Fue un poco más tarde cuando Regina me recordó mis prioridades.

Sólo necesitó una palabra.

—Hope y Henry…

Suspiré. Se despertarían pronto, ya que debían de ser casi las siete de la mañana. ¿Me buscarían entonces? De repente, me quedé helada y me asaltó una sensación cercana al pánico. ¿Qué aspecto tendrían ellos hoy?

Regina percibió el modo en que el estrés me había distraído por completo.

—Todo va a ir bien, mi amor. Vístete, y regresaremos a la casa en menos de dos segundos.

La manera en la que pegué un salto debió de ser muy parecida a la de un dibujo animado. Y entonces me volví hacia ella, a las curvas de su cuerpo como de diamante relumbrando bajo la luz difusa y después nuevamente al oeste, donde nos esperaban nuestros hijos. Volví a mirarla de nuevo, y otra vez a al oeste, con la cabeza girando de un lado a otro más de una docena de veces en menos de un segundo. Regina sonrió, pero no se rió. Era una mujer fuerte.

—Todo consiste en el equilibrio, mi amor. Pero se te está dando tan bien que no creo que tardes mucho en poner las cosas en la perspectiva adecuada.

—Pero tendremos todas las noches para nosotras, ¿no?

Ella sonrió con más ganas.

—¿Crees que podría soportar ver cómo te vistes ahora si no fuera ése el caso?

Aquello bastó para hacerme salir a la luz del día. Podría equilibrar ese deseo irresistible y devastador de modo que lograra convertirme en una buena… resultaba difícil pensar en la palabra. Aunque Hope y Henry eran algo real y muy presente en mi vida, todavía me parecía muy difícil pensar en mí como madre. Supongo que cualquiera se habría sentido igual en mi caso, sin haber tenido nueve meses para hacerse a la idea. Y máxime con unos bebés que cambiaban a cada hora.

Pensar en el crecimiento acelerado de Hope y Henry me estresó en un instante. Ni siquiera me detuve en las puertas dobles de madera, elaboradamente ornamentadas, para quedarme sin aliento ante lo que Ruby había hecho. Sólo me sumergí allí, buscando cualquier cosa que ponerme. Debía de haber supuesto que no sería tan fácil.

—¿Cuáles son los míos? —susurré.

Tal y como me había explicado Regina, la habitación era más grande que nuestro dormitorio.

Más bien habría que decir que era más grande que toda la casa entera, pero fui poco a poco intentando tomármelo de forma positiva. Una imagen relampagueó en mi cabeza: contemplé cómo Ruby trataba de persuadir a Cora de que ignorara las proporciones clásicas de un armario para permitir esta monstruosidad. Y me pregunté cómo había conseguido Ruby salirse con la suya.

Todo estaba envuelto en bolsas para ropa, impoluta y sin etiquetar, fila tras fila.

—Según lo que me han contado, todo lo que ves aquí es tuyo —y señaló una barra que se extendía a la izquierda de la puerta, como a mitad de la pared—. Menos este perchero de aquí.

—¿Todo esto?

Ella se encogió de hombros.

—Ruby —dijimos a la vez, ella en tono explicativo y yo como si fuera una palabrota.

—Magnífico —mascullé y tiré de la cremallera de la bolsa más cercana. Gruñí para mis adentros cuando vi el vestido que había dentro. Era de seda color rosa bebé y llegaba hasta el suelo.

¡Me iba a llevar todo el día encontrar algo normal que ponerme!

—Déjame que te ayude —se ofreció Regina.

Olisqueó con cuidado el aire y después siguió algún aroma hasta la parte trasera de la gran habitación. Allí había un ropero empotrado. Olfateó de nuevo y abrió un cajón. Con un guiño triunfal, sacó unos vaqueros azules artísticamente desgastados.

Revoloteé hasta llegar a su lado.

—¿Cómo lo has hecho?

—La tela vaquera tiene un olor particular, como casi todas las cosas, y ahora… Mmm, ¿algodón con licra?

Siguió su olfato hasta un estante donde halló una camiseta de algodón blanca de manga larga y me la entregó.

—Gracias —le dije con fervor.

Olí cada una de las telas, memorizando su aroma peculiar para realizar futuras búsquedas en aquella casa de locos. Recordé el de la seda y el del satén, para evitarlos cuidadosamente.

A ella sólo le llevó unos segundos encontrar sus ropas, y si no la hubiera visto desnuda, habría jurado que no había nada más hermoso que Regina con sus jeans negros, sus botas del mismo color y su camiseta de mangas largas con escote en v de color rojo. Me cogió de la mano y salimos disparadas hacia el jardín escondido, saltamos con ligereza el muro de piedra y abordamos el bosque en una carrera mortal. Le solté la mano para que no pudiera tirar de mí, pero aun así me ganó esta vez.

Hope y Henry estaban despiertos, sentados en el suelo con Leah, Zel y Killiam cuidando de ellos, jugando con una pila de cacharros de plata estropeados. Hope tenía una cuchara doblada en la mano derecha y Henry una taza.

Tan pronto como me vieron a través del cristal, soltaron los cubiertos con un golpe que dejó marcado el suelo de madera y señalaron imperiosamente en mi dirección. Su público se echó a reír. Ruby, Jefferson, Cora y Henry estaban sentados en el sofá, observándolos como si fueran la más apasionante de las películas.

Yo había cruzado la puerta casi antes de que sus carcajadas hubieran empezado, cubriendo el espacio de un salto y alzándolos del suelo en un solo segundo. Nos sonreímos con ganas.

Habían cambiado, pero no mucho. Eran un poco más altos, y sus proporciones se iban transformando de las propias de unos bebés a las de unos niños. El pelo les había crecido casi un centímetro, y sus rizos saltaban como muelles con cada movimiento. Había dejado mi imaginación suelta en el camino de vuelta a la casa y me había imaginado todo peor de lo que lo había encontrado. Gracias a mis miedos exagerados, estas alteraciones me supusieron casi un alivio. Incluso sin tener en cuenta las mediciones de Henry, estaba segura de que los cambios habían sido más lentos que los del día anterior.

