.

.

CAPITULO 26

Dime algo, lo que sea, pero dímelo

Dos días después de la última conversación, mi padre estaba ayudando al taxista a cargar mi voluminosa maleta en el coche mientras mi madre y yo lo observábamos en silencio. El abuelo, enfadado, no quiso despedirse. Con una palmada en la espalda al taxista le indicó que esperara un minuto y se acercó a nosotras pasándose la mano por el pelo. No pude fijar la vista en ellos, así que la dirigí al cielo, como aquella madrugada de hacía un año.

Iba a ser de nuevo un día claro y luminoso de invierno.

Increíblemente frío, pero aun así no había nada comparado con el hielo que no conseguía derretir en mi corazón. Cerré los ojos y los enfrenté.

—Os llamaré cuando llegue —dije.

—Hija, no te vayas —pronunció mi madre con voz trémula.

—Mamá, no me lo pongas más difícil, por favor —supliqué.

—Tu madre tiene razón; aunque sea por una vez en la vida, la tiene —afirmó mi padre.

—Papá... —Mi voz se rompió y tragué saliva para recuperarla—. Es lo mejor para todos. Así podréis volver a ver a Tom, y yo... yo podré comenzar de nuevo.

—No finjas, Candy, sabes que tanto tu hermano como Bert han estado en Madrid varias veces. Tú eres la única que has querido ignorar que seguimos estando en contacto con ellos —me comunicó mi madre.

Me mordí el labio, sabiendo que esa información era cierta y que yo la había negado durante meses. El taxista me hizo una señal y yo la aproveché para alejarme.

—Os quiero —musité, y los abracé con fuerza, pillándolos de improviso.

Mi madre lloró sobre mi hombro y mi padre me sujetó con ímpetu, intentando que ese gesto hiciera retroceder mi tozudez.

Separándome de ellos con dolor y gran dificultad, me metí en el automóvil sin mirar atrás. Cuando estábamos a punto de llegar a la esquina, volví la cabeza y los vi abrazados. Cerré los ojos evitando las lágrimas y apreté los puños con fuerza. Me dije a mí misma que en otro país, en otro continente, junto a otras personas, quizá lo viera todo distinto. Quizá el negro se convirtiera poco a poco en un gris oscuro y éste en un gris claro hasta alcanzar un bello color. Sí, durante todo el trayecto intenté convencerme de ello.

Una vez facturada la maleta grande y habiendo atravesado ya el control policial y todos los stands del duty free, me dejé caer en uno de los incómodos asientos metálicos a esperar la llamada de mi vuelo. Sí, puede que con el tiempo la oscuridad desaparecería para dar entrada a la luz. Puede, quizá, tal vez...

Al situarse la auxiliar de vuelo tras el mostrador, se formaron dos filas: los que tenían billete de embarque preferente y todos los demás. Me quedé sentada un rato, dejando que fueran entrando, sintiendo que algo me retenía en Madrid, negándome a irme de allí. Pero nada me retenía ya. Levantándome despacio, saqué mi billete y mi pasaporte. Anduve cada paso como si una fuerza extraña me impidiera mover las piernas con facilidad, hasta que me situé detrás de los pocos pasajeros que quedaban por embarcar.

—¡Candy! —El grito a mi espalda me tensó todos los músculos hasta convertirlos en acero.

Me volví con lentitud y su visión me impactó exactamente igual que lo había hecho en ocasiones anteriores. Su presencia tenía en mí el mismo efecto que una onda expansiva de luz y calor. En segundos lo tuve frente a mí. Venía corriendo y soltó una pequeña bolsa de deporte negra a sus pies. Sus manos intentaron alcanzarme y yo di un paso atrás. Él las dejó caer a ambos lados de su cuerpo. Estaba más delgado y llevaba el pelo más corto. Las ojeras de un tono violáceo y la barba incipiente que asomaba en su mandíbula le conferían el aspecto de un hombre que lo ha perdido todo. Se metió las manos en los bolsillos del vaquero azul oscuro con gesto resignado, abriéndose su chaqueta de cuero negro, dejando ver una camiseta del mismo color.

No quería mirarlo, pero no podía apartar la vista de él. No quería escucharlo, pero no podía dejar de esperar que hablara. No quería amarlo, pero... No, no quería amarlo.

