—¿Y qué tienen que ver los licántropos en todo esto? —preguntó entonces Elsa, mirando a Graham y Leah.

Antes de que Regina pudiera contestar, habló Graham.

—Si los Vulturis deciden no detenerse hasta escuchar lo que haya que decir sobre Hope y Henry seremos nosotros los que los detengamos.

—Muy valiente por tu parte, chico, pero sería imposible hasta para luchadores más experimentados que vosotros.

—No sabéis de lo que somos capaces— respondió Leah secamente.

Elsa se encogió de hombros.

—Son sus vidas, la verdad, y pueden hacer con ellas lo que quieran.

Los ojos de Graham y Leah se movieron hacia los niños, que estaban todavía en los brazos de Anna, con Mallory revoloteando alrededor… y era fácil leer la añoranza en ellos.

—Son especiales, estos pequeñajos —musitó Elsa—, difíciles de resistir.

—Una familia llena de talentos —murmuraba Krystoff mientras caminaba, incrementando cada vez más el ritmo. Tardaba un segundo en ir de la puerta hasta donde estaba Anna y luego regresar—. Un madre lectora de mentes, una madre escudo y la magia que sea con la que estos niños extraordinarios fueron concebidos y con la que nos han hechizado. Me pregunto si hay un nombre para lo que ellos hacen, o si ésta sería la norma para un híbrido de vampiro. ¡Como si una cosa como ésta pudiera considerarse normal! ¡Vaya, unos vampiros híbridos!

—Perdóname —dijo Regina con voz aturdida. Se acercó a Krystoff y lo cogió por el hombro cuando se giraba para volver hacia la puerta—. ¿Cómo has llamado a mi esposa?

Krystoff miró a Regina con curiosidad, su manía de pasear olvidada por el momento.

—«Escudo», creo que he dicho. Me está bloqueando justo ahora, así que no puedo estar seguro.

Me quedé mirando a Krystoff, con las cejas fruncidas debido a la confusión. ¿Escudo? ¿Qué quería decir con que estaba «bloqueándole»? Yo sólo estaba allí, justo a su lado, sin hacer nada en mi defensa.

—¿Un escudo? —repitió Regina, desconcertada.

—¡Venga ya, Regina! Si yo no puedo leer en ella, dudo que tú seas capaz. ¿Estás escuchando sus pensamientos ahora? —le preguntó Krystoff.

—No —murmuró Regina—, pero jamás he podido hacerlo, ni siquiera cuando era humana.

—¿Nunca? — Krystoff pestañeó—. Qué interesante. Eso indicaría un talento latente bastante poderoso, si ya se manifestaba de forma tan clara antes de la transformación. No puedo encontrar ningún camino por el que abrirme acceso a través de su escudo para ver de qué va la cosa. Todavía no debe de estar madura en este sentido… sólo tiene unos cuantos meses —la mirada que le dirigió a Regina era casi exasperada—. Y por lo que parece no es consciente en absoluto de lo que está haciendo. Para nada. Qué ironía. Gold me envió por todo el mundo a la búsqueda de este tipo de anomalías y tú simplemente te la tropiezas por accidente y ni siquiera te das cuenta de lo que tienes.

Krystoff sacudió la cabeza con incredulidad.

Yo puse mala cara.

—¿De qué estás hablando? ¿Cómo puedo yo ser un escudo? ¿Qué quiere decir eso? —toda la imagen que podía conjurar en mi cerebro era la de una ridícula armadura medieval.

Krystoff inclinó la cabeza a un lado mientras me examinaba.

—Supongo que éramos demasiado formales en la guardia sobre este tema. La verdad es que categorizar un talento es un asunto subjetivo y azaroso. Cada don es único y nunca se repite la misma cosa dos veces; salvo por sus hijos, pero tú, Emma, eres bien fácil de clasificar. Hay aptitudes que son nada más que defensivas, protegen algunos aspectos del portador, y a ésos siempre les hemos llamado escudos. ¿Nunca has comprobado tus habilidades? ¿No has bloqueado a nadie más además de a mí y a tu compañera?

Me llevó varios segundos organizar la respuesta, a pesar de lo rápido que trabajaba mi nuevo cerebro.

—Sólo funciona con ciertas cosas —le expliqué—. Mi cabeza es una especie de… zona privada, pero no ha impedido que Jefferson sea capaz de modificar mi estado de ánimo y Ruby lea mi futuro.