Hope y Henry me palmearon las mejillas y yo me estremecí. Tenían hambre otra vez.

—¿Cuánto tiempo llevan levantados? —pregunté mientras Regina desaparecía a través del umbral de la puerta de la cocina. Estaba segura de que ella había ido a buscarles su desayuno, ya que habría percibido lo que ellos habían pensado tan claramente como yo. Me pregunté si ella se habría dado cuenta de la pequeña singularidad de los niños si hubiera sido la único en conocerlos.

Lo más probable es que para Regina fuera como escuchar la mente de cualquiera.

—Sólo unos cuantos minutos —repuso Zel—. Os íbamos a llamar. Han estado preguntando por ti, aunque «exigiendo» sería una descripción más acertada. Cora ha sacrificado su segundo mejor servicio de plata para mantener a estos pequeños monstruos entretenidos —Zel sonrió a los niños con un afecto tan lleno de deleite que la crítica quedó sin sentido—. No queríamos… esto… molestaros.

Zelena se mordió el labio y apartó la mirada, intentando no echarse a reír. Pude sentir las carcajadas silenciosas de Killian a mis espaldas, enviando las vibraciones a través de los cimientos de la casa.

Mantuve la barbilla alzada.

—Pronto tendremos preparada su habitación en la cabaña —le dije a Hope y Henry—. Les va a gustar mucho. Es un sitio mágico —alcé la mirada hacia Cora—. Gracias, Cora, muchísimas gracias. Es absolutamente perfecta.

Antes de que ella respondiera, Killian se puso a reír de nuevo, pero esta vez no fue en silencio.

—Ah, pero ¿aún continúa en pie? —se las apañó para decir entre carcajadas—. Habría jurado que, a estas alturas, la habríais reducido a escombros. ¿Qué estuvisteis haciendo anoche? ¿Discutiendo los detalles de la deuda nacional? —se puso a aullar de la risa.

Yo apreté los dientes y me recordé a mí misma las consecuencias negativas que tuvieron lugar el día anterior, cuando dejé libre mi temperamento. Aunque claro, Killian no era tan vulnerable como Leah…

Al pensar en ella acudieron unas cuantas preguntas a mi mente.

—¿Dónde están hoy los demás lobos? —eché una ojeada a través de la pared de cristal, pero allí no había ni rastro de ellos.

—Graham se marchó esta mañana muy temprano —me contó Zelena, con una ligera arruga cruzándole la frente—, y Seth le siguió, dejaron a Leah durmiendo.

—¿Qué es lo que tanto le preocupa? —preguntó Regina cuando regresó a la habitación con las tazas de los bebés.

Debía de haber más cosas en la memoria de Zelena que las que yo había captado en su expresión.

Le devolví a Hope a Zelena y a Henry a Leah, sin respirar. Puede que mi don fuera un autocontrol superlativo, quizás, pero no había modo de que me sintiera capaz de alimentarlos. Al menos no todavía.

—Ni lo sé, ni me preocupa —gruñó Zelena, pero respondió más extensamente a la pregunta de Regina—. Estaba observando cómo dormía Hope, con la boca caída como el tarado que es, cuando se puso en pie de un salto sin nada que lo hubiera provocado, o que yo notara, y salió disparado. Me puse la mar de contenta por deshacerme de él. Cuanto más tiempo pasa en la casa, menos posibilidades hay de que consigamos sacar de aquí la peste. Sentí a Leah tensarse.

—Zel —la reconvino Cora con suavidad.

Zelena se apartó con brusquedad el pelo.

—Supongo que no importa. No nos quedaremos aquí mucho más tiempo.

—Sigo pensando que podríamos irnos directamente a New Hampshire y dejar que las cosas se tranquilicen —comentó Killian, continuando con una conversación que debían de haber comenzado antes—. Emma ya está matriculada en Dartmouth, y así no parecerá que se está tomando demasiado tiempo en incorporarse a las clases —se volvió hacia mí con una risa burlona—. Estoy seguro de que serás la número uno de tu clase… Al parecer no tienes nada interesante que hacer por las noches aparte de estudiar.

Zelena y Leah soltaron unas risitas.

No pierdas los nervios, no pierdas los nervios, entoné para mis adentros. Y en ese momento me sentí muy orgullosa de mantener fría la cabeza.

Así que me llevé una gran sorpresa porque Regina, no.

Rugió, con un repentino y sorprendente sonido chirriante, y la más negra de las furias cruzó por su expresión como nubes de tormenta.

Antes de que ninguno de nosotros pudiera responder, Ruby se puso de pie.

—¿Pero qué está haciendo? ¿Qué es lo que está haciendo ese perro que me ha estropeado el plan para todo el día? ¡No puedo ver nada! ¡No! —me lanzó una mirada torturada—. ¡Mira qué pinta tienes! ¡Necesitas que te enseñe cómo usar tu armario!

Durante un segundo sentí un enorme agradecimiento por lo que fuera que hubiera emprendido Graham.

Y entonces las manos de Regina se cerraron en forma de puños y bramó:

—Se lo ha dicho a David y cree que le está siguiendo y que viene hacia aquí, hoy.

Ruby dijo una palabra que sonó muy extraña en su gorjeante voz femenina y después se puso en movimiento con tanta rapidez que apenas se pudo percibir un borrón, y salió disparada hacia la puerta trasera.

—¿Se lo ha dicho a David? —pregunté con un jadeo—, pero… ¿es que no lo entiende? ¿Cómo ha podido hacer eso? —¡David no podía saber nada de mí! ¡Nada sobre vampiros! Eso lo pondría tan alto en la lista de condenados que ni siquiera los Mills podrían salvarle—. ¡No!

