.
.
CAPITULO 21
Nuestro pequeño lugar escondido en Londres.
La repentina rueda de prensa que ofreció Albert para anunciar que se retiraba del deporte apaciguó a los paparazis apostados en la puerta del hospital esperando una exclusiva. En la prensa amarilla se dijo de todo. Nada cierto. La teoría más popular fue la de un embarazo, y también la que dio pie a las conjeturas de tertulianos que aventuraban que ésa había sido la principal razón por la que Albert había abandonado una carrera fulgurante.
Me encontraba mirando por la ventana cuando él entró en la habitación. Ya había recogido lo poco que tenía conmigo y la bolsa descansaba en el suelo, junto a mí. Me volví con una sonrisa algo triste, entregándole el periódico de la mañana.
—No tenías que dejarlo por mí.
Él se aproximó lentamente y apoyó ambas manos en mis hombros con deliberada ternura. Me miró con intensidad y no pude evitar el hechizo de sus ojos azules, cuyos secretos ya empezaba a conocer.
—No lo hago por ti, Candy. Lo hago por nosotros. Tengo que admitir que han sido unos años fabulosos, pero incompletos. No quiero perderme ni un instante de la vida junto a ti a partir de este momento. Quiero que seamos una pareja corriente, que dentro de cinco años estemos celebrando nuestro aniversario rodeados de nuestra familia, incluidos nuestros hijos.
Hice una mueca que no le pasó desapercibida y la congoja se apropió impunemente de mi garganta una vez más.
—Menos mal, ya sabes que no habría quedado muy bien en el grupo de las WAG, me habrían llamado la Conguito.
—No eres un conguito. —Una sonrisa iluminó su rostro—. Envidiarían tu figura de mujer y no de maniquí. Además, ya sabes lo que me gusta a mí una buena conducción con curvas a treinta kilómetros, de esas en las que disfrutas de la desaceleración y el control del volante. Las carreteras planas no son ningún aliciente.
—Anda, vamos —lo insté—. No vaya a ser que derrapes.
Ya no tenía miedo de ir sentada en el lado de la ventanilla del amplio taxi que nos transportaba a casa desde el hospital. De hecho, estaba disfrutando de la maravillosa decoración navideña de Londres, iluminado como un cuento al anochecer.
—¿Estás bien? —me preguntó Albert apretando mi mano.
—Igual de bien que las últimas veinte veces que has preguntado—le respondí cuando pasábamos por Regent Street.
Él masculló algo como respuesta, pero no lo entendí.
—Alberr, ¿tienes árbol de Navidad?
—No, me mudé a principios de año, no he tenido tiempo, ni tampoco ganas de comprar nada.
—¿Te gustaría hacerlo conmigo? —propuse.
—¿No estás demasiado cansada?
—¿Para ir de compras? Eso no deberías preguntárselo nunca a una mujer —aseveré con una sonrisa para intentar borrar su gesto preocupado.
Detuvo el taxi, me ayudó a salir, y por fin respiré con ansiedad el aire cargado de humedad y polución que nos rodeaba.
Su mano me rodeó la cintura temiendo que fuera a desplomarme en el suelo, pero, aparte del habitual cansancio tras una estancia en el hospital, volvía a sentirme como siempre. Sin embargo, algo había cambiado. Mi secreto ya no era un secreto, era una realidad también para mí, y en el tiempo que había tenido en el hospital para pensarlo había llegado a una triste pero resolutiva solución: iba a aprovechar lo que me quedaba con la gente que quería y no languideciendo como una flor a la que esconden del sol. No quería tristeza a mi alrededor, no quería provocar eso en los que amaba, quería que disfrutaran y recordaran esos últimos meses con alegría y no con pesar. Era mi último regalo, un regalo que ellos me daban y que yo me esforzaría por devolver.
Caminamos entre la multitud que apuraba el cierre de los comercios hasta llegar al impresionante edificio de Harrods, adornado con un millar de pequeñas luces iridiscentes. La gente se arremolinaba frente a sus escaparates, admirando la decoración. Nosotros nos dirigimos a una entrada lateral, dejándome guiar por Albert hasta la planta correspondiente. Me detuve en medio de la amplia estancia sin decidirme por nada en concreto, todo me parecía exclusivo y excesivamente caro.
—¿Quieres que solicitemos la ayuda de un decorador? Ellos pueden elegir por nosotros y mañana nos lo entregarán y lo colocarán.
—¿Quieres perderte toda la diversión de decorar tu propia casa para Navidad? No —negué, y empecé a elegir adornos.
Después de pasar más de una hora allí, nos lo empaquetaron y nos aseguraron que esa misma noche lo tendríamos en casa.
—¿Estás bien?
Albert retomó su preocupación en cuanto nos subimos a un taxi, y yo resoplé.
—Sigo estando bien. ¿Por qué?
—Me gustaría enseñarte mi lugar favorito de todo Londres.
—¿No estará ya cerrado?
—No. —Y sonrió de esa forma especial que tenía al decirlo.
Sin que me diera tiempo a averiguar nada más, dio orden al taxista de que se detuviera. Reconocí el entorno y supe que estábamos cerca de su casa. Cuando bajé, me quedé mirando la fachada en madera tintada de granate de un pub sin diferencia de cualquier otro que hubiera visto con anterioridad. El nombre sí resultaba curioso, aunque suponía que era por el frecuente enfrentamiento entre el Tottenham y el Fulham: The Battlefield.
[Campo de batalla]
—Vaya, es bastante lógico que un pub sea el sitio favorito de un escoces, hasta creo que es acorde con tus genes ingleses.
Él cabeceó conteniendo una sonrisa.
—Vamos —dijo cogiendo mi mano—, nunca te fíes de la primera impresión.
Una vez que entramos, me detuve junto a la barra. Albert comentó algo con el camarero, cuyo cuerpo era un muestrario de los más variados tatuajes, y de nuevo me vi arrastrada hacia una puerta al fondo del amplio establecimiento. La empujó y atravesamos una pequeña cocina. Salimos al exterior y miré alrededor desconcertada. Oí un tenue zumbido y, de improviso, miles de pequeñas bombillas se encendieron para mostrarme un majestuoso jardín. Suspiré embelesada y lo observé con atención.
El rumor del agua hizo que mis ojos se dirigieran a un estanque decorado con varios nenúfares en una esquina. A su alrededor confluían diminutos macizos de plantas aromáticas. Algunos surgían de ánforas semienterradas. Su fragancia nos envolvió como un manto invisible.
—Romero, azahar y lavanda —susurró él.
El jardín estaba protegido por amplios arbustos de jazmín y acebo, decorados con bombillas diminutas, que se escondían tímidas entre las hojas, luciérnagas a punto de emprender un vuelo torpe. En un lateral pude ver un banco de forja con espacio para tres personas. Albert me hizo caminar hasta él. Me senté sin dejar de mirar fascinada a mi alrededor.
—Éste es el lugar donde me escondo para pensar. ¿Tienes tú uno?—preguntó con interés.
—Bueno, suelo quedarme ensimismada en cualquier sitio, no creo que fuera de mucha utilidad —le expliqué.
Él sonrió como si recordara algo que le produjera placer y dolor al mismo tiempo.
—Lo descubrí hace varios años y empecé a venir con regularidad cuando el mundo se convirtió en un lugar demasiado bullicioso para mí.
Hizo una pequeña pausa y suspiró. Esperé en silencio a que continuara.
—Toda la gente que me rodeaba me exigía algo.
Intenté mostrarme tal y como era, pero pronto me superó la situación. Indagaban en mi vida y adivinaban, la mayoría de las veces de forma errónea, quién era yo o cómo me sentía. Pasé de ser nadie a que todos me consideraran «alguien». Nunca tuve demasiado, aunque eso era suficiente para mí. ¿Sabes que tu padre me pagó la carrera?
Me mostré sorprendida y no lo oculté.
—No, no lo sabía.
