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CAPITULO 22

¡Peligro: Navidad!

Cambié mi peso de un tacón a otro de los botines negros y finalmente exhalé con fuerza. Sentí la mano de Albert presionar mis dedos entre los suyos y observarme con preocupación.

Apenas le hice caso, pendiente como estaba de examinar la marea de recién llegados del vuelo de Madrid en el aeropuerto de Heathrow.

—Tranquila —susurró.

—No estoy nerviosa —mentí—, estoy... preocupada. —También fue una mentira.

En realidad, estaba a punto de salir corriendo mientras agitaba las manos y gritaba: «¡El Apocalipsis se cierne sobre Londres, la familia White Mazo está a punto de aterrizar! ¡Vade retro, Satanás!».

—Sí lo estás, siento cómo se está acelerando tu ritmo cardíaco—musitó como si pudiera oír el tamborilear de mi corazón.

—Albert, que tú no conoces a mi familia en Navidad, que es como celebrar el bautizo de un Gremlin..., que tiene toda la pinta de acabar en una tragedia griega. Lo de Nerón quemando Roma quedará en una mera anécdota cuando ellos se enteren de todo lo que les ocultamos.

Se rio y me cogió la mano con fuerza.

—No será para tanto. De todas formas, deberías tranquilizarte—insistió acariciándome la parte interna de la muñeca con el pulgar.

—Creo que hay otra que está peor que yo —afirmé viendo acercarse a Anny con un pañuelo sobre la boca, esquivando a la gente—. ¿Has vuelto a vomitar? —le pregunté cuando estuvo a nuestro lado. Ella asintió y pude ver brillar el sudor en su frente—. ¿Cuántas veces van ya? —inquirí con suavidad.

Levantó tres dedos de la mano derecha y después la dejó caer con cansancio.

Me solté de la sujeción de Albert y acaricié su espalda notando su crispación.

—¿Has hablado con Archie? —continué intentando distraerla.

—Sí —murmuró ella, y se aclaró la voz—. Ya están de camino a Birchington con tu hermano y con Mia. Tuvieron que hacer una parada en un centro comercial para comprar una silla de bebé homologada y eso los ha retrasado un poco.

—¿Habrá sitio en tu casa para cuatro más? —le pregunté a Albert, dándome cuenta del problema de logística que teníamos encima.

—Es una casa grande. Habrá que compartir habitación, pero no hay más dificultad que ésa.

—¿Dificultad? —exclamé con voz aguda—. Y ¿cómo quieres que repartamos a la gente en las habitaciones? Yo no estoy dispuesta a compartir con Anny y Archie. Ya me entiendes —comenté mirando a Anny, y ella levantó la mano dando su consentimiento—, ni con mi hermano y Mia por razones obvias que...

—Sí, ya te entiendo —dijo Albert esbozando una sonrisa torcida.

—¡Joder! —grité provocando que un par de personas me miraran con curiosidad. Bajé la voz para dirigirme a Albert—: No será con ellos dos con los que hiciste un trío...

—No —masculló él, y Anny sonrió entre dientes, olvidándose por un instante de sus propias tribulaciones.

—Menos mal —resoplé—. Y tampoco quiero compartir habitación con mis padres, ¿os imagináis lo violento que puede ser?—proseguí como si no fuera capaz de dejar de hablar—. Además, que Archie y Anny tampoco deberían hacerlo con mis tíos porque...

—Ya están aquí —anunció Albert con un fuerte suspiro, poniendo fin a mis disertaciones.

Me volví a tiempo de ver aparecer a mi padre sujetando a mi tío por el codo, el cual parecía estar ebrio o bastante mareado. Mi madre correteaba detrás de ellos arrastrando una pequeña maleta y conversando con un hombre bajito y moreno. Mi tía sujetaba con decisión su bolso de viaje bajo el brazo, como si temiera que se lo fueran a robar, y se encaminaba cual general al mando directamente hacia nosotros. Una cabeza adornada con un gorro de piel se vislumbraba a su espalda. Abrí los ojos con espanto reconociendo a la portadora de aquella especie de oso de las cavernas en su cráneo.

—¡¿Cómo ha sido capaz de traerse a su amante?! —estallé en un bramido apretando los puños.

—Creo que tendré que llamar a mi madre de nuevo —masculló entre dientes Albert forzando una sonrisa—. Me temo que hay que sumar dos personas a la cena.

—¿Dos? —pregunté sin poder despegar la vista del animal que portaba Piruca—. ¿A quién te refieres?

Sin darme tiempo a reaccionar, el abrazo de mi tío me dejó sin respiración.

—¡Hija mía! ¡Cuánto has crecido en todo este tiempo! —balbució separándose para cogerme por los hombros y agitarme como una coctelera.

—Papá, ella es Candy —dijo Anny atrayendo hacia sí a su padre, que se quedó con la mirada perdida como si acabara de despertar.

—Pues no es tan raro Londres, la verdad es que se parece bastante a Madrid —respondió él observando a su alrededor, ahora con excesiva curiosidad.

Resoplé con fuerza y encaré a mi madre.

—¿Se puede saber qué le has dado?

—¿Por qué piensas que he sido yo? —exclamó ella llevándose la mano al pecho fingiéndose ofendida.

—Eres la única traficante de drogas que conozco —resumí.

—Bueno, un par o tres orfidales, nada más que eso para tranquilizarlo, ya sabes que tiene miedo a volar. Aunque parece que le han hecho reacción...

La observé detenidamente con los ojos entornados mientras mi padre saludaba a Albert profiriéndole varios golpes en el hombro. Después, miré a su extraño acompañante, que de cerca parecía una momia egipcia, como si su piel hubiera sido preservada al calor y a la luz de una lámpara de rayos UVA.

—Os presento —dijo mi madre con una sonrisa resplandeciente—. Lorenzo, ella es mi hija Candy.

—Enchanté —pronunció con voz aguda aquel hombre, y me cogió la mano para besármela como si fuera un galán de los años cuarenta, con veinte más añadidos—. Parecéis hermanas, caramelito.

Sentí una profunda repulsión y, de forma instintiva, me limpié el dorso de la mano en el pantalón vaquero. No sabía qué me daba más asco, si el olor a gomina apelmazada de su pelo, su expresión al llamar caramelito a mi madre o sus labios babosos.

Anny lanzó una carcajada y eso hizo que reaccionara propinándole un fuerte codazo en las costillas. Mi tía me acercó a su cuerpo con objeto de besarme, aunque su propósito real fue aleccionarme.

—Es inconcebible. Ya puedes hablar con ellos cuanto antes o nos veremos obligados a intervenir —masculló en mi oído.

Asentí con la cabeza frunciendo los labios y sentí la mirada preocupada de Albert sobre mí. Mi padre sonrió satisfecho, ajeno al intercambio de opiniones silenciosas, y animó a Piruca a acercarse.

—Tú debes de ser el amigo de Thomas, Albert, ¿no? —dijo ella levantando sus labios de forma lasciva y examinando a Albert de arriba abajo haciéndole un escáner.

—Lo soy, y usted es...

—Puedes llamarme Piruca, ahora que voy a ser familia de Candy—afirmó poniendo una mano sobre su mejilla, marcándolo.

Noté el respingo de Albert y yo me atraganté con mi propia saliva.

—Pleased to meet you[ Encantado de conocerla ] —musitó él, y ahí pude comprobar el grado de nerviosismo que sufría. Recordé de improviso que sólo bajo tensión hablaba en inglés con alguien que no conociera el idioma.

—Esa zorra... —oí murmurar a mi madre, y me volví hacia ella como un resorte.

—¿No erais amigas? —inquirí.

—Tú lo has dicho: éramos —asintió.

Me volví hacia mi padre buscando una explicación, pero la recibí de la propia Piruca.

