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CAPITULO 25

Trescientas sesenta y cinco formas de decirte «te quiero»

La misma mancha de humedad en la esquina con aspecto amorfo. La misma lámpara de tulipa rosada y el cristal opaco. El mismo techo que llevaba observando siete meses. Me giré sobre mí misma y enterré la cabeza en la almohada deseando desahogar mi furia con lágrimas o con gritos. Pero ya nada de eso quedaba dentro de mí. Me había vaciado de cualquier sentimiento humano.

Sufrir un aneurisma cerebral no es duro, no es duro comparado con lo que sobreviene después. Por fortuna, me trasladaron de inmediato a la unidad de Neurología del Ramón y Cajal. Fueron horas confusas, como si mi cuerpo lo viera y lo entendiera todo desde una lejana perspectiva. Me aplicaron el tratamiento trombolítico, y mi boca y mis extremidades comenzaron a despertarse de un paréntesis de inmovilidad. Al primer familiar que dejaron pasar fue a Albert. Observé su rostro intentando descubrir la crueldad en él, aunque sólo vi una intensa desesperación. No obstante, la ira seguía estando en posesión de mi capacidad cognitiva. Balbuceé una única palabra:

—Vete.

No fue el sonido lo que lo hizo reaccionar, fue el tono que se deslizó en ella como si fuera la continuación de la expresión de mi mirada de profundo rencor.

Los siguientes días resultaron bastante confusos, y mi cerebro, ocupado en recordar, tuvo que luchar por encontrar las conexiones perdidas. Me costaba acertar el nombre de cualquier persona y mi mente volaba cuando intentaba fijar la atención en algo concreto. Sufrí lo indecible para conseguir levantarme por mi propio pie, ya que parte de mi cuerpo se negaba a obedecer las órdenes que yo no lograba transmitir con la debida coherencia. La pierna que me había roto por dos sitios en el accidente fue un lastre en mi recuperación. Sin embargo, lo que más deseaba olvidar siempre lo recordé.

Comencé una terapia de rehabilitación agresiva que me dejaba tan agotada que el dormir se convirtió en un consuelo. Era consciente de que jamás volvería a ser la misma, aunque me esforcé de forma indescriptible por llegar a ser algo parecido. Me uní a un grupo de ayuda y asistí sólo a una reunión, sintiéndome intimidada por hombres y mujeres, a veces tan jóvenes como yo, que eran incapaces de atarse los cordones de los zapatos o afeitarse la mitad de la cara porque sencillamente no la veían.

Culpabilidad del superviviente. Ya lo había sufrido con anterioridad y aquello era una losa en mi corazón. Alejé a mi familia porque no quería compartir mi sufrimiento con ellos, no quería arrastrarlos a la oscuridad en la que mi alma se movía con tanta soltura.

Cuando regresé a casa, ya podía caminar sin la ayuda de una muleta, y mi conversación volvía a ser más o menos fluida, aunque permanecía callada la mayor parte del tiempo. Al principio, recibí innumerables visitas de parientes, amigos y amigos de mis padres. Nunca permití que ellos, aquellos que habían jugado a dirigir mi vida, volvieran a acercarse a mí. Lo dejé claro y lo establecí como una norma que mis padres intentaron cambiar, recibiendo mi terco silencio en respuesta.

Con el tiempo dejé de ser una novedad y las visitas se espaciaron hasta desaparecer. No las echaba de menos. Ansiaba la soledad de forma angustiosa porque sabía que así iba a ser el resto de mi vida.

Solicité el divorcio a través de un abogado que le envió toda la documentación a Albert. Como contestación, recibí un sobre cerrado sin remitente. Sólo contenía una fotografía de nuestra boda, con la palabra «NO» escrita en el dorso. La rompí en mil pedazos y la arrojé a la basura. Albert, ese mismo día, transfirió todo el dinero que restaba a la cuenta de la empresa.

Si la vida te golpea, te levantas. Ése siempre había sido mi lema, incluso después del accidente de coche. Ahora ya no tenía fuerzas, ni ánimo. Todo me era indiferente y quería que siguiera siendo así. Nada tenía sentido sin él y no quería estar sin él. Una cruel paradoja del destino.

