—No sé cuánto de todo esto contarle a Mary Margaret —admitió David, vacilando con un pie ya fuera de la puerta. Se estiró y entonces su estómago gruñó.

Yo asentí.

—Ya lo sé, pero será mejor que no le dé un ataque. Y además así la protegemos. Estas cosas no son para la gente pusilánime.

Sus labios se torcieron hacia un lado con ademán arrepentido.

—Habría intentado protegerte a ti también, si hubiera sabido cómo. Pero supongo que tú nunca has entrado en la categoría de los pusilánimes, ¿verdad?

Le devolví la sonrisa, impulsando un aliento abrasador a través de mis dientes.

David se palmeó el estómago con gesto ausente.

—Ya pensaré en algo. Tenemos tiempo para discutir esto, ¿no?

—Así es —le prometí.

En algunos sentidos había sido un día muy largo, pero en otros, demasiado corto. David llegaba tarde a cenar, ya que Sue Clearwater iba a cocinar para él y Marco. Ésa iba a ser, sin duda, una tarde algo incómoda, pero al menos tomaría comida de verdad. Estaba contenta de que alguien intentara salvarle de morir de inanición, dada su poca habilidad como cocinero.

La tensión había hecho que los minutos pasaran lentamente a lo largo del día, tanto era así, que David no había relajado ni un momento los hombros, pero tampoco se había apresurado a marcharse. Se vio dos partidos completos, y gracias a los cielos estuvo tan absorto en sus pensamientos que hizo caso omiso a los sugerentes chistes de Killian que, a medida que pasaba el tiempo, se alejaban del fútbol e iban con más mala intención. También se quedó a ver los comentarios de después del partido y luego las noticias, y no se le ocurrió moverse hasta que Seth le recordó la hora.

—¿No dejarás tirados a mi madre y a Marco, no, David? Venga, Emma y los niños estarán aquí mañana. Vamos a pillar algo de manduca, ¿eh?

Había quedado bien claro en los ojos de David que no se fiaba para nada de la afirmación de Seth, pero dejó que le precediera al salir. La duda seguía presente cuando se detuvo. Las nubes iban menguando y la lluvia había desaparecido. Al parecer, el sol haría justo su aparición para ponerse.

—Graham me dijo que os ibais por mí —masculló al salir.

—No quería hacer eso si había alguna manera de evitarlo. Ése es el motivo por el que aún estamos aquí.

—Me dijo que podríais quedaros un poco más sólo si soy capaz de resistirlo y mantengo la boca cerrada.

—Sí, pero no puedo prometerte que no tengamos que irnos en otra ocasión, papá. Es bastante complicado.

—No necesito saberlo —me recordó.

—Vale.

—Entonces, ¿me visitarás si tenéis que marcharos?

—Te lo prometo, papá. Ahora que ya sabes lo suficiente, creo que esto puede funcionar. Me mantendré tan cerca como quieras.

Se mordió el labio durante medio segundo y después se inclinó con lentitud hacia mí, los brazos extendidos de forma cautelosa. Sostuve a los bebés con cuidado y el nos abrazo, contuve el aire lo más que pude.

—Pues mantente cerca de verdad, Emms —murmuró entre dientes—. Cerca de verdad.

—Te quiero, papá —susurré también entre dientes.

Él se estremeció y se aparto.

—Yo también te quiero, nena. Sea lo que sea lo que haya cambiado, eso sigue igual —tocó con un dedo la mejilla rosada de Henry y luego a de Hope—. Se te parecen muchísimo.

Mantuve mi expresión aparentemente despreocupada, y sólo comenté:

—Se parecen más a Regina, creo —vacilé, y después añadí—. Tienen nuestros rizos.

David comenzó a decir algo pero luego bufó.

—Mmm. Supongo que sí. Mmm, abuelo, mmm solo lo que necesite saber, sabía que Regina ocultaba algo —sacudió la cabeza con incredulidad—. ¿Podré cogerlos alguna vez?

Pestañeé de pura sorpresa y luego me recuperé. Después de considerarlo durante medio segundo y juzgar el aspecto de mis hijos, que estaban del todo dormidos, decidí que igual podía forzar mi suerte al límite, ya que las cosas parecían estar yendo tan bien…

—Toma —le dije y le pasé a Hope.