—Mi padre enfermó cuando yo tenía diecisiete años. Finalmente se recuperó, pero no pudo volver al trabajo. Nunca podría haber estudiado donde lo hice sin ayuda externa. —Sus ojos, por lo normal brillantes, se oscurecieron con algo muy parecido a la melancolía—. Creo que conocer a tu familia fue proverbial en mi vida. Aunque mi madre nació en Inverness, cuando era solo una niña mis abuelos se trasladaron a Mahón y no solíamos viajar allí mucho. Ella sí hacía un viaje al año para visitar a mi abuela. De hecho, todavía conserva el viejo piso que le dejó. Si no te hubiera conocido tan pronto, y a tu hermano, es probable que no hubiera visitado Menorca con tanta asiduidad. Todo lo que ganaba trabajando en un taller mecánico en Birchington durante el invierno lo invertía en mis vacaciones.
Tragué saliva, entendiendo muchas cosas de su pasado y del mío que no había querido entender hasta ese momento.
—Y ¿en qué pensabas cuando venías aquí? —inquirí con voz trémula.
Albert me miró con atención.
—En ti. Básicamente en ti, una y otra vez. Me preguntaba qué había hecho mal para que tú huyeras. Me preguntaba si me habías visto en alguna fotografía, si me habías reconocido en algún partido. Me preguntaba también por qué, si lo habías hecho, no te ponías en contacto conmigo de alguna forma, con una llamada, con un mensaje a través de tu hermano. Mi fantasía más recurrente era verte aparecer por sorpresa en algún acto al que me hubieran invitado... —Suspiró agachando la cabeza—. Debo de parecerte un idiota.
—No. Creo que la idiota soy yo —afirmé cogiéndole la mano.
—Me decía una y otra vez que todo lo que estaba haciendo tenía que tener una recompensa. Que, si a otras les parecía atractivo, ¿por qué demonios a ti no? Siempre te consideré inalcanzable para un hombre como yo. —Enarqué las cejas y a punto estuve de carcajearme—. No me mires así —me recriminó él con una sonrisa triste—. Eras perfecta. Adoraba tu sonrisa, tu espontaneidad, tu forma de ver la vida desde el prisma más optimista. Eras la chica que lo tenía todo, y yo el tipo gris, el tonto muchacho con un acento extraño que no tenía nada.
—Adoraba tu acento. —Fue su turno de sorprenderse—. Lo sigo adorando. Hablas un español perfecto; sin embargo, cuando lo haces en inglés cambia completamente tu entonación y me quedo embobada. No eras una persona gris, eras lo que imprimía estabilidad y sensatez a mi vida. Eras la persona que siempre había deseado tener a mi lado para apoyarme en ella. Envidiaba tu seguridad, la forma en que resolvías los problemas más complicados con extrema facilidad. Eres todo lo que yo no soy.
—Candy, joder, ¿qué hemos estado haciendo durante nueve años?
Sonrió con timidez, y yo hice una mueca.
—Albert, si me amabas tanto, ¿por qué te casaste con Mia? Ya sé que me has dicho que erais buenos amigos y que era la única que te comprendía. Pero de ahí a casarte... —esgrimí con algo de resquemor.
—Si Archie te lo hubiese pedido, ¿le habrías dicho que no?
Negué con la cabeza y me mordí el labio.
—Ahí tienes la respuesta. A veces, hay que engañar a tu propio corazón para que éste siga latiendo.
Carraspeé con un nudo en la garganta y lo miré de forma directa, sin ambages.
—¿Qué pretendías trayéndome aquí? Siempre que haces algo conmigo es por un propósito concreto.
—Quiero que pienses.
—Ya lo hago, Albert, sin descanso. Está siendo todo demasiado intenso, demasiadas cosas nuevas que asimilar, demasiadas noticias inesperadas, demasiados desengaños, demasiadas ilusiones... Es...
—Sí, lo sé. Puede que hayas pensado, pero no has llegado a reflexionar de verdad. Ahora es tu momento —finalizó, y se levantó—. Estaré esperándote en el pub, tómate el tiempo que necesites.
Lo vi alejarse y cerrar la puerta. El silencio me envolvió de nuevo y me encogí sobre el banco, convirtiéndome en algo ínfimo respecto a la belleza que me rodeaba. Entendía por qué Albert había elegido ese lugar, había cierta magia rondando sinuosa, flotando en el ambiente. Y, a la vez, la soledad era apabullante.
Crucé los pies y los descrucé. No conseguía concentrarme. Cerré los ojos y aspiré el olor a lavanda. Empecé recordándolo a él de joven, girando el caleidoscopio mental hasta encontrar el color exacto que le correspondía. Fui haciendo un recorrido por mi vida como si yo fuera la espectadora de la misma, hasta darme cuenta de cómo había cambiado mi forma de ser después de aquella noche, agrandándose tras el accidente. Ya no conseguía reconocerme en la persona que había descrito, como si alguien superior hubiera borrado una partitura de música y hubiera creado otra melodía diferente. Ambas se mezclaban, pero no llegaban a ser coherentes. Se solapaban ocultando la personalidad de la misma.
Me pregunté cómo no había sido capaz de ver que el matrimonio de mis padres naufragaba frente a mis ojos, que el hombre que yo creía amar amaba en realidad a otra persona, que mi prima no era quien decía ser. Que ni yo misma era la que decía ser.
Mi existencia se tambaleó en ese instante y agaché la cabeza escondiéndola entre las piernas, intentando respirar con serenidad para evitar perder el conocimiento. Entonces comprendí que lucharía lo que fuera por mantener lo que la vida me había regalado en una última ofrenda. Me incorporé y miré con decisión al frente, al pequeño lago cuyas aguas en calma me proporcionaron la paz que necesitaba. Nunca había dudado en enfrentar un desafío, no lo haría esta vez tampoco.
Aquel lugar me proporcionó la paz que ansiaba y me otorgó la sensación de liberación que llevaba dos años buscando. Y, de nuevo, era Albert quien lo había orquestado. Me levanté secándome las lágrimas y entré al pub a buscarlo.
Estaba al comienzo de la barra, acodado sobre ella, mirando con interés el partido que emitían en la televisión. Se volvió antes de que llegara a su lado y me observó con preocupación.
—Que sepas que ésta no te la perdono —le dije entre hipidos.
Me atrajo hacia sí y me besó la coronilla, pasando con lentitud las manos a lo largo de mi espalda.
—De nada, Candy —susurró en mi oído.
+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+
Al llegar a casa descubrimos que las cajas de Harrods habían sido recogidas por su asistenta. Sonreí sintiendo la emoción de cuando era niña y desembalaba unas cajas parecidas para adornar el árbol. Me quedé mirando con gesto pensativo el salón, decidiendo dónde colocaría cada cosa, haciendo un decorativo mapa mental.
—¿Qué sucede? —inquirió Albert algo preocupado.
Di un respingo, totalmente perdida en mis pensamientos, y lo enfoqué con una sonrisa resplandeciente.
—Sé que soy difícil de entender, aunque quiero que comprendas que a partir de ahora voy a intentar devolverte lo que te he robado estos nueve años, cada instante, cada momento, cada sentimiento. Trataré de darte toda la felicidad que te quité —comenté acercándome a él.
Él me acogió entre sus fuertes brazos y aspiré su aroma tan familiar. Me apoyé en su pecho, cubierto por un abrigo de paño gris hasta la rodilla, y suspiré.
—Hay gente que vive toda una vida sin vivir, yo viviré cada segundo para hacerte feliz, ésa ya es suficiente recompensa —aseveró, y me apretó más contra su cuerpo.
Se alejó hacia la cocina para preparar la cena después de darme un beso que hizo subir la temperatura de la casa un par de grados, y yo me senté en el suelo a desempaquetar. Cuando lo tuve todo dispuesto y ordenado, me llamó para que tomara la medicación y lo acompañara a la mesa. Al terminar la cena, lo atraje al salón con el fin de que montara el árbol y me ayudara a decorarlo. Lo hizo demostrando un entusiasmo incansable y reímos a menudo, compartiendo secretos, confesiones y anécdotas. Apuramos las horas de la noche tumbados sobre unos cojines en la alfombra, cerca del árbol y de la chimenea encendida.
