Había demasiadas cosas en las que pensar.
¿De dónde iba a sacar tiempo para estar a solas y localizar al tal J. Jenks? Además, ¿por qué quería Ruby que supiera algo de él?
Si la pista de Ruby no tenía nada que ver con Hope y Henry, ¿qué podía hacer para salvar a mis hijos?
¿Y cómo le íbamos a explicar las cosas a la familia de Elsa por la mañana? ¿Qué íbamos a hacer si reaccionaban como Ingrid? ¿Y qué sucedería si al final todo derivaba en una batalla?
Yo no sabía luchar. ¿Cómo iba a aprender en sólo un mes? ¿Es que había alguna posibilidad de que me pudieran enseñar con la suficiente rapidez para que me convirtiera en un peligro para cualquier miembro de los Vulturis? ¿O estaba condenada a ser una completa inútil, como cualquier otro neonato fácil de despachar?
Necesitaba tantas respuestas… aunque no parecía encontrar la ocasión para formular las preguntas.
Insistí en llevar a los niños a la casa de la cabaña para dormir con el fin de mantener alguna apariencia de normalidad en sus vidas. Graham y Leah estaban más cómodos en su forma de lobos en ese momento. Lidiaban mejor con el estrés cuando se sentían preparados para luchar. Deseé sentir lo mismo, poderme notar preparada, mientras ellos corrían por los bosques, montando guardia de nuevo.
Una vez que estuvieron profundamente dormidos, los pusimos en sus camas y fuimos hacia la habitación de la entrada para que yo pudiera hacerle mis preguntas a Regina. Al menos aquellas que podía hacer, ya que uno de los problemas más difíciles para mí era cómo seguir ocultándole cosas, incluso con la ventaja de poder esconder mis pensamientos.
Ella permaneció de pie dándome la espalda, con la mirada fija en el fuego.
—Regina, yo…
Se dio la vuelta y cruzó la habitación en lo que pareció un tiempo inexistente, ni siquiera la mínima parte de un segundo. Sólo tuve ocasión de registrar la feroz expresión de su rostro antes de que sus labios se aplastaran contra los míos y sus brazos se enredaran a mi alrededor como vigas de acero.
No pude volver a pensar en mis preguntas en el resto de la noche. Me llevó poco tiempo captar la razón de ese estado de ánimo e incluso menos sentirme exactamente de la misma manera.
Había estado planeando que iba a necesitar años para poder aprender a controlar la pasión física arrolladora que sentía por ella. Y después siglos para disfrutarlo, pero si ahora sólo nos quedaba un mes para estar juntas… Bueno, no veía cómo soportar un fin como ése. Por el momento, no podía hacer otra cosa salvo comportarme de modo egoísta. Todo lo que quería era amarla cuanto fuera capaz en el tiempo limitado que se nos había concedido.
Me resultó muy duro apartarme de ella cuando el sol se alzó, pero teníamos que hacer nuestro trabajo, un trabajo que sería más difícil que todas las búsquedas juntas emprendidas por el resto de la familia. Tan pronto como me permití pensar en lo que se avecinaba, me puse en una tensión total. Sentía como si me estuvieran estirando los nervios en un potro de tortura para dejarlos cada vez más finos.
—Desearía que hubiera alguna manera de conseguir la información que necesitamos de Krystoff antes de que les hablemos de los niños —masculló Regina mientras nos vestíamos de forma apresurada en aquel armario enorme que era un recordatorio más de Ruby en un momento poco apropiado—. Sólo por si acaso.
—Pero el no podría comprender la pregunta para contestarla —admití—. ¿Crees que nos dejarán que nos expliquemos?
—No lo sé.
Cogí a Henry y Hope, que aún dormían en sus camas, y los sostuve tan cerca de mí que aplasté sus rizos contra mi rostro. Sus dulces olores, tan próximos, sobrepasaban a cualquier otro.
No podía malgastar ni un solo minuto más. Estaban las respuestas que necesitaba conseguir y no tenía la certeza de cuánto tiempo podríamos estar solas Regina y yo. Si todo iba bien con la familia de Elsa, con un poco de suerte, estaríamos acompañadas por un largo periodo.
—Regina, ¿me enseñarás a luchar? —le pregunté y me tensé esperando su reacción, mientras me sostenía la puerta para que saliera.
Ocurrió como lo esperaba. Se quedó helada, y entonces sus ojos me recorrieron con una gran intensidad, como si me estuviera viendo por primera o por última vez. Su mirada se detuvo en nuestros hijos, que aún dormían en mis brazos.
—Si tiene lugar una lucha, no habrá mucho que podamos hacer ninguno de nosotros —intentó escaparse por la tangente.
Yo mantuve la voz tranquila.
—¿Dejarías que fuera incapaz de defenderme a mí misma?
Ella tragó saliva convulsivamente, y cuando su mano apretó la puerta, ésta tembló y las bisagras protestaron, pero luego asintió.
—Ya que lo pones de ese modo… supongo que tendremos que ponernos a trabajar tan pronto como sea posible.
Yo también asentí y comenzamos a caminar hacia la casa grande, sin apresurarnos.
