Nos sentamos allí la noche entera, como estatuas llenas de pavor y pena, pero Ruby no regresó.

Todos estábamos al límite, frenéticos en nuestra absoluta inmovilidad. Henry apenas había sido capaz de mover los labios para explicárselo todo a Graham y Leah. La repetición de la historia únicamente sirvió para que nos pareciera aún peor, incluso Killian se quedó en silencio y quieto a partir de ese momento.

No fue hasta que amaneció y pensé que pronto mis hijos comenzaría a removerse bajo mis manos cuando me pregunté por primera vez qué era lo que le estaría llevando a Ruby tanto tiempo. Esperaba saber un poco más antes de verme obligada a enfrentar la curiosidad de mis hijos, tener algo con lo que contestarles, y también alguna diminuta y minúscula porción de esperanza de modo que pudiera sonreír y evitar que la verdad los aterrorizara.

Mi rostro permaneció paralizado en la máscara fija que había llevado puesta toda la noche. No estaba segura de recuperar la capacidad de sonreír nunca más.

Graham y Leah estaban roncando en una esquina, como una gran montaña de pelo en el suelo, retorciéndose con ansiedad en sus sueños. Sam lo sabía todo… y los lícántropos se estaban preparando para lo que se nos avecinaba, pero esa preparación no serviría de nada: los asesinarían junto con el resto de mi familia.

La luz del sol irrumpió a través de las ventanas traseras, arrancando chispas en la piel de Regina. Yo no había movido los ojos de los suyos desde que Ruby se había marchado. Nos habíamos pasado toda la noche mirándonos la una a la otra, con la vista fija en lo que ninguna de las dos podía soportar perder: a la otra. Mi reflejo relucía en sus ojos llenos de agonía conforme el sol tocaba mi propia piel.

Sus cejas se movieron de forma infinitesimal, y después sus labios.

—Ruby —dijo.

El sonido de su voz fue como el del hielo al fracturarse cuando se derrite. Todos nosotros nos rompimos y nos ablandamos un poco también. Y nos pusimos de nuevo en movimiento.

—Lleva fuera mucho tiempo —murmuró Zelena, sorprendida.

—¿Dónde estará? —se preguntó Killian, dando un paso hacia la puerta, Cora le puso la mano en el brazo—. No queremos molestar…

—Nunca había tardado tanto —dijo Regina. Una nueva preocupación hizo añicos la máscara en que se había convertido su rostro. Sus rasgos volvían a parecer vivos, los ojos repentinamente abiertos por un miedo añadido, un pánico extra—. Henry, ¿no crees que pueda ser algo… preventivo? ¿Habrá tenido Ruby tiempo de ver si han enviado a alguien a por ella?

El rostro de piel traslúcida de Gold llenó mi mente. Gold había recorrido todos los recovecos de la mente de Ruby y estaba al tanto de todo de lo que ella era capaz…

Killian comenzó a despotricar en voz tan alta que los lobos se pusieron en pie con un rugido de Graham. En el patio, su bramido tuvo el eco de su manada. Mi familia se había convertido ya en un borrón en movimiento.

—¡Quédense con los niños! —les grité a Graham y Leah conforme salía disparada hacia la puerta.

Yo todavía era más fuerte que el resto de ellos, y usé esa fuerza para impulsarme hacia delante. Sobrepasé a Cora en unos cuantos saltos y a Zelena en unas cuantas zancadas más. Aceleré a través de lo más espeso del bosque hasta que me situé justo detrás de Regina y Henry.

—¿Habrán sido capaces de sorprenderla? —inquirió Henry, su voz tan monótona como si siguiera inmóvil más que corriendo a toda velocidad.

—No veo cómo —respondió Regina—, aunque Gold la conoce mejor que nadie. Desde luego mejor que yo.

—¿Es una trampa? —gritó Killian detrás de nosotros.

—Tal vez —replicó Regina—, pero por aquí no hay otro olor que el de Ruby y Jefferson. ¿Adonde habrán ido?

