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CAPITULO 15

¿Quién dijo eso de que nunca me fallaría?

Los tres días siguientes transcurrieron en una desapacible monotonía. Quizá fue la cantidad descomunal de café que ingerí, junto con los muffins de chocolate que compraba en una tienda cercana. Aquella mezcla decididamente no favorecía mi estado nervioso. Trabajé mucho, dormí poco y me cabreé hasta extremos insospechables. Albert no insistió, sino que decidió desaparecer de escena arropado por una modelo con un minivestido dorado.

Recibí varias llamadas de Neal y de Stear animándome a salir a cenar con ellos, el primero en plan cita, y el segundo fingiendo que sólo como amigos. Me negué con dulces palabras mentales que al decimoséptimo mensaje de WhatsApp sonaron a gruñidos, aunque decidí atenuarlos con algún emoticono simpático (la folclórica, no, que ésa ya está muy utilizada). Y los que deseaba que llamaran no lo hicieron: ni mis padres, demasiado ocupados con su nueva vida y con su secreto ya confesado, ni Tom, que, aunque intenté contactar con él, parecía estar demasiado ocupado, ni Anny, cuyo teléfono se mostraba sorprendentemente apagado o fuera de cobertura.

Después de sacar a Bruno a su paseo matutino, subí a darme una ducha y a vestirme un poco más elegante. Me puse un vestido negro de punto ajustado y unos botines de tacón de aguja con hebillas, una chupa de cuero y mis nuevos pendientes de amapolas. Una vez maquillada, salí a la calle con la intención de parar el primer taxi que viera. Estaba algo preocupada por la repentina desaparición de Anny y quería comprobar que todo fuera bien y, de paso, obligarla a que me llevara a conocer un poco la noche londinense. Algo que consideré que nos vendría bien a ambas, por aquello que dicen de que las penas se ahogan con alcohol, aunque me temía por las últimas noticias que había recibido que las mías iban a ser campeonas olímpicas de natación sincronizada.

Los mejores planes suelen surgir cuando no se tiene nada planeado. Aquella noche descubrí que, como en todos los refranes populares, siempre existe la excepción a la regla.

Había memorizado la dirección con facilidad, después de que Neal la dejara allí noches atrás, y no tuve dificultad en transcribirla y entregársela al taxista. El trayecto fue largo, ya que abandonamos el distrito de Fulham y nos internamos en las afueras, llegando a eso de las siete de la tarde al barrio de Haggerston, en el norte de Londres. La diferencia era ostensible: si Fulham lo consideraba una zona burguesa, ésta se distinguía principalmente por ser obrera. Edificios parecidos y numerosos coches con matrículas extranjeras aparcados en las calles. El arte urbano lo invadía todo y destacaba como lo hacía en Camden. Era una mezcolanza de gente de todas las nacionalidades, inmigrantes recientes la mayoría. Tomé nota de que, en la misma acera, casi al final de la calle había un pub, el Cat and Mutton, por si tenía que esperar a que ella llegara de Covent Garden. Creí recordar que vivía en el primer piso y llamé imbuida por el espíritu moderno y transgresor que me rodeaba. Una profunda voz de hombre me respondió. Debía de ser uno de sus compañeros de piso.

—¿Anny White? —inquirí, arrepintiéndome en serio de no haber aprendido ni las mínimas nociones de conversación en inglés.

—Yes! She's here [ Sí. Está aquí. ] —afirmó, y la puerta se abrió sin más demora.

Subí por la escalera, angosta y con la pintura desconchada en varios sitios. Se olía la amalgama de varios platos de diferentes culturas filtrándose por los resquicios de las puertas de madera. Me detuve ante la suya, pero, antes de que la golpeara, ésta se abrió de improviso y el hombre que me había hablado, un italiano alto y corpulento con el pelo moreno peinado con gomina hacia atrás, vestido con unos vaqueros y una camisa de flores de hibisco, abrió los brazos y me obligó a enterrarme en ellos.

—Cara! —exclamó—. ¿Candy?

—Sí, soy Candy.

Sonreí ante su efusividad.

—Who is it, Marco? —La voz de Anny resonó desde un pequeño hueco al fondo del pasillo que debía de ser la cocina.

—Candy—contestó Marco antes de que yo pudiera hacerlo.

Anny apareció corriendo, vestida con vaqueros bajo un delantal y llevando en la mano un cuenco de lo que parecía una pasta verde. Pasta verde que le adornaba parte del atuendo. La miré extrañada y ella se quedó lívida.

—No deberías estar aquí —pronunció con severidad.

Me sentí rechazada, y a punto estuve de echarme a llorar como una chiquilla. Retrocedí un paso y ella avanzó otro con intención de cerrar la puerta. Marco nos miraba interrogante. Entonces una voz infantil nos interrumpió a ambas.

Miré hacia el nuevo inquilino que se acercaba a trompicones desde la cocina. Era un niño de unos dieciocho meses vestido con un pijama de Spiderman. La pasta verde le rodeaba la pequeña boca y sus manos parecían haber amasado la misma.

—¿También cuidas niños?

—No tengo más remedio —masculló ella.

—No lo sabía. Lo siento. —Di un paso retirándome hacia la puerta—. Había pensado que nos vendría bien salir, aunque ya veo que me he equivocado.

—¡Mami! —exclamó el pequeño, ajeno a nuestra conversación y colgándose de su delantal.

Me fijé con detenimiento en el pequeño y no reparé en la forma tan cariñosa que había tenido de llamar a Anny. Me agaché y le sonreí.

—Hola. ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Candy —le dije en castellano, creyendo que era el hijo de alguna compañera española que necesitaba la ayuda de Anny.

Él se escondió tras los pantalones mi prima y, después, asomó su pequeña cabecita con excesiva curiosidad.

—Tengo una chocolatina en el bolso. ¿Te gusta el chocolate?—pregunté.

Él asintió con la cabeza y pronunció un suave «zi».

La saqué y se la ofrecí con la mano abierta para que se acercara. Cuando lo hizo y pude verlo bajo el reflejo de la única bombilla que había en el pasillo, me quedé lívida. Creo que todo el mundo cuando tiene pareja suele fantasear acerca de cómo serán sus hijos. ¿A quién se parecerán? ¿Tendrán mi pelo rubio y mis ojos verdes? ¿Serían castaños y sus ojos color ambar como los de su padre? El pequeño se succionó un dedo, ya manchado de chocolate, y me ofreció una sonrisa, mostrando con orgullo un hoyuelo en la mejilla izquierda. El mismo hoyuelo que tenía su padre. Los mismos ojos color ambar y el mismo pelo castaño indomable. Aunque sus rasgos todavía estuvieran redondeados por la niñez, eran los mismos que los de su progenitor. A quien yo conocía a la perfección.

Me erguí con lentitud, sin querer asustar al pequeño, que chupaba su chocolatina con deleite y placer. Sujeté el bolso contra mi cuerpo y encaré a Anny, que seguía inmóvil junto a la puerta.

—¿Cómo has podido? —musité sintiendo que me ahogaba, que las paredes del pequeño apartamento se iban estrechando hasta acabar atrapándome.

—Candy. —El tono de Anny seguía siendo firme, aunque había tamizado su brusquedad anterior—. No tenías que enterarte así.

—Y ¿cuándo tenía que enterarme?, ¿cuando me invitaras a su graduación universitaria?

Di un nuevo paso atrás sin poder despegar la mirada de aquel niño con el rostro de archie. Ahora era yo la que necesitaba huir.

Y así lo hice. Me di media vuelta y bajé la escalera a trompicones. Anny, todavía con el bol de la cena de su hijo en las manos, corrió tras de mí. Estuvo a punto de alcanzarme en el mismo instante en que me introduje en un taxi que milagrosamente pude parar en la puerta. Golpeó el cristal cerrado y yo grité en castellano:

—¡Corra!

El taxista me entendió a la primera y a la perfección. Le indiqué balbuciendo la dirección y llegué a casa de Albert casi dos horas después. Pagué una cantidad indecente por la carrera y anduve trastabillando hasta entrar en el hall. Cerré la puerta y apoyé la frente en ella. Los sollozos brotaron de mi garganta e hicieron temblar mi cuerpo como si no me perteneciera. Otro pedazo de mi vida que se rompía como el cristal que se crea a fuego y alcanza el frío antes de tiempo, estallando y clavando sus esquirlas en cada centímetro de mi piel.

