—¿Te vas? —preguntó Regina, imperturbable.
Aquella compostura suya era totalmente artificial. Estrechó a los niños un poco más contra su pecho.
—Sí, sólo faltan unas cosillas de última hora… —contesté con despreocupación.
Me dedicó una sonrisa, mi favorita.
—Vuelve pronto.
—Siempre.
Tomé su Mercedes de nuevo, preguntándome si había echado un vistazo al cuentakilómetros después de mi último viajecito. ¿Había sacado ya las conclusiones pertinentes? Era manifiesto que yo tenía un secreto, pero ¿habría deducido la razón por la cual no confiaba en ella? Gold no tardaría en estar al tanto de todo cuanto ella supiera. Pensaba que Regina podía haber llegado a esa presunción, y eso explicaría por qué había dejado de pedirme explicaciones. Supuse que era un intento de no pensar ni especular demasiado a fin de apartar de su mente mi conducta. ¿Había relacionado esto con mi extraño comportamiento la mañana siguiente a la marcha de Ruby, cuando quemé en el fuego mi libro? Ignoraba si había sido capaz de atar esos cabos.
Era deprimente el cielo del atardecer, ya coloreado con la oscuridad del crepúsculo. Atravesé el velo de tinieblas con los ojos fijos en los nubarrones. ¿Iba a nevar esa noche lo suficiente para cubrir el suelo y recrear un paisaje como el de la visión de Ruby? Nos quedaban unos dos días según las estimaciones de mi esposa. Luego, nos desplegaríamos en el claro para atraer a los Vulturis hasta el escenario elegido para el encuentro.
Le estuve dando vueltas a mi último viaje a Seattle mientras cruzaba el bosque en penumbra. Tenía la impresión de saber cuál había sido el propósito de Ruby al hacerme ir a ese punto de contacto de mala muerte adonde J. Jenks enviaba a sus clientes dudosos. ¿Habría sabido siquiera qué pedir de haber acudido a alguna otra de sus oficinas de aspecto menos sospechoso? ¿Habría descubierto a J. Jenks, proveedor de documentación ilegal, si le hubiera conocido como Jason Jenks o Jason Scott, un abogado de verdad? Debía elegir lo opuesto al buen camino.
Ésa era mi pista.
Era noche cerrada cuando, tras ignorar a los obsequiosos aparcacoches de la entrada, dejé el vehículo en el estacionamiento del restaurante con unos minutos de antelación. Me puse las lentillas y me dirigí al interior del local para esperar a J. Aunque yo tenía una prisa enorme por solucionar aquel deprimente menester y regresar con mi familia, J se mostraba meticuloso y se tomaba su tiempo para no verse involucrado con sus clientes más inadecuados… En lo más oscuro del aparcamiento tenía una entrega de lo más ofensiva para su sensibilidad.
Facilité el apellido Jenks en el recibidor y el solícito maître me condujo escaleras arriba hasta un saloncito privado caldeado por un fuego chispeante antes de hacerse cargo de mi gabardina; la prenda de color marfil me llegaba por debajo de la rodilla, pues la había elegido con el fin de ocultar mi traje de cóctel, un atuendo satinado de color gris ostra acorde al canon de Ruby. Fue superior a mis fuerzas: me sentí halagada cuando se quedó boquiabierto. No me hacía a la idea de ser hermosa para todo el mundo, y no sólo para Regina. El maître balbuceó un elogio inarticulado mientras salía de la estancia con paso inseguro. Permanecí junto a la chimenea y sostuve los dedos cerca de las llamas a fin de calentarlos un poco antes del inevitable apretón de manos. J estaba muy al tanto de que algo pasaba con los Mills, pero se trataba de todos modos de un buen hábito.
Estuve especulando durante unos instantes con los posibles efectos y las sensaciones de poner la mano en el fuego hasta que la entrada de J me distrajo de mi mórbida fascinación. El maître se llevó también su abrigo, y evidenció que yo no era la única en haberse camuflado un poco para asistir a aquel encuentro.
—Lamento el retraso —se excusó J en cuanto estuvimos a solas.
—En absoluto. Es usted muy puntual.
Me ofreció la mano y noté sus dedos mucho más cálidos que los míos al estrechársela. La gelidez no pareció molestarle.