—¿No te lo han contado? Roberto y yo nos vamos a casar. —Hizo una pausa para darme la oportunidad de cerrar la boca, cosa que no hice—. He traído un regalo de bienvenida y agradecimiento a tus padres —añadió sin querer apercibirse de mi sorpresa.

Le entregó una planta extraña a Albert, que la cogió por inercia.

—Es ruda, conocida principalmente por su protección contra los malos espíritus.

Todos miramos la planta con algo de reparo.

—A mí me parece una de esas plantas de lentejas que nos obligaban a mantener vivas durante el colegio. Ya sabéis, de esas que plantábamos en los botes vacíos de yogur entre dos algodones—interrumpió Anny sin dejar de observarla.

Piruca se mostró ofendida y lanzó una especie de bufido, aunque pronto se olvidó para centrarse sólo en mí.

—Por cierto, querida, tu aura sigue siendo bastante oscura, hasta creo ver una tormenta que se cierne sobre tu espíritu —explicó entornando los párpados como si entrara en trance.

—No te jode, una tormenta dice..., ¿ésta no sabe que estamos en Londres? Ni que pensara que va a pasar un fin de semana en Cancún —murmuró Anny cabeceando.

Iba a protestar cuando la voz de Albert me interrumpió.

—El aura de Candy es brillante y límpida —determinó con frialdad—. Es de una estupidez insultante que sugiera que se cierne una tormenta sobre su espíritu, a no ser que pretenda ser usted la instigadora de la misma. Cosa que, por otro lado, no le aconsejo por su bien que intente.

—¡Ay, mierda! —mascullé cada vez más nerviosa—. Que ni hemos salido del aeropuerto y ya se ha armado...

Miré a Albert y le apreté la mano con disimulo, instándolo a que guardara silencio, ya que por su gesto parecía tener intención de acabar con toda aquella farsa de inmediato. Ni siquiera con ese espantajo de planta bajo el brazo, había perdido un ápice de la seguridad y la atracción que lo caracterizaba.

Carraspeé incómoda, intentando romper el tenso silencio que sobrevino tras el último comentario de Albert, como si fuera el preludio de la tormenta que predecía mi futura madrastra. Varios pares de ojos se posaron en nosotros, algunos con sorpresa, otros con incredulidad, y los de mi tía y mi madre entornados, ya que fueron las únicas que se dieron cuenta de la personal intensidad que Albert había puesto en sus palabras.

—Creo que será mejor que nos pongamos en marcha. Mis padres no toleran la impuntualidad —continuó Albert con firmeza—. Ustedes —se dirigió a mis padres y a mis tíos— irán con Candy, y ustedes —prosiguió señalando a Lorenzo y a Piruca— lo harán con Anny y conmigo.

—Pero yo quiero ir con Roberto —protestó Piruca recobrando la voz, que era lo único que había perdido, porque el descaro lo seguía manteniendo.

—Es mi coche, mi casa, y decido yo. ¿Le ha quedado suficientemente claro? —apostilló Albert con fiereza; después se pasó una mano por el pelo con gesto cansado y esbozó una sonrisa a mis tíos—. Ya tendrán tiempo de hablar con su hija cuando lleguemos a nuestro destino.

—Claro, hijo —balbució mi tío dándole un golpe en el brazo, y después se inclinó sobre Anny—. Me gusta tu novio, se lo ve buen chaval y con carácter —exclamó en un intento frustrado de ser un murmullo, ya que todos lo oímos.

—¡Papá!, que él no es mi...

Pero no la dejé acabar, la sujeté del codo y, juntas, nos encaminamos hacia el aparcamiento.

—¿Quién dijo que la Navidad era una época de paz y amor?—mascullé sintiendo el mordisco del frío aire de Inglaterra en el rostro.

Me concentré en seguir los focos traseros del Aston Archie de Albert, sujetando con fuerza el volante e intentando aplacar la furia que sentía brotar en cada poro de mi piel. Había recibido instrucciones precisas de Albert cuando me había dejado las llaves de su Mercedes, tales como ir despacio y no perderlo de vista. Se aseguró de que llevara el móvil programado en manos libres por si lo necesitaba en algún momento. Además, el GPS me mostraba en todo momento el camino que debía seguir. No obstante, apenas salimos del aparcamiento y nos encontramos con el tumultuoso tráfico de los alrededores de Londres, fui incapaz de mantener los labios sellados.

—¡Pero ¿se puede saber cómo os habéis atrevido a traer a vuestros amantes?!

Mi tío, que una vez se había subido al coche se había quedado irremediablemente dormido, dio un pequeño respingo sin llegar a despertarse, para después dejar caer la cabeza sobre la ventanilla y seguir golpeteando el cristal de forma rítmica. Aparte de aquel molesto ruido, no hubo contestación alguna.

—¿Podéis ponerle algo al tío para que llegue con la cabeza intacta? —inquirí suavizando el tono.

Mi tía se quitó la gruesa chaqueta de punto y la dobló para posicionarla bajo el rostro de su marido. Por un instante sentí que las lágrimas se iban a derramar dejando descubrir mi vulnerabilidad al ver ese gesto de ternura entre ellos. Había vivido situaciones parecidas protagonizadas por mis padres durante toda mi infancia y mi juventud.

—¿Nadie va a contestar a mi pregunta? —exclamé minutos más tarde.

—Ya lo he hecho, Candy. Tu tío no sufrirá daño alguno—murmuró mi tía, y después me dio un cálido apretón en el hombro—. Me alegro, cariño, de que vuelvas a conducir.

—Gracias, tía, aunque no me refería a esa pregunta.

—Lorenzo es mi pareja y ya va siendo hora de que te acostumbres, Candy, que no eres una niña —murmuró mi madre torciendo los labios.

—Y Piruca mi prometida, lo que sube un grado, así que no hay motivo para...

—¿Qué es esto? —estallé—. ¿Una guerra para ver quién puede más?

Mis padres fruncieron el ceño y cada uno miró por su lado de la ventanilla. Resoplé frustrada y conecté la radio para que el silencio no se volviera otro personaje maldito de la pesadilla de Navidad.

—¿Y el abuelo? ¿Se puede saber dónde lo habéis dejado?

—Huy, el abuelo está encantado de haberse quedado con su cuadrilla del mus. Dice que quiere que lo llames mañana para darle novedades —expuso mi padre.

Y, aunque supuse que había sido cosa de Piruca quitarlo de en medio, no repliqué.

—Almu te manda recuerdos —susurró mi tía—, le habría gustado venir, pero tenía que trabajar.

La observé por el espejo retrovisor con curiosidad.

—No sabía que los colegios hicieran guardia en Nochebuena.

—Ya no trabaja en el colegio. Montó una empresa de catering hace unas semanas. Tu amiga Patty la está ayudando, tiene muchos contactos. La verdad es que le va muy bien —explicó con no poca sorpresa.

—Nadie me lo había dicho —mascullé. «Como tantas otras cosas», pensé para mí.

—He traído vino. Reserva de Marqués de Cáceres —me explicó mi padre, que iba sentado junto a mí, sacando de una bolsa una caja de madera envuelta en papel de regalo.

No le dije que estaba segura de que el vino era lo único que sabía que iba a haber de sobra en casa de los padres de Albert.

—Lo he comprado en el tutti frutti, porque el que llevaba me lo han confiscado al pasar el control policial —continuó al ver que yo no contestaba.

—Duty free, idiota —musitó mi madre desde el asiento trasero.

La fulminé con la mirada echando un vistazo rápido atrás, pero ella sólo se encogió de hombros. ¿En qué momento habían llegado a esa guerra abierta?

—Y ¿cómo es posible que Piruca haya conseguido pasar una planta de ruda sin que se la retuvieran? —inquirí concentrándome en la carretera.

Descubrí por el espejo retrovisor varias miradas de incomprensión.

—Habrá hecho algún hechizo de invisibilidad, como es bruja...—canturreó mi madre, y mi tía le dio un pequeño pescozón.

Resoplé y decidí guardar silencio.