—Candy, déjame explicarte por qué hice aquello. Te he amado desde hace muchos años, sólo con ver tu sonrisa y tus ojos brillando conseguías que olvidara todo lo que me preocupaba. Incluso después de que me abandonaras seguiste sosteniéndome porque siempre viviste dentro de mí. Esto —dijo sacando una mano del bolsillo para posarla donde estaba su corazón— dejó de latir hace un año cuando creí que te había perdido para siempre. Estaba desesperado, Candy, tienes que entenderlo, no vivía, no amaba a ninguna otra mujer que no fueras tú. En todo lo que me rodeaba encontraba algo para recordarte y, al saber que la empresa familiar necesitaba mi ayuda e investigar y comprobar cómo el hombre que tú creías amar te había traicionado, sentí que por fin el destino había decidido que era nuestro momento.—Se quedó un instante callado esperando una respuesta por mi parte que no llegó—. Candy, nunca quise hacerte daño, deseé decirte la verdad desde el primer momento, pero tú seguías viviendo una vida de mentira sin darte cuenta de que lo real era yo. Nuestro amor es inmenso, como pueden serlo muchos amores a lo largo de la historia, aunque éste es nuestro y, por tanto, es el único que me importa. Intenté demostrártelo, intenté darte indicios de lo que realmente sucedía, intenté mostrarte mi amor de mil maneras, pero tú no quisiste verme hasta que el odio que sentías por mí desapareció. Ámame, Candy, por favor, porque sin ti yo estoy muerto.

Apreté los labios conteniendo el dolor de mi propio corazón, viéndolo romperse frente a mí. No fui incapaz de reaccionar. No pude decir palabra alguna porque todas habían desaparecido antes de ser pronunciadas.

—Di algo, Candy, lo que sea. Di que me odias, di que soy un estúpido. Dime que nuestra historia no fue verdad, que sólo la imaginé. Dime que cuando oyes mi voz no sientes lo mismo que yo al pronunciar tu nombre. Dime que, aunque no esté a tu lado, sigues sintiéndome como te siento yo. Dime que sin mí tu vida tiene tan poco sentido como la mía. Dime que mentías cuando tus ojos brillaban de deseo bajo mi cuerpo. Dime que tus caricias fueron una trampa. Dime algo, aunque sea que ya no me amas. Dime algo, aunque sólo sea para romper tu silencio —pronunció con voz ronca.

Examiné la amplia sala, ahora ya vacía. La asistente de vuelo carraspeó a mi espalda y eso me hizo reaccionar. Me volví y anduve los tres pasos que me separaban del mostrador. Le entregué el pasaporte junto con el billete y ella me lo devolvió tras pasarlo por el escáner. Di un paso más y oí de nuevo su voz grave con ese acento peculiar que había llegado a adorar.

—Csndy, no te vayas, please —suplicó.

Me detuve a punto de traspasar la barrera acristalada y respiré hondo.

—Candy, dime algo —exclamó él con más fuerza.

Me volví y lo miré una última vez, absorbiendo su calor, perdiéndome en su mirada celeste como las aguas de un océano.

—Hasta siempre —murmuré, y las puertas se cerraron tras de mí.

Tuve que disimular las lágrimas una vez dentro de la pasarela, al ver que todavía quedaban pasajeros por embarcar. Me quedé apartada, sujetando mi pequeña maleta con fuerza, tambaleándome como si no pudiera mantenerme en pie. El dolor fue tan intenso que creí que iba a desmayarme. Las voces se opacaron y el frío llegó de improviso. Miré al suelo cubierto por goma negra y sollocé ya sin importarme quién me oyera y me viera. Recordé cada una de las cartas que me había escrito. Su furia contenida, su incertidumbre, su deseo, su incalculable anhelo. Sus «te quiero» escritos de mil formas diferentes, su sutileza y su brutal sinceridad. Él no era mi obstáculo, yo era mi propio obstáculo. Tenía que sobrevivirme, aceptarme y avanzar sin miedo. Suspiré y saqué fuerza de mi interior para hacer lo que debía hacer.

—¡Abra! ¡Abra! ¡Por favor! —le grité a la asistente, golpeando con ambas manos el cristal de la puerta.

Ella me hizo un gesto de negación y yo amenacé con arrojar la maleta contra la barrera que me impedía el paso, pero se volvió ignorándome. Lo pensé un segundo, y pensar un segundo las cosas nunca supone un buen resultado. Una vez que me había decidido, nada me retendría. Arrodillándome, saqué el neceser y cogí el bote transparente que contenía el aceite de argán que utilizaba para suavizar las puntas de mi cabello. Golpeé con los puños la cristalera de nuevo y conseguí su atención. Con una sonrisa malévola, enarbolé el bote en mi mano.

