Pensar en Hope y Henry condujo a mis hijos a la parte central del escenario en que se había convertido mi extraña, nueva y espaciosa mente, aunque tan fácil de distraer. Eran muchas las preguntas que tenía…
—Cuéntame cosas de ellos —insistí cuando me cogió de la mano, ya que el hecho de ir unidas no detenía nuestro paso.
—No hay nada como ellos en el mundo —me aseguró, y de nuevo sonó en su voz algo parecido a la devoción religiosa.
Sentí un agudo pinchazo de celos por esos extraños. Ella los conocía y yo no. No era justo .
—¿Cuánto se te parecen? ¿Y a mí? O a como yo era, desde luego.
—Mitad y mitad.
—Tienen la sangre caliente —le recordé.
—Sí, les late el corazón, aunque los suyos van un poco más deprisa que los de los humanos. Su temperatura es algo más alta de lo normal, también. Y duermen.
—¿De verdad?
—Bastante bien para unos recién nacidos. Somos las únicas madres que no necesitan dormir y nuestros hijos ya duermen toda la noche —se echó a reír entre dientes.
Me gustó la manera en que decía «nuestros hijos». Las palabras los hacían más reales.
—Hope tiene exactamente el mismo color de tus ojos, bueno de tus ojos de humana… así que eso no se ha perdido, menos mal —me sonrió—. Son tan hermosos… y Henry tiene mí color de ojos, de cuando yo era humana, es realmente increíble.
—¿Y la parte de vampiros? —le pregunté.
—Su piel parece tan impenetrable como la nuestra. Aunque no haya nadie que sueñe con probar si es así.
Pestañeé, algo sorprendida.
—Claro que nadie se atrevería —me aseguró de nuevo—. Su dieta… bueno, prefieren beber sangre. Henry continúa intentando persuadirlos de que beban alguna fórmula preparada para bebés, pero ellos no tienen mucha paciencia con ese asunto. No puedo decir que los culpe, eso huele fatal, incluso para ser comida humana.
Se me quedó la boca abierta. Por lo que decía entendí que tenían conversaciones con ellos.
—¿Persuadirlos?
—Son inteligentes, de una forma sorprendente, y van progresando a un ritmo tremendo. Aunque no hablan, todavía, se comunican de una manera bastante eficaz.
—No. Hablan. ¿Todavía?
Ella hizo disminuir el ritmo de nuestro paso, para permitirme asimilar esta nueva información.
—¿Qué quieres decir con que se comunican de forma eficaz? —le exigí.
—Creo que será más fácil que lo… veas por ti misma. Es bastante difícil de describir.
Reflexioné sobre el asunto. Sabía que había un montón de cosas que necesitaba ver por mí misma antes de convencerme de que eran reales. No estaba segura de saber para cuántas estaba realmente preparada, así que cambié de tema.
—¿Por qué sigue aquí Graham? —le pregunté—. ¿Cómo puede soportarlo? ¿Por qué lo hace? —mi voz cantarina tembló un poco—. ¿Por qué ha de sufrir más?
—Graham no está sufriendo —respondió con un tono extraño de voz—, aunque ya me gustaría a mí cambiar esa circunstancia —añadió entre dientes.
—¡Regina! —bufé, tirando de ella hasta que se detuvo, y sentí una cierta suficiencia cuando vi que podía hacerlo—. ¿Cómo puedes decir eso? ¡Graham lo ha dado todo por protegernos! Mira por lo que le hemos hecho pasar… —me encogí ante aquel oscuro recuerdo de vergüenza y culpa.
Me parecía muy extraño ahora que lo hubiera necesitado tanto entonces. Esa sensación de ausencia que sentía cuando él no estaba cerca había desaparecido. Probablemente debía de haber sido algún tipo de debilidad humana.
—Ya verás por qué lo digo —masculló Regina—. Le prometí que le dejaría que te lo explicara, pero dudo que lo veas de forma diferente a como lo veo yo. Aunque claro, a menudo me equivoco en lo que respecta a tus ideas, ¿no? —frunció los labios y me lanzó una mirada.
—¿Explicarme, qué?
Regina sacudió la cabeza.
—Se lo prometí. Aunque no sé si en realidad le debo algo…
Apretó aún más los dientes.
—Regina, no entiendo nada.
La frustración y la indignación invadieron mi cabeza. Me acarició la mejilla y entonces sonrió con ternura cuando mi rostro se suavizó en respuesta, mientras el deseo barría momentáneamente el disgusto.
—Es más duro para ti de lo que muestras, lo sé. Lo recordaré.
—No me gusta sentirme confusa.
—Lo sé. Así que mejor que regresemos a casa, de modo que puedas verlo todo por ti misma —sus ojos recorrieron los restos de mi vestido mientras hablaba de volver a casa y puso mala cara—. Mmm —después de pensárselo durante medio segundo, se desabotonó su camisa blanca, y me la pasó para que metiera los brazos dentro.
—¿Tan mala pinta tengo?
Sonrió con ganas.
Deslicé los brazos dentro de las mangas y después la abroché rápidamente sobre mi corpiño desgarrado. Esto, claro, la dejó a ella semidesnuda de cintura para arriba y era imposible no distraerse con el espectáculo.
—Te echo una carrera —le dije, y después la previne—, y ¡nada de dejarme ganar esta vez!
Me soltó la mano y sonrió.