—Si me permite el atrevimiento, está usted despampanante, señora Mills.
—Gracias. Llámeme Emma, por favor.
—Debo decir que trabajar con usted es una experiencia muy diferente a hacerlo con el señor Jefferson —sonrió, indeciso—. Resulta… menos turbador.
—¿De veras?… Siempre he encontrado la presencia de Jefferson de lo más… tranquilizadora.
—No me diga… —murmuró con extrema amabilidad mientras fruncía el ceño en señal manifiesta de desacuerdo. ¡Qué extraño! ¿Qué le habría hecho Jefferson a aquel hombre?
—¿Le conoce hace mucho?
Mi interlocutor suspiró con gesto incómodo.
—Hemos tenido negocios durante cerca de veinte años, y mi antiguo socio le conocía desde hacía quince… —J se encogió del modo más discreto posible—. Jamás cambia.
—Sí, se divierte lo suyo de ese modo.
J meneó la cabeza como si de esta manera fuese a librarse de sus inquietantes ideas.
—¿No desea tomar asiento, Emma?
—De hecho, tengo algo de prisa. Me espera un largo trayecto al volante hasta volver a casa —contesté mientras sacaba del bolso un grueso sobre blanco con su dinero.
Se lo entregué.
—Vaya —repuso con una nota de desencanto en la voz. Se guardó el sobre en un bolsillo de la americana sin molestarse en contar el importe del mismo—. Confiaba en que tuviéramos la ocasión de hablar un minuto.
—¿Sobre qué…? —pregunté con curiosidad.
—Bueno, deje que le entregue primero su encargo. Deseo asegurarme de que queda satisfecha.
Se dio la vuelta, recogió un maletín y lo depositó encima de la mesa para abrir los cierres con más facilidad. Extrajo un sobre amarillento del tamaño del papel de oficio.
No tenía la menor idea de qué debía buscar, pero aun así abrí el sobre y examiné por encima los documentos. J había rotado las fotos de Graham y Leah y había cambiado la coloración para que no fuera evidente al primer golpe de vista que las fotografías de los carnét y de los pasaportes eran las mismas.
Examiné las imagenes de los pasaportes de mis hijos durante una fracción de segundo y luego las aparté enseguida, con un nudo en la garganta.
—Gracias —le dije.
Entrecerró los ojos de forma imperceptible. Noté su decepción. Esperaba un estudio más concienzudo de su trabajo.
—Puedo asegurarle que los documentos son perfectos. Pasarán con éxito el examen de cualquier experto.
—Estoy segura de ello. Aprecio de veras lo que ha hecho por mí, J.
—Es un placer, Emma. Siéntase libre de contactar conmigo en el futuro para cualquier necesidad relacionada con la familia Mills.
No había la menor indirecta, por supuesto, pero aquello tenía toda la pinta de ser una invitación para que sustituyera a Jefferson como enlace de la familia.
—¿Deseaba hablarme de algo?
—Eh, sí, es un poquito delicado…
Señaló la chimenea de piedra con la mano y me invitó a sentarme con la expresión del semblante. Me apoyé en el borde y él se puso a mi lado, sacando un pañuelo del bolsillo para secar el sudor que le perlaba la frente de nuevo.
—¿Es usted la hermana de la esposa del señor Jefferson o está casada con su hermana? —inquirió.
—Soy la esposa de su hermana —le aclaré, preguntándome adonde podría conducir aquello.
—En tal caso, usted es la mujer de la señora Regina.
—Sí.
Esbozó una sonrisa a modo de disculpa.
—He leído esos nombres muchas veces, ya sabe. Acepte mis felicitaciones… con retraso. Es una alegría saber que la señora Regina ha encontrado una pareja tan adorable después de todo este tiempo.
—Muchas gracias.
Hizo una pausa con el rostro bañado en sudor.
—He llegado a apreciar y respetar mucho al señor Jefferson y al resto de la familia con el transcurso de los años, como podrá imaginar.
Asentí de forma cauta.
Inspiró hondo y espiró sin despegar los labios.
—Haga el favor de decir lo que desee, J.