Regina habló entre dientes.

—Graham viene de camino.

Debía de haber empezado a llover más lejos, hacia el este, porque cuando Graham atravesó la puerta iba sacudiéndose el pelo mojado como un perro, dejando caer gotas en la alfombra y en el sofá donde quedaron unas pequeñas manchas de color gris que destacaban contra el blanco.

Sus dientes relucían entre sus labios. Tenía los ojos brillantes, llenos de excitación. Caminaba a saltitos, como si estuviera entusiasmado con la idea de destruir la vida de mi padre.

—Hola, chicos —saludó, sonriendo.

Se hizo un silencio profundo.

Seth se deslizo a sus espaldas en forma humana, al menos de momento, ya que las manos le temblaban por la tensión que se respiraba en la habitación.

—Zel —dije, extendiendo los brazos. Sin una palabra, Zelena me tendió a Hope. La apreté cerca de mi corazón inmóvil, sosteniéndola como un talismán para evitar un ataque por mi parte. La tendría en mis brazos hasta que estuviera segura de que mi decisión de matar a Graham se basaba, más que en la furia, en un completo juicio racional.

Ella estaba muy quieta, observando y escuchando. ¿Cuánto de todo esto entendería?

—David llegará pronto —anunció Graham como quien no quiere la cosa—, os lo aviso. Supongo que Ruby habrá ido a buscarte unas gafas de sol o algo así, ¿no?

—Tus asunciones van demasiado lejos —escupí entre dientes—. ¿Qué-has-hecho?

La sonrisa de Graham desfalleció, pero estaba demasiado nervioso para contestar con seriedad.

—La pelirroja y Killian me despertaron esta mañana charloteando como locos de que todos os ibas al otro lado del país, como si yo os pudiera dejar marchar, incluso Leah está de acuerdo con esa locura. David era el punto más importante del asunto, ¿no? Bueno, problema resuelto.

—¿Es que acaso no te das cuenta de lo que has hecho? ¿Sabes en qué peligro le has puesto?

Él resopló.

—Yo no le he puesto en peligro, salvo en lo que a ti se refiere, pero tú tienes alguna especie de autocontrol sobrenatural, ¿no? No tan bueno como leer la mente, si me pides opinión, y bastante menos emocionante.

Regina se movió entonces, cruzando con celeridad la habitación para encararse con Graham.

Aunque era media cabeza más baja que Graham incluso con tacos, éste se echó hacia atrás, intentando evitar su pasmosa ira, como si fuera Regina la que se cerniera sobre él.

—Eso es sólo una teoría, perro—rugió—, ¿crees que la vamos a poner a prueba con David? ¿Has considerado por un momento el dolor físico que le harás pasar a Emma, incluso aunque ella pueda resistirlo? ¿O el dolor emocional, si es que no puede? ¡Supongo que lo que pasa es que lo que le suceda a Emma ya no te importa! —y soltó la última palabra como un escupitajo.

Hope apretó los dedos contra mi mejilla con ansiedad, con la angustia coloreando la repetición de la escena en su cerebro.

Las palabras de Regina al fin atravesaron el estado de ánimo extrañamente enrabietado de Graham. Frunció la boca.

—¿Emma sufrirá dolor?

—¡Como si le hubieras pegado una plancha de hierro al rojo vivo contra la garganta! Yo me encogí, al recordar el aroma de la sangre humana pura.

—No sabía eso —susurró Graham.

—Pues entonces quizás deberías haber preguntado primero —le gruñó Regina entre dientes.

—Podrías haberme detenido.

—Tú eres el que se tenía que haber parado a pensar…

—Esto no tiene nada que ver conmigo —los interrumpí. Me quedé muy quieta, manteniéndome pegada a Hope y a la cordura—. Esto tiene que ver con David, Graham, ¿cómo has podido ponerle en peligro de esta manera? ¿No te das cuenta de que no le dejas ninguna alternativa entre la muerte o su conversión en vampiro? —mi voz tembló con las lágrimas que mis ojos ya no podían derramar.

Graham todavía estaba preocupado por las acusaciones de Regina, así que las mías no parecieron alterarle.

—Tranquilízate, Emma. No le he dicho nada que tú no hubieras planeado decirle.

—¡Pero viene hacia aquí!

—Ah, sí, ésa es la idea. ¿No se trataba de dejar que sacara conclusiones equivocadas? Pues creo que le he ofrecido una pista falsa la mar de estupenda, si me permites decirlo.

Mis dedos se apartaron de Hope y los cerré a mi espalda, por seguridad.

—Explícate ya de una vez, Graham. No tengo paciencia para esto.

—No le he dicho nada de ti, Emma. En realidad, no. Le hablé de mí, bueno, se lo mostré más bien, ésa es la palabra adecuada.

—Entró en fase delante de David —masculló Regina.

Yo susurré.

—¿Que tú qué?

—Es valiente, tanto como tú. Ni se desmayó ni se asustó ni nada, la verdad es que me dejó impresionado. Tendrías que haberle visto la cara cuando empecé a quitarme la ropa. No tuvo precio —se echó a reír de lo más satisfecho.

—¡Tarado de las narices! ¡Le podía haber dado un ataque al corazón!

—David está genial. Es duro. Si te detienes a pensarlo un minuto, te darás cuenta del pedazo de favor que te acabo de hacer.

—No te enteras de nada, Graham —mi voz sonaba monótona y acerada—. Tienes treinta segundos para explicármelo todo con detalle antes de que le entregue a Hope a Zelena y te arranque tu miserable cabeza. Y nadie va a poder detenerme esta vez.

—¡Caray, Emms! Nunca te me has puesto así de melodramática. ¿Esto es cosa de vampiros o qué?

—Veintiséis segundos.