El rastro de Ruby y Jefferson se curvaba en un amplio arco; se extendía primero al este de la casa, pero luego se dirigía hacia el norte al otro lado del río, y después de nuevo hacia el oeste durante unos cuantos kilómetros. Volvimos a cruzar el río, saltando los seis que íbamos a un segundo unos de otros. Regina corría primera, totalmente concentrada.

—¿Has captado ese efluvio? —gritó Cora hacia delante, unos cuantos momentos después de que saltáramos el río por segunda vez. Era la que iba más lejos, en el extremo izquierdo de nuestra partida de caza. Hizo unos gestos señalando hacia el sudeste.

—Seguid el rastro principal… Estamos ya cerca de la frontera con los quileute —ordenó Regina de modo conciso—. Manteneos juntos. Mirad si han girado al norte o al sur.

Yo no estaba tan familiarizada con la línea del tratado como todos ellos, pero percibía el ligero olor a lobo en la brisa que soplaba desde el este. Regina y Henry disminuyeron el ritmo y pude ver cómo movían sus cabezas de lado a lado, esperando que el rastro volviera a aparecer.

Entonces el olor a lobo se hizo de pronto más fuerte, y Regina alzó la cabeza bruscamente. Se detuvo de forma repentina y los demás también nos quedamos inmóviles.

—¿Sam? —preguntó Regina en voz monótona—. ¿Qué pasa aquí?

El líder de la otra manada apareció entre los árboles a unos cientos de metros, caminando con celeridad hacia nosotros en forma humana, flanqueado por dos grandes lobos, Paul y Jared.

Sam tardó un poco en llegar hasta nosotros, y su ritmo humano me impacientó. No quería tiempo para pensar en lo que estaba pasando. Deseaba estar en movimiento, haciendo algo.

Quería poder poner mis brazos alrededor de Ruby, saber sin lugar a dudas que se encontraba a salvo.

Observé cómo el rostro de Regina se ponía blanco cuando leyó lo que Sam estaba pensando. Él la ignoró, mirando directamente a Henry cuando se detuvo y comenzó a hablar.

—Justo después de medianoche, Ruby y Jefferson vinieron hasta este lugar y pidieron permiso para cruzar nuestras tierras hasta el océano. Les concedí el permiso y los escolté hasta la costa yo mismo. Entonces se metieron en el agua y no han regresado. Mientras viajábamos, Ruby me dijo que era de la mayor importancia que no le contara nada a Graham de que les había visto hasta que hablara contigo. Yo debía esperar aquí a que vinieras a buscarla y entonces tenía que darte esta nota. Me dijo que la obedeciera como si todas nuestras vidas dependieran de ello.

El rostro de Sam mostraba una expresión sombría cuando le tendió un papel doblado e impreso entero con un pequeño texto en negro. Era una página arrancada de un libro y mi vista aguda leyó las palabras cuando Henry lo desdobló para leer el otro lado. La página que daba hacia mí era una copia de El mercader de Venecia; de ella se desprendió algo de mi propio olor cuando Henry estiró el papel. Me di cuenta de que era una página arrancada de uno de mis libros. Me había traído unas cuantas cosas desde la casa de David a la cabaña: conjuntos de ropa normal; todas las cartas de mi madre, y mis libros favoritos, entre lo cuales figuraba mi baqueteada colección de libros en rústica de Shakespeare, que hasta ayer por la mañana había estado en la estantería de la pequeña sala de estar de la casita…

—Ruby ha decidido dejarnos —susurró Henry.

¿Qué? —chilló Zelena.

Henry le dio la vuelta a la página de modo que todos pudiéramos leerla.

No tratéis de encontrarnos, no hay tiempo que perder. Recordad: Elsa, Siobhan, Amun, Alistair y todos los nómadas que podáis hallar. Nosotros buscaremos a Peter y Charlotte de camino.

Sentimos muchísimo dejaros de esta manera, sin despedida ni explicaciones, pero es el único modo de hacerlo. Os queremos.

