Henry y Regina no fueron capaces de interceptar a Ingrid antes de que su rastro desapareciera en el estrecho. Nadaron hasta el otro lado para ver si se había marchado en línea recta, pero no había ninguna pista suya en kilómetros fuera cual fuese la dirección que se tomara en la playa que daba al este.

Todo había sido por mi culpa. Ella había venido para hacer las paces con los Mills, tal y como Ruby había visto, sólo para llenarse de ira al ver mi camaradería con Graham y Leah. Desearía haberla visto antes de que mi amigo el lobo entrara en fase. También desearía haber ido a cazar a cualquier otro lado.

No había mucho que se pudiera hacer. Henry había llamado a Elsa con aquellas noticias tan decepcionantes. Elsa y Mal no habían visto a Ingrid desde que decidieron ir a mi boda y estaban consternadas porque hubiera llegado tan cerca sin volver a casa. Para ellas no era fácil haber perdido a su hermana, por muy temporal que fuera la separación. Me pregunté si esto les traería dolorosos recuerdos de cuando habían perdido a su madre hacía ya tantos siglos. Ruby pudo captar algunos atisbos del inmediato futuro de Indrid, aunque nada demasiado concreto. No iba a regresar a Denali, y eso era todo lo que Ruby podía decir. La imagen se mostraba nebulosa. Casi todo cuanto había podido entrever era que Ingrid estaba visiblemente alterada y que vagaba con una expresión devastada en el rostro por tierras salvajes barridas por la nieve… ¿Hacia el norte?, ¿al este…? No había tomado ninguna decisión definida sobre qué hacer más allá de este vagabundeo entristecido y sin dirección precisa.

Los días pasaron y aunque por supuesto no olvidé nada, Ingrid y su dolor se trasladaron al fondo de mi mente. Había cosas más importantes que pensar en esos momentos. Me marcharía a Italia en pocos días y todos partiríamos a Sudamérica en cuanto regresara. Ya habíamos repasado cientos de veces hasta el menor de los detalles. Comenzaríamos con los ticunas, rastreando sus leyendas hasta donde pudiéramos llegar, lo más cerca posible de sus fuentes. Ahora que se había aceptado que Graham y Leah vendrían con nosotros, ellos habían adquirido un papel importante en los planes, ya que no parecía probable que la gente que creía en los vampiros quisiera contarnos a nosotros sus historias. Si los ticunas nos llevaban a un callejón sin salida, había otras tribus relacionadas con ellos en la zona a las que investigar. Henry tenía algunos viejos amigos en el Amazonas; si éramos capaces de encontrarlos, podrían tener también información para nosotros. O al menos alguna sugerencia sobre dónde ir para buscar respuestas. Quedaban tres vampiros en el Amazonas, y era poco probable que ninguno de ellos guardara relación alguna con las leyendas de vampiros híbridos. No había forma de saber adonde nos llevaría nuestra búsqueda.

No le había hablado todavía a David del largo viaje que íbamos a abordar y le daba vueltas a la manera más adecuada de decírselo mientras continuaba la discusión entre Regina y Henry.

¿Cuál sería la mejor manera posible de contarle las novedades? Me quedé mirando a mis hijos. Estaba acurrucados juntos en el sofá, con la respiración más lenta debido al sueño profundo y los rizos de Hope enredados de forma desordenada en torno a su rostro y al de su hermano. Por lo general, Regina y yo los llevábamos a nuestra cabaña para acostarlos, pero esa noche, al estar ella y Henry enfrascados en sus planes, nos habíamos quedado con la familia.

Mientras tanto, Killian y Jefferson se mostraban emocionados con la perspectiva de explorar nuevas posibilidades de caza. El Amazonas ofrecía un cambio respecto a nuestras presas habituales. Jaguares y panteras, por ejemplo. Killian tenía el capricho de luchar contra una anaconda. Cora y Zelena estaban planeando qué meterían en las maletas. Graham y Leah había salido con la manada de Sam, preparando las cosas para su propia ausencia.