—¿Podemos desviarnos para ver el cambio de guardia del palacio de Buckingham? —preguntó mi madre mirando hacia la lejanía, donde se veían las luces de la inmensa urbe que circundábamos.

—¿Estás loca, mamá?

Aferré el volante con más fuerza dejando escapar parte de la tensión en ese gesto.

—Sólo era una idea..., quizá la próxima vez —se disculpó, y yo me arrepentí de mi salida de tono.

—Albert es muy amable al aceptarnos en Nochebuena —comentó mi tía.

—Sí, lo es.

Sonreí por primera vez.

—Es una suerte que Anny haya encontrado a un chico así aquí. Siempre pensé que su trabajo en el Museo Británico la absorbía tanto que al final me iba a quedar sin ser abuela. ¿Sabes si a Albert le gustan los niños? —prosiguió.

Tosí para disimular y di un pequeño acelerón involuntario.

Albert pareció notarlo y redujo la velocidad.

—Tía, verás... —comencé.

—No necesito explicaciones, Candy. Lo he visto en el aeropuerto, ya sé que odiabas a ese chico con toda tu alma, aunque ahora parece que te tiene mucho aprecio. No sé lo que has hecho para encandilarlo, pero ni Anny ni Archie se merecen una traición de ese calibre, así que te advierto que, como madre que soy, mi deber es avisar a mi hija de que se ande con cuidado.

—¡Por Dios! —exclamé, viendo que mi madre y mi tía se enzarzaban en una discusión sobre mi traición o no traición a Anny, y que todavía no había un peso definitivo en la balanza que lo definiera.

Bajé el volumen de la radio y grité:

—¡Basta ya! Lo que se tenga que hablar se discutirá en casa y no en un coche.

Ambas se quedaron mudas y se cruzaron de brazos con gesto de enfado. Mi padre, en un intento baldío de destensar la tensión, dio un golpe al salpicadero y sonrió.

—Buen coche, por cierto. ¿Te lo ha cedido la empresa?

—¿Qué empresa? —pregunté desconcertada.

—Pues los chinos, hija, ¿quiénes iban a ser?

—Señor, dame paciencia..., porque si me das fuerza... —mascullé.

Casi tres horas después, llegamos a las afueras del pequeño pueblo de Birchington. Apenas había tráfico, y las casas decoradas con luces navideñas contribuyeron a suavizar mi genio. Nos desviamos de la calle principal hacia la salida sur, donde parecían confluir varias edificaciones de tres plantas con un amplio jardín. El coche de Albert se detuvo en la última y yo aparqué detrás. Respiré con alivio; después de un trayecto tan largo me sentía entumecida y a la vez tremendamente nerviosa, una mezcla difícil de sobrellevar. Antes de que pudiera abrir la puerta, Albert me esperaba junto a ella. Sonreí al verlo y me preguntó con una mirada si estaba bien. Asentí con disimulo y él se dirigió al maletero a descargar las bolsas de viaje.

Aspiré con fruición el aire límpido que provenía de la cercana costa y oí a lo lejos el graznido de las gaviotas. Miré la casa y la admiré también. Era robusta y a la vez elegante. El jardín principal estaba cubierto de arbustos de peonías, boj y varios árboles, entre los que destacaban un tilo y un sauce llorón. Una enredadera tapaba parte de la fachada principal y las buganvillas se asomaban resplandecientes bajo los ventanales. La luz de la entrada se encendió y la puerta de madera lacada en negro, contrastando con la piedra blanquecina propia de aquella parte de Inglaterra, se abrió dándonos la bienvenida en la figura de la madre de Albert. Apenas la había visto tres o cuatro veces en mi vida. Y lo que recordaba de la boda era una nebulosa sin sentido. Seguía siendo rubia, con el pelo que le llegaba a la altura de los hombros, y su hijo había heredado sus ojos grises. Abrió los brazos y sonrió. Anduve hasta ella devolviéndole la sonrisa y dejé que me abrazara.

—¡Gracias a Dios! —exclamó llevándose la mano a una imagen de la Virgen que adornaba su cuello—. No sabes lo que he rezado por poder ver esta escena algún día.

—Pauna, igual no tendrías que haber rezado tanto... —Dejé la frase en suspenso y ambas nos volvimos hacia el grupo, que había comenzado a discutir antes de ser siquiera presentado.

—Tranquila, Candy. Bert me lo ha contado todo. Estamos aquí para apoyarte, no lo dudes —afirmó, y saludó con la mano a mi madre.

Pasé dentro y me encontré con Archie, Mia y mi hermano en el hall. Sin tener tiempo para explicaciones, la marabunta abordó el pequeño recibidor decorado con espejos que reflejaban la luz de las lámparas. Me acerqué a Archie y le susurré:

—¿Dónde está el bebé?

—Durmiendo.

Respiré hondo y, después de abrazos, saludos, besos y la entrega de presentes, que los padres de Albert agradecieron de forma comedida y cordial, llegaron las incómodas preguntas.

—Anda, si también está Archie. —Mi tía se aproximó a nosotros y nos sonrió con suspicacia—. ¡Esto sí que es una sorpresa!

—¡No sabes cuánto, Juani! —exclamó Archie, y yo lo miré iracunda.

—¡Hija! —Mi padre me llamó y me disculpé para entrar en el círculo formado por mi hermano, Mia y él.

—Acabo de conocer a tu jefa —me informó con una sonrisa de satisfacción—. Aunque no sabía que la costumbre era invitar a los jefes a las celebraciones navideñas. ¿Es una costumbre china o inglesa?

—Ninguna de las dos, papá. Ella es...

—Soy francesa, Roberto —pronunció Mia con esa cadencia musical tan adorable—, de ascendencia japonesa, aunque pasé parte de mi juventud en España, concretamente en Barcelona.

—Pero ¿no trabajas para los chinos? ¿Ahora son japoneses? No es lo mismo, ¿no?

—Papá —interrumpió Tom—. Mia no es su jefa.

—¿Ah, no? Y ¿quién es?

—Mi exmujer —afirmó Albert justo detrás de mí.

Mi padre se volvió con gesto sorprendido y, por primera vez, se quedó sin palabras, aunque reaccionó con prontitud, propinándole varios golpes en la espalda.

—Reconciliándoos, ¿eh? ¡Qué mejor época que la Navidad!

—Aquí se masca la tragedia. —El comentario fue vertido en mi oído por Anny, que intentaba disimular lo mejor posible con Archie y sus padres.

—Papá —intervino Tom pasando una mano por la cintura de Mia y gesto serio—. Ella es mi pareja.

—Tu... ¿qué?

Le di un pellizco en el brazo a mi hermano, pero ni se inmutó.

—Podrías haber esperado a que por lo menos dejaran las maletas, ¿no?

Mi padre seguía sin entender nada y nos miraba a uno y a otro esperando una explicación lógica. Anny volvió a interrumpir:

—Esto es como hacerte la cera, rápido y con un fuerte tirón.

La madre de Albert dio un par de palmadas en alto y atrajo nuestra atención hacia ella.

—Bert, tú ve subiendo las maletas a cada habitación. Candy me ayudará a terminar de acomodarlas y los demás acompañarán a William al salón, donde pueden descansar un poco y tomar una copa antes de la cena.

—Sí, sí —balbució mi padre—, creo que una copa me vendrá muy bien —afirmó antes de desaparecer por las puertas acristaladas que daban al amplio salón.

Yo me apresuré a seguir a Pauna escaleras arriba, claramente huyendo, mientras Albert intentaba recoger las maletas para transportarlas. La decoración era austera, pero cálida y acogedora. La barandilla de madera pulida y los peldaños cubiertos por una gruesa moqueta color ciruela daban paso al descansillo del primer piso, en el que destacaban las alfombras persas en tonos oscuros y diseños geométricos. Pude ver varios cuadros de bodegones y escenas campestres, así como diversas fotografías familiares colgando de las paredes. Pauna fue abriendo cada puerta para explicarme y mostrarme su hogar. La última fue su habitación, decorada en tonos blancos y suaves crema, donde había una gran cama de matrimonio y un armario a la izquierda con ribetes dorados. Las mesillas altas y las lámparas de forja daban fuerza a la estancia.