Graham puso los ojos en blanco y se dejó caer en la silla más cercana. Seth tomo posición en su flanco derecho, Leah enfrente mientras sostenía a Henry contra su pecho, Seth no estaba para nada relajado por el aspecto que Graham mostraba; los ojos de Leah iban de mí a Henry y la vi mirar a Graham con furia, supuse que por ocultarle lo de David.

—Pues nada, que esta mañana llamé a la puerta de David y le pregunté si quería venir a dar un paseo conmigo. Pareció confuso, pero cuando le dije que tenía que ver contigo y que habías regresado a la ciudad, me siguió hasta el bosque.

»Le dije que ya no estabas enferma y que las cosas se habían puesto algo chungas, pero que todo iba bien. Estaba a punto de salir disparado para venir a verte, pero le dije que tenía que enseñarle algo antes. Y entonces entré en fase —Graham se encogió de hombros.

Sentí como si un torno me estuviera apretando unos dientes contra otros.

—Quiero que me lo expliques palabra por palabra, tú, perro.

—A ver, me has dicho que sólo tenía treinta segundos, vale, vale —mi expresión debió de convencerle de que no estaba de humor para bromas—. Vamos a ver… Revertí la fase y me vestí, y entonces, cuando comenzó a respirar de nuevo le dije: «David, no vives en el mundo en que creías vivir. Las buenas noticias son que nada ha cambiado, excepto que ahora lo sabes. La vida seguirá igual que siempre. Ya puedes volver a hacer como que no te crees nada de esto». Bueno, eso o algo parecido.

»Le llevó lo menos un minuto recobrarse, y luego quiso saber lo que realmente te había pasado, con todo ese rollo de la enfermedad rara. Le dije que habías estado enferma, pero que ya te encontrabas bien, sólo que habías cambiado un poquito en el proceso de recuperación. Entonces, me exigió saber qué quería decir con «cambio», y le expliqué que ahora te parecías un poco más a Cora que a Mary Margaret.

Regina siseó mientras yo la miraba aterrorizada. Todo esto iba en la dirección más peligrosa.

—Después de unos cuantos minutos, me preguntó, con mucha tranquilidad, si también te habías convertido en un animal. Y yo le dije: «¡Ya querría ella que fuera algo tan guay!».

Y Graham se echó a reír de nuevo.

Zelena profirió un sonido de disgusto.

—Empecé a contarle más cosas sobre los hombres lobo, pero ni siquiera había terminado de decir la palabra entera cuando David me cortó y me soltó que prefería ahorrarse los detalles. Luego, me preguntó si tú sabías dónde te metías cuando te casaste con Regina y le contesté:

«De sobra, ha estado al cabo de la calle desde hace años, desde que pisó Forks». Eso no le gustó ni pizca. Le dejé despotricar hasta que se desahogó a gusto y después de haberse calmado quería dos cosas. Una de ellas era verte, así que le dije que sería mejor que me permitiera venir primero para explicar el asunto.

Yo inhalé profundamente.

—¿Y qué era lo otro que quería?

Graham sonrió.

—Esto te va a gustar. Su principal requerimiento era que le contara lo menos posible de todo esto. Deseaba que te guardaras para ti todo aquello que no fuera esencial que él supiera. Sólo quería saber cómo estabas, nada más.

Sentí alivio por primera vez desde que Graham había entrado por la puerta.

—Creo que puedo apañármelas con eso.

—Por otro lado, él prefiere mantener la apariencia de que las cosas son normales —la sonrisa de Graham se volvió petulantepetulante, quizá porque sospechaba que, en ese momento, comenzaría a sentir los primeros y ligeros indicios de gratitud por su actuación.

—¿Qué le has contado sobre Hope y Henry? —luché por mantener el filo acerado en mi voz, rechazando a regañadientes el agradecimiento. Aún era prematuro. Todavía quedaban muchas cosas negativas implícitas en esta situación, incluso aunque la intervención de Graham hubiera provocado en David una reacción mejor de lo que yo hubiera esperado…

—Ah, sí, claro. También le conté que Regina y tú habíais heredado unas pequeñas bocas que alimentar —le echó una ojeada a Regina—. Son unos huérfanos pupilos de ella, como Bruce Wayne y Dick Grayson —Graham resopló—. No creo que os importe que haya mentido; al fin y al cabo, es parte del juego, ¿no? —Regina no contestó de ninguna manera así que él continuó—. David a estas alturas ya no debería haberse sorprendido por nada, pero me preguntó si los habías adoptado: «¿Como unos hijos? ¿Soy una especie de abuelo?», preguntó; dijo eso, palabra por palabra. «Chócala, abuelete», le contesté.

»El resto fue en ese plan. Incluso sonrió un poco y todo.

El escozor volvió a mis ojos, pero esta vez no de miedo o angustia. ¿David se había sonreído ante la idea de ser abuelo? ¿David tenía que ver a Hope y Henry?

—Pero es que ellos cambian tan rápido… —susurré.

—Le dije que ellos era más especiales que todos nosotros juntos —replicó Graham en voz baja. Se puso en pie y caminó derecho hacia mí, deteniendo a Seth cuando empezo a seguirle. Hope le tendió las manos, pero yo la abracé con más fuerza, reteniéndola—. Y añadí: «Confía en mí, no querrás saber nada más de esto; pero si puedes ignorar todo lo que te resulte extraño, vas a alucinar, porque ellos son las personas más maravillosas del mundo». Y entonces le conté que si podía adaptarse a esta situación, os quedaríais por aquí un poco más de tiempo y tendría la oportunidad de conocerlos, pero habríais de marcharos si todo esto era demasiado para él. Y él repuso que siempre y cuando nadie le metiera más información de la que podía digerir, tragaría.

Graham se me quedó mirando con una media sonrisa, expectante.

