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CAPITULO 23
De cómo sentirte idiota y, además, serlo.
—¿No puedes retrasarlo hasta que acaben las fiestas? —le pregunté a Albert rodeándolo con los brazos junto a la puerta de nuestro hogar en Londres.
—Sólo serán unas horas, para la cena estaré aquí. —Me dio un beso en la nariz y yo lo miré extrañada—. Procura no quemar la cocina con alguno de tus experimentos culinarios —añadió.
—Muy gracioso —respondí—. ¿Qué tienes que hacer esta vez? ¿Algún desnudo artístico que adorne las paredes del metro y me produzca ansias de retorcerte el pescuezo?
Rio con suavidad y se dejó acunar por mis brazos unos instantes más. Adoraba estar en esa posición, con el rostro apoyado sobre su pecho, oyendo su corazón latir.
—Es una reunión de trabajo. Por lo visto, algún desafortunado empleado ha aprovechado los días festivos para robar información privilegiada a una empresa que es clienta nuestra. Será tenso y desagradable, pero no puedo descuidarlo ahora que parte de mis ingresos van a desaparecer —explicó.
Levanté la cabeza para mirarlo, aunque en su rostro no había pena, ni siquiera algo de resquemor al decirlo.
—También trabajo yo —lo informé.
—Bueno..., contando que teóricamente soy tu jefe, eso no supone un dinero extra —murmuró junto a mis labios, y noté la excitación bajo sus pantalones del traje golpeando mi estómago.
—No pienso hacerte el numerito de la secretaria, ¡que conste!
—¿Y el de la creativa despistada?
—Hummm..., ése lo pensaré..., si llegas a tiempo esta noche.
—Lo haré —prometió. Se separó con un suspiro hondo y se acomodó el pantalón ante mi mirada divertida—. Creo que me va a resultar muy difícil concentrarme en la reunión —masculló hablando para sí.
Sonreí triunfante y le entregué el maletín.
—Pórtate bien —me instó saliendo hacia el jardín.
—¿Yo? Siempre lo hago —me mostré falsamente indignada.
—No, nunca lo haces. Y eso me da bastante miedo.
Se pasó la mano por el pelo con gesto nervioso y se volvió para entrar en el coche que lo esperaba aparcado en la acera.
Cerré la puerta manteniendo la sonrisa. Una sonrisa de plena felicidad. ¿Se podía ser más feliz? No. En ese momento, no. Mis padres estaban intentando limar sus diferencias. Mi hermano y Mia planeaban un futuro juntos. La empresa de mi padre parecía estar remontando la crisis, y hasta Anny había encontrado un trabajo que a ojos de su madre no la hacía parecer una harapienta: iba a comenzar en enero a trabajar en el taller que Mia tenía en Londres diseñando joyas. Archie pronto se mudaría con ella. Todo parecía haber encajado a la perfección. Incluso tenía una sensación premonitoria de que la visita al neurocirujano resolvería mi problema. Sí, desde luego, nunca había sido más feliz.
Hasta que llamaron a la puerta.
—¡Neal! —exclamé sorprendida—. Albert no está, tenía una reunión en la City con una empresa que...
—I known it[Lo sé] —dijo con el semblante serio.
Comprendí al instante que algo no iba bien y le indiqué que pasara. Sin embargo, permaneció inmóvil en el umbral, casi con un pie fuera, como si deseara irse cuanto antes.
—Para ti —pronunció entregándome un paquete envuelto.
Era una caja rectangular, y algún tipo de objeto tintineó en su interior al moverla.
—¿Es un regalo? Lo siento, yo no he comprado nada para ti —me disculpé.
—No, no ser regalo. Es... —vaciló un instante eterno—, the truth.
—¿La verdad? ¿La verdad de qué?
—Lo que tú tienes derecho conocer.
—¿Cómo?
Lo miré con desconfianza y él palideció aún más, confiriéndole el aspecto de estar a punto de desplomarse en el suelo.
—No lo entiendo —insistí.
Aunque no dijo una palabra más. De repente, movió la mano y la posó sobre mi mejilla. Me estremecí sintiendo un escalofrío.
—No quiero..., yo no... —Vaciló de nuevo y tomó aire—. No, tú no sufrir.
—¿Que no quieres hacerme daño? —traduje un tanto confusa.