—Ha quedado precioso, ¿no crees? —dije admirando mi pequeña obra de arte, que había costado tanto como un cuadro expuesto en el MoMA de Nueva York.
—Sí —sonrió atrayéndome hacia él.
Me quedé de espaldas al techo y observé la cadencia de las luces del árbol encendiéndose y apagándose cada pocos segundos, hasta que un adorno en especial llamó mi atención.
Incorporándome, lo cogí con cuidado. Era una bola de cristal tallado, dentro estaba Santa Claus con su trineo y, sobre éste, un anillo que me resultó familiar. Dejé colgar la bola de uno de mis dedos por el cordón dorado y lo encaré mordiéndome el labio.
—¿Y esto?
—Esto —dijo él irguiéndose para estar a la altura de mi rostro— es la sorpresa que tenía preparada para cuando consiguiera recuperar a la mujer que amo. ¿Cómo no pudiste saberlo antes, Candy? —Él meneó la cabeza como si yo no tuviera remedio.
—Bueno, te odiaba y creía que tú también. ¡Hasta pensé que me llevabas a Egipto para deshacerte de mí! Le di vueltas y más vueltas. A veces eras enternecedor, después te volvías esquivo. Me declarabas tu amor, pero no parecía importarte traer mujeres a casa. No te molestaba que yo mostrara interés por otros y, además, estaba lo de la nota que descubrí dirigida a Mia.
—Pero ¿adónde estabas mirando todas estas semanas? No había una forma más clara de decírtelo. Tuve que recurrir a Mia para que me ayudara, ella también es diseñadora de joyas. Quería algo especial. Fíjate, ¿a qué te recuerda el anillo?
Lo miré con atención y, por fin, una gran sonrisa de felicidad iluminó mi rostro.
—Es una amapola.
Albert me quitó la bola y la estrelló contra la esquina de la chimenea, donde arrojó los cristales. Sopló sobre el anillo para limpiarlo y me lo introdujo en el anular de la mano izquierda. Los rubíes centellearon a la luz del fuego y el diamante brilló en todo su esplendor.
—Con un «te quiero» habría sido suficiente —murmuré perdiéndome en el profundo azul de sus ojos.
—Contigo nunca fueron suficientes las palabras, porque no te lo habrías creído. Tenías que comprobarlo por ti misma, tenías que descubrirlo, sentirlo, asumirlo y, por fin, aceptarlo.
—¿Y para ti «te quiero» es suficiente?
—Para mí, tú lo eres todo y más. Simplemente eso, Candy—musitó, y sus labios alcanzaron los míos con inusitada ternura.
Hicimos el amor con calma, con la serenidad que produce el conocimiento de que compartíamos algo más que la atracción mutua, un sentimiento que nos unía más allá de la vida terrenal.
Cuando estuvo dentro de mí lo acaricié con ternura, deteniéndome en cada recoveco de su piel, deseando recordarlo para siempre, deseando memorizar las luces y las sombras que dibujaba el fuego sobre su epidermis perfecta. ¿Se puede amar cuando sientes que ya no puedes amar más? Sí, se puede. Aquella noche encontré por fin la respuesta.
+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+
Al amanecer desperté con el olor de café rondándome y los ladridos de Bruno dándome los buenos días. Albert acababa de depositar una bandeja en la mesilla con el desayuno: huevos revueltos, beicon, tostadas francesas y café. Sonreí entre las sábanas y me incorporé hasta quedarme sentada apoyada sobre los almohadones.
—¿Qué te apetece hacer hoy? —me preguntó sentándose en el borde de la cama, sólo con el pantalón del pijama azul oscuro cubriéndolo.
Lo observé con deseo mientras sorbía el café.
—¿Qué te parece si invitamos a todos esta tarde? Algo no muy complicado, canapés y cervezas. Queda apenas una semana para Nochebuena y me gustaría estar con ellos antes de que vayan desapareciendo para ir a sus hogares.
—¿No quieres que visitemos Londres? ¿Que hagamos algún pequeño viaje antes de Navidad? —sugirió.
—No, sólo quiero estar con todos vosotros —afirmé.
—¿No estarás intentando despedirte? —inquirió con gesto preocupado.
Negué con la cabeza, de nuevo inmersa en aquello que me quitaba el sueño.
—El único monumento de Londres que tengo interés en conocer en profundidad eres tú. ¿Vuelves a la cama?
Hice un mohín y él se acercó mostrándome una sonrisa lobuna.
—No sé por qué, pero creo que me estás manipulando —añadió quitándome la taza de café y besándome.
—¿Quién? ¿Yo? —murmuré riéndome contra su boca.
—Aunque, la verdad, no me importa ser manipulado —afirmó.
—Jamás podría conseguirlo, ni drogándote como hace mi madre...
Bruno ladró con energía; supe que estaba dándome la razón.
+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+
Alrededor de las seis de la tarde fueron llegando los invitados. Me apresuré a arreglarme en la habitación. Me había decidido por un discreto vestido color ciruela por encima de la rodilla, con escote barco y manga francesa, medias negras y stilettos. Bajé la escalera para recibir a mi hermano, acompañado por Mia. Todavía miraba de forma recelosa a esta última y espiaba el intercambio de palabras y acciones entre ella y Albert, pero únicamente tenía ojos para Tom. Después llegó Neal, algo compungido por la noticia, mostrándose bastante más efusivo después de beberse tres copas de vino, y se convirtió en el alma de la pequeña reunión como sólo un abogado sabía hacerlo: hablando mucho sin decir nada. Más tarde apareció Stear, y entonces fue el turno de Albert de comportarse como el defensor de mi virginidad perdida. No se despegó de mi lado ni cuando él me entregó un pequeño regalo.
—¿101 cosas que hacer antes de morir? —pregunté examinando el libro con más curiosidad que reparo—. No creo que me dé tiempo a hacerlas todas.
—Bah —dijo él acompañándolo con un gesto de la mano—, estoy seguro de que ya has hecho muchas y otras apenas tienen sentido.
Sonreí y se lo agradecí con un beso en la mejilla. Le di paso al salón y en un segundo ya se había enzarzado en una conversación con Neal.
—¿Lo sabía? —me preguntó Albert al oído.
—Sí, se lo conté hace un tiempo.
—Prefiero no saber en qué circunstancias.
—¿En serio? Fueron ardientes: te aseguro que el capuchino con canela del Starbucks abrasaba —contesté sonriendo.
La última en llegar fue Anny, que había dejado a Gonzalo con Marco y se había traído a un desconocido acompañante. Un desconocido y extraño acompañante. Era un joven delgado, quizá demasiado delgado y larguirucho, vestido con una camisa cerrada hasta el último botón y pantalones tobilleros estrechos por los que se adivinaban unos calcetines de rayas negras y blancas. Su calzado eran unas Vans con una línea plateada, y llevaba media cabeza rapada, dándole protagonismo al flequillo liso que le caía cubriéndole las gafas de pasta negras. Una barba poblada ocultaba parte de su rostro.
—¿Ésta es la fiesta previa a mi cumpleaños? —inquirió Anny con una sonrisilla sarcástica.
—Tu cumpleaños es en agosto, que yo recuerde, dos días antes que el mío —respondí algo confusa.
—Noooo, si sólo lo digo porque como no creo que llegues...
Me quedé muda, y ella empalideció.
—Humor negro —musitó contrita, y yo no pude por menos que estallar en carcajadas.
Su acompañante, que nos abandonó después de las presentaciones pertinentes, pegó un gritito histérico en cuanto vio a Albert, acompañándolo de pequeños saltos, haciendo que ambas lo miráramos con idénticos gesto de extrañeza.
—Will Dley! I don't believe it![!No puedo creerlo¡] —exclamó.
Anny intentó traducírmelo, pero le hice un gesto con la mano. Lo había entendido.
—¿De dónde lo has sacado? —le pregunté pasándole una cerveza en botellín.
—Es un amigo de Marco. También es un it boy.
—Y ¿eso qué es?
—Pues lo mismo que una it girl, pero en masculino.
—Vaya —musité viendo cómo corría para lanzarse hacia Albert, que tuvo que pararlo como si recibiera un placaje de rugby.
