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CAPITULO 18
Respirar a través de ti
(Albert)
Londres, ocho años antes
Tenía veintitrés años y vivía en un apartamento compartido con dos compañeros en Camden Town. Acabábamos de inaugurar nuestra pequeña empresa de seguridad informática, cuya primera sede había sido un garaje cutre en los bajos del edificio donde residía. Mis padres celebraban sus bodas de plata, y yo conseguí regalarles, gastándome el primer sueldo que obtuve cuando me traspasaron al Middlesex, dos entradas para la Royal Opera House. En el último momento, mi padre enfermó y mi madre me pidió que la acompañara. Ni siquiera tenía un traje decente para la ocasión, tuvo que prestármelo Neal. Me sentí incómodo, como si limitara mis movimientos, no obstante, sonreí cuando mi madre apareció en el hall del hotel con un vestido de noche negro y una estola de piel rodeándola. Pensé que aquélla iba a ser una de las noches más largas de mi vida y, en parte, no me equivoqué.
Cuando comenzó a sonar la Suite para violonchelo n.º 1 en sol mayor de Bach, quedé preso de la música, de la elegante escenografía por su sencillez, un único foco iluminando a la figura de la chelista, y creí que me ahogaba. Ella era así. Candy era aquella música, transmitía tanta pasión como dramatismo, se contenía para explosionar en un grave sonido que rasgaba mi piel como si fueran sus manos las que me acariciaran. Me transportó hasta lugares inimaginables en mi mundo interior, donde sólo ella y yo podíamos habitar, donde sólo ella y yo podíamos construir y derribar, legislar y derrocar, donde sólo podíamos respirar el mismo aire.
Cerré los ojos con fuerza temiendo que las lágrimas fueran a delatar mi dolor. Apreté los puños y mi corazón estalló como si hubiera estado esperando el momento exacto para hacerme saber que existía. Me levanté bruscamente y tuve que salir a la carrera.
Me detuve en la escalera de la entrada, resollando, sin que hubiese suficiente aire en la atmósfera para aplacarme. Doblándome sobre mí mismo, estuve a punto de vomitar. Ella estaba dentro de mí, siempre había estado ahí. Y no sabía cómo deshacerme de su influencia. No quería hacerlo. Habría dado lo que me quedaba de vida por volver a ver sus ojos verdes brillando por el deseo que mis besos le provocaban, por tocar una vez más su piel suave y olerla, oler su fragancia estival a libertad.
Pero no necesitaba hacerlo, porque ella vivía en mi interior.
Mi madre me sorprendió rodeándome con su delgado brazo los hombros. Me erguí en toda mi estatura y parpadeé saliendo de mi ensueño.
—¿Estás bien, Bert?
Su tono traslucía la intransigente preocupación maternal y me esforcé por sonreír, aunque apenas pude componer una mueca.
—Caminemos, nos vendrá bien a los dos. Dentro hacía demasiado calor —propuso con voz dulce.
Metí las manos en los bolsillos del pantalón y me encorvé ligeramente. Ella me dio un pequeño empujón en la base de la espalda para que me irguiera, y lo hice de forma mecánica. Al poco rato, rodeados por la extraña soledad de una noche en el centro de Londres, donde todos tienen un lugar definido, volvió a hablar.
—¿Es por esa chica? Candy, ¿no?
—Ni siquiera sé dónde está en este momento —murmuré, más para mí mismo que para nadie más.
Nadie tenía derecho a conocer nuestra historia, nuestras palabras...; nuestro amor no debía ser juzgado por nadie más que por nosotros mismos.
—Está en Laos.
La miré con alto grado de sorpresa.
—Yo también hablo a veces con su madre. Dice que está bien, que allí llueve mucho y hace calor. Les envió una foto, si quieres puedo mostrártela.
—No, no quiero —respondí en un acto de rebeldía.
—Ella tampoco parece muy feliz.
—Debería serlo, eligió esa vida cuando podía elegirme a mí.
—¿Qué sucedió, Bert?
—No lo sé, si lo supiera...
No quería hablar de ella, no quería que conversaciones posteriores la desmitificaran para mí. Ella lo era todo, no deseaba que fuera nada para nadie más.
—Acabaréis juntos —predijo.
—¿En serio?
La miré con palpable incredulidad.
—Sí, se alejó por un motivo concreto que desconozco si ella misma sabe y, cuando se dé cuenta de su error, regresará a ti. Pero no intentes ir a buscarla, eso hará que se revuelva y escape de nuevo.
Apreté los puños con furia y caminé en silencio hasta llegar a su hotel, donde la dejé con la promesa de que la próxima vez que me visitaran no me comportaría como un niño.
—No eres un niño. —Ella me acarició el rostro—. Eres un hombre enamorado, aunque, a veces, ambos conceptos tienden a confundirse.
Ésa fue su despedida. Cogí el metro hasta Camden y me metí en el primer pub que vi abierto. Bebí hasta casi la inconsciencia y me llevé a casa a una mujer de ojos verdes. Le hice el amor con ferocidad, buscando a una persona que no encontré. Ella me respondió en forma de arañazos en la espalda que descubrí a la mañana siguiente, cuando desperté y comprobé que tenía una nota bajo mi teléfono móvil en la que aseguraba que me había dejado su número memorizado y me daba las gracias porque nunca la habían follado así. Me levanté trastabillando hasta el baño y vomité.
En mi cerebro seguía sonando la Suite para violonchelo n.º 1 en sol mayor de Bach.
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Londres, en la actualidad
Le cogí la mano fría y delgada entre las mías, intentando darle un calor que parecía evaporarse de su cuerpo. Tenía una palidez espectral y respiraba jadeando, aun teniendo la mascarilla de oxígeno sobre su boca. Sujeté la camilla con fuerza en una curva pronunciada y maldije en silencio. Presentí que los dos éramos objeto de algún sacrificio o ritual orquestado para evitar que pudiéramos estar juntos.
Había malvivido lejos de ella nueve años.
Si ahora la perdía, simplemente no soportaría estar vivo.
CONTINUARA