Volvimos a quedarnos paralizados en un silencio sepulcral, salvo por el sonido de los corazones de los hombres lobo y su respiración. Sus pensamientos también deberían haber sido en voz alta. Regina fue la primera en moverse otra vez, contestando a lo que había oído en la mente de Sam.

—Sí, las cosas están así de peligrosas.

—¿Tanto que tengas que abandonar a tu familia? —preguntó Sam en voz alta, con la censura implícita en el tono. Estaba claro que no había leído la nota antes de dársela a Henry. Se mostraba enfadado, parecía arrepentido de haberle hecho caso a Ruby.

La expresión de Regina era envarada… y lo más probable es que a Sam le pareciera airada o arrogante, pero yo podía percibir el dolor en los planos endurecidos de sus rasgos.

—No sabemos qué fue lo que vio —replicó Regina—. Ruby no es insensible ni cobarde. Simplemente dispone de más información que nosotros.

—Nosotros no… —comenzó Sam.

—La relación que mantenéis entre vosotros es distinta a la nuestra —le interrumpió Regina con brusquedad—. Nosotros mantenemos libre nuestra voluntad.

Sam alzó la barbilla y sus ojos se volvieron de pronto de un intenso color negro.

—También vosotros deberíais hacer caso del aviso —continuó Regina—. Esto no es algo en lo que os gustará veros implicados, tampoco podéis evitar lo que haya visto Ruby.

Sam sonrió forzadamente.

—Nosotros no somos de los que huyen —detrás de él, Paul resopló.

—No dejes que masacren a tu familia por orgullo —intervino Henry en voz baja. Sam miró a Henry con una expresión más suave.

—Como Regina ha señalado, nosotros no tenemos la misma clase de libertad de la que vosotros disfrutáis. Hope y Henry son ahora tan parte de nuestra familia como de la vuestra. Graham y Leah no pueden abandonarlos y nosotros no los abandonaremos a ellos—sus ojos se movieron hacia la nota de Ruby, y sus labios se apretaron hasta formar una fina línea.

—Tú no la conoces —replicó Regina.

—¿Y tú? —inquirió Sam con rudeza.

Henry puso una mano en el hombro de Regina.

—Tenemos mucho que hacer, hija. Sea cual sea la decisión de Ruby, resultaría estúpido no seguir ahora sus recomendaciones. Vayamos a casa y pongámonos a trabajar.

Regina asintió y su rostro pareció en ese momento menos rígido por la pena. Detrás de mí, podía escuchar los sollozos sordos de Cora, sin lágrimas.

No sabía cómo se podía llorar con este cuerpo, porque no podía hacer otra cosa que mirar. No había aún ningún sentimiento. Todo me parecía irreal, como si estuviera durmiendo otra vez después de todos estos meses, teniendo de nuevo una pesadilla.

—Gracias, Sam —señaló Henry.

—Lo siento —respondió Sam—. No deberíamos haberla dejado pasar.

—Hicisteis lo correcto —le replicó Henry—. Ruby es libre de hacer lo que desee y yo jamás le denegaría el ejercicio de su libertad.

Yo siempre había pensado en los Mills como un todo, una unidad indivisible. De repente, recordé que no siempre había sido así. Henry había creado a Regina, Cora, Zelena y Killian, Regina me había creado a mí. Estábamos físicamente conectados por la sangre y la ponzoña.

Nunca había pensado en Ruby y Jefferson como entes separados, como si hubieran sido adoptados por la familia, pero lo cierto era que Ruby había adoptado a los Mills. Había aparecido con un pasado a cuestas que no tenía nada que ver con los demás y también había traído a Jefferson con el suyo, y había encajado en una familia que ya existía. Tanto ella como él habían conocido otra existencia fuera de la familia Mills. ¿Acaso había escogido comenzar otra vida después de haber visto que su camino con los Mills había terminado?

Entonces, estábamos malditos, ¿era eso, verdad? No había ninguna esperanza en absoluto. Ni un solo rayo, ni un pequeño atisbo que hubiera convencido a Ruby de que tenía una oportunidad a nuestro lado.