Asintió con la cabeza y su mano abandonó mi rostro. Me miró un segundo más y bajó deprisa los escalones de la entrada para atravesar el estrecho espacio que lo separaba de su coche.
Me quedé un momento viendo cómo desaparecía conduciendo calle abajo y me volví para encaminarme al salón. Sentándome en el sofá, dejé el paquete sobre la mesa frente a mí. No quería abrirlo. No tenía idea de qué era, pero presentía que iba a hacerme daño. Ahogué un gemido involuntario. Y ¿si era un compendio de las relaciones de Albert en esos nueve años? Muchas debían de estar documentadas en la red, pero otras no, teniendo su mejor amigo acceso directo a ellas. Sin más dilación, rasgué el papel que cubría la caja.
Todavía permanecía serena, ajena a lo que me esperaba. Dudé antes de levantar la tapa, pues una alarma furtiva se disparó en mi interior, impeliéndome a que no lo hiciera. Aun así, no pude resistirlo y acabé abriéndola. Cogí lo que contenía, todavía más extrañada que asustada. Sólo eran varios fajos de papeles y, cuidadosamente ordenadas, una fila de cintas de audio en un lateral. La vacié y de ella cayó al suelo un cuaderno que quedó abierto por una página que mostraba un diseño nupcial. Me arrodillé sin poder creer lo que veían mis ojos. Era el vestido de mi boda, un rebufo de sedas, lazos y purpurina pegada al papel. Sobre él, mi letra infantil. Y entonces reconocí aquel diario que había empezado a escribir sin haber llegado a la adolescencia.
Pasé las hojas con dedos temblorosos. Había varios dibujos más, de las pirámides de Egipto, del Big Ben, incluso de una bandeja de sushi con anotaciones al dorso: «luna de miel», «ciudad favorita», «¡adoro la comida japonesa!». Un esbozo de Albert a carboncillo, difícil de reconocer. Sólo una palabra: «Él». Cerré el cuaderno con un golpe y el corazón martilleándome en el pecho para revolver entre la documentación que había desperdigada sobre la mesa.
Cogí el primer fajo de papeles y comencé a leer con rapidez.
Thomas:
Sé que te parecerá extraño o tal vez inapropiado que me dirija a ti a través de un correo electrónico, aunque debes entender que desde el accidente he procurado mantenerme alejada de todos vosotros. Ahora creo que es el momento de reaccionar, de dar un paso adelante. Y quiero hacerlo pidiéndote ayuda, pidiendo tu ayuda para que la ayudes a ella, a Candy. Sé que es posible que no quieras leerme o que nunca me contestes, pero inténtalo, por ella.
La he visto hoy, de lejos, paseaba en un parque cercano al apartamento de Archie. Parecía estar perdida, confundida. No sé, su imagen me ha impactado tanto que nada más llegar a casa he decidido que tengo que hacer algo. Que tenemos que hacer algo.
Ella no se merece lo que le está sucediendo. ¿En qué momento de su vida emprendió el camino equivocado? Lo desconozco, y lo único que para mí es cierto es que ella sola no va a poder recuperarse. Por lo que me dicen mis padres, la realidad en vuestra casa es una mentira. Y no me gusta, Tom. Sé que yo fui la primera que actuó mal cuando me alejé, culpándola con mi silencio de un accidente que no fue culpa suya. Y sé que tengo que enfrentarme a su rostro, decirle todo lo que me está quemando por dentro. Lo haré cuando empecemos a arreglar su vida.
Tenemos que ayudarla a recuperar lo que perdió, a reconducir su vida para que deje de ser una sombra asustadiza y vuelva a ser ella. Nuestra Candy.
Por favor, piénsalo,
Almu
Tuve que dejar de leer y apartar la carta como si fuera tóxica. Las manos me temblaban, y tenía un agudo dolor en la boca del estómago. Sentí el mismo pánico que cuando recordaba el momento previo al accidente. No tenía sentido, nada tenía sentido. ¿Qué habían hecho?