—A la línea de salida…
Encontrar el camino de regreso a mi nueva casa fue más sencillo que andar por la calle de David hasta donde vivía antes. Nuestro olor había dejado un rastro claro y fácil de seguir, incluso corriendo a la máxima velocidad.
Regina me ganó antes de llegar al río, pero aproveché mi oportunidad y salté primero, intentando usar mi fuerza mayor para adelantarla.
—¡Ja! —exclamé exultante cuando oí cómo mis pies tocaban la hierba en primer lugar.
Al atender a su aterrizaje, escuché algo que no esperaba. Algo que sonaba con fuerza y muy cerca, el sonido del latido de un corazón.
Al mismo tiempo Regina estuvo a mi lado, con las manos aferradas con firmeza a la parte superior de mis brazos.
—No respires —me advirtió de forma urgente.
Intenté no entrar en pánico mientras me quedaba en la mitad de una inspiración. Lo único que se movía en mi rostro eran los ojos, girando de forma instintiva para encontrar la fuente de aquel sonido.
Graham estaba en la línea donde el bosque tocaba el prado de los Mills, con los brazos cruzados sobre el cuerpo y la mandíbula apretada con fuerza. Invisibles detrás de él, escuché dos grandes corazones más y el ligero crujido de los helechos bajo unas patas enormes, que caminaban impacientes de un lado para otro.
—Ten cuidado, Graham —le advirtió Regina. Un rugido se alzó en el bosque para corear la preocupación que denotaba su voz—. Quizás ésta no sea la mejor manera…
—¿Crees que es mejor dejarla que se acerque primero a los bebés? —la interrumpió Graham—. Es más seguro ver cómo se las apaña Emma conmigo. Me curo rápido.
¿Era esto una prueba? ¿Para ver si no mataba a Graham antes de encontrarme con Hope y Henry? Me sentí extrañamente mareada…, pero esto no tenía nada que ver con mi estómago sino sólo con mi cerebro. ¿Había sido esto idea de Regina?
Le eché una ojeada a su rostro llena de ansiedad. Regina pareció deliberar durante un momento, pero entonces su expresión se torció para preocuparse por algo más. Se encogió de hombros y una corriente sumergida de hostilidad tiñó su voz cuando replicó:
—Es tu cuello lo que te juegas, supongo.
El gruñido del bosque se volvió más furioso y cercano esta vez; Leah, sin lugar a dudas.
¿Qué pasaba con Regina?
Después de todo por lo que habíamos pasado, ¿no debería haber sentido un poco de afecto por mi mejor amigo? Pensé, quizá estúpidamente, que Regina y Graham ahora se llevaban mejor. Debía de haberlos malinterpretado.
Pero ¿qué estaba haciendo Graham? ¿Por qué se ofrecía como una prueba para proteger a Hope y Henry?
Nada de esto tenía sentido para mí. Incluso aunque nuestra amistad hubiera sobrevivido…
Y cuando mis ojos se encontraron con los de Graham, pensé que quizá así había sido. Todavía parecía mi mejor amigo, pero él no era el que había cambiado. ¿Qué aspecto tendría yo ahora para él?
Entonces dejó salir su sonrisa familiar, la sonrisa de un alma gemela y estuve segura de que nuestra amistad estaba intacta. Era como antes, cuando nos pasábamos las horas muertas en su garaje artesanal, sólo como dos amigos echando un rato. Todo fácil y normal. De nuevo me di cuenta de que la extraña necesidad que sentía por él antes de que yo cambiara había desaparecido por completo. Era sólo mi amigo, de la manera en que todo debía ser.
Sin embargo, aún no le veía sentido a lo que estaba haciendo. ¿De verdad era tan poco egoísta que intentaría protegerme, a riesgo de su vida, de hacer algo que lamentaría para siempre? Esto iba mucho más allá de la mera tolerancia por mi nueva naturaleza, o una manera milagrosa de poder mantener nuestra amistad. Graham era una de las personas que mejor conocía, pero esto resultaba excesivo para aceptarlo de cualquiera.
Su sonrisa se amplió, y se estremeció ligeramente.
—Tengo que decirlo, Emms. Eres un verdadero espectáculo para friquis.
Le devolví la sonrisa, recobrando con facilidad nuestra vieja camaradería. Ésta era la parte de él que comprendía mejor. Regina gruñó.
—Ándate con ojo, perro.
El viento sopló a mis espaldas y pude llenar rápidamente los pulmones con aire limpio de modo que logré responderle.
—Qué va, tiene razón. Los ojos sí que lo son, ¿verdad?
—Realmente espeluznantes, pero no tienes tan mala pinta como pensé.
—Oye… ¡Gracias por ese cumplido tan asombroso!
Él puso los ojos en blanco.
—Ya sabes lo que quiero decir. Todavía pareces tú, más o menos. No es tanto el aspecto que tienes como que… sigues siendo Emma. No creía que me sintiera como si siguieras aún aquí —me sonrió otra vez sin rastro de amargura ni resentimiento en ninguna parte de su rostro. Entonces se echó a reír entre dientes y dijo—. De todas formas, supongo que pronto me habré acostumbrado a los ojos.
—¿Seguro? —le pregunté, confundida.
Era maravilloso comprobar que aún éramos amigos, pero no tenía yo claro que fuéramos a pasar mucho tiempo juntos.
La más extraña de las miradas cruzó su rostro, borrando la sonrisa. Parecía… ¿culpabilidad? Sus ojos se movieron hacia Regina.