El tiempo es indiferente en muchas ocasiones, a veces una situación te resulta extremadamente larga, otra no llega siquiera a satisfacerte y, como me ocurrió a mí en aquella casa, en aquel momento, el tiempo dejó de existir. El dolor, la rabia y la impotencia lo cubrieron todo con su oscuridad.

—¡Abre! —El grito de Anny al otro lado de la puerta me devolvió a un estado de realidad bastante confuso—. ¡Ábreme o estaré aquí hasta mañana! —aulló, y Bruno se despertó y salió a la puerta a recibirla con ladridos de alegría.

Antes de que pudiera pensarlo, abrí. Ella cayó sobre mí como si estuviera esperando un nuevo ataque sobre la puerta. La sujeté como pude y nos quedamos con la mirada fija un instante.

—Tengo que explicártelo, por favor.

Por su voz rota y sus ojos enrojecidos, comprendí que había estado llorando.

Extendí una mano y le indiqué el salón sin mediar palabra, pero ella se dirigió a la cocina, encendió la luz y abrió un armario para sacar los botes de diversos tés e infusiones que Albert solía guardar allí.

—¿Cómo sabes dónde encontrar cada cosa? Nunca has estado aquí —le pregunté desconfiando y con la voz ronca por el esfuerzo al comprobar que también había localizado las tazas y el hervidor.

Ella se volvió hacia mí con gesto asustado.

—No es..., ¿no creerás que...? Yo... conocía a Bert de cuando pasaba los veranos con vosotros, después, yo... no lo vi...

—Déjalo. La verdad, no me importa —musité, y me dirigí al salón porque sentí que mis piernas flaqueaban.

Sentándome en el mullido sofá, me sujeté la cabeza con ambas manos. El olor de una infusión dulce y caliente llegó a mis fosas nasales sin descubrir, de nuevo, cuánto tiempo había pasado. Anny encendió una pequeña lámpara de pie y se sentó a mi lado con otra taza en la mano.

—Toma. Es valeriana y hierba de San Juan, creo que te irá bien.

—Lo que me irá bien es una lobotomía. ¿Puedes hacérmela?

—No, pero sí querría que entendieras que nunca deseamos hacerte daño.

—¿En serio?

Volví la cabeza hacia ella con considerable sarcasmo.

—No lo buscamos, de verdad. Simplemente... sucedió. Tú fuiste una especie de catalizador.

Me mordí el labio con furia.

—Así que yo os empujé a ambos a los brazos del otro... ¡Qué considerado por mi parte! ¡Cuánta generosidad! Y eso, ¿cómo lo hice?

Ella me miró con dulzura, una dulzura que quemaba. Y entonces lo entendí todo.

—Tú eres la mujer con la que salía antes de conocerme.

—Sí, ¿quién crees que le consiguió la entrevista con tu padre? Pero entonces apareciste tú, siempre tú, con tu energía, tu entusiasmo. Y él, él... me dejó.

Suspiré hondo.

—Debiste de odiarme mucho.

—Muchísimo, aunque sabía que no tenía nada que hacer. Todo cambió cuando me di cuenta de que no lo querías, como tampoco habías querido a los otros. Sólo te sustentabas en él para no estar sola. Y él no se lo merecía.

—Ya, nunca tuvo intención de pedirme que me casara con él. Su intención era romper conmigo el fin de semana del accidente.

—Sí. Aquello lo cambió todo. No podíamos hacerte más daño. Candy, sé que no recuerdas nada del accidente, pero fue terrible y tú estuviste destrozada mucho tiempo. Habría sido cruel contártelo en ese momento.

Proferí una especie de gemido y bebí un sorbo de la tisana, que endulzó mi paladar y amargó mi carácter.

—Sólo me quedaba una salida, y era irme de España.

Y pude ver la inmensa tristeza que ocultaban aquellas frases. La vi sola, embarazada, en Londres. Lejos de toda su familia y sus amigos. Quise consolarla, pero el dolor y la traición me lo impedían, como si necesitara encontrar algo de cordura en una situación que me estaba sobrepasando.

—Deseaba a ese niño y decidí que me vendría a Londres. Tenía algo de dinero ahorrado y... Fue muy duro, trabajé de friegaplatos antes de que el embarazo me impidiera continuar. Tuve que pedir dinero prestado a Almu, que vino todas las veces que le fue posible. Apenas unos días después de que naciera el niño, me reincorporé al trabajo. Ni siquiera tenía un permiso en regla. Tuve pesadillas continuas, sobre ti, sobre mi expulsión del país. Fue horrible.

Deseé cogerle la mano y mostrarle mi apoyo. Fui incapaz de hacerlo. Sentía su dolor con cada palabra que pronunció, pero también sentía el mío. No quería ser mezquina, aunque lo fui.

—No le dijiste a Archie que estabas embarazada —afirmé.

—No. Él lo supo meses más tarde, cuando vino a buscarme. Sólo lo sabe mi hermana, ahora tú, tu hermano, que lo supo hace poco tiempo, y Archie.

—Habéis tenido dos años para contármelo.

—Candy, los dos te queremos y hemos visto lo que has sufrido a raíz del accidente. Ambos juramos que no diríamos nada hasta que te recuperaras, y, después..., bueno..., no sé muy bien en qué situación te encuentras ahora.

—Ni yo misma lo sé.

—No nos hemos acostado desde entonces. Me gustaría que lo supieras.

—Ya. ¿Ni siquiera el fin de semana que vino a romper conmigo?

Agachó de nuevo la cabeza y percibí cómo enrojecía.

—Intentábamos protegerte —se defendió.

—¡¿Por qué todo el mundo intenta protegerme?! ¡Ya no soy una niña! —barboté con ira.

—Candy, tienes que entender que el accidente de tráfico supuso un punto de inflexión para todos nosotros.

La miré con consternación.

—Quizá la vida tenía pensado un rumbo muy diferente para cada uno de nosotros y tú lo cambiaste. Hiciste que todos modificáramos nuestros planes para ayudarte a superarlo. Incluso tus padres.

—¡Vaya familia de locos! ¿Qué pretendemos guardando tantos secretos? Eso no conduce a nada bueno. Somos incapaces de afrontar nuestros propios problemas sin escudarnos en los demás, y eso, Anny, es algo que no voy a permitirte. Habéis tenido mucho tiempo para decirlo, para contarlo, y no lo habéis hecho.

—No eres quién para juzgarme, Candy —expuso con tensa serenidad—. Tú eres la primera que está ocultando la mitad de su vida y la que es incapaz de enfrentarse a su mayor problema. ¿Es que acaso no recuerdas cuando desapareciste un año entero para conocer mundo? Me dolió, ¡vaya si me dolió! Hasta ese momento éramos más que hermanas, la mitad de la otra. No confiaste en mí, no contaste por qué lo hiciste. Aunque debes saber que te habría ayudado y acompañado a donde fuera.

—Anny, me sentía tan humillada, tan avergonzada después de lo que me hicieron, que no fui capaz de reaccionar de forma coherente. Como tú, yo también necesitaba irme. Y, además, nunca te habría puesto en ese aprieto.

—Pues habría estado encantada de acompañarte, que lo sepas.

—No quiero más secretos, Anny. Estoy agotada.

Me quedé en silencio, yo misma estaba incumpliendo lo que acababa de decir. Tocándome el cráneo con suavidad, le sonreí. No podía cargarla con más de mis problemas. No habría sido justo.

Ella suspiró y pareció dudarlo un segundo.

—No más secretos —dijo al fin—. ¿Quieres que me quede contigo estos días, hasta que Bert vuelva?

—No, necesito estar sola.

Me levanté con gesto cansado y ella me siguió en silencio hasta la puerta. Allí, sujetó la manija de bronce con fuerza, como si quisiera confesar algo más. Quedé a la espera, pero salió a la fría y oscura noche de Londres sin pronunciar una sola palabra.

Apreté los puños y sentí la tensión en mi cuerpo desgarrándome el alma. La observé caminar con el cuerpo inclinado, la cabeza oculta y completamente vencida. Percibí el temblor de un sollozo bajo su abrigo y no pude soportarlo.

—¡Anny! —la llamé.