—No tienes ni idea de lo que es una it girl, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
—¿Alexa Chung? ¿Olivia Palermo?
Negué de nuevo.
—Y ¿tú te dedicas a la moda?
—Infantil y juvenil —expliqué.
—Es un bloguero muy influyente en Londres, todo lo que se pone se convierte en tendencia.
Lo examiné detenidamente. Ahora estaba haciéndose un selfi con la lámpara de pie.
—¿En serio es tendencia? ¿Quieres decir que puedo informar a mi padre de que las camisas de cuadros han vuelto a ponerse de moda? ¿Que puedo rescatar del desván la toquilla de la abuela Jacinta?
—Ésa no, que me la traje a Londres. —Carraspeó y enrojeció a la vez.
—¿Acaso esa lámpara es arte? —continué sin entender para nada el comportamiento excéntrico de aquel... sujeto.
—Hummm..., no lo sé, tendría que examinarla para decírtelo con seguridad.
—Sí, art déco, como él —añadí.
—No, él es indie.
—¿Indio?
—¡Joder, Candy! Pero ¿en qué siglo vives?
—Ahora mismo, no tengo ni idea —musité viendo cómo se ponía al lado del árbol y se sacaba un nuevo selfi.
—Un indie es un independiente, es un movimiento cultural que surge del término «do it yourself».
—Vamos, lo que venía a ser la generación X. Todo está inventado.
Ella me miró balanceando la cabeza sin saber si negarlo o afirmarlo. Tom se acercó a nosotras y se cruzó de brazos.
—Pues yo creo que es más bien un hípster —añadió.
—Y ¿eso qué es? —pregunté de nuevo.
Ahora fueron dos los que me miraron con incredulidad.
—Un hípster es un indie pijo —aclaró mi hermano.
—¡Ah, los de los moños! Como la generación de jóvenes, aunque suficientemente preparados, que sustituyó a la generación X, ¿no? Si ya os lo decía yo, que está todo inventado.
Stear se nos unió huyendo de un desesperado it boy que intentaba fotografiarlo diciéndole que representaba la cultura suburbana de la inmigración latina.
—Pues yo creo que es un nerd —determinó.
Antes de que abriera la boca para preguntar, Stear me contestó.
—Un nerd es un indie con un cociente intelectual más alto que la media.
—Ah... —dije yo, y lo vi sacándose una foto a sus propias zapatillas—. ¿Estás seguro de eso? —inquirí con bastante escepticismo.
—Sí, ahora mismo lo estará tuiteando y se convertirá en trending topic antes de medianoche —aseveró.
Albert se acercó huyendo de las insistentes atenciones del susodicho y yo lo cogí del brazo para auparme y susurrarle al oído:
—¿Tú qué crees que es?
Él no se amilanó, ni quiso disimular. Mirándonos al pequeño grupo reunido en la puerta del salón, afirmó con rotundidad:
—Un tío raro.
Acompañado de un coro de carcajadas, se dirigió a la cocina a coger más cervezas.
+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+
La pequeña reunión iba tomando forma como si tuviera vida propia. Los grupos hablaban, bebían y comían de los canapés estratégicamente colocados en los estantes para no interrumpir la conversación. Una suave música que brotaba de unos altavoces disimulados por un panel de madera abierto acunaba la estancia.
Reconocí a Roberta Flack con su Killing Me Softly y sonreí, sabiendo el gusto por lo clásico que acompañaba a Albert.
Me senté en una esquina del sofá junto a Anny. Parecía estar ausente y triste. Le cogí la mano con cariño.
—¿Qué crees que desayunará Mia? No he visto a esa mujer con un pelo fuera de lugar nunca, hasta su piel refleja la luz —murmuró.
—No quieras saberlo, ni probarlo. —Me incliné para susurrarle al oído—: Estoy convencida de que es mi hermano.
—Arggg —masculló ella dando un largo trago a la cerveza.
La observé un momento, sabiendo que me ocultaba algo importarte. Estaba decidida a impedir que un nuevo secreto empañara nuestra relación.
—¿Me puedes explicar que haces con esa especie de friki, que seguro que tiene enterrada en el sótano de su casa a la última banda de rock alternativo porque no quiere que nadie más conozca cuál es su último éxito? —inquirí dándole un tono de broma para que ella se destensara.
—Estoy abriendo horizontes —afirmó con poca seguridad.
El it boy acababa de sacarse un nuevo selfi con su imagen reflejada en la pantalla de la televisión, ahora apagada. Meneé la cabeza con consternación.
—¿Qué ha sucedido con Archie? —Lo intenté de nuevo.
—Nada. Hemos decidido darnos un tiempo.
—¿Hasta que yo muera? —musité con tristeza.
Ella se atragantó con la cerveza y me miró por primera vez a los ojos en toda la noche.
—No tienes por qué morirte, Candy. Has desafiado al monstruo de la hoz toda tu vida y has salido vencedora. No te dejaremos morir. ¿Lo has entendido?
—Es eso, ¿verdad? —la interrumpí ignorándola—. Crees que me haces daño y no quieres hacérmelo. No me lo haces, Anny, lo único que deseo es irme dejando a mi familia y a mis amigos felices.
—Nunca podremos ser felices si tú mueres.
—Lo seréis por mí, eso me lo debes.
Se quedó en silencio y la miré con intensidad. Sus ojos comenzaron a brillar y sus labios a temblar. Dejé la cerveza en la mesa de centro y la abracé con fuerza.
—No lo pierdas, Anny. Él ha sido siempre más tuyo que mío—susurré sólo a sus oídos.
Mia se acercó, interrumpiéndonos de forma elegante con una pequeña tosecilla, y me acarició un pendiente.
—Es realmente precioso y también diferente dentro del género. ¿Dónde lo has conseguido? —inquirió.
Me levanté con rapidez y le cedí el sitio.
—Habla con ella. —Le señalé a Anny—. Es la artista y creadora.
Un verdadero genio, no deberías dejarla escapar.
Me aparté, viendo que comenzaban a hablar, y me escabullí hasta el jardín trasero. Hacía muchísimo frío, aunque, al menos, no llovía. Saqué mi teléfono del pequeño bolso y busqué un contacto que había estado a punto de borrar semanas antes.
—Candy. —Su voz sonó titubeante.
—Soy yo, Archie, ¿cómo estás?
—Bien, la empresa empieza a recuperarse. La inyección de efectivo proveniente del holding chino ha tenido una gran respuesta, junto con tus nuevos diseños, que ya estamos preparando.
—No te pregunto por la empresa, Archie, sino por ti.
—Yo...
—Archie, sé que nos debemos una larga conversación, pero ya no tengo tiempo para ello. Sólo déjame darte un consejo por los años que hemos estado juntos: no pierdas a Anny y a tu hijo. Si lo haces, jamás podrás perdonártelo. Ella te ama, tú la amas. No hay nada más importante que eso en la vida, si todavía no lo sabes, ya lo comprenderás.
—Ella no quiere estar conmigo.
—Ella cree que no debe estar contigo, que es diferente. Pero tú inténtalo. Vente a Londres cuando tengas un hueco y hazle comprender lo que la amas.
—Candy...
—¿Sí?
—Siempre supe que eras más que lo que los demás te hacían creer.
—Gracias —musité—. Supongo... —añadí con una sonrisa.
Colgué el teléfono y lo sostuve en la mano un instante, pensando en lo que había cambiado mi vida desde septiembre. Pensando si podría hacer algo para volver a cambiarla. Entonces, el timbre del móvil me sorprendió.
—¿Has olvidado algo? —inquirí sin comprobar quién llamaba.
Hubo un extraño silencio al otro lado y aparté el teléfono para ver que esta vez no era Archie, sino Almu. Llevábamos sin hablarnos más de dos años, y un nudo estranguló mi estómago y trajo todos los recuerdos amargos del accidente.
—Sí, Candy, tienes que saber algo, pero no es un olvido o un descuido, es algo que te oculté deliberadamente —pronunció al fin con voz grave.
—Tú dirás —musité.
