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CAPITULO 19
La verdad
Desperté sintiendo un profundo malestar, estaba mareada y mi cuerpo parecía no pertenecerme. Notaba una gran presión en la cabeza y el cuello inmovilizado. Un movimiento brusco provocó un zarandeo cruel, que fue detenido por alguien que presentí que estaba junto a mí. Seguía sin poder ver y enfocar, y las cuencas de mis ojos se habían convertido en un pozo negro del que no lograba salir. Él fue mi primer pensamiento consciente.
—¡Albert! —grité, aunque apenas fue un balbuceo.
Sentí tal terror que era incapaz de focalizar el dolor, evitando con ello la certeza de que estaba completamente inmóvil.
—Estoy aquí, Candy. Quédate quieta. Tranquila, estoy aquí—pronunció con voz profunda.
Sus palabras me serenaron, arrastrándome hacia un lugar vacío de temor y carente de sufrimiento. Me apretó la mano con fuerza y, en un reflejo involuntario, quise levantar la otra para tocarlo.
No lo logré, y eso hizo que saliera a gran velocidad de la apacible estancia mental en la que me encontraba. Oí voces en inglés y, de forma absurda, eso fue lo que más me aterró.
—No entiendo nada, Albert, no los entiendo...
No era mi voz, mi voz ya no tenía sonido. Únicamente logré pensarlo sin que pudiera conferirles valor a las frases.
—Candy —su voz era ahora un susurro lejano que se filtró en mi oído, calmándome—, no te dejaré sola...
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Levanté los párpados con lentitud. El contorno se mostró borroso frente a mí, hasta que fueron diluyéndose las sombras para comprobar que estaba en una habitación de hospital, y lo único que mis ojos percibían era el techo parcialmente iluminado. No podía saber el tiempo que había transcurrido, ni las secuelas a las que me iba a enfrentar. El pánico me paralizó y el corazón disparó una alarma al resto de mis extremidades. Exactamente la misma sensación que tuve cuando desperté del coma tras el accidente. Cerré los ojos y concentré toda aquella fuerza en un único movimiento. Mi mano se levantó apenas unos centímetros sobre el colchón y una lágrima de mudo agradecimiento se deslizó de mi ojo hasta perderse en la maraña de mis cabellos enredados. Después, intenté girar un pie y también lo conseguí.
Abrí los ojos despacio, acostumbrándome a la levedad de mi cuerpo, y lo sentí a mi lado antes de verlo. Los sonidos alrededor se acrecentaron, como si despertara de un largo aletargamiento.
El oxígeno y el marcado ritmo de la máquina que indicaba las constantes vitales. Y algo discordante, externo, una melodía suave que me reconfortaba. Surgía de unos auriculares abandonados sobre la cama.
—Estás aquí —pronuncié con dificultad.
Una silla crujió y su rostro preocupado se inclinó sobre mí.
—Siempre lo estaré —murmuró con la voz rota.
Dejé que las lágrimas fluyeran sin freno, mirándolo con fijeza, intentando vanamente memorizar para la eternidad su imagen. Su aliento cálido se cernió sobre mi mejilla y sus labios besaron mi piel absorbiendo mi dolor salado.
—Voy a avisar al médico —dijo recuperando la compostura.
—No —musité, y el movimiento de su mano hacia el timbre se detuvo—, espera sólo un momento.
Albert me miró extrañado, pero respetó mi deseo.
—La Suite para violonchelo n.º 1 en sol mayor de Bach. —Sonreí levemente al decirlo, y él abrió los ojos sorprendido—. Cuando estuve en Laos, enfermé y tuve que pasar dos semanas en un hospital. Había un médico alemán que tenía un viejo tocadiscos. Aterraba a las enfermeras y a las voluntarias, pero siempre se mostró amable con los enfermos. Todas las tardes, después de la cena, nos ponía la misma música. Yo cerraba los ojos y te recordaba. Esa melodía eras tú, oscura y a la vez profunda, tímida y, sin embargo, luminosa. Un tapiz de claroscuros que tamizaban la fiebre. Eras mío, te respiraba, te sentía, te tocaba a través del chelo. Cuando me dormía, te amaba, y al despertar me esforzaba por odiarte. Pero todo lo hice por sobrevivir, porque supe que, si tú no me amabas, mi vida ya no tendría sentido.
Terminé de hablar con la voz ronca, sintiendo que la garganta había soportado un esfuerzo sobrehumano.
—Candy. —Su voz se quebró y lo miré interrogante—. Candy —repitió forzando las palabras—. Siempre te amé, siempre te respiré, siempre te toqué, siempre viviste dentro de mí.
Me besó con suavidad en los labios y suspiró conteniéndose.
—¿Por qué no dijiste nada? —inquirió con tristeza.
—Quería ganar la apuesta del año.
Él meneó la cabeza, totalmente consternado.
—Ahora daría lo que fuera por perderla —afirmé, y yo misma apreté el botón del timbre para avisar al control de enfermería.
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Albert ejerció de traductor del pequeño discurso del médico. Por lo que me explicó, había sido un aviso contundente, el temblor previo al verdadero terremoto. Me iban a tener en observación unos días hasta que bajara la inflamación y, después, podría irme a casa con indicaciones precisas de tomármelo todo más en serio de lo que lo había hecho. No fue necesario, pensaba hacerlo, sabía que estaba apurando mi tiempo y no quería desperdiciarlo.
Cuando salió el médico, entró mi hermano. Miré a Albert enfadado y él se encogió de hombros.
—Tiene derecho a saberlo —se justificó.
Tom se quedó parado de pie junto a la puerta, con miedo a acercarse. Me pareció que sus ojos oscuros brillaban de una forma especial, como si contuviera las lágrimas, sin embargo, al hablar, su voz denotaba firmeza.
—Cuando te vi hace dos años envuelta en vendas en la UCI del hospital, te dije una cosa.
—Obviamente, no lo recuerdo —contesté quitándole importancia.
—Ahora ya no podría decirlo, Candy, y eso es lo que me da miedo—continuó él.
Cerré los ojos y me mordí el labio, entendiendo el significado de aquella frase. Moví la mano y lo llamé. Él se movió con lentitud y arrastró una silla para situarse al otro lado de la cama. Cogió con extremo cuidado mi mano vendada con la vía y la besó.
—No me hagas esto, enana, no podría soportarlo.
—Siempre me has dicho que he sido para ti como un grano en el culo —repliqué con una media sonrisa.
—Pero eres mi grano en el culo. No lo olvides —señaló.
CONTINUARA
