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CAPITULO 24
El día que comprendí que no existían los finales felices
(Albert)
Cerré la cremallera de la maleta con rapidez y me levanté para ponerme la chaqueta de cuero y salir de inmediato en dirección al aeropuerto. Candy estaba en Madrid, y esta vez no iba a permitir que se escapara de nuevo. Tendría que enfrentarse a mí, escucharía mis explicaciones, mis razonamientos, mi lógica la haría reaccionar y darse cuenta de que todo lo había hecho por ella.
Estaba cansado de esperar que algún día se despertase con la sensación de que había dejado atrás al único hombre que había amado. Lo sabía porque la llevaba tan dentro de mí que era imposible que ella no sintiera lo mismo.
Acabaría entendiéndolo. Puede que se enfadara y me gritara al principio, pero nuestro amor prevalecería por encima de cualquier otra cosa. No podía ser de otra forma. Había sido así desde el principio y sería así hasta el final de nuestros días, porque ambos estábamos marcados por las huellas del otro.
La puerta de nuestra habitación se abrió silenciosamente y me volví para comprobar que era Anny. Su gesto descompuesto y sus manos entrelazadas se retorcían con nerviosismo. En ese instante, lo supe. No necesité palabra alguna. El sonido del violonchelo se acalló en mi interior. El diapasón que había marcado el ritmo de nuestra propia melodía se quedó en silencio. El vacío se apoderó de mi cuerpo y donde antes estaba ella sólo quedo un agujero de profundo dolor.
—Bert... —murmuró Anny, y vi las lágrimas derramarse por su rostro, tan parecido al de la mujer que había absorbido mi vida.
—Es demasiado tarde, ¿verdad?
—Yo...
—¿Es demasiado tarde para poder cambiar mi vida por la suya? Se la entregaría a Dios o al mismísimo diablo si ella pudiera volver. Pero ya... es tarde.
Me acerqué a ella y apreté los puños con fuerza.
—Yo la he matado, si yo...
—Si ninguno... —susurró Anny, dejando caer la cabeza como si ya no fuese capaz de mirar de frente.
La ira me invadió de forma repentina. Ella ya me lo había dicho.
Me había dicho que sería la ganadora. No me habría importado ser el perdedor, habría esperado siempre por ella, aun sabiendo que viviría lejos de mí, que tendría otro marido, que se entregaría a otra familia.
La pared estaba delante de mí, a sólo un paso de distancia. Una pared decorada con pequeñas amapolas entrelazadas que había elegido pensando en si ella se daría cuenta de ese detalle. Alcé el puño y la golpeé con fuerza, abriendo un considerable boquete.
Lancé una maldición y me dejé caer en el suelo de rodillas. Me miré los nudillos sangrantes y un sonido ronco brotó de mis labios. Jamás había llorado. Ni siquiera recordaba qué sensación de desconsuelo producía, pero en ese instante las lágrimas brotaron de mis ojos sin que yo pudiera contenerlas.
Si ella ya no estaba, nada volvería a tener sentido. Sólo conseguía pensar eso en bucle. En mi interior, donde ella vivía, ahora sólo había demonios.
—¡Tom, sube! —gritó Anny arrodillándose junto a mí.
—¡Déjame! —Mi voz sonó hueca, un lamento.
Tom apareció al cabo de un minuto y se quedó de pie observando el agujero en la pared y a mí en el suelo. Apartó a Anny con suavidad y se situó en la misma posición que yo, frente a mí. Me sujetó por los hombros y me obligó a mirarlo.
—No hay mucho tiempo. Debemos irnos —pronunció con gravedad, sosteniendo la situación como sólo él sabía hacerlo.
—¿Tiempo? ¿Tiempo para qué? Ni siquiera pude despedirme—mascullé.
Anny también lo miraba con considerable extrañeza.
—Acaba de llamar el abuelo. Van camino del hospital. Cuando se la encontró tirada en la acera pensó que ya no respiraba, pero todavía queda esperanza. ¿Lo has oído? Ella sigue respirando...
CONTINUARA