—¿Recuerdas aquella mañana antes de salir para Baqueira? Sé que no recuerdas el accidente, aunque no sé dónde perdiste la memoria.
—La recuerdo —contesté con la voz tan fría como la noche que me rodeaba.
—No sólo me retrasé cinco minutos, fue casi media hora. Siempre pensé que, si no lo hubiera hecho, la historia ahora sería diferente.
Sentí que unas lágrimas ardientes mojaban mis mejillas, ya de por sí doloridas.
—Yo también lo creí en su momento, pero, al fin y al cabo, todos tenemos nuestro destino escrito de antemano. Nada podía cambiar lo que sucedió.
—Yo sí podría haberlo hecho —aseveró, y su voz se quebró y oí sus sollozos.
—Almu, ¿qué sucede?
—Iba a dejarlo, a Lucas, y me entretuve haciendo las maletas. Ya tenía a alguien que iba a recogérmelas antes de volver de aquel fin de semana. Creí que lo quería, pero sólo quería la vida que teníamos y, con el paso de los días, de las semanas, empecé a sentir que estaba en una cárcel. Todo de él me molestaba, hasta su sola presencia.
—Almu, ¿por qué me cuentas esto ahora? —la interrumpí.
—Porque él no habría muerto de no ser por mí.
—No te entiendo.
—Estaba molesta, enfadada incluso por aquella estúpida excursión. No por ti, sino por la ilusión que él manifestaba. A medio camino, quise dormir y olvidarme un rato de lo que tenía pensado hacer a nuestro regreso a Madrid. No encontraba la postura y desperté a Lucas, que dormía en el otro lado, para que se colocara junto a mí y poder utilizar su hombro como apoyo. Recuerdo que maniobró para ponerse el cinturón central trasero, pero yo le di un manotazo y le dije que no fuera tan exigente, que sólo quedaban un par de horas.
Se quedó en silencio y las imágenes del horror volvieron a asaltarme como si acabara de suceder. Tuve que sentarme en el bordillo de piedra y agachar la cabeza para no marearme. Nunca llegué a entender por qué no funcionó su cinturón, por qué fue el único en salir despedido del coche. Pensé que era un fallo técnico, y me culpé por no haberlo comprobado antes de salir.
—Me alegré de lo que sucedió, Candy. Sé que suena horrible, pero me sentí liberada y casi te lo agradecí. Creo que he estado pagándolo todos estos meses y me amparaba en culparte a ti para desquitar mi furia. ¿Me perdonas? —Su voz surgió del teléfono envuelta en la bruma del pasado.
—¿Me perdonas tú a mí? —musité con un nudo en la garganta.
—No tengo que hacerlo. Tú fuiste la peor parada. Nadie te lo dijo, ¿verdad? En vez de dirigir el coche hacia el lado contrario, lo hiciste hacia tu propio lado y te llevaste el grueso del golpe. Hasta los peritos se extrañaron de esa acción, dicen que es inherente al ser humano evitar el peligro cuando lo ve. Tú no hiciste eso. Puede que Lucas muriera, pero nos salvaste la vida a los demás.
—Lo siento —murmuré dejando que las lágrimas fluyeran libremente.
No, nadie me había comentado ese hecho. Quizá en su momento hubiera amortiguado el daño, pero ya no era ningún consuelo.
—Más lo siento yo, Candy. Espero... —Su voz se quebró de nuevo—. Espero que algún día podamos volver a ser las que éramos.
—Sí, algún día... —susurré, y colgué el teléfono.
+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+
Una media hora después, mi hermano me puso una manta sobre los hombros y me abrazó. Sólo hizo falta eso. Me acurruqué contra su hombro como solía hacer cuando era una niña y suspiré, secándome las lágrimas.
—Bert está muy preocupado, no deja de espiarte desde la ventana, pero le he dicho que necesitabas estar sola.
—¿Tú lo sabías? ¿Sabías lo de Almu y Lucas? —Levanté la vista hacia él.
—Sí. Todos lo sabíamos, aunque te lo ocultamos porque afirmaste no recordar nada del accidente y nos esforzamos por no hacerte sentir culpable. Aquel coche os arrolló, tú no hiciste nada mal, no pudiste evitarlo, ni pudiste evitar una situación que desconocías.
—Odio que me oculten cosas, me hace sentir una niña, y ahora un adulto en el que la gente no confía.
—Bert fue el único que se opuso a ello.
Me aparté de él y lo miré con furia.
—¿Albert también lo sabía?
—Bert estuvo cada día en el hospital hasta que despertaste. ¿Sabes que fue su nombre la primera palabra que pronunciaste? Estando en coma, sólo él te mantenía con vida.
—No lo recuerdo —murmuré—. ¿Estuvo allí?
—Sí, cada noche. No era un familiar directo, pero el médico nos dijo que te haría bien. Solía ponerte música, clásica, creo recordar, y algunas canciones que decía que habíais compartido. Te hablaba durante horas. Yo, a veces, lo observaba a través de la pequeña ventana. Te cogía la mano y empezaba su larga letanía. Al amanecer, desaparecía de nuevo hasta la siguiente noche.
—¿Por qué no se quedó cuando desperté?
—¿Habrías querido que estuviera? Candy —se pasó la mano por el pelo oscuro, desordenándoselo—, lo odiabas, no parabas de decirlo. Cada vez que yo sacaba la conversación sobre él durante estos años, tú te ibas y torcías el gesto.
Comencé a llorar de nuevo por todo lo que había perdido.
—Tom, tengo la sensación de que he llegado tarde en mi vida a todo. Es como si me hubiera estado equivocando una y otra vez, y cuando por fin me decido a tomar el camino correcto, éste ya está lleno de zarzas y socavones.
—Hay una posibilidad, Candy. No te dejaremos caer, Bert el que menos. Sé que ya está investigando sobre una posible operación.
—Tom, no me negaré, aunque creo que ya es demasiado tarde.
Suspiré con cansancio.
—Eso nunca se sabe.
Volví a recostarme sobre él.
—¿Qué hay de ti y de Mia? ¿Me lo vas a contar?
—¿Qué quieres saber? ¿Que me enamoré de ella el mismo día en que la conocí? ¿Que maldije que fuera mi mejor amigo quien se casara con ella? ¿Que tuve que esperar tres años hasta que por fin me decidí a plantarle cara e ir a buscarla a Francia?
—Pero ¿y Rosa, tu secretaria?
Lanzó una carcajada.
—Lo de Rosa y yo es una broma que te gastamos cada vez que llamas. Nos divierte ver lo incómoda que te sientes. Ella está al tanto de todo y me ha salvado de muchas preguntas indiscretas de papá, que se extrañaba porque viajara tanto a Francia. Según él, allí ya no hay nada nuevo que construir, y hasta un día intentó sonsacarle a Rosa si yo estaba involucrado en algún movimiento fascista que quemara los invernaderos del país para que no nos arrojaran las fresas en la frontera.
—¿Te has dado cuenta de la familia que tenemos? —inquirí con una sonrisa triste.
—Bueno, las hay peores. Eso solía decir la tía abuela Angustias.
—Sí, la que intentó suicidarse con una botella de lejía y después acusó a su marido de asesinato en el cuartel de la Guardia Civil.
—La misma. —Se rio a carcajadas.
—Sí, y en su lecho de muerte me atrajo contra su voluminoso pecho, me aplastó y me amenazó con que no dejara a Archie y que, sobre todo, vigilara que los productos de limpieza no estuvieran al alcance de su mano.
Tom seguía riendo a carcajadas.
—¿Eso hizo?
—Sí, no pude dormir en semanas, imaginándomela merodeando por casa con su sempiterno vestido y su pañoleta negra, husmeando en mis armarios.
—Creo que deberíamos venir con prescripción médica. Ya sabes: «No lo consuma sin consultar antes a su farmacéutico».
—¡Pobre Mia! —Miré al cielo opaco—. ¡No sabe dónde se ha metido! —Arrugué la nariz—. Aunque a Albert deberíamos decirle lo mismo.
—No. —Tom negó categóricamente con la cabeza—. Te aseguro que él sabe a la perfección dónde está y con quién quiere estar.