El alegre aire de la mañana se había vuelto oscuro de repente, más denso, como si mi desesperación lo hubiera teñido de un modo físico.

—Pues yo no voy a rendirme sin luchar —rugió Killian entre dientes—. Ruby nos ha dicho lo que tenemos que hacer, así que manos a la obra.

Los demás asintieron con expresiones voluntariosas y me di cuenta de que confiaban en la oportunidad que fuese que Ruby nos había dado. Y también de que no iban a rendirse por pura desesperanza ni aguardar a la muerte de brazos cruzados.

Sí, todos lucharíamos, ¿qué otra cosa podíamos hacer? Y además, daba la impresión de que íbamos a arrastrar a otros en nuestra caída, porque eso era lo que había dicho Ruby antes de dejarnos. Pero ¿cómo no íbamos a seguir el último aviso de Ruby? Los lobos también pelearían a nuestro lado por causa de mis hijos.

Nosotros lucharíamos, ellos también, y todos moriríamos. Yo no sentía la misma resolución que los demás. Ruby conocía las probabilidades y nos estaba dando la única oportunidad que podía ver, pero era tan remota que ni ella misma apostaba a su favor.

Ya me sentía vencida cuando le di la espalda al rostro crítico de Sam y seguí a Henry hasta casa.

Corríamos ahora de forma automática, sin la prisa llena de pánico que nos había embargado antes. Cuando nos acercamos al río, Cora alzó la cabeza.

—Todavía está la otra pista, y aún es reciente.

Ella señaló hacia delante, donde antes había llamado la atención de Regina. Cuando nos apresurábamos para salvar a Ruby…

—Es de un momento anterior. Y era sólo de Ruby, sin Jefferson —comentó Regina con la voz mortecina.

El rostro de Cora se contrajo y volvió a asentir.

Me dirigí hacia la derecha, quedándome algo retrasada. Estaba segura de que Regina tenía razón, pero al mismo tiempo… Después de todo, ¿cómo había conseguido Ruby la página de uno de mis libros?

—¿Emma? —inquirió Regina, con una voz tan desprovista de emoción que me hizo dudar.

—Quiero seguir esta pista —le dije, olisqueando el ligero aroma de Ruby que se apartaba del primer camino que había empleado en su huida. Yo era nueva en esto, pero a mí me olía exactamente igual, excepto porque faltaba el rastro de Jefferson.

Los ojos de Regina estaban vacíos.

—Lo más probable es que sólo nos lleve de regreso a la casa.

—Entonces, nos encontraremos allí.

Al principio pensé que me dejaría ir sola, pero luego, cuando di unos cuantos pasos, sus ojos inexpresivos volvieron a la vida.

—Yo iré contigo —dijo en tono tranquilo—. Nos vemos en casa, Henry.

El doctor asintió y todos se marcharon. Yo esperé hasta que estuvieron fuera de nuestra vista y entonces miré a Regina con una interrogación en los ojos.

—No puedo dejar que te alejes de mí —me explicó en voz baja—. Me duele sólo imaginarlo.

Yo la comprendí sin más explicaciones, porque también pensaba en esa separación y me daba cuenta de que sentiría la misma pena, no importaba lo corta que fuera.

Nos quedaba tan poco tiempo para estar juntas.

Le alargué mi mano y ella la cogió.

—Apresurémonos —me instó—. Los niños deben de haberse despertado ya.

Yo asentí y comenzamos de nuevo a correr.

Seguro que era una tontería desaprovechar el escaso tiempo disponible para estar con nuestros hijos simplemente por pura curiosidad, pero aquella nota me inquietaba. Ruby podría haber tallado sus palabras en una piedra plana o en el tronco de un árbol si no tenía utensilios de escritura. Incluso podía haber robado un par de Post-it de cualquiera de las casas que bordeaban la autovía. ¿Por qué mi libro? ¿Cuándo se había hecho con él? Con toda certeza, el rastro llevaba hacia la cabaña, pero en una ruta tan enrevesada que se mantenía bien lejos de la casa de los Mills y de los lobos de los bosques cercanos. Regina frunció las cejas confundida cuando se hizo obvio adonde conducía la pista.