—Gracias —le dijo—. No sabía si serías capaz de callar, lo hubieras prometido o no. Como siempre le das todo lo que ella quiere…
—Quizás es que no he perdido la esperanza de que se enfade tanto que te arranque la cabeza —sugirió Regina.
Graham bufó.
—Pero ¿qué pasa aquí? ¿Es que me estáis guardando algún secreto? —les exigí, incrédula.
—Te lo explicaré más tarde —dijo Graham de forma casi inconsciente, como si en realidad no lo hubiera planeado así. Entonces cambió de tema—. Primero, que empiece el espectáculo —su sonrisa era un reto tan pronto como comenzó a avanzar lentamente.
Hubo un gruñido de protesta, y entonces el cuerpo gris de Leah salió de detrás de él. Seth, más grande y de color arena, estaba justo a su espalda.
—Tomáoslo con calma, chicos —comentó Graham—. Apartaos de esto.
Me alegré de que no le escucharan, aunque le siguieron con mayor lentitud. El viento se había calmado ahora y no alejaría su olor de mí. Se me acercó tanto que pude sentir el calor de su cuerpo en el aire que había entre nosotros. La garganta me ardió en respuesta.
—Venga, Emms, pórtate mal.
Leah y Seth gruñeron.
No quería respirar. No estaba bien aprovecharse de este modo tan peligroso de Graham, aunque hubiera sido él quien se ofreciera, no me importaba. Además, no podía apartarme de la lógica.
¿En qué me ayudaría esto? ¿Acaso me aseguraba que no le haría daño a Hope y Henry?
—Me van a salir canas, Emma —me provocó Graham—. Bueno, no técnicamente, pero creo que has cogido la idea, ¿no? Vamos, pilla el olorcillo.
—Sujétame —le pedí a Regina, pegándome a ella.
Sus manos se aferraron a mis brazos.
Coloqué los músculos en posición, esperando ser capaz de mantenerlos inmóviles. Estaba decidida a hacerlo tan bien, por lo menos, como lo había hecho durante la caza. En el peor de los casos, dejaría de respirar y echaría a correr. Nerviosa, aspiré un poco de aire por la nariz, preparada para lo que fuera.
Dolió un poco, pero mi garganta ya ardía sordamente de todas formas. Graham no olía más humano que el puma. Había un matiz animal en su sangre que me repelía de forma instantánea, aunque el sonido húmedo, fuerte, de su corazón resultaba atractivo, el olor que lo acompañaba me hizo arrugar la nariz. En realidad, su olor me facilitaba el atemperar mi reacción al sonido y calor de su sangre pulsante.
Inspiré de nuevo y me relajé.
—Vaya, veo que todo sigue exactamente igual por aquí: apestas, Graham.
Regina estalló en carcajadas, sus manos se deslizaron de mis brazos para enredarse en torno a mi cintura. Seth ladró una baja risotada que armonizó con la de Regina y se acercó un poco más mientras que Leah se mantuvo alerta, pero se acerco también. Y entonces fui consciente del resto de la audiencia cuando escuché el bajo y diferente carcajeo de Killian, sofocado por la pared de cristal que había entre nosotros.
—Mira quién habla —replicó Graham, apretándose la nariz de modo teatral.
Su rostro lobuno no se retorció cuando Regina me abrazó, ni siquiera cuando ella se recuperó y susurró «te amo» al oído. Graham continuó sonriendo como si nada. Esto me hizo recobrar las esperanzas de que las cosas fueran bien entre nosotros, del mismo modo que habían ido durante tanto tiempo. Tal vez ahora pudiéramos ser amigos de verdad, ahora que tanto le disgustaba físicamente, porque así no podría amarme como antes. Quizás eso era todo lo que hacía falta.
—Vale, pues ya ha pasado, ¿no? —repuse—. ¿Y ahora me vas a contar cuál es el gran secreto?
La expresión de Graham se tornó muy nerviosa, Leah se apostó a su lado, vi como la miraba a los ojos, la complicidad entre ellos.
—No es nada de lo que debas preocuparte por el momento…
Escuché otra vez la risita de Killian… un sonido anticipatorio. Debería haber presionado más, pero mientras escuchaba a Killian, percibí también otros sonidos. La respiración de ocho personas y dos juegos de pulmones que se movían con mayor rapidez que los otros. Y dos corazones que latían como las alas de un pájaro, ligeros y rápidos.
Me distraje por completo. Mis hijos estaban justo al otro lado de aquella fina pared de cristal. No podía verlos, porque la luz se reflejaba en los cristales reflectantes, como si fueran un espejo. Sólo podía verme a mí misma, con aquel aspecto tan extraño, tan blanca y tan inmóvil. Comparada con Graham. O comparada con Regina, que era igual.
—Henry y Hope —susurré. La tensión me convirtió de nuevo en una estatua. Ellos seguro que no olerían como un animal. ¿Los pondría en peligro?
—Ven y los vemos —me murmuró Regina—. Sé que lo vas a hacer muy bien.
—¿Me ayudarás? —le susurré a través de los labios inmóviles.
—Claro que sí.
—¿Y también Killian y Jefferson…? Sólo por si acaso.
—Cuidaremos de ti, Emma. No te preocupes, estaremos preparados. Ninguno de nosotros pondría en peligro a Henry ni a Hope. Creo que te sorprenderá lo rápido que se han metido a todos en un puñito de los suyos. Estarán totalmente a salvo, no importa lo que pase.
