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CAPITULO 20

Ni tú, Candy, sabes lo que has supuesto para mí

(Anny)

—Está bien, lo entiendo. No diré nada a nadie —murmuré con el estómago contraído igual que cuando recibí la noticia de su accidente hacía más de dos años.

—Estoy seguro de que Bert hará lo imposible por encontrar un médico que pueda operarla y, esta vez, ella se dejará guiar—declaró Tom en un intento de consolarme, aunque nada en ese momento podía aplacar mi malestar.

—Sí, comparto esa idea —afirmé, y colgué el teléfono antes de que apreciara que me estaba rompiendo por dentro.

Me senté en la única silla que contenía mi habitación y observé a Gonzalo durmiendo en su pequeña cama. Lloré en silencio durante unos minutos y, después, fruto de la furia posterior, rebusqué entre las cajas que había traído de España años antes. Saqué un viejo álbum de fotos y repasé las instantáneas sin ser bastante consuelo. Una en especial llamó mi atención y abrió el arcón de los recuerdos. Había vivido lo suficiente como para mirar al pasado con indiferencia y no asustarme por airear los esqueletos escondidos en los armarios cada primavera. En aquella foto estábamos las tres, Candy, Almu y yo, en el borde de la piscina del edificio de apartamentos una tarde cualquiera de un verano en Menorca. No pude evitar acariciar el papel satinado y llorar cuando volví a oír su voz dentro de mí.

—¿Se puede saber por qué estáis discutiendo?

Mi hermana y yo nos giramos para observar cómo se incorporaba Candy, vestida únicamente con un bikini rojo y unas gafas de sol que utilizó de diadema para poder enfocarnos con sus ojos verdes.

—Me toca a mí disfrutar de la hamaca, ella lleva media mañana usándola —le expliqué—. No queda ninguna libre.

—Yo puedo dejaros la mía —aseguró haciendo un amago de levantarse.

—No te sacrifiques, es la de tu madre. Es ella la que tiene que cederme su puesto —mascullé con considerable sarcasmo, demasiado enfadada con mi hermana.

—¿Sacrificarme? Ni que me hubiera ofrecido para algún ritual. No seas tonta. No me importa tumbarme en el suelo —dijo ella encogiéndose de hombros y obviando mi sarcasmo.

Se levantó y extendió la toalla en el duro cemento para, posteriormente, tenderse sobre ella.

Tomé posesión de la hamaca de Candy, todavía refunfuñando, e intenté tomar el sol a la vez que lanzaba miradas furibundas a mi hermana. Candy se cansó pronto, cambiando de posición para situarse sentada con las piernas cruzadas, y empezó a leer. Unos niños le salpicaron con agua al saltar a la piscina y ella intentó proteger el libro, cayéndose hacia atrás. Se rio de su propia torpeza y, al poco rato, se excusó y subió a su apartamento.

Minutos más tarde, la seguí y la encontré en el baño, intentando curarse una herida producida por el áspero cemento que tenía en el codo. Me mordí el labio con reparo.

—¿Me puedes ayudar? No lo veo bien —dijo tendiéndome el yodo y una gasa.

—Claro —murmuré lamentando la escena que había tenido lugar en la piscina.

—¡Eh! ¿Qué te sucede? Es sólo piel, volverá a crecer o a regenerarse. No tengo ni idea, ya sabes que soy de letras puras.

Ella rio al ver mi reflejo compungido en el espejo.

La curé en silencio y, algo avergonzada, la dejé para ir a comer.

Arrugué la foto en mi pecho. ¿Cómo había olvidado quién era realmente? No era sólo Candy, era más que una hermana, generosa y también terca. Divertida y a la vez loca. Sentimental y profunda. Era una de esas personas que siempre quieres que permanezcan a tu lado, aunque la mayoría de las veces desees que no sea así. Así era Candy, una eterna contradicción en sí misma. Tomé una decisión que debería haber sido tomada hacía muchos meses. Llamé a Archie, que lo cogió al primer tono.

—Hola, cielo, ¿cómo estáis?

—Archie, esto se tiene que acabar.

—¿Qué? ¿Es por Candy? ¿No me dijiste que lo tenías todo solucionado?

—Sí, es por Candy, aunque no por lo que tú crees.

—Y ¿por qué entonces?

—Porque una vez ella se sentó en el suelo por mí.

No sé si lo entendió, pero colgué el teléfono con un bronco sollozo.

Después dejé pasar unos minutos e hice la llamada definitiva.

Esta vez, fue a mi hermana.

—Almu, tengo que hablar contigo.

—¿Qué sucede, Anny? ¿Problemas en el paraíso londinense? —inquirió ella algo suspicaz.

—Ha llegado el momento de que se lo cuentes.

—¿De verdad lo crees? —preguntó con la voz algo temblorosa.

—Sí, ella se merece saber lo que realmente sucedió —afirmé intentando que mi voz sonara firme.

—Está bien, lo haré —asintió Almu con un murmullo, y cortó la comunicación.

Me acerqué a la cama de Gonzalo y acaricié su pequeña mejilla algo enrojecida por el sueño. Una lágrima solitaria cayó sobre ella y él se removió inquieto sin despertarse, ofreciéndome una sonrisa que iluminó mi alma maltrecha.

El juego debía acabar, se nos estaba yendo de las manos.

CONTINUARA