—¡Trabajo en una farmacéutica y acabo de robar un virus letal! ¡Cómo no abra las puertas no dudaré en hacer uso de él! —grité.

Ella retrocedió un paso, situándose al otro lado del mostrador. Pareció llamar a alguien, aunque no abrió. Así pues, lancé mi maleta contra el cristal, que se agrietó de lado a lado, pero siguió cerrado. Sí se abrió cuando llegaron dos guardias civiles corriendo. Salí trastabillando, con el bote en alto.

—¡Quieta! ¡Arrodíllese y suelte el arma! —exclamó el que parecía más veterano.

La asistente huía gateando y yo la miré con extrañeza.

—Y ¿ésta qué se piensa?, ¿que está haciendo el vía crucis?

Llegaron dos guardias más y uno se quedó acordonando la pequeña sala de embarque.

—Señora, suelte el arma y arrodíllese —repitió el policía, esta vez más calmado.

—Pero ¡¿qué arma?! ¿Ésta? —pregunté agitando el bote.

En dos segundos los tenía sobre mí. A uno le di una patada en la espinilla y me zafé rodando por el suelo.

—¡Proporcionalidad! ¡Ante todo proporcionalidad! ¡Estoy indefensa! —aullé al borde la histeria viendo que el que permanecía en pie sacaba una pistola para apuntarme con ella.

—¡Oigan, oigan! ¡Que es sólo aceite de argán!

Y, seguidamente, hice algo todavía más estúpido que todo lo anterior. Abrí el bote y le pegué un sorbo. No llegué a tragarlo. Lo escupí a la camisa del que se abalanzó de nuevo sobre mí.

—¡Arggg, qué asco! —mascullé—. Con lo bien que huele y lo mal que sabe.

En ese momento oí a Albert gritar mi nombre. Y decidí que «Candy» no estaba nada mal comparado con «Cecilia», porque sonó como el canto de un ángel. Llegó corriendo hasta mí, saltándose el precario control. No alcanzó ni a tocarme. Lo placaron y lo dejaron tirado en el suelo.

—¡Ay, que me lo matan!

Me levanté con la furia que da ver cómo hieren a lo que más se quiere y me arrojé sobre uno de los guardias, colgándome de su espalda. Él giró varias veces conmigo fuertemente agarrada a su cuello, rodeándole la cintura con las piernas, como si fuéramos una peonza humana, y acabó cayendo hacia atrás sobre el encerado mármol, encima de mí. Me quedé sin respiración y, también, sin margen de maniobra. En un minuto estábamos esposados y éramos conducidos a través del aeropuerto con el correspondiente bochorno que acompaña estos casos. Nos sacaron fotos y nos grabaron con el móvil. Sin cesar. ¡Qué morbosa y malsana curiosidad tiene la gente con las desgracias ajenas! Pero yo sólo tenía una idea en mente, y era acercarme a Albert, al que llevaban sujeto por los codos y medio aturdido entre dos guardias. Conseguí deshacerme de la sujeción de uno de los míos y me volví todo lo que pude.

—¡Albert! ¡Sí digo algo! Y aunque haya trescientas sesenta y cinco formas de decir «te quiero», la única que existe para mí es ésta...—farfullé con voz ronca intentando saltar para llamar su atención.

Recibí un empellón del guardia, aunque conseguí que Albert levantara la cabeza con expresión confusa.

—¡Te quieeeerooooo! —aullé.

Ya más tranquila, porque lo había dicho y porque pude ver su sonrisa de refilón antes de que entrara en una de las salas de detención, me volví hacia el guardia de mi derecha, que me observaba con estupor.

—¿Qué? Aunque lo parezca, no estoy loca...

Quince minutos después, había cambiado de opinión. Me encontraba sentada frente a una mesa metálica en una sala de detención con paredes de azulejos blancos. La luz del techo emitía un constante zumbido y parpadeaba. El silencio era sobrecogedor, y más cuando había otra persona en la habitación, uno de los guardias que me había detenido, concretamente al que le había escupido el aceite. Pensé que era un sistema de tortura psicológica muy elaborado. Algo aprendido de algún curso con el CSI, el FBI, el IPC, o similar. Porque los españoles no tenemos esa capacidad tan absolutamente aterradora de concentración.

¿Cómo era posible que pudiera estar tanto tiempo en la misma posición de firmes mirando a un punto indefinido de la pared y sin mover un solo músculo? Sí que tenían que estar bien entrenados, sí. A mí ya me habría dolido la cadera, los talones y hasta la punta del pelo. Carraspeé para llamar su atención mientras retorcía las manos sobre la mesa.