De forma automática creó una torpe cuna con los brazos y yo coloqué allí a Hope. La piel de mi padre no estaba tan caliente como la de la niña, pero hizo que me hormigueara la garganta al sentir cómo fluía el calor bajo la fina membrana. Allí donde mi piel rozó la suya, se le puso la carne de gallina.

No estaba segura de si era una reacción a la nueva temperatura de mi piel o algo totalmente psicológico. David beso la frente de Hope y luego me la devolvió y coloque a Henry en sus brazos, gruñó por lo bajo cuando sintió su peso.

—Están… bien fuertes.

Yo puse mala cara, porque para mí eran ligeros como una pluma, aunque quizá mi capacidad de medición no resultaba muy útil en este caso.

—Pero eso es estupendo —comentó David, al ver mi expresión. Y entonces murmuró para sus adentros—. Más les vale ser bien recios, rodeados de toda esta locura —meció los brazos lentamente, de un lado a otro—. Son los niños más bonitos que he visto en mi vida, incluyéndote a ti, nena. Lo siento, pero es la verdad.

—Ya sé que es así.

—Qué bebés más preciosos —repitió de nuevo, pero en este caso era algo más cercano a un arrullo que a otra cosa.

Lo vi en su rostro, pude observar cómo iba creciendo allí. David era igual de vulnerable a la magia que desprendían mis hijos que el resto de nosotros. Dos segundos en sus brazos y ya era suyo.

—¿Puedo volver mañana?

—Claro que sí, papá. Claro, estaremos aquí.

—Será mejor que sí —dijo con dureza, aunque la expresión de su rostro era dulce, mirando todavía a Henry —. Nos vemos mañana, pequeños.

—¡No, tú también, no!

—¿Qué?

—¿Quieres oír cuáles son sus segundos nombres?

—Claro que sí.

· Henry David y Hope Danielle —Aquella sonrisa de David que sembraba de arruguitas sus ojos me cogió con la guardia baja.

—Gracias, Emms.

—Gracias a ti, papá. Han cambiado tantas cosas y tan deprisa que a veces la cabeza no deja de darme vueltas. Si no te tuviera aquí conmigo, no sabría cómo mantenerme cerca de… la realidad —había estado a punto de decir «quien siempre he sido», pero eso era más información de la que él necesitaba.

El estómago de David gruñó.

—Ve a comer, papá. Estaremos aquí —y recordé entonces cómo se sentía uno al hacer esa primera e incómoda inmersión en la fantasía, una sensación de que todo podría desaparecer a la luz del sol cuando sale.

David asintió y después me devolvió a Henry a regañadientes. Echó una ojeada a la casa a mis espaldas y sus ojos se disgustaron durante un minuto al pasear la mirada por el gran salón.

Todo el mundo estaba allí aún, además de Leah y Graham, al que escuché haciendo una incursión en el frigorífico de la cocina. Ruby estaba repantigada en el último escalón de la escalera, con la cabeza de Jefferson en su regazo; Henry tenía la suya inclinada sobre un grueso libro que había apoyado en los muslos; Cora tarareaba para sus adentros, dibujando en un cuaderno de notas, mientras que Zelena y Killian ponían los cimientos de una casa de naipes monumental bajo las escaleras. Regina se había instalado en su piano y tocaba algo muy bajito para ella. No había evidencia alguna de que el día estuviera tocando a su fin, de que fuera hora de comer o de comenzar la preparación de las actividades apropiadas para el final de un día. Algo intangible había cambiado en la atmósfera. Los Mills no estaban intentando parecer humanos con tanto interés como de costumbre, y aunque esa charada se había relajado muy poco, fue suficiente para que David sintiera la diferencia.

Se estremeció, sacudió la cabeza y suspiró.

—Nos vemos mañana, Emma —luego puso una cara rara y añadió—. Quería decirte que… no es que no tengas buen… aspecto. Creo que podré acostumbrarme.

—Gracias, papá.

David asintió y caminó pensativo hacia su coche. Le observé mientras conducía, alejándose. Y no fue hasta que sentí que las cubiertas del coche abordaban la autopista cuando me di cuenta de que lo había conseguido. Había logrado pasar todo el día sin herir a David. Todo yo sólita. ¡Quién decía que yo no tenía un superpoder!

Parecía demasiado bueno para ser cierto. ¿Es que acaso iba a poder tener a mi nueva familia y retener algo de la anterior? Y yo que había pensado que el día de ayer había sido perfecto.