—No te voy a dar las gracias —repliqué—. Todavía sigue existiendo para David un peligro muy grande.

—Lo siento si te duele. Yo no sabía que eso era así. Emma, las cosas son diferentes ahora entre nosotros, pero siempre serás mi mejor amiga, y yo siempre te querré, aunque ahora es mejor todavía. Por fin hay un equilibrio entre nosotros, ya que ahora ambos tenemos gente sin la cual no podemos vivir —me dedicó su mejor sonrisa «estilo Graham»—. ¿Seguimos siendo amigos?

Tuve que devolverle la sonrisa, aunque intenté por todos los medios resistirme a ello. De todos modos, fue una sonrisa diminuta.

Él extendió la mano: una oferta de paz.

Yo inhalé un gran trago de aire y cambié a Hope sobre un solo brazo. Puse mi mano izquierda sobre la suya, y él ni siquiera se estremeció al contacto de mi piel fría.

—Si no mato a David esta noche, consideraré el perdonarte lo que has hecho.

—Cuando no mates a David esta noche, me deberás una bien grande.

Puse los ojos en blanco.

Luego extendió su otra mano en dirección a Hope, con una petición esta vez.

—¿Puedo…?

—En realidad ahora la llevo en brazos porque no quiero tener las manos libres para matarte, Graham. Quizá más tarde.

Él suspiró, pero no me presionó. Chico listo.

Ruby se precipitó ahora por la puerta, con las manos llenas y una expresión que prometía violencia.

—Tú, tú, y tú —increpó con brusquedad lanzándoles una mirada envenenada a los licántropos—. Si os vais a quedar, idos a aquella esquina y prometed que vais a permanecer ahí quietos un ratito. Necesito ver. Emma, será mejor que le des la bebé. De todas formas, necesitas tener las manos libres.

Graham sonrió ampliamente en pleno triunfo.

Me asaltó un miedo concentrado que se extendió por mi estómago ante la enormidad de lo que tenía que emprender. Iba a probar suerte basándome en mi dudoso autocontrol con mi auténtico padre humano como conejillo de Indias. Las anteriores palabras de Regina se estamparon de nuevo contra mis oídos.

«¿Has considerado por un momento el dolor físico que le harás pasar a Emma, incluso aunque ella pueda resistirlo? ¿O el dolor emocional, si es que no puede?».

No podía imaginarme el dolor si fallaba. Mi respiración se convirtió en una sucesión de jadeos.

—Cógela —murmuré, deslizando a Hope en los brazos de Graham.

Él asintió, mientras la preocupación fruncía su frente. Le hizo un gesto a los otros, y todos se marcharon hacia la esquina más lejana de la habitación. Seth, Leah y Graham se repantigaron en el suelo a la vez.

Regina regresó a mi lado y me acarició el rostro.

—Puedes hacerlo, sé que puedes. Yo te ayudaré, y los demás también.

Busqué los ojos de Regina mientras sentía cómo me dominaba el pánico. ¿Tendría la suficiente fuerza para detenerme si hacía algún mal movimiento?

—Si pensara que no puedes apañártelas, desapareceríamos hoy mismo, en este minuto. Pero sé que eres capaz, y serás mucho más feliz si David permanece en tu vida.

Intenté apaciguar mi respiración.

Ruby alzó la mano. Tenía una pequeña caja blanca en la palma.

—Esto te irritará los ojos… No te hará daño pero te nublará la visión. Es un fastidio, pero aunque no se parecerá a tu antiguo color de ojos, al menos será mejor que el rojo brillante, ¿no?

Lanzó la caja de lentillas al aire y yo la cogí.

—¿Cuándo…?

—Cuando os marchasteis de luna de miel. Estaba preparada para varias posibles versiones de futuro.

Asentí y abrí el estuche. Nunca había llevado lentillas antes, pero no podía ser tan difícil. Cogí las pequeñas lentes y me las puse, con la parte cóncava hacia el interior de los ojos.

Pestañeé y una película interceptó mi vista. Podía ver a través de ellas, sin duda, pero también se percibía la textura de la delgada pantalla. Mi ojo se concentró en las ralladuras microscópicas y las secciones combadas.

—Ya sé lo que quieres decir —murmuré mientras me ponía la otra. Intenté no pestañear esta vez, pero mis ojos trataron de deshacerse del estorbo automáticamente—. ¿Qué aspecto tengo?

Regina sonrió.

—Algo estrafalario. Aunque claro…

—Sí, sí, ella siempre tiene ese aspecto extravagante —terminó Ruby su pensamiento con impaciencia—. Es mejor que el rojo y eso es todo lo que puedo decir en su favor. Es de un color verde fangoso, y tú verde esmeralda era mucho más bello. De todos modos, ten presente que no duran para siempre, porque la ponzoña de tus ojos las disolverá en unas cuantas horas. Así que si David está aquí más rato, tendrás que disculparte e ir a cambiártelas. Lo cual de todos modos es una gran idea, porque los humanos necesitan ir al baño de vez en cuando —sacudió la cabeza—. Cora, dale unas cuantas recomendaciones sobre cómo actúan los humanos mientras yo lleno el tocador de señoras de lentillas.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—David llegará aquí en unos cinco minutos. No lo compliques.

Cora asintió una sola vez y me cogió de las manos.

—Lo más importante es no quedarse demasiado quieto o moverse demasiado deprisa —me dijo.

—Siéntate cuando él lo haga —intervino Killian—. A los humanos no les gusta estar de pie.

—Deja que tus ojos vaguen de un lado para otro cada treinta segundos más o menos —añadió Jefferson—. Los humanos no se quedan mirando fijamente las cosas durante mucho rato.

—Cruza las piernas durante cinco minutos y luego cambia a los tobillos durante otros cinco —comentó Zelena.