Me pregunté qué podría hacer que nos trajera algo de esperanza o supusiera al menos una diferencia. Yo era un poquito especial, a mi estilo… Si tener un cráneo duro de un modo casi sobrenatural podía en verdad considerarse como algo especial… ¿En qué podría emplearlo, cuál sería su utilidad?
—¿Cuál dirías tú que es su principal ventaja? ¿Tienen alguna debilidad conocida?
Regina no tuvo que preguntar para darse cuenta de que me refería a los Vulturis.
—Marian y Robin son lo mejor que tienen de cara a una ofensiva —replicó con emoción, como si estuviera hablando de un partido de baloncesto—. Sus defensas rara vez participan de la acción.
—Ya sé que Marian puede prenderte fuego donde estés, al menos mentalmente hablando, pero ¿qué es lo que hace Robin? ¿No me dijiste una vez que era incluso más peligroso que Marian?
—Sí. De algún modo, él es un antídoto de Marian. Ella te hace sufrir el dolor más intenso que puedas imaginar, pero Robin, por otro lado, hace que no sientas nada. Absolutamente nada. Algunas veces, cuando a los Vulturis les da por ser amables, permiten que Robin anestesie a quien vayan a ejecutar, siempre que se haya rendido a tiempo o les haya complacido de alguna otra manera.
—¿Anestesia? ¿Y por qué eso lo hace más peligroso que Marian?
—Porque te priva por completo de sensaciones, y no sientes dolor, pero tampoco puedes ver, oír u oler. Es una total privación sensorial y te quedas solo en la oscuridad. Ni siquiera experimentas la quemazón de las llamas en la hoguera.
Me eché a temblar. ¿Era esto lo mejor a lo que podía aspirar? ¿A no ver o sentir cuando viniera la muerte?
—Eso es lo que le hace tan peligroso como Marian —continuó Regina con la misma voz indiferente—. Ambos pueden incapacitarte, convertirte en un objetivo indefenso. La diferencia entre ellos es la misma que entre Gold y yo. Gold escucha la mente de una sola persona por vez y Marian sólo puede hacer daño al objetivo sobre el que se concentre. Yo soy capaz de oír a todo el mundo al mismo tiempo.
Sentí frío mientras veía adonde quería ir ella a parar.
—Entonces, ¿Robin conseguiría incapacitarnos a todos al mismo tiempo? —susurré.
—Sí —respondió ella—. Si usa su don contra nosotros, todos nos quedaremos ciegos y sordos hasta que nos caigan encima para matarnos… y en este caso, quizá simplemente nos quemen en vez de partirnos en trozos primero. Oh, claro que podemos intentar luchar, pero lo más probable es que terminemos haciéndonos daño unos a otros antes de que seamos capaces de herirles a ellos.
Caminamos en silencio durante unos cuantos segundos.
Se estaba formando una idea en mi cabeza. No resultaba muy prometedora, pero era mejor que nada.
—¿Crees que Robin es un buen luchador? —le pregunté—, aparte de lo que es capaz de hacer, claro. Me refiero a si tuviera que pelear sin su don. Me pregunto incluso si ha llegado a intentarlo alguna vez.
Regina me echó una ojeada de repente.
—¿En qué estás pensando?
Me limité a mirar al frente.
—Bueno, posiblemente no podrá hacerme eso a mí, ¿no? Si lo que hace es como lo de Gold, Marian o lo tuyo. Quizá… si él nunca ha tenido que defenderse… y si yo he llegado a aprender unos cuantos trucos…
—Él ha estado con los Vulturis durante siglos —me cortó Regina, con la voz teñida de pánico.
Lo más probable es que estuviera viendo la misma imagen en su mente que yo: los Mills de pie, inermes, como pilares insensibles en el campo de batalla… todos menos yo. Sería la única que podría luchar.
—Sí, tal vez seas inmune a su poder, pero todavía eres una neófita, Emma. No puedo convertirte en una luchadora tan buena en sólo unas pocas semanas. Estoy seguro de que él, al menos, ha recibido entrenamiento.
—Quizá sí, quizá no. Es la única cosa que yo soy capaz de hacer y los demás no. Incluso aunque sólo consiga distraerle durante un rato… ¿Podría durar lo suficiente para darles a los otros una oportunidad?
—Por favor, Emma —replicó Regina entre dientes—. No hablemos más de esto.
—Sé razonable.
—Intentaré enseñarte lo que pueda, pero por favor, no me hagas pensar en que eso serviría para que te inmolaras como distracción… —la voz se le ahogó, y no logró terminar.
Yo asentí. Tendría que hacer mis planes a solas. Primero Robin, y si contaba con una suerte milagrosa y le vencía, después Marian. Sólo con que fuera capaz de igualar algo las cosas y nivelar la abrumadora ventaja de los Vulturis en la ofensiva, quizás entonces podría haber alguna oportunidad. Mi mente se desbocó al imaginar semejante posibilidad. ¿Qué ocurriría si conseguía distraerlos o quitarlos de en medio? Honestamente, ¿por qué habrían tenido que aprender Marian o Robin habilidades de combate? No alcanzaba a imaginarme a la pequeña Marian, tan petulante, cediendo lo más mínimo de su ventaja, ni siquiera para aprender.