Se volvió y vi sus ojos arrasados en lágrimas. Me dolió a mí tanto como a ella.

—¿Cómo se llama? —inquirí con suavidad. Con una suavidad que me estaba arañando el corazón.

—Gonzalo—se apresuró a susurrar, y siguió caminando.

La miré durante unos instantes y corrí tras ella. La sujeté por un brazo y la obligué a girarse. Puse las manos sobre sus hombros y la examiné con detenimiento. Debía de haber sido increíblemente duro estar sola en una ciudad extraña, embarazada y sin trabajo.

Todo porque yo no me enterara.

—No olvides que Gonzalo es también mi familia —le dije, y procedí a abrazarla con fuerza.

Ambas nos sostuvimos como si fuéramos azotadas por olas furiosas y cargadas de espuma cubierta de rencor. Pero nos sostuvimos. Juntas.

Después de aquello, recuerdo con vaguedad haber regresado a la casa, haber subido la escalera, haberme quitado la ropa y haberme metido en la cama. Creo que fue el orden correcto, aunque tampoco podría asegurarlo porque, cuando me desperté, estaba en el suelo, todavía llevaba las botas puestas y dormía junto a Bruno en la habitación de Albert.

Miré alrededor bastante desorientada y me tendí de espaldas en la alfombra persa que cubría la tarima junto a la cama. ¿En qué momento mi vida se había convertido en un libro del tipo Elige tu propia aventura? ¿Había sido cuando conocí a Albert? ¿Cuando descubrí que mi hermano y él habían apostado por mí? ¿Cuando tuve el accidente que mató a Lucas? De lo que sí estaba segura es de que nunca había sabido elegir la opción correcta. Cada una de las decisiones que había tomado había sido un error consecutivo, enredada en una tela de araña que me agitaba a merced del viento.

Acaricié la cabeza de Bruno con cariño y él abrió un ojo color canela para observarme antes de volver a cerrarlo. Aunque creí de nuevo que ya no quedaban lágrimas, éstas, vengativas y acechando a la menor debilidad de su dueña, volvieron a arrasar mi rostro antes de que pudiera reprimirlas.

—Quiero ser un perro. Todo sería más sencillo —afirmé—. Quiero ser un perro y llamarme Cecilia —reiteré con voz ronca sin dejar de acariciar el suave pelo de mi acompañante—. ¿Tú te enamorarías de una perra que se llamara Cecilia? —lo interrogué.

Bruno abrió los ojos como si comprendiera mis palabras, bostezó sonoramente y dejó caer la cabeza de nuevo sobre la alfombra.

Fue suficiente respuesta.

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Horas más tarde, estaba ya vestida con unos vaqueros y un jersey ancho de lana, mi uniforme de trabajo. Ni siquiera me molesté en cargar el teléfono. Me preparé un nuevo termo de café y me encerré en el despacho con Imagine Dragons cantando I Bet My Life a toda pastilla. Oí con sorpresa unos golpes en la puerta. Miré distraída la hora que marcaba la pantalla, la una y media, y bajé desganada a recibir al nuevo visitante.

—Hola. ¿Quieres comer conmigo?

Neal sonriendo, como era habitual, vestido de sport, con unos vaqueros y una chaqueta gris, apareció en el rellano.

—Vaya, vas aprendiendo los tiempos verbales —musité dándole paso.

Se dirigió a la cocina y dejó dos bolsas de papel sobre la encimera.

—No comer todavía, ¿no? ¿Horario español? —inquirió mirando alrededor de la cocina vacía.

—No, no he comido —dije sentándome en un taburete alto frente a él, que se entretuvo en sacar varios recipientes de plástico de las bolsas.

—Tú tener mala cara —murmuró examinándome con detenimiento.

—Gracias —mascullé.

—Perdón. Yo no querer ofender, pero tú tener mala cara —se disculpó.

—«Quiero» y «tienes». Demasiado trabajo —corregí de forma automática.

—¿Quiero demasiado trabajo? No, es sábado. No trabajo—contestó, y yo me vi obligada a sonreír.

—Vamos a ver qué has traído.

—Mexican and Thai food —explicó.

—Vaya, suave, suave...

—¡No! Spicy. ¿Cómo decir? ¿Ardiente?

—Más o menos. —Me reí—. ¿Vino? Creo que Albert tiene una vinoteca en el sótano.

—Sí. Gracias. Yo voy preparar todo.

Lo dejé y cogí la llave que abría la puerta del sótano. Nunca había bajado, así que al principio no localicé la vinoteca, escondida en un rincón. Me detuve examinando las botellas y elegí la que parecía ser la más numerosa, un burdeos de un profundo color carmesí.

Una vez de vuelta en la cocina, la descorché y serví dos copas. Lo saboreé antes de hablar y aprecié su textura en el paladar.

—Es muy bueno —comenté—. No me extraña que tenga tantas botellas almacenadas.

Neal me miró un instante antes de hablar.

—Tiene..., ¿«tiene»? —inquirió, y yo asentí con la cabeza—, un negocio de viñas.

—¿También? —pregunté con sorpresa.

—Con un socio.

—Vaya, no lo sabía. ¿Os conocéis desde hace mucho?

—Creceremos juntos, en Birchington.

—Espero que no crezcáis más —musité sonriendo.

—Estudiar juntos y vivir juntos en Londres unos años —finalizó orgulloso.

Me sirvió en un plato y esperó mi reacción. Me gustaba la comida, pero últimamente todo lo que ingería me suponía un esfuerzo con sabor a serrín, así que me sorprendió apreciar la calidad de la misma.

—Está muy buena —afirmé como si él esperara mi confirmación.

Sonrió de aquella forma tan especial que tenía y que provocaba siempre que fuera correspondido. A partir de aquel momento, la conversación fue más o menos fluida. Me contó anécdotas que compartía con Albert y cómo se desarrollaba su trabajo en la City.

—Ella sólo querer un cuadro. —Negó con la cabeza y yo lo miré con interés a la vez que llenaba nuestras copas de nuevo—. Tener casas, dinero, barco, y sólo querer un cuadro. Yo no entender, pero conseguir.

—¿Qué tenía de misterioso ese cuadro?

—Tener ocultas las claves de las cuentas en islas Caimán y documentos que probar «asuntos sucios» de exmarido. Tres días después de divorcio, volar con amante a Acapulco. Un día más y exmarido en la cárcel.

Chasqueó los dedos haciendo ver la rapidez con que se había resuelto uno de los divorcios más comentados por la prensa sensacionalista inglesa.

Reí a carcajadas.

—Una mujer inteligente.

—Y un hombre idiota —añadió él.

Me levanté para recoger los restos de comida, preguntándome si habría algo que podía ofrecerle como postre. No encontré nada, así que me volví con el hervidor.

—¿Té?

—¿Café?

—¿Te gusta el café?

—Sí, mucho, como tú.

Lo miré extrañada.

—¿Cómo a ti? —inquirió enrojeciendo.

—Tonto..., tonto..., mierda..., mierda —musité mientras preparaba el café.

Le indiqué dónde guardaba Albert el servicio de porcelana y lo insté a que lo llevara al salón. Esperé en la cocina a que el café borboteara en la cafetera italiana, observándolo con disimulo.

Caminaba con la copa de vino en la mano recorriendo la amplia librería del salón, parándose cada poco para sacar un libro y examinarlo con más atención. Llevé el café, lo serví y me senté en el sofá. Él no esperó invitación alguna y lo hizo a mi lado. Le cogí la copa para dejarla en la mesa y nuestros dedos se rozaron. Por un instante, nos quedamos quietos. Aunque sólo duró un segundo.

El segundo siguiente lo aprovechó para lanzarse sobre mi boca como si fuera un lobo hambriento. Dejé escapar un gruñido y mi mano volcó la copa sobre su ropa. Nuestra coordinación continuaba siendo deplorable.

Él pegó un respingo y soltó mis labios.

—Pero ¿qué os pasa a los hombres? Cuanta menos sopa quiero, me dais ración doble —exclamé.

—¿Sopa? ¿Yo soparte tú? Creer que besar.

—¡Bah! —mascullé obligándolo a levantarse para examinar la mancha—. Creo que Albert tiene en su vestidor un producto especial para este tipo de manchas. Ahora lo traigo —añadí.

