a una canción de Taylor Swift.
—¿Cuál de ellas?
—Todas son iguales.
No pude evitar una carcajada. Anny y sus extraños silogismos.
—Sólo hay que reajustarlo un poquito y empezará a sonar tu música.
—Gracias, Anny. Siento no haberte comprendido del todo el otro día, soy muy afortunada de tenerte aquí —musité.
—Espero que sigas pensando lo mismo después de la clase. A nuestra profesora la llamamos Terminator.
—No será para tanto.
—Prepárate para la lucha —aseveró mirando el reloj, y se levantó para salir.
La seguí y, apenas cincuenta metros más adelante, se detuvo frente a un edificio cubierto de cristales opacos.
—Parecen unas oficinas —musité extrañada.
—Que la apariencia no te engañe. Es uno de los mejores gimnasios de Londres, hasta en eso has tenido suerte. Cada piso está dedicado a una disciplina, e incluso cuenta con una piscina climatizada en la azotea.
—Oye, y ¿no será mejor que yo haga unos largos? Es que a mí lo del zumba no acaba de convencerme del todo.
—Ni de coña. Tú te vienes a zumba conmigo. Por lo menos me aseguraré de que duermes bien esta noche.
—¿Por qué? No es precisamente una clase de relajación.
—Porque vas a acabar muerta —determinó, y me sujetó del hombro para entrar, sin que a mí me diera tiempo a replicar nada.
En el recibidor me tropecé con un hombre que conversaba con un personal trainer. Me disculpé y él, al girarse, me devolvió una sonrisa deslumbrante que iluminaba sus ojos marrones. Pero ¿eso no era Londres? ¿Cómo era posible que Neall estuviera allí? ¿Otra coincidencia?
—Candy, ¡alegría verte tú!
—Yo también me alegro —contesté con bastante menos entusiasmo.
—Hombre, el abogado —interrumpió Anny situándose entre ambos—. Yo soy...
—Anny—respondió Neal con otra sonrisa.
—¿Vienes a la clase de zumba? —lo interrogó ella.
—¿Zumba? —preguntó Neall algo extrañado—. No, no, yo venir para entrenamiento. Boxeo.
—¡Toma, y encima boxea! —exclamó mi prima, y yo elevé los ojos al cielo ante su despliegue de discreción.
Le di un pequeño pellizco en el brazo, pero me ignoró y siguió acosándolo.
—Vente con nosotras. Resultará mucho más... interesante—aseguró.
—No es necesario, Neall. Te dejamos para que tú... —repuse.
—Será placer —asintió él interrumpiéndome, y siguió a Anny, que ya subía por una escalera metálica hasta el segundo piso.
En ese momento, miré la puerta de salida y después a ellos, y dudé de qué dirección sería mejor tomar. Anny gritó por el hueco de la escalera:
—Candy, que la clase está a punto de empezar, y estos ingleses se mosquean si no llegas puntual, ya sabes cómo son.
Agaché la cabeza, porque estaba segura de que, aparte de Neall, que soltó una carcajada, nos habían entendido varias personas más.
Entré en la amplia sala con algo de temor. Había unas veinte mujeres, el único hombre, Neall, aunque eso no pareció cohibirlo en absoluto. Como no habíamos tenido tiempo de dejar nuestros abrigos y nuestras bolsas en las taquillas, los abandonamos en una esquina. Y la clase comenzó. Hello de Dragonette resonó haciendo temblar las paredes, y la monitora empezó a mover el esqueleto, porque aquello no era un baile, ni un entrenamiento, más bien me recordaba a una clase de «descubrimiento muscular». Anny se involucró como la que más y parecía conocer perfectamente la coreografía. Neall y yo..., bueno, hacíamos lo que podíamos o nos dejaban. Me sentía torpe y jadeaba por el esfuerzo. Neal se lo tomó con bastante buen humor e incluso le guiñó un ojo a alguna que le mostraba su interés.
En un momento dado, cuando la música era tan estridente que enlazaba una canción tras otra sin que descubriéramos su procedencia, desde David Guetta a Calvin Harris, llegó el momento de emparejarse. Estiré los brazos para alcanzar a Anny, pero ella, con una sonrisa de suficiencia, cogió las manos de una mujer de mediana edad embutida en unas mallas y camiseta lencera. Unos dedos golpearon mi hombro y me volví.
—¿Bailar? —me preguntó Neal con su perenne sonrisa.
—Más bien creo que me romperé un hueso —mascullé, aunque cogí la mano que me ofrecía.
El ritmo cambió a una especie de salsa, bachata o reguetón. Ni lo conocía ni sabía cómo había que moverse. Al parecer, mi compañero tampoco. Aquello era peor que cuando ves totalmente abochornada a tu tío Manolo, ese que bebe demasiado en cada celebración familiar, y se empeña en demostrar que «en nuestros tiempos sí que sabíamos bailar», arrastrándote consigo a la pista para ejercitar la cadera con Paquito el Chocolatero.