—Ésta será vuestra habitación. Nosotros dormiremos en una salita en la planta baja que solemos utilizar cuando estamos solos para ver la televisión y leer, allí hay un sofá cama.

—No puedo permitirlo. Nosotros dormiremos allí —afirmé.

—Candy, cuando vaya a vuestra casa, decides tú. Aquí decido yo.—Pese a la firmeza de la frase, estaba sonriendo.

—De acuerdo. —Me rendí.

—El resto de las habitaciones ya están distribuidas, así nadie tendrá que compartir, ya que también hemos habilitado el ático, que Willy suele utilizar para montar sus maquetas. Es bastante espacioso, y creo que, allí, Anny, Archie y el bebé estarán cómodos.

—Gracias —musité sintiendo un profundo alivio.

Ella se volvió hacia mí y sonrió ampliamente.

—Sé que debe de ser muy difícil para ti, con toda esta gente que comparte, digamos, «un pasado común» entre sí y del que tú eres partícipe y pieza principal, pero haremos que éstas sean unas Navidades inolvidables. Al fin y al cabo, estamos deseando inaugurar una tradición familiar contigo, y también con tu familia.

—Pauna, no sé cómo agradecértelo —expresé al borde de las lágrimas.

—Ya lo has hecho. Estás con Bert, eso era lo único que queríamos. Ya era hora de que fuerais felices. A Bert siempre lo tratasteis como a uno más cuando iba a España. ¿Crees que nosotros vamos a hacer alguna diferencia?

La abracé porque no supe cómo contestar a eso, y ella me acunó en sus brazos.

—Ahora te dejo descansar, que el viaje habrá sido complicado, ¿no? —Asentí con la cabeza—. Bert vendrá cuando repartamos al resto de la gente. La cena se sirve dentro de una hora.

—¿Necesitas ayuda?

—No, ya está todo preparado. Únicamente quedan los últimos toques.

—Gracias —repetí, y ella cerró la puerta dejándome sola en la habitación.

Fui directamente al baño, necesitada de una ducha caliente que destensara mis músculos y disipara el nerviosismo, siempre atenta a cualquier ruido extraño que pudiera oír, ya que me temía que fuera a estallar una batalla campal en el piso inferior.

Albert me sorprendió cuando salía de la bañera, cogiéndome por la cintura con posesión. Me estremecí ante su contacto, como siempre, y él me dio un beso en la nariz y esperó mi reacción, que fue arrugarla y sonreír. Enarcó una ceja divertido y se mantuvo en silencio.

—¿Cómo está todo en la línea de fuego? —inquirí secándome el pelo con la toalla, mientras no dejaba de observar su cuerpo desprendiéndose de la ropa para entrar en la ducha.

—Bastante bien. Archie y Anny se han escabullido hacia el ático con disimulo, y mi padre está ejerciendo de perfecto anfitrión inglés con los demás —resumió ya desnudo.

Algo despistada, y provocando una sonrisa sardónica por su parte, insistí:

—¿Quieres decir que les está contando historias del Imperio británico al amor de la lumbre?

—No. Quiero decir que los está emborrachando con su mejor reserva de whisky escocés —contestó, ya riéndose abiertamente dentro de la ducha.

—Debería decirle que me guardara un poco —murmuré saliendo a la habitación para vestirme.

—¡Te he oído! —Albert elevó la voz para amonestarme—. Ni una gota, y lo sabes.

Levanté las manos en un gesto de rendición y empecé a vestirme después de abrir la pequeña maleta. Saqué un vestido y lo extendí sobre la cama. Cuando apareció de nuevo Albert, con un bóxer negro de Dolce & Gabbana, tuve que hacer un esfuerzo enorme por concentrarme en que la costura de mis medias no se torciera.

—¿Te vas a poner ese vestido?

Albert lo sostenía con una sola mano, acariciando la tela con un dedo.

—Sí, ¿te parece poco adecuado? —inquirí algo preocupada.

—Es el vestido que llevo semanas deseando arrancarte con los dientes —declaró devolviéndolo a su sitio. Las cuentas de cristales de Swarovski tintinearon—. Lo que quiere decir... —me examinó detenidamente con la mirada, trazando una línea invisible en mi piel— que finalmente aquella noche decidiste ponerte el rojo.

Mis mejillas se tornaron del color del vestido elegido aquella vez y me mordí el labio.

—¿Cómo puedes acordarte de todo?

—Y tú, ¿cómo puedes no recordar nuestro primer beso?—preguntó besándome en la punta de la nariz.

Lo miré con gesto interrogante, pero él se volvió para ponerse el traje. Mientras tanto, me introduje en el vestido y me encaminé con el neceser en la mano al baño para maquillarme. Casi había terminado cuando él se posicionó a mi lado y procedió a hacerse un perfecto nudo Windsor en la corbata. Nuestras miradas se cruzaron a través del espejo y mi corazón se llenó de dicha de forma repentina.

—Te quiero —murmuré.

Albert suspiró y sus manos se quedaron quietas un instante para observarme con detenimiento.

—Gracias —contestó.

—¿Gracias? ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? —exclamé indignada.

Me giró para ponerme frente a él y sus manos ciñeron mi cintura.

—Candy, es la primera vez que me lo dices con total sinceridad. Me prometí ser paciente, algo que no llevo muy bien, y hasta creí que jamás te atreverías a pronunciarlo. Me has dicho que me amabas, que sufriste por mí, aunque nunca nada ha sido tan transparente como esas dos palabras que sé que han brotado directamente de tu corazón. «Gracias» es mi forma de decirte que por fin me has aceptado en tu vida tal y como soy.

—Siempre te he aceptado, pero ¿aceptarás tú a mi familia?

—Por supuesto, aunque te aseguro que Piruca, si la vista no me falla, tiene el aura negra como el carbón. Quizá debería ir a que le limpiaran los chacras con disolvente.

Lancé una carcajada.

—Tu viaje tampoco ha sido fácil, ¿verdad?

—Digamos que ha sido... diferente. Esa mujer intentó sonsacarme información sobre nosotros durante todo el trayecto.

—Nunca me ha gustado Piruca, y creo que yo tampoco le he gustado nunca a ella.

—Tienes razón, Candy. A los enemigos no hay que subestimarlos, recuérdalo.

Asentí con la cabeza preguntándome qué debía de saber él que yo desconocía.

—¿Estás lista? —preguntó varios minutos después.

—Lo estoy —dije calzándome unos stilettos negros que me alzaban hasta su hombro.

—Muy bien, bajemos —asintió y, cogiendo mi mano, descendimos la escalera mientras él declamaba a Enrique V de Shakespeare como si fuera el comandante C. K. Banger King en el desembarco de Normandía arengando a sus soldados—: «Los caballeros que ahora estén en Inglaterra se creerán malditos por no estar ahora aquí».

Me reí y nos separamos para entrar en el salón profusamente iluminado con dos lámparas de cristal de strass. Al fondo, junto a la chimenea encendida, había un inmenso árbol de Navidad que desprendía un suave olor a pino y a frescura. Los amplios ventanales que daban al jardín estaban cubiertos con cortinas de pesado brocado color crema, y mis tacones repiquetearon en la tarima pulida de madera que conformaba el suelo. En el centro del mismo estaba situada una mesa de caoba con capacidad para veinte comensales, rodeada por sillas altas de estilo isabelino. Un mantel rojo y blanco con diminutos bordados en forma de muérdago adornaba la misma, ya cubierta por un servicio de porcelana completo. La madre de Albert había dispuesto, dispersas sobre la mesa, varias velas adornadas con motivos navideños, y los candelabros de plata se habían retirado para adornar la repisa de la chimenea. El gusto de Albert por lo clásico, sin perder el empuje de lo moderno, se respiraba en cada rincón de aquella casa.

