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CAPITULO 16
Burdeos no es sólo un color...
Llegamos a París al anochecer. Nuestra conversación se resumía en monosílabos y miradas de desconfianza. No obstante, Anny no hizo ninguna afirmación más acerca de mi locura transitoria, a lo que habría tenido derecho y, ciertamente, se lo agradecí.
En el mismo Aeropuerto Charles de Gaulle, alquilamos un coche, un Peugeot 206 color burdeos..., ¿coincidencia? No lo creí, pensé que por fin era una llamada del destino para recuperar mi vida perdida hacía varias semanas. Programamos el GPS y, serpenteando entre el tumultuoso tráfico de París, aparcamos en una calle adyacente al hotel que había reservado, in extremis, antes de partir. Estábamos en el IXe arrondissement, Desde la avenida principal teníamos unas vistas espectaculares del Arco del Triunfo, y alrededor había varios restaurantes. Sin embargo, decidimos comprar algo de comida para llevar y registrarnos sin más dilación. Pagué con mi tarjeta de crédito; no podía arriesgarme a que la que me había proporcionado Albert tuviera algún tipo de aviso bancario de cargo en cuenta que nos descubriera.
La habitación era pequeña y funcional. Cenamos sentadas en la cama de matrimonio y, después, nos duchamos por turnos. Para cuando yo terminé, Anny ya estaba dormida. Dejé el teléfono cargando porque con él esperaba conseguir las fotos que me proporcionaran el divorcio y cerré los ojos, reservando toda mi energía para el siguiente día.
A ambas nos despertó el golpeteo de la lluvia en el tejado de la casa vecina. El día era frío y desapacible. Nos vestimos en silencio y, abrigadas con gruesos chaquetones de plumas, bajamos a desayunar. Paseamos por las calles que se despertaban sin decidirnos por un lugar en concreto, hasta que vi en una cercana plaza un pequeño mercado de frutas y flores frescas. Pedí dos cafés en un puesto callejero situado en la esquina de la acera y caminamos hasta allí, donde compré dos tarrinas, una de moras y otra de frambuesas silvestres. Mientras examinábamos los diferentes y pintorescos puestos, en los que resaltaban las famosas ostras normandas, Anny habló:
—Candy, ¿estás segura de lo que estás haciendo?
—Sí. Descubrí algo que contradice todo lo que ha intentado demostrar Albert.
—¿El qué?
Ella se detuvo en mitad de la acera, con el aire cargado de humedad rodeándonos.
—Una joya con una nota dirigida a Mia. Decía que era el momento. ¿Lo entiendes? El momento. —Se formaron volutas de vaho al pronunciar aquellas palabras.
—Oh, el momento... El momento, ¿de qué? —En su tono había una burla explícita.
—Su momento. Cuando cené con él por primera vez me dijo que tenía la intención de recuperar a una persona y que yo era el camino. Está claro que está utilizándome para ese fin.
—Pero mira que eres idiota a veces. Bueno, siempre. ¿No puedes pensar que esa nota sea de cuando estuvieron juntos? De eso hace más de cuatro años.
La miré fijamente, sin vacilar.
—Si sigue guardándola, quiere decir que todavía no lo ha olvidado —afirmé con rotundidad.
—Candy, reflexiona por lo menos una vez en toda tu vida. Estás desbarrando y, cuándo lo haces, nada resulta como se espera.
—Anny, no intentes disuadirme. Estoy segura de que es lo que tengo que hacer. Creo que esto ya se está convirtiendo en un absurdo y tengo que terminar con ello —determiné.
—Si sale mal...
—Está bien, Anny, ya somos mayorcitas, no te voy a echar la culpa. Yo te he arrastrado a todo este entuerto.
—Es que creo que no entiendes nada...
—¡¿Que no entiendo nada?! Bueno, quizá tenga derecho a estar un poco confusa. En menos de dos meses me he casado con un hombre al que creía odiar, mi novio me ha dejado por ti, tengo un sobrino-primo nuevo y mis padres se van a divorciar.
—¿Ves? A eso me refiero. En vez de buscar una quimera, deberías regresar a casa y hablar con Bert.