Llamaron a la puerta de mi habitación y mi madre entró con una sonrisa vacilante.

—Tienes una visita —me anunció.

Me levanté con desgana de la cama y me miré al espejo de la cómoda para comprobar mi aspecto. «¿Quién eres tú?», quise gritarle a la imagen que me devolvió. Ya ni siquiera me reconocía. Mi rostro seguía siendo el mismo, aunque nada era igual. El peso y el cansancio de todo lo vivido se acumulaban en mi mirada, como si pudiera transmitir una tragedia con sólo un vistazo.

—¿Son los tíos? —le pregunté.

—No, es un chico.

Me volví hacia ella con gesto interrogante.

—Es muy educado.

—Oh, bien, un chico educado. Y ¿quién es?

—Dice que se llama Stear.

Sonreí con gran esfuerzo. No recordaba que sonreír requiriera el movimiento de todos los músculos del rostro, ni supusiera tanto dolor.

—Bajaré contigo —dije.

Mi madre me devolvió la sonrisa y sentí un pinchazo en el corazón. Estaban sufriendo tanto por mí como yo por ellos.

Stear me esperaba al pie de la escalera. Su aspecto era el de siempre, quizá llevaba el pelo más corto y ropa más formal, pero seguía siendo él, y su sonrisa franca acompañaba a esos ojos despiertos que tenían la especial característica de querer conservar todo lo observado para analizarlo después. Mi madre se disculpó con la excusa de que tenía que hacer la cena y nos dejó solos.

—Stear.

—Candy.

Me abrazó. Me abrazó con tanta fuerza que pensé que me rompería si apretaba un poco más. Recordé que nunca valoramos el poder curativo de un simple abrazo. Sólo él consiguió que mis ojos secos volvieran a humedecerse y que, por fin, dejara fluir el dolor para compartirlo con alguien. Me acarició la espalda hasta que dejé de temblar y le indiqué el salón, donde se sentó en el sofá. Tomé asiento junto a él y sonreí entre lágrimas.

—Tienes muy buen aspecto —me dijo.

—Eres un gran mentiroso —contesté.

—Veo que no has perdido ni un ápice de tu amabilidad.

—Hierba mala nunca muere.

Ambos nos miramos y comenzamos a reír.

Mi madre apareció de improviso, alertada por el extraño sonido de mi risa.

—Venía a ver si Stear se quedaba a cenar —se disculpó.

—Lo siento, me esperan en casa. Sólo he venido para un par de días —le explicó él.

—¿Cómo te va todo en Londres? —le pregunté cuando mi madre desapareció de nuevo en la cocina.

—Igual que siempre. Sigo en el hotel. Si algún día vienes...

—No creo que vuelva a Londres —lo interrumpí.

—Candy, deberías hablar con él, con todos —me reprendió.

—Stear, tú fuiste el único que me ayudó y el único en el que confié. Ahora mismo eres el único también que tiene mi número de teléfono. Lo demás no importa. Es pasado.

—No, no lo es. Si fuera pasado, estarías avanzando, y casi no te reconozco. ¿Dónde está tu energía? ¿Dónde está tu ilusión por la vida? ¿Dónde está la Candy que conocí en Londres?

—Esa Candy ha dejado de existir..., digamos que estoy intentando construir otra. Estoy siendo lo que todos querían que fuera, alguien maduro y capaz de tomar sus propias decisiones.

—¿Eso quiere decir que ya sabes lo que vas a hacer, pero todavía no quieres decirlo? —preguntó él.

—Sí. Pero no dudes que serás el primero en enterarte.

—Antes de que hagas otra locura, me gustaría dejarte algo.

Lo miré con gesto interrogante y él me entregó una bolsa de Harrods.

—¡Oh! ¿Un osito de peluche vestido de escocés?

—¿De verdad me crees capaz de regalar algo así?

Su sonrisa contradecía el reproche de la pregunta.

Me asomé a la bolsa y torcí el gesto. Con decisión, cogí el fajo de cartas que había dejado en mi habitación, a propósito, antes de salir de Londres.

—¿Te las ha dado él? —inquirí casi con furia, sin poder controlar otro acceso de ira.