Si era capaz de matarles, menuda diferencia marcaría eso.
—Tengo que aprenderlo todo. Tanto como sea posible introducir en mi cabeza en el próximo mes —murmuré.
Ella actuó como si yo no hubiera hablado.
Entonces, ¿cuál sería el siguiente? Mejor que pusiera mis planes en orden de modo que, si vivía después de agredir a Robin, no hubiera ninguna vacilación en mi próximo ataque. Intenté pensar en otra situación donde un cráneo duro como el mío me diera una ventaja. No sabía mucho de las capacidades de los demás. Resultaba obvio que luchadores como el gigantesco Felix estaban más allá de mis posibilidades. Lo único que podía intentar era ofrecerle a Killian la oportunidad de una lucha justa. Tampoco sabía mucho sobre el resto de la guardia de los Vulturis, aparte de Demetri…
Mi mente se mantuvo por completo serena mientras reflexionaba sobre Demetri. Sin duda, sería un buen luchador. No había ninguna otra razón por la que hubiera podido sobrevivir tanto tiempo, siempre en la punta de lanza de cualquier ataque. Y siempre debía ser el líder, ya que era su rastreador… probablemente el mejor rastreador del mundo. Sin duda alguna, porque si hubiera habido alguno mejor, los Vulturis se habrían hecho con él. Gold no se conformaba jamás con los segundones.
Si Demetri no existiera, entonces podríamos huir. Al menos, los supervivientes. Mis hijos, tan cálidos en mis brazos… Alguien podría escapar con ellos, Graham, Leah o Zelena, quien quedara.
Y… si Demetri no existiera, entonces Ruby y Jefferson estarían a salvo para siempre. ¿Era eso lo que Ruby había visto, que parte de nuestra familia podría salir adelante? Al menos, ellos dos.
¿Le envidiaría eso a ella?
—Demetri… —dije.
—Demetri es mío —replicó de nuevo Regina, con una voz tensa y dura. La miré con rapidez y vi que su expresión se había vuelto violenta.
—¿Por qué? —le susurré.
Ella al principio no contestó. Estábamos ya casi al lado del río cuando al fin murmuró.
—Por Ruby. Es la única muestra de agradecimiento que puedo ofrecerle por los últimos cincuenta años.
De modo que sus pensamientos iban en la misma dirección que los míos.
Escuché las fuertes pisadas de las patas de Graham y Leah golpeando con un ruido sordo el suelo helado. En unos segundos, se estaban paseando delante de mí, con sus ojos oscuros clavados en Hope y Henry. Les dediqué un asentimiento y luego volví a mis preguntas. Teníamos poco tiempo.
—Regina, ¿por qué crees que Ruby nos dijo que le preguntáramos a Krystoff por los Vulturis? ¿Ha estado él en Italia hace poco o algo parecido? ¿Qué podrá saber?
—Krystoff conoce todo lo referente a los Vulturis. Se me había olvidado que tú no lo sabías. Él formó parte de ellos.
Siseé de forma involuntaria y los licántropos rugieron a mí lado.
—¿Qué…? —le pregunté con la voz llena de exigencia, imaginándome al hermoso hombre de pelo rubio que asistió a nuestra boda envuelto en una capa larga, de color ceniciento.
El rostro de Regina tenía ahora un aspecto más apacible e incluso sonrió un poquito.
· Krystoff es una persona muy buena. No era del todo feliz con los Vulturis, pero respetaba la ley y la necesidad de defenderla. Sentía que estaba trabajando por el bien común y no lamenta nada del tiempo que pasó con ellos, pero cuando se encontró con Anna, halló su lugar en el mundo. Son gente muy parecida, ambos son muy compasivos para ser vampiros —ella sonrió de nuevo—. Se encontraron con Elsa y sus hermanas y nunca miraron hacia atrás. Tenían madera para este nuevo estilo de vida. Si no se hubieran encontrado nunca con Elsa, me imagino que habrían descubierto algún día por ellos mismos una manera de vivir sin sangre humana.
Las imágenes desentonaban en mi mente, no había forma de que pudiera casarlas, ¿un soldado de los Vulturis compasivo?
Regina le echó una mirada a Graham y respondió a su pregunta silenciosa.
—No, él no era uno de sus guerreros, hablando en sentido estricto. Pero tiene un don que encontraban conveniente.
Graham o Leah debieron de preguntar la obvia cuestión que surgía a continuación.
—Él tenía un instinto especial para captar los dones de los demás, las capacidades extraordinarias que disfrutan algunos vampiros —le contestó Regina—. Sabía darle a Gold una idea general de lo que cada vampiro concreto era capaz de hacer sólo con estar en sus proximidades. Esto era muy conveniente cuando los Vulturis entraban en combate, si alguien en el aquelarre que se les enfrentaba tenía alguna habilidad que pudiera causarles algún problema. Pero claro, algo así era poco habitual, debía tratarse de una capacidad realmente sobresaliente para que supusiera un inconveniente para los Vulturis, ni siquiera durante un momento. Más a menudo, el aviso le servía a Gold para salvar a aquellos enemigos que pudieran serle de utilidad. Hasta un cierto punto, el don de Krystoff funciona incluso con humanos. Ha de concentrarse mucho en ese caso, claro, porque la habilidad latente en un mortal es más confusa.