Intentó razonar en voz alta.

—¿Dejó que Jefferson la esperara en otro sitio y vino hasta aquí?

Casi habíamos llegado a la casa y me encontré intranquila. Estaba contenta de tener la mano de Regina en la mía, pero también sentía como sí hubiera tenido que venir sola. Ruby había arrancado la página y la había llevado hasta donde estaba Jefferson, lo cual era una cosa muy extraña. Parecía que hubiera un mensaje en su acción, uno que no conseguía entender en absoluto. Pero era mi libro, así que el mensaje debía ser para mí. Y si hubiera sido algo que hubiera querido que supiera Regina, ¿habría arrancado la página de uno de sus libros…?

—Dame sólo un minuto —le dije, soltando sus manos cuando llegamos a la puerta.

Ella arrugó la frente.

—¿Emma?

—¿Por favor? Treinta segundos.

No esperé a que ella me contestara. Me precipité a través de la puerta, cerrándola a mis espaldas. Me dirigí recta hacia la estantería. El olor de Ruby era reciente, de menos de un día de antigüedad. Ardía un fuego bajo, pero aún caliente en la chimenea, un fuego que yo no había encendido. Saqué de un tirón El mercader de Venecia de la estantería y lo abrí por la página del título.

Allí, pegada al borde destrozado de la página arrancada, bajo las palabras «El mercader de Venecia, por William Shakespeare», había una nota.

Destrúyelo .

Y debajo, un nombre y una dirección de Seattle.

Apenas habían pasado trece segundos de los treinta pactados cuando Regina irrumpió en la casa. Observó cómo se quemaba el libro.

—¿Qué está pasando, Emma?

—Ella estuvo aquí. Arrancó la página de mi libro para escribir la nota.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—¿Por qué lo estás quemando?

—Yo… yo… —puse mala cara, dejando que salieran a mi rostro todo el dolor y la confusión que sentía. Ignoraba qué era lo que Ruby intentaba decirme, sólo estaba segura de que ella había ido muy lejos para que nadie más que yo lo supiera, la única persona cuya mente Regina no podía leer. Así que Ruby no quería que ella se enterara y lo más probable es que fuera por algún buen motivo—. Me pareció apropiado.

—No sé qué es lo que se trae entre manos —dijo en voz baja.

Yo me quedé mirando fijamente las llamas. Era la única persona en el mundo capaz de mentirle a Regina. ¿Era eso lo que Ruby quería de mí? ¿Su última petición?

—Cuando íbamos en el avión hacia Italia —le susurré, esto no era una mentira, o quizá sólo lo era si teníamos en cuenta el contexto—, de camino para rescatarte… ella le mintió a Jefferson de modo que no nos siguiera. Sabía que si él se enfrentaba a los Vulturis, moriría. Y Ruby prefería morir antes que ponerle a él en peligro. Y que muriera yo. O tú.

Regina no contestó.

—Ella tiene sus prioridades —le dije, y mi corazón paralizado me dolió cuando me di cuenta de que mi explicación no parecía una mentira en absoluto.

—No lo creo —replicó Regina, y no lo hizo como si estuviera discutiendo conmigo, sino como si fuera con ella misma con quien argumentara—. Quizá sólo era Jefferson el que estaba en peligro. Su plan podría funcionar con el resto de nosotros, pero él estaría perdido en el caso de quedarse. Quizás…

—Pero nos habría dicho eso y le habría enviado lejos.

—¿Y Jefferson se hubiera ido? Quizá le está mintiendo de nuevo.

—Quizá —simulé que estaba de acuerdo con ella—. Vayamos a casa. No tenemos tiempo.

Regina me cogió de la mano y echamos a correr.