—No —respondió con tranquilidad—, las cogí ese mismo día y las he guardado. Creo que deberías leerlas.

—No quiero saber lo que dicen —mascullé lanzándolas a la esquina del sofá.

—Pues deberías, o tomarás de nuevo una decisión precipitada por los últimos acontecimientos y no por el pasado en común.

No contesté. Ya no tenía nada más qué decir. Stear se levantó con gesto cansado y lo acompañé a la puerta. Antes de que se fuera, lo sujeté de la manga del abrigo. Él se volvió con gesto sorprendido.

—De la única cosa que no me arrepiento de todo lo que sucedió en Londres fue de haber acudido a tu hotel.

Sonrió y lo observé mientras se alejaba por la acera tristemente vacía de gente.

Me llevó dos meses más ultimar lo que había decidido hacer con mi vida. Preparé de forma concienzuda a mi sustituta en la empresa y lo mantuve en secreto hasta que quedaron tan pocos días que ello fue un beneficio a la hora de enfrentarme a un nuevo enfado de mis padres.

Sin embargo, nunca nada sucede como lo esperas. Justo antes de Navidad, me dieron el alta médica definitiva y aquella tarde recibí una nueva visita inesperada. Estaba sola en casa y pensé que sería alguna vecina de mi madre, así que abrí la puerta sin haber preparado mi defensa. Anny, Almu y Patty me esperaban al otro lado. Mi primera reacción fue cerrar la puerta en sus narices, pero eran tres contra una y, antes de que pudiera reaccionar, ya se habían colado en el salón.

Me quedé de pie con los brazos cruzados esperando una explicación, pero ellas, en silencio y con una sincronización envidiable, se colocaron frente a mí y extendieron una pancarta de tela blanca donde se leía: «INTERVENTION».

Mascullé un insulto y me senté con cansancio sobre el sofá.

—Significa «intervención» —me tradujo Anny asomándose por un extremo.

—Lo sé, he aprendido el suficiente inglés este año como para poder manejarme con fluidez —barboté con furia—. También sé que es una completa estupidez. ¿Creéis que estáis en una serie americana?

—A los de Cómo conocí a vuestra madre les funcionaba. Es lo mejor que se nos ha ocurrido —apostilló Almu asomándose por el otro extremo.

—No quiero ser descortés, pero tengo muchas cosas que hacer—dije levantándome, con intención de que cogieran la indirecta y se fueran por donde habían venido.

Ellas dejaron caer la pancarta al suelo y se quedaron mirándome.

—¿El qué? ¿Tumbarte en la cama para regodearte en tu propio sufrimiento? —inquirió Patty.

—Por ejemplo —mascullé.

—Pues no te vamos a dejar. Tenemos que decirte un par de cosas que creemos que te harán cambiar de parecer —explicó Anny.

La miré desafiante y, por un momento, en mis ojos brilló el odio.

Aunque ella no se amilanó.

—Estoy embarazada —soltó de improviso.

—Enhorabuena. Supongo que conozco al afortunado.

Sonreí de forma forzada y claramente falsa.

—Sí, eh..., bueno..., continúa tú, Almu.

—Yo me voy a casar —dijo ésta.

Casi me atraganté con mi propia saliva y enarqué una ceja con curiosidad.

—Supongo que esta vez no conozco al afortunado, o tal vez sí, en nuestra familia tenemos tendencia a la endogamia novial—musité con la misma desgana que había manifestado con Anny.

—En realidad, es afortunada.

Almu esbozó una sonrisa de triunfo porque sabía que con eso me había atrapado.

—¿Afortunada? —inquirí ya con más interés.

—Sí, y la conoces. De hecho, la tienes delante de tus narices—contestó ella.

Miré a Patty y abrí la boca. Después miré a Almu y la cerré.

—¡Joder! ¿Desde cuándo eres lesbiana?

—Creo que lo he sido siempre. Sabía que algo no funcionaba con Lucas, hasta que me di cuenta de que no me atraía. Por fin he decidido ser sincera conmigo misma. Patty me ha ayudado bastante en eso.

—¿Lo saben tus padres? —pregunté.