Asentí a cada una de las sugerencias que me hicieron. Ya había notado cómo ellos hacían estas cosas el día anterior. Pensé que sería capaz de imitar sus movimientos.

—Y pestañea por lo menos tres veces por minuto —aconsejó Killian. Frunció el ceño, y después salió disparado a donde estaba la televisión por satélite en el extremo de la mesa. La encendió, conectó el canal de un partido de fútbol universitario y asintió para sí mismo.

—Mueve las manos también. Apártate el pelo de la cara o haz como si te estuvieras rascando algo —aportó Jefferson a su vez.

—Dije Cora —se quejó Ruby cuando regresó—. La vais a agobiar entre todos.

—No, creo que me he quedado con todo —asentí—: Sentarme, mirar alrededor, pestañear, removerme de vez en cuando.

—Muy bien —aprobó Cora, y me apretó los hombros.

Jefferson puso mala cara.

—Debes contener el aliento tanto como sea posible, pero mover un poco los hombros para que parezca que estás respirando.

Inhalé una vez más, y después asentí de nuevo.

Regina me abrazó por el costado que tenía libre.

—Puedes hacerlo —me repitió, murmurándome las palabras de ánimo al oído.

—Dos minutos —anunció Ruby—. Quizá deberías echarte en el sofá. Después de todo has estado enferma. De ese modo él no tendrá que ver desde el principio si te mueves bien o no.

Ruby me empujó hacia el sofá. Yo intenté caminar con lentitud, hacer que mis extremidades parecieran más torpes. Ella puso los ojos en blanco, por lo que supuse que no estaba haciendo un buen trabajo en absoluto.

—Graham, Leah, necesito a mis hijos —les dije.

Graham puso mala cara y no se movió, Leah tampoco se movió.

Ruby sacudió la cabeza.

—Emma, eso no me ayuda a ver.

—Pero yo los necesito. Consiguen que mantenga la calma —el filo de pánico que denotaba mi voz resultaba inconfundible.

—Estupendo —gruñó Ruby—. Sostenlos lo más quieta que puedas y yo intentaré mirar a su alrededor —suspiró preocupada, como si se le hubiera pedido que trabajara horas extraordinarias en vacaciones. Graham suspiró, también, pero me trajo a Hope, Leah me entrego a Henry sin problema, y después se retiró con rapidez ante la mirada de malas pulgas de Ruby.

Regina tomó asiento a mi lado y pasó sus brazos a nuestro alrededor, de los niños y mío. Se inclinó hacia delante y los miró muy seriamente a los ojos.

—Hope, Henry, va a venir alguien especial a verlos, a ustedes y a su madre —dijo con una voz muy solemne, como si esperara que ellos entendieran palabra por palabra. ¿Era así? Ellos le devolvieron la mirada con sus ojos graves—. Pero él no es como nosotros, ni siquiera como Graham o Leah. Han de tener mucho cuidado con él. No le digan cosas de la manera en que nos las dicen a nosotros.

Hope y Henry le tocaron la cara.

—Exactamente —dijo ella—. Y va a hacer que sientan mucha sed, pero no deben morderle. No se cura como Graham o Leah

—¿Te han entendido? —le susurré.

—Claro que me entienden. Tendrán cuidado, ¿verdad, hijos? ¿Nos ayudarán? Los niños la tocaron de nuevo.

—No, no me preocupa que muerdan a Graham o Leah. Eso me parece estupendo.

Los aludidos se echaron a reír entre dientes.

—Quizá deberías irte, Graham —se dirigió Regina a él con voz muy fría, mirándole de mala manera.

Regina no había perdonado a Graham, porque sabía que no importaba lo que sucediera ahora, yo iba a sufrir de todos modos. Pero soportaría el ardor con alegría si eso era lo peor a lo que tenía que enfrentarme esa noche.

—Le dije a David que estaría por aquí —repuso Graham—. Necesita un poco de apoyo moral.

—¿Apoyo moral? —se burló Regina—. Según lo que sabe David, el monstruo más repulsivo que hay aquí eres tú.

—¿Repulsivo? —protestó Graham, y después se echó a reír para sus adentros.

Escuché los neumáticos dar la vuelta en la autovía para abordar el camino de tierra húmeda de la entrada de los Mills, y mi respiración se aceleró de nuevo. Si hubiera sido humana, mi corazón tendría que haber estado martilleando como loco. Me puso muy nerviosa que mi cuerpo no reaccionara del modo adecuado.

Me concentré en el rápido ritmo del corazón de mis bebés para tranquilizarme y funcionó.

—Bien hecho, Emma —me susurró Jefferson, aprobando mi esfuerzo.

Regina tensó su brazo sobre mis hombros.

—¿Estás segura? —le pregunté.

—Segura. Tú puedes hacer casi cualquier cosa —me sonrió y me besó.

No fue precisamente un piquito en los labios y mis salvajes reacciones vampíricas me pillaron otra vez con la guardia baja. Los labios de Regina eran como un chute de algún compuesto químico extraño que entraba directo en mi sistema nervioso. Casi de forma instantánea, ansiaba más y más. Me costó un gran esfuerzo de concentración recordar que tenía a los bebés en brazos.

Jefferson percibió mi cambio de humor.

—Esto, Regina, sería mejor que no la distrajeras justo en este momento. Necesita estar concentrada.

Regina se apartó.

—Uy —exclamó.

Me eché a reír. Ése había sido siempre mi problema, desde el principio de todo, desde el primerísimo beso.

—Más tarde —le dije, y la anticipación me apretó el estómago hasta dejármelo hecho una bola.

—Concéntrate, Emma —me urgió Jefferson.

—De acuerdo —y aparté a un lado mis estremecedoras sensaciones. David era lo importante ahora, mantenerle hoy a salvo. Luego tendríamos toda la noche…

—Emma.

—Lo siento, Jefferson.

Killian se echó a reír.