—Es una defensa puramente mental —Krystoff asintió para sí mismo—. Limitada, pero fuerte.

—Gold no podía escucharla —intervino Regina—, aunque ella era humana cuando se encontraron.

Krystoff puso unos ojos redondos como platos.

—Y Marian intentó hacerme daño pero tampoco lo logró —relaté yo—. Regina cree que Demetri no es capaz de encontrarme y que tampoco Robin podrá conmigo, ¿eso es bueno?

Krystoff todavía boquiabierto, volvió a asentir.

—Mucho.

—¡Un escudo! —exclamó Regina con una profunda satisfacción que saturaba su voz—. Nunca lo había contemplado desde ese punto de vista. La única persona que conocí con ese don era Renata, y lo que ella hacía era bastante diferente.

Krystoff se recobró un poco.

—Sí, no todos los talentos se manifiestan siempre de la misma manera, porque tampoco nadie piensa justo del mismo modo.

—¿Quién es Renata? ¿Qué es lo que hace ella? —pregunté, y mis hijos se mostraron interesados también, apartándose de Anna para poder mirar por detrás de Mallory.

—Renata es la guardaespaldas personal de Gold —me contó Krystoff—. Tiene un escudo la mar de práctico y muy fuerte además.

Recordaba vagamente una pequeña multitud de vampiros rodeando a Gold en su macabra torre, hombres y mujeres. Pero no conseguía rememorar los rostros femeninos en aquella imagen desagradable y terrorífica. Una de ellas debía de ser Renata.

—Me pregunto… —musitó Krystoff—. Verás, Renata es un poderoso escudo frente a un ataque físico. Si alguien se acerca a ella (o a Gold, siempre está a su lado cuando hay una situación hostil), se encuentra… desviado. Hay una fuerza a su alrededor que repele, aunque resulta casi imperceptible. Simplemente te encuentras yendo en una dirección que no habías planeado, con la memoria confusa, sin conseguir recordar por qué te habías planteado ir en la otra dirección en primer lugar. Puede proyectar ese escudo a varios metros de donde se sitúa. También protege a Jekyll y Hyde cuando les es necesario, pero Gold es su prioridad.

»Lo que hace no es en realidad físico. Como la mayoría de los dones que poseemos, surge de la mente. Si ella intentara rechazarte, me pregunto quién ganaría —sacudió la cabeza—. Nunca había oído que los dones de Robin o Marian hubieran sido burlados.

—Mami, eres especial —me dijo Henry sin mostrar sorpresa alguna, como si estuviera comentando el color de mis ropas.

—Si mami eres especial, yo lo sabia— comento Hope.

Me sentí desorientada. ¿Había sabido yo algo de mi don antes de ahora? Lo único que creía tener era ese autocontrol superlativo que me había permitido superar bien el año de neófita que tanto me amedrentaba. En su mayoría los vampiros sólo tenían un don, ¿no? ¿O era Regina la que había tenido razón desde el principio? Antes de que Henry sugiriera que ese autocontrol podía ser algo fuera de lo natural, Regina había pensado que mi contención era producto de una buena disposición… «orientación y preparación», ésas habían sido sus palabras.

¿Cuál de los dos tenía razón? ¿Había algo más que yo pudiera hacer? ¿Había algún nombre o categoría para lo que yo era?

—¿Eres capaz de proyectarlo? —preguntó Mallory con gran interés.

—¿Proyectarlo? —inquirí yo a mi vez.

—Empujarlo al exterior, fuera de ti —me explicó Mallory—. Proteger a alguien además de a ti misma.

—No lo sé. Nunca, lo he intentado. Y tampoco sé cómo hacerlo.

—Oh, puede que no sea posible —repuso ella con rapidez—. Los cielos saben que yo llevo trabajando en esto desde hace siglos y lo máximo que he logrado es hacer correr una especie de corriente sobre mi piel.

Me quedé mirándola, perpleja.

—Mallory tiene un don ofensivo —me explicó Regina— muy similar al de Marian.

Me aparté de ella automáticamente, y se echó a reír.

—Yo no lo uso en plan sádico —me aseguró—. Es sólo algo que viene muy bien cuando has de luchar.

Las palabras de Mallory me calaban poco a poco, comenzando a crear relaciones en mi mente.

«Proteger a alguien además de a ti misma», había dicho ella. Como si pudiera haber alguna forma de incluir a alguien en mi extraña y estrafalaria cabeza silenciosa.

Recordé a Regina encogiéndose sobre las antiguas piedras de la torre del castillo de los Vulturis. Aunque era un recuerdo humano, resultaba más agudo y doloroso que la mayoría… como si hubiera sido grabado en los tejidos de mi cerebro. ¿Cómo podía conseguir que eso no volviera a ocurrir? ¿Qué pasaría si pudiera protegerle, a ella y a Hope y Henry? ¿Qué pasaría si tuviera la más mínima posibilidad de escudarlos a todos?

—¡Tienes que enseñarme cómo hacerlo! —exclamé, agarrando a Mallory del brazo sin pensar—. ¡Debes enseñarme cómo!

Mallory se encogió ante la fuerza de mi agarre.

—Quizá podría hacerlo… si dejas de intentar machacarme el antebrazo.

—¡Oh! ¡Lo siento!

—Tu escudo está actuando, seguro —dijo Mallory—. Ese movimiento que he hecho podría haberte arrancado el brazo. ¿No sientes nada en estos momentos?

—Eso no era necesario, Mallory. Ella no quería hacerte daño —masculló Regina, pero ninguno de nosotros le prestó atención.

—No, no siento nada. ¿Estabas haciendo lo de tu corriente eléctrica?

—Sí. Mmm. Nunca he encontrado a nadie que no la percibiera, fuera inmortal o cualquier otra cosa.

—¿Dijiste que la proyectabas? ¿Sobre tu piel?

Mallory asintió.

—Antes sólo me ocurría en las palmas de las manos. Algo parecido a lo de Gold.

—O Hope y Henry —intervino Regina.

—Pero después de un montón de práctica, puedo irradiar la corriente por todo mi cuerpo.

Estaba escuchando a Mallory a medias, ya que mis pensamientos se aceleraban alrededor de la idea de que podría proteger a mi pequeña familia sólo con que aprendiera a hacerlo con la suficiente rapidez. Deseaba fervientemente ser lo bastante buena en este asunto de la proyección como lo había sido —de un modo tan misterioso— en todos los otros aspectos que conllevaban la vida de vampiro. Mi vida humana no me había preparado para que las cosas vinieran de forma natural, y no podía confiar en que esta aptitud durara.

Sentía como si nunca hubiera deseado nada con tantas ganas: ser capaz de proteger a los que amaba. Como estaba tan preocupada, no noté el silencioso intercambio que se estaba produciendo entre Regina y Krystoff hasta que se convirtió en una conversación hablada.

—¿Puedes pensar en al menos una excepción? —preguntaba Regina.

Fijé mi atención para captar el sentido de su comentario y me di cuenta de que todo el mundo estaba ya mirandolos a ambos. Se inclinaban el uno hacia el otro con interés, la expresión de Regina tensa debido a la sospecha y la de Krystoff, infeliz y renuente.

—No quiero pensar en ellos de esa forma —decía Krystoff entre dientes. Me sorprendió el profundo cambio que se había producido en la atmósfera—. Si tuvieras razón… —comenzó de nuevo Krystoff.

Regina le cortó.

—El pensamiento era tuyo, no mío.

—Si yo tuviera razón… ni siquiera puedo comprender lo que eso significaría. Cambiaría de arriba abajo el mundo que hemos creado. Cambiaría incluso el sentido de mi vida, de aquello a lo que he pertenecido.

—Tus intenciones siempre fueron buenas, Krystoff.

—¿Y qué importaría eso? ¿Qué es lo que he hecho? Cuántas vidas…

Elsa puso la mano sobre el hombro de Krystoff en un gesto de consuelo.

—¿Qué es lo que nos hemos perdido, amigo mío? Quiero saberlo para poder argüir en contra de esos pensamientos. Tú nunca has hecho nada que merezca que te castigues así a ti mismo.

—¿Ah, no lo he hecho? —masculló Krystoff.

Entonces, se sacudió la mano con un encogimiento de hombros y comenzó a caminar de nuevo, más rápido aún que antes. Elsa le observó durante medio segundo y después se concentró en Regina.

—Explícate.

Regina asintió, con sus ojos tensos siguiendo a Krystoff mientras andaba.

—Él estaba intentando comprender por qué venían tantos de los Vulturis a castigarnos. Ésa no es la manera en la que suelen hacer las cosas. Es verdad que nosotros somos el aquelarre más maduro y grande con el que han tratado, pero en el pasado otros aquelarres se han unido para protegerse y nunca han sido un gran reto, a pesar del número que llegaran a sumar. Nosotros estamos más íntimamente ligados y ése es un factor a tener en cuenta, pero no el principal.

»Estaba recordando otras veces en las que algunos aquelarres han sido castigados, por una cosa u otra, y se le ha ocurrido que hay un modelo. Un modelo que el resto de la guardia no habría notado nunca, ya que Krystoff era el encargado de pasar la información confidencial a Gold, en privado. Un modelo que sólo se repite cada siglo más o menos.

—¿Y cuál es ese modelo? —preguntó Anna, observando a Krystoff igual que Regina.

—Gold no suele asistir a las expediciones de castigo —explicó Regina—, pero en el pasado, cuando Gold quería algo en particular, no tardaba mucho en encontrarse evidencias de que tal o cual aquelarre había cometido un crimen imperdonable. Los antiguos decidían en ese caso acompañar a la guardia para observar cómo se impartía justicia. Y entonces, cuando el aquelarre estaba definitivamente destruido, Gold garantizaba el perdón a aquel miembro cuyos pensamientos, según declaraba él, mostraban un arrepentimiento especial. Ese vampiro siempre era el que tenía el don que Gold había admirado. Y a esa persona siempre se le daba un lugar en la guardia. El vampiro se integraba con rapidez, siempre se sentía agradecido por el honor concedido. Nunca hubo excepciones.

—Debía de ser algo embriagador resultar escogido —sugirió Mallory.

—¡Ja! —bramó Krystoff, todavía en movimiento.

—Hay una vampira en la guardia —explicó Regina, para que comprendieran la reacción de enfado del vampiro—, cuyo nombre es Chelsea, y tiene influencia sobre los lazos emocionales entre las personas, tanto para consolidarlos como para soltarlos. Es capaz de hacer que alguien se sienta vinculado a los Vulturis, que quiera pertenecer a ellos, y complacerlos…

Krystoff interrumpió de forma abrupta.

—Todos nosotros entendíamos el porqué de la importancia de Chelsea. En una lucha, podía provocar que se disolvieran alianzas entre los aquelarres y de ese modo era más fácil vencerlos.

Si lográbamos distanciar emocionalmente a los miembros inocentes de un aquelarre de los culpables, podíamos impartir justicia sin una brutalidad innecesaria… así los culpables eran castigados y se salvaba a los inocentes. No quedaba otro remedio, porque no había forma de evitar la lucha contra el aquelarre en bloque. Así que Chelsea rompía los lazos que los mantenían unidos. A mí aquello me parecía un gran detalle por parte de Gold, una evidencia de su piedad. También sospechaba que mantenía nuestro bando más unido, pero eso también era bueno. Nos hacía más efectivos y nos ayudaba a coexistir con más facilidad.

Esto aclaró muchos de mis viejos recuerdos. No había tenido sentido para mí antes el hecho de que los guardias obedecieran a sus señores con tanta alegría, casi con devoción de amantes.

—¿Es muy fuerte su don? —preguntó Elsa con un cierto deje afilado en la voz. Su mirada rozó con rapidez a todos los miembros de su familia.

Krystoff se encogió de hombros.

—Yo fui capaz de marcharme con Anna —y entonces sacudió la cabeza—. Pero cualquier otra cosa más débil que el sentimiento que une a las parejas se encuentra en peligro. En un aquelarre normal, al menos. Porque también es cierto que las uniones de los demás son más laxas que las de nuestra familia. El abstenernos de sangre humana nos hace más civilizados y nos permite entablar auténticos lazos de amor. Dudo que pudiera disolver nuestra alianza, Elsa.

Ella asintió, como si se sintiera más segura, mientras el vampiro continuaba con su análisis.

—Lo único que se me ocurre, la razón por la que Gold ha decidido venir por sí mismo, y traer a tanta gente con él, es que su objetivo no sea el castigo sino la adquisición —comentó el vampiro—. Necesita estar aquí para controlar la situación, pero también necesita a toda la guardia para protegerse de un aquelarre tan grande y dotado. Por otro lado, eso dejaría al resto de los antiguos desprotegidos en Volterra, lo cual es demasiado arriesgado, ya que alguien podría intentar aprovechar la ventaja. Así que por eso vienen todos juntos. ¿De qué otro modo se aseguraría el apropiarse de los dones que quiere? Debe desearlos con verdadera ansia —musitó Krystoff.

La voz de Regina sonó tan baja como un suspiro.

—Según lo que vi en sus pensamientos la pasada primavera, no hay nada que Gold quiera más que a Ruby.

Me quedé boquiabierta, recordando las imágenes de pesadilla que había creado en mi mente hacía tiempo: Regina y Ruby con capas negras y ojos de color rojo, sus rostros fríos e inexpresivos mientras acechaban como sombras, con las manos de Gold en sus… ¿Era esto lo que había visto Ruby? ¿Había visualizado a Chelsea intentando separarla de nosotros, para ligarla a Gold, Jekyll y Hyde?

—¿Ése es el motivo por el que Ruby se ha marchado? —pregunté, con la voz quebrada al pronunciar su nombre.

Regina puso la mano contra mi mejilla.

—Quizá, para privar a Gold de lo que más desea y mantener su poder fuera de sus manos.

Escuché las voces alteradas de Elsa y Mallory murmurando y recordé que no sabían nada de lo de Ruby.

—Él también te quiere a ti —le susurré.

Regina se encogió de hombros, con su rostro repentinamente algo descompuesto.

—Ni de lejos tanto como a ella. En realidad, yo no le puedo dar mucho más de lo que ya tiene. Y claro, dependería de que encontrara un modo de forzarme a hacer su voluntad. Él me conoce y sabe lo improbable que es eso —alzó una ceja en un gesto sardónico.

Krystoff frunció el ceño ante la despreocupación de Regina.

—El también conoce tus debilidades —le señaló y luego me miró.

—No es algo que tengamos que debatir ahora —respondió Regina con rapidez.

Krystoff ignoró la indirecta y continuó.

—Lo más probable es que también quiera a tu compañera. Debe de estar intrigado por un talento que ha sido capaz de desafiarlo en su encarnación humana.

A Regina le incomodaba este tema, y a mí tampoco me gustaba. Si Gold quería que yo hiciera algo, lo que fuera, le bastaba con amenazar a Regina y yo lo haría, y viceversa.

¿La muerte entonces no era el problema? ¿Lo que debíamos temer era la captura?

Regina cambió de asunto.

—Creo que los Vulturis han estado esperando esto, encontrar algún pretexto. No sabían qué forma adoptaría la excusa, pero el plan estaba en marcha para cuando se presentara la oportunidad. Por eso Ruby vio su decisión incluso antes de que Ingrid la provocase, sencillamente porque ya había sido tomada; sólo aguardaban algo que pudiera justificarla.

—Si los Vulturis están abusando de la confianza que todos los inmortales hemos puesto en ellos… —murmuró Anna.

¿Acaso eso importa? —preguntó Krystoff—, ¿quién nos creería? E incluso aunque otros se convencieran también de que están explotando el poder que tienen, ¿qué diferencia marcaría eso? Nadie lograría enfrentarse a ellos y vencer.

—Aunque algunos parece que estamos lo bastante locos como para intentarlo —murmuró Mallory.

Regina sacudió la cabeza.

—Sólo estáis aquí para servir de testigos, Mallory. Sea cual sea al objetivo de Gold, no creo que esté preparado para manchar la reputación de los Vulturis con este asunto. Si podemos rechazar sus argumentos en nuestra contra, se verá obligado a dejarnos en paz.

—Claro —murmuró Elsa.

Nadie parecía convencido. Durante unos cuantos y largos minutos ninguno dijo nada.

Entonces escuché el sonido de las cubiertas de un coche girando desde la autovía hacia la entrada de tierra de los Mills..

—Oh, mierda, David —mascullé—. Quizá a los de Denali no os importe subir al primer piso hasta que…

—No —repuso Regina con voz distante. Sus ojos se veían lejanos, mirando inexpresivamente hacia la puerta—. No es tu padre —su mirada volvió a concentrarse en mí—. Ruby ha enviado a Peter y Charlotte, después de todo. Ha llegado el momento de prepararse para el siguiente asalto...