Ruby se movió lentamente —para ella— alrededor de la gran habitación, arreglando de modo innecesario aquel espacio ya inmaculado, enderezando las guirnaldas colgadas por Cora a la perfección. Estaba recolocando los jarrones en el centro exacto del aparador justo en ese momento. Pude observar por el modo en que cambiaba su rostro —ahora consciente, luego ausente, consciente de nuevo— que estaba escaneando el futuro. Yo suponía que intentaba ver, a través de los puntos ciegos que los licántropos y los niños provocaban en sus visiones, lo que nos esperaba en Sudamérica. Hasta que Jefferson dijo: «Déjalo ya, Ruby, ella no es cosa nuestra», y una nube de serenidad se extendió silenciosa e invisiblemente a través de la habitación. Ruby debía de haberse estado preocupando otra vez por Indrid.

Le sacó la lengua a Jefferson y después elevó un jarrón de cristal que estaba lleno de rosas blancas y rojas y se volvió hacia la cocina. Una de las flores blancas había comenzado a marchitarse, apenas una mínima traza, pero aquella noche Ruby parecía querer alcanzar la perfección para distraerse de su falta de visiones.

Me quedé mirando de nuevo a los niños, así que no lo vi cuando el jarrón se deslizó de las manos de Ruby. Sólo escuché el susurro del aire al rozar el cristal y mis ojos se elevaron a tiempo de ver cómo el florero se destrozaba contra el suelo de mármol de la cocina en diez mil fragmentos diamantinos.

Todos nos quedamos inmóviles mientras los trozos saltaban y se dispersaban en todas direcciones con un tintineo desagradable, los ojos fijos en la espalda de Ruby.

Mi primer pensamiento ilógico fue que nos estaba gastando alguna broma. Porque no había forma alguna de que pudiera haber dejado caer el jarrón por accidente. Me habría lanzado a través de la habitación para cogerlo yo misma, y con tiempo suficiente, si no hubiera supuesto que ella lo haría. Además, ¿cómo era posible que se le hubiera deslizado entre los dedos? Esos dedos perfectamente seguros…

Nunca había visto a ningún vampiro dejar caer nada por accidente. Jamás. Y después Ruby se volvió para enfrentarse a nosotros, con un movimiento tan rápido que casi no existió.

Sus ojos estaban en parte aquí y en parte perdidos en el futuro, dilatados, fijos, llenando de tal modo su rostro delgado que parecía que se le iban a salir. Mirarla a los ojos era como asomarse desde el interior de una tumba hacia fuera. Me quedé sumida en el terror, la desesperación y la agonía de aquella mirada.

Escuché jadear a Regina, un sonido roto, medio ahogado.

—¿Qué? —rugió Jefferson, saltando a su lado en un movimiento borroso por su rapidez, aplastando los cristales rotos bajo sus pies. La agarró de los hombros y la sacudió con fuerza. Ella pareció balancearse en silencio entre sus manos—. ¿Qué es, Ruby?

Killian se movió en mi visión periférica, con los dientes al descubierto mientras sus ojos se precipitaban hacia la ventana anticipando un ataque.

No hubo más que silencio procedente de Cora, Henry y Zelena, que se quedaron completamente paralizados, al igual que yo.

Jefferson sacudió de nuevo a Ruby.

—¿Qué pasa?

—Vienen a por nosotros —susurraron Ruby y Regina la vez, sincronizadas a la perfección—, y acuden todos.

Silencio.

Por una vez, fui la más rápida en comprender, porque algo en sus palabras disparó mi propia visión. Era sólo el recuerdo distante de un sueño, tenue, transparente, inconcreto, como si estuviera mirando a través de una gasa espesa… En mi mente, vi la línea negra avanzar hacia mí, el fantasma de mi pesadilla humana casi olvidada. No pude distinguir el reflejo de sus ojos color rubí en esa imagen que se percibía tras un velo, ni el brillo de sus agudos dientes húmedos, pero sabía que estaban allí…

Más fuerte que el recuerdo de la pesadilla llegó la evocación del sentimiento, la necesidad desgarradora de proteger aquellas cosas preciosa que tenía a mis espaldas.

