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CAPITULO 17

Decir sí... sí es sencillo

Miré la noche oscura a través de la ventanilla del avión que nos llevaba de regreso a Londres y suspiré con cansancio. Anny dormía a mi lado, pero yo era incapaz de cerrar los ojos y dejar que mi mente se abandonara al sueño. Llevaba demasiado tiempo huyendo de la felicidad, como bien me había hecho ver ella. En el momento en que veía que todo se hacía realidad a mi alrededor, escogía el camino más fácil y también el que me llevaba a destruirme un poco más cada vez. Quizá mi hermano tenía razón y en realidad era una kamikaze emocional, pues no sabía vivir sin enfrentarme una y otra vez a la debacle existencial. Me revolví en el asiento inquieta, buscando una posición más cómoda, y cerré los ojos con fuerza, resignada a unas horas de insomnio.

Cuando llegué a casa de Albert a media mañana, no me encontré «precisamente» a mi querido y amante esposo. Entré a la cocina a prepararme un café bien cargado, y estaba tan preocupada por cómo encarar la conversación que teníamos pendiente que no reparé en que Bruno me recibía con ladridos de alegría. Levanté la vista y su figura apolínea, apoyada de forma indolente en la pared posterior, hizo que pegara un respingo involuntario. Sus ojos azules me taladraron y me examinaron de arriba abajo, como si quiera descubrir con quién demonios se había casado.

—Lo sabes, ¿verdad? —pregunté rompiendo el tenso silencio.

—¿El qué? ¿Que te fuiste a Burdeos creyendo que tenía una aventura con mi exmujer? ¿Que Tom y Mia están juntos? ¿Que has dejado a Bruno con un completo extraño?

—Stear no es un extraño —me defendí previendo un enfrentamiento.

—Es obvio que no, creo que ya me estoy acostumbrando a que mi esposa tenga mucha más confianza con otros hombres que apenas conoce que conmigo.

—¡Eso no es cierto! —contesté indignada.

Meneó la cabeza con disgusto y suspiró con resignación.

—No quiero discutir, Candy, ahora no.

—¿Ahora eres tú el que no quiere discutir? —Lo miré burlona.

Se aproximó a mí a grandes zancadas y habló justo a unos centímetros de mi rostro. El olor de su perfume me provocó un pequeño mareo.

—No. No quiero. De hecho, creo que me he cansado de ello. Eres libre, Candy.

—¿Libre? —pregunté con un hilo de voz, porque esa palabra tan ansiada ahora me producía un intenso temor.

—Sí.

—¿Te rindes tan fácilmente?

—No me he rendido, sólo he desistido de una empresa imposible. Te cedo el puesto en el pódium.

—¿Es en serio? —inquirí deseando que su respuesta fuera negativa.

—Desde luego. Lo único que quiero en la vida es que tú seas feliz, y es obvio que conmigo nunca vas a conseguirlo. Por tanto, eres libre —repitió.

—Te lo agradezco. —Mastiqué cada sílaba con dureza—. ¿Cuándo puedo irme?

—Mañana —pronunció con lentitud, y su mirada siguió traspasándome el corazón como lo hacía siempre.

—Puedo hacerlo hoy y así no te molestaré más.

—Te necesito esta tarde.

—¿Para qué?

—Estoy invitado a una entrega de premios y ya se ha anunciado en la prensa que acudiré con mi esposa, a la cual todos quieren conocer y fotografiar.

—Oh, vaya, querido, ¿me vas a llevar a Almack's y me vas a dar una cartilla de baile?

Ni siquiera sonrió como solía ser habitual en él. Su gesto serio me atemorizó más que sus palabras.

—Encima de tu mesilla he dejado la invitación con el dress code. Si no tienes nada adecuado, puedes llamar a mi agente, él se encargará de buscarte algo. También te he reservado hora en la peluquería.

—¡Cuánta amabilidad por tu parte!

Su gesto pétreo no se modificó con las siguientes palabras:

—Verás también un sobre. Es el pasaje para tu regreso a Madrid mañana al mediodía. Creo que tendrás tiempo de prepararlo todo.