Gold le hacía probar a la gente que quería que se les uniera para ver si tenían algún potencial. Por eso sintió mucho su marcha.
—¿Le dejaron marchar? —le pregunté—. ¿Así porque sí?
Su sonrisa era ahora más sombría y algo torcida.
—Se supone que los Vulturis no son los villanos, como a ti te lo parecen. Son los cimientos de nuestra civilización y de la paz. Cada miembro de la guardia escoge servirles, y se trata de algo muy prestigioso. Todos se sienten orgullosos de estar allí, y no se les puede forzar a ello.
Miré al suelo con mala cara.
—En teoría sólo les parecen malvados y abyectos a los criminales, Emma.
—Nosotros no somos criminales.
Los lobos resoplaron, de acuerdo con mi afirmación.
—Ellos no lo saben.
—¿Crees de verdad que podemos hacer que se detengan el tiempo necesario para que nos escuchen?
Regina vaciló justo lo mínimo y después se encogió de hombros.
—Si encontramos suficientes amigos que nos apoyen, tal vez.
Sí. Repentinamente percibí la importancia de lo que teníamos que hacer ese día. Regina y yo comenzamos a movernos con más rapidez, hasta que por fin rompimos a correr y los lobos nos siguieron de modo inmediato.
—No creo que Elsa tarde mucho más —comentó Regina—. Tenemos que estar preparados.
Pero ¿cómo nos íbamos a preparar? Organizamos las cosas una y otra vez, las pensamos y las volvimos a pensar. ¿Dejaríamos a los niños a la vista o los esconderíamos al principio? Y Graham y Leah ¿debLeahn estar en la habitación o fuera? Él había ordenado a su manada que permaneciera cerca sin dejarse ver. ¿Harían ellos lo mismo?
Al final, los niños, Graham y Leah —de nuevo en su forma humana— y yo, esperamos en el comedor, situado al otro lado de la esquina a la que daba la puerta principal, sentados ante la gran mesa de madera pulida. Los lobos me dejaron que sostuviera a Hope y Henry, querían espacio por si tenían que entrar en fase con rapidez.
Aunque estaba contenta de tenerlos entre mis brazos, aquello me hizo sentir inútil. Me recordó que, en una lucha con vampiros maduros, no era más que un objetivo fácil y no necesitaba tener las manos libres.
Intenté evocar a Elsa, Mallory, Anna y Krystoff en la boda. Sus rostros aparecían opacos en mis recuerdos escasamente iluminados. Sólo sabía que eran hermosos, tres rubios y una castaña rojiza.
No podía rememorar si había algún rastro de amabilidad en sus ojos.
Regina se reclinó, inmóvil contra la pared donde estaba la ventana trasera, mirando con fijeza hacia la puerta principal, aunque no parecía que estuviera viéndola.
Escuchamos el zumbido del motor de los coches al pasar por la autovía, sin que ninguno de ellos disminuyera la velocidad.
Hope y Henry se acomodaron pegados a mi cuello, con las manos contra mis mejillas pero sin imágenes en sus mentes. No tenían ninguna imagen para lo que sentían en esos momentos.
—¿Y qué pasará si no les gustamos? —susurraron y todos nuestros ojos se dirigieron hacia ellos.
—Claro que les… —comenzó a decir Leah, pero yo la silencié con una mirada.
—Ellos no comprenden su existencia, hijos, porque jamás se han encontrado con nadie como ustedes —les expliqué, sin querer mentirles con promesas que podían no hacerse realidad—. El problema está en hacérselo entender. Ellos suspiraron, y en mi mente relampaguearon imágenes de todos nosotros en un súbito y rápido pase. Vampiros, humanos, licántropos. Ellos no encajaba en ningún sitio.
—Ustedes son especiales, y eso no es malo.
Ellos sacudieron la cabeza expresando así su desacuerdo. Pensaron en nuestras caras tensas y dijeron:
—Es culpa nuestra.
—No —Graham, Leah, Regina y yo lo dijimos los cuatro a la vez, al mismo tiempo, pero antes de que pudiéramos argumentar algo más, escuchamos el sonido que habíamos estado esperando: el de un motor que reducía la velocidad en la autovía y el de las cubiertas de las ruedas moviéndose del asfalto a la tierra.
Regina salió disparada hacia la esquina para esperarlos en la puerta y mis pequeños se escondieron entre mi pelo. Los licántropos y yo nos quedamos mirándonos unos a otros a través de la mesa, con la desesperación pintada en las caras.
El coche se trasladó con rapidez a través del bosque, con un estilo de conducción más rápido que el de Sue o David. Le escuchamos atravesar el prado y pararse delante del porche delantero, y luego cómo se abrían las cuatro puertas y se cerraban. No hablaron mientras se aproximaban hacia la puerta y Regina la abrió antes de que llamaran.