Quería coger a mis hijos en mis brazos, esconderlos detrás de mi piel y mi pelo, hacerlos invisibles, pero ni siquiera logré darme la vuelta para mirarlos, porque más que en piedra, parecía haberme convertido en hielo. Por primera vez desde que había renacido como vampiro, sentí frío.

Apenas pude escuchar la confirmación de mis miedos. No lo necesitaba, porque yo ya lo sabía.

—Los Vulturis —gimió Ruby.

—Vienen todos —gimió Regina casi al mismo tiempo.

—¿Por qué? —susurró Ruby para sus adentros—. ¿Cómo?

—¿Cuándo? —preguntó Regina con un hilo de voz.

—¿Por qué? —inquirió Cora a su vez en un eco.

—¿Cuándo? —insistió Jefferson con un gruñido que sonó igual que el hielo al astillarse.

Los ojos de Ruby no pestañearon, pero fue como si un velo los hubiera cubierto, quedaron completamente inexpresivos. Sólo su boca mantenía aquella expresión horrorizada.

—No tardarán mucho —replicaron Ruby y mí esposa a la vez. Y luego mí cuñada habló sola—. Hay nieve en el bosque y en la ciudad. En poco más de un mes.

—¿Por qué? —Henry fue el que preguntó esta vez.

Cora contestó.

—Ha de haber una razón. Quizá si supiéramos…

—No tiene nada que ver con Emma —repuso Ruby con la voz cavernosa—. Vienen todos: Gold, Jekyll, Hyde, todos los miembros de su guardia, incluso sus esposas.

—Ellas nunca abandonan la torre —le contradijo Jefferson con voz monótona—. Jamás, ni siquiera durante los años de la rebelión del sur. Ni cuando los vampiros rumanos intentaron derrocarlos. Ni cuando fueron a cazar a los niños inmortales. Jamás.

—Pues ahora sí vienen —murmuró Regina.

—Pero ¿por qué? —repitió Henry de nuevo—. ¡No hemos hecho nada! Y si lo hemos hecho, ¿qué puede ser que justifique todo eso?

—Somos tantos —respondió Regina desanimada—, que querrán asegurarse de que… —no terminó la frase.

—¡Eso no explica la cuestión crucial! ¿Por qué?

Comprendí que yo sí conocía la respuesta a la pregunta de Henry, y que al mismo tiempo no la conocía. Mía hijos eran la razón, de eso estaba segura. De algún modo había sabido desde el mismísimo principio que vendrían a por ellos. Mi subconsciente me lo había advertido antes incluso de que me enterara de que los traería al mundo. Sin saber por qué, ahora me parecía que debíamos haber esperado este movimiento. Como si de alguna manera hubiera sabido desde siempre que los Vulturis tenían que venir a llevarse mi felicidad.

Pero aun así eso no respondía la pregunta.

—Ve hacia atrás, Ruby—le suplicó Jefferson—, busca lo que ha ocasionado esto, busca.

La interpelada sacudió lentamente la cabeza, con los hombros hundidos.

—Ha venido de la nada, Jeff. No les estaba buscando a ellos, ni siquiera a nosotros, sólo rastreaba a Ingrid. Ella no estaba donde yo esperaba que estuviera… —la voz de Ruby se desvaneció, con los ojos perdidos de nuevo. Se quedó mirando a la nada durante un segundo largo.

Y entonces alzó la cabeza con brusquedad, los ojos tan duros como el pedernal. Escuché cómo Regina contenía el aliento.

—Ella decidió dirigirse a ellos —nos informó Ruby—, Ingrid acudió a los Vulturis. Y entonces ellos resolvieron… Es como si la hubiesen estado esperando. Como si ya hubieran tomado la decisión, y sólo aguardaran por ella…

Se hizo el silencio de nuevo mientras digeríamos la información. ¿Qué les habría dicho Irina a los Vulturis que diera lugar a la visión atroz de Ruby?

—¿Podemos detenerla? —preguntó Jefferson.

—No hay forma. Ya casi ha llegado.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Henry, pero yo ya no prestaba atención a la discusión.