Con ahínco desesperado, revolví entre el resto de los papeles. Parecían ser un resumen de conversaciones traducidas del inglés. Neal había sido escrupulosamente metódico. En cada página constaba el día, la hora y la duración de las reuniones. Estaba redactado como si fuera un guion. Comenzaban en febrero del año que todavía no había acabado. Al principio, los únicos reunidos eran Tom y Albert. Después se les habían sumado Archie y Anny. Entre los cuatro habían conformado un retorcido entramado de escenas que comenzaba con una sospechosa oferta que me requería como diseñadora por una empresa china. A partir del primer encuentro en el aeropuerto con Albert, todo estaba diseñado al milímetro. El vestido, la luna de miel, cuándo tenía que entrar en escena Neal y cuándo Nicoletta. Había habido reuniones urgentes al cambiar los planes porque yo misma los desbarataba, o bien mis padres, inmiscuyéndose.
Solté las hojas, ya arrugadas, y me llevé la mano a la frente. Sentía un amargor en la boca que me llevaba a la náusea. Descubrí con asombro que había fotografías mías. Habían contratado a un detective para que me vigilara, documentando mis encuentros con Stear. Temblé. Temblé tanto que no podía controlar el castañear de mis dientes.
A veces es peor el golpe de recibir una mala noticia que la noticia en sí. Al juntarse ambos, todo en lo que crees, todo lo que te sostiene, se tambalea hasta romperse. Me sentía indefensa, y nada de lo que podía hacer o decir me habría devuelto lo que había perdido. A mi alrededor, los colores cambiaron y la luz ya nunca fue la misma, como si la Tierra, al girar, hubiera sufrido un traspié que desviara su eje. Tú sigues ahí, pero es como si nunca hubieras estado.
Estaba tan dolida que no encontraba las palabras para expulsar el daño, los adjetivos carecían de suficiente significado. ¿Cómo explicar que deseas arrancarte el corazón, aunque sepas a ciencia cierta que éste seguirá latiendo pese a estar fuera de tu pecho?
Y, cuando ya no quedó nada dentro de mí, cuando ya estaba vacía por completo, cuando ya no sentía ni el soplo de mi alma en mi interior, los temblores me acometieron con tal crudeza que habría sido mejor que me rompieran todos los huesos. Habían jugado con mi vida como si yo fuese una marioneta. Y lo más dantesco de aquella destrucción era que creían que lo hacían por mi bien.
Para salvarme de mí misma.
No me gustaba prejuzgar a la gente. Yo misma me había convertido en una mentirosa a lo largo de los años. ¿Quién no miente alguna vez? ¿Quién no vierte un comentario cuidadosamente seleccionado para provocar una reacción en una tercera persona? ¿Quién no alaba a una amiga cuando piensa que lo necesita, aunque crea lo contrario de lo que dice? Yo lo había hecho, al igual que millones de personas. Pero nunca me habría atrevido a llevarlo a tales extremos de crueldad. Había sido analizada, espiada, examinada y manipulada, había sido un experimento humano para que luego ellos, cuales dioses, decidieran por mí. No habían tenido piedad. De mi boca brotó una carcajada amarga, tan amarga como la traición que acababa de ver con mis propios ojos.
Pero en todo plan siempre hay elementos que no se pueden controlar, y ahí entraba yo. Mi aneurisma cerebral y yo. Algo que había truncado su maléfico ardid.
Y en ese instante deseé morir por primera vez en mi vida.
Deseé hacerlo porque era lo único que no podían decidir por mí.
Cogí el teléfono con manos temblorosas y busqué un contacto que no estuviera contaminado por la información encontrada. Llamé a Stear.
—Hola, Candy, ¿qué tal la Navidad?
—Stear. —Ni me molesté en contestar—. ¿Puedes venir a casa?
—¿Qué sucede?
—¿Puedes venir, por favor?
—Antes de una hora estaré allí.
Utilicé ese tiempo en hacer una pequeña maleta. Cogí mi bolso, la documentación, y bajé a esperarlo al salón. Apareció en la puerta antes de lo convenido. Nada más abrírsela, al ver mi rostro desencajado, me abrazó con fuerza sin mediar palabra.
Sólo entonces, las lágrimas brotaron de mis ojos enrojecidos y cansados. Lloré como una niña con sueños rotos. Me aferré a su cuerpo para controlar el temblor del mío, viendo en él mi única salvación. Sollocé en su hombro con violentas convulsiones, deshaciéndome sin poder remediarlo. Y también sentí su consuelo a través de sus firmes manos recorriendo mi espalda. Su callada respuesta me reconfortó levemente, y al cabo de un rato nos separamos. Le cogí la mano para llevarlo al salón. Ambos nos sentamos en el sofá y, de forma atropellada e inconclusa, le expliqué lo que había descubierto. Él se mantuvo en silencio hasta que terminé y me dejé caer agotada hacia delante, sujetándome la cabeza con las manos.