La nota de Ruby no me había dado esperanzas. Ruby se habría quedado si hubiera alguna manera de evitar la matanza que se avecinaba. No debía haber visto otra posibilidad.

Así que lo que me estaba dando era alguna otra cosa, no una vía de escape. Pero ¿qué otra cosa habría pensado ella que podía desear yo? ¿Quizá una forma de salvar algo? ¿Es que había algo que yo quisiera salvar?

Henry y los otros no habían estado inactivos en nuestra ausencia. Habíamos estado separados no más de cinco minutos, y ya estaban preparados para marcharse. En la esquina, Graham y Leah habían adquirido de nuevo su forma humana, y tenían a Hope y Henry en sus regazos, todos mirándonos a los demás con ojos redondos como platos.

Zelena se había cambiado su traje cruzado de seda por unos vaqueros de aspecto resistente, zapatos de correr, y una camisa abotonada de la tela gruesa que los mochileros usan para las excursiones largas. Cora estaba vestida de manera similar. Había un globo terráqueo en la mesa de café, pero ya lo habían estado mirando, y sólo nos esperaban.

La atmósfera ahora era más positiva que antes, ya que les había sentado bien ponerse en marcha. Sus esperanzas se habían aferrado a las instrucciones de Ruby.

Me quedé mirando al globo y me pregunté adonde nos enviarían primero.

—¿Nosotros hemos de quedarnos aquí? —preguntó Regina, mirando a Henry. No sonaba nada feliz.

Ruby dijo que debíamos mostrarle los niños a todo el mundo, pero hemos de tener cuidado con ello —contestó Henry—. Nosotros enviaremos aquí a quien sea que logremos encontrar.

Regina, tú eres la que mejor sabrá sortear este particular campo de minas.

Regina le respondió con un seco asentimiento, aunque sin mostrar ninguna felicidad.

—Hay mucho campo que cubrir.

—Nos separaremos todos —intervino Killian—. Rose y yo iremos en busca de los nómadas.

—Aquí tendréis las manos bien ocupadas —dijo Henry—. La familia de Elsa llegará aquí por la mañana, y no tienen ni idea del motivo. Primero, tendrás que persuadirlas para que no reaccionen del modo en que lo hizo Ingrid. Segundo, debes averiguar qué era lo que quería decir Ruby respecto a Krystoff. Y después de eso, ¿se quedarán para servirnos de testigos? Todo empezará de nuevo cuando los otros vengan… Eso, si antes logramos persuadir a alguien para que venga —suspiró Henry—. Tu trabajo seguramente será el más duro. Nosotros regresaremos para ayudar en cuanto sea posible.

Henry puso la mano en el hombro de Regina durante un segundo, le beso la frente y después me besó en la frente a mí también. Cora nos abrazó a las dos y Killian nos dio un puñetazo amistoso en el brazo. Zelena forzó una sonrisa para Regina y para mí, le lanzó un beso con un soplo a los niños y le dedicó una mueca de despedida a los lobos.

—Buena suerte —les despidió Regina.

—Y también para vosotras —correspondió Henry—. Todos la vamos a necesitar.

Les observé marcharse, deseando poder compartir con ellos las esperanzas que parecían mantenerlos en marcha, y deseando también quedarme a solas con el ordenador durante unos cuantos segundos. Tenía que averiguar quién era esa persona, J. Jenks, y por qué Ruby se había tomado tantas molestias para que sólo yo tuviera su nombre.

Los niños se retorció en brazos de los lobos para tocarles la mejilla.

—No sé si vendrán los amigos de Henry. Espero que sí. Suena como si de momento nos superaran algo en número —le murmuró Graham a Hope.

Así que ellos lo sabían, Hope y Henry entendía ya con toda claridad lo que estaba sucediendo. El lote completo de «hombres lobo imprimados dándole todos los caprichos a los objetos de su imprimación» se había puesto en marcha a gran velocidad. ¿Es que acaso no era más importante protegerlos de lo que estaba pasando que responder a sus preguntas?