Estaba concentrada en la imagen que de un modo tan doloroso se enseñoreaba de mi mente.

Recordé a Indrid acuclillada en el acantilado, observando al acecho. ¿Qué era lo que había visto?

Un vampiro y un licántropo en términos de estrecha amistad. Me había concentrado en esa imagen, una que habría explicado de manera lógica su reacción. Pero eso no era todo lo que ella había visto.

También había visto a unos niños de belleza exquisita, saltando en medio de los copos de nieve, unos niños manifiestamente más que humanos…

Rememoré lo relativo a Ingrid y a las hermanas huérfanas… Henry había comentado que la pérdida de su madre a manos de la justicia de los Vulturis había convertido a Elsa, Mallory e Ingrid en unas puristas en lo tocante a las leyes.

Apenas un minuto antes, el propio Jefferson lo había dicho: «Ni cuando fueron a cazar a los niños inmortales…». Los niños inmortales… la ruina innombrable, el terrible tabú…

Teniendo en cuenta el pasado de Ingrid, ¿cómo podía ella entender lo que había visto aquel día en el pequeño claro? No había estado lo bastante cerca para haber oído latir el corazón de Hope y Henry, sentir el calor que irradiaban sus cuerpos. Por todo lo que ella sabía, sus mejillas sonrosadas podrían haber sido un mero truco por nuestra parte.

Después de todo, los Mills eran aliados de los hombres lobo. Desde el punto de vista de la vampira, quizá esto quería decir que no había nada de lo que no fuéramos capaces…

Ingrid, hundiendo sus manos en aquella inhóspita tierra nevada, no haciendo duelo por Facilier, después de todo, sino sabiendo que era su deber acabar con los Mills, conociendo lo que les ocurriría si lo hacía. Por lo que se ve, su conciencia había vencido sobre siglos de amistad.

Y la respuesta de los Vulturis a esta clase de infracción era automática, ya estaba decidido. Me volví y me arrojé sobre el cuerpo dormido de mis hijos, cubriéndolos con mi pelo, enterrando mi rostro entre ellos.

—Pensad en lo que ella vio aquella tarde —exclamé en voz baja, interrumpiendo lo que fuera que Killian había comenzado a decir—. ¿Qué le parecerían ellos a alguien que hubiera perdido a su madre debido a los niños inmortales?

Todos volvieron a quedar en silencio cuando comprendieron lo que yo había adivinado ya.

—Unos niños inmortales —susurró Henry.

Regina se arrodilló a mi lado y nos cubrió con su abrazo.

—Pero está equivocada —continué—, ellos no son como los otros niños. El crecimiento de ellos se había detenido, pero ellos son justo lo contrario. Ellos estaban fuera de control, pero mis hijos jamás ha hecho daño a David, Sue, ni les muestra cosas que puedan alterarles. Nuestros pequeños son capaces de controlarse, de hecho lo hacen bastante mejor que muchos adultos. No habría razón…

Continué parloteando a la espera de que alguien exhalara con alivio, confiando que aquella tensión helada que flotaba en la habitación se relajara cuando se dieran cuenta de que yo llevaba razón, pero la habitación sólo se volvía más fría cada vez. Incluso mi voz débil terminó por desvanecerse.

Nadie habló durante un buen rato.

Y entonces Regina susurró en mi pelo.

—Ésta no es la clase de crimen por la cual ellos hacen un juicio, amor —me dijo en voz baja—. Gold verá la prueba de Ingrid en sus pensamientos. Ellos vendrán a destruir, no a razonar.

—Pero están equivocados —insistí con terquedad.

—No esperarán a que se lo demostremos.

Su voz aún era tranquila, dulce, como terciopelo… y aun así el dolor y la desolación en el sonido se distinguían a la perfección. Su voz era como los ojos de Ruby antes, como el interior de una tumba.

—¿Y qué podemos hacer nosotros? —le exigí.

Sentía a nuestros pequeños tan cálidos y perfectos en mis brazos, soñando en paz. Me había preocupado tanto por la velocidad de crecimiento de los niños, de que sólo fuera a disfrutar de una década de vida… que ese miedo parecía ahora pura ironía.