—Vaya lío que se ha montado, ¿no?

Nada. Ni un pestañeo. Desde luego podría convertirse en un muñeco de cera si quisiera. O un mimo de esos que adornan El Retiro.

—Yo que usted no intentaría lavar la camisa, mejor que la lleve a una tintorería, porque esa mancha no creo que salga con detergente.

Nada. Ni siquiera el músculo de su mandíbula tensándose.

—Pero, vamos, que mancha creo que le quedará, pero suavecita también, porque no sabe lo bueno que es el aceite de argán para todo. A mí me deja un pelo..., y mire que es difícil domar mi pelo. Pues hasta eso lo consigue. Aparte de sus propiedades sobre la piel, que si yo le contara...

Nada. Ni una mueca. Me pregunté si se habría abstraído hasta otro plano astral.

—A mí una vez se me cayó una gota en una blusa de seda y la tuve que tirar. ¡Qué desperdicio! ¡Con lo que me había costado encontrarla en las rebajas de Custo!

Nada. Ni un asomo de interés.

—Además, era una mancha que no pasaba desapercibida. Me cayó aquí.

Señalé con un dedo mi pecho izquierdo.

Algo.

Su mirada se desvió al sitio donde un día había estado la mancha y se quedó fija durante más tiempo del necesario, hasta que me revolví molesta.

—¡Eh! Vuelve a mirar a la pared, que aquí ya no hay nada interesante —mascullé.

Él apretó los labios y obedeció. ¡Qué fuerza de voluntad tenían esos picoletos! ¡Y qué desdoblamiento de personalidad también!

De improviso, se abrió la puerta y entró lo que parecía un oficial, ya que el guardia que me custodiaba se cuadró en su presencia. Se detuvo frente a la mesa y levantó la vista de la carpeta que llevaba en las manos.

—Candice White Mazo. No podía ser otra, no.

—¡Coño, Fran! Mi hermano no me había dicho que te habías hecho benemérito. Además, debería llamarme Cecilia, no Candy. Ufff..., una larga historia —dije esbozando una sonrisa de alivio.

Fran se quitó la gorra y la dejó sobre la mesa, aunque no se sentó. Se limitó a observarme en silencio. Bien, comenzábamos una nueva tortura, la de la intimidación.

—En menudo follón me han metido tus compañeros... —balbuceé con mi sonrisa de conquistadora que había perdido ya demasiadas batallas.

—Candice, ¿puedes explicarme qué ha pasado? Porque no llego a entenderlo —inquirió él con voz grave.

—Claro, es normal que no lo entiendas, mi hermano siempre te ayudaba con las matemáticas y las ciencias. Los deportes se te daban bien, pero cuando juntabas más de un número o aparecía una fórmula no había milagro que te salvara el examen... Imagino que por eso habrás acabado de guardia. —Me interrumpí al ver cómo cambiaba el gesto—. Que no lo digo por nada, ¿eh?, que todas las profesiones son honradas y honrosas. Por cierto, el uniforme es un insulto en sí mismo. No puede ser más feo. Pero qué verde más verde, verde. Y ¿esa tela del pantalón tan áspera no os raspa en...?

—¡Candice!

—¡Los bajos! ¡Quería decir en los bajos!

Frunció el ceño y me taladró con la mirada. Su subordinado se mordió el labio y yo deseé haberme mordido la lengua y haberme atragantado con ella.

—¡Los bajos del pantalón! Me refería a los bajos del pantalón—añadí suavizando el tono.

—¡Candice!

Pegué un respingo ante su energía.

—¡¿Qué?! Que sólo lo digo por ayudar, que soy diseñadora. Que podría poneros unos bordaditos en las mangas, así, discretos. ¿Cuál es vuestra mascota? —Ambos guardias me miraron con total incredulidad—. ¿No lo sabéis? Bueno, no importa, le ponemos algún eslogan en plan «Detente o disparo».

—¡Candice!

—Vale, vale..., si yo sólo lo digo por colaborar.

Me retorcí las manos de nuevo y ordené mentalmente a mi boca que se callara. Pero yo no tenía la fuerza de voluntad del agente que me custodiaba.

—¿Has tomado algún tipo de droga?

—¡No! —Vacilé un instante—. Creo que no, al menos, no de forma consciente. Es que mi madre, ya la conoces, pues es muy dada a drogar a la gente. Si vieras el laboratorio que tiene en la cocina...