Subí corriendo a la habitación y, una vez entré en su vestidor, me detuve con brusquedad. El olor de su perfume revoloteaba persistente, envolviéndolo todo. Cerré los ojos y aparté el pensamiento que surgió de improviso. Cogí el bote y bajé todavía con su aroma flotando a mi alrededor. Una vez en el salón, me arrodillé frente a él y le desabroché el pantalón. Neal resopló y miró al techo. Yo sonreí e ignoré su erección oculta por el bóxer negro. Espolvoreé con fuerza por toda la mancha.

—Frío —masculló él.

—Sí, pero efectivo también —señalé, y mantuve la mano por dentro de la tela para que no se impregnara también su camisa.

—¿Interrumpo? —La voz grave y profunda de Albert en un grado de enfado considerable, aunque a mis oídos sonó como una sonata de Mozart, hizo que ambos pegáramos un respingo.

Neal volvió la cabeza. Yo la asomé por su cintura. Albert estaba apoyado en el marco de la puerta del salón con los brazos cruzados y el gesto pétreo. Sus ojos azules brillaban como si deseara fulminarnos.

—No es lo que parece —exclamé.

—¿No lo es, Candy? ¿Cómo tampoco lo era cuando te pillé en la misma situación la noche previa a nuestra boda?

Neal me miró sin entender nada y yo traté de separarme. No lo conseguí, caí hacia delante y choqué con su entrepierna, de tal forma que Neal tuvo que sujetarme la cabeza para no caer también conmigo.

—Shit! —murmuró él.

—Mierda —corroboré yo al comprobar que mi jersey de lana se había quedado enganchado a la cremallera de su pantalón.

—Creo que será mejor que os deje solos —afirmó Albert.

—¡Tú! —grité—. ¡No vas a ir a ningún sitio!

Manoteé para separarme y acabé haciéndole un ocho al jersey. Me levanté con rapidez y lo encaré.

—¿Cómo se te ocurre juzgarme? ¿Tú? Precisamente tú, que has estado exhibiéndote por ahí con esa...

—¿De qué diablos hablas, Candy? —inquirió con brusquedad.

—Búscate en los periódicos, ellos te cuentan la historia.

—Sólo he estado trabajando con Nicoletta.

—La de las tetas —mascullé.

—La misma —me desafió él.

—¡Eres un mentiroso de manual!

—¿Cómo?

—¿A eso lo llamas tú trabajar?

—¿A eso lo llamas tú «no es lo que parece»?

—Ha sido un accidente, sólo intentaba que no le quedara una mancha en el pantalón. ¿Cómo explicas lo de tus fotografías?

—¿Qué fotografías?

—Vestido dorado, maquillaje excesivo, mano en la cintura, sonrisita aquí y allá...

—Era la fiesta de presentación de la colección. Ya sabes cómo son esas cosas.

—¡No! ¡No lo sé y no quiero saberlo! —exclamé—. ¡Y no me gusta, además!

—¿No te gusta? —preguntó conteniendo una sonrisa.

—No, no me gusta nada que te pavonees por ahí con otras, que Londres esté lleno de imágenes tuyas semidesnudo, que te hayas ido de viaje cuando más te necesitaba, que me dejaras sola...

Me detuve al ver su gesto de preocupación. No era eso lo que pretendía provocar en él, y me arrepentí al instante por haber dejado que mis sentimientos hablaran antes de que mi cerebro procesara la idea. Bruno se acercó trotando y se puso junto a mí, como si percibiera que necesitaba su ayuda. Albert lo descubrió y, después, su gesto se tornó sorprendido.

—¿Mi propio perro me acaba de gruñir?

—Es un perro inteligente —respondí con rapidez—. Mucho más que su dueño.

—Vaya, así que ésas tenemos. —Se rascó la barbilla cubierta de rasposa barba rubia, en un acto que me resultó tremendamente sensual—. Retomemos la conversación: estabas diciendo que me necesitabas —afirmó con una suavidad que no provenía del contexto a la vez que intentaba aproximarse a mí.

—No te acerques. —Puse una mano extendida como barrera—. Sí, ¡joder!, te necesitaba. Estoy segura de que Tom te contó que mis padres se van a divorciar y no me dijiste nada.

—Les correspondía a ellos, pero, por lo que veo, ya te lo han dicho.

Maldijo en voz baja y se pasó la mano por el pelo con gesto frustrado.

—¿Y lo de Archie? ¿Lo sabías? No me refiero a mi Archie, me refiero al Archie de Anny y al ser que han creado juntos, que es un niño encantador de casi dos años llamado Gonzalo.

—¡Joder, Candy, ¿por qué no me llamaste?! Habría vuelto antes si me lo hubieras pedido. Lo habría mandado todo a la mierda por estar contigo.

—¡Mentiroso!

—Candy —suplicó, y yo sentí que las lágrimas ya habían llegado a mis labios sin saber cómo—, estar cerca de ti me vuelve loco, y si no lo estoy me veo incapaz de soportar un día más.

—Estamos discutiendo como un matrimonio —murmuré sin escuchar sus palabras.

—Somos un matrimonio —afirmó él con seguridad.

—Eso tiene fácil solución: a mi lado está uno de los mejor abogados de familia de Londres —dije señalando a mi derecha.

Albert me miró y se mordió el labio. Yo miré a mi derecha, después me volví y examiné el salón completo girando sobre mí misma.

—¿Adónde ha ido Neal? —pregunté desconcertada.

—Creo que al menos esta vez, Candy, has sido completamente clara en cuanto a tus intenciones con él. —Albert no pudo ocultar su sonrisa de triunfo.

—¡Vete al infierno! —exclamé, y pasé a su lado con toda la dignidad que el rostro cubierto por las lágrimas y el jersey roto me conferían.

Él no intentó detenerme y yo me encerré en su despacho, encendí el reproductor de música y me senté con la sola intención de olvidar lo cerca que había estado de..., ¿de qué había estado cerca? Lo único que lamenté fue no haberme subido conmigo una botella de aquel delicioso vino de Burdeos.

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Unas tres horas después, apagué la música y la luz. No había conseguido nada salvo garabatear algún dibujo incompleto, lo que me llenó de frustración acumulada. Me asomé por la puerta como un ladrón en casa extraña. No oí ningún ruido y supuse que Albert estaría dormido después de un viaje tan largo. Me equivoqué. ¿Por qué siempre me equivocaba con él? ¿Por qué siempre erraba con todos?

Lo encontré manipulando la televisión de plasma de cincuenta pulgadas en el salón. Me di media vuelta esperando que no hubiera oído mis pasos, aunque no fui lo suficientemente rápida.

—Candy, estaba a punto de subir a buscarte —dijo, y se irguió mostrando su espectacular apostura enfundado en un traje negro a medida.

—¿Por qué? —inquirí con desconfianza.

—Porque he decidido que, como tiendes a no escucharme, esta vez lo voy a decir alto, claro y para conocimiento de todo el mundo.

—¿El qué? —pregunté bastante confundida.

—Lo que necesitas saber. Te he dejado la televisión en el canal correspondiente. Tengo una entrevista esta noche y me gustaría que la vieses.

—¿Para qué? Ya te tengo muy visto, además, no conseguiría entender nada.

—Me he asegurado de que eso no sea así y he programado subtítulos en español.

Abrí los ojos con sorpresa.

—Y ¿eso puedes hacerlo con cualquier programa?

—Sí, es bastante sencillo.

—Y ¿me lo dices ahora?

—Candy, céntrate. Lo importante no son los subtítulos, sino lo que vas a leer en ellos. ¿Entendido?

—¿Qué tipo de programa es? —inquirí mostrando un interés que por supuesto no sentía.

—Bueno, es un talk show. Creo que en España tenéis alguno parecido. ¿El hormiguero, puede ser?

—Ah, entiendo. ¿Te van a hacer preguntas comprometidas y luego te van a obligar a pasar alguna prueba absurda en la que tengas que abrirte la cabeza con un martillo? —dije, y me senté de un salto en el sofá—. Eso no me lo pierdo.

—Por cierto, te he cargado el teléfono..., no vaya a ser que esta vez sí tengas que localizarme y no puedas —añadió.

—No te preocupes, si me sucede algo..., serás el último en enterarte —contesté con resquemor.