—¿Es real? Parece imposible. Quiero decir, ¿cómo pudieron crear un escenario tan complejo para que tú... —Stear se quedó mudo.
En ese momento sólo vi a un joven que dudaba, que creía que aquello era una especie de broma macabra.
—Tan real como la vida misma. O tan falsa como la vida misma. Ya no lo sé. No sé lo que fue cierto y lo que fue mentira.
Los ojos me escocían de contener las lágrimas.
—Pero tus padres..., ¿ellos lo saben?
—Lo dudo. Mi madre es incapaz de guardar un secreto, y mi padre ni siquiera sabe lo que es un secreto, como para intentar esconderlo...
—¿Qué vas a hacer?
—Irme. Cuanto antes. No quiero volver a verlos en lo que me quede de vida, que, por otro lado, ni siquiera sé si es mucho..., aunque puede que sea un consuelo.
Me cogió por los hombros con fuerza, obligándome a mirarlo entre las lágrimas.
—Nunca bromees con eso, por favor.
Pero yo ya no bromeaba. Había vuelto a enamorarme de Albert como si fuera aquella niña feliz y sin preocupaciones. Él me había salvado de muchas maneras. Y ahora dudaba de cada palabra que había pronunciado, de cada caricia, de cada beso. La ira y la furia crecieron en mi interior, emponzoñando cualquier buen recuerdo que quedara de mi estancia en Londres.
Y Stear, sin saberlo, al mencionar a mis padres me había ofrecido una salida algo digna. Como todo ser humano, nuestro instinto primario cuando nos vemos envueltos en problemas es acudir a nuestra madre. Mi madre nunca había sido convencional, aunque sí había sido una buena madre. Intenté solapar el dolor con su recuerdo siendo yo niña, leyéndome un cuento antes de acostarme, poniéndome una compresa fría sobre la frente si tenía fiebre, llevándome a ver mi primera exposición. Sí, tenía que huir cuanto antes.
—¿Qué necesitas? —preguntó Stear observando los cambios en mi rostro mientras yo meditaba.
—Salir del país.
—Buscaré el primer vuelo.
—No, tengo que hacerlo en coche. Albert podría localizarme de otra forma e intentar evitarlo. También tengo que dejar mi teléfono aquí, estoy segura de que lleva instalado un sistema de seguimiento.
—Compraré un teléfono para ti y alquilaré un coche. Pero ¿serás capaz de hacer un viaje tan largo tú sola?
—Te aseguro que con la furia que siento ahora sería capaz hasta de propulsarme hasta la luna.
Él sonrió y me acarició la mano.
—¿No deberías reunirlos primero y pedirles explicaciones? Sería lo más lógico. Escuchar lo que tengan que decir.
—Lo que tienen que decir ya lo han dejado claro en más de doscientas páginas. En realidad —hice una pausa cogiendo fuerza para confesar lo que más daño me había hecho—, no lo hicieron por mí: lo hicieron por ellos. Con mi confesión en Navidad, la historia de mi hermano y Mia pasaba desapercibida, así como que Archie estuviera en realidad enamorado de Anny y no de mí. Dicen que intentaron salvarme, pero lo único que hicieron fue utilizarme para salvarse ellos.
—Lo siento, Candy. No creo que te lo merezcas. No creo que nadie lo merezca —determinó con gravedad.
—Gracias, Stear, aunque yo ya no sé lo que me merezco o lo que no. Sólo sé que tengo que poner tierra de por medio, cuanta más, mejor.
—Está bien. Espera aquí, dentro de una hora más o menos tendré lo que necesitas —afirmó levantándose.
—De acuerdo —contesté de forma mecánica.
Al oír la puerta cerrarse me doblé sobre mí misma.
—¡Joder! —mascullé—. ¡Duele! ¡Duele tanto!
Aferré con demasiada fuerza el volante del Vauxhall plateado que había alquilado Stear. En el asiento del acompañante estaba depositado mi bolso y un nuevo teléfono con su número memorizado. Con un suspiro trémulo, bajé la ventanilla y miré por última vez al que había sido mi único amigo en Londres. Se inclinó y me dio un beso en la mejilla.