Miré cautelosa sus rostroz y no me pareció asustados, sino que conversaban a su modo silencioso con los lobos, con ansiedad y muy serios.

—No, nosotros no podemos ayudar, hemos de quedarnos aquí —continuó Leah—. La gente vendrá a verte a ti y a tu hermana, no el escenario de los hechos.

Henry la miró con cara de pocos amigos.

—No, Leah y yo no debemos ir a ninguna parte — continuó Graham y entonces levantó la vista hacia Regina con el rostro aturdido por la repentina comprensión de que quizá estuviera equivocado—. ¿O sí?

Regina vaciló.

—Escúpelo ya —replicó Graham en tono cortante debido a la tensión.

También él y Leah estaban al límite, como todos los demás.

—Los vampiros que vienen a ayudarnos no son como nosotros —le explicó Regina—. La familia de Elsa es la única, aparte de la nuestra, que siente respeto por la vida humana, e incluso ellas no aprecian mucho a los licántropos.

Creo que quizá seria más seguro..

· Somos capaces de cuidarnos solitos— replicó Leah.

Sería más seguro para los niños —continuó Regina— si la posibilidad de creer nuestra historia no se ve contaminada con la participación de hombres lobo.

—¿Son amigos y se volverán contra ti simplemente por saber con quién andas ahora?

—Creo que en su mayoría serían tolerantes en circunstancias normales, pero deben entender que aceptar a Hope y Henry no será fácil para ninguno de ellos. ¿Por qué ponérselo entonces más difícil?

Henry les había explicado a Graham y Leah lo de las leyes sobre los niños inmortales la noche anterior.

—¿Los niños inmortales eran de verdad tan malos? —preguntó Leah.

—No te puedes imaginar la profundidad de las cicatrices que han dejado en la psique colectiva de los vampiros.

—Regina… —todavía me resultaba la mar de extraño escuchar a Graham o Leah usaran el nombre de Regina sin amargura.

—Ya lo sé. Sé lo duro que les resulta estar lejos de ellos. Juzgaremos de oído para ver cómo reaccionan ante ellos. De cualquier modo, Hope y Henry tendrán que estar de incógnito en las próximas semanas. Habrá de quedarse en la cabaña hasta que se produzca el momento oportuno para presentarlos. Mientras te mantengas a una distancia segura de la casa principal…

—Eso sí que lo puedo hacer. Tenemos compañía mañana ya, ¿eh?

—Sí. Nuestros amigos más cercanos. En este caso particular, lo más probable es que sea mejor descubrir nuestras cartas lo antes posible, así que pueden quedarse aquí. Elsa sabe de tu existencia e incluso se ha encontrado con Seth.

—Vale.

—Deberías contarle a Sam lo que está pasando. Pronto habrá extraños en los bosques.

—Bien pensado. Aunque tendría que castigarle con mi silencio después de la última noche.

—Escuchar a Ruby es hacer lo correcto.

Los lobos apretaron los dientes y pude comprobar que compartían los sentimientos de Sam sobre lo que habían hecho Jefferson y Ruby.

Mientras estaban hablando, me acerqué hacia las ventanas traseras, intentando mostrarme ansiosa y distraída, lo cual realmente no era difícil de fingir. Incliné la cabeza contra la pared que se curvaba alejándose del salón en dirección hacia el comedor, justo a la derecha de una de las consolas de los ordenadores. Dejé correr los dedos por el teclado mientras miraba hacia el bosque, simulando que tenía la cabeza en otra cosa. ¿Es que los vampiros hacían algo de forma distraída? No creía que nadie me estuviera dedicando ninguna atención en particular, pero no me volví para cerciorarme. El monitor volvió a la vida y deslicé los dedos nuevamente por las teclas. Las golpeé con mucho cuidado y de forma silenciosa sobre el escritorio, con el fin de que pareciera casual. Una pulsación cualquiera de las teclas.

Observé la pantalla con la visión periférica.