Aspiré profundamente, aunque mis pulmones habían vuelto a cerrarse.

—¿Y el dinero?

—Por fin te has descubierto, Candy. Si es eso lo que te preocupa, deja de preocuparte. No modificaré el contrato que me une a la empresa familiar. Lo tendréis todo en las fechas estipuladas.

Abrí la boca para replicar, pero él ya había abandonado la cocina en dirección a su cueva. Enfadada, olvidé el café y subí a intentar dormir al menos unas horas. Exactamente tres, hasta que sonó la alarma del móvil. La apagué con un gruñido y me levanté. Tenía el tiempo justo para prepararme, así que cogí el bolso y salí a la carrera para meterme en el coche que me esperaba en la puerta. Cuando regresé de una tarde en la que me hicieron un exclusivo tratamiento de belleza, oí a Albert en la ducha. Me encerré en la habitación y procedí a vestirme. Al terminar de calzarme, unos pequeños toques en la puerta me sorprendieron.

—Pasa —dije apartándome un rizo del rostro para guiarlo a su sitio.

Albert abrió la puerta y suspiró. Entornó los ojos y se apoyó en el marco con su sonrisa «desarmavoluntades». Llevaba un esmoquin negro que oscurecía su mirada, y su pelo, descuidadamente peinado, acompañado de una barba de apenas tres días. Nunca lo había visto tan atractivo, y me temí que mi rostro delatara mis pensamientos.

—Estás increíble, Candy—murmuró acercándose tanto a mí que pude respirar a través de sus labios.

—Gracias...Tú... llevas una pajarita muy bonita —dije.

Me cogió suavemente de los hombros acompañando el movimiento con una sonrisa y me giró con lentitud.

—Es tuyo, ¿verdad? —preguntó delineando con un dedo la delicada tela de encaje que cubría parte de mi pecho y espalda.

Se detuvo justo en la cintura, donde la gasa era más transparente, lanzando una pincelada de sensualidad en el vestido, el cual tenía cuerpo de sirena y una pequeña cola que se extendía desde media pierna.

Asentí con la cabeza.

—Son capullos de amapola bordados en negro que se abren al llegar al suelo. Es un vestido atrevido y a la vez elegante. Serás la sensación de la noche —afirmó.

—Es probable que me enrede en la pequeña cola y acabe en el suelo, así que seguro que lo seré —musité con el corazón latiendo de forma violenta en mi pecho, reaccionando al contacto de su piel.

—Eso es imposible, siempre has tenido la capacidad de mimetizarte en cada situación, de ponerte a la altura de la reina y del mendigo.

—Gracias —contesté bajando la voz sin saber cómo contestar a sus halagos.

Me apartó un rizo rebelde, que seguía desligándose del conjunto, y suspiró contra mi boca.

—Quiero quitártelo y ver qué esconde debajo —susurró con voz ronca, y una mano acarició mi pecho—, lo que creo que es bastante poco —añadió al descuido.

Proferí un leve gemido que fue bastante explícito.

—Joder, Candy, no puedo resistirme a ti. Cuando te tengo delante vuelvo a ser el mismo gilipollas que era a los veintitres años. Dame una tregua, por favor —suplicó apoyando la frente en mi hombro desnudo.

—No lo estropearé —dije al cabo de unos minutos, soportando un dolor sordo en mi interior—. Es lo menos que puedo hacer por ti.

—Gracias. No sobreviviré si sigo torturándome con más recuerdos —musitó con voz entrecortada, y oí su respiración junto a mi cuello, atrapando ese momento en uno de esos recuerdos.

—Entonces vayámonos ya o llegaremos irremediablemente tarde—expuse con la voz firme. Lo único que todavía no se me había roto en todo el cuerpo.

Albert se irguió con lentitud y me mostró un rostro demudado. Evité mirarlo y que mis ojos se llenaran de lágrimas. Se recompuso y me ofreció su brazo doblado, introduje el mío y cogí con la otra mano el pequeño clutch de carey. Al poco rato, estábamos ya saliendo del denso tráfico de Londres en dirección a una finca campestre de las afueras.