Me interrumpí porque estaba hablando de más y Fran había comenzado a escribir con fruición en un papel. Mi pie inició en el suelo un baile frenético y empecé a sentir muchísimo calor. ¿Otra nueva forma de tortura? Miré alrededor buscando las salidas de aire, comprobando si las habían bloqueado.

—Candice, ¿qué estás mirando?

Me erguí como si hubiera recibido un latigazo y me concentré en su rostro serio y circunspecto.

—Eh..., la decoración tan austera de la sala, que un cuadrito o dos no le vendrían nada mal, ¿no crees?

—Prosigamos. —De nuevo ese tono frío y letal, o eso me parecía a mí—. Me decías que tu madre os suministra drogas.

—Pero nada serio, no vayas a pensarte que es tipo Breaking Bad. Tranquilizantes y esas cosas...

—¿«Esas cosas»?

—¿No me estabas preguntando qué había pasado?

—Eso intento...

—Todo empezó cuando se me murió un hombre el año pasado en un avión que...

—¿Se te murió? —me interrumpió sin dejar de escribir.

—¡Eh! ¡Que no fue culpa mía!, y tampoco lo fue el intento de asesinato de Nicoletta...

—¿Nicoletta? —me interrumpió de nuevo.

—La de las tetas.

El guardia que estaba junto a la puerta soltó una carcajada y la disimuló tosiendo.

—Agente Gómez, compórtese —exigió Fran.

—Sí, mi capitán.

—¡Anda, pero si eres capitán!

—Lo soy.

Me miró con el rostro pétreo y yo enmudecí y comencé a refrotar las manos nuevamente. Les estaba sacando hasta brillo...

—Continúa —exigió.

¡Pero qué técnica más retorcida tenía para interrogarme! ¡Ni Torquemada en sus mejores tiempos!

—Que no la maté.

—¿A Nicoletta?

—Sí, la de las... Quiero decir que fue una reacción alérgica. Pero nada más que eso, que yo recuerde, aparte de un matrimonio de conveniencia.

—¿Matrimonio de conveniencia? —Su tono se volvió suspicaz y terriblemente inquisidor.

Me levanté y me sequé las manos cubiertas de sudor en los vaqueros. Ambos me miraron con bastante desconcierto.

—Mejor será que me vaya, si en realidad ha sido todo un malentendido tonto. Nada serio. Lo dejamos en una multita, que eso sí que se os da bien y, hala, a detener a los que roban el cable de cobre.

—¡Candice, siéntate!

Retrocedí y me senté con tanto ímpetu que casi me caigo de espaldas. Me recobré pronto y lo miré. Él esperaba una respuesta. Y se la di, aunque debería haberme callado.

—Sí, me casé por dinero. Aunque lo quiero, no vayas a pensar otra cosa. Y le salí bastante cara, no creas.

—Eso es un delito, ¿lo sabes?

Fingí una sonrisa, que más bien fue un tic en el rostro que acompañé con pequeños golpes de la uña sobre el metal de la mesa.

—Tú también te casaste, ¿no? Tom me dijo que tenías tres hijos.

—Candice, estamos hablando de lo que ha sucedido, no de mi vida privada.

—Hombre, si estuviéramos hablando de tu vida privada tendría que decirte que ya sé que te pajeas en la ducha pensando en mí—barboté.

Fran enrojeció y la carcajada del otro guardia ya no se pudo disimular.

Agaché la cabeza, totalmente avergonzada.

—Creo que me lo comentó Tom una vez así, como de pasada...

—Candice, se me está acabando la paciencia. Estoy dudando en acusarte por más de tres delitos, entre ellos, terrorismo, alteración del orden público y resistencia a la autoridad. No es una broma, son muy serios.

Comenzaron a temblarme los labios y lo miré con ojos llorosos.

—¡Confieso! ¡Confieso! —gimoteé—. Pero, por favor, ¡no me torturéis más!

—¿Torturarte? —exclamó el otro guardia, y miró a Fran como disculpándose por algo inexistente.

Fran lo ignoró y se concentró en mí.

—Muy bien, ¿qué confiesas exactamente?

—¡Que todo lo he hecho por amor! —grité perdiendo los pocos nervios que me quedaban.

Fran se volvió hacia el otro guardia, que ya era incapaz de guardar la compostura.

—Gómez, traiga al hombre retenido, Mr. Andrei LongBloom .

Meneé la cabeza con consternación.

—Fran, ¿también se te da mal el inglés? Que no me he casado con ningún «matamoscas», me he casado con un «polla larga».

El capitán me fulminó con una sola mirada y yo agaché de nuevo la cabeