—Discúlpame Leah. Debería haber estado más cerca.
Regina seguía aún disculpándose, y yo no creía que fuera justo ni apropiado. Después de todo, Regina no había sido quien había perdido el control de su temperamento, por completo y de forma inexcusable. Regina no había intentado arrancarle la cabeza a Graham, que ni siquiera había entrado en fase para protegerse, ni le había roto el hombro y la clavícula a Leah cuando saltó entre nosotros. Regina no había sido quien casi había matado a su mejor amigo y a Leah.
Tampoco era que mi mejor amigo no tuviera unas cuantas cosas a las que responder al igual que Leah, pero resultaba obvio que nada que hubieran hecho podría justificar mi comportamiento.
Entonces ¿no debería haber sido yo la que se estuviera disculpando? Lo intenté otra vez.
—Leah, yo…
—No te preocupes por eso, Emma, estoy muy bien, además por como te hablé la última vez me merecía esto —dijo Leah al mismo tiempo que Regina replicaba:
—Emma, amor, nadie te está juzgando, lo estás haciendo muy bien.
Todavía no me habían dejado terminar ni una frase. Y todo lo empeoraba el hecho de que Regina estuviera teniendo muchas dificultades para eliminar la sonrisa de su rostro. Sabía que Graham y Leah no merecían mi reacción exagerada, pero Regina parecía encontrar satisfacción en ello. Quizá habría deseado tener la excusa de ser una neonata para poder hacer algo físico en torno a su irritación contra Graham y Leah.
Intenté extraer la ira por completo de mi sistema, pero me resultaba duro, sabiendo que el licántropo en cuestión estaba fuera, con Hope, Henry y Seth justo en ese momento. Manteniéndolos a salvo de su madre, la loca neonata.
Henry ajustó otra pieza del cabestrillo del brazo de Leah, y ésta hizo un gesto de dolor.
—¡Lo siento, lo siento! —mascullé, sabiendo que nunca conseguiría articular una disculpa por completo.
—No te alteres, Emma —dijo Leah, mientras Regina me acariciaba el brazo desde el otro lado.
Leah no parecía sentir la aversión que tanto pregonaba hasta hace 3 días por tenerme sentada allí, y estar en una casa llena de vampiros, mientras Henry la curaba, supongo que eso era gracias a mí hijo, el solo pensarlo me revolvía el estómago.
—Estaré bien en media hora —continuó ella—. Cualquiera hubiera hecho lo mismo, porque esto de Graham y Hope, yo y Henry… —se detuvo a mitad de frase y cambió de tema con rapidez—. Quiero decir, que al menos ni me mordiste ni nada. Eso hubiera sido una mierda.
Enterré la cabeza entre las manos y me estremecí ante el pensamiento, ante esa posibilidad tan real. Podría haber ocurrido fácilmente. Y acababan de decirme que los licántropos no reaccionan ante la ponzoña de los vampiros del mismo modo que los humanos, porque los envenena.
—Soy una mala persona.
—Claro que no lo eres. Yo tendría que haber… —comenzó Regina.
—Para de una vez —suspiré. No quería que se pasara todo el tiempo echándose la culpa por esto como se echaba la culpa por todo.
—Qué suerte tienen Hope y Henry al no estar cargados de veneno —dijo Leah después de un segundo de silencio extraño—. Porque Hope se pasa todo el día mordiendo a Graham y yo me he llevado alguna que otra mordida de Henry también.
Se me cayeron las manos.
—¿Eso hacen?
—Claro, cuando no les metes la comida en la boca con suficiente rapidez.
Me quedé mirándola, sorprendida, y también sintiéndome culpable porque tenía que admitir que este hecho me agradaba, un poco en plan adolescente y caprichoso.
Pero claro, yo ya sabía que mis hijos no tenían ponzoña, ya que yo había sido la primera persona a la que habían mordido. No hice esta observación en voz alta, ya que estaba simulando una cierta amnesia en los hechos más recientes.
—Bueno, Leah —comentó Henry, levantándose y saliendo de la habitación—, creo que esto es todo lo que puedo hacer. Intenta no moverte en, bueno, unas cuantas horas, supongo —se echó a reír—. Ojalá el tratamiento en los humanos fuera igual de gratificante —dejó reposar la mano durante un momento sobre hombro bueno de Leah—. Quédate quieta —le ordenó y después desapareció escaleras arriba. Escuché cómo se cerraba la puerta de su despacho y me pregunté si ya habrían eliminado los restos de mi estancia allí.