Por lo que me explicó, era una entrega de premios organizada por una prestigiosa revista inglesa. Él estaba nominado al mejor deportista del año, pero también había categorías variadas, la del mejor empresario, el político más popular, el cantante más influyente o el actor revelación. Comencé a ponerme nerviosa a medida que se acercaba la hora. Él soltó una mano del volante y la posó sobre las mías, cerradas en un puño.

—Tranquila, Candy, todo saldrá bien.

—No te preocupes —dije con una sonrisa trémula—, si te lo dan, te aplaudiré como la que más.

—¿Y si no me lo dan?

—Abuchearé al ganador, le silbaré y, si estoy a una distancia considerable, puede que le lance algo. —Me miró con estupor y yo me carcajeé con un pequeño deje histérico—. Ya sabes, soy española, en perder tenemos bastante experiencia...

A los pocos minutos, llegamos. Ya había periodistas esperando en la puerta de lo que parecía ser un castillo de estilo medieval, remodelado recientemente. Albert detuvo el coche y salió, saludando y sonriendo, para rodear el automóvil y abrirme la puerta. Me cogió de la mano y recibí los primeros flashes de la noche, cegándome. Apenas podía mantener los ojos abiertos y, cada vez que parpadeaba, luminosas estrellas de colores hacían aparición en mis párpados. Me dirigió hacia el interior con una mano posada en la parte baja de la espalda.

Era una amplia sala, en la que se habían congregado invitados y periodistas. Al fondo, un photocall al que fuimos llamados nada más conocerse nuestra llegada. Posamos de nuevo juntos, con su mano rodeando mi cintura. Y él, en un momento íntimo, pero a la vez populista, me besó en la sien, con lo que consiguió el mayor número de fotografías de la noche. Sin más demora, alguien de la organización nos indicó que pasáramos al centro de la convención.

Nos guio hasta nuestra mesa, que compartíamos con otros ocho comensales. El conjunto estaba diseñado como si fuera una cena multitudinaria, con un pequeño escenario en la parte frontal. Las paredes de piedra vista y los numerosos cuadros campestres me recordaron al restaurante de nuestra boda.

Aunque Albert procuró durante toda la noche no dejarme al margen de las conversaciones que surgieron, fue una pérdida de tiempo. Resultó bastante complicado que no me despistara con personas que no hablaban mi idioma y con las que yo no compartía el suyo. Lo tranquilicé varias veces con un cálido apretón de manos bajo la mesa y me centré en saborear la exquisita cena.

A los postres anunciaron a varios de los nominados y fueron surgiendo los primeros premios. Casi al final de la gala llegó el momento de Albert. Lo sentí ligeramente nervioso, pero sólo yo pude percibirlo porque lo conocía demasiado bien. El resto de los invitados apenas notaron su sonrisa complacida y su gesto de agradecimiento por el simple hecho de ser nominado.

Pronunciaron su nombre y yo sonreí. Me quedé sorprendida y sin poder reaccionar cuando lo primero que hizo él fue besarme en los labios. Aplaudieron y se levantó para recoger el premio. No entendí lo que dijo, aunque sí que mencionó mi nombre y todas las miradas se volvieron hacia mí. Enrojecí avergonzada y él sonrió con mayor amplitud. Cuando regresó, con una especie de escultura cubista en metacrilato, se sentó satisfecho y el camarero se acercó a servirle un licor.

—¿Qué te ha parecido? —me preguntó en un susurro después de recibir apretones de manos y besos en la mejilla felicitándolo.

—Que el otro deportista nominado es mucho más guapo. ¿Me lo puedes presentar?

Me propinó un pequeño pellizco en el muslo y yo le devolví un pisotón con el tacón de aguja que lo hizo mascullar en silencio.

Después de aquello, los invitados fueron disolviéndose para mezclarse unos con otros. Observé preocupada cuántos brindis bebía Albert, y, cada vez que apuraba la copa, un camarero, decididamente demasiado servicial, le entregaba una nueva.

Pasada la medianoche apenas podía sostenerme sobre los tacones. Me sujeté, ya sin disimulo alguno, a su brazo doblado y suspiré hondo.