Albert suspiró y se acercó a la puerta. Pensándolo mejor, retrocedió y me dio un beso en la coronilla. Antes de que yo reaccionara, él ya había abandonado la casa.

Casi una hora después, empezó el programa señalado. No se parecía a El hormiguero. El plató de televisión era bastante más amplio, y la presentadora, una mezcla extraña entre Ellen DeGeneres y Oprah Winfrey, se presentó caminando entre el público. Después dio paso a su primer invitado ocasionando vítores y silbidos, lo que me sorprendió dado el carácter inglés, que de tan contenido parecía reprimido, y Albert apareció bajando una escalera hasta llegar junto a ella. Se saludaron, él saludó a todos los presentes y ambos se sentaron.

—Tenemos el honor de recibir esta noche a Will Dley, el hombre del momento, deportista y empresario que se ha granjeado el prestigio de las dos profesiones que desarrolla con una rapidez envidiable. Aunque ahora no podemos disfrutar de él por su lesión en la rodilla izquierda, sí podemos verlo más a menudo, dado que representa una de las firmas deportivas inglesas de renombre. Dime, Will, ¿cómo llegaste a ser uno de los referentes del deporte inglés por excelencia?

Al oír, o más bien leer la pregunta, tuve que levantarme hasta el aparador a buscar el whisky y un vaso hondo. Me temía que la entrevista iba a ser larga y, para mí, desagradable. El críquet, y que nadie se atreviera a contradecirme, era, más que un deporte, un acontecimiento social aburrido, caballeresco y reiterativo. Vamos, como todo lo inglés. Me serví tres dedos y sorbí con cuidado, dejando que el líquido abrasador quemara mi esófago antes de llegar al estómago.

—Todo fue fruto de una apuesta con mi mejor amigo.

Albert sonrió a la cámara al decirlo.

Yo escupí a la tele el whisky cuando lo leí. ¿Una apuesta?

—¿Ah, sí? —inquirió la presentadora.

—Sí. Yo era un joven desgarbado y poco dado al deporte; de hecho, estaba mucho más interesado en alcanzar la nota media que me permitiera estudiar Ingeniería Informática. Todo cambió cuando comencé a sentir algo especial por una persona que parecía no reparar en mi interés. Tenía que hacer algo para que eso cambiase. Así que, como había destacado un poco jugando a críquet en el equipo de mi instituto, pensé que sería una buena idea intentar ser fichado por un equipo nacional. Tom me retó a que no conseguiría pasar la prueba, pero perdió. Me fichó el Kent County Cricket Club. Eso fue hace ya nueve años. Le gané unas cincuenta libras, más o menos.

—¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios!... —exclamé, y me llevé la mano al pecho cual dama victoriana que está a punto de desmayarse.

—Aquello supuso el inicio de una fulgurante carrera. ¿Cómo lo compaginas con tu trabajo en seguridad informática?

—Tengo unos estupendos socios, aunque cada vez delego menos. Creo que llega un momento en la vida en que tienes que plantearte qué es lo que realmente deseas hacer con ella.

—¿Nos vas a abandonar, Will?

Se oyó un murmullo de desaprobación por parte del público y algún «¡no!» bastante pasional.

—Acabo de casarme y deseo pasar todo el tiempo del mundo con ella. Hago una media de setenta viajes al año y paso más de doscientos días fuera de mi casa. Ya no quiero esa vida.

—¿Acabas de casarte? —Creí que a la presentadora le iba a dar un síncope—. Entonces, mis intentos de seducirte esta noche, ¿no surtirán efecto? —añadió, y se quitó la americana, tras la cual se escondía un maillot color carne con dos pezoneras de las que colgaban unas borlas negras, que empezó a mover hasta que éstas giraron como una peonza.

—¡Joder, con las inglesas! —mascullé, y tuve que servirme otro vaso de whisky.

Despistada en su contestación, no me di cuenta de que Bruno, a lengüetazos, se bebió todo el contenido.

—Esperemos que ésta sea la definitiva —aseveró la presentadora ante la carcajada de Albert, que súbitamente se puso serio.

—Siempre ha sido la definitiva, aunque he tenido que esperar nueve años.

En la pantalla que estaba detrás de ellos apareció una imagen de su rostro sonriente y, al lado, un inmenso interrogante.

—¿Quién es ella? ¿Alguien que conozcamos?

—No. Ella es la chica que provocó que apostara con su hermano para que me fichara el club. Trabaja como diseñadora, pero no es una persona pública. En realidad, es la hermana de mi mejor amigo, Tom. Lo curioso es que la misma mañana que recibí el mensaje de que me habían fichado, ella me abandonó.

Sentí las ondas expansivas de odio por parte del público hacia mi persona y tuve que beber de nuevo. El vaso estaba vacío. Miré a Bruno, que se relamía los labios, tambaleándose ligeramente.

«¡Ay, madre! ¿Los perros pueden emborracharse?» La nueva imagen que apareció en la pantalla me despistó del todo. Era yo. Una foto del día de la boda en la que se me veía sonriendo con amplitud. ¿Cuándo había sonreído yo aquel día?

Con el revuelo que su comentario y la aparición de mi imagen habían ocasionado, dejaron de aparecer subtítulos y pude oír el sonido de mi móvil. Miré alrededor confundida y lo vi junto a mí en el sofá. Comprobé la llamada y deslicé el dedo para aceptarla.

Lo dejé sobre la mesa y conecté el altavoz.

—¿Los perros toleran el alcohol? —le pregunté a Anny.

—¿Es una pregunta trampa?

—No, creo que acabo de emborrachar a Bruno. Pero por error, ¿eh?

—Ay, Señor, perdónala, porque no sabe lo que hace —salmodió.

—Es en serio, se ha bebido un vaso de whisky.

—Joder, Candy. Si al final te van a crucificar hasta los de la protectora de animales.

—Hala, venga, anímame más.

—Si llamaba para eso, aunque no sabía si me ibas a colgar.

—Claro que no te voy a colgar. Estoy enfadada, pero sigues siendo Anny. Ahora, dime.

—Bert está en la tele.

—Lo sé. Lo estoy viendo.

—Te acaban de sacar del armario a empujones. Mañana vas a tener a un montón de paparazis en la puerta de casa. Además, creo que Bert ha conseguido que te odien unos cuantos millones de personas en el mundo.

—No seas exagerada —contesté, todavía rumiando el tema de la apuesta.

—No lo soy, y con la afirmación de que lo va a dejar porque quiere pasar más tiempo contigo hasta es probable que alguna quiera asesinarte.

Desde luego, no era eso lo que me preocupaba en ese momento. Me serví un poco de whisky en otro vaso y Bruno se acercó frotándose contra mi pierna, olisqueó el whisky y ladró. Lo regañé con cariño:

—Ni un sorbito más, que te conozco.

—¿Con quién hablas? —interrumpió Anny.

—Con Bruno.

—Ah, claro, con Bruno...

—¿Tú sabías lo de la apuesta? —pregunté de pronto.

—No. Pero tú sí, me imagino.

—No, yo no.

Se quedó en silencio un instante para estallar en un grito agudo después.

—¡Joder! ¿Fue por la apuesta? ¿Te molestó que lo ficharan y por eso huiste y lo abandonaste?

—¿Crees que haría algo tan estúpido? —inquirí, dándome perfecta cuenta de que había hecho algo todavía más estúpido—. Me equivoqué en el objeto de la apuesta —mascullé sujetándome la cabeza con las manos—. Creí que yo era el premio y todo lo habían organizado entre mi hermano y él.

—¡¿Cómo?!

—¿Crees que esto puede llegar a verlo mi madre?

Cambié de tema rápidamente porque me temía una recriminación en toda regla.

—Imposible, ¿desde cuándo ve la tele inglesa? —respondió ella con lentitud, procesando la información anterior.

—Dice que ve Discovery Channel.

—Y ¿te lo has creído? Lo que ve es el Sálvame, y lo que sucede es que le da vergüenza admitirlo.

Ambas interrumpimos la conversación porque apareció otra imagen en la pantalla, justo al otro lado de la de Albert. Era una joven con rasgos orientales y el pelo negro brillante y liso que le caía en cascada. Era preciosa, y tenía una sonrisa dulce y comprensiva.

—Y ¿ésa quién es? —exclamé.