—No me digas adiós —pronunció con seriedad.
Negué con la cabeza, de nuevo al borde de las lágrimas.
—Si necesitas cualquier cosa, llámame. Recuerda descansar y no desviarte de la ruta. Lo mejor es que pases el Eurotúnel antes del anochecer y que pares en Francia.
—Está bien —murmuré sin fuerza, y cerré un instante los ojos antes de arrancar.
La última visión que tuve de él fue a través del espejo retrovisor. Creí ver que se secaba una lágrima con el puño en un gesto de furia, pero puede que fuese sólo el viento jugando con su pelo negro.
Tenía por delante más de veinte horas de trayecto. Cogí la M20 en dirección sureste y dejé en blanco la mente para obligarme a sostenerme hasta llegar a Francia. Al aproximarme a Dover, hice una pequeña parada. Compré el ticket del túnel por veintitrés libras y, al cabo de poco más de una hora y media, ya había pasado a Francia. Allí aparqué el coche en un restaurante de carretera, cené algo y dormí un par de horas llenas de sueños turbulentos. Desperté al filo de la medianoche y decidí continuar mi viaje por la route Des Estuaires. Cuando amaneció, me encontraba a las afueras de Rouen. Mi mente seguía vacía de cualquier contenido que no fuera llegar cuanto antes a casa. La tristeza había dado paso a una férrea determinación. Al anochecer, pasé la frontera en Irún. A las cuatro de la madrugada, la A1 se convirtió en la M30 y por fin reconocí el entorno como mío. La carretera estaba casi vacía de tráfico y me fue muy sencillo desviarme hasta el centro de Madrid.
Consideré la hora que era y decidí que lo mejor sería acercarme al apartamento de Patty y, de allí, una vez que descansara y me duchara, conducir hasta casa de mis padres para explicarles todo lo sucedido. Me interné en el barrio de Malasaña tratando de no perderme. La escarcha cubría los pocos vehículos estacionados en la calle donde tenía su vivienda Patty y, al no ver ningún hueco libre, acabé aparcando el coche sobre la acera, en la puerta de un amplio sex-shop que ocupaba toda una esquina. Llamé con insistencia al timbre del portal.
—¡Tu puta madre!
—¿Patty?
—¿Quién eres y qué coño quieres a estas horas de la noche? Aparte de un jarro de agua fría que pienso lanzarte por la ventana. Y te advierto que tengo una puntería excelente.
—Soy Candy.
—¿Candy? ¡Joder! ¡Haberlo dicho antes! Sube, que hace un frío de mil demonios —afirmó cortando la comunicación.
Me arrastré, más que subir, los tres pisos hasta llegar a la puerta sin aliento. Estaba completamente agotada y me costaba enfocar los objetos, como si mis ojos se mantuvieran abiertos sólo porque me era imposible cerrarlos y que la imagen de Albert no apareciera en ellos.
—¿De dónde vienes? Tienes un aspecto horrible.
Meneó la cabeza con consternación y me dejó pasar al interior del apartamento.
Tirité y me estremecí como si tuviera fiebre.
—¿Me ofreces un café y así te lo cuento? —murmuré comenzando a temblar.
—Ve al sofá, allí hay mantas suficientes. Conectaré la calefacción de nuevo.
—Gracias —susurré, y avancé un par de pasos para dejarme caer sobre el sofá de terciopelo azul marino y arroparme con varias mantas con el fin de entrar en calor.
Cuando regresó de la minúscula cocina, me entregó una taza de humeante café y se sentó sobre un puf de piel marrón frente a mí con gesto interrogante. Me froté los ojos, notándolos enrojecidos, ásperos, llenos de arena. Con un suspiro, me armé de valor y conté la historia a grandes rasgos. Su reacción no fue de sorpresa, aunque chasqueaba la lengua y agitaba la melena con reprobación en cada pausa.
—Bueno, ahora ya estás aquí. Lo mejor será que duermas un poco y después veremos qué puedes hacer —murmuró viendo que se me cerraban los párpados de forma involuntaria.