—¿Buscar una quimera? Yo ya no tengo tiempo para eso. —La miré con demasiada tristeza—. Cuando te dicen que tienes...
Me callé a tiempo.
—¿Qué es lo que tienes? —Había conseguido toda su atención.
—Nada, ya no me queda nada. Y no quiero hablar con Albert, sólo quiero recuperar mi vida tal y como era.
Ella me sostuvo la mirada con desconfianza.
—¿Nadie te lo ha dicho todavía?
Sonrió de forma sesgada y yo entorné los ojos con suspicacia.
—¿El qué?
—Tu vida, Candy, era una mierda.
—¡Oye, guapa! A ver si voy a utilizar el comodín del «De Mazo a Mazo, guantazo».
—En serio, Candy. ¿Quieres regresar a Madrid con todo lo que has conseguido en Londres? Piénsalo.
—De acuerdo, lo pensaré. Vamos —la insté, sin tener ninguna intención de pensar en ello y tirando los recipientes ya vacíos a un cubo de basura—. Será mejor que nos pongamos en marcha.
Una vez en el coche, yo programé de nuevo el GPS y ella condujo. No quería pensarlo. No quería pensar que había perdido nueve años de mi vida por una solemne estupidez. Únicamente quería terminar con todo ello. ¿Si Albert decía amarme, por qué tenía ese anillo con el mensaje tan explícito a Mia? Tal vez no estuviera equivocada desde el principio y él no fuera el hombre que decía ser. De repente me di cuenta de que estaba tan excitada por el encuentro que me esperaba que hasta había olvidado lo incómoda que me sentía dentro de un automóvil. Sonreí maquinando mi venganza. Porque lo mejor de una venganza no es cumplirla, sino imaginarla...
Pese a ello, el trayecto fue largo y tedioso. Durante más de cinco horas rumbo al sur de Francia tuvimos que parar varias veces, ya que nos perdimos. No conseguíamos localizar ninguna emisora que durara más de unos minutos en antena, excepto una que emitía sin descanso todo el repertorio de Édith Piaf. A las cuatro de la tarde llegamos a Saint-Émilion, un precioso y pintoresco pueblo medieval donde decidimos detenernos para comer algo.
Después de preguntar a los lugareños, logramos descubrir que apenas distábamos quince kilómetros de la finca de Mia. No obstante, una vez nos internamos en el campo, nos perdimos de nuevo. Estaba empezando a anochecer cuando creí reconocer la estructura típica de los palacetes renacentistas en que se basaba el diseño de la casa de Mia. Estaba situada al fondo de un camino sin asfaltar.
—Creo que es aquélla —dije, todavía dudando.
—Es exactamente igual que las cinco anteriores que has mencionado.
—No, mira —insistí al acercarnos un poco más, y le enseñé un papel doblado de la foto que aparecía en la página web de la empresa de Mia y Albert—. Tiene que ser ésa. Reconozco las columnas emparradas.
—Está bien, aparcaré debajo de aquel grupo de árboles y seguiremos caminando.
—Perfecto.
Ya había anochecido, pero varias farolas iluminaban con timidez la niebla que se había cernido de improviso sobre la comarca. Era un paisaje de ensueño, cubierto por extensiones infinitas de viñas que asomaban gallardas entre el reflejo iridiscente de la luz mortecina. Nos acercamos a la valla de hierro forjado rematada en puntiagudas lanzas medievales sin saber qué hacer.
—¿Llamamos? —propuso Anny.
—Creo que no hay nadie —rebatí yo.
—¿Esperamos en el coche? —añadió ella.
—No. Lo mejor será colarnos.
—¡¿Qué?! ¿Te has creído que somos Beckett y Castle?
—No, pero no estoy dispuesta a que cuando lleguen me vean esperando en la puerta. Necesito adelantarme a ellos y conseguir pruebas.
—¡Joder! ¡Que es allanamiento de morada!
—Y ¿cuándo eso ha supuesto un freno para nosotras?
—Desde que soy madre, que ahora tengo que ser responsable.