—¡Regina! —exclamó una voz femenina con entusiasmo.
—Hola, Elsa. Mallory, Krystoff, Anna.
Los tres murmuraron saludos.
—Henry nos dijo que necesitaba hablar con nosotros de forma urgente —comentó la primera voz, Elsa, y percibí que todos permanecían en el exterior de la casa. Me imaginé que Regina estaba en la entrada, bloqueándoles el paso—. ¿Cuál es el problema? ¿Algún lío con los licántropos?
Graham y Leah pusieron los ojos en blanco .
—No —replicó Regina—. Nuestra tregua con los hombres lobo es más fuerte que nunca.
Una mujer se echó a reír entre dientes.
—¿Vas a invitarnos a entrar o no? —preguntó Elsa y después continuó hablando sin esperar respuesta—. ¿Dónde está Henry?
—Ha tenido que marcharse.
Se hizo un corto silencio.
—¿Qué es lo que está pasando, Regina? —inquirió Elsa con voz exigente.
—Si me concedierais el beneficio de la duda durante unos cuantos minutos —respondió ella—. Tengo algo difícil que explicar, y necesito que mantengáis una actitud abierta hasta que podáis entenderlo.
—¿Henry está bien? —preguntó una voz masculina con ansiedad. Krystoff.
—Ninguno de nosotros se encuentra bien, Krystoff —le informó Regina y después palmeó algo, quizá el hombro del vampiro—. Pero al menos físicamente, sí, se encuentra bien.
—¿Físicamente? —preguntó Elsa de repente—. ¿Qué quieres decir?
—Que toda mi familia corre un peligro muy grave, pero antes de que me explique, os pido que me prometáis que lo escuchareis todo antes de reaccionar. Os suplico que oigáis toda la historia primero.
Su petición se encontró con un silencio más largo, tenso, a lo largo del cual los lobos y yo nos miramos unos a otros sin palabras. Sus labios rojizos palidecieron.
—Estamos escuchando —dijo Elsa al fin—. Lo escucharemos todo antes de juzgar nada.
—Gracias, Elsa —repuso Regina con fervor—. No os habríamos implicado en esto de haber tenido otra posibilidad.
Regina se puso en marcha y percibimos cuatro pares de pasos cruzando la entrada.
Alguien olisqueó.
—Ya sabía que esos licántropos tenían que estar en el asunto —masculló Elsa.
—Sí, y están de nuestro lado. Otra vez.
El recuerdo de lo sucedido silenció a Elsa.
—¿Dónde está tu Emma? —inquirió otra de las voces femeninas—. ¿Cómo se encuentra?
—Se nos unirá pronto. Y ella está bien, gracias. Se ha incorporado a la inmortalidad con una sorprendente finura.
—Cuéntanos en qué consiste el peligro, Regina —solicitó Elsa en voz baja—. Todos te escucharemos y estaremos de vuestro lado, donde pertenecemos.
Regina inhaló un gran trago de aire.
—Primero quiero que lo veáis por vosotros mismos. Prestad atención… en la otra habitación ¿Qué oís?
Se hizo un nuevo silencio y después algo se puso en movimiento.
—Sólo escuchad, por favor —insistió Regina.
—Hombre lobo, supongo. Puedo oír sus corazónes —repuso Elsa.
—¿Qué más? —preguntó Regina.
Se hizo una pausa.
—¿Qué es ese sonido como de repiqueteo? —preguntó Anna o Mallory—. ¿Es… alguna clase de pájaro?
—No, pero recordad que lo habéis oído. Ahora, ¿qué oléis? Además de los licántropos.
—¿Hay ahí unos humanos? —susurró Krystoff.
—No —Elsa expresó su desacuerdo—. No son humanos, pero… son más cercanos a lo humano que el resto de los olores que hay por aquí. ¿Qué es eso, Regina? No creo que haya olido nada igual en toda mi vida.
—Seguro que no, Elsa. Por favor, por favor, recordad que esto es algo por completo nuevo para vosotros. Apartad vuestras ideas preconcebidas.
—Te prometimos que te escucharíamos, Regina.
—Muy bien, entonces ¿Ema? Tráenos a Hope y Henry, por favor.
Sentí las piernas extrañamente dormidas, pero sabía que esa sensación sólo estaba en mi cabeza. Me forcé a no refrenarme, a no moverme con lentitud cuando me puse en pie y caminé los pocos pasos que había hasta la esquina. El calor de los cuerpos de Graham y Leah flamearon muy cerca de mí mientras me seguían.
Di un paso más hacia la habitación grande y entonces me detuve, incapaz de caminar más. Los niños inhalaron en profundidad y después se asomaron para mirar por debajo de mi pelo, con sus pequeños hombros tensos, esperando ser rechazados.
Pensé que me había preparado para su reacción, para las acusaciones, los gritos, para la inmovilidad del estrés agudo.