—¡Hostias! —respondió Anny, ya que los subtítulos no iban acordes con el sonido.

—¿Qué pasa? —pregunté bastante más alto de lo que pretendía.

Las palabras en amarillo brillante fueron apareciendo en la base de la televisión.

—¿Quieres decir Will, que Mia Leclerc, tu exesposa, ha desaparecido de tu vida por completo?

—¡¿Esposa?! —aullé, y procedí a beberme todo el contenido del vaso de un solo trago.

—Mia fue una gran amiga que me apoyó en momentos difíciles, confundimos la amistad con el amor, y comprendimos que nunca podríamos estar juntos como pareja.

—¿Por qué? Hacíais una estupenda pareja.

—Sí, seguimos haciendo una estupenda pareja, pero de amigos. Ella siempre supo que yo amaba a otra persona, aunque en ese momento ella no me correspondiera.

—¿Hablas de ella?

—Hablo de Candy, mi mujer y mi primer amor. —Albert sonrió a la cámara con un brillo especial en sus ojos azules que hizo que de nuevo los murmullos regresaran al patio de butacas—. Y también fue la que me rompió la nariz cuando tenía Diesciseis años.

—¡Joder, Candy! —exclamó Anny a través del teléfono—. Ahora, además de intentar asesinarte, es posible que también quieran romperte la nariz para vengar la ofensa a su ídolo.

—¿Mia? ¿Se llama Mia? —inquirí ignorando su comentario—. ¿Te lo imaginas susurrándole en la cama: «Eres mía, Mia», y ella contestándole: «Soy tuya, tuya»?

—¡Hombre, no! Diría: «Soy Mia», que para eso ése es su nombre...

—¡Qué poco sabes de relaciones amorosas!

—¡Anda que tú!

Ambas nos quedamos calladas porque habíamos llegado a un punto de no retorno.

Colgué el teléfono, apagué la tele y me serví otro vaso de licor. Si hubiera tenido a Albert en ese momento frente a mí, no le habría roto sólo la nariz. Puede que para otras mujeres ésa hubiese sido una declaración de amor que las dejara obnubiladas de por vida.

Para mí, no. Todavía seguía digiriendo con bastante lentitud el error que había cometido con la apuesta y lo que eso había supuesto en mi vida posterior. Deseé poder alargar una mano hacia el pasado y cambiar todo lo sucedido. Lo odié por no habérmelo contado. Me odié por no habérselo preguntado. Lo odié por haberse casado con otra que, a todas luces, hacía mucha mejor pareja con él que yo. Me odié por todas y cada una de las relaciones sin fundamento que había mantenido en esos nueve años. Cuando percibí que no podía seguir odiando más, me bebí otro vaso de whisky de un solo trago.

No recuerdo a qué hora regresó Albert, pero yo seguía sentada en el sofá, inmóvil, sin poder reaccionar. Entró, encendió la pequeña luz del aparador y se quedó parado observándome con bastante recelo. Lo miré de reojo y su rostro sereno, con la paz que da confesar un secreto que te está mordiendo el alma, deshaciéndola en jirones, supuso un revulsivo para mí. Me consideré traidora, maligna, absorbida por un pozo de oscuridad en el cual había permanecido nueve largos años, los cuales habían sido mi condena por dudar de su honestidad.

—¿Qué te ha parecido? —preguntó finalmente.

—Sales muy guapo en televisión. Es mentira eso de que engorda cuatro kilos.

Él sonrió y continuó:

—¿Lo has oído todo?

—No lo he visto terminar —balbuceé entornando los ojos ante la claridad.

—¿Estás borracha?

—Me he visto impelida a ello —repliqué.

Bruno levantó la cabeza y gimoteó.

—¿Has emborrachado a mi perro también? —exclamó él con incredulidad al ver los dos vasos ya vacíos.

Intenté seguir su mirada, pero la luz era demasiado intensa.

—Me temo que se ha bebido mi vaso. Debe de haber sido igual de duro para él verte ahí, verme a mí aquí, sufriendo... —me disculpé de forma inconexa.

—¿Sufriendo?

—Me lo merecía. Todo fue por mi culpa.

—¿Culpa? Candy...

No contesté, en ese momento no podía, así que me arrastré hasta el suelo y animé con un leve codazo a Bruno a que me siguiera. Me arrastré porque no conseguí levantarme. Anduve a gatas acompañando a Bruno hasta la escalera. No podía ver el gesto de Albert, aunque seguro que era digno de fotografiar.

—Permíteme que te ayude —pidió detrás de mí.

—Ni lo sueñes. Voy perfectamente así, cerca del suelo, como los gusanos, que es como ahora me siento. Como las cucarachas, en realidad —mascullé, y casi caí sobre el primer escalón.

Albert no hizo ademán de cogerme, y yo, terca y testaruda, subí los treinta y cuatro escalones hasta llegar al descansillo de nuestras habitaciones, acompañada por un perro que no dejaba de gimotear.

Me detuve a punto de entrar en mi cuarto y volví la cabeza buscando su rostro.

—¿Cómo has podido hacerlo? —pregunté a punto de echarme a llorar.

—Era la única forma que se me ocurrió de decirte lo que llevas semanas intentando ignorar.

—Creo que me enamoré de ti en el mismo instante en que te conocí. —Dejé escapar un largo suspiro—. Me pasé años enteros, inviernos inacabables, esperando los veranos en Menorca. Viví sólo para aquellas semanas compartidas, creciendo, queriendo convertirme en una joven a la que miraras con los ojos con que te veía mirar a otras, y no como la infantil y pegajosa hermana de tu mejor amigo. Hasta aquella noche en la que todo cambió. ¿Recuerdas lo que te dije?

—«Mírame como si fuera la única mujer sobre la faz de la Tierra»—afirmó él con rotundidad.

—Lo recuerdas —balbuceé—. Así quería sentirme contigo, y al despertar entendí que todo había sido una apuesta. —Él quiso hablar, pero lo interrumpí—: No puedes hacerte a la idea de lo que fue el siguiente año para mí, huyendo, alejándome de ti como si pudiera hacerlo. Nunca hubo suficientes kilómetros entre nosotros. Nunca. Te amé hasta la desesperación, y tuve que aprender a odiarte para sobrevivir. Encerré mis sentimientos en mi corazón, lo cerré con siete candados y arrojé las llaves al mar para no tener que abrirlos jamás. Y ahora..., ahora... ya es demasiado tarde.

—¿Por qué es tarde, Candy?

Albert se acuclilló junto a mí y cogió mi barbilla temblorosa.

—Porque dueles. Tú me dueles.

—Candy...

—No, no lo entenderías. Nunca fui muy buena jugando a Elige tu propia aventura. Te elegí a ti y perdí.

—Candy, déjame amarte. Sabes que contigo es diferente.

Gemí profundamente y volví a sentir en mi interior la calidez de aquellas palabras a la orilla del mar.

—No. —Negué con la cabeza y me mareé—. Ya es demasiado tarde para nosotros...

Y escogí ese preciso instante para desmayarme, como si fuera una nueva versión de la Dama de las Camelias borracha.

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Desperté con la claridad del día, que incidía en mis ojos clavándome cada rayo de sol que se filtraba por las cortinas de pesado satén negro. ¿Claridad del día? Abrí los ojos de improviso y los cerré gimiendo y poniéndome el antebrazo sobre ellos. Me volví en la cama y choqué con un objeto extraño que rio roncamente.

—¿Buena noche, mal día, Candy? —murmuró Albert.

—Lo primero, no; lo segundo, sí. ¿Desde cuándo hace sol en Londres? Llevo varias semanas aquí y es el primer día que puedo verlo. —Me detuve pensando—. En realidad, no quiero verlo. ¿Es que vuestra educación british no respeta ni las resacas?

Sus carcajadas hicieron temblar el colchón, y yo sentí como si me hundiera en una barca empujada por olas hacia un rompiente de roca.

—Y, por cierto —añadí todavía sin abrir los ojos—, ¿qué haces tú en mi cama?

Sentí cómo él se movía hasta sentarse y sus manos, desconozco si consciente o inconscientemente, empezaron a acariciar mi pelo como aquella lejana noche en Menorca.