—Guau —susurré. Pestañeé y sentí cómo se disolvía el tercer par de lentillas.

El sonido del piano se detuvo de repente, los brazos de Regina envolvieron mi cintura, y su barbilla se apoyó en mi hombro.

—Me has quitado la palabra de la boca.

—¡Regina, lo he conseguido!

—Claro que sí. Eres increíble. Toda esa preocupación por convertirte en una neófita y resulta que todo sale a la perfección —se echó a reír quedamente.

—Yo ni siquiera estoy seguro de que sea de verdad un vampiro, así que mucho menos uno reciente —intervino Killian desde las escaleras—. Es demasiado comedida.

Volvieron a resonar en mis oídos todos los comentarios embarazosos que había hecho delante de mi padre y es probable que fuera buena idea el que continuara con los niños en brazos. Pero fui incapaz de controlar del todo mi reacción, así que le rugí entre dientes.

—Uy, qué susto —se rió Killian.

Yo siseé y los bebés se removieron. Pestañearon varias veces, luego miraron alrededor, con la expresión llena de confusión. Olisquearon y luego Hope alzó la mano hasta mi rostro.

—David volverá mañana —le aseguré.

—Excelente —replicó Killian, y esta vez Zelena se echó a reír con él.

—No es que hayas estado precisamente brillante, Killian —replicó Regina con resentimiento, extendiendo las manos para que le diera a los niños. Ella me guiñó un ojo cuando yo vacilé y, con una cierta confusión por mi parte, se los entregué.

—¿Qué quieres decir? —exigió Killian.

—¿No te parece un poco torpe por tu parte hacer enojar al vampiro más fuerte que hay en la casa?

Killian echó la cabeza hacia atrás y bufó.

—¡Venga ya, por favor!

—Emma —murmuró Regina para mí mientras Killian escuchaba de cerca—, ¿te acuerdas de que hace unos cuantos meses te pedí que me hicieras un favor cuando fueras inmortal?

Esto hizo sonar unas lejanas campanas en mi mente. Buceé en aquellas borrosas conversaciones humanas. Un momento más tarde, recordé y exclamé con un jadeo:

—¡Oh!

Ruby gorjeó una larga carcajada y Graham asomó la cabeza por la esquina, con la boca llena de comida.

—¿Qué? —gruñó Killian.

—¿De verdad? —le pregunté a Regina.

—Confía en mí —replicó ella.

Yo inhalé un gran trago de aire.

—Killian, ¿qué te parece si hacemos una pequeña apuesta? Se puso de pie en un instante.

—Formidable. Vamos allá.

Me mordí el labio un segundo. Es que él era tan enorme…

—Claro, a menos que tengas miedo… —sugirió él.

Cuadré los hombros.

—Te echo un pulso en la mesa del comedor. Ahora mismo.

La sonrisa de Killian se extendió a todo lo ancho de su cara.

—Esto, Emma… —se apresuró a intervenir Ruby—. Creo que a Cora le gusta mucho esa mesa. Es de anticuario.

—Gracias —replicó Cora, articulando la palabra con los labios.

—Sin problemas —repuso Killian con una sonrisa resplandeciente—. Vamos por aquí, Emma Le seguí por la puerta trasera hacia el garaje y escuché cómo todos los demás caminaban a nuestra espalda. Había una gran roca de granito erguida entre un amontonamiento de piedras, al lado del río, y ése era el claro objetivo de Killian. Aunque la roca era algo redondeada e irregular, serviría para la ocasión.

Killian colocó su codo sobre la roca y me hizo gestos con la otra mano para que avanzara.

Me puse nerviosa cuando observé contraerse los gruesos músculos de su brazo, pero mantuve una expresión indiferente. Regina me había prometido que sería la más fuerte de todos al menos durante una temporada, y parecía muy confiada en esa idea. Además yo me sentía muy fuerte, pero ¿tan fuerte?, me pregunté al mirar los bíceps de Killian. Sin embargo, yo ni siquiera tenía dos días, y eso debía de contar algo, aunque claro, conmigo nada estaba resultando normal. Quizá yo no fuera tan fuerte como cualquier otro neonato y por eso me resultaba tan fácil conservar el control.

Intenté mantener una fachada de despreocupación cuando puse también mi codo sobre la piedra.