Elsa saltó hacia atrás cuatro pasos, con sus cabellos del color de la nieve temblorosos, como un humano que se enfrentara a una serpiente venenosa. Mallory también recorrió a saltos hacia atrás todo el camino hacia la puerta principal y tanteó a ciegas para ver dónde tenía la pared a sus espaldas. De entre sus dientes apretados brotó un siseo mezcla de sorpresa y miedo. Krystoff se agazapó delante de Anna en una postura defensiva.
—Oh, por favor —escuché quejarse a Graham para sus adentros.
Regina puso el brazo alrededor de mí y de los niños.
—Prometisteis escuchar —les recordó.
—¡Hay algunas cosas que no deben escucharse! —exclamó Elsa—. ¿Cómo has podido, Regina? ¿Es que no sabes lo que esto significa?
—Tenemos que salir de aquí —replicó Mallory con ansiedad, con la mano en el pomo de la puerta.
—Regina… —Krystoff parecía encontrarse más allá de las palabras.
—Esperad —dijo Regina, con la voz endurecida ahora—. Recordad lo que oísteis, lo que olisteis. Hope y Henry no son lo que creéis.
—No hay excepciones a esa regla, Regina —replicó Elsa con brusquedad.
—Elsa —replicó Regina con dureza—, ¡has oído el sonido de sus corazones! Para y piensa en lo que eso significa.
—¿El latido de sus corazones? —susurró Anna, mirando por encima del hombro de Krystoff.
—No son unos niños vampiros completos —respondió Regina, dirigiendo su atención a la expresión menos hostil de Anna—. Son semihumanos.
Los cuatro vampiros se le quedaron mirando como si estuviera hablando en un idioma ininteligible para todos ellos.
—Escuchadme —la voz de Regina se moduló ahora hacia su aterciopelado tono de persuasión—. Hope y Henry son únicos en su especie. Yo soy su madre; no su creadora, no, soy su madre biológica.
La cabeza de Elsa temblaba, aunque era un movimiento casi imperceptible. Ella no parecía ser consciente.
—Regina, eres una mujer, no puedes esperar de nosotros que… —comenzó Krystoff a hablar.
—Pues dame otra explicación que te encaje, Krystoff. Puedes sentir la calidez de su cuerpo en el aire. La sangre corre por sus venas, Krystoff, puedes olerla.
—¿Cómo ha sucedido esto? —preguntó Mallory, casi sin aliento.
—Emma es su madre biológica también—le contestó Regina—. Concibió, los llevó en su seno, y dio a luz a Hope y Henry mientras todavía era humana. Eso casi la mató, así que me vi obligada a introducir una cantidad suficiente de ponzoña en su corazón para salvarla.
—Nunca había oído hablar de una cosa así — replicó Krystoff. Tenía todavía los hombros rígidos y una expresión fría en el semblante.
—Las relaciones íntimas entre vampiros y humanos no son frecuentes —contestó Regina, ahora con algo de humor negro en su tono—. Y que existan humanos que hayan sobrevivido a este tipo de citas, menos aún. ¿No estáis de acuerdo, primas?
Tanto Elsa como Mallory la miraron con cara de pocos amigos.
—Fíjate bien ahora, Krystoff. Seguro que puedes apreciar el parecido.
Pero fue Anna la que respondió a las palabras de Regina. Dio un paso para salir de detrás del vampiro, ignorando su advertencia a medias y caminó con cautela hasta permanecer justo delante de mí. Se inclinó con ligereza, mirando cuidadosamente el rostro de Hope y Henry.
—Parece que Hope tiene los ojos de tu madre Emma y Henry los de Regina—comentó con una voz tranquila y baja—, pero sus rostro definitivamente son una perfecta combinación de ambas —y después, como si no hubiera podido evitarlo, les sonrió. La sonrisa de mis hijos en respuesta fue deslumbrante. Rozaron mi rostro sin apartar la mirada de Anna. Se imaginaban tocando el rostro de Anna y se preguntaban si eso estaría bien.
—¿Te importaría que ellos mismos te lo cuenten? —le pregunté a Anna. Todavía estaba demasiado tensa para poder hablar en voz más alta que un simple susurro—. Tienen un don para explicar las cosas.
Anna todavía le sonreía a los niños.
—¿Hablan, pequeños?
—Sí —respondieron con su aguda voz de sopranos. Toda la familia de Elsa se estremeció ante el sonido de su voz, salvo Anna—. Pero podemos mostrarte más cosas de las que podemos contar.
Colocaron sus pequeñas manos llenas de hoyuelos en las mejillas de Anna. La vampira se envaró como si le hubieran aplicado una corriente eléctrica. Krystoff estuvo a su lado en un instante, con las manos en sus hombros como si fuera a apartarla con brusquedad.
—Espera —pidió Anna casi sin aliento, con sus ojos que no pestañeaban fijos en los niños.
Mis hijos le «mostraron» a Anna su explicación durante un buen rato. El rostro de Regina permaneció atenta mientras observaba, y yo hubiera deseado tanto poder oír lo que ella escuchaba… Graham y Leah cambiaban el peso de un pie a otro con impaciencia a mis espaldas y supe que también habrían querido lo mismo.
—¿Qué le están enseñando ? —gruñó entre dientes.