El sonido de la patrullera de David se acercó más y más. El momento de frivolidad pasó y todo el mundo se quedó inmóvil. Crucé las piernas y practiqué los pestañeos.

El coche aparcó en la fachada de la casa aunque el motor se mantuvo en marcha durante unos segundos. Me pregunté si David estaba tan nervioso como yo. Entonces el motor se paró de modo definitivo y sonó un portazo. Luego, tres pasos por la hierba y después, el eco de golpes sordos en las escaleras de madera. Cuatro pasos más atravesando el porche. Y un silencio. David inhaló profundamente dos veces.

Toc, toc, toc.

Yo también inhalé aire por última vez. Henry se acurrucó de forma más profunda entre mis brazos, escondiendo el rostro entre mi pelo al igual que su hermana.

Mí suegro salió a la puerta. Su expresión tensa se cambió a una de bienvenida, como si hubiera cambiado la televisión de canal.

—Hola, David —dijo, aparentando estar avergonzado de forma apropiada. Después de todo, se suponía que estábamos en Atlanta, en el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades, y David sabía que le habíamos mentido.

—Henry —le saludó David con rigidez—. ¿Dónde está Emma?

—Estoy aquí, papá.

¡Ugh! Mi voz había sonado demasiado fuerte. Además había usado parte de mi reserva de aire. Tragué de modo apresurado un poco más, contenta de que el olor de David no hubiera saturado la habitación todavía.

El rostro carente de expresión de David me dejó ver con claridad cómo de fuera de tono había estado mi voz. Se le pusieron los ojos redondos y como platos cuando me vio.

Leí todas las emociones conforme se fueron deslizando por su rostro. Sorpresa. Incredulidad. Dolor. Pérdida. Miedo. Ira. Sospecha. Más dolor.

Me mordí el labio. Esto fue divertido porque mis nuevos dientes eran más agudos contra mi piel de granito de lo que habían sido los humanos contra mis blandos labios de antes.

—¿Eres tú, Emma? —susurró él.

—Sí —me estremecí ante mi voz como de campanillas—. Hola papá.

Él tragó una gran bocanada de aire para tranquilizarse.

—Hola, David —le saludó Graham desde la esquina de la habitación—, ¿qué tal?

David miró con muy mala cara a Graham una vez, se estremeció ante el recuerdo y después volvió a clavar en mí la mirada.

Lentamente, caminó a través de la habitación hasta que estuvo a pocos pasos de mí. Lanzó una mirada acusadora a Regina, y luego sus ojos regresaron conmigo. El calor de su cuerpo me golpeaba con cada latido de su corazón.

—¿Emma? —preguntó de nuevo.

Hablé en voz más baja, intentando contener el tono cantarín.

—Soy yo, de verdad.

Sus mandíbulas se encajaron.

—Lo siento, papá —añadí.

—¿Estás bien? —me preguntó en tono exigente.

—Pues más que bien, en serio —le prometí—. Sana como un buey. —Y aquí se me acabó el oxígeno.

—Graham me dijo que había sido… necesario. Que te estabas muriendo —pronunció las palabras como si no se creyera ni una sola sílaba.

Me armé de valor, me concentré en el peso cálido de mis bebés, me incliné hacia Regina buscando apoyo e inhalé en profundidad.

El olor de David era como un puñado de llamas, perforándome garganta abajo. Pero era mucho más que dolor. También había una aguda punzada de deseo, porque David olía de la manera más deliciosa que cualquier otra cosa que pudiera haber imaginado. Era una tentación doble, ya que por una parte resultaba tan atractivo como los excursionistas anónimos que encontramos el día que estuve de caza, y por el otro, se encontraba sólo a unos cuantos pasos, dispersando un calor y una humedad que me hacían la boca agua en el aire seco.

Pero ahora no estaba de caza, y éste era mi padre.

Regina me apretó los hombros en ademán de simpatía y Graham me lanzó una mirada de disculpa a través de la habitación.

Intenté recuperarme, ignorar el dolor y el ansia de la sed. David estaba esperando mi contestación.

—Graham te dijo la verdad.

—Entonces estáis de acuerdo —gruñó David.

Tenía la esperanza de que David pudiera ver a través de los cambios de mi rostro el remordimiento.

Debajo de mi pelo, los niños olisquearon el aroma de David a la vez que yo. Los sujeté con más fuerza.

David vio cómo bajaba la mirada con ansiedad y la siguió.

—Oh —exclamó, y la ira desapareció de su rostro, dejando nada más que la sorpresa—. Son ellos, los huérfanos que Graham me dijo que estabais adoptando.

—Mis sobrinos —mintió Regina en voz baja. Debió de haber decidido que el parecido entre ella y los niños era demasiado grande para que pudiera ignorarse. Mejor poder decir que eran parientes desde el principio.

—Creí que habías perdido a toda tu familia —replicó David, mientras la acusación volvía a su voz.

—Perdí a mis padres. Mi hermano mayor Daniel fue adoptado, como yo. Nunca le vi después de eso, pero un tribunal me localizó cuando él y su mujer murieron en un accidente de coche, dejando a los niños sin ninguna otra familia.

Regina era tan buena para estas cosas. Su voz era monótona, con justo la cantidad exacta de inocencia. Yo iba a necesitar mucha práctica para poder hacer lo mismo.

Ellos miraron entre mi pelo, olisqueando de nuevo. Miraron a David con timidez bajo sus largas pestañas y se escondieron de nuevo.

—Ellos… ellos son… bueno, son preciosos.

—Sí —admitió Regina.

—Es una gran responsabilidad, de todos modos, y vosotras dos apenas habéis empezado una vida juntas.

—¿Qué otra cosa podíamos hacer? —Regina frotó los dedos ligeramente sobre su mejilla y luego vi que tocaba sus labios durante un momento, un recordatorio—. ¿Es que tú los habrías rechazado?

—Mmm. Bueno —sacudió la cabeza de manera ausente—. Graham dice que los llaman Hope y Henry.

—Si, así es papá.

David volvió a dirigir su atención hacia mí.

—¿Y qué sientes respecto a esto? Quizá Henry y Cora podrían…

—Son míos —le interrumpí—. Los quiero.

David puso mala cara.

—¿Es que me quieres hacer abuelo tan joven?

Regina sonrió.

—También Henry es abuelo.

David lanzó una mirada incrédula hacia Henry, que aún estaba de pie al lado de la puerta de entrada. Parecía como el hermano menor, y bien parecido, del dios Zeus.

David bufó y después se echó a reír.

—Supongo que eso debería hacerme sentir algo mejor, más o menos —sus ojos regresaron de nuevo a Hope y Henry—. Desde luego es algo que merece la pena verse —su cálido aliento cubrió con ligereza el espacio que había entre nosotros.

Los bebés se inclinaron para percibir mejor el olor, desprendiéndose de mi pelo y mirándole a la cara con toda la intención por primera vez. David jadeó.

Sabía lo que él estaba viendo. Mis ojos, sus ojos, copiados con exactitud en aquel pequeño rostro perfecto de Hope y nuestros rasgos en el rostro de Henry.

David comenzó a hiperventilar. Sus labios temblaron y pude leer en ellos los números que musitaba.

Estaba contando hacia atrás, intentando encajar los nueve meses en uno solo.

Intentaba ordenar la evidencia, pero no era capaz de aclararla de modo que tuviera sentido para él.

Graham se levantó y se acercó a dar una palmadita en su espalda. Se inclinó para susurrarle algo al oído. Sólo que mi padre no sabía que todos podíamos oírlo.

—No necesitas saberlo, David. Te digo que todo está bien. Te lo prometo.

David tragó saliva y asintió. Y luego sus ojos llamearon y dio un paso hacia Regina con los puños firmemente cerrados.

—No quiero saberlo todo, pero ¡ya está bien de mentiras!

—Lo siento —replicó Regina con voz tranquila— pero necesitas conocer la historia que haremos pública más de lo que precisas conocer la verdad. Si vas a formar parte de este secreto, la historia que contaremos a todo el mundo es la única que tiene valor. Se trata de proteger a Emma y a los bebés, al igual que al resto de todos nosotros. ¿Podrás soportar las mentiras por ellos?

La habitación se quedó llena de estatuas y yo crucé los tobillos.

David se puso de morros y volvió su mirada furiosa hacia mí.

—Niña, deberías haberme avisado de alguna manera.

—¿Es que habría hecho todo esto más fácil?

Él puso mala cara, y después se arrodilló en el suelo frente a mí. Pude captar el movimiento de la sangre en su cuello, por debajo de la piel. Sentí su cálida vibración también. Y lo mismo hicieron mis hijos. Henry y Hope sonrieron y Henry alzó una de sus manitas rosadas hacia él. Yo la sujeté y me puso la otra mano en la garganta, expresando su sed, curiosidad y el rostro de David en sus pensamientos. Había un matiz sutil en su mensaje que me hizo pensar que ellos habían entendido las palabras de Regina a la perfección. Reconocieron la sed, pero hicieron caso omiso de ella en el mismo pensamiento.

—Vaya —exclamó David con voz ahogada, y los ojos fijos en sus dientes perfectos—, ¿qué tiempo tienen?

—Mmm…

—Tres meses —repuso Regina, y después añadió con lentitud—, bueno al menos tienen el tamaño de unos bebés de tres meses, más o menos. En algunos sentidos son más pequeños y más maduros en otros.

Hope y Henry le saludaron con la mano, de forma muy deliberada.

David pestañeó como si se hubiera vuelto tarado.

Graham le dio un codazo.

—Ya te dije que eran especiales, ¿a que sí?

Él se encogió ante el contacto.

—Oh, vamos, David —gruñó Graham—. Soy la misma persona de siempre, simplemente haz como si esta tarde no hubiera sucedido nunca.

El recuerdo hizo que los labios se le pusieran blancos, pero asintió una sola vez.

—Sólo por saberlo, ¿y cuál es tu papel en todo esto, Graham? —le preguntó—. ¿Cuánto sabe Marco de este asunto? ¿Por qué estás tu Leah y Seth aquí? —miró hacia el rostro de Graham que observaba maravillado a Hope.

—Bueno, eso sí que te lo puedo explicar. Marco está al tanto de todo, y eso tiene que ver con un montón de cosas sobre los licántro…

—¡Ugh! —protestó David, cubriéndose las orejas—, no importa.

Graham mostró una amplia sonrisa.

—Todo va a ir genial, David. Simplemente no te creas nada de lo que veas.

Mi padre masculló entre dientes algo ininteligible.

—¡Guau! —retumbó la voz de Killian con su tono grave—. ¡Arriba los Gators!

Graham y David se pusieron en pie de un salto. El resto de nosotros nos quedamos parados.

David se recuperó y después miró a Killian por encima del hombro.

—¿Va ganando Florida?

—Acaba de puntuar el primer touchdown —confirmó Killian. Lanzó una mirada en mi dirección, alzando las cejas como si fuera el villano en un vodevil—. Pero parece que alguien de por aquí también se ha apuntado un tanto no hace mucho.

Contuve un siseo como pude. ¿Lo decía aquí, frente a David? Eso era pasarse de la raya.

Pero éste no estaba para pillar indirectas. Volvió a inhalar en profundidad, tragando el aire con tanta desesperación como si intentara hacerlo llegar hasta la punta de sus pies. Le envidié. Se tambaleó, dio un paso alrededor de Graham y casi se dejó caer sobre una silla vacía.

—Bien —lanzó un suspiro—. Veamos si son capaces de mantener la ventaja.