—No. Estamos esperando a darles la noticia a la vez que la del nuevo embarazo de Anny, así amortiguamos el golpe —respondió ella.

—¿Nunca os cansáis de manipular a la gente? —exclamé.

—No es eso, es...

—¡Sí lo es! Jugasteis con mi vida como si fuera un mero personaje, maquillasteis la verdad, me utilizasteis hasta tal punto que ya no sabía lo que era cierto o no. Dirigisteis mi vida como si os creyerais con derecho a ello.

—Candy, no hace falta que te alteres así.

—¿Que no hace falta? Poneos en mi lugar, ¿os gustaría que os hicieran lo mismo? ¿Que la gente a la que más queréis os traicionara en beneficio propio para decidir por vosotras mismas? Y encima tuvisteis el valor de afirmar que «todo era por mi bien», como si ello os justificara. Fuisteis unas cobardes, vosotras y ellos. Todos.

—Creímos que funcionaría, no pensamos que se alargaría tanto en el tiempo. La luna de miel debería haber resultado fantástica y en ella tendrías que haberte dado cuenta de que amabas a Albert—dijo Anny.

—¿Te estás oyendo? Planeasteis mi boda, mi luna de miel, me empujasteis a dejarlo todo haciéndome creer que la solución a los problemas económicos de la empresa dependía únicamente de mí. Eso sólo tiene un nombre, y es crueldad. No quiero volver a veros nunca. Marchaos, por favor.

—Candy, no seas tan radical —comenzó Almu, ya que Anny parecía bastante afectada por mi último discurso.

—No lo soy. —Me crucé de brazos con obstinación.

—Candy, de verdad, estamos muy preocupadas por ti, y ellos también, ¡joder! Albert está destrozado, y tu hermano ya no parece el mismo —insistió Anny recuperándose.

—¿En serio? ¿Os parezco yo la misma?

—Por eso estamos aquí, para sacarte de tu ostracismo y hacer que vuelvas a la vida. Queremos que los escuches y así sabrás toda la verdad —adujo Patty.

—Ya sé toda la verdad y no quiero oír una palabra más. Y no tenéis ni idea de lo que yo quiero hacer con mi vida, porque eso ya está decidido.

—¿Ah, sí? No creo que te guste vivir siempre en casa de tus padres, escondiéndote en tu habitación. Tienes casi veintiseis, deberías madurar.

Las palabras que brotaron de boca de Anny me provocaron unas intensas ganas de abofetearla.

—Dentro de una semana me voy a Costa Rica a trabajar en una escuela financiada por una ONG española. Enseñaré a los niños con problemas de adaptación el beneficio de la pintura. Como puedes ver, no tengo intención de que me mantengan mis padres ni de quedarme encerrada en una habitación toda mi vida.

Mi confesión las dejó mudas. Se miraron entre sí como si realmente no entendieran lo que había dicho, pero lo que realmente no entendieron fue que creían venir de nuevo a salvarme y yo ya no necesitaba ser salvada.

—Y ¿cuánto tiempo te vas a quedar allí? —inquirió Almu con voz trémula.

—El que me dé la real gana. Y ahora, si no os importa, tengo mucho que preparar todavía.

Caminaron en silencio, arrastrando la pancarta hasta la puerta.

Una vez allí, trataron de hablar de nuevo, pero levanté la mano y ese gesto las hizo callar.

—Ya está todo dicho. Espero que seáis felices y que vuestras conciencias os dejen descansar. Adiós —dije con voz átona, y cerré la puerta.

Subí con lentitud a mi habitación y me dejé caer sobre la cama, abrazando la almohada como mi única compañía. Sí, tenía muchas cosas que preparar todavía, pero en ese momento sólo deseaba dormir. Dormir y no pensar en nada más.

No obstante, el timbre de la puerta no me lo permitió. Me levanté con brusquedad, esperando un nuevo enfrentamiento con las que ya consideraba arpías de mi familia, así que mi sobresalto fue mayúsculo cuando vi a Tom en la entrada.

—¿Qué haces aquí? Dejé claro hace meses que no quería volver a verte —espeté con extrema frialdad.

—Ésa es tu especialidad: tú decides, los demás tenemos que acatar tu decisión. ¿Quién coño te has creído que eres? —contestó él con la misma frialdad, colándose dentro de casa.