Mi anhelo de verlos, de comprender la adoración que destilaban los labios de Regina, rompió la inmovilidad de mi postura. Di un paso hacia delante. Y entonces Graham seguido de Leah me interceptaron, el con el rostro convertido en una máscara preocupada.
—¿Estás segura, chupasangres? —le exigió a Regina, con la voz casi suplicante. Nunca lo había oído hablar a Regina de esa manera—. Esto no me gusta nada. Quizá debería esperar…
—Ya has tenido tu prueba, Graham.
¿La prueba había sido idea de Graham?
—Pero… —comenzó él de nuevo.
—Pero nada —replicó Regina, de repente exasperada—. Emma necesita ver a nuestros hijos. Quítense de en medio, ya.
Graham me lanzó una mirada extraña, frenética, y después se volvió y casi echó a correr hacia la casa delante de nosotros. Leah por su parte me observó y se marchó hacía la casa lentamente, seguida por Seth.
Regina gruñó.
No le veía sentido a su enfrentamiento, pero tampoco podía concentrarme en eso. Sólo podía pensar en los bebés borrosos de mis recuerdos y luchar contra la vaguedad de esa imagen, intentando recordarla con exactitud.
—¿Vamos? —me dijo Regina, con su voz dulce de nuevo.
Asentí con nerviosismo.
Me tomó la mano con fuerza y me guió camino de la casa.
Me esperaban en una línea sonriente que era a la misma vez amigable y defensiva. Zelena y Cora estaban varios pasos detrás de los demás, cerca de la puerta principal. Estaban solas hasta que se les unió Graham, que se colocó delante de Zelena más que nada, más cerca de lo normal. No había nada casual ni cómodo en esa cercanía, por el contrario, ambos parecían encogerse ante esa proximidad.
Alguien muy pequeño se inclinaba en los brazos de Zelena y también en los de Cora, intentando ver algo alrededor de Graham. De inmediato captaron toda mi atención, todos mis pensamientos, de una manera que nada había conseguido desde el momento en que abrí los ojos.
—Pero ¿no tienen sólo dos días? —pregunté en un jadeo, incrédula.
Los extraños bebés recostados en los brazos de Zelena y Cora parecían tener semanas, si no meses. Eran dos veces más grandes que los bebés de mi vaga memoria, y alzaban su torso con facilidad mientras se estiraban hacia mí. Hope tenia brillante cabello del color del oro que caía en rizos más allá de sus hombros, y sus ojos de color verde esmeralda me examinaban con un interés que tenía muy poco de infantil, otro tanto era Henry con cabellos más cortos de color castaño y los ojos del color del chocolate, también fijos en mí.
Con un aire adulto, conscientes y llenos de inteligencia. Alzaron cada uno una mano, moviéndola en mi dirección durante un momento, pero luego se volvieron para tocar la garganta de Zelena y Cora.
Si sus rostro no fueran tan asombrosos en su belleza y perfección, no me habría creído que eran los mismos bebés. Mis bebés.
Pero los rasgos eran los de Regina y las mejillas y el color de sus ojos eran míos en el caso de Hope, Henry tenía mis rasgos pero el color de sus ojos eran de Regina. Incluso David tenía su lugar en los espesos rizos de ambos, aunque fueran del color del pelo de Regina en el caso de Henry. Debían ser nuestros. Imposible, pero cierto.
De todos modos, la visión de estas personitas inesperadas y milagrosas no las hacía más reales; si acaso, más fantásticas.
Zelena y Cora palmearon las manitas que tenían en sus cuellos y murmuraron.
—Sí, es ella.
Los ojos de Hope y Henry se engarzaron en los míos y entonces, como hicieron a los pocos segundos de su violento alumbramiento, me sonrieron. Un rayo brillante de diminutos dientes blancos y perfectos.
Temblando en mi interior, di un paso vacilante hacia ellos. Todo el mundo se movió a gran velocidad.
Killian y Jefferson se situaron justo enfrente de mí, hombro con hombro y las manos preparadas. Regina me sujetó por atrás, con los dedos tensos sobre la parte superior de mis brazos. Incluso Henry se movió para cubrir los flancos de Killian y Jefferson, mientras Zelena y Cora retrocedía hacia la puerta, con los brazos fieramente apretados en torno a Hope y Henry. Graham se movió también, manteniendo su postura protectora delante de ellas y escuché a Leah gruñir en el exterior.
Ruby fue la única que se quedó en su sitio.
—Oh, vamos, dadle una oportunidad —les reprendió—. No les va a hacer nada. Sólo quería mirarlos un poco más de cerca.
Ruby tenía razón. Estaba bajo control. Me habían sujetado para nada, porque su olor no era en absoluto igual que el de los humanos del bosque. La tentación no se le podía comparar. La fragancia de Hope y Henry equilibraba perfectamente el olor del más hermoso de los perfumes con el de la comida más deliciosa. Había suficiente del dulce aroma vampírico para que contrapesara la parte humana.
Podía manejarlo. Estaba segura.
—Estoy bien —les prometí, palmeando la mano de Regina sobre mi brazo. Entonces dudé y añadí—. De todas formas manteneos cerca, sólo por si acaso.
Los ojos de Jefferson estaban entrecerrados, concentrados. Sabía que estaba testando mi clima emocional y yo me empeñaba en mantener una firme calma. Sentí cómo Regina liberaba mis brazos y leí el asentimiento de Jefferson, pero aunque éste lo sabía de primera mano, no parecía tenerlas todas consigo.