Tragó otra bocanada de aire y empezó a farfullar las palabras a toda prisa y de forma atropellada.
—Dormiría mucho más tranquilo esta noche si me pudiera asegurar que no planean arrebatarle los niños a su otra madre.
—Vaya —solté un tanto asombrada. No comprendí la conclusión a la que había llegado hasta pasado un minuto largo—. Oh, no, no tiene nada que ver con eso —le dediqué una ligera sonrisa intentando tranquilizarle—. Únicamente busco un lugar seguro para ellos en el caso de que nos sucediera algo a mi esposa y a mí.
—¿Y espera que eso ocurra? —inquirió, entornando los ojos; luego, se puso colorado y se disculpó—: No es de mi incumbencia.
Observé el modo en que se extendía el rubor debajo de la piel de las mejillas. Me alegré, como tantas otras veces, de no ser un neófito medio. Si dejábamos a un lado la naturaleza delictiva de su actividad, J parecía un hombre agradable y matarle hubiera sido una lástima.
—Nunca se sabe.
Suspiré.
Él frunció el ceño.
—En tal caso, le deseo la mayor de las suertes. Y por favor, no se moleste conmigo, querida, pero, si el señor Jefferson acudiera a mí y me preguntara por los nombres elegidos en esos documentos…
—Debería informarle de inmediato. Nada me gustaría más que poder tener al tanto de toda la transacción al señor Jefferson.
La sincera franqueza de mis palabras pareció suavizar un tanto la tensión del momento.
—Muy bien —repuso—. ¿Seguro que no puedo convencerla para que se quede a cenar?
—Lo lamento, pero voy con el tiempo justo.
—En tal caso, le deseo de nuevo salud y felicidad. Por favor, no vacile en contactar conmigo para cualquier nueva necesidad de la familia Mills, Emma.
—Gracias, J.
Me marché con mi adquisición. Al mirar hacia atrás, vi a J contemplarme fijamente con una expresión en la que se entremezclaban la ansiedad y el pesar.
Invertí menos tiempo en realizar el viaje de vuelta. La noche estaba muy oscura, por lo que apagué las luces para no llamar la atención y pisé a fondo el acelerador. La mayoría de los coches había desaparecido cuando llegué a casa, incluyendo mi Ferrari y el Porsche de Ruby.
Los vampiros de dieta más tradicional se habían marchado a fin de saciar la sed lo más lejos posible. Hice un esfuerzo por no pensar en sus correrías nocturnas, acobardada ante la imagen mental de sus víctimas.
En el cuarto de estar sólo quedaban Mal y Garrett, discutiendo de modo juguetón sobre el valor nutritivo de la sangre animal. El vampiro intentaba probar el estilo de vida vegetariano por lo que logré deducir y al parecer lo encontraba difícil.
Regina debía de haberse marchado para acostar a los niños y los licántropos estaban rondando no muy lejos de allí, sin duda. El resto de mi familia había salido también de caza, quizá en compañía de los otros miembros del aquelarre de Denali.
Todo aquello me dejaba la casa para mí sola, y me apresuré a sacarle partido a la situación.
El sentido del olfato me indicó que nadie había entrado en la habitación de Ruby y Jefferson en mucho tiempo, tal vez desde la noche misma de su marcha. Me metí a fondo en el profundo ropero hasta hallar el tipo de bolsa que buscaba. Debía de ser de Ruby. Una especie de pequeña mochila de cuero negro, de las que se usan habitualmente como cartera, lo bastante diminuta como para que Hope o Henry la llevaran sin desentonar. Acto seguido me apropié de todo el dinero que allí guardaban para gastos imprevistos, una cantidad equivalente al doble de los ingresos anuales de una familia media. Pensé que ese hurto pasaría desapercibido con mucha más facilidad en aquel dormitorio que en cualquier otro, pues todos se entristecían al pasar por allí. Metí en la mochila el sobre con los carnet de conducir y los pasaportes falsos encima del dinero. Luego, me senté en la esquina de la cama de Ruby y Jefferson y contemplé el insignificante paquete. Eso era cuanto podía darles a mis hijos y a mi mejor amigo para que salvaran la piel. Me dejé caer hacia el poste de la cama, vencida por la impotencia.