—¿Cansada? —me preguntó.

—Estoy agotada —musité. Y volví a sonreírle a alguien que me felicitó a mí como si fuera yo la ganadora del premio de la noche.

—No tenemos por qué quedarnos más, ¿nos vamos?

Lo miré para agradecérselo y vi sus ojos enrojecidos y el vaso nuevamente vacío en la mano. Mi preocupación fue en aumento. Pasaron unos diez minutos en los que se despidió de la gente y llegamos junto al Mercedes, ya aparcado en la puerta por el joven encargado de ello.

Albert trastabilló y se le cayeron las llaves al césped. Soltó una brusca carcajada y se pasó la mano por el pelo. Yo cargaba con el pesado premio y me dieron ganas de estampárselo en la cabeza.

El aparcacoches me miró con la misma preocupación que debía de mostrar yo.

—Albert, creo que será mejor pedir un taxi —sugerí.

—¿Un taxi? —inquirió elevando una ceja de forma exagerada—. ¿Por qué? Estoy perfectamente para conducir, ¿acaso piensas que estoy borracho?

—Tú lo has dicho.

—No lo estoy, vamos, que te abro la puerta —afirmó, y tiró de ella con fuerza para acabar riéndose al darse cuenta de que no había activado el mando a distancia.

—Albert—exclamé, y le arrebaté las llaves de la mano—. No vas a conducir esta noche.

Se irguió algo inestable y me escrutó con la mirada.

—Pues lo harás tú.

Di dos pasos hacia atrás y negué con la cabeza sintiendo que me ahogaba.

—Vamos, Candy, no me dirás que tienes miedo de un simple coche...

—Albert, no puedes pedirme eso.

—Que yo recuerde, siempre eras la más valiente, nunca podíamos dejarte atrás.

—Eso quedó en el pasado, y lo sabes.

—No, no es lo que veo, lo que veo es una mujer reprimida y con miedo. Y no me gusta.

—¡Es en lo que me convertí! —Levanté la voz más por terror que por enfado.

—Cobarde —siseó.

Balanceé el premio con intención de golpearlo, pero el orgullo se impuso al pavor. Rodeé el coche y me senté en el lado del conductor. Respiré hondo y ajusté el asiento a mi medida.

Arranqué el motor y acaricié con reverencia el volante de piel. Cerré los ojos un instante para escuchar el sonido del suave ronroneo que me indicaba cómo conducirlo. No lo pensé más, y de reojo vi que Albert había dejado caer la cabeza sobre su pecho y parecía haberse quedado dormido en el instante mismo en que se acomodó en el asiento. Aceleré, calculando la fuerza de mi pisada, y giré para salir a la carretera. Ni siquiera quise poner música para no distraerme. Tenía todos los sentidos alertas, como si mi cuerpo fuera una cuerda tensa y preparada. Cuando aparqué en el sótano de la casa y apagué el motor, me sentí triunfadora. Lo había conseguido, dos años después había vencido el temor y podía volver a ser un poco más yo misma.

Entonces me acordé de mi acompañante dormido y lo miré fijamente. Estaba observándome en silencio, con su sonrisa de enfant terrible adornándole la cara. Sus ojos relucían abiertos y atentos.

—No estás borracho —aseveré.

—No.

—Ni tampoco te has quedado dormido.

—No.

Me volví y salí del coche, subiendo la escalera hasta la puerta de acceso al hall de la casa. La cerré con un portazo en sus narices.

Estaba ya dirigiéndome hacia la habitación cuando sentí su mano cercando mi muñeca y obligándome a volverme.

—¡Eres un capullo! —grité.

—No lo soy —respondió con suficiencia, y me adelantó para situarse unos escalones sobre mí.

—Incluso has elegido el Mercedes de importación que tiene el asiento de conductor a la izquierda para que me fuera más sencillo.

—Así es —afirmó.