Un poco menos de un mes…

Entonces, ¿ése era el límite? Yo había disfrutado de una felicidad mayor que la de mucha gente.

¿Acaso había alguna ley natural que exigiera cantidades iguales de felicidad y desesperación en el mundo? ¿Es que mi alegría había desequilibrado la balanza? ¿Eran cuatro meses todo lo que tendría?

Fue Killian el que respondió a mi pregunta retórica.

—Lucharemos —dijo con calma.

—No podemos ganar —gruñó Jefferson. Era capaz de imaginarme ahora el aspecto de su cara, y cómo su cuerpo se curvaría protectoramente en torno a Ruby.

—Bueno, tampoco podemos huir. No con Demetri alrededor —Killian hizo un ruido de disgusto, y supe de forma instintiva que no le molestaba la idea de enfrentarse al rastreador de los Vulturis, sino la de escapar—. Y no sé por qué no podemos ganar —insistió—, hay unas cuantas opciones que considerar. No tenemos por qué luchar solos.

Mi cabeza se alzó con brusquedad al oír aquello.

—¡No tenemos por qué sentenciar a los quileute a muerte, Killian!

—Cálmate, Emma —su expresión no era diferente a cuando contemplaba la idea de luchar contra las anacondas. Incluso la amenaza de la aniquilación no cambiaría la perspectiva de Killian, su capacidad para enfrentarse a un reto—. No me estaba refiriendo a la manada. Sin embargo, sé realista, ¿crees que Sam, Leah o Graham ignorarán una invasión de este calibre, incluso aunque no tuviera que ver con Hope y Henry? Por no mencionar que, gracias a Ingrid, Gold sabe también ahora lo de nuestra alianza con los lobos. Pero pensaba más bien en otros amigos.

Henry se hizo eco de mis palabras con otro susurro.

—Otros amigos a los que no tenemos por qué sentenciar a muerte.

—Vale, pues dejémosles a ellos que decidan —sugirió Killian con tono implacable—. No digo que tengan que luchar con nosotros —pude ver cómo el plan se refinaba en su cerebro conforme hablaba—. Si tan sólo se mantuvieran a nuestro lado, justo lo suficiente para hacer dudar a los Vulturis… Emma tiene razón después de todo. Tal vez bastara con que fuéramos capaces de obligarles a hacer un alto y escucharnos, quizá eso nos permitiera demostrar que no hay motivo alguno para combatir…

Había ahora un asomo de sonrisa en el rostro de Killian. Me sorprendía que nadie le hubiera golpeado a estas alturas. Yo quería hacerlo.

—Sí —convino Cora con rapidez—. Eso tiene sentido, Killian. Todo lo que necesitamos es que los Vulturis se detengan un momento, lo suficiente para escuchar.

—Lo que necesitamos es algo así como una exposición de testigos —replicó Zelena con dureza, la voz tan quebradiza como el cristal.

Cora asintió, de acuerdo con sus palabras, como si no hubiera percibido el sarcasmo en el tono de voz de Zelena.

—Eso sí es algo que podamos pedirles a nuestros amigos, sólo que actúen como testigos.

—Nosotros lo haríamos por ellos —añadió Killian.

—Deberíamos explicárselo de la manera correcta —murmuró Ruby; la miré y vi cómo se abría en sus ojos un oscuro vacío otra vez—. Tendríamos que demostrárselo con mucho cuidado.

—¿Demostrárselo? —preguntó Jefferson.

Ambos, Ruby y Regina, miraron a los niños y los ojos de Ruby se vidriaron de nuevo.

—La familia de Elsa —dijo ella—. El aquelarre de Siobhan y el de Amun. Algunos de los nómadas… Garrett y Mary, seguro. Quizá también Alistair.

—¿Y qué te parece Peter y Charlotte? —preguntó Jefferson, algo temeroso, como si esperara que la respuesta fuera «no» y le pudiera ahorrar a su viejo hermano la carnicería en ciernes.