—Vale, Killian. Si gano, no volverás a hablar de mi vida sexual con nadie, ni siquiera con Zel. Ninguna alusión, ni indirectas, ni nada.

Entrecerró los ojos.

—Trato hecho, pero si gano yo, las cosas se te van a poner bastante peor.

Oyó cómo de repente se detenía mi respiración y sonrió con verdadera maldad. No había ningún farol en sus ojos.

—¿Te vas a echar para atrás tan fácilmente, hermanita? —me provocó—. No hay mucho de salvaje en ti, ¿eh? Te apuesto a que no le habéis hecho a esa cabaña ni un arañazo —se echó a reír—. ¿No te ha contado Regina cuántas casas echamos abajo Zel y yo?

Apreté los dientes y agarré su mano gigantesca.

—Una, dos…

—Tres —gruñó él y empujó contra mi mano. No ocurrió nada.

Oh, bueno podía sentir la presión que estaba ejerciendo. Mi nuevo cerebro parecía bastante bueno en toda clase de cálculos, de modo que era capaz de decir con toda claridad que si no hubiera encontrado algún tipo de resistencia, su mano se habría empotrado contra la roca sin ninguna dificultad. La presión se incrementó y me pregunté al azar si un camión de cemento que fuera a sesenta kilómetros por hora en una cuesta en pendiente podría haber tenido la misma fuerza. ¿Y si fueran setenta y cinco? ¿Y ochenta? Probablemente era más. Pero no lo suficiente para moverme. Su mano empujaba la mía con una fuerza demoledora, pero no me resultaba nada desagradable. De una manera extraña, incluso me sentía bien. Había tenido tanto cuidado con todo desde la última vez que me desperté, intentando con tanto interés no romper nada, que esto era un raro alivio para mis músculos, el permitir que la fuerza fluyera con naturalidad en vez de estar reteniéndola todo el tiempo.

Killian gruñó, se le arrugó la frente y todo su cuerpo se tensó en una línea rígida contra el obstáculo de mi mano inmóvil. Le dejé sudar, en sentido figurado, durante un momento mientras disfrutaba de aquella fuerza enloquecida que corría por mi brazo.

Fue cuestión de unos cuantos segundos, hasta que me aburrí un poco. Entonces flexioné el brazo y Killian perdió unos centímetros. Me eché a reír. Él rugió con aspereza entre los dientes.

—Sólo se trata de que mantengas la boca cerrada —le recordé y entonces aplasté su mano contra la roca. Un crujido ensordecedor lanzó su eco entre los árboles.

La roca se estremeció y un trozo, aproximadamente de un octavo de su masa, se desprendió a lo largo de una invisible línea de fractura y cayó con gran ruido contra el suelo. De hecho, cayó sobre el pie de Killian y yo me reí para mis adentros. También escuché las risas sofocadas de Regina, Leah y Graham.

Killian pateó los trozos de roca hacia el río, que partieron en dos un joven arce antes de caer con un golpe sordo contra la base de un gran abeto, donde rebotaron y fueron a parar a otro árbol.

—Quiero la revancha. Mañana.

—No va a desaparecer tan rápido —le dije—, quizá sería mejor que te diera un mes.

Killian rugió, mostrando los dientes.

—Mañana.

—Eh, eh, lo que te haga feliz, hermano.

Cuando se volvió para marcharse a grandes zancadas, Killian golpeó el granito, produciendo una gran avalancha de fragmentos y polvo. Fue una especie de rabieta infantil.

Fascinada por la prueba innegable de que era más fuerte que el vampiro más fuerte que había conocido en mi vida, coloqué la mano con los dedos bien extendidos contra la roca. Entonces apreté los dedos lentamente, aplastando más que excavando y la consistencia me recordó a la del queso duro. Terminé con un montón de grava en las manos.

—Guay —mascullé.

Con una sonrisa ensanchándose en mi rostro, giré en una vuelta repentina y le di un golpe de kárate a la roca con el borde de la mano. La piedra chirrió, y crujió y con una gran humareda de polvo, se partió en dos.

Empecé a reírme.

No presté atención a las otras risitas que se oían a mis espaldas cuando golpeé y pateé el resto de la gran roca hasta que la reduje a fragmentos. Me lo estaba pasando genial, sin dejar de reírme todo el rato. No fue hasta que escuché las últimas risitas, como un repique muy agudo de campanitas, cuando dejé mi juego de tontos.