—Creo que podré arreglármelas para quedarme sentada un ratito —asintió Leah cuando Henry ya se había ido.
Con cuidado, asegurándose de no poner el hombro en mala postura, Leah inclinó la cabeza sobre el respaldo del sofá y cerró los ojos. Unos segundos más tarde los abrio, Seth entro con Henry en brazos, se sentó cerca de Leah, ella cogió a Henry con su brazo bueno y el pequeño se acurrucó hasta quedarse dormido, Leah cerro los ojos nuevamente.
Puse mala cara a su rostro sereno durante otro minuto. Como Graham y Seth, Leah parecía tener el don de quedarse dormida a voluntad, me levanté. El movimiento no removió el sofá en lo más mínimo. Todo lo físico era bastante fácil, pero el resto…
Regina me siguió hasta las ventanas traseras y me cogió la mano.
Escuché a Graham y Zelena en las escaleras de la fachada principal discutiendo en voz baja a quién le correspondía el turno de alimentar a Hope. Su relación era tan antagonista como siempre. La única cosa en la que se ponían de acuerdo ahora era en que había que apartar a los bebés de mí hasta que estuviera recuperada al cien por cien de mi ataque temperamental.
Regina había discutido ese veredicto, pero yo les dejé ir. También quería estar segura. Aunque me preocupaba que su cien por cien y el mío no coincidieran del todo.
Aparte de esa discusión, por lo demás todo estaba muy tranquilo. Killian, Ruby y Cora se hallaban de caza. Jefferson se había quedado para vigilarme. Estaba apoyado discretamente contra el poste del porche, intentando no comportarse de forma odiosa en ese asunto.
Me aproveché de la tranquilidad para pensar en todo lo que Regina y Leah me habían contado mientras Henry le curaba el brazo a Leah. Me había perdido un montón de cosas mientras ardía y ésta había sido la primera oportunidad real de ponerme al día.
Lo principal había sido el final de la enemistad con la manada de Sam, lo cual era el motivo por el cual los otros se sentían libres de ir y venir a su antojo otra vez. La tregua era más fuerte que nunca. O quizás más vinculante, dependiendo del punto de vista que uno asumiera, suponía yo.
Vinculante, porque la más absoluta de todas las leyes de la manada era que ningún lobo mataría al objeto de la imprimación de otro lobo. El dolor que esto le ocasionaría sería intolerable para el resto de la manada. La falta, tanto si fuera intencionada como accidental, no sería perdonada jamás, porque los lobos implicados lucharían hasta la muerte, y no había ninguna otra opción.
Ya había ocurrido hacía mucho tiempo, me contó Leah, pero sólo por accidente. Ningún lobo destruiría de forma intencionada a un hermano de ese modo.
Así que Hope y Henry se habían vuelto intocables porque sentían lo que sentían por ellos. Intenté concentrarme en el alivio que este hecho suponía más que en el disgusto, pero no era fácil.
Había suficiente espacio en mi mente para alojar ambas emociones intensamente y a la vez.
Sam tampoco se podía tomar a mal mi transformación, porque la había permitido Graham, el legítimo Alfa, aunque se mostró extrañamente sorprendido y un pelin molesto por la imprimación de Leah. Lo que me dolía era darme cuenta una y otra vez de lo mucho que le debía a Graham y Leah cuando lo que más me apetecía era dejarme llevar por la furia.
Deliberadamente redirigí mis pensamientos en otra dirección para controlar mis emociones. Consideré otro fenómeno interesante: aunque el silencio entre las dos manadas continuaba, Graham y Sam habían descubierto que los Alfa podían comunicarse en su forma lobuna. No era como antaño, no tenían la capacidad de oír los pensamientos el uno del otro de la misma manera que antes de separarse. Se parecía más a hablar en voz alta, según decía Leah. Sam sólo podía escuchar los pensamientos que Graham quería compartir y viceversa. Habían descubierto que también era posible transmitir en largas distancias, ahora que volvían a hablarse de nuevo. No descubrieron todo esto hasta que Graham fue solo, a pesar de las objeciones de Seth y Leah, a explicarle a Sam lo que había sucedido con Hope y Henry. Había sido la única ocasión en que había abandonado el lado de la niña desde que le puso por primera vez los ojos encima, pero no lo hizo sin antes pedirle a Leah y Seth que no se separaran de Hope.
Cuando Sam comprendió que esto cambiaba todo por completo, regresó con Graham a hablar con Henry. Conversaron en forma humana, porque Regina se había negado a dejarme para oficiar de traductora, y el tratado se había renovado. El sentido amistoso de la relación, sin embargo, quizá nunca volviera a ser el mismo.
Una preocupación menos.
Pero había otra cosa que, aunque no tan peligrosa físicamente como una manada de lobos enfadados, me parecía aún más urgente.
David.
Había hablado con Cora por la mañana temprano, pero eso no le había disuadido de volver a llamar unos cuantos minutos después de que Henry curara a Leah. Henry y Regina habían dejado sonar el teléfono. ¿Qué era lo mejor que se le podía decir? ¿Llevaban razón los Mills? ¿Explicarle que había muerto sería lo menos doloroso? ¿Me encontraría yo capaz de quedarme inmóvil en un ataúd mientras mi madre y él lloraban por mí?
Nada de esto me parecía bien, pero poner en peligro a David o Mary Margaret por la obsesión de los Vulturis por el secreto estaba totalmente fuera de la cuestión.
Todavía quedaba mi idea de dejar que David me viera cuando yo estuviera preparada y permitir que él llegara a sus propias conclusiones erróneas. Técnicamente, de ese modo las reglas de los vampiros no se romperían. ¿No sería mejor para David saber que yo estaba viva y más o menos feliz? ¿Incluso aunque tuviera un aspecto extraño y diferente y es probable que atemorizador para él?
Mis ojos, en particular, se habían vuelto mucho más terroríficos. ¿Cuánto tardarían mi autocontrol y el color de mis ojos en ser apropiados para David.
—¿Qué te pasa, Emma? —me preguntó Jefferson en voz baja, comprendiendo mi creciente tensión—. Nadie está enfadado contigo, ni siquiera sorprendidos… Bueno, supongo que sí estamos sorprendidos de que fueras capaz de reaccionar con tanta rapidez. Lo hiciste muy bien, mejor de lo que todos esperábamos.
La habitación se tornó muy tranquila mientras él hablaba. La respiración de Seth se transformó en un sordo ronquido y comprendí que se había dormido junto a su hermana y mí hijo. Me sentí más serena, pero no olvidé mi angustia.
—En realidad, estaba pensando en David.
Allí fuera, finalizó la discusión.
—Ah —murmuró Jefferson.
—La verdad es que al final tendremos que irnos, ¿no? —le pregunté—. Al menos durante un cierto tiempo, para simular que estamos en Atlanta o algo así.
Pude sentir la mirada de Regina clavada en mi rostro, pero yo estaba mirando a Jefferson. Y él fue el que me contestó en tono grave.
—Sí, es la mejor manera de proteger a tu padre.
Rumié el asunto durante un momento.
—Lo voy a echar mucho de menos. Y a todo el mundo, la verdad.
Graham y Leah pensé a pesar de mí misma. Aunque ese antiguo anhelo de Graham había quedado aclarado y suprimido (y yo me sentía muy aliviada de que fuera así) seguía siendo mi amigo. Alguien que me conocía de verdad y me aceptaba. Incluso siendo un monstruo.
Pensé sobre lo que Graham había dicho, al suplicarme antes de que le atacara: «¿Tú no dijiste que nuestras vidas nos pertenecían el uno al otro?, ¿a que sí? Que éramos familia. Tú dijiste que era así como se suponía que teníamos que ser. O sea que… aquí estamos. Es lo que tú deseabas».
Sin embargo, ahora las cosas no parecían ser tal y como yo deseaba. Retrocedí en mi memoria muy atrás, a los embrollados y débiles recuerdos de mi vida humana, hasta llegar a la parte más dura de recordar: el tiempo que pasé sin Regina. Unos momentos tan oscuros que había intentado sepultarlos en mi mente. No podía volver a recuperar las palabras con exactitud, sólo recordaba el deseo de que Graham fuera mi hermano de modo que pudiéramos querernos sin confusión ni dolor. Como familia, pero jamás se me habría ocurrido incluir a una hija en la ecuación.
Recordé un poco más tarde, una de las muchas veces que le había dicho adiós a Graham, preguntándome en voz alta con quién terminaría él, quién le arreglaría la vida después de lo que yo le había hecho. Había dicho algo sobre que fuera quien fuera ella, no sería lo bastante buena para él.
Resoplé, y Regina alzó una ceja interrogante, pero simplemente, sacudí la cabeza en su dirección.
A pesar de que echaría de menos a mi amigo, sabía que había un problema aún mayor. ¿Habían podido soportar Sam, Jared o Quil un día entero sin ver el objeto de su fijación, Emily, Kim o Claire? ¿Podían? ¿Qué le haría la separación de Hope a Graham, le causaría dolor? ¿Y a Leah? Todavía quedaba bastante de esa ira mezquina dentro de mí como para alegrarme por eso: no por su dolor, sino por la idea de alejarlos de Hope y Henry. ¿Cómo se suponía que iba a arreglármelas para admitir que pudieran pertenecer a Graham y Leah si apenas me pertenecían a mí.
El sonido de movimiento en el porche de la fachada principal interrumpió mis pensamientos.
Les escuché levantarse y ya habían atravesado la puerta. Justo al mismo tiempo, Henry bajó las escaleras con las manos llenas de cosas extrañas, una cinta de medir, una balanza. Jefferson salió disparado para situarse a mi lado. Como si hubiera alguna señal que yo me hubiera perdido, incluso escuché a Leah abrír los ojos y despertar a Seth.
—Deben de ser las seis —comentó Regina.
—¿Y? —pregunté, con los ojos fijos en Zelena, Graham y Hope, que estaban parados en la entrada, la niña en los brazos de la vampira. Zel tenía un aspecto precavido y Graham parecía preocupado. Hope lucía hermosa e impaciente al igual que Henry despierto en brazos de Seth ahora.
—Hora de medir a mis nietos —explicó Henry.
—¡Oh! ¿Hacéis esto todos los días?
—Cuatro veces al día —me corrigió Henry con aspecto ausente mientras dirigía a los demás hacia el sofá. Creí ver a Hope y Henry suspirar.
—¿Cuatro veces? ¿Todos los días? ¿Por qué?
—Ellos siguen creciendo con mucha rapidez —me murmuró Regina, la voz serena y contenida.
Me apretó la mano, y su otro brazo me envolvió con seguridad alrededor de la cintura, casi como si necesitara apoyarme en ella.
No pude apartar mis ojos de Hope y Henry para comprobar sus expresiónes.
Tenían un aspecto perfecto, sanísimo. Su piel brillaba como si fuera un trozo de alabastro iluminado y el color de sus mejillas era como si llevara pegados allí pétalos de color rosado. No podía haber nada malo en una belleza tan radiante. Seguramente en su vida no había nada más peligroso que su madre, ¿o podía haberlo?
La diferencia entre los niños a los que yo había dado a luz y aquéllos con los que me había encontrado hacía una hora habría sido evidente para cualquiera, pero la que había entre los niños de hacía una hora y ésta era más sutil. Unos ojos humanos jamás habrían sido capaces de percibirla, aunque estaba allí.
Su cuerpo era algo más largo y sólo un poco más esbelto. Ya no tenían el rostro tan redondo, se volvía más ovalado con cada minuto que pasaba en ella y en el más angular. En el caso de Hope sus tirabuzones colgaban un par de centímetros más cerca de sus hombros, rubios y hermosos como los míos. En Henry sus rasgos se iban acentuando, tenía un gran parecido a Regina. Hope se estiró obedientemente en brazos de Zelena mientras Henry extendía la cinta en toda su longitud y después la usaba para medir el perímetro de su cráneo. No tomó ninguna nota, lo recordaría a la perfección, repitió el proceso con mí hermoso hombrecito.
Era consciente de que Graham tenía los brazos cruzados con gran fuerza sobre su pecho, mientras que los de Regina se trababan con firmeza a mi alrededor. Tenía las cejas fruncidas hasta formar una sola línea sobre sus ojos hundidos.
Ellos habían madurado de unas simples células a unos bebés de tamaño normal en el curso de unas cuantas semanas. Tenían muy buen aspecto, parecían camino de convertirse en unos bebés de un par de años de edad en apenas algunos días. Si seguían ese ritmo de crecimiento…
Mi mente vampírica no tenía ningún tipo de problemas con las matemáticas.
—¿Qué vamos a hacer? —susurré, horrorizada.
Los brazos de Regina se tensaron, porque comprendió lo que estaba preguntando.
—No lo sé.
—Va algo más despacio —masculló Leah entre dientes.
—Necesitaremos unos cuantos días más de medidas para poder establecer la pauta, Leah. No puedo hacer ninguna promesa.
—Ayer creció cuatro centímetros. Hoy, menos.
—Por apenas una centésima de centímetro, si mis medidas son correctas —replicó Henry con tranquilidad.
—Sea exacto, Doc —repuso Graham, haciendo que las palabras sonaran casi amenazadoras. Zelena se envaró.
—Ya sabes que lo hago lo mejor que puedo —le aseguró Henry.
Graham y Leah suspiraron.
—Supongo que eso es todo lo que puedo pedir.
Me sentí irritada de nuevo, como si Graham y Leah me estuvieran robando el papel, y además haciéndolo mal.
Hope y Henry también parecían molestos. Comenzaron a retorcerse y después ambos levantaron las manos imperiosamente hacia Zelena. Ella se inclinó de modo que pudieran tocarle la cara. Después de un segundo, Zel suspiró.
—¿Qué es lo que quiere Hope? —le exigió Graham, volviendo a robarme el papel.
—A Emma, por supuesto al igual que Henry —le contestó Zelena, y sus palabras me hicieron sentir algo de calidez en mi interior. Entonces me miró—. ¿Cómo estás?
—Preocupada —admití, y Regina me dio otro apretón.
—Todos lo estamos, pero no es eso lo que quiero decir.
—Estoy bajo control —le prometí. La sed iba bajando puestos en mi lista a gran velocidad. Además, Hope y Henry olían muy bien, pero de un modo muy distinto a una comida apetecible.
Graham se mordió el labio pero no hizo ningún movimiento para impedir que Zelena me ofreciera a los niños, escuché a Leah removerse inquieta en el sofá. Jefferson y Regina vacilaron, pero lo permitieron. Podía ver lo tensa que estaba Zel y me pregunté cómo sentiría la habitación Jefferson en ese momento, ¿o es que estaba tan concentrado en mí que no podía sentir a los demás?
Los bebés y yo nos acercamos, con una sonrisa cegadora iluminando sus pequeños rostros. Ellos encajaban con tanta facilidad en mis brazos como si éstos hubieran sido diseñados especialmente para eso. De inmediato pusieron sus manitas calientes en mi mejilla.
Aunque estaba preparada, todavía me hizo emitir un sorprendido jadeo el ver aquel recuerdo como una visión dentro de mi mente. Tan brillante y lleno de colorido, pero por completo transparente.
Ellos estaban recordando cómo cargué contra Graham a través del prado que había delante de la casa y a Leah saltando entre nosotros. Lo habían visto y oído todo con total claridad. Yo no parecía yo, ese predador lleno de gracia que saltaba sobre su presa como una flecha lanzada desde un arco.
Debía de ser alguna otra persona. Eso no me hizo sentir menos culpable mientras Graham estaba allí indefenso, con las manos alzadas, unas manos que no temblaban.
Regina se echó a reír entre dientes, observando los pensamientos de los niños conmigo. Y ambas dimos un respingo cuando escuchamos el chasquido de los huesos de Leah. Luego Hope exhibió su sonrisa y vi a Henry hacer un puchero, pero en el recuerdo sus ojos no abandonaron a Graham y Leah a través del jaleo que siguió. Noté un nuevo ingrediente en el recuerdo mientras observaba a Graham, no exactamente protector, sino más bien posesivo. Percibí la clara impresión de que Hope estaba contenta de que Leah hubiera interceptado mi salto. Ella no quería que nadie hiriera a Graham porque era suyo, a la vez que percibí el enfado y la angustia de Henry por haber lastimado a Leah.
—Oh, maravilloso —gruñí—. Perfecto.
—Seguro que es porque saben mejor que todos nosotros —me aseguró Regina, con la voz estirada por su propio disgusto.
—Ya os he dicho que le gusto —bromeó Graham desde el otro lado de la habitación, con los ojos fijos en Hope. Su broma fue desganada, el tenso ángulo de sus cejas no se había relajado.
Hope y Henry palmearon con impaciencia mis mejillas, exigiendo mi atención. Otro recuerdo: Zelena pasando tiernamente un peine a través de sus rizos. Los hacía sentirse bien. También apareció Henry con la cinta de medir, y ellos sabía que tenía que estirarse y quedarse quietos y no les parecía nada interesante.
—Es como si te estuvieran haciendo un resumen de todo lo que te has perdido —comentó Regina en mi oído.