Cuando ellos escucharon mi voz, aquellas criaturas demasiado listas para su edad, lucharon por desprenderse de los brazos de sus protectoras, extendiéndolos en mi dirección. De alguna manera se las apañaron para que su expresión mostrara impaciencia.
—Jeff, Em, dejadla. Emma puede con ello.
—Regina, el riesgo… —comenzó Jefferson.
—Es mínimo. Escucha, Jefferson, cuando estábamos de caza, captó el olor de unos excursionistas que se encontraban en el lugar equivocado y la hora inoportuna…
Oí cómo Henry tragaba aire con una inspiración de asombro. El rostro de Cora se llenó de pronto de un interés cariñoso mezclado con compasión, mientras intentaba sostener a Henry que luchaba en sus brazos. A Jefferson se le pusieron los ojos como platos, pero asintió ligeramente, como si las palabras de Regina hubieran respondido a alguna pregunta en su cabeza. La boca de Graham se torció en una mueca disgustada. Killian se encogió de hombros. Zelena mostró aún menos interés que su compañero, ya que estaba intentando sujetar a la bebé que luchaba en sus brazos.
La expresión de Ruby me dijo que a ella no la engañaba. Sus ojos entrecerrados, concentrados con una intensidad ardiente en mi camisa prestada, parecía más preocupada por lo que le había hecho a mi vestido que por ninguna otra cosa.
—¡Regina! —le recriminó Henry—. ¿Cómo has podido ser tan irresponsable?
—Ya lo sé, Henry, ya lo sé. Simplemente me he comportado como una estúpida. Debería haberme tomado mi tiempo para comprobar que estábamos en una zona segura antes de dejarla suelta.
—Regina —mascullé, avergonzada por la forma en la que me miraban. Era como si intentaran encontrar un rojo más brillante en mis ojos.
—Tiene toda la razón del mundo para reñirme, Emma —repuso Regina con una mueca—. He cometido un error terrible. El hecho de que tú hayas mostrado más fortaleza que nadie que haya conocido no lo cambia.
Ruby puso los ojos en blanco.
—Un chiste de buen gusto, Regina.
—No era un chiste. Le estaba explicando a Jefferson por qué sé que Emma puede apañárselas bien con esto. No es culpa mía que todos os hayáis precipitado en vuestras conclusiones.
—Espera —le interrumpió Jefferson con un jadeo—. ¿Es que ella no cazó a los humanos?
—Empezó a seguirlos —replicó Regina, disfrutando a las claras de la historia. Yo apreté los dientes—. Estaba concentrada por completo en la caza.
—¿Y qué ocurrió? —intervino Henry. De repente sus ojos brillaban, mientras una sonrisa asombrada comenzaba a formarse en su rostro. Me recordó a otros momentos, cuando me preguntaba por los detalles de la experiencia de mi transformación. La emoción de la nueva información.
Regina se inclinó hacia él, animada.
—Me escuchó ir detrás de ella y reaccionó a la defensiva. Tan pronto como mi persecución interrumpió su concentración, la abandonó bruscamente. Nunca había visto nada igual. Se dio cuenta de lo que estaba pasando… y entonces, contuvo el aliento y huyó.
—Guau —comentó Killian—. ¿En serio?
—No lo está contando bien —refunfuñé yo entre dientes, aún más avergonzada que antes—. Se ha dejado la parte en la que le gruñí.
—¿Y no le diste un par de buenos sopapos? —me preguntó Killian con alegría.
—¡No! Claro que no.
—¿No? ¿De verdad que no? ¿De verdad que no la atacaste?
—¡Killian! —protesté.
—Ah, vaya, qué lástima —gruñó él—. Eres la única persona del mundo que podría haberlo conseguido, porque no estaría en sus cabales para evitarlo, y además tenías una excusa perfecta —suspiró—. Me muero por ver cómo se las apañaría sin esa ventaja.
Lo miré con cara de muy pocos amigos y ojos helados.
—Ni se me ocurriría.
El ceño fruncido de Jefferson captó mi atención, ya que parecía incluso más molesto que antes.
Regina tocó con su puño ligeramente el hombro de Jefferson, con un ademán burlón.
—¿Te das cuenta de lo que quiero decir?
—Esto no es natural —rezongó Jefferson.
—Podría haberse vuelto contra ti… Sólo tiene horas —la reprendió Cora—. Oh, deberíamos haber ido contigo.
Yo no estaba prestando mucha atención, ahora que Regina ya había disfrutado lo suficiente de su broma. Seguía mirando a los preciosos bebés que estaba al lado de la puerta, todavía pendientes de mí. Sus pequeñas manos se alzaban hacia mí como si supieran exactamente quién era yo. De forma automática las mías se alzaron también imitando las suyas.
—Regina—le dije, inclinándome hacia un lado de Jefferson para verlos mejor—. ¿Por favor?
Jefferson tenía los dientes encajados con firmeza y no se movió.
—Jeff, esto no es nada parecido a lo que hayas podido ver antes —le comentó Ruby en voz tranquila—, confía en mí.
Sus ojos se encontraron durante un breve segundo, y después Jefferson asintió. Se apartó de mi camino, pero puso una mano sobre mi hombro y me siguió mientras avanzaba lentamente.
Pensaba cada paso antes de darlo, analizando mi estado de ánimo, la quemazón de mi garganta y la posición de los demás a mi alrededor, y qué fuerte me sentía yo contra lo capaces que serían ellos de contenerme. Fue una procesión muy lenta.