Me quedé en silencio, rumiando la rabia que sentía en ese momento, mezclada con la euforia que había sentido hacía sólo unos minutos y, sobre todo, con la tremenda atracción que la cercanía de su cuerpo me suponía. Recordé la conversación con Anny de la noche anterior y resoplé con indignación. Pasé por su lado rezumando furia y me encerré en mi habitación. Lo oí llegar a la suya y, después, el silencio ocultó mi nerviosa respiración.

Paseé siguiendo un camino incierto, pensando en lo ocurrido. Quería darme un último regalo sin que yo llegara a saberlo. Deseé besarlo y deseé golpearlo por engañarme de nuevo.

Las ganas de besarlo ganaron la partida. Salí de la habitación y me planté en la puerta de la suya. Alcé la mano y dudé de nuevo. ¿Qué estaba haciendo? Aquél podía ser nuestro final definitivo, aunque también podía ser el inicio de algo que nunca debería haber sido interrumpido.

Golpeé con fuerza la madera.

—Pasa. —Oí su voz amortiguada desde el interior.

Una vez dentro, miré alrededor sin localizarlo.

—Estoy en el vestidor —me informó.

Me asomé desde la puerta y lo observé con interés. Se había deshecho de la americana y estaba quitándose la pajarita frente a un espejo. Su apostura indolente hizo que yo frunciera la boca.

—Tú dirás —me animó.

—Yo..., bueno..., quería despedirme por si no te veo mañana.

Él se volvió hacia mí y comenzó a desabotonarse el chaleco con lentitud. Seguí sus movimientos hipnotizada.

—Me verás mañana, si quieres puedo acompañarte hasta el aeropuerto —dijo, y se volvió para dejar colgado en una percha el chaleco y comenzar a quitarse la camisa blanca almidonada.

—Entonces, buenas noches —mascullé.

—Buenas noches a ti también, Candy. Que descanses —contestó sin dirigirme ni una sola mirada.

Giré sobre mis tacones y abandoné la habitación. Una vez estuve en el descansillo, esperé que él apareciera. Al cabo de unos minutos comprendí que no lo iba a hacer. Llamé otra vez y, antes de que contestara, entré.

Pareció sorprendido al verme de nuevo. Esta vez ya habían desaparecido sus calcetines y sus zapatos. Sólo llevaba el pantalón de vestir.

—¿Sucede algo? —me preguntó apoyándose con desidia en el marco de la puerta de su vestidor.

—Veinticuatro besos.

—¿Cómo?

—Antes de dormirme, aquella noche, me diste veinticuatro besos. Yo te pregunté el porqué de ese número en concreto, y tú me respondiste que uno por cada hora del día. Que sería así el resto de nuestras vidas. Que, cuando no pudieras darme los veinticuatro, los acumularías. Cuarenta y ocho. Setenta y dos. Noventa y seis.

—Lo recuerdo. Recuerdo cada palabra de aquella noche.

—Albert, me debes muchos besos.

—Lo sé.

—Exijo cobrármelos.

Suspiré hondo. Estaba jugando una carta arriesgada.

Él se mantuvo en completo silencio, observándome. No supe descifrar lo que transmitía su mirada.

—Me lo vas a poner difícil, ¿verdad? —me atreví a decir al cabo de unos minutos, creyendo que había vuelto a perder la oportunidad.

Él se acercó entonces despacio y me cogió la mano. De improviso, tiró de mí con fuerza y choqué con su pecho. Levanté el rostro y aguanté la respiración. Me besó con furia, con el deseo acumulado demasiado tiempo, con tanto amor que estuve a punto de desintegrarme entre sus brazos.

—Tenemos una cuenta que saldar —expresó roncamente sin separarse apenas de mis labios—. Pero antes necesito que me contestes a una pregunta.

—¿Cuál? —murmuré jadeando.

—¿Quieres volver a Madrid?

—No.

—¿Mañana no escaparás de nuevo?

—No.

—¿Por qué?

Esta vez me aparté y lo miré entornando los ojos. Su sonrisa esperanzada me desarmó.

—¡Porque te quiero, maldita sea! —exclamé.

—¿«Te quiero, maldita sea»? ¿Es eso una declaración de amor o una declaración de intenciones?

—Ambas cosas.