Me sujetó por la cintura de espaldas a mí, balanceé mi cuerpo, nos movimos a un lado tropezando, nos volvimos a juntar para no caer y noté la protuberancia de su miembro golpeando mi trasero, con bastante ritmo habría que decir. Al llegar el momento culminante, todo se descontroló. Creo que entendí algo así como «mambo», pero lo único que hice fue imitar el movimiento de mis compañeras... Y, al parecer, Neal no lo vio a tiempo. Me incliné sobre mí misma y mi trasero impactó de improviso y con toda la fuerza que reuní en su entrepierna. Ni siquiera fue un movimiento sexual, fue un movimiento de defensa personal que nunca se enseña en esa disciplina. Soltó sus manos de mi cintura y cayó hacia atrás sobre una colchoneta.
Lo que oí de sus labios fue una maldición en toda regla y, aunque no entendí ni una sílaba, el significado me quedó claro. La música se detuvo y todas se arremolinaron alrededor de él, que se sujetaba sus partes pudendas como si se las hubiera partido en dos. Estaba claro que lo nuestro nunca sería la coordinación.
—Me dijiste que esto no era peligroso —exclamé bastante nerviosa agarrando la muñeca de Anny, arrodillada también junto a él.
—Yo hablé de puñetazos y patadas, no de culetazos —contestó ella, y comenzó a reír a carcajadas.
Entre ambas ayudamos a Neal a levantarse y lo acompañamos a los vestuarios. Esperamos fuera por si volvía a necesitar nuestra ayuda. Diez minutos más tarde, salió. Se había cambiado el pantalón y la camiseta de deporte por el traje con el que debía de haber venido. Olía a jabón y a su perfume, que dejaba una suave pero intensa necesidad de aspirarlo de nuevo. Sonreía.
—¿Algún daño irreversible? —lo interrogó Anny.
Yo le pellizqué de nuevo el brazo.
—Todo perfecto —aseguró él.
Después de un pequeño intercambio de frases en inglés a la salida, me dijeron que él nos iba a llevar a casa, ya que su coche estaba aparcado en el sótano. Lo seguimos, sin que Anny dejara de hablar ni un solo instante, en inglés para más señas, y creí averiguar que con la intención de que yo no me enterara de nada, así que, una vez estuve sentada en el asiento de atrás, cogí el London Evening Standard que había conseguido en el metro. Lo ojeé distraída mientras oía el rumor de su conversación y la música ambiental que brotaba de la radio.
Y entonces llegó el último golpe de aquel aciago día. Supe cómo se había sentido Neal al recibir mi culetazo, porque yo sentí un puñetazo en el estómago que me dejó sin respiración. En el periódico había un pequeño reportaje del hombre de moda con la modelo de moda. Uno era mi marido, y la otra, aquella a la que había intentado asesinar sin premeditación con un bote de helado. Parecían estar en una fiesta. Él le sujetaba la cintura con posesión, vestido con un traje impecable de alpaca negra. Ella llevaba un vestido de paillettes dorado hasta media pierna. Y también parecían la pareja perfecta. Intenté descubrir a qué hacía referencia el reportaje, pero sólo entendí alguna frase suelta: «presentación de nueva colección», «reencuentro de nuestra pareja favorita», «el amor está en el aire». Esta última me quedó perfectamente clara porque la recordaba de una canción.
Apenas puedo describir lo largo que se me hizo el trayecto hasta el domicilio de Anny en las afueras de Londres. Con cuidado, doblé el periódico y me lo guardé en mi bolsa de deporte.
Aquellas imágenes me habían dolido por lo gráficas, por lo que significaban, por los comentarios..., porque me sentía engañada de nuevo.
Una vez dejamos a Anny, Neal intentó entablar conversación conmigo, esta vez en castellano. Le contesté con monosílabos y sonrisas forzadas. Creí que nunca iba a llegar al refugio de mi casa prestada para poder desencajar la mandíbula y dejar fluir mis lágrimas de nuevo. Cuando finalmente vi el asomo del edificio victoriano donde vivía Albert, abrí la puerta antes de que él consiguiera aparcar el coche junto a la acera. Esta vez no hubo coordinación ni descoordinación en nuestra despedida. Mascullé un «adiós, gracias» y entré con rapidez al hall. Allí, me dejé caer de rodillas e intenté recuperar algo de aire en mis pulmones. ¿Por qué me resultaba tan doloroso pese a todos los años pasados?
Mi teléfono sonó y rebusqué nerviosa entre la ropa que contenía la bolsa de deporte. Lo saqué para ver que era una llamada de él. Colgué. Al cabo de unos segundos recibí un mensaje:
Candy, ¿todo bien?
Fruncí los labios. ¿Por qué todo el mundo se empeñaba en preguntarme si estaba bien?
Estoy con Neal. Todo estupendo.
Sonreí de forma maquiavélica y añadí un «jódete» en voz baja.
Después, esperé una respuesta que nunca llegó. Me dirigí a la ducha y, pese a que dicen que relaja, conmigo no funcionó. Me tumbé en la cama y miré al techo como si pudiera darme todas las respuestas. Siempre había pensado que las personas se sustentan por la estrella de cinco puntas que conforma su vida: salud, amistad, familia, amor y trabajo. Como si mi existencia se tratara de fichas de dominó que estuvieran esperando ser empujadas, todo aquello, poco a poco, fue cayéndose. Sólo me quedaba la amistad. Me volví y abracé la almohada. Anny nunca me fallaría, de eso estaba completamente segura.
CONTINUARA