Y entonces los bebés que estaban en los brazos de mí cuñada y mí suegra, luchando y lanzando los brazos en mi dirección todo el tiempo, mientras su expresión se mostraba cada vez más irritada, soltaron un aullido agudo y cantarín. Todo el mundo reaccionó como si nunca hubieran escuchado sus voces antes.
Se reunieron a su alrededor en un segundo, dejándome allí sola, de pie, paralizada en mi lugar.
El sonido del llanto de Henry y Hope me atravesó, clavándome al suelo. Los ojos me picaban de la manera más extraña, como si quisieran llorar.
Parecía como si todo el mundo quisiera ponerles la mano encima, palmeándolos e intentando consolarlos. Todos menos yo.
Está vez escuché el quejido de Leah, me pareció de lo más extraño, sonaba desesperada.
—¿Qué pasa? ¿Están heridos? ¿Qué ha ocurrido?
La voz de Graham era la que sonaba más alta, y se alzaba llena de ansiedad sobre las de los demás.
Observé horrorizada que los cogía y luego, con un horror aún más profundo, como se rendían y dejaban a los bebés en sus brazos sin luchar.
—No, están bien —le aseguró Zelena.
¿Zelena dándole explicaciones a Graham?
Hope se fue con Graham con bastantes ganas, empujando su mejilla con su mano diminuta pero después retorciéndose de nuevo para estirarse en mi dirección, Henry se limitó a removerse inquieto con sus manitas en mí dirección también.
—¿Lo ves? —le dijo Zelena—, sólo quieren a Emma.
—¿Ellos quieren venir conmigo? —susurré.
Los ojos de Hope y Henry se clavaron en mí con impaciencia.
Regina salió disparada hacia atrás hasta llegar a mi lado. Puso las manos con suavidad en mis brazos y me empujó hacia delante.
—Te han estado esperando durante casi tres días —me dijo.
Estábamos ahora apenas a unos cuantos pasos de ellos. Llegaban hasta mí temblorosas columnas de calor que parecían surgir de sus cuerpos.
O quizá era Graham el que estaba temblando. Vi cómo se sacudían sus manos conforme yo me acercaba. A pesar de ello, y de su obvia ansiedad, su rostro permaneció más sereno de lo que lo había visto en mucho tiempo.
—Graham… estoy bien —le dije. Me estaba entrando pánico de ver a Hope y Henry en sus manos temblorosas, pero procuré mantenerme bajo control.
Me puso mala cara, con los ojos entrecerrados, como si él tuviera justo el mismo pánico de dejar a Hope y Henry en mis manos.
Los niños gimoteaban con impaciencia y seguían estirándose, cerrando sus pequeñas manos en forma de puños una y otra vez. En ese momento, algo en mí se encajó en su lugar. El sonido de su llanto, la familiaridad de sus ojos, la forma en que parecían más impacientes que yo en reunirse conmigo… Todo ello se entretejió en el más natural de los patrones mientras ellos intentaba agarrar el aire que había entre nosotros. De repente, fue absolutamente real. Y por supuesto que los conocía. Encontré de lo más normal que yo diera el último paso para cogerlos, poniendo mis manos en el lugar exacto, donde encajarían mejor, mientras los acercaba a mi cuerpo con ternura.
Graham dejó que sus largos brazos se extendieran de modo que pudiera acunarlos, pero no los soltó del todo. Temblaba un poco cuando nuestras pieles se rozaron. Su piel, que siempre me había parecido tan cálida, la sentía ahora como una llama viva. Tenía casi la misma temperatura que Hope y Henry, con quizá un par de grados de diferencia.
Los niños parecieron totalmente indiferentes a la frialdad de mi piel, o al menos muy acostumbrados a ella.
Alzaron la mirada y me sonrieron de nuevo, mostrando sus pequeños dientes cuadrados y sus hoyuelos. Entonces, de forma muy deliberada, me tocaron la cara.
En el momento en que ellos hicieron eso, todas las manos que me sujetaban se tensaron, anticipándose a mi reacción. Yo apenas me di cuenta. Estaba jadeando, aturdida y asustada por la extraña y alarmante imagen que llenaba mi mente.
Lo sentía como un recuerdo muy fuerte, tanto, que me parecía estar viéndolo a través de mis ojos mientras lo observaba en mi cerebro, aunque me resultaba completamente desconocido.
Miré a través de la expresión expectante de Hope y Henry, intentando comprender lo que estaba pasando, luchando con desesperación por aferrarme a mi calma.
Además de ser chocante y desconocida, la imagen tenía algo incorrecto, ya que casi podía reconocer mi propio rostro en ella, mi viejo rostro, pero la veía desde fuera, al revés. Comprendí con rapidez, que estaba viendo mi rostro como lo veían otros, más que si fuera un reflejo.
El rostro de mi recuerdo estaba contrahecho, destrozado, cubierto de sangre y sudor. A pesar de ello, mi expresión era la de una sonrisa de adoración. Mis ojos verdes relucían sobre unos profundos círculos. La imagen se agrandó, y mi rostro se acercó desde un punto de vista desconocido, y después, se desvaneció abruptamente.
Las manos de Hope y Henry cayeron desde mis mejillas. Sonrieron más aún, luciendo de nuevo sus hoyuelos. Salvo por los latidos de los corazones, se hizo un silencio profundo en la habitación. Sólo respiraban en realidad Graham, Hope y Henry. El silencio se alargó, parecía como si estuvieran esperando a que yo dijera algo.