—Ya lo eres, señora becada que trabaja en el Museo Británico.
Me miró entornando los ojos como los filos de una navaja y me acusó con el dedo en alto.
—Te juro, te juro que...
—¿Qué?
—Me las pagarás.
—Espero sacar una buena indemnización del contrato. Por cierto, ¿lo has leído ya? —inquirí perdiendo la concentración un instante.
—No, estoy en ello.
—Bueno, no importa. La infidelidad es una causa taxativa de divorcio, así que, aquí estamos, a sólo un paso de nuestra libertad.
—¿Nuestra?
—¿No te he dicho que pienso dejar a Albert sin una libra?
—Bien. —Anny resopló—. Y ¿cómo lo hacemos?
—Saltando.
—¿Saltando la valla? ¿Y si está electrificada o tiene sensores como los de la película La trampa? Candy, que yo no soy lo que se dice precisamente elástica.
Me reí de puro nerviosismo y crucé los dedos a la espalda.
—Mira que dices tonterías. ¡Cómo va a estar electrificada! Anda, que te ayudo.
La empujé hasta que estuvo situada sobre la verja, entre dos lanzas. Allí, me esperó para tirar de mí. Llegué junto a ella y sonreí.
—¿Ves? Nada de nada. ¡Saltemos!
Y las dos lo hicimos a la vez, sobre la grava del camino que conducía a la entrada de la casa de tres plantas que se vislumbraba al fondo del sendero.
Yo caí de rodillas y ella estuvo a punto de romperse todos los dientes. Nos sacudimos el polvo riéndonos y, de improviso, nos quedamos heladas al oír un gruñido. Miramos al frente y los vimos. Dos dóberman negros, con las orejas puntiagudas, percibiendo nuestro miedo, idénticos, como gemelos endemoniados.
Anny reaccionó con más rapidez que yo:
—¡Corre!
Lo hicimos en direcciones opuestas. Ella hacia la izquierda, hacia un álamo por el que escaló y se posicionó, sujetándose a una gruesa rama, a suficiente altura para que su captor no pudiera atraparla. Yo, hacia la casa, donde subí los cinco escalones del porche resollando, trepé sobre una silla, de ahí pasé a la mesa de mimbre que adornaba el conjunto, tiré un jarrón de flores por el camino y, como vi que no era suficiente, me impulsé, saltando con una acrobacia bastante torpe, hasta alcanzar el enrejado que cubría una de las ventanas del primer piso, en la cual encajé la puntera de mis botas y mis manos, aferrándome a ella con desesperación.
Y ahí me quedé. Tan pancha, cual King Kong agarrado a la antena del Empire State.
Miré al suelo y vi al animal con las fauces abiertas, desprendiendo baba y odio a partes iguales, y temblé, temblé de miedo y temblé al comprobar que mi peso había desconchado en parte el yeso de la sujeción de las rejas metálicas.
—¿Estás bien? —grité haciéndome oír entre la cacofonía de ladridos.
—¡Y una mierda! ¿Cómo quieres que esté? —me respondió Anny.
En ese momento comenzó a llover y la oí lanzar una maldición.
—Si ya sabía yo que por lo menos tendríamos que haber hecho una parada en Notre Dame para poner una vela o algo.
—¡Como si las velas nos fueran a salvar!
—¡Te juro que, si salimos vivas de ésta, te mato y luego digo que te has muerto! —aulló—. ¿Tú crees que nos dará tiempo a correr de nuevo hacia la verja de entrada?
—Lo dudo, más que nada porque necesitamos la ayuda de la otra para escalar.
—¡Eso es fácil! Tú me ayudas, yo escapo, y vuelvo mañana a recoger tus restos.
—¡Anny!
—¡Candy!
—A ver —suspiré con cansancio—, lo primero que hay que hacer es tranquilizarse.
—Y ¿cómo quieres que me tranquilice si tengo a un monstruo negro que quiere devorarme esperando a que caiga como una fruta madura?
—Los perros huelen el miedo —aseguré.
—¡Pues entonces nosotras somos como un algodón de azúcar para un niño en una feria! ¡Puedo ver su anhelo brillando en esos ojos del demonio!
—¡Anny!
—¡Que sólo nos falta una canción de Camela para adornar el conjunto, coño!
—¡Anny!
—¡Candy!
—¡Anny!
—¡¿Qué?!
—¡Cállate, que creo que viene un coche! —dije sujetándome con más fuerza y sintiendo que se me estaban formando verdugones en los brazos.
Surtió efecto y no me equivoqué. La verja de la entrada se abrió silenciosamente y un BMW color burdeos, ¿coincidencia?, entró con lentitud y aparcó a un lado de la casa. Saqué mi móvil con una sola mano y le escribí un mensaje a Anny:
¿Puedes verlos?
No.
¿Seguro?
Sí.
¡¿Puedes verlos o no?!
¡Deja de gritar, que pueden oírnos!
La miré con alto grado de confusión y sólo pude apreciar un bulto encogido sobre una rama, como una gárgola temblorosa y empapada.
Una risa femenina me distrajo y fue acompañada por una voz grave que llamaba a los perros de forma imperativa en francés. De reojo, me asomé y vi la silueta de un hombre alto y con la cabeza cubierta con una boina, vestido con un traje a medida que pasaba la mano por los hombros de su acompañante, la cual dejó caer la cabeza sobre el hueco que éstos formaban. Él le dio un suave beso en la coronilla morena y yo asumí que Anny no tendría que matarme, que ya lo estaba haciendo Albert sin ni siquiera tocarme. Era un gesto tan íntimo, un gesto que mostraba tal confianza entre los amantes, que me rompí en mil pedazos y a punto estuve de abrir las manos.
Apoyé la frente en el frío hierro y gemí de forma entrecortada.
Los perros parecían estar calmados, pero una vez ellos entraron en la casa por la puerta posterior, volvieron a sus puestos de vigilancia. Casi pude oír la maldición en arameo que pronunció Anny.
De improviso, una pequeña luz ambiental se encendió en la habitación de mi ventana. Las cortinas eran de gasa blanca, con pequeñas flores de lis bordadas, y lo veía todo a través de una nebulosa regia, así que pude apreciar lo que estaba sucediendo frente a mí. Más risas, ropas que volaron hacia todos lados, un sujetador, que me atrevería a asegurar que era de Agent Provocateur, golpeó contra el cristal, nuevas risas, el colchón que crujió y gemidos. Agaché la cabeza totalmente cohibida, ya no me quedaban apenas fuerzas, y sentía un fuerte tirón en la pierna izquierda, la más herida en el accidente, que me impedía moverme. Entonces Mia comenzó a gritar algo que no entendí, porque tampoco hablaba francés, aunque pareció animar mucho a Albert, ya que, además de los crujidos del colchón, se sumaron los golpes del cabecero de la cama contra la pared.
Hasta los perros habían dejado de ladrar y, simplemente, esperaban. Siempre habían sabido que éramos una presa fácil.
Transcurrió una eternidad, aunque era probable que sólo fueran diez minutos. Ya casi había dejado de oírlos. Habían llegado a la fase de cariño poscoital. Susurros, alguna risa contenida, y conseguí ver al trasluz la figura de él levantándose de la cama. Me aparté todo lo que pude para que no me descubrieran, pero, antes de que pudiera quedarme colgando sólo de un brazo, las cortinas se descorrieron y me encontré con el cañón de una escopeta apuntándome al rostro.
Lancé un grito de terror y me solté, todo al mismo tiempo. El golpe fue brutal, aunque quedó algo amortiguado por la mesa de mimbre. Me quedé sin respiración y oí el aullido de Anny al fondo. Lo último que vi fueron los ojos negros y brillantes de la fiera que esperaba su premio.
—¡Te juro que ahora mismo te estrangularía! ¿Es que no tienes ni un ápice de cordura en esa cabeza, Candy?
Anny lo interrumpió cuando entró en el salón de la pequeña mansión colonial junto con Mia, que se había puesto una bata de seda color burdeos, ¿coincidencia?, atada a la cintura. Cimbreó su cuerpo al tenderme un vaso de agua y un paracetamol.
—¡Eres una kamikaze emocional! ¡Nunca piensas en las consecuencias que tus actos pueden acarrear!
Mia le acarició el brazo, ya cubierto por una camisa, y le sonrió con benevolencia.
—No seas tan duro con ella, cariño.
—Mírala qué mona, ¡si hasta habla castellano! —exclamó Anny, y después se dirigió a mí—: ¿Has podido sacar las fotos? —preguntó metiéndose en la boca una de las pastas de té que traía consigo en un plato.
—¿Fotos? ¡¿Encima has tenido la osadía de sacarme fotos?! ¡Dame tu móvil ahora mismo!
Me encogí un poco más en el sofá, producto de su arranque de furia contra mí y de las carcajadas de Anny.
—Mejor dámelo a mí, que las cuelgo en Instagram —aseguró mi prima.
—No he hecho fotos, se me ha olvidado en cuanto..., yo... —me defendí.
—¡Te juro que, si no te quisiera tanto, te mataría!
—Mon cher, no hace falta ser tan gráfico —lo interrumpió Mia.
—Si además es ella la que te defiende —añadió Anny—. Debiste de nacer con una flor en el culo.
—Más bien con un cardo —mascullé.
—Candy. —Él se agachó hasta que su rostro estuvo justo frente al mío—. ¿Y si llego a disparar? —Su tono se había suavizado, y se pasó la mano por el pelo moreno con considerable frustración—. ¿Cómo podría explicar que he matado a mi propia hermana?
—Creí... creí que eras Albert —musité.
Mia se echó a reír de forma contenida, a la francesa, como si cualquier cosa extraña que le sucediera ya tuviera que conocerla de antemano.
—¿Cómo puedes pensar que Albert...?
Lo interrumpí levantando una mano acompañada de un gemido doloroso.
—Es su exmujer.
—Tú lo has dicho: su exmujer —zanjó la cuestión.
Conocía a mi hermano lo suficiente como para saber que no habría más explicación por su parte. Empecé a sentirme terriblemente cansada y con unos enormes deseos de salir de allí como alma que lleva el diablo. También sabía que debía darle un tiempo prudencial para que se calmara y llegara a contarme cómo había acabado teniendo una relación con Mia, porque lo que percibía entre ellos dos no lo había visto con ninguna de sus parejas anteriores. Avergonzada, me levanté con un quejido y caminé cojeando hacia la puerta.
—¿Es que nos vamos? —preguntó Anny, que se había arrellanado en uno de los sofás junto a la chimenea—. Ni lo sueñes —siseó con rapidez—, he visto que tiene el baño lleno de productos de Lancôme e Yves Saint Laurent.
—Yo sí —dije, ignorándola.
—Será lo mejor —aseveró Tom.
Mia se acercó a mí y me apretó la mano con fuerza.
—Tú eres lo que necesita Albert, ahora lo entiendo todo.
—Pero si acabo de allanar tu casa y casi provoco que mi hermano me mate.
—Por eso mismo. Albert tiene la suficiente templanza para controlar el fuego que llevas en tu interior, Candy. Él te eligió antes de que te dieras cuenta de ello.
—Vale, vale —exclamó Anny refunfuñando, viendo que yo estaba a punto de derrumbarme de nuevo—. Me hago cargo y la llevaré de vuelta a París.
—Tom... —Me volví hacia él en la puerta, donde estaba observándome todavía enfadado y con los brazos cruzados como si con eso quisiera evitar abofetearme.
—Lo sé, enana, lo sé —masculló, y se volvió para darme la espalda.
Tuve que correr para alcanzar a una furiosa Anny cuando salimos de la casa. Se introdujo en el coche con brusquedad y arrancó antes de que yo pudiera cerrar la puerta del acompañante. Condujo en silencio durante varios minutos, ensimismada, o más bien enfurruñada. Decidí que lo mejor era suavizar la situación.
—¿Cómo han podido acabar juntos? Ya sabes, me refiero a Tom y a Mia.
—¡Me importa una mierda!
—Uhhh, ya veo que estás enfadada.
Anny frenó de repente y se inclinó sobre mí para abrir la puerta.
—¡Fuera! —gritó.
—¡Ni de coña!
—¡Bájate ahora mismo!
—Anny —suavicé el tono para continuar—: estamos en medio de la nada, son las tres de la madrugada y es diciembre.
Lo siguiente que sentí fue un empujón que me arrojó a la vereda del camino y el crujido del cambio de marchas cuando arrancó a gran velocidad. Me quedé sentada sobre el húmedo suelo sin entenderla y, reaccionando de forma tardía, me levanté de un salto y la amenacé con los puños en alto. Ella frenó en seco varios metros más adelante y salió del coche. Llegué hasta ella resollando por la carrera y la encaré.
—Pero ¿en qué estás pensando? —exclamé, todavía más sorprendida que fastidiada.
—Eso me pregunto yo de ti —barbotó frunciendo la boca.
Nos iluminaban los faros del automóvil, pero la bruma lo cubría todo como un manto espectral y el único sonido que se oía era el del motor ronroneando junto con nuestras pesadas respiraciones.
—Eres completamente idiota —masculló.
—¡Gracias!
—Lo digo en serio, Candy. Lo que has hecho estos días, lo que llevas haciendo estas últimas semanas ha sobrepasado cualquier locura que hayas cometido antes. —Abrí la boca para contestar, pero ella me detuvo sin parar de hablar y gesticular a la vez—. Te culpas de lo único que no tuviste culpa, que fue el accidente, y te olvidas de todo lo que has hecho antes y después. La forma de desconfiar de nosotros, de huir aquel año en el que apenas supimos nada de ti, tu continua manera de enfrentarte a la muerte como si estuvieras haciendo una apuesta con ella... Todo.
—No tienes ni idea de lo que dices —murmuré.
—Si fueras una niña, te prometo que te cruzaría la cara —espetó ella con ira.
—¡Atrévete!
¿En qué preciso momento decidí mostrar mi bravuconería con esa palabra? Me cruzó la cara de lado a lado. Después se apartó y lanzó un gemido que quedó cubierto por el tenso silencio que se instauró entre nosotras. Me llevé con lentitud una mano a mi mejilla ardiente y cerré los ojos, de los que amenazaban brotar lágrimas de rabia, impotencia y dolor.
—Lo siento —musitó.
La miré fijamente, con los ojos vidriosos, sin pronunciar palabra.
—Es que, Candy..., ¡joder! ¡Nos podría haber pasado cualquier cosa! Y yo ahora no estoy sola, hay una persona que depende de mí.
Se quedó esperando, pero yo no hablé.
—Bert es tu patata frita y eres incapaz de verlo.
Eso me hizo reaccionar.
—¿Mi «patata frita»? —pregunté con voz ronca.
—Sí, yo adoro las patatas fritas, incluso las del McDonald's, es mi sabor.
—Albert no es mi patata frita —dije finalmente, entendiendo el extraño silogismo.
—No lo es porque todavía no sabes cuál es tu sabor.
—Sí, lo sé.
—No, no tienes ni idea. Sólo hay que retrotraerse a tus relaciones pasadas. ¿Un profesor de taichí que te sacaba diez años? Hay que ser idiota para no darse cuenta de que era gay.
—No era gay, te lo puedo asegurar —me defendí.
—Tu radar encuentra-gais está averiado desde que naciste, Candy. Era gay, lo descubrí un día en las duchas del gimnasio jugando a tirar el jabón al suelo.
Arrugué la nariz y la observé con detenimiento.
—Y ¿tú qué hacías en las duchas masculinas del gimnasio?
—No preguntes —masculló enrojeciendo, y después desvió el tema—. Luego tu colega roquero colgado, que te ponía unos cuernos que se veían desde la Puerta de Alcalá. Hasta podrían haberte incluido en la canción.
—¿Cómo? —inquirí con indignación.
—Ah, ¿no lo sabías?
—No.
—Bueno, la novia es siempre la última que se entera.
—Eso no lo dudes, traidora.
—No estamos hablando de mí.
—Ya.
—Y luego el friki que quería llevarte a ver una aurora boreal... ¡Por Dios, Candy! Toda tu vida has ido dando bandazos intentando evitar a la única persona que de verdad te importa. Y, ahora que la tienes, haces lo posible por perderla.
—Albert no es mi patata frita —afirmé de nuevo.
—Tal vez tengas razón —dijo rascándose la barbilla—, estoy segura de que es un egocéntrico insufrible.
—¡Te equivocas por completo! Es el hombre más tímido que conozco.
—Seguro que se detiene frente a cada espejo para comprobar que su pelo no haya perdido tersura.
—¡No tienes ni idea! Ni siquiera se peina si no es para salir, siempre va con el pelo adorablemente revuelto.
—Y, además, será un pijo de esos que sólo comen gourmet y siempre encargado. No sabrá ni hacerse un té.
—¡Cocina a la perfección! De hecho, mucho mejor que yo...
—Su conversación debe de ser superficial y carente de interés, ya sabes..., tanto glamur le habrá ablandado las neuronas.
—¡Nunca he conocido a un hombre tan inteligente como él! Con sólo veintitres años, creó su propia empresa y se lo rifan. Pasa horas enteras trabajando, dividiéndose en un millar de viajes, atendiendo a la prensa y sus compromisos con el club.
—Hasta se depilará y utilizará más cremas que nosotras.
—No se depila, y en su baño no hay nada más que gel, champú y gomina.
—Pero tiene un gusto deplorable con la ropa.
—¿Cómo dices eso? Eso es mentira, el siempre sabe cómo vestir, parece que cada prenda que se pone sea creada única y exclusivamente para él.
—Tendrá un carácter endemoniado e infantil.
—¡No! —Y ahí me mostré por completo indignada—. Es un hombre maduro, divertido, siempre tiene la respuesta adecuada para cada momento, es amable con todo el mundo, educado, incapaz de guardar rencor...
—Entonces, es obvio que es un fiasco en la cama.
—¡Ja! Eso te gustaría a ti. Es lo mejor que yo...
Me quedé en silencio y ella sonrió con amplitud.
—Bert es tu patata frita —afirmó. Estuve a punto de replicar, pero ella se acercó a mí y posó su mano en mi vientre. Lo contraje de la impresión—. Lo que notas aquí, Candy, es la tensión sexual sin resolver más larga de la historia. Eres la única que no ve lo que él te ama y, lo que es peor, lo que lo amas tú a él. Estás intentando huir de él de nuevo porque no tienes valor para decirle lo que realmente sientes. Cobarde —siseó.
—No —balbuceé, y ella se alejó para cruzarse de brazos y observar mi rostro descompuesto.
—Sí, Candy. Sé que ha sido duro, que has pasado por mucho, que estás descubriendo muchas cosas que deberían haber sido contadas hace tiempo, pero no las utilices para escaparte de nuevo, porque llegará un día, cariño, en que te des la vuelta... y él ya no estará ahí.
Los ojos me ardían como si pudiera expulsar fuego. No conseguía contener las lágrimas que empezaron a derramarse como un torrente sin fin.
—Candy —susurró con extrema calidez—. No puedes estar escapando de la felicidad eternamente, en ocasiones debemos aceptarla y disfrutarla. Hacerla nuestra porque nos pertenece. Pero también es mucho más difícil decir sí que negar de forma sistemática.
—¿Podemos regresar? —murmuré.
—Vamos, que ya es hora de que dejes de velar por los demás y empieces a velar por ti misma. Salta al ruedo, Candy —me instó sentándose junto a mí en el coche.
—No me gustan los toros —musité perdida en mis pensamientos.
—¡Qué poco San Isidra eres!
—Ya sabes que yo de santos, nada de nada.
—Anda, ve y reencuéntrate con tu querido y amante esposo.
No contesté, aunque comprobé de reojo que ella meneaba la cabeza y sonreía. Después, aceleró y nos alejamos en dirección a París.
—¿Sabes? —me dijo al cabo de un rato—. Tu mejilla ahora luce con un bonito color burdeos... ¿Será coincidencia?
CONTINUARA