Pero ¿qué otra cosa podía hacer?
Permanecí sentada y con la cabeza gacha durante varios minutos antes de que se me ocurriera el atisbo de una idea. Si…
Si daba por bueno que Graham, Leah y los niños iban a escapar, eso equivalía a asumir que Demetri tenía que morir. Y este hecho concedía un cierto respiro a los posibles supervivientes, Ruby y Jefferson incluidos.
En tal caso, ¿por qué no iban a ayudar a los licántropos y a mis hijos? Hope y Henry gozarían de la mejor protección imaginable si se reunían y no había motivo alguno para que eso no ocurriera, salvo por el hecho de que mis hijos y los licántropos eran puntos ciegos para Ruby. ¿Cómo podía ella empezar a buscarlos?
Le estuve dando vueltas durante unos segundos antes de salir de la estancia en dirección al dormitorio de Henry y Cora. Como de costumbre, el escritorio de Cora estaba abarrotado de planos y guías, todo apilado en cuidados y altos montones. Encima de la superficie de trabajo tenía varios compartimentos, uno de los cuales estaba destinado a los útiles de papelería. Tomé del mismo una hoja en blanco de papel y un bolígrafo.
Entonces me quedé mirando a la marfileña página en blanco durante sus buenos cinco minutos, concentrándome en mi decisión. Ruby no podía ver a los lobos o a los niños, pero sí podía verme a mí. La visualicé contemplando este momento, esperando con nerviosismo que no estuviera demasiado ocupada para prestar atención. Lenta, deliberadamente, escribí las palabras «RIO DE JANEIRO» ocupando toda la página.
Río me parecía el mejor lugar para indicarles: estaba muy lejos de aquí, Ruby y Jefferson ya se encontraban en Sudamérica según nuestras últimas informaciones y no es que nuestros viejos problemas hubieran dejado de existir porque los de ahora fueran peores: todavía quedaba el misterio del futuro de los niños, el terror de la celeridad de su crecimiento. Nosotros nos habríamos dirigido hacia el sur de todas formas. Ahora el trabajo de los lobos, y con suerte el de Ruby, sería rastrear las leyendas.
Incliné la cabeza ante una necesidad repentina de sollozar, apretando los dientes. Era mejor que Hope y Henry continuaran sin mí, pero ya los echaba tanto de menos que apenas podía soportarlo.
Inhalé un gran trago de aire y puse la nota al fondo de la mochila donde pronto la podría encontrar Graham.
Crucé los dedos para que Graham al menos hubiera escogido el castellano como asignatura optativa, ya que era poco probable que en su instituto se impartiera el portugués.
No quedaba ya nada, salvo esperar.
Durante dos días, Regina y Henry permanecieron en el claro donde Ruby había visto llegar a los Vulturis. El mismo lugar donde se produjo la matanza de los neonatos de Mérida. Me pregunté si Henry sentiría la situación como algo repetitivo, como un déjà-vu. Para mí, todo sería nuevo. Esta vez Regina y yo permaneceríamos al lado de nuestra familia.
Imaginábamos que los Vulturis estarían rastreando a Regina o a Henry. Me preguntaba si les sorprendería que su presa no huyera. ¿Les haría esto comportarse de un modo más cauteloso?
No se me pasaba por la cabeza que los Vulturis sintieran ni siquiera una necesidad lejana de ser prudentes.
Aunque yo era invisible para Demetri, o eso esperaba, me quedé con Regina. Claro. Sólo nos restaban unas cuantas horas para permanecer juntas.
Regina y yo no habíamos tenido una gran escena de despedida, ni habíamos planeado ninguna, ya que ponerlo en palabras habría supuesto convertirlo en algo definitivo. Habría sido como mecanografiar la palabra «Fin» en la última página de un manuscrito. Así que no nos dijimos adiós y nos mantuvimos una muy cerca de la otra, casi tocándonos. Cualquiera que fuera el final que nos aguardaba, no nos encontraría separadas.