+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+
Casi a medianoche, los invitados fueron abandonando la casa. Me quedé recogiendo mientras Albert los despedía en la puerta. Cuando la cerró, entró de nuevo en el salón y me sujetó las muñecas, obligándome a dejar las bandejas que portaba sobre la mesa.
—Ya lo recogerá mañana Maggie. Ahora es nuestro momento—dijo, y manipuló la cadena de música para elegir una canción.
Sonreí al reconocerla: The First Time Ever I Saw Your Face, de Roberta Flack.
Me cogió por la cintura y puse los brazos sobre sus hombros. Nos mecimos al compás de la melodía que brotaba con la voz ronca de la cantante a través de los altavoces.
—¿La recuerdas? —me preguntó mirándome de forma intensa con sus ojos azules.
—Sí, era el dieciocho cumpleaños de mi hermano. Había alquilado un local para celebrarlo y yo me sentía bastante fuera de lugar, entonces tú me cogiste cuando empezó a sonar esta canción para sacarme a la pista y me hiciste sentir especial. Aunque sólo fueran cuatro minutos, creí tocar el cielo entre tus brazos. Albert, ¿cuándo supiste que estabas enamorado de mí?—inquirí perdiéndome en la oscuridad de su mirada.
—La primera vez que te besé —contestó con seguridad.
—¿La noche que nos acostamos?
—No, fue varios años antes. ¿No lo recuerdas?
—¿Cómo voy a olvidar la primera vez que me besaste? —respondí indignada, y él se mordió el labio conteniendo la risa.
—Lo has olvidado.
—Déjame un minuto para resetear mi cerebro —murmuré con los ojos entornados, pero el esfuerzo resultó baldío.
—No me besaste antes de ese día. —Lancé un órdago.
—Sí lo hice.
—No, es imposible que no lo recuerde.
—¿Estamos discutiendo sobre nuestro primer beso?
—Nosotros nunca discutimos —afirmé.
—Si tú lo dices, cariño...
Le pegué un pequeño pellizco en el brazo y él se rio. Me atrapó la mano y atacó mis labios con pasión, haciéndome olvidar qué es lo que intentaba recordar. Cuando se separó, hizo una promesa.
—Si no lo recuerdas para Año Nuevo, te lo diré.
Y aquella promesa resultó profética, aunque ninguno lo supiéramos en ese momento.
+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+
Varias horas después, estaba dibujando círculos concéntricos sobre su pecho desnudo en nuestra cama mientras observaba con una sonrisa sus esfuerzos por no quedarse dormido.
—¿No estás cansada? —murmuró con voz ronca y sensual.
—Creo que no me has cansado lo suficiente —aseveré.
Abrió un ojo y enarcó una ceja.
—Si me das unos minutos...
—Eso es lo que piensa tu cerebro, pero no tu...
Me acalló con un rápido movimiento en el que me posicionó sobre él para atrapar mi boca. Se deleitó saboreándome y yo gemí de forma entrecortada al sentir su dureza contra mi estómago. Me separé para seguir explorando con la lengua su cuerpo y reparé en su tatuaje, dibujado en diagonal, sobre su cadera. Lo miré extrañada, no lo recordaba exactamente así.
—¿Qué sucede?
Albert levantó la cabeza y frunció el ceño.
—Esto no son letras chinas.
—No, es lenguaje rúnico.
—¿Qué pone? —inquirí con curiosidad.
—Adivínalo.
Lo examiné con los ojos entornados y me fijé con atención en las pequeñas runas, apenas unas líneas rectas que se solapaban unas sobre otras y que finalizaban con un extraño símbolo. Suspiré y sonreí al mismo tiempo.
—No tengo ni la más remota idea.
Albert dejó caer la cabeza y sentí su pecho vibrar por la risa.
Apoyé la barbilla sobre su abdomen tenso.
—¿Qué te hace tanta gracia? —inquirí sintiéndome insultada.
—Que todas las mujeres con las que he estado le han mostrado una inusitada atención y tú, que eres la destinataria del mensaje, lo has ignorado siempre.
—¿Mensaje? ¿Qué mensaje? —La curiosidad me pudo.
—Viene a decir que yo soy tuyo, y el símbolo es una especie de escudo de protección.
—Y la dirección apunta a tu entrepierna. ¿Es acaso un intento de que no se me olvide dónde reside todo tu atractivo? —Enarqué una ceja con diversión—. Algo más sofisticado que las miguitas de pan que dejó Pulgarcito.
Él soltó una brusca y ronca carcajada.
—¿Sólo eso te gusta de mí?
—Principalmente, ahora sí —contesté acariciándolo.
Él gimió y me giró para situarme debajo de él.
—¿Sabes lo que dice el de mi hermano? —pregunté rodeándolo con las piernas.
Se irguió un momento y arrugó la nariz, recordando.
—Él dice que es «fuerza», aunque lo consulté con un tatuador y me dijo que era «aguas fecales». No se lo digas, no creo que le guste saberlo.
Reí hasta que se me saltaron las lágrimas. Albert las secó con pequeños besos que acabaron en la punta de mi nariz.
—No puedo entender que recuerdes aquella estúpida noche en la que nos hicimos los tatuajes y seas incapaz de recordar cuál fue nuestro primer beso.
—¿Todavía estás dándole vueltas a eso?
—No —musitó besando mi clavícula descubierta—, ahora cualquier pensamiento razonable ya ha volado de mi cerebro.
—Yo haré que te concentres. —Dejé escapar un leve suspiro.
—¿Ah, sí? —murmuró entrando en mí de forma repentina.
Di un pequeño respingo y me arqueé involuntariamente. Mi piel ardió y todos mis sentidos se concentraron en una sola cosa, en una sola persona, que en ese momento me observaba con los ojos entornados y los labios entreabiertos. Lo besé y sólo me importó respirarlo. Comenzó a moverse con una cadencia lenta y sensual, como si aspirara a retener el instante suspendido en el tiempo.
Arañé su espalda desnuda y suave. Alcancé sus nalgas y clavé las uñas en ellas cuando sentí la profundidad de su estocada. Gemí echando la cabeza atrás y sentí el estallido en mi corazón, las murallas cayeron y la puerta se abrió para recibirlo con honores.
Cuando Albert me besaba, no era sólo un beso; cuando me hacía el amor, sí era exactamente eso.
+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+
—¿Qué estás mirando? —refunfuñé por la mañana, entreabriendo un solo ojo en su dirección.
Él se recostó sobre la almohada y me sonrió como únicamente él podía hacerlo, con una sonrisa decadente, sensual y a la vez, de eterna gratitud. Una sonrisa plena de amor.
—A ti —murmuró, y alzó una mano para recoger un rizo de mi pelo entre los dedos como si hubiera una fuerza invisible que lo obligara a hacerlo cada vez que estábamos a menos de un metro—. Estaría toda mi vida viéndote dormir. —Su mano abandonó mi cabello y su dedo índice señaló una línea recta en el centro de mi frente—. Cuando te relajas, la arruga de preocupación desaparece, tus mejillas se sonrojan y tus labios son una muestra de lo que me gusta besarlos. —Me dio un suave beso—. Están cálidos e hinchados, abres los ojos de forma perezosa y sonríes, siempre sonríes al despertar, ésa es tu forma de darme los buenos días, aunque sé que tu mente ni siquiera está todavía aquí, sigue volando dondequiera que te haya llevado en sueños. Y me siento afortunado, de hecho, me siento el hombre más afortunado del mundo porque sé que tu mirada es sólo para mí.
—Albert... —susurré ya completamente despierta.
—Shhh... —Me hizo callar poniéndome un dedo sobre los labios—. No soy un hombre romántico, nunca he tenido la facilidad de palabra de otros para declararme ni he sabido elegir los regalos adecuados en el momento correcto, pero quiero que sepas una cosa. Candy, si tú no estás, no puedo respirar. Estás tan dentro de mí que jamás habrá nada que pueda sacarte de ahí.
Sonreí con ternura y posé una mano en su mejilla áspera, sintiendo su calor y dejándome absorber por la intensidad de su mirada clara.