—¿Ah, sí? Pues yo pensaba que era la tuya. Has estado dirigiendo mi vida durante meses, jugando como un gato hace con un ratón, manipulándome hasta hacerme dudar de todo cuanto me rodeaba y...

—¡Cállate!

Pegué un respingo, que no le pasó desapercibido a mi hermano, y reculé un paso. Él se pasó la mano por el pelo con gesto cansado y resopló, mirándome con una inmensa tristeza.

—¿Es que acaso te puse una pistola en la sien y te obligué a casarte con Albert? No. Y no porque no lo merecieras, sino porque nadie ha podido dominarte nunca. Sería igual que intentar atrapar a un delfín.

Lo miré con desconfiado interés al reconocer el símil de Albert después de más de nueve años.

—Lo hiciste porque en el fondo era lo que verdaderamente deseabas. ¿Piensas que los demás somos tan ilusos para creer que tú no veías que tu relación con Archie estaba rota? ¿Que no te diste cuenta de que podía existir algo más entre Anny y él? No eres tan estúpida, Candy.

Seguí en silencio, con los ojos entornados, valorando sus comentarios y guardándome los míos para contraatacar.

—Buscabas de forma desesperada una salida y nosotros te la proporcionamos. Es de lo único de lo que somos culpables. No conozco a nadie tan egoísta como tú... —tragué saliva ante su afirmación, reconociendo el tan familiar nudo en la garganta, y él suavizó las siguientes palabras—, ni tan generoso y tan sensible. Pero tienes que entender que ya te hemos consentido demasiado en la vida. Lo que hiciste con casi diecisiete años largándote un año fuera no solucionó nada, tampoco lo va a hacer irte ahora a Costa Rica. ¿Es que acaso no te das cuenta de que eres incapaz de enfrentarte a un problema de cara? Lo único que haces es huir porque es la solución más fácil. Y no te importa cuántos cadáveres dejas en el camino.

—No huyo —mascullé—, estoy intentando reconstruir mi vida.

—Lejos de todos los que te quieren y a los que tú quieres. Allí no tendrás vida, tendrás una casa construida con escombros del pasado que jamás te abandonarán. Y, cuando quieras darte cuenta de lo que has hecho, ya será demasiado tarde.

—No me des lecciones de cómo tengo que vivir. Ya soy mayorcita.

—Pero sigues comportándote como una niña consentida. Y se acabaron los privilegios.

—¿Vienes para disuadirme del viaje?

—En absoluto. Si quieres romperte la cabeza, hazlo tú solita. Aunque esta vez quiero que sepas que no podrás culpar a nadie más de tu comportamiento.

—Muy bien, Tom. Lo he entendido a la perfección —dije volviéndome para subir la escalera.

—Espero que allí encuentres lo que buscas, porque, si te arrepientes, ya no habrá más oportunidades. Adiós, Candy—musitó él a mi espalda, y lo siguiente que oí fue el golpe de la puerta al cerrarse.

Subí a la habitación despacio, sintiendo que portaba una armadura de hierro sin poder soportar su peso. Cuando llegué a ella, me arrojé sobre la cama y miré al techo. Tenía los ojos secos, aunque escocían de lágrimas sin derramar. Al volver el rostro vi las cartas que había traído Stear y las cogí con furia, deseando pulverizarlas.

Entonces, empecé a leer.

Cada una de ellas.

Por orden cronológico.

Las más antiguas expresaban la preocupación de Albert y la incomprensión por mi huida. En las siguientes se culpaba a sí mismo y me preguntaba qué había hecho. Un poco más adelante en el tiempo, el tono varió. Eran más contenidas, más serenas. Me trasladaba sus inquietudes con respecto a la empresa que acababa de fundar con dos compañeros y lo exigente que era su entrenador. Temía no alcanzar el nivel exigido. A través de aquellas cartas pude ser testigo del año que nos debíamos. La última era una revelación. Se despedía, me deseaba lo mejor y se lamentaba por no haber sido él quien me hubiera dado lo que yo quería. Una frase me llegó al corazón, de tal forma que sentí que sus propias manos y su voz me estaban acariciando: «Te he escrito trescientas sesenta y cinco cartas. En cada una de ellas te he dicho lo enamorado que estoy de ti, pero todavía no he encontrado la forma de expresarte cuánto te quiero. Sé feliz, Candy, sé feliz por mí. Por nosotros».