—¿Qué… ha sido… eso?
—¿Qué es lo que has visto? —me preguntó Zelena con curiosidad, inclinándose a un lado de Graham, que parecía estar tanto como no estar en ese lugar y ese momento—. ¿Qué es lo que te han mostrado?
—¿Que ellos han sido los que me lo han mostrado? —susurré yo.
—Ya te conté que era difícil de explicar —murmuró Regina en mi oído—, pero bastante efectivo como medio de comunicación.
—¿Qué ha sido? —preguntó Graham.
Pestañeé rápidamente varias veces.
—Mmm. A mí. Creo. Pero tenía un aspecto horrible.
—Es el único recuerdo que tienen de ti —explicó Regina. Era obvio que ella también había visto lo que ellos me había mostrado cuando lo pensaba. Todavía estaba encogida, con la voz áspera al revivir el recuerdo—. Quieren que sepas que ya han hecho la conexión y que saben quién eres.
—Pero ¿cómo hacen eso?
Henry y Hope parecía indiferentes a mis ojos pasmados. Sonreían levemente y me tiraban de unos mechónes de pelo.
—¿Cómo puedo escuchar yo los pensamientos de otros? ¿Cómo ve Ruby el futuro? —preguntó Regina de modo retórico, y después se encogió de hombros—. Ellos tienen un don.
—Es un giro interesante —le dijo Henry a Regina—, como si ellos hicieran justo lo opuesto a lo que tú eres capaz de hacer.
—Interesante —admitió Regina—, me pregunto…
Yo sabía que ellos se habían puesto a especular, pero no les presté atención. Yo estaba mirando a los rostros más hermosos del mundo. Los sentía calientes entre mis brazos, recordándome el momento en el que la oscuridad casi había vencido, cuando no quedaba nada en el mundo a lo que aferrarse. Nada lo suficientemente fuerte que me empujara a salir de aquella oscuridad que me aplastaba. El momento en que pensé en Hope y Henry y encontré algo que nunca dejaría ir.
—Yo también los recuerdo —les dije en voz baja.
Me pareció de lo más natural inclinarme y presionar los labios contra sus frentes, primero Hope, luego Henry. Olían de maravilla. El aroma de sus pieles me dejó ardiendo la garganta, pero fue fácil de ignorar. Nada me quitaría la alegría de ese momento, porque Henry y Hope eran reales y al fin los conocía. Ellos eran los mismos por los cuales yo había luchado desde el principio. Mis pequeños pateadores, aquellos que había amado desde que estaban en mi interior. La mitad de Regina, perfecta y adorable. Y mitad mía también, lo que, sorprendentemente, los hacía algo mejor y no peor.
Yo había tenido razón todo el tiempo. Ellos habían merecido la pena.
—Está bien —murmuró Ruby, creo que a Jefferson.
Aunque les vi mantenerse atentos, aún sin confiar en mí.
—¿No hemos hecho ya suficientes experimentos para un día? —preguntó Graham, con la voz algo más aguda de lo normal debido a la tensión—. Vale, es verdad que Emma lo está haciendo genial, pero no llevemos las cosas demasiado lejos.
Le eché una mirada malintencionada de pura irritación. Jefferson se removió inquieto a mi lado. Todos estábamos apiñados tan cerca unos de otros que cualquier movimiento, por pequeño que fuera, parecía muy grande.
—¿Cuál es tu problema, Graham? —le exigí. Tiré ligeramente de Hope y Henry y él dio un paso hacia adelante. Ahora estaba apretado contra mí, con los pequeños tocando nuestros pechos.
Regina le siseó.
—No te echo a la calle, Graham, porque lo entiendo, pero Emma lo está haciendo extraordinariamente bien, así que no le arruines el momento.
—Y yo le ayudaré a echarte, perro —prometió Zelena, con la voz hirviendo de indignación—. Te debo una buena patada en las tripas.
Resultaba obvio, no había habido ningún cambio en esa relación, a menos que consideráramos el empeoramiento como cambio.
Le eché una mirada envenenada a la ansiosa expresión casi enfadada de Graham. Tenía los ojos clavados en el rostro de Hope. Con todo el mundo apretado a su alrededor, debía estar en contacto físico con al menos seis vampiros diferentes en ese momento, pero eso ni siquiera parecía molestarle. Volví a escuchar a Leah, están vez gruñendo, ¿que demonios le pasaba?
¿Graham de verdad estaba dispuesto a pasar por todo esto sólo para protegerme de mí misma? ¿Qué habría ocurrido durante mi transformación, mi cambio en algo que odiaba, que le hubiera ablandado tanto respecto a la razón que lo había convertido en necesario?
Me rompí la cabeza sobre ese asunto, observándole mirar a mi hija. Mirándola como si fuera un ciego que viera el sol por primera vez.
—¡No! —jadeé.
Los dientes de Jefferson se juntaron y los brazos de Regina se cerraron en torno a mi pecho como boas constrictor. Graham había sacado a Hope y Henry de mis brazos en el mismo segundo y yo no intenté retenerlos. Porque lo sentí venir, el ataque que todos ellos habían estado esperando.
—Zel —le dije entre dientes, con lentitud y precisión—. Llévate a Hope y a Henry.
Zelena extendió los brazos y Graham le pasó a mis hijos sin dudarlo. Ambos se apartaron de mí, andando hacia atrás.
—Regina, no quiero hacerte daño, así que por favor, suéltame.