—Albert Ardley, déjame decirte una cosa: eres el hombre más romántico que conozco. Me escribiste trescientas sesenta y cinco cartas, me llevaste hasta el altar y tu promesa fue mucho más sentida y profunda que la mía, has puesto el mundo a mis pies y yo lo he pisoteado sin saber qué estabas haciendo. Puede que con tus anteriores relaciones no lo fueras, pero conmigo sí lo has sido.
Me miró con un claro gesto de sorpresa y de incredulidad, como si justo en ese momento se diera cuenta de la verdad de mis palabras. Se pasó una mano por el pelo y, después, entornó los ojos.
—Te amo —pronunció finalmente.
Sonreí de nuevo.
—¿Ves? No es tan difícil.
Lo atraje hacia mi boca y lo besé. Nunca me cansaba de besarlo, era como descubrir la emoción de algo nuevo cada vez. Me separé unos minutos después, acalorada y mucho más sonriente.
—Helado de menta con trocitos de chocolate —dije.
—¿Cómo?
—Cubierto por una suave capa de caramelo crujiente y decorado con nueces de macadamia —continué.
—Candy, ¿estás bien? —inquirió algo preocupado.
—Albert, tú eres mi patata frita —resumí.
Él levantó las manos en un gesto de clara rendición y después suspiró hondo.
—Está bien, lo admito. Yo soy el romántico de la pareja.
Proferí una carcajada y me recosté sobre su pecho, todavía temblando.
+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+
Una hora después, una vez nos hubimos duchado juntos dejando un rastro imborrable de lo que había sucedido en la bañera, bajamos a desayunar. Cocinó él y yo me centré en la metódica, y también mucho más sencilla, labor de poner manteles y cubiertos sobre la mesa de la cocina.
—¿Qué te apetece hacer hoy? —inquirió dando un sorbo a su taza de té.
—En realidad, nada.
—¿Conoces Londres?
—He estado en todos los sitios importantes —expliqué—. Viajé un par de veces aquí cuando estaba todavía en el instituto.
—Eso no es conocer Londres, eso es conocer el Londres de los turistas.
—Estoy segura de que tú tienes un montón de rincones que te gustaría enseñarme, aunque la verdad es que lo único que me apetece es salir a dar un paseo con Bruno y, después, tumbarme en el sofá a ver películas antiguas o leer algún libro.
—Está bien, tus deseos son órdenes para mí —afirmó haciendo una pequeña reverencia.
Lancé una carcajada..., el que no era romántico.
+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+
Llegamos caminando en pocos minutos al parque Bishop, donde dejamos a Bruno corretear con libertad. Nos sentamos en un banco mientras Albert le lanzaba un palo y yo simplemente observaba, sintiendo una paz interior que jamás había sentido, hasta que oí el clic de un flash y la luz lo inundó todo. Miré de forma iracunda a la joven, que ya se alejaba con su trofeo en las manos.
—¿Nos acaba de sacar una foto? —le pregunté a Albert.
—Sí, es bastante habitual. Me imagino que pronto dejaré de ser noticia. ¿Te ha molestado? Puedo intentar detenerla.
—No, sólo me resulta extraño. ¿Para qué la quiere?
—Bueno, ahora mismo estará ya en Twitter, Pinterest, Instagram y Facebook.
—¡Joder!
—¿Qué?
—¿Y si mis padres lo ven? Ellos no creo, pero alguna amiga podría reconocerme y decírselo.
—Candy, más pronto que tarde se lo vas a tener que decir.
—¿O más tarde que pronto? Ya sabes cómo son, y no quiero ni imaginarme cómo serán ahora que se han divorciado.
Me pasé la mano por la frente queriendo deshacerme de ese pensamiento desagradable.
—Pero son tus padres.
—Desgraciadamente, lo son, sí.
—Candy, me gustaría que se lo dijeras. No quiero ocultar esto por más tiempo, no me siento cómodo. Es como si estuviera haciendo algo delictivo, y no es así. De hecho, deberíamos hacerlo formal.
Se levantó del banco para arrodillarse frente a mí.
No pude contener la risa. Los pocos viandantes que había nos miraban con curiosidad.
—Candy White, déjame mudarme a tu corazón —pronunció con voz grave y semblante serio.
Reí y lo atraje hacia mí. Después de besarlo, me incliné sobre su oído.
—Albert Ardley, has vivido toda tu vida en mi corazón sin saberlo. Sólo espero que ahora no te dé por reformarlo... Conozco tu casa, y eso me da bastante miedo.
Volvió a sentarse a mi lado con la sonrisa de enfant terrible que lo caracterizaba. Con la sonrisa de un hombre satisfecho y, también, enamorado.
—Tus padres, ¿lo saben? —le pregunté.
—Sí, están al tanto de todo. Mi madre siempre creyó que tú acabarías conmigo.
—¿También saben lo de mi problema?
Me miró con intensidad y suspiró.
—No, Candy, pero creo que no debería ser un secreto. Verás—comenzó, y buscó valor en mi mano, que apretó con fuerza—, he encontrado un neurocirujano de prestigio, le envié tu historial médico y quiere concertar una cita. Dice que es posible que pueda operarte. Se llama Adam Slevin y trabaja en Glasgow.
—Albert, todavía no. Déjame disfrutar de las Navidades, por favor. Siempre han sido una fecha especial para mí. Después iré.
—Me dijo que el tiempo corría en nuestra contra.
—Intenta entenderme, Albert. —Lo miré con dureza—. No es la muerte lo que me asusta. Lo que me asusta es que no salga bien, que me quede convertida en un vegetal o que pierda parte de mis facultades y sea una carga para ti, para todos. No quiero eso, y necesito estar segura para enfrentarme a la operación.
Él soportó mi diatriba en silencio y finalmente claudicó, a su estilo.
—Te doy hasta el 1 de enero, ni un día más.
—Gracias —musité.
—Por cierto, no me has dicho qué quieres que hagamos en Navidades. ¿Te apetece pasarlas en España?
Abrí los ojos con mudo espanto.
—¡No, por Dios! ¿Te imaginas lo incómodo que podría llegar a ser? ¿Tú habías pensado algo?
—Siempre las paso con mis padres en Birchington, aprovechando que Tom está aquí, podría venir también.
—¿Crees que les importaría que fuera Anny? Desde que tiene a Gonzalo no ha podido pasar las Navidades en su casa y no quiero que esté sola.
—Sería perfecto. Pero ¿por qué no han venido tus tíos en dos años?
—Ufff..., eso es lo que nos salva. Tienen miedo al avión, más bien, pánico. De hecho, a mis padres les sucede lo mismo.
—Sois dos pérfidas manipuladoras —murmuró con una sonrisa traviesa.
—Somos dos supervivientes —afirmé, y me levanté para regresar a la comodidad de nuestro hogar.
+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+
Después de un refrigerio, me dirigí al salón para elegir una película que ver, acompañada por el sonido de la lluvia golpeando los cristales. Maggie lo había recogido todo durante nuestro paseo y había dejado el libro que me regaló Stear sobre la mesa, el cual me llamó la atención. Me senté, me arropé con una manta y me puse a ojearlo con curiosidad. Albert entró varios minutos después y depositó una bandeja donde antes había estado el libro. No pude por menos que sonreír.
—Helado de menta con trocitos de chocolate y caramelo crujiente adornado con nueces de macadamia. También he traído patatas fritas de diferentes sabores y una taza de chocolate. ¿He acertado? —me preguntó con un gesto infantil que hacía que desearas abrazarlo y mantenerlo junto a tu pecho el resto de tu vida.
—Sí, has acertado —murmuré, y tiré de su jersey negro para sentarlo a mi lado—. Pero prefiero saborear el original —asumí besándolo.
—¿Qué es esto? —masculló cuando intentó coger la postura para tumbarme sobre él.
—El libro de las 101 cosas que hacer antes de morir. ¿Sabes que viene con unas hojas anexas para ir tachándolas?
—¿Es lo que estás haciendo? —inquirió sentándose y provocando que yo doblara las rodillas y me inclinara sobre su pecho.