Colocamos una tienda para nuestros hijos a unos cuantos metros dentro del bosque para protegerlos, y tuvimos una sensación más de déjà-vu cuando nos vimos de nuevo acampando en aquel ambiente frío con Graham y ahora también con Leah. Era casi imposible creer cómo habían cambiado las cosas desde el pasado junio. Hacía siete meses, nuestro triángulo amoroso parecía no tener solución, tres clases diferentes de corazones rotos que no se podían evitar. Ahora todo estaba equilibrado a la perfección. Resultaba terriblemente irónico que las piezas del rompecabezas hubieran encajado por fin justo a tiempo de ser destruidas para siempre.
Comenzó a nevar de nuevo la noche anterior a Nochevieja. Esta vez, los pequeños copos de nieve no se disolvieron en el suelo pedregoso del claro. Mientras los lobos y los niños dormían, con Graham roncando tan sonoramente que me preguntaba cómo era que los niños y Leah no se despertaban, la nieve creó primero una delgada película de hielo sobre la tierra y luego fue engrosándose capa tras capa. Cuando el sol se alzó, la escena de la visión de Ruby se mostró al completo. Regina y yo, cogidas de la mano, miramos a través del relumbrante campo blanco y ninguna de las dos dijo una palabra.
A lo largo de la mañana, temprano, los demás fueron reuniéndose. Llevaban en los ojos una muestra muda de sus preparativos, unos de un claro color dorado, otros de un escarlata intenso.
Justo después de que nos reuniéramos todos, escuchamos a los lobos desplazándose por el bosque. Graham y Leah salieron de la tienda, dejando a los niños dormir un poco más, para encontrarse con ellos.
Regina y Henry estaban disponiendo a los otros en una formación abierta, con nuestros testigos alineados a los lados, como si estuvieran en un museo. Yo lo observaba todo a distancia, esperando al lado de la tienda a que se despertaran mis hijos. Cuando lo hicieron los ayudé a vestirse con las ropas que había preparado cuidadosamente dos días antes. Ropas que parecían elegantes , pero que tenían la suficiente resistencia como para no estropearse; incluso aunque alguien los fuera a llevar montados encima de unos hombres lobo gigantes a través de un par de estados. Sobre las chaquetas, le puse a Henry una mochila de cuero negro con los documentos, el dinero y mis notas de cariño para ellos y los licántropos, David y Mary Margaret. Ya tenía suficiente fuerza para que no le molestara y pudiera llevarla con comodidad.
Abrieron los ojos como platos cuando leyeron la agonía que mostraba mi rostro. Pero ellos ya había adivinado lo suficiente para no preguntarme qué estaba haciendo.
—Los quiero —les dije—, más que a nada en el mundo.
—Nosotros también te queremos, mamá —contestaron ellos al unísono y tocaron los guardapelos que llevaban al cuello, en los que había una pequeñísima foto suya, con Regina y conmigo—. Siempre estaremos juntos.
—Sí, siempre estaremos juntos en nuestros corazones —les corregí con un susurro tan bajo como un suspiro—, pero cuando hoy llegue el momento, tienen que dejarme.
Sus ojos se abrieron aún más y me pusieron las manos en las mejillas. Su silenciosa negativa fue más fuerte que si la hubieran proclamado a gritos.
Yo luché para tragar saliva, pero sentía la garganta hinchada.
—¿Lo harían por mí? ¿Por favor?
Ellos apretaron los dedos con más fuerza contra mi cara.
¿Por qué?
—No se los puedo decir —les susurré—, pero pronto lo entenderán. Se los prometo.
En mi cabeza vi el rostro Graham y Leah.
Y yo asentí, y después les aparté los dedos.
—No lo piensen —les susurré al oído—. Y no le digan nada a Graham y Leah hasta que les pida que huyáis, ¿vale?
Esto sí que lo entendieron. Y asintieron, también. Saqué del bolsillo el último detalle. Mientras empaquetaba las cosas de los niños, una chispa inesperada de color había captado mi atención. Un rayo casual de sol a través de una claraboya incidió sobre las joyas de aquella antiquísima y preciosa caja que había colocado en lo más alto de una estantería, en una esquina protegida. Lo consideré durante un momento y luego me encogí de hombros. Una vez recogidas y ordenadas las pistas de Ruby, no podía esperar que la confrontación que se avecinaba pudiera resolverse de forma pacífica, pero… ¿Por qué no intentar empezar las cosas lo más amigablemente posible?, me pregunté. ¿Es que podía eso hacer daño? Así que debía de atesorar aún algo de esperanza, una esperanza ciega y sin sentido, porque subí por las baldas de la estantería hasta recoger de allí el regalo de Gold. Y ahora me estaba abrochando la gruesa cadena de oro alrededor del cuello y sentí el peso del enorme diamante anidado en el hueco de mi garganta.