—Todo —murmuró Regina.
Pasó otro minuto y ambos dejaron caer la mano del rostro de Anna y sonrieron con alegría a la asombrada vampira.
—Realmente son tus hijos, ¿a que sí? —comentó Anna casi sin aliento, moviendo sus grandes ojos de color topacio al rostro de Regina—, ¡qué don tan vivo! Esto sólo podía venir de una madre igual de bien dotada.
—¿Crees lo que te ha contado? —preguntó Regina, con una expresión llena de intensidad.
—Sin ninguna duda —replicó Anna con sencillez. El rostro de Krystoff estaba rígido de la angustia.
—¡Anna!
Ella le cogió las manos con las suyas y se las apretó.
—Aunque parezca imposible, Regina no nos ha dicho más que la verdad. Deja que los niños te lo muestrem.
Elsa empujó a Krystoff hacia mí y luego asintió a los niños.
—Enséñenselo, queridos míos.
Hope y Henry sonrieron de oreja a oreja, de alegría por la aceptación de Anna, y Henry tocó a Krystoff en la frente con un toque ligero.
—¡Ay, caray! —escupió él, y saltó hacia atrás.
—¿Qué es lo que te ha hecho? —inquirió Elsa al tiempo que se acercaba, embargada por la preocupación. Mallory también se deslizó hacia delante.
—Sólo está intentando mostrarte su lado de la historia —le dijo Anna con voz tranquilizadora.
Henry frunció el ceño con impaciencia.
—Ven, mira, por favor —le ordenó a Krystoff. Le extendió la mano y después dejó unos cuantos centímetros entre sus dedos y su rostro, esperando.
Krystoff le echó una ojeada suspicaz y después clavó sus ojos en Anna buscando su ayuda. Ella asintió para darle ánimos. El vampiro inhaló un gran trago de aire y después se inclinó hacia Henry hasta que su frente tocó la pequeña mano otra vez. Él se estremeció cuando el proceso comenzó pero se quedó quieto en esta ocasión, con los ojos cerrados, concentrado.
—Ahh —suspiró cuando sus ojos se reabrieron unos cuantos minutos más tarde—. Ya veo.
Henry le sonrió. Él vaciló, y después le devolvió una sonrisa desganada en respuesta.
—¿Krystoff? —preguntó Elsa.
—Es todo cierto, Elsa. No son unos niños inmortales, son semihumanos. Ven. Míralo por ti misma.
En silencio, Elsa acudió a su vez para colocarse delante de la niña con ademán precavido y Mallory frente a Henry, ambas mostrando sorpresa cuando les llegó la primera imagen al contacto de Hope y Henry; pero luego, en cuanto terminaron, parecieron del todo convencidas, igual que Anna y Krystoff.
Dirigí una mirada al rostro tranquilo de Regina, preguntándome si podía ser tan fácil. Sus ojos dorados lucían claros, sin sombras. No había engaño en esto, entonces.
—Gracias por escucharnos —dijo con voz serena.
—Pero aún existe el grave peligro del que nos hablaste —le dijo Elsa a su vez—, ya veo que no procede directamente de estos niños, pero entonces ha de proceder de los Vulturis. ¿Cómo han llegado a saber de ellos? ¿Cuándo vendrán?
No me sorprendió su rápida comprensión de las cosas. Después de todo, ¿de dónde podría venir una amenaza a una familia tan fuerte como la mía? Sólo de los Vulturis.
—El día en que Emmaa vio a Ingrid en las montañas —le explicó Regina—, tenía a nuestros hijos con ella.
Mallory siseó, entrecerrando los ojos hasta convertirlos en rendijas.
—¿Ha sido Ingrid quien ha hecho esto? ¿A vosotros? ¿A Henry? ¿Ingrid?
—No —susurró Elsa—. Ha debido de ser otra…
—Ruby la vio acudiendo a ellos —comentó Regina. Me pregunté si los demás notaron la forma en que se encogió ligeramente cuando mencionó el nombre de Ruby.
—Pero ¿cómo ha podido hacer eso? —Preguntó Krystoff sin dirigirse a nadie en concreto.
—Imagínate que hubieras visto a los niños sólo a distancia, y que no te hubieras esperado a oír nuestra explicación.
Los ojos de Elsa se entrecerraron.
—No importa lo que ella haya pensado… Vosotros sois nuestra familia.
—Ya no hay nada que podamos hacer respecto a la decisión de Ingrid. Es demasiado tarde. Ruby nos ha dado un mes de plazo.
Tanto Elsa como Mallory inclinaron la cabeza hacia un lado, y esta última frunció el ceño.
—¿Tanto tiempo? —preguntó Krystoff.
—Vienen todos juntos y eso requiere una cierta preparación previa.
Krystoff soltó un jadeo.
—¿La guardia completa?
—No sólo la guardia —replicó Regina, con las mandíbulas apretadas—. También Gold, Jekyll, Hyde… incluso las esposas.
La sorpresa relampagueó en los ojos de todos los vampiros.
—Imposible —repuso Krystoff sin podérselo creer.