Me recosté en el sofá y me obligué a descansar al menos unas horas. Pero no pude llegar a esa fase en la que dejamos de pensar para empezar a olvidar. Oí su voz amortiguada, parecía estar hablando por teléfono con alguien. Aunque al principio pensé que estaba imaginándomelo, me levanté en silencio al oír mi nombre de nuevo.
—Sí, te digo que está aquí. ¡Joder, Anny, es verdad! La tengo en el sofá durmiendo, ha llegado en unas condiciones deplorables. Apenas podía tenerse en pie.
Silencio.
—No, no creo que sea buena idea que la despierte para avisarla. En serio, nunca la había visto así, ni siquiera después del accidente.
Silencio.
—Está... está derrotada. Os dije que esto no traería nada bueno, que Candy odia las mentiras, que todo os iba a estallar como una granada de mano.
Silencio.
—De acuerdo. Esperaré a que lleguéis, aunque dudo mucho que quiera veros. De hecho, si pudiera borraros de sus recuerdos, eso es lo que creo que haría.
Silencio.
—No, no os odia. Es algo peor, más fuerte, es el dolor de perder a un ser querido y saber que éste te ha traicionado. Ya te digo que nunca la había visto así. Todavía no puedo creer que hiciera todo ese viaje ella sola y sin apenas dormir. Creo que lo único que la sostiene es la ira.
Silencio.
Me volví para recoger mis botines de piel y calzármelos. Cerré la puerta de la entrada con cuidado de no hacer ruido y bajé la escalera corriendo. Cuando me metí en el coche pude ver el rostro enrojecido de Patty, gritándome algo a través de la ventana.
Aceleré.
Me detuve casi una hora después. Solté el volante y sentí las manos tensas y agarrotadas. Apenas podía mover los dedos. ¿Ella también lo sabía? ¿A cuánta gente habían involucrado? ¿A todos los que me conocían? ¿Todos pensaban que mi vida necesitaba ser cambiada? ¿Todos creían que era una fracasada? ¿Todos asumían que era incapaz de tomar mis propias decisiones? Mi cabeza era un torbellino de preguntas sin respuesta.
Miré a la derecha, había conducido sin saberlo hasta la empresa de mi abuelo. Salí del coche con calma y me senté en el bordillo.
Las primeras luces del alba se adivinaban ya en el este. Prometía ser un día soleado de invierno, en el que el cielo luce ese azul pálido que no llega a calentar la piel y el viento te araña el rostro.
El polígono estaba aparentemente vacío, todavía no habían llegado los primeros trabajadores. Eché un vistazo al reloj. Al menos no llegarían hasta pasada una hora. Suspiré hondo y unas volutas de aire caliente se mezclaron con el aire helado, creando una pequeña nube que se disipó en instantes frente a mi rostro.
Observé el relieve de una amapola en flor que ocupaba el lugar de la «o» en «Poppy». Era realmente bella. Confería un aire divertido y atrayente a un edificio que pasaba desapercibido en aquella zona industrial repleta de almacenes grises. Recordé el día que la había dibujado y cómo mi hermano le dio forma y la encargó a una empresa de metalistería para que la forjara en hierro y la pintara de rojo sangre. Mi flor preferida, mi hogar y mi refugio durante los últimos cinco años de mi vida.
Y en ese instante, lo noté. Comencé a ver borroso y a sentir un ligero adormecimiento de las extremidades y del lado izquierdo de la cara. Me fui inclinando hasta quedar tumbada en la acera sin darme cuenta. Cerré los ojos mientras sentía el fluir de la sangre por las venas, mientras las oía susurrándome un cántico ancestral. El latigazo estalló de improviso, detrás de los ojos, y deseé poder manejar las manos para sujetarme la cabeza. Los oídos me dolían como si me hubieran arrojado ácido sobre ellos, y los huesos del cráneo hicieron un considerable esfuerzo por no resquebrajarse. Era un dolor inhumano y, al mismo tiempo, lo más real que había sufrido nunca. Deseé respirar, pero ese simple esfuerzo fue en vano. Exhalé con dificultad y el frío abrasó mis pulmones.
Dicen que, cuando te llega la muerte, nadie está deseando recibirla. Que, por mucho que la esperes, maldigas, afirmes que no te importa..., llegado el verdadero instante en el que sabes con certeza que ya no volverás a vivir, te revuelves y luchas desafiando a la parca.
Yo no luché.