Él rodeó mis hombros con un brazo y me dio un beso en la coronilla.
—Sí.
Me las arrebató de las manos.
—Veamos... Beber cerveza en un pub de Dublín.
—Conseguido, de hecho, fueron muchas cervezas..., ¿crees que cuenta como más de un punto?
—Lo dudo. —Sonrió al decirlo y pasó al siguiente—. ¿Volar en gravedad cero?
—La verdad es que ni me interesa, todo el mundo me dice que me he pasado media vida en las nubes, ya sé lo que se siente—determiné.
—Actuar como extra en una película.
—No. ¿Tú podrías colarme en alguna?
—Hummm..., veré qué se puede hacer. Siguiente: escribir un libro.
—¡Puf! No creo que ni pueda intentarlo siquiera, paso palabra.
—Lanzarse en paracaídas.
—Hecho.
—Me imagino que puenting y parapente también, ¿no?
—Sip.
—Hacer un trío.
—¿Eso pone?
Intenté arrebatarle las hojas, pero él las levantó sobre su cabeza y me lo impidió con una sonrisa lobuna.
—Contesta, Candy.
—No. —Lo miré de reojo—. ¿Tú sí?
—Ejem...
—¡Por favor, no me digas que fue con mi hermano!
Se aclaró la garganta y después se quedó mudo.
—¡Arggg!
—Tú... ¿querrías hacerlo? —me preguntó tornándose serio.
—Nunca me lo he planteado —contesté con sinceridad.
—Pues no te lo plantees, soy bastante territorial con mis posesiones.
—¿Así que ahora soy una posesión? —inquirí totalmente indignada.
—La más valiosa. —Sonrió desarmándome, y me dio un casto beso en los labios—. Continuemos: conocer a una persona con tu mismo nombre y apellidos.
—¿En serio? Otra Candy White Mazo. ¡No! Pobrecilla.
—Podría ser Cecilia, imagínate que hay una Cecilia White Mazo por ahí perdida.
—Aun así, no querría conocerla, sentiría unos irrefrenables deseos de robarle su vida, y me he propuesto no cometer ninguna locura.
—Ligarte a una estrella del rock. Bueno, ésta la pasamos...
—¡Hecho!
—¿Cómo?... Bueno, mejor digo: ¿quién?
—Jamás lo confesaré.
Me miró taladrándome con su mirada azul, pero yo no claudiqué.
—Tú has hecho tríos, yo me he ligado a una estrella del rock.
Gruñó y devolvió la vista a los papeles.
—Hacerte un tatuaje. Ésta la tacho, he visto tu amapola.
—¿La has visto? Pero si está en un sitio que... —Enrojecí quedándome sin palabras.
—Candy, te juro que conozco cada curva y cada pliegue de tu cuerpo. ¿Crees que no iba a descubrir la pequeña amapola?—Enarcó las cejas para dar fuerza a su pregunta.
Torcí los labios y él se carcajeó.
—Practicar nudismo en una playa —continuó.
—Conseguido. —Compuse una sonrisa de satisfacción al decirlo.
—¿Cómo? Por eso mismo te enfadaste y me rompiste la nariz.
—No fue exactamente por eso, aunque tenía 9 años y a los veinte ves la vida de diferente forma —le expliqué sin perder la sonrisa.
Albert cerró el libro de un golpe seco y lo dejó sobre la mesa.
—Creo que prefiero seguir en la ignorancia —declaró.
+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+:*:+
Dos días después llegó la Nochebuena. Miré a Albert organizando las pequeñas maletas que llevaríamos para pasarla en casa de sus padres y, de nuevo, me sorprendí al verme sonreír. Deseaba que hubiera muchas escenas cotidianas como aquélla durante toda mi vida. No necesitaba nada más, sólo a él junto a mí. Se incorporó cuando oyó el timbre de la puerta.
—Ya abro yo —dije—, serán Anny y Gonzalo.
Pero cuando abrí, me quedé bastante sorprendida: frente a mí estaba Anny con una sonrisa temerosa, portando en sus brazos a Gonzalo, y a su lado, Archie.
—Pasad —pronunció con voz grave Albert a mi espalda, sacándome del apuro.
Archie cogió en brazos a su hijo y siguió a Albert a la cocina.
—¿Te importa que venga él? —me preguntó Anny visiblemente nerviosa.
—No, no. Sólo estoy sorprendida.
—Apareció esta mañana en casa diciéndome que había perdido ya muchas oportunidades y que no iba a dejar pasar ésta. Me ha contado que tiene planes de trasladarse aquí conmigo, que esperará a que tu padre encuentre otro director financiero y que será el momento de confesarlo todo.
—No quiero perderme ese momento —afirmé, y me rasqué la cabeza donde reposaba en calma mi aneurisma. Crucé los dedos para poder llegar a tiempo de ver la reacción de mis tíos.
—Sé lo que estás pensando. —Anny entornó los ojos con suspicacia.
—Anny, será memorable ver sus caras. En especial, la de tu madre. Lo siento —dije al ver el terror reflejado en sus ojos—. Pero imagínatelo como si fuera yo.
—Sí, a mí también me gustaría estar cuando les cuentes a mis tíos a qué te has dedicado estos meses.
—Bruja —mascullé.
—Pero sin escoba. —Rio a carcajadas—. Y sin verrugas —añadió.
Le di un pequeño empujón y ambas entramos a la cocina, donde Albert jugaba con Gonzalo y Bruno en el suelo. Archie se tomaba una cerveza con cara de circunstancias, que relajó al ver que entre nosotras no había corrido la sangre.
—Es adorable, ¿no crees? —inquirió Anny viendo la tierna escena que transcurría en el suelo.
—Sí, Gonzalo es precioso —corroboré.
—Boba. —Me dio un codazo en las costillas—. Me refiero a Bert, será un padre estupendo.
—Ah..., eh... —balbuceé.
Albert se levantó de un salto y nos sonrió a las dos.
—Sí, seré un padre estupendo —aseguró.
Acto seguido, cogió una cerveza ya abierta que estaba sobre la mesa y brindó con Archie, guiñándole un ojo en un gesto que sólo ellos comprendieron.
—Esto es muy raro —musité sintiendo que me había perdido algo importante.
En ese momento, mi teléfono vibró en el bolsillo trasero del pantalón vaquero. Lo saqué para comprobar si era algún mensaje de felicitación navideña y descubrí que provenía de mi padre.
—¡Anda, si mi padre ha aprendido a mandar fotos! —exclamé esperando a que se cargara la imagen.
Después me quedé muda y empalidecí. Tuve que sujetarme al borde de la mesa para no caer.
—¿Candy?
Albert estuvo a mi lado al cabo de un segundo y me sujetó con fuerza por la cintura.
—¿Qué es lo que te ha enviado el tío? —preguntó Anny sin advertir el peligro.
Tragué saliva y volteé el teléfono para que lo viera ella también.
—Desde luego, tu padre ha inventado un nuevo concepto de plano contrapicado —comentó examinando la fotografía desde varios ángulos.
—Anny, que no es el contexto, es el contenido —urgí con nerviosismo.
—¿El panel de salidas de un aeropuerto? No lo entiendo.
—Lee lo que pone —dije con un nudo en la garganta.
Hola, hija, ¿pensabas que te íbamos a dejar pasar sola las Navidades? ¡Sorpresa! Vamos con tus tíos a Londres, así las pasamos en familia, como siempre. Dentro de tres horas estaremos allí. ¡Llevamos polvorones y turrón!
Los cuatro nos miramos como si no supiéramos reaccionar.
—Hostia —soltó Anny, sin ánimo para decirlo a gritos.
—Estamos jodidas —corroboré yo.
—Avisaré a mi madre para que no se asuste cuando lleguemos—afirmó Albert sacando su propio teléfono.
—Por lo menos, traen polvorones y turrón —dijo Archie.
—¡Tostia! —corroboró Gonzalo aplaudiendo su nueva palabra, y Albert le tapó la boca, recibiendo un bonito mordisco como recuerdo.
CONTINUARA