Arrugué la nariz cuando ellos me inundaron con el siguiente recuerdo. El olor venía de una extraña taza de metal, muy dura para que no fuera fácil de morder, y que lanzó un ramalazo de fuego a mi garganta. Ay.
Y entonces Hope y Henry estuvieron fuera de mis brazos, ahora sujetos a mi espalda. No luché con Jefferson, sólo observé el rostro asustado de Regina.
—¿Qué es lo que he hecho?
Regina miró a Jefferson que estaba a mi espalda, y después a mí otra vez.
—Es que ellos estaban recordando la sed —masculló Regina, con la frente formando arrugas—. Estaban recordando el sabor de la sangre humana.
Los brazos de Jefferson apretaron con más fuerza los míos uno contra el otro. Parte de mi cerebro registró el hecho de que esto no era particularmente incómodo, sólo algo doloroso, como lo habría sido para un humano. Pero sí resultaba perturbador. Estaba segura de que podía evadir su presión, pero no iba a luchar.
—Sí —admití—. ¿Y…?
Regina me dedicó una vez su ceño fruncido y entonces su expresión se relajó. Soltó una carcajada.
—Pues parece que nada de nada. Esta vez he sido yo la que ha reaccionado de forma exagerada. Jeff, suéltala.
Las manos que me restringían desaparecieron. Alargué las manos para coger a Henry y Hope tan pronto como me vi libre. Regina me los devolvió sin vacilación.
—No puedo entenderlo —replicó Jefferson—. No puedo soportarlo.
Observé sorprendida que Jefferson retrocedía hasta la puerta trasera mientras caminaba hacia el río, donde se arrojó de un solo salto.
Hope y Henry me tocaron el cuello, repitiendo la escena que acababa de presenciar, como en una reproducción instantánea. Pude sentir la pregunta en sus pensamientos, como un eco de la mía.
Ya no me sorprendía su pequeño y extraño don. Parecía una parte enteramente natural de Hope y Henry, casi como si fuera algo que hubiera que esperar. Quizás ahora que yo también formaba parte de lo sobrenatural, no volvería a mostrarme escéptica nunca más.
Pero ¿qué era lo que iba mal con Jefferson?
—Luego regresará —repuso Regina, no sé si dirigiéndose a mí o a Hope y Henry—. Necesita un momento a solas para poder reajustar su punto de vista sobre la vida —una sonrisa asomaba en las comisuras de su boca.
Otro recuerdo humano, Regina contándome que Jefferson se sentiría mucho mejor si, una vez convertida en vampiro, me costara habituarme a mi nueva naturaleza. Esto fue en el contexto de una discusión sobre cuánta gente llegaría a matar en mi primer año de neófita.
—¿Está furioso conmigo? —le pregunté en voz baja.
Los ojos de Regina se abrieron como platos.
—No, ¿por qué tendría que estarlo?
—¿Pues qué es lo que le pasa entonces?
—Está furioso consigo mismo, Emma. Le preocupa que se trate de… una «profecía de cumplimiento inevitable», supongo que podría llamarse así.
—¿Cómo es eso? —preguntó Henry antes de que lo hiciera yo.
—Se está preguntando si la locura de los neonatos es algo realmente tan difícil de superar como siempre hemos pensado, o si por el contrario, con la orientación y preparación adecuadas, cualquiera podría desempeñarse tan bien como Emma. Incluso que quizá él ha experimentado una dificultad tan grande sólo porque pensaba que ello era natural e inevitable. Quizá si hubiera esperado más de sí mismo habría podido hacerlo igual de bien. Tú le estás haciendo plantearse un montón de cosas que hemos dado por supuestas e imposibles de cuestionar, Emma.
—Pero eso es injusto —repuso Henry—. Todos somos diferentes, cada uno de nosotros tiene sus propios retos. Es posible que el comportamiento de Emma se salga de lo natural, pero quizá sea ése su «don», por decirlo de algún modo.
Me quedé helada por la sorpresa. Hope y Henry notaron el cambio de mi estado de ánimo y me tocaron. Recordaron el último segundo y preguntaron por qué.
—Es una teoría muy interesante y bastante plausible —repuso Regina.
Durante un espacio de tiempo diminuto, me sentí disgustada. ¿Qué? ¿No había visiones mágicas, ni formidables capacidades ofensivas, como por ejemplo, lanzar rayos por los ojos o algo así? ¿Nada útil ni guay?