No había ningún J. Jenks, pero sí un Jason Jenks, abogado. Acaricié el teclado intentando mantener un ritmo, de modo que pareciera como cuando acaricias al gato que tienes casi olvidado sobre el regazo. Jason Jenks tenía una web de lo más elaborada destinada a su firma, pero la dirección en la página estaba equivocada. Se encontraba en Seattle, pero en otro distrito postal. Anoté mentalmente el número de teléfono y después seguí acariciando rítmicamente el teclado. Esta vez buscaba la dirección, pero no aparecía por ninguna parte, como si no existiera.

Quería buscarla en un mapa, pero decidí que estaba abusando de mi suerte. Una pulsación más, para borrar el historial…

Continué mirando por la ventana y acaricié la madera unas cuantas veces más. Escuché unos pasos ligeros cruzando el suelo hacia mí, y me volví con una expresión que esperaba fuera la misma de antes.

Henry quería que lo cogiera y le abrí los brazos. El saltó para refugiarse en ellos, oliendo mucho a licántropo, y acunó su cabeza contra mi cuello.

No sabía si podría llegar a soportar esto. Aunque sentía mucho miedo por mi vida, la de Regina y la del resto de mi familia, en nada se parecía al terror devastador que sentía por mis hijos. Debía haber una manera de salvarlos, incluso aunque no pudiera hacer otra cosa.

De repente, supe que eso era todo lo que quería. El resto podría soportarlo de no quedar otro remedio, pero no podía costarle la vida a Hope y Henry. Eso no. Ellos eran la única cosa que, sencillamente, tenía que salvar.

¿Había adivinado Ruby cómo iba a sentirme?

La mano de Henry me tocó la mejilla con ligereza. Me mostró mi propio rostro, el de Regina, Leah, Hope, Graham, Zelena, Cora, Henry, Ruby, Jefferson, Killian pasando de un rostro a otro de nuestra familia con rapidez. Seth, David, Sue y Marco. Una y otra vez, una y otra vez. Agobiados, como estábamos todos aquí. Y sin embargo, el sólo estaba preocupado. Por lo que pude percibir, Leah había conseguido ahorrarle lo peor. Aquella parte según la cual no nos quedaban esperanzas y cómo íbamos a morir todos al término de un mes.

Se detuvo en el rostro de Ruby, confuso y con nostalgia. ¿Dónde estaba Ruby?

—No lo sé —le susurré—, pero se trata de Ruby, y está haciendo lo correcto, como siempre.

O en todo caso, lo más correcto para Ruby. Odiaba pensar en ella de esa forma, pero ¿de qué otra manera se podía entender la situación?

Henry suspiró, y la nostalgia se intensificó.

—Yo también la echo de menos.

Busque una expresión que concordara con la pena que sentía en el interior. Tenía los ojos extraños y secos y pestañeaban ante la sensación de incomodidad. Me mordí el labio. Cuando inspiré de nuevo, el aire atravesó mi garganta, como si me estuviera ahogando.

Henry se echó hacia atrás para mirarme y vi mi rostro reflejado en sus pensamientos y sus ojos. Tenía el mismo aspecto que Cora esa misma mañana. Así era como una se sentía cuando quería llorar.

Los ojos de mi hijo relumbraron húmedos cuando vio mi cara. Me la acarició sin mostrarme nada, simplemente tratando de consolarme.

Nunca había pensado que el rol madre-hijo pudiera revertirse en nuestro caso, del mismo modo que nos había sucedido a Henry y a mí, pero lo cierto es que nunca había tenido una clara percepción del futuro.

Una lágrima se desbordó por la comisura del ojo del niño. Se la limpié con un beso. El se tocó sorprendido y después miró la humedad en la punta de su dedo.

—No llores —le dije—. Todo va a salir bien. Ustedes también estarán bien. Yo encontraré la manera de salir de todo esto.

Y si no había nada que se pudiera hacer, aun así salvaría a mis hijos. Estaba más segura que nunca de que esto era lo que Ruby me había dado. Ella lo sabía. Y me había dejado una manera de hacerlo..