—Quizás.

—¿Y qué me decís de las del Amazonas? —preguntó Henry—. ¿Kachiri, Zafrina y Senna?

Ruby parecía estar totalmente sumergida en su visión como para contestar al principio, pero al final se estremeció y sus ojos se movieron para volver al presente. Se encontró durante una centésima de segundo con la mirada de Henry y después la bajó.

—No puedo ver más.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Regina, su susurro convertido en una exigencia—. ¿Vamos a ir a buscarlas a esa parte en la jungla?

—No puedo ver más —repitió Ruby, sin encontrarse con sus ojos y un relámpago de confusión recorrió el rostro de Regina—. Debemos separarnos y apresurarnos antes de que la nieve caiga al suelo. Hay que dar una vuelta por ahí, encontrar al mayor número posible de aliados y traerlos para enseñarles —y declaró de nuevo—. Ah, pregunta a Krystoff. Aquí hay mucho más que el asunto de un niño inmortal.

El silencio se hizo ominoso durante otro buen rato mientras Ruby volvía a estar en trance. Pestañeó con lentitud cuando se le pasó, los ojos peculiarmente opacos a pesar de que se encontraba en el presente.

—Hay tanto trabajo pendiente, hemos de apresurarnos —susurró ella.

—¿Ruby? —preguntó Regina—. Eso fue demasiado rápido… No comprendo. ¿Qué fue…?

—¡No puedo ver más! —Explotó ella dirigiéndose a mí esposa—. ¡Los licántropos casi han llegado!

Zelena dio un paso hacia la puerta principal.

—Me las apañaré…

—No, déjale que venga —replicó Ruby con rapidez, la voz más aguda conforme hablaba.

Agarró la mano de Jefferson y comenzó a arrastrarle hacia la puerta trasera.

—Mejor que me aleje también de los niños para ver mejor. Necesito irme. Necesito concentrarme de verdad y ver todo lo que sea posible. Tengo que irme. Vamos, Jefferson, ¡no tenemos tiempo que perder!

Todos pudimos escuchar cómo de acercaban Graham y Leah por las escaleras del porche, y Ruby tiró impaciente de la mano de Jefferson. Él la siguió con rapidez, con la confusión reflejada en los ojos al igual que en los de Regina. Salieron disparados por la puerta hacia la noche plateada.

—Apresuraos —nos gritó a sus espaldas—. ¡Debéis encontrarlos a todos!

—¿Encontrar qué? —preguntó Graham, cerrando la puerta detrás de ellos—. ¿Adonde va Ruby?

Nadie le respondió, todos nos quedamos mirándolos. Ellos se sacudió el pelo mojado y metieron las manos por las mangas de sus camisetas, con los ojos puestos en Hope y Henry

—¡Hola, Emms! Creía que os habríais ido a casa a estas horas…

Entonces me miró, pestañeó y luego volvió a mirarme con más atención. Observé en su expresión cómo la atmósfera de la habitación le afectaba por fin. Bajó los ojos al suelo y sus pupilas se dilataron al observar la mancha mojada, las rosas dispersas, los fragmentos de cristal.

Sus dedos temblaron.

—¿Qué…? —inquirió con voz monótona—. ¿Qué es lo que ha ocurrido?

No sabía por dónde empezar. Tampoco nadie conseguía encontrar las palabras.

Ellos cruzaron la habitación en tres largas zancadas y cayeron de rodillas al lado de los niños y mío. Pude sentir el calor que desprendían sus cuerpos mientras los temblores descendían por sus brazos hasta sus manos convulsas.

—¿Ellos están bien? —preguntó con exigencia Leah, tocándole las frentes e inclinando la cabeza para escuchar sus corazónes—. ¡No juegues conmigo, Emma, por favor!

—A los niños no les pasa nada —conseguí hablar con voz ahogada, las palabras quebrándose de modo extraño.

—¿Entonces, quién? — Inquirió Leah.

—Todos nosotros—susurré y también apareció en mi voz el sonido del interior de la tumba—. Todo ha terminado. Hemos sido sentenciados a muerte.