Nos sostuvimos la mirada un instante eterno. Por nuestro rostro pasaron centenares de imágenes recogidas en los recuerdos, la felicidad, la dicha, el temor, el anhelo, la desilusión y el deseo.

—Has tardado nueve años, Candy. Pero la espera ha merecido la pena —pronunció con su voz ronca, e inclinó la cabeza para continuar besándome.

Su lengua se entrelazó con la mía con ferocidad, deseando adentrarse en mi alma y no sólo en mi boca. Alcé las manos y me sujeté a su nuca, enredando los dedos en su pelo, como tantas veces había soñado. Trastabillamos hasta el centro de la habitación sin despegar nuestros labios. De improviso, me aparté de él con el corazón martilleándome en el pecho.

—¿Estás... estás seguro de que quieres estar aquí conmigo?—pregunté sintiéndome de repente demasiado vulnerable.

—No hay ningún sitio en el mundo en el que desee estar más que aquí, en este preciso momento y sólo contigo —afirmó con rotundidad, y se acercó a mi cuerpo.

No me tocó, aunque su cercanía provocó que mi sangre se acelerara y que mi corazón se desbocara en el pecho. Se inclinó sobre mí con lentitud, acariciando el instante compartido, y me besó de nuevo. Aspiré su esencia a través de aquel beso. Sus manos no se detuvieron y deslizaron el vestido por mis brazos extendidos a ambos lados del torso, que cayó en un susurro alrededor de mis tobillos.

Me deshice de mis tacones y él me imitó haciendo lo mismo con sus pantalones, entre risas sofocadas por caricias furtivas y besos robados al pasado. Alcancé la cintura de su bóxer e introduje valientemente la mano disfrutando del contacto con su piel suave y el escaso vello que formaba el dibujo de una lanza en el centro de su abdomen. Él me detuvo poniendo una de sus enormes manos cubriendo la mía.

—Candy, en esta ocasión pretendo durar algo más que en nuestra primera vez.

Sonreí con lascivia y me apreté contra su pecho desnudo. Mis pezones se endurecieron al contacto, y él gimió.

—Creo que has tenido mucho tiempo para practicar —murmuré en su oído.

—Sí, pero ninguna eras tú —musitó acariciando mi columna vertebral hasta que sentí un escalofrío.

Entonces me besó en ese lugar, el lugar exacto de mi cuerpo que sólo él había descubierto nueve años antes, justo sobre la clavícula, bajo el lóbulo de la oreja. Me estremecí y supe que estaba perdida. Gemí de forma entrecortada y lo ayudé a deshacerse del bóxer. Me cogió en brazos y me depositó con cuidado sobre la cama. Acarició mis labios con los suyos y profundizó en el beso. Le respondí abarcando su amplia espalda impidiéndole que se alejara de mí y lo empujé para situarlo bajo mi cuerpo. Se quedó sorprendido y expectante.

—Yo también llevo esperando demasiado tiempo, Albert—murmuré, y me incliné para delinear con mi lengua su cuello y su pecho.

Luego bajé serpenteando hasta localizar el bulto que se erguía frente a mí y lo introduje en mi boca. Albert dejó escapar un gruñido y sujetó con fuerza el nórdico arrugándolo entre los dedos.

—Candy, me vuelves loco —musitó.

Antes de que pudiera disfrutar de su placer, me levantó y me giró para dominar la situación. Colocó su cuerpo sobre mí, cubriéndome, y se deleitó saboreando toda mi piel expuesta. La barrera de mi ropa interior desapareció con rapidez, y la calidez y la firmeza de su miembro me acarició, tanteándome. Me arqueé y él se introdujo en mí con extremada lentitud. Cuando lo sentí llenándome, giró las caderas y provocó una descarga eléctrica en mi interior.

—Albert, ¿cómo sabes...?

—El hijo pródigo siempre sabe que va a ser bien recibido en su hogar.

Eso provocó que yo riera e intentara enfocar su rostro perlado de sudor frente a mí.

—Sobre todo, si ha aprendido ciertas habilidades en el camino—murmuré.

Él me acalló besándome y haciendo que retomara el momento exacto de excitación que me había provocado, engrandeciéndolo hasta tal punto que mi orgasmo llegó de una forma brutal e imprevista. Jadeé mordiendo su hombro y él sonrió con suficiencia.

—¿Cansada, Candy?

Asentí con la cabeza y me aparté el pelo húmedo del rostro.

—Sólo acabo de empezar —aseguró.

Y en eso, ni exageró, ni mintió.

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Desperté con la agradable sensación de calidez a mi espalda y, la incómoda pero a la vez placentera punzada en mi vientre, donde reposaba su mano abierta. Su voz acarició mis sentidos y penetró en mi interior borrando nuestro pasado.

—Te amo, Candy.

—No —murmuré con los ojos cerrados.

—¿No? —inquirió él sin moverse.

—No quiero despertar de este sueño.

—No es un sueño, Candy. Por fin es nuestra realidad —afirmó, y me giró para que me tendiera mirándolo a él.

En sus ojos azules pude ver nuestra vida pasar, el amor loco de deseo de los primeros años, el amor compartido durante un brevísimo instante de nuestra existencia, el odio producto de la furia posterior y la desidia solitaria y demente que lo siguió. Y, cuando todo aquello dejó de cubrir su insondable mirada, sólo quedó el amor. Nuestro amor.

Lo abracé con fuerza y enterré el rostro en su pecho, bañándolo con lágrimas de felicidad. Él me retuvo con la misma fortaleza que mostraba yo y me consoló, perdonándome todos los actos pasados con ese simple acto.

—Siempre lo supe —murmuró—, siempre quise creer que seguías amándome. Me aferré a esa idea como la única que me permitió sobrevivir estos años.

Levanté la vista y lo encaré.

—Te casaste con otra.

—Culpable. —Se rascó la barba distraído—. Tuve que emborracharme hasta casi perder el sentido para acostarme con otra mujer. Lo hice porque me recordaba a ti. Continué en esa tónica decenas de veces, buscándote en otras sin llegar a encontrarte.

Sentí el zarpazo de los celos abriéndome el vientre y me contraje, pero él no pareció darse cuenta.

—Conocí a Mia al poco tiempo de mudarme a Londres, y ella fue el hombro en el que llorar demasiadas veces, o, más bien, la cama a la que acudir cuando estaba tan borracho y desesperado que su simple abrazo me consolaba. Sin embargo, nunca conseguí conectar con ella ni con ninguna como lo hice contigo. Esa punzada en lo hondo de tu pecho que hace que quieras ahogarte en ella una y mil veces. Nos separamos a los cinco meses de casarnos. Ella sabía que yo no la amaba, sólo la quería, y me preguntaba si alguna vez conseguiría aquello que tú sí que habías conseguido.

Lo miré sorprendida y negué con la cabeza.

—Sí, espié tu vida a través de tu hermano y de las redes sociales.

—Tenía contraseña y firewall. Eso es imposible.

—No para un informático. ¡Joder, Candy! No sabes lo que llegó a dolerme verte en aquellas fotografías. Esquiando, de vacaciones en Italia, en Berlín, en Tailandia..., en todos los sitios a los que yo quería llevarte.

Suspiré con consternación.

—Y entonces, recaía de nuevo. Sobre todo, cuando tu hermano me informaba de lo feliz que eras con alguna de tus parejas. Perdía la confianza y me decía que uno no puede sostener el amor de dos personas porque acabaría destruyéndose a sí mismo.

—En realidad, no fui feliz —asumí sorprendiéndome a mí misma, volviendo a apoyar la mejilla en su pecho, que se levantaba debido a su cada vez más rápida respiración.

—Yo tampoco —me confirmó poco después.

Con lentitud, caí en un sopor idílico, valorando su confesión, con su mano acariciando sin descanso mi pelo, hasta que desperté con un sobresalto y levanté la cabeza. Me miró inquisitivo, arqueando las cejas rubias.

—¡No hemos utilizado protección!

—No —confirmó sin un ápice de arrepentimiento.

Me incorporé y me senté en la cama, mirándolo con furia, sintiéndome estúpida.

—Yo no tomo ningún anticonceptivo.

El médico me los había prohibido por el riesgo que suponía para mi aneurisma.

Él se agachó y posó la cabeza sobre mi vientre. Lo tensé y respiré hondo.

—Una vez te dije que algún día me apoyaría aquí para oír el latido del corazón de nuestros hijos. Sigo pensando lo mismo. ¿Tú no?

—No. Eras tú quien lo pensaba, no yo.

Lo aparté con firmeza y me levanté algo tambaleante. Los sueños nunca se hacían realidad, siempre había algo que los destruía.

Los finales felices no existían.

—¿Que era yo? Creí que tú estabas de acuerdo. —Parecía bastante enfadado.

—Si me hubieras dicho que caminara sobre ascuas ardiendo, lo habría hecho. ¡Tenía casi diescisiete años, joder! ¿Un niño? ¿Ahora? No.

—Candy, contigo lo quiero todo. El pack completo: matrimonio, casa, niños y perro.

—Deberás conformarte con Bruno, porque discrepo.

—¿Quieres explicarme por qué? —Su voz enronquecida me avisó de lo dolido y cabreado que estaba.

—Porque la primera vez fue demasiado pronto y ahora ya es demasiado tarde —musité poniéndome lo primero que tuve a la vista, que fue una camiseta suya.

Me senté dejando colgar las piernas por el borde de la cama, sintiéndome algo mareada. La cabeza comenzó a palpitarme de forma dolorosa. No quería discutir con él. No podía hacerlo sin contarle lo que escondía. Él se levantó de un salto y se situó frente a mí.

—Es lo mismo que dijiste la noche de la entrevista. ¿Qué demonios sucede, Canfy? ¿Qué estás ocultando? ¿Por qué es demasiado tarde?

—Albert, por favor —supliqué a punto de echarme a llorar como una niña.

Se acuclilló para tenerme a la altura de su rostro y me cogió la barbilla, lo que me hizo sentirme todavía más vulnerable. Sus ojos me expresaron un rechazo que no se esperaba y me dolió a mí más que a él. Desvié la vista.

—Candy, mírame. ¿Qué tienes que confesar esta vez? —insistió.

Apreté fuertemente la mano contra la frente. La sentía caliente, ardiendo bajo el contacto con mi piel.

—No puedo decírtelo. Esto no —balbuceé.

—Necesito saberlo. Estoy harto de tanta mentira.

Me aparté con un movimiento brusco que hizo que perdiera el equilibrio. Sujetándome al borde de la cama, apreté los dientes hasta que me dolieron. No podía decirle que nuestra historia tenía fecha de caducidad, que todo había sido un espejismo, que yo ya no tenía futuro.

—No es ninguna mentira —me defendí sin saber cómo desviar el tema.

—¡Mírame, Candy! —exigió de nuevo—. Si te arrepientes de lo que ha sucedido, quiero que me lo digas mirándome a los ojos.

Levanté la cabeza con lentitud. Sentía los párpados pesados, como si me fuera imposible enfocarlo. Abrí los labios para decirle que de lo único que no me arrepentía en toda mi vida era de estar con él..., pero no llegué a pronunciar palabra alguna. El latigazo que sentí atravesándome el cráneo me paralizó. Gemí con fuerza y percibí que me fallaban las fuerzas. Alargué las manos buscando su contacto. Fue cuando me di cuenta de que todo a mi alrededor se había cubierto de oscuridad y de que no era capaz de verlo.

Proferí un grito y manoteé en el aire, completamente aterrada.

—¡Alb..., Albe...! —No conseguí llegar a pronunciar su nombre completo. Mi boca ya no era mía, mi lengua estaba inerte en la cueva que hasta ahora la protegía.

—Estoy aquí. ¡Candy! ¿Qué te sucede? —Su voz me llegó algo amortiguada por el dolor que nublaba mi conocimiento.

—¡No, no pu... pued...! —tartamudeé sin llegar a conectar el pensamiento con la palabra.

—¡Candy! ¡Candy, no...!

Después de perder la vista, perdí también la conciencia.

CONTINUARA