Ella vaciló.
—Ve y ponte delante de nuestros hijos —le sugeri. Ella deliberó, y después me dejó ir.
Me incliné hasta adoptar mi posición de ataque, agazapada, y di dos pasos lentos hacia Graham.
—Tú… ¡no! —le rugí.
Él retrocedió, con las palmas de las manos hacia arriba, intentando razonar conmigo.
—Ya sabes que es algo que no puedo controlar.
—¡Tú, perro estúpido! ¿Cómo has podido hacerlo? ¡Es mi bebé!
Salió de espaldas por la puerta principal mientras yo lo acosaba, casi corriendo por las escaleras.
—¡Emma, no ha sido idea mía!
—Yo la he tenido en mis brazos una sola vez y ¿ya te crees con derecho a no sé qué estúpida reclamación lobuna? ¡Es mía!
—Podemos compartirla —me dijo con voz suplicante, mientras se retiraba a través del prado.
—A pagar —escuché decir a Killian a mis espaldas. Una parte pequeña de mi cerebro se preguntó quién habría apostado en contra de este resultado. No desperdicié mucha atención en él. Estaba demasiado furiosa.
—¿Cómo has osado imprimar a mi bebé? ¿Has perdido la cabeza?
—¡Ha sido involuntario! —insistió él, entrando entre los árboles de espaldas.
Y en ese momento dejó de estar solo. Reaparecieron los dos enormes lobos, que le flanquearon por ambos lados. Leah me gruñó.
Un rugido terrorífico surgió de entre mis dientes dirigido a ella. El sonido me molestó, pero no lo suficiente para detener mi avance.
—Emma, ¿te importaría escucharme sólo un segundo? ¿Por favor? —suplicó Graham—. Leah, lárgate —añadió.
Leah curvó su labio superior en mi dirección y no se movió.
—¿Por qué tengo que escucharte? —bramé. La furia dominaba mi cabeza, nublando cualquier otra cosa.
—Porque tú fuiste la que me dijo esto. ¿No te acuerdas? ¿Tú no dijiste que nuestras vidas nos pertenecían el uno al otro?, ¿a que sí? Que éramos familia. Tú dijiste que era así como se suponía que teníamos que ser. O sea que… aquí estamos. Es lo que tú deseabas.
Le lancé una mirada feroz, aunque realmente recordaba aquellas palabras. Pero mi nuevo y rápido cerebro iba dos pasos por delante de aquel sinsentido.
—Y pretendes formar parte de mi familia, ¡como mi yerno! —le chillé. Mi voz cantarina repiqueteó ascendiendo dos octavas pero aun así siguió sonando como música.
Killian se echó a reír.
—Detenla, Regina —murmuró Cora—, porque ella será infeliz si le hace daño.
Pero yo no sentí que nadie saliera en mi persecución.
—¡No! —insistía Graham al mismo tiempo—. ¿Cómo puedes mirarlo de esa manera? ¡Por favor, es sólo un bebé!
—¡Pues eso es lo que yo digo! —aullé.
—¡Tú sabes que no pienso en ella de esa manera! ¿Es que crees que Regina me habría dejado vivir tanto si eso fuera así? Todo lo que quiero es que ella esté a salvo y sea feliz… ¿Es eso tan malo? ¿Es tan diferente de lo que tú quieres? —me gritó en respuesta.
Más allá de las palabras, le lancé un rugido.
—¿A que es sorprendente? —oí murmurar a Regina.
—No se le ha tirado a la garganta ni una sola vez —admitió Henry, que sonaba extrañado.
—Vale, ésta la ganas tú —reconoció Killian a regañadientes.
—Te vas a mantener apartado de ella —le siseé yo a Graham.
—¡No puedo hacer eso!
Le respondí entre dientes:
—Inténtalo, y empieza ahora mismo.
—Eso no es posible. ¿Acaso no recuerdas lo mucho que querías que estuviera a tu lado hace tres días? ¿Lo difícil que nos resultaba permanecer separados? Todo eso no significa nada para ti, ¿verdad?
Le miré con mala cara, sin estar segura de lo que pretendía con eso.
—Era por ella —me dijo él—. Desde el mismo principio de todo. Teníamos que estar juntos, incluso entonces.
Lo recordé y de repente lo comprendí. Una pequeñísima parte de mí se sintió aliviada de que aquella locura tuviera explicación, pero ese alivio sólo me hizo sentirme más furiosa. ¿Es que acaso él esperaba que aquello fuera suficiente para mí? ¿Que esa pequeña aclaración haría que me pareciera bien?
—Huye mientras puedas —lo amenacé.
—¡Venga, Emms! Yo también le gusto a Hope —insistió él — Leah y yo no podemos estar separados de ellos.
—¿Qué tiene que ver en todo esto esa perra?
—Bueno… Es que Leah… es que ella... es que se imprimo de Henry.
Me quedé helada y se me detuvo la respiración. Detrás de mí sentí un silencio repentino, una ansiosa reacción de los que estaban en la casa.
—¿Cómo… que es lo que has dicho?
Graham dio un paso más hacia atrás, intentando parecer avergonzado.
—Bueno —masculló entre dientes—, no sabíamos que ella podía imprimarse… es la primer loba en la historia y…..
—¿Es que todos los perros sarnosos de Forks vienen a imprimarse en mis bebes? ¿Tan patética es su maldita especie que no pueden conseguirse alguien más en su maldita reserva?—chillé.
Y después le salté a la garganta...