Y entonces me di cuenta de lo que eso podría significar, si mi «superpoder» no era más que un autocontrol excepcional. En primer lugar, al menos poseía un don, porque podía no haber tenido ninguno. Pero mucho más que eso, si Regina tenía razón, entonces podría saltarme la parte que más temía.
¿Qué pasaría si no tenía que comportarme como un neonato? Al menos no tendría que ser una desquiciada máquina de matar. ¿Qué pasaría si pudiera encajar correctamente en la familia Mills desde el primer día? ¿Qué pasaría si no tenía que esconderme por ahí, en algún lugar remoto, durante un año mientras «maduraba»? ¿Y qué, si como Henry, nunca tenía que matar ni a una sola persona? ¿Qué, si podía ser un vampiro bueno desde el primer momento?
Podría ver a mi padre.
Suspiré en cuanto la realidad se filtró a través de la esperanza. Tampoco podría verle tan pronto. Los ojos, la voz, el rostro perfeccionado. ¿Qué le podría decir?, ¿cómo iba a empezar siquiera? Estaba secretamente aliviada de que tuviera alguna excusa para apartar ese tema durante un tiempo. Del mismo modo que quería encontrar la manera de mantener a David en mi vida, también me aterrorizaba ese primer encuentro. Viendo cómo sus ojos se abrían de repente al tocar mi nuevo rostro, mi nueva piel, sabiendo que se asustaría. Preguntándome qué extraña explicación se formaría en su cabeza.
Era lo bastante cobarde para esperar un año mientras mis ojos se enfriaban. Y mira por dónde había sido yo la que había pensado que, una vez convertida en algo indestructible, no volvería a tener miedo de nada.
—¿Has visto alguna vez el autocontrol como un talento en alguien que conocieras? —le preguntó Regina a Henry—. ¿Crees realmente que es un don o sólo un producto de toda su preparación?
Henry se encogió de hombros.
—Es algo similar a lo que Siobhan era capaz de hacer, aunque ella nunca lo llamó don.
—Siobhan, ¿tu amiga del aquelarre irlandés? —inquirió Zelena—. No tenía idea de que tuviera algo especial. Pensé que la que tenía algún talento distintivo en aquel grupo era Maggie.
—Bueno, Siobhan creía lo mismo, pero ella tenía ese modo de decidir sus objetivos y entonces casi… convertirlos en realidad con sólo desearlos. Ella consideraba que era únicamente el resultado de un buen planeamiento, pero yo siempre me he preguntado si no sería algo más. Como cuando ella incluyó a Maggie, por ejemplo. Liam era muy territorial, pero Siobhan quería que eso funcionara y así ocurrió.
Regina, Henry y Zelena se acomodaron en unas sillas mientras continuaban con su conversación. Graham se sentó al lado de Leah y Seth con ademán protector, y aspecto de estar aburrido.
Por el modo en que empezaron a caérsele los párpados, estaba segura de que se quedaría inconsciente de un momento a otro.
Escuché, pero mi atención estaba dividida. Hope y Henry estaba todavía contándome lo que habían hecho ese día. Los sostuve al lado de la pared de cristal, con mis brazos meciéndolos de forma automática mientras los miraba a los ojos alternando entre uno y otro.
Comprendí que los demás no tenían motivo para sentarse. Yo estaba muy a gusto de pie, me resultaba tan descansado como estirarme en una cama. Sabía que sería capaz de permanecer así durante una semana, sin moverme, y que me sentiría tan relajada al final de los siete días como lo había estado al principio.
Se sentaban por una cuestión de hábito. A los humanos les resultaría extraño alguien capaz de estar horas sin ni siquiera cambiar el peso de un pie a otro. Incluso ahora, veía cómo Zelena se pasaba los dedos entre el pelo y a Henry cruzar las piernas. Eran pequeños movimientos que les evitaban una inmovilidad completa, y les permitían parecer menos vampiros. Tendría que prestar atención a lo que ellos hacían y comenzar a practicar.
Apoyé el peso en la pierna izquierda y me sentí algo tonta.
Quizá pretendían darme un ratito a solas con mis bebés, tan a solas como fuera posible sin amenazar su seguridad.