—Qué bonito —susurró Hope y entonces ella y Henry deslizaron los brazos alrededor de mi cuello. Los estreché contra mi pecho y entrelazados de esta manera, los saqué de la tienda hacia el claro.
Regina alzó una ceja cuando me aproximé, pero no hizo comentario alguno sobre mi accesorio ni el de los niños. Sólo pasó los brazos a nuestro alrededor nos abrazó con fuerza durante un momento muy largo, y luego, con un profundo suspiro, nos soltó. No pude distinguir ningún tipo de adiós en sus ojos. Quizá tenía más esperanza de que hubiera algo después de esta vida de la que había sentido hasta ahora.
Nos colocamos en nuestros puestos, Hope subió ágilmente hasta mi espalda y Henry quedó por delante para dejarme una mano libre. Yo estaba a unos cuantos pasos detrás de la línea frontal compuesta por Henry, Regina, Killian, Zelena, Elsa, Mal y Krystoff. Muy cerca de mí estaban Benjamin y Zafrina, ya que mi trabajo consistía en protegerles tanto como fuera capaz: eran nuestras mejores armas ofensivas. Si los Vulturis no podían verlos, aunque fuera durante unos cuantos momentos, eso podría cambiarlo todo. Zafrina mostraba un aspecto rígido y fiero, con Senna casi como una imagen especular a su lado. Benjamin estaba sentado en el suelo, con las palmas presionando el suelo y mascullando en silencio sobre líneas de falla. La última noche había acumulado pilas de losas de piedra en posiciones que parecían naturales, y que ahora estaban cubiertas por la nieve en toda la parte de atrás del prado. No eran suficientes para herir a un vampiro, pero sí para distraerlos.
Los testigos se arracimaban a nuestra izquierda y derecha, unos más cerca que otros, ya que los que se habían declarado a nuestro favor tenían posiciones más próximas. Noté cómo Siobhan se frotaba las sienes, con los ojos cerrados en plena concentración, ¿le estaba siguiendo la corriente a Henry? ¿O intentaba visualizar una solución diplomática?
En los bosques a nuestras espaldas, los lobos invisibles estaban quietos y preparados; sólo escuchábamos su pesado jadeo y el latido de sus corazones.
Las nubes se espesaron, difundiendo una luz que tanto podía ser de la mañana como de la tarde. Los ojos de Regina se entrecerraron y mientras sometía a escrutinio lo que teníamos delante, estaba segura de que visualizaba esta escena por segunda vez, ya que la primera había sido cuando leyó en la mente de Ruby. Todo debía de tener el mismo aspecto que cuando llegaron los Vulturis, así que sólo nos quedaban minutos o segundos.
Nuestra familia y aliados se prepararon.
Un enorme lobo Alfa de pelaje rojizo y una loba de pelaje gris aparecieron de entre el bosque y se colocaron a mis costados. Debía de haber sido demasiado duro para ellos mantenerse a esa distancia de Hope y Henry cuando ellos estaba en un peligro tan inmediato.
Sentí a los niños suspirar con alivio. Se encontraban más tranquilos cuando Graham y Leah estaban cerca, y yo también me sentí algo mejor. Todo saldría bien mientras ellos estuvieran junto a los niños.
Sin arriesgarse a echar una mirada a sus espaldas, Regina se volvió hacia donde yo estaba. Yo alargué mi brazo para coger su mano y ella me apretó los dedos.
Pasó lentamente otro minuto y me descubrí aguzando el oído para escuchar el sonido de alguien aproximándose.
Y entonces Regina se envaró y siseó bajo entre sus dientes apretados. Sus ojos se concentraron en el bosque justo al norte del sitio en el que estábamos. Seguimos la dirección de su mirada y clavamos allí los ojos. Esperamos de esa forma a que transcurrieran los últimos segundos...