—Te desmayaste en el pasillo, no podía dejarte pasar la noche sola. He estado bastante preocupado, aunque creo que Bruno es el que decididamente se va a volver abstemio después de esto. Ha vomitado ya dos veces y apenas puede levantarse. Estoy planteándome llevarlo al veterinario.

—¡No! —exclamé abriendo parcialmente los párpados—. ¡Me acusarán de intentar asesinar a tu perro, y ya tengo varias causas pendientes!

Albert volvió a reír y yo, ya más espabilada, comprobé que sólo llevaba las bragas de encaje puestas.

—¿Me has desnudado tú? —pregunté enfadada.

—No, lo hiciste tú cuando despertaste a media noche. Comenzaste a lanzar ropa contra mi persona, hasta que te detuve.

—¿Me detuviste?

—Después de eso, caíste hacia atrás en la cama y te quedaste profundamente dormida. Me gusta que me respondan cuando me acuesto con una mujer, y tú, excepto algún ronquido y alguna palabra que no logré identificar, no volviste a despertar.

—¿Anoche dije algo que...?

—Dímelo tú, Candy, ¿dijiste algo que no querías decir?

Sus ojos azules refulgían con el contraste de la luz exterior, y su pelo revuelto lo hacía más atractivo si eso era posible.

—Lo siento —musité.

Él dejó mi cabello y me ayudó a sentarme. Me tapé como pude con el nórdico ante su mirada de chico malo y lo encaré.

—No hace falta que me pidas disculpas, estoy aquí para eso.

—No, no lo entiendes. Creí... —carraspeé y cogí un vaso de agua que reposaba en la mesilla, bebiéndome casi todo el contenido—, creí que tú y Tom habíais apostado sobre mí.

Por las facciones de su rostro, que fueron cambiando a medida que comprendía mis palabras, supe que jamás se lo había planteado.

—¿Por eso te fuiste? ¿Te alejaste de mí un año entero y me olvidaste sólo porque pensaste que había apostado por acostarme contigo? ¿Ni siquiera se te pasó por la cabeza enfrentarte a mí y preguntármelo? —Su tono mostraba un enfado considerable, y lo comprendí.

—Se lo pregunté a Tom y él me contestó de una forma que... Yo... os oí y pensé...

—Perdí toda mi vida por un puto error. ¿Por qué demonios no te paras nunca a pensar antes de actuar?

—Dijiste que ésa era una de las cualidades que más te gustaban de mí —me defendí.

—He cambiado de opinión —afirmó, y me miró con fiereza.

Realmente no sé qué habría pasado a continuación si Bruno no hubiera tenido a bien interrumpir vomitando de nuevo. Ambos nos levantamos para ayudarlo, lo cogí en brazos arrullándolo y lo llevé hasta el baño. Él me miró con sus ojos canela y me derritió.

En esa mirada había una promesa silenciosa: «Nunca volveré a acercarme a ti cuando tengas un vaso en la mano». Albert llenó la bañera de agua caliente e introdujo al tembloroso perro dentro. Yo lo acaricié y él me perdonó golpeándome con suavidad con una pata. Sintiéndome de nuevo un ser mezquino e inútil, salí a la habitación para buscar una toalla limpia.

Abrí el primer cajón de la cómoda. Sólo contenía ropa interior. En el segundo encontré las toallas. Al tirar de la primera, algo cayó al suelo.

—¿Todo bien? —inquirió Albert desde el baño.

—Sí —murmuré sin que él llegara a oírlo, pues mi atención estaba puesta en la caja de satén granate que me hacía señales a mis pies.

La cogí con reparo, sabiendo que no debía curiosear, pero saberlo no te exime de actuar. Al abrirla, aparté una tarjeta con letras doradas que dejó ver un anillo de diamantes y rubíes engarzados en oro blanco. Apreté con fuerza la caja y arrugué levemente la tarjeta, de tal modo que vi que había algo escrito detrás con la letra de Albert: «Mia, it's time». «Es el momento», mi básico inglés me permitió entender la frase. ¿El momento de qué? Miré el anillo de nuevo y el significado penetró en mi adormilado cerebro. Sentí que me rompía un poco más por dentro, pero recompuse mi gesto ante otra llamada de Albert, y, escondiendo la caja en su lugar, caminé hasta el baño.

—Toma —dije entregándole la toalla—. ¿Cómo está Bruno?

—Parece que le sienta bien el baño.

Intenté sonreír y me alejé en dirección a la puerta.

—¿No te quedas? —me preguntó él intrigado.

—Creo que yo también necesito una ducha. Llámame si necesitas ayuda —murmuré, y corrí hacia mi habitación.

Me di una ducha rápida y me vestí con unos pantalones negros de pitillo y una blusa blanca holgada. Cuando bajé a la cocina, Albert, que llevaba únicamente una camiseta blanca y unos pantalones vaqueros claros, me esperaba para desayunar. Desvié la vista con rapidez y la fijé en Bruno, que descansaba en su cojín habitual.

—¿Está mejor? —dije intentando aparentar normalidad mientras me acercaba a acariciar su suave cabeza.

—Sí, se ha quedado dormido después de beberse todo el cuenco de agua. Creo que las resacas son iguales en animales que en personas. ¿Ocurre algo, Candy? Pareces nerviosa.

—¿Nerviosa, yo? —exclamé, y derramé parte del café que estaba sirviéndome.

—Sí, nerviosa.

—No sabía que habías estado casado.

—Ah, ya. Eso.

—Sí, eso.

—No he sido precisamente un monje desde nuestro primer y último encuentro. Aunque me consta que tú tampoco. Empezando por tu amigo Paolo, el brasileño.

—Paolo era gay, no cuenta —mascullé.

—¿Gay?

—Sí, ¿no te lo dijo Tom? Estaba coladito por sus huesos.

—No. Dudo que se diera cuenta.

Cabeceó y se pasó los dedos por la mandíbula con un gesto que atrajo mi mirada.

—Pues Paolo no es que disimulara mucho...

Albert sonrió de forma sesgada y acercó una mano a la mía. Me acarició con un dedo, como si tuviera miedo de cogérmela.

—Mia fue una gran amiga y...

—Muy buena en la cama —lo interrumpí, alejándome de su contacto.

—Eso también, no tengo por qué negarlo.

—Mira —dije cogiendo mi tostada francesa en una mano y la taza de café en la otra—, no quiero discutir, me voy a trabajar.

—No estamos discutiendo, Candy.

—Eso lo dices tú —mascullé, y salí en dirección a su despacho.

Una vez allí, encendí el ordenador y me quedé inmóvil viendo la pantalla con el logo de la empresa para la que trabajaba. En vez de abrir la carpeta de archivos, cliqué en el icono del navegador. ¡Ay, qué malo puede llegar a ser Google cuando intentas descubrir información sobre una persona! ¡Y qué cruel!

Media hora después, sentía que estaba a punto de vomitar la tostada junto con el café. Había descubierto que Mia Leclerc era una artista conceptual, muy bien considerada en los ambientes de la high society londinense. Había rodado una película que había tenido un considerable éxito en taquilla y un gran éxito entre la crítica, lo que era doblemente sorprendente, porque lo normal era que sucediera al contrario. Repasé fotografías suyas hasta encontrar una de su boda. Vestía un diseño vintage propio de los años veinte y estaba preciosa. Ella y Matthew no parecían ser simplemente amigos. Después averigüé que residía en Burdeos, y aquello hizo que entornara los ojos con suspicacia. Pinché en un enlace de su propia página y averigüé que había heredado de un abuelo una plantación vitivinícola que ahora dirigía ella. Si hubiera podido vomitar el vino ingerido el día anterior y escupírselo a la cara a Albert, lo habría hecho sin dudarlo.

En ese instante, él apareció en la puerta y yo cerré el ordenador como si me hubiera pillado espiando su pasado en la red. Enrojecí y él me miró extrañado.

—Vengo a despedirme —dijo.

—¿Te vas otra vez? —inquirí algo disgustada.

—Sí, tengo un compromiso que no puedo eludir, pero ya te dije que estoy intentando dejarlo.

—Por mí no te molestes, no creo que esté aquí mucho tiempo.

Mi lengua viperina se había soltado para herirlo y herirme a mí al mismo tiempo, aunque él no lo sabía.

—Está bien, Candy, ya veo que te has cerrado en banda otra vez. Cuando te apetezca solucionar las cosas, avísame.

—Lo hará mi abogado, descuida —mascullé centrándome en un punto de la ventana sin definir.

Él resopló y se volvió hacia el pasillo.

—¿Adónde vas? —le pregunté de improviso.

—A Francia —contestó suavizando el tono.

—Francia, ya.

—¿Por qué lo preguntas? ¿Hay algo que quieres que te traiga de allí?

—Preferiría una guillotina antes que unos macarons, pero no creo que te dejaran pasarla por la aduana...

Albert me observó unos segundos interminables para después volverse y cerrar la puerta con un brusco golpe. Ni me inmuté.

Cinco minutos después, estaba de nuevo en el despacho. Lo miré con disgusto y me centré en concretar el envío a la empresa con los diseños elegidos. Él permaneció en silencio, sabiendo que eso iba a provocar una reacción en mí. Siempre me había conocido mejor que yo misma.

—¿Se puede saber qué es lo que pretendes de mí, Albert?—pregunté dejando el lápiz a un lado y girando la butaca hasta tenerlo de frente.

Intenté no fijarme demasiado en él, ya que siempre conseguía desconcentrarme de alguna u otra manera. Esa mañana era su porte excesivamente masculino, apoyado con insolencia en el marco de la puerta.

—Que me des una oportunidad —pronunció con voz clara.

Aquello me sorprendió, y mi rostro fue muestra de ello.

—La oportunidad la perdiste aquel año. —Fue a hablar y lo interrumpí con rapidez—: Me has acusado de que no te pregunté ni exigí explicación alguna, pero, ¿sabes una cosa, Albert? Tú tampoco lo hiciste. Tuviste un año entero para buscarme, para intentar localizarme, para enviarme un correo electrónico..., y no lo hiciste —remarqué.

—En cuanto supe que habías vuelto a Madrid, volé con tu hermano allí. Fue imposible localizarte, y cuando supimos que te habías ido a Rusia a mí me reclamaron en el club.

—Muy oportuno —mascullé.

—¿Te das cuenta de lo egoísta que eres?

Aquello me dolió más que ninguna otra cosa antes. El peligro de que una pareja se conozca demasiado bien es que cada uno de los dos sabe qué comentario puede dañar más al otro.

—No fui egoísta. ¿Crees que fue un año de placer y viajes locos? No fue nada de eso. Estaba destrozada y volví destrozada. He estado sobreviviendo sin llegar a vivir estos nueve años, mientras tú triunfabas en la vida, te casabas con artistas y te codeabas con modelos.

Se acercó a mí peligrosamente y de forma inconsciente me erguí en el sillón para enfrentarme a él. No obstante, lo único que hizo fue lanzar un fajo de cartas unido por una cuerda sobre la mesa.

—Si crees que no pensé cada día en ti, que no te esperé, que no te amé, ahí tienes la respuesta. Si no eres cobarde, las leerás. Pero, la verdad, empiezo a dudar de que sigas siendo aquella joven cuya valentía resultaba admirable.

A continuación, se volvió y abandonó el despacho en silencio. Al poco rato oí un sonoro portazo y, al mirar por la ventana, lo vi subirse a un taxi que esperaba frente a ella.

Cogí las cartas en una mano. Pesaban. Algunas eran postales; otras, cartas envueltas en sobres de papel manila amarillento; varias llevaban el distintivo intercontinental y la mayoría eran sobres cerrados. Todas con sello. Todas sin enviar. Las aparté y las guardé en un cajón. Puede que fuera cobarde, aunque también seguía desconfiando y había sufrido demasiado por él como para creerme ahora que su amor era cierto. Acababa de ver la joya y su declaración a Mia. Quizá él no reconociera a la joven de la que se había enamorado. Quizá yo sí tenía la certeza de que el joven del que me había enamorado no era el hombre con el que me había casado.

Tomé una decisión urgente, aunque, antes de llevarla a cabo, le debía una explicación a mi hermano. Le envié un mensaje rápido en el que lo instaba a que se conectara a Skype. Me contestó de forma inmediata y, cuando lo tuve frente a mí, no pude evitar las lágrimas.

—Thomas.

—¡Candy! ¿Estás bien?

—Creo, creo que... he hecho... Tengo que pedirte...

—¡Hostia puta! —soltó de improviso, y se pasó la mano por el pelo con gesto nervioso—. ¿En qué lío te has metido ahora?

—¡En ninguno! —respondí recuperando la compostura—. ¡Sólo quería pedirte disculpas, cafre!

—¿Pedirme disculpas a mí? ¿Por qué? —repuso él con toda la atención sobre mí.

—Anoche supe que no habías apostado con Albert para que se acostara conmigo.

—¡¿Cómo?! ¿Cuándo cojones hice yo eso que no hice?

—¿Recuerdas la noche que me fui de Menorca sin dar ninguna explicación?

—¡Como para olvidarla!

Después de eso le relaté la entrevista de Albert y cómo había sabido que la apuesta no era sobre mí, y también cómo acudí aquella madrugada a interrogarlo, algo que él afirmó no recordar. Cuando terminé, recibí su perdón y también su comprensión.

—Está bien, enana —dijo con cierto pesar.

—Tom, es que no sé hacer nada bien —me justifiqué rodeada de pañuelos empapados en lágrimas, con los ojos rojos y el rostro desencajado.

—Es parte de tu encanto. No te preocupes más y empieza a recuperar lo que has perdido en estos nueve años —me aconsejó.

Lloré todavía con más desconsuelo y él se pasó la mano por el pelo y luego la alargó como si pudiese tocarme. La dejó caer sobre la mesa de su despacho y sonrió.

—Candy, inténtalo —me pidió.

—No lo entiendes. Ahora más que nunca tengo que poner fin a esto. Lo que he descubierto esta mañana me ha abierto los ojos definitivamente —afirmé.

—¿Qué has descubierto? —preguntó intrigado.

—Te lo contaré cuando cierre este capítulo de mi vida —aseguré, y me despedí dejándolo con la palabra en la boca. Sin embargo, sentí que por primera vez desde que me había casado con Albert estaba haciendo las cosas bien.

Apagué el ordenador, me levanté y me dirigí a mi habitación. Allí, preparé una pequeña maleta y llamé a mi prima.

—Anny, ¿puedes tomarte un par de días libres? —inquirí en cuanto ella contestó al segundo tono.

—Tengo un hijo, esas cosas para mí son un poco difíciles.

—Me lo debes. Incluso podemos llevarnos a Gonzalo.

—Y ¿adónde se supone que nos vamos?

—A París, la ciudad del amor.

—Vamos, Happy, happy! ¿Qué narices ha pasado esta vez?

—Lo he descubierto todo, Anny. Quién es Mia, el negocio que tienen juntos y lo que siente Albert por ella.

—¿Estás loca?

—No, ahora estoy más cuerda que nunca. Acabo de ver la luz en forma de un anillo de diamantes. Sé que lo va a utilizar para conquistarla de nuevo. El golpe final lo dio en la entrevista de anoche.

—¿Estás loca? —repitió.

—¡Que te he dicho que no! Él mismo acaba de decirme que se marcha en un viaje a Francia que no puede posponer. Lo voy a descubrir con las manos en la masa...

—Será con las manos en Mia.

—¡Lo que sea! Aunque esta vez, Anny, esta vez no tendrá otra opción más que concederme el divorcio y seré libre.

—Y ¿tú quieres ser libre, Candy?

Su tono suave y tamizado de dulzura se me clavó como una astilla en el dedo.

—¡Es lo que más deseo en este mundo! —afirmé de forma convincente, al menos para mí misma.

—Ya... Intentaré dejar a Gonzalo con Marco. No creo que haya problemas. ¿Y bien?, ¿tienes algo planeado?

—Todo.

—Eso me da bastante miedo.

—Pues más miedo te va a dar saber que no tengo nada previsto, así que improvisaré sobre la marcha...

—¡Joder, Candy!

—Te recojo dentro de una hora, estate lista.

Colgué el teléfono e hice una nueva llamada.

—¿Candy?

—Hola, Stear. ¿Puedes hacerme un pequeño favor?

—Lo que quieras, ¿te reservo otra noche en el hotel?

—No, gracias... Oye, ¿a ti te gustan los perros?

CONTINUARA