Hope y Henry me contaron todo lo que había hecho en ese día, minuto por minuto. Y a tenor de sus historietas tuve la sensación de que ellos deseaban tanto como yo que yo las conociera hasta el último detalle. Les preocupaba que me hubiera perdido algo, como los gorriones que se le habían acercado a saltitos mientras Graham y Leah los sostenían, los cuatro muy quietos al lado de uno de los grandes abetos. Los pájaros jamás se hubieran acercado a Zelena. O aquella pringosa y rarísima cosa blanca, la fórmula láctea para bebés que Henry había vertido en sus copas, que olía a una especie de polvo amargo. O la canción que Regina les había cantado en voz baja, tan bonita que Henry me la reprodujo dos veces. Estaba sorprendida de haber participado en el entorno de ese recuerdo, perfectamente inmóvil, pero con un aspecto bastante maltrecho. Me estremecí, recordando aquel momento desde mi propia perspectiva. Aquel odioso fuego…
Después de casi una hora, mientras los otros seguían por completo absortos en su conversación y Seth, Leah y Graham roncaban de modo armónico en el sofá, los recuerdos de Hope y Henry comenzaron a disminuir su ritmo. Se volvieron algo borrosos en los bordes y se descentraron antes de terminarse. Estaba a punto de interrumpir a Regina, sintiéndome aterrorizada por si algo les pasaba, cuando sus párpados temblaron y se cerraron. Bostezaron, con sus rosados labios gordezuelos formando una perfecta «o» y los ojos se cerraron de forma definitiva.
Se les cayeron las manos de mis mejillas mientras se reacomodaban para dormir, y sus párpados parecían tener el mismo pálido color lavanda de las nubes justo antes de la salida del sol. Con mucho cuidado para no molestarlos, levanté sus manitas y laz apoyé contra mi piel por curiosidad. Al principio nada, pero luego, después de unos cuantos minutos, aparecieron unos colores fluctuantes, como un puñado de mariposas que fuera volando entre sus pensamientos.
Hipnotizada, continué observando sus sueños, que no tenían sentido alguno. Sólo colores, formas y rostros. Me agradó ver lo a menudo que aparecía mi rostro, ambas caras, la espantosa humana y la gloriosa inmortal, en sus pensamientos inconscientes. Más que Regina o Zelena.
Estaba a la par con Graham y Leah, y procuré que esto no me afectara. Por primera vez, comprendí cómo Regina había podido pasarse noche tras noche observándome dormir, sólo para escucharme en mis sueños. Yo sería capaz de estar observando dormir a mis hijos toda mi vida.
El cambio en el tono de la voz de Regina captó mi atención cuando dijo «por fin» y se volvió a mirar por la ventana. Era de noche fuera, una noche cerrada de color cárdeno, pero podía ver tan lejos como siempre. Nada quedaba oculto en la oscuridad, simplemente habían cambiado de color.
Ruby apareció al otro lado del río, balanceándose hacia delante y hacia atrás en una rama como una artista del trapecio, con los dedos de los pies pegados a las manos, antes de arrojar su cuerpo en una graciosa voltereta hacia el río. Cora hizo un salto mucho más convencional, mientras que Killian se lanzaba contra el agua, chapoteando de tal modo que las salpicaduras llegaron hasta las ventanas traseras. Para mi sorpresa, Jefferson los siguió, con su propio y eficaz salto de aspecto sobrio pero sutil frente al de los demás.
La amplia sonrisa que se extendía en el rostro de Ruby me resultó familiar en una oscura y extraña manera. Todo el mundo me sonreía de pronto, Cora con dulzura, Killian excitado, Zelena con expresión de suficiencia, Henry indulgente, y Regina, expectante.
Ruby se deslizó dentro de la habitación delante de todos los demás, con la mano extendida delante de ella y una impaciencia que casi se podía ver, como un aura rodeando su cuerpo. Traía en la palma de su mano una llave de bronce de aspecto cotidiano con un enorme lazo rosa de satén atado.
Me dio la llave y yo automáticamente agarré a Hope y Henry con más firmeza en mis brazos para poder estirar una mano y cogerla. Ruby dejó caer la llave sobre mi mano.
—¡Feliz cumpleaños! —canturreó.
Puse los ojos en blanco.
—Nadie empieza a contar su cumpleaños el día de su nacimiento —le recordé—. El primer cumpleaños se celebra al año de haber nacido, Ruby.
Su gran sonrisa se volvió petulante.
—No estamos celebrando tu cumpleaños como vampira, al menos todavía no. Hoy estamos a trece de septiembre, Emma. ¡Feliz diecinueve cumpleaños!