Los ojos dejaron de escocerme y se anegaron de las lágrimas contenidas durante meses.

Y así permanecieron durante varias horas.

Al día siguiente, reuní a mis padres y al abuelo después de la comida en su pequeña pero inviolable hora del café y las conversaciones inacabadas. Pese a que había tenido mucho tiempo para reflexionar en la larga noche en vela, no había cambiado de opinión. Seguir amando a Albert no me llevaría a ningún sitio porque había perdido, de nuevo, lo más importante para mí: la confianza. Saber que la persona que está a tu lado jamás te fallará pase lo que pase. Me había sentido profundamente engañada, y las letras en unas cartas olvidadas no habían curado la herida abierta.

—Mamá, papá, abuelo, tengo que deciros una cosa importante—pronuncié con suavidad.

Mis padres se miraron y creí percibir algo de miedo en sus ojos. El abuelo entornó los párpados y gruñó de forma disimulada. Esta vez no titubearía, sería fuerte, tal y como ellos habían intentado que lo fuera a lo largo de toda mi vida.

—Dentro de dos días me voy a Costa Rica a trabajar.

—¡¿A Costa Rica?! ¿Qué se te ha perdido a ti allí? —estalló mi padre.

—Por lo menos, no hace frío —musitó mi madre con tristeza.

—Voy a ayudar, o al menos a intentarlo, en una escuela a través del arte. Es un proyecto nuevo e innovador. Creo que puede ser enriquecedor para todos.

—Sobre todo para ti, hija, que vuelves a huir de los problemas.—Mi madre recobró su ánimo habitual en dicha afirmación.

—No es huir lo que estoy haciendo —me defendí. Acabaría detestando aquella palabra.

—Sí, eso es exactamente lo que haces, una y otra vez. En vez de enfrentarte al verdadero problema, huyes de él creyendo que, cuando tú regreses de purgar tu alma, estaremos todos aquí esperándote como si nada hubiese sucedido. —El abuelo cogió aire con fuerza—. Déjame decirte una cosa, nenuca, llegará un día en que nadie estará ahí cuando tú vuelvas la cabeza. Porque eso es lo que has conseguido.

Las palabras me golpearon en forma de pequeños puñetazos dirigidos certeramente a mi conciencia.

—Hija. —Mi madre me cogió ambas manos por encima de la mesa y las acarició con ternura—. No dejes que la ira vuelva a cegarte de nuevo. No te das cuenta, pero eres tú la que más sufre con ello. El amor, Candy, es la emoción más intensa que podemos manifestar en la vida. —Al decir eso miró a mi padre como si sólo ellos comprendieran el lenguaje—. Y también la más peligrosa.

Sus ojos oscuros taladraron mi rostro.

—Ya no hay amor en mi vida, mamá. Albert es el pasado y, como tal, debe ser enterrado allí —mascullé con frialdad.

—¡Candy! —Mi madre se indignó de improviso—. ¡No sabes nada del amor! Cada persona es un hotel con muchas habitaciones. A veces tenemos un huésped que se queda durante mucho tiempo, otras aparece un huésped misterioso que únicamente descansa allí una noche. En nuestras manos está el ir abriendo y cerrando las habitaciones de nuestro hotel. Cerrando las que ya no deben ser abiertas y abriendo las que merecen ser ocupadas de nuevo.

—¿Crees que soy el Sheraton, mamá? —pregunté con considerable sarcasmo.

—Más bien eres una casa rural con encanto, cariño. Pero tus cimientos son fuertes y tu carácter lo es más incluso. Has superado pruebas que habrían destrozado a otros y has salido victoriosa de ellas. No desaproveches lo que te queda.

—Lo siento —murmuré levantándome con dificultad de la silla debido al conflicto por decir lo que pensaba contra el actuar como debía—, pero mi hotel ha cerrado ya todas las puertas.

CONTINUARA