—¿Acaban ellos de reírse?

Todo el mundo se había quedado contemplando a Hope y Henry con la misma mirada estupefacta que debía de haber en mi rostro.

—Sí —dijo Regina.

—Pero ¿quién no se estaba riendo? —masculló Graham, poniendo los ojos en blanco.

—Dime que tú no te dejaste ir un poco en tu primera carrera, perro —bromeó Regina, pero sin que hubiera un antagonismo real en su voz.

—Eso es distinto —repuso Graham, y observé sorprendida cómo le daba un puñetazo amistoso en el hombro a Regina—. Emma se supone que es una mujer madura, casada, madre y todo eso. ¿No debería mantener una actitud más digna?

Hope y Henry pusieron mala cara y tocaron el rostro de Regina.

—¿Qué quieren? —pregunté.

—Menos dignidad —replicó Regina con una gran sonrisa—. Se lo han pasado, por menos, tan bien como yo viendo cómo disfrutabas.

—¿Es que tengo un aspecto divertido? —le pregunté a Hope y Henry, apresurándome en su dirección y tendiéndole mis brazos del mismo modo que ellos los tendían hacia mí. Los saqué del regazo de Regina y les ofrecí dos trozos de roca que tenía en la mano—. ¿Quieren probar?

Ellos sonrieron con aquella reluciente sonrisa suya y cogieron las piedra con las dos manos. Apretaron y se formó una pequeña arruga entre sus cejas mientras se concentraban. Se escuchó un pequeño sonido, como un chirrido y vimos un poco de polvo. Ellos pusieron mala cara y me devolvieron el trozo.

—Yo lo haré —les dije, y aplasté la piedra hasta reducirla a polvo.

Ellos palmotearon y rieron, y ese sonido delicioso hizo que todos nos uniéramos a ellos.

El sol salió repentinamente entre las nubes, lanzando unos largos rayos de color oro y rubí sobre nosotros, y de inmediato me perdí en la belleza de mi piel a la luz del crepúsculo, asombrada por el espectáculo.

Los bebes acariciaron las suaves facetas brillantes como un diamante y después pusieron sus brazos al lado del mío. Su piel tenía una tenue luminosidad, sutil y misteriosa. Nada que los obligara a recluirse en pleno día soleado como las refulgentes chispas que yo despedía. Me tocaron el rostro, pensando en la diferencia que había entre nosotros y sintiéndose contrariados.

—Pero ustedes son los más hermosos —les aseguré.

—Pues yo no estoy segura de estar de acuerdo con eso —replicó Regina y cuando me volví para responderle, el reflejo de la luz del sol en su rostro me aturdió tanto que me quedé en silencio.

Graham y Leah se habían puesto la mano sobre los ojos, simulando protegerlos del fulgor. —Emma la friqui— comentó Graham.

—Qué criatura tan sorprendente es —murmuró Regina, como si estuviera de acuerdo con él, aunque tomándose el comentario de Graham como un cumplido. Estaba tan deslumbrante como deslumbrada.

Era un sentimiento extraño para mí, aunque supongo que no sorprendente, puesto que todo lo sentía ahora de forma rara. Lo extraño era que lo sentía como algo natural en cierto sentido.

Cuando era humana, nunca había sido la mejor en nada. Llevaba muy bien mis relaciones con Mary Margaret, pero probablemente habría mucha gente que lo hubiera hecho mejor que yo. De hecho, Phil parecía estar haciéndolo mejor que bien. Era una buena estudiante, pero nunca la mejor de la clase, y obviamente, no se podía contar conmigo para nada referido al deporte. Tampoco tenía ningún talento particular en lo artístico ni en lo musical. Nadie me dio nunca un trofeo por leer libros y después de dieciocho años de mediocridad, estaba más que acostumbrada a ser una medianía. Me di cuenta en ese momento de que hacía mucho tiempo que me había resignado a no brillar jamás en nada. Hacía lo mejor que podía con lo que tenía, pero sin terminar de encajar nunca del todo en mi propio mundo.

Sin embargo, esto era completamente distinto. Me había vuelto algo sorprendente, tanto para ellos como para mí misma. Era como si hubiera nacido para ser vampiro. Esa idea me hizo querer echarme a reír, pero también me dieron ganas de cantar. Había encontrado mi verdadero lugar en el mundo, el lugar en el que por fin encajaba, el lugar donde podía brillar.