—Justo lo que yo dije hace dos días —comentó Regina.
El vampiro puso muy mala cara y cuando habló lo que surgió fue casi un rugido.
—Pero eso no tiene sentido alguno. ¿Por qué se iban a poner ellos mismos y a las esposas en peligro?
—No tiene ningún sentido desde ese punto de vista. Ruby dijo que se trataba de algo más que un simple castigo por lo que creían que habíamos hecho. Ella pensó que tú podrías ayudarnos.
—¿Más que un castigo? Pero ¿qué otra cosa puede ser?
Krystoff comenzó a caminar de un lado para otro, dirigiéndose primero hacia la puerta y luego hacia atrás como si estuviera solo en la habitación, con las cejas fruncidas mientras miraba hacia el suelo.
—¿Dónde están los demás, Regina? ¿Henry, Ruby y los otros? —preguntó Elsa.
La vacilación de Regina apenas fue perceptible y respondió sólo a parte de la pregunta.
—Buscando a amigos capaces y dispuestos a ayudarnos.
Elsa se inclinó hacia ella, adelantando las manos en su dirección.
—Regina, no importa cuántos amigos consigas reunir, no podemos ayudarte a ganar. Sólo podemos morir contigo. Debes saber eso. Claro, quizás nosotros cuatro nos lo merecemos después de lo que Ingrid ha hecho, y después de cómo os fallamos en el pasado… y esta vez también por el bien de los niños.
Regina sacudió la cabeza con rapidez.
—No os vamos a pedir que luchéis y muráis con nosotros, Elsa. Ya sabes que Henry jamás solicitaría una cosa así.
—Entonces, ¿cuál es la naturaleza de vuestra petición, Regina?
—Simplemente estamos buscando testigos. Si les podemos detener, aunque sea por un momento, si dejan que nos expliquemos… —tocó la mejilla de Hope y la de Henry y ellos agarraron sus manos y las mantuvieron apretada contra su piel—. Es difícil dudar de nuestra historia cuando la ves por ti mismo.
Elsa asintió con lentitud.
—¿Tú crees que su pasado les importará mucho?
—Sólo en la medida en que amenace su futuro. El sentido de mantener la restricción estaba en protegernos de quedar expuestos y de los excesos de los niños que no podían educarse.
—Nosotros no somos peligrosos en absoluto —intervino Henry. Escuché su voz alta y clara con nuevos oídos, imaginando cómo sonaría a los demás—. Nunca le hemos hecho daño al abuelito, a Sue o a Marco. Nos encantan los humanos. Y los lobos como mi Leah o el Graham de mí hermana —el dejó caer la mano de Regina hacia atrás y dio una palmadita al brazo de Leah.
Elsa y Mallory intercambiaron una mirada rápida.
—Si Ingrid no hubiera venido tan pronto —musitó Regina—, nos podríamos haber evitado todo esto. Ellos crecen a un ritmo sin precedentes. Cuando pase este mes, habrán ganado otro año de desarrollo.
—Bueno, eso es algo que lograremos atestiguar sin ninguna duda —replicó Anna en tono decidido—. Podemos prometer que los hemos visto madurar por nosotros mismos. ¿Cómo iban a ignorar los Vulturis una evidencia como ésa?
Krystoff masculló entre dientes.
—¿Cómo, en verdad? —pero no alzó la mirada y continuó paseándose como si no estuviera prestando atención en absoluto.
—Sí, os serviremos de testigos —admitió Elsa—. Al menos eso sí. Y consideraremos qué otras cosas hacer.
—Elsa —protestó Regina, escuchando algo más en sus pensamientos de lo que había en sus palabras—, no esperamos que luchéis con nosotros.
—Si los Vulturis no se detienen lo suficiente para escuchar nuestra declaración, no nos vamos a quedar de brazos cruzados —insistió Elsa—. Aunque claro, yo sólo puedo hablar por mí misma.
Mallory resopló.
—¿Realmente dudas tanto de mí, hermana?
Elsa le dirigió una gran sonrisa.
—Después de todo, es una misión suicida.
Mallory le devolvió otra sonrisa y después se encogió de hombros con indiferencia.
—Yo también estaré.
—Y yo haré todo lo que pueda para proteger a los niños —acordó también Anna. Y luego, como si no se pudiera resistir, tendió las manos hacia Hope y Henry—. ¿Me dejan que os coja, mis preciosos bebés?
Hope y Henry se inclinaron decididos hacia Anna, encantados de haber hecho una nueva amiga. La vampira los abrazó con fuerza, murmurándoles algo en español.
Sucedió lo mismo que había pasado con David, y antes con todos los demás Mills. Los niños resultaban irresistibles. ¿Qué era lo que había en ellos que hacía que todos se les rindieran, que les hacía incluso desear entregar sus vidas para defenderlos?
Durante un momento pensé que lo que estábamos intentando quizá podía funcionar. Tal vez mis hijos lograran lo imposible: ganarse a nuestros enemigos como se habían ganado a nuestros amigos.
Y entonces recordé que Ruby nos había dejado y mi esperanza se desvaneció tan deprisa como había aparecido.