Porque aquel que ya lo ha perdido todo nada tiene que perder.
De nuevo, los aguijones como astillas en mi cabeza.
Creí sonreír cuando por fin dejé de sentir dolor.
—Bienvenida —susurré entre sueños—, has tardado mucho.
Y Albert apareció en mis recuerdos para que yo pudiera despedirme de él.
—Candy, ten cuidado, te vas a caer —exclamó sin levantar mucho la voz.
Lo miré riéndome desde lo alto de la roca a la que había escalado. Sus modales contrastaban demasiado con nuestro carácter abierto y bullicioso. Aun así, cada vez que oía sus palabras pronunciadas en un perfecto castellano con su leve acento, sentía que mi estómago se encogía y que mi corazón latía desbocado.
Nunca había sentido nada parecido a aquello con anterioridad. Era como vivir una y otra vez el descenso de la montaña rusa más alta del mundo. Era delicioso y a la vez aterrador.
—¡No lo haré! —le grité—. Soy mucho más ágil que tú.
Él aceptó el reto y escaló con más rapidez de lo que lo había hecho yo. Llegó a mi lado y se tambaleó sobre la escasa superficie de piedra. Lo sujeté por inercia de un brazo y sentí que nuestra piel en contacto ardía. Me sonrojé y lo solté.
—¿Qué se supone que pretendes conseguir? —preguntó él quitándose las gafas de sol para dejarlas colgando del cuello de su camiseta blanca.
Miré sus ojos acariciados por los últimos rayos de sol del atardecer y pensé que nunca había visto una mirada tan hermosa y brillante, como si tuviera luz propia. Y esa luz estaba dirigida a mí, al menos, en ese instante.
—Quiero coger un ramillete de amapolas. La gente que pasea por este camino suele arrancar las de la vereda, pero se olvidan de éstas.
Señalé con el dedo un pequeño prado donde unas valientes amapolas surgían de improviso, coronándolo todo de un intenso color rojo.
—Déjame hacerlo por ti —me pidió bajando de un salto al otro lado.
Se inclinó para coger varias y volvió a subir a la roca para entregármelas.
Las sujeté como si me diera una joya de incalculable valor. Mi vista quedó prendada de aquellas flores.
—¿Por qué te gustan tanto? —inquirió él con curiosidad.
—Porque no le gustan a nadie. Ni siquiera tienen la categoría de flores, para la mayoría son hierbajos de colores. Para mí son las flores más hermosas, porque rezuman gallardía y libertad. Crecen donde ninguna otra podría hacerlo y no se dejan encerrar.
Él me escuchaba con atención, totalmente concentrado, y yo sonreí.
—¿Ves? —Le mostré una abierta—. Tiene apenas cuatro o cinco pétalos, son tan frágiles que parecen un papiro antiguo, pero su color es especial. No hay otro color como el rojo amapola. Pueden parecer feas, su tallo es larguirucho y se dobla con facilidad, es áspero, y los capullos me recuerdan a las crisálidas de las mariposas antes de eclosionar, ¿no crees? —Lo miré un instante antes de continuar—. Si los abres puedes ir descubriendo cuál es el secreto que esconden en sus pétalos arrugados como bebés recién nacidos. Sin embargo, sólo necesitan una gota de agua y sol para brotar con total belleza.
—Candy —musitó él.
—¿Qué? —Levanté la cabeza y su gesto con el entrecejo fruncido me preocupó—. Te parezco una tonta, ¿no? —murmuré.
—No, me pareces la niña más adorable del mundo. Me pareces la joven que se va a convertir en una mujer increíble. Nunca dejes que nadie te cambie, mi pequeña Candy. Nunca lo permitas. Crece y sé libre como esas amapolas, porque la vida te está esperando.
—Hummm..., eso... parece muy profundo.
Lo miré sin entender del todo lo que estaba intentando decirme.
—Esto es lo único que puedo decir por el momento, aunque me gustaría que no lo olvidaras nunca.
—No lo olvidaré —le prometí.
—Como tampoco esto —dijo roncamente, y me cogió el rostro entre sus manos cálidas, lo observó un momento con intensidad y después depositó un suave beso sobre mi nariz.
—Esto —afirmé deseando que permaneciera así mucho más tiempo— tampoco lo olvidaré nunca.
CONTINUARA