Nosotros fuimos los últimos en llegar, así que los demás comenzaron a tomar asiento en cuanto entramos. Mis tíos, mis padres y Piruca se situaron frente a nosotros. Lorenzo, viéndose privado del lugar que creía que le correspondía, corrió un par de veces alrededor de la mesa de forma ridícula como si estuviese jugando al juego de las sillas, hasta que mi hermano se movió, sosteniendo a Gonzalo, que ya había cenado pero que parecía no tener ganas de perderse la función que representábamos, y le dejó un sitio a mi izquierda. Mi madre miró extrañada el intercambio de parejas que parecíamos haber sufrido Anny y yo, aunque se mantuvo en silencio. Mi tía hizo lo mismo, sólo que su mirada de furia me llegó con total claridad a través del reflejo de las velas en las copas de cristal de Bohemia. Los padres de Albert, imprimiendo algo de serenidad al ambiente, seguían conservando la costumbre navideña española y, como tal, se presuponía una cena opípara.

En un tenso silencio se abrieron las botellas de vino y se fueron sirviendo. Todos a una, tomamos las copas para dejarlas vacías en un instante. Recibí un pequeño pellizco de Albert en la rodilla y le respondí con un pisotón. Después, nos instaron a que abriéramos unos regalos que estaban situados sobre los platos, una especie de cilindros envueltos en papel satinado.

—¿Qué es esto? —pregunté cogiéndolo para examinarlo con extrañeza.

—Un cracker —me informó Anny desde el otro extremo—, es típico en Nochebuena. Se coge por cada extremo con tu compañero de la derecha y el que gane se queda con la sorpresa que esconde.

—Vaya —musité.

Tiré con fuerza de mi lado, y Albert suavizó su empuje para que ganara. Todos estallaron como petardos y provocaron risas y algún grito de alegría. Cogí mi sorpresa, que era una corona plateada, y Albert hizo los honores de ponérmela. Los hombres ganadores rehusaron, cediéndosela a sus parejas, excepto a Piruca, que, con su nuevo peinado acabado en punta como si fueran los catorce ochomiles, fue imposible que sostuviera el artilugio.

La madre de Albert se levantó y, destapando la fuente que destacaba en el centro de la mesa, nos instó a que fuéramos pasándole platos. Resultó ser una crema de boniatos, dulce y consistente. Realmente deliciosa. El vino distendió el ambiente y, con él, comenzaron a llegar las preguntas que ninguno deseaba contestar.

—Es un niño precioso, Albert. Tom no nos había informado de que habías tenido un hijo —comenzó mi padre, ya que parecía el más desinhibido, fruto del zumo de uva fermentado y del whisky ingerido con anterioridad.

—No es mío —contestó de forma escueta Albert.

—Entonces... —mi madre frunció el ceño y miró fijamente a Tom—, ¡eso quiere decir que nos acabamos de convertir en abuelos putativos, Roberto!

Mi tía ocultó la risa detrás de la servilleta de hilo y mi padre estuvo a punto de sufrir un colapso.

—¿Abuelos? Ah, claro, que la joven china y Tom..

—Anny —siseé, pero ella, blanca como el papel, se levantó disculpándose y se dirigió a la cocina con una excusa que balbució y nadie entendió.

—Archie—siseé de nuevo, y él enarcó una ceja en señal de complicidad con su compañera huida, haciendo ver que lo dirían los dos juntos.

Suspiré y Albert me apretó la mano con fuerza. Mis padres se miraban el uno al otro intentando asimilar la noticia.

—¡Qué niño tan mono! —exclamó con voz aguda Piruca, sobresaltándonos a todos.

Gonzalo la miró con unos ojos como platos, escupió el chupete y alzó un dedito pringoso.

—¡Ésa no usta!

Varios de nosotros tuvimos que agachar la cabeza, compartiendo la total sinceridad del pequeño.

—Estos jóvenes tan modernos... —comentó mi padre, desviando la atención hacia él con su habitual sutileza—. En nuestros tiempos suponía todo un escándalo casarte con una madre soltera.

Se oyó un resoplido al unísono, pero Mia, con su buen carácter y su humor, se rio placenteramente, sin confirmar ni desmentir su súbita maternidad. Seguro que era la que más estaba disfrutando de todo, ya me la imaginaba creando un guion para una película indie.

Anny regresó a tiempo de oír el último comentario, se sirvió otra copa y se la bebió de un solo trago.

—Pauna, déjame que te ayude con el segundo plato —afirmó mi madre, todavía algo descompuesta, y escapó con ella a la cocina.

En ese interludio sentí que una mano caliente se posaba sobre mi rodilla y miré a Albert en un mudo gesto de interrogación, al que él respondió enarcando una ceja. Me volví como un resorte hacia la izquierda y me topé con la sonrisa blanqueada de aquel engendro humano adicto al sol y a la gomina. Apreté las rodillas con fuerza y él retiró la mano con un quejido cuando le aplasté los dedos. Nadie pareció apreciar el golpe bajo la mesa que siguió a su exclamación.

Mi madre y Pauna entraron entonces portando la bandeja con el pavo acompañado de pigs in blankets y varias fuentes más con salsa de arándanos, coles de Bruselas y roast potatos. Mientras se acomodaban de nuevo, le pidieron a Albert que trinchara el pavo, entregándole los cubiertos.

Él cogió el tenedor, se puso de pie y lo enarboló con decisión delante del rostro de Lorenzo, amenazándolo.

—La próxima vez que pongas tus sucias manos sobre mi mujer, te juro que te saco los ojos. ¿Ha quedado claro?

Las palabras de Albert, pronunciadas con total frialdad, estallaron como una granada sobre la mesa. Se oyeron varias exclamaciones de sorpresa y algún gritito agudo proveniente de mi madre, Piruca y mi tía.

—¡¿Tu mujer?! —aulló mi madre con los ojos fuera de las órbitas.

El nuevo golpe, después de creerse abuela, la dejó totalmente noqueada.

—¡Lo sabía! —anunció mi tía mirando a Anny—. Cielo, ¿cómo ha sido posible? ¡Y delante de tus propias narices!

—Yo fui testigo de su boda, mamá —contestó ésta, empalideciendo aún más y recurriendo a la copa de vino, nuevamente llena.

—Pero, pero...

Mi tía se quedó sin palabras y miró a mi tío, que seguía sin entender apenas nada, además de atontado por los tranquilizantes, con una dosis bastante fuerte en su cuerpo de alcohol.

—¡Te lo dije, Roberto! —gritó mi madre bastante enardecida—. Que decirle a Candy que nos divorciábamos le iba a traer un trauma con consecuencias nefastas para nosotros. Ya sabes cómo es tu hija, no tengo que decírtelo. Vive en las nubes y nunca se entera de nada, parece que todo a su alrededor es un arcoíris de colorines y purpurina. Nunca ha sabido aceptar la realidad. Qué forma más ruin de vengarte de tus propios padres...

Dejó escapar un gemido hondo y meneó la cabeza con decepción.

Me quedé blanca de furia y me levanté con lentitud, sujetando un cuchillo de plata en la mano derecha. Los señalé a ambos con dureza.

—¿Por qué siempre tenéis que escudaros en mí por vuestros actos? ¿Es que no veis lo que estáis haciendo con vuestras propias vidas? —Cogí aire con fuerza y mi mano tembló—. Mamá, ¡por Dios! Pero ¿se puede saber de dónde has sacado a esto? —Me volví hacia Lorenzo.

—Éste —me corrigió de forma automática Anny, y la fulminé con la mirada.

—Esto —repetí.

—Es mi profesor de pádel —contestó mi madre haciendo un gesto de indiferencia.

—¡Qué típico! —mascullé con desprecio—. Y tú, papá, ¿de verdad crees que Piruca está enamorada de ti?

—Pues, pues..., claro. ¿No es así, Piru? —Se volvió hacia ella con gesto interrogante.

—Por supuesto —afirmó ésta frunciendo los labios y haciendo que brotaran un millar de arrugas alrededor de ellos, como las raíces de un árbol viejo.

—Estás totalmente equivocado. Sólo quiere tu dinero —afirmé con calma.

—No es cierto, yo tengo mucho dinero —contraatacó Piruca con voz no muy firme.

—No lo tienes. Llevas el mismo traje horroroso que te pusiste el día de mi comunión, ¿crees que no lo iba a recordar? —La miré conociendo que tenía la mano ganadora, y ella me desafió torciendo su boca en un rictus amargo—. Sabiendo cómo eres y adónde venías, te habrías comprado media planta de moda del Corte Inglés sin decidirte por una marca en concreto. Tus uñas muestran que hace mucho tiempo que no reciben una manicura decente. Por no hablar del caniche que te has plantado en la cabeza, ofreciendo una muestra de la ostentación y la vulgaridad que te caracteriza, ocultando con ello que tu pelo necesita con urgencia un tinte nuevo. No te fuiste de la empresa porque necesitabas encontrarte ni expiar tus pecados de alta ejecutiva. Te despidieron y ya te has gastado la indemnización intentando vivir por encima de tus posibilidades. Nunca te ha importado nada ni nadie, y viste en mi padre la presa perfecta para vivir tus últimos años en una comodidad a la que ya estabas acostumbrada.

Ella se llevó la mano al pecho ofendida y Albert me sonrió de medio lado. También percibí la sorpresa de Anny y el asentimiento silencioso de Archie y Tom.

—Pues déjame darte una noticia: mis padres están arruinados. No sacarás ni un euro con ese matrimonio —continué con voz pausada.

—¡¿Cómo?! ¿Es eso cierto, Roberto?

De forma curiosa, la mención monetaria fue lo que la hizo reaccionar.

—Verás, Piru, últimamente la empresa no está pasando por su mejor momento y hemos tenido que recurrir a un préstamo que...

Mi madre aplaudió con entusiasmo.

—¡Sabía que había gato encerrado! —exclamó lanzando un brazo al aire como si hubiera ganado una maratón.

—Lo que no sabías, Mary, es que tu hija no es tan infantil como nos habéis hecho creer siempre —apostilló mi tía.

—¿Infantil, yo?

Me sentí como si me hubiesen golpeado con una sartén dejándome atontada.

—Hija..., si ya sabes qué vida has llevado y cómo has sido. ¿Qué voy a explicar yo ahora?

—Pues, por ejemplo —pronuncié retomando mi fuerza—, ¿qué haces con un hombre que está intentando meter mano a tu hija por debajo de la mesa?

—Caramelito, no es lo que parece... —se disculpó Lorenzo.

Empuñé mi cuchillo hacia él y lo encaré:

—Si te vuelvo a oír llamar «caramelito» a mi madre, te corto los huevos y después me hago unas bolas antiestrés. ¿Entendido?

—¡Toma ya! —exclamó Anny, volviendo a coger la copa de vino.

—Albert, deberías controlar el carácter de tu mujer —replicó Lorenzo con una sonrisa falsa que atrajo las luces de toda la estancia.

—Lo que todavía no has entendido, imbécil, es que si estás aquí sentado es por el respeto que le guardo a la familia de mi esposa. Dejaré que ella cumpla su amenaza si lo cree necesario y, además, disfrutaré mucho viéndolo —apostilló Albert con otra sonrisa, esta vez de completa satisfacción.

Lorenzo pareció recular y se removió incómodo en la silla.

—Lo mío con tu madre no es una cuestión de dinero —intentó explicarse la momia con dientes de porcelana.

—No, es cuestión de sexo. No necesito saber más. Hasta que te canses y otra mujer que busca algo diferente fuera de su matrimonio te encuentre. Porque tú eres de los que esperan agazapados, mientras se broncean, a que alguna de sus alumnas tenga problemas con su pareja para acercar posiciones.

—Yo no... —replicó.

Me aproximé a él tanto que nuestros alientos se entremezclaron y puse el cuchillo sobre su pecho.

—De puta a puta, ¡taconazo! —siseé haciendo que retrocediera en la silla hasta casi caer de espaldas.

—¡Bravo!

Miré estupefacta a la madre de Albert, que me sonrió ofreciéndome su apoyo.

Mia se rio suavemente y puso una mano sobre el brazo de mi hermano.

—¡Qué cena más divertida! Me encanta tu familia, Tomy.

—¿Ves, Candy? ¿No decías que no tenía ningún defecto? Pues ahí lo tienes..., anda que decir que le gusta nuestra familia...—intervino Anny.

—No niego nada de lo que has dicho, Candy. Es más, lo comparto.—Mi tía habló con bastante serenidad—. Pero eso no justifica que le hayas robado el novio a tu prima y hayas traicionado también a Archie. Creo que todo se hereda —añadió con un rictus malévolo.

—Yo, por mi parte, sólo puedo decir que les deseo toda la felicidad del mundo —pronunció Archie, elevando su copa como si brindara con el aire.

—Archie, tú lo que no tienes es sangre en las venas. ¡Habrase visto qué disparate! —replicó mi tía.

—Hija. —La voz de mi madre, quebrada y temblorosa, me hizo enfocarla con atención—. ¿Cómo has podido? ¿Así te he educado yo? ¿Para que intentes robarle el novio a tu madre?

La miré, estupefacta y dolida a partes iguales. Sentí que las lágrimas sin derramar escocían. Mucho.

—María —susurró Albert con un gesto tenso que me dio una idea clara de que se le estaba acabando la paciencia—, os he querido a los dos como si fuerais mis padres adoptivos, pero no voy a consentir ni una sola falta de respeto más hacia Candy. Espero haberme explicado con la suficiente claridad.

—Lo que no ha quedado claro, Bert, es lo de vuestra repentina boda —insistió mi tía ante el súbito silencio de mi madre.

Antes de que Albert interviniera, lo hice yo.

—¿Queréis saber la verdad? —Miré a cada uno de los comensales a los ojos—. Me casé con Albert por su dinero. —Hice una pausa en la que se oyeron nuevas exclamaciones y susurros ahogados—. Lo del holding chino no salió bien, y él me ofreció la oportunidad de salvar la empresa a cambio de un año de mi vida. Acepté.

—Ésa no es toda la verdad —interrumpió Albert provocando que yo me sentara, sintiendo que ya apenas me sostenían las piernas—. La verdad es que, cuando me tropecé con Candy en el aeropuerto y me contó los problemas financieros que tenía la empresa familiar, no dudé en ofrecer mi ayuda, pero sé lo cabezota que puede llegar a ser, así que tuve que ingeniármelas para convencerla de que, a cambio, me diera algo que yo llevaba deseando toda mi vida. A ella.

Lo miré con dulzura y él cogió mi mano con fuerza.

—Nos queremos, de hecho, siempre nos hemos querido y nada va a poder cambiar eso nunca —profetizó.

Se hizo un pequeño silencio en la mesa que prontamente fue roto de nuevo por mi tía:

—Anny, Archie..., ¿se puede saber qué os pasa a los dos? Es que no lo entiendo, no lo entiendo..., que una cosa es ser abiertos y otra ponerles hasta la cama...

—Tu turno —dije dirigiéndole una sonrisa a mi prima, instándola a que hablara.

Anny cogió de nuevo su copa y se la bebió de un trago.

—Papá, mamá. —Se levantó algo tambaleante y Tom le entregó a Gonzalo. Archie se situó a su lado—. El bebé es nuestro. Sois abuelos. Nunca me becaron para trabajar en el Museo Británico, de hecho, he sobrevivido porque tengo un puesto de artesanía en el mercado de Covent Garden.

Mi tía se llevó la mano al cuello como si estuviera sufriendo un estrangulamiento invisible y abrió la boca sin pronunciar palabra. Mi tío parpadeó confundido.

—¿Mamá, estás bien? —La voz de Anny temblaba, y su hijo lo notó y se abrazó a ella con desesperación.

—¿No vives en Chelsea ni trabajas para el Museo Británico?—pronunció finalmente mi tía.

—¡¿Chelsea?! —exclamé yo atragantándome con el vino.

Albert me dio unas suaves palmadas en la espalda y yo elevé la vista al techo, admirando y temiendo la terrible imaginación de Anny.

—No. ¿Habéis escuchado algo de lo que he dicho? Sois abuelos y Archie es el padre —continuó Anny visiblemente nerviosa.

—En un mercadillo, dice que trabaja de tendera en un mercadillo... —murmuró mi tía, y de improviso puso los ojos en blanco y cayó desplomada sobre el plato.

Nos levantamos todos a una, pero Anny, más rápida, dejó a su hijo en brazos de Archie y corrió en ayuda de su madre. Mientras la mía intentaba reanimar a mi tía con una servilleta empapada en agua fría, mi tío escuchó las explicaciones vacilantes y algo confusas de su historia sin parpadear, como si sólo eso hubiera logrado despertarlo del todo.

—Bueno, el pavo ya se habrá quedado frío —intervino Willy al cabo de unos minutos con la flema inglesa que lo caracterizaba—, cariño, será mejor ir sacando el Christmas pudding, ¿no crees?

—Estoy completamente de acuerdo, cielo. Mientras, tú deberías traer el jerez para acompañarlo —contestó Pauna dirigiéndose a la cocina—. ¡Y yo que pensaba que lo más emocionante de las Navidades era el especial de Downton Abbey que emite la ITV!

Una hora después ya habíamos regresado a nuestra habitación. Mi tía se había recuperado del desmayo, aunque le estaba costando bastante asimilar los cambios en la vida de su hija. Mi madre y mi padre llevaban esa hora encerrados en habitaciones separadas discutiendo con sus respectivas parejas. Mia y mi hermano se habían escabullido con demasiada rapidez, evitando contar algo que quizá nos incomodara a nosotros. Los padres de Albert, después de despedirse, se habían retirado a descansar en silencio, dejando el alborotado salón para el bullicio español.

—¿Cómo estás? —me preguntó Albert atrayéndome hacia su firme cuerpo cuando cerró la puerta tras de sí.

—No lo sé —murmuré contra su pecho—, sigo nerviosa y preocupada. No he podido resistirlo y he estallado. Ahora estoy también avergonzada.

—No deberías avergonzarte de nada de lo que has dicho. Todo era verdad. Creo que les has dado una buena lección a tus padres demostrándoles que siempre han estado equivocados respecto a ti.

—¿Y si no lo están? ¿Y si es cierto lo que han dicho, que he intentado vivir una vida de mentira siempre, escudándome en mi propia fantasía?

—Yo no te he visto nunca así y te conozco desde que eras una niña. Creo que ellos ya se forjaron una idea equivocada hace mucho tiempo y les ha sido más cómodo seguir amparándose en ella.

—Lo que más odio en el mundo es que me engañen, que no confíen en mí. No soporto a la gente que no es franca, que anda con subterfugios, que esconde la verdad detrás de mentiras piadosas. Eso es algo que jamás he podido perdonar.

Me abrazó con fuerza y suspiró hondamente.

—Candy, no siempre todo es lo que parece a primera vista.

—Eso ya te lo he oído otras veces. ¿Estás intentando decirme algo, Albert? —Levanté la cabeza para observarlo—. ¿Alguna otra esposa escondida en un armario o algo parecido?

Rio con suavidad, pero no había alegría en sus ojos, que se habían oscurecido de repente.

—Lo único cierto y en lo único que puedes confiar es en que te quiero más que a mi propia vida. Nunca lo olvides. ¿Me lo prometes?

—Un intento de seducción muy profundo —sonreí—, aunque no necesitas tanto si quieres mi permiso para arrancarme el vestido con los dientes.

—¿Me lo prometes? —insistió.

Miré algo preocupada su gesto tenso y asentí con la cabeza.

—Te lo prometo.

—Bien. —Suspiró y su sonrisa se hizo más amplia y sincera—. Ahora déjame ver qué tal se me da quitarte el vestido con la boca.

Con Albert nunca tenía que fingir o indicarle con palabras qué me gustaba o qué me molestaba. Él me conocía y conocía la respuesta de mi cuerpo incluso mejor que yo misma. Sus dientes atraparon el tirante y lo dejaron caer por mi brazo. Su mano me apretó contra su cuerpo fijándose en la parte baja de mi espalda. Fuimos desnudándonos con rapidez, acompañados de nuestra respiración agitada y mis gemidos apenas reprimidos. Cada centímetro de mi piel hormigueaba gritando por ser acariciado.

Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos al sentir millares de estrellas nublándome la vista. Nuestros jadeos se mezclaron al fin en una sola voz.

Separándonos a regañadientes, caí exhausta sobre la cama. Me volví de forma perezosa y lo atraje hacia mí. Su pelo me hizo cosquillas cuando me llenó el vientre de un reguero de besos. Escaló hasta mi boca y me miró fijamente. Enterré los dedos en su gruesa cabellera y lo observé con la misma intensidad.

—Cada segundo, cada minuto, cada hora de mi existencia la he vivido pensando en ti. Por favor, nunca lo olvides —pronunció de forma solemne.

Arrugué el entrecejo con preocupación. Seguía habiendo algo oculto que no lograba averiguar qué era.

—Parece que te estés despidiendo —dije con un nudo de temor en el estómago.

—Jamás podré decirte adiós, Candy. Ni siquiera cuando tenga que despedirme de ti —musitó.

—Albert, ¿qué sucede? —Le cogí el rostro con ambas manos—. Me estás asustando. ¿Sabes algo del médico que me va a operar?

—No sucede nada, sólo recuerda siempre que todo lo que hice fue por amor a ti.

—¿Crees que podría repetir el mismo error dos veces? —inquirí sintiendo un hilo de desconfianza estrangularme con astillas de hielo.

—¿Me amas? —preguntó con los ojos brillantes.

Acaricié su rostro deleitándome en cada curva.

—Siempre te he amado —respondí, y lo obligué a que reposara sobre mi pecho.

Estaba tardando en dormirse. No habló más; sin embargo, notaba la tensión de su cuerpo y su abrazo como si no pudiera despegarse de mi piel. Pero, finalmente, lo hizo. Su temperatura subió y su respiración se volvió profunda. Esa noche había elegido una de sus extrañas posiciones envolviéndome a mí en ella. Con excesivo cuidado de no despertarlo, me moví con lentitud y conseguí salir de la cama. Me vestí deprisa, con los vaqueros y el jersey de punto negro que había llevado para el viaje, revolví en la maleta, amparándome en la semipenumbra de la habitación, que dejaba caer a través de los resquicios de las cortinas los haces lumínicos de la luna creciente. Cogí los regalos que había comprado y cerré la puerta con cuidado, encaminándome al salón. Mientras bajaba la escalera me tropecé con Anny, que subía cargada con varios paquetes envueltos en papeles satinados de brillantes colores.

—¿Le estás robando los regalos a Papá Noel? —susurré.

Ella asomó la cabeza por encima del montón de cajas y suspiró aliviada al reconocerme.

—¡Qué más quisiera ese gordo mentiroso vestido de rojo que siempre me trae extraños artilugios eléctricos para quitarme la celulitis! Si se le ocurre ahora bajar por la chimenea, se va a dar de bruces con una imagen que no podrá olvidar en las mil vidas que le quedan —refunfuñó.

—¿Al final ha habido sangre? —la interrogué con algo de miedo.

—No. Los novios..., perdón, el novio y prometida de tu padre se han marchado poco después de que tú desaparecieras con Albert. William los ha llevado al único hotel que hay en el pueblo. Dijeron que se negaban a estar en esta casa, en la que, según ellos, «se respiraba el odio hacia sus personas». Mañana cogerán el tren a Londres y regresarán a Madrid, o se tirarán por un puente, la verdad es que me da lo mismo...

—¿Tu madre...?

—Mi madre ha recurrido a la reserva de psicotrópicos de emergencia que lleva la tuya en el bolso y ahora está roncando plácidamente. Espero que duerma hasta Año Nuevo por lo menos...

—Entonces ¿qué sucede? —continué intentando esquivarla para asomarme al salón.

—Yo que tú no lo haría —siseó moviéndose para que no pudiera pasar—. O te encontrarás con la visión que todo hijo evita durante toda su vida.

—¿De qué estás hablando?

—Ya sabes..., nuestros padres son seres angelicales que sólo comparten cama porque en invierno hace mucho frío para dormir separados.

Enarqué las cejas y estuve a punto de reír. La tensión acumulada en la espalda desde que había visto que venían acompañados desapareció junto con el peso de mi corazón.

—¿En serio? —Mi voz sonó extrañamente aguda, y por un momento me vi reflejada en sus ojos azules como si ambas tuviéramos siete años.

—Por desgracia, yo sí lo he visto. Y te aseguro que me costará mucho olvidarlo —afirmó—. Vamos, aquí no hacemos nada. Creo que saliendo al jardín se puede acceder a la cocina por la puerta trasera, esperaremos allí a que aplaquen su... —se quedó en silencio—, ¡joder! ni sé cómo llamarlo.

—Amor, llámalo amor —repuse yo siguiéndola.

—¡Pero mira que eres moñas!

Se volvió hacia mí y me dio un pequeño empujón.

Anny tenía razón, en la cocina había una puerta trasera que estaba abierta y daba al jardín de atrás. Entramos escapando del frío de la noche y depositamos los regalos sobre la mesa central de madera. No encendimos ninguna luz, ya que los ventanales de la misma nos iluminaban lo suficiente. Era una cocina amplia, decorada con muebles rústicos y vidrieras de colores. Todavía se percibía el suave aroma a comida recién hecha, y Anny rebuscó en los armarios hasta encontrar una caja metálica de galletas de mantequilla.

—Podríamos preparar un café —propuso.

—Mejor esto.

Le mostré la botella de jerez que no había sido consumida durante la cena.

—Tienes razón —afirmó repartiendo las copas.

En ese momento, una corriente de aire frío se filtró en la estancia y vino acompañada por mi hermano, vestido con un pijama de franela azul marino y varios paquetes más. Traía el rostro descompuesto y pálido.

—¡Hostia! ¡No sabéis lo que acabo de ver! —fue su saludo.

Ambas nos miramos y comenzamos a reír como chiquillas.

—Yo sí lo he visto —dijo Anny.

—Yo no, a mí me lo han contado —lo informé.

Tom cogió una copa y, llenándosela, se la bebió de un trago antes de contestar:

—Menos mal, enana. A saber qué nuevo trauma te habría supuesto, conociéndote...

Le pegué una patada en la espinilla y él se puso a maldecir saltando a la pata coja.

Finalmente, los tres nos sentamos a la mesa en silencio.

—Tienes cara de bien follada —comentó Anny mirándome con los ojos entornados.

Enarqué una ceja y comprobé que las tres las copas de jerez que se había tomado ya le habían hecho efecto.

—¡Eh, que es mi hermana pequeña! No necesito saber esas cosas—interrumpió mi hermano.

—Tú, cállate —Anny lo miró—, que también traes cara de bien follado. Y que conste que habla la envidia.

Me reí a carcajadas y ella puso un mohín infantil.

—¿Ha sido dura la noche? —le pregunté.

—¿Te puedes creer que mi madre no paraba de preguntarme si era de esas que venden bragas a un euro? ¿Sabes lo difícil que es que te concedan un puesto de venta en Covent Garden?

—Bueno, viviendo en Chelsea, seguro que entre tus amistades contabas con gente bastante influyente... —repuse con una media sonrisa.

Tom lanzó una carcajada y Anny le propinó un pellizco en el brazo.

—¡Joder, con las dos! Que luego Mia se mosquea porque ve marcas en mi cuerpo que no son suyas.

—Así que le gusta jugar duro a la francesita, ¿eh? —preguntó Anny.

Levanté la mano pidiendo tiempo.

—Soy su hermana pequeña y mujer del exmarido de su novia. No quiero ni necesito saberlo —exclamé.

—Y a ti —mi hermano se dirigió a Anny—, ¿cómo se te ocurre contarles que vivías en Chelsea? Un poco más y les dices que la reina te ha cedido Balmoral como segunda residencia.

Anny enrojeció y bebió de su copa hasta atragantarse.

—¿Qué? —pregunté yo.

—Bueno..., una vez les dije que me habían invitado a una fiesta y que había conocido al príncipe Harry, un joven muy simpático...

Mi hermano y yo comenzamos a reír a carcajadas.

—Es que empiezas a contar una mentira y ésta crece y crece como una bola... y es imposible pararla —se justificó Anny.

—Por cierto, Tom, podrías haberme echado un cable en la cena, ¿no? Que para eso soy tu hermana.

—Si lo hubieras necesitado, lo habría hecho, pero te defendiste a la perfección tú solita.

Me sonrió sardónicamente y me dieron ganas de marcar su bonita cara con un bofetón.

—Si al final es el que ha salido mejor parado —terció Anny.

Miré a mi hermano con detenimiento y meneé la cabeza.

—No, pero ha merecido la pena tanto esfuerzo, ¿verdad? Recuerdo que hace varios años hiciste un máster en Barcelona, allí encontraste a Mia. Tú la conociste antes que Albert.

—Sí, y después le presenté a mi mejor amigo. Fin de la historia—dijo él con pesar.

—¿No creéis que el destino tiene mucho que ver en todo esto? Me refiero a que todos estábamos con parejas que no nos pertenecían, que no nos hacían felices, hasta que algo mágico ha hecho que eso cambie —musitó Anny.

—¿Cuánto has bebido? —la interrogué.

—Demasiado —contestó ella.

—Y yo que pensaba que íbamos a tener que llamar a las fuerzas armadas durante la cena en plan: «Suelten los cubiertos, apártense de la mesa y dispérsense» —añadió mi hermano.

—Bueno, somos una extraña familia, aunque bastante civilizada—apostillé yo.

—Sí, tenemos de todo —corroboró Anny—: traficantes de drogas, primas que les roban los novios a otras, mujeres que se casan por dinero, hasta una bruja..., bueno, ésa ya no.

—Pero ya no hay secretos —aclaré—. Y no sabéis lo feliz que me hace eso.

—¡Ejem! Sigue habiendo uno bastante importante. —Fue Tom quien habló, aunque los dos me miraron con intensidad.

—No es un secreto, es algo que prefiero mantener en la intimidad hasta la consulta que tenemos Albert y yo el día 3 de enero en Glasgow con un prestigioso neurocirujano.

—Deberíamos brindar por ello —propuso Tom, y levantó la copa para hacerla chocar con las nuestras—. ¡Por los finales felices!

—¡Por muchas Navidades más con vosotros! —añadió Anny.

—¡Por la verdad! —concluí yo, y ambos se miraron antes de beber, lo que me hizo tener la misma sensación que una caída vertical por un precipicio, un aviso invisible de algo que no llegaba a comprender.

Y, como suele suceder siempre, en ese momento, aunque los tres confiábamos en nuestra felicidad futura, las cosas comenzaron a torcerse para todos. Lo que no sabíamos era que la tormenta de emociones sufrida en Nochebuena era el preludio de la verdadera tempestad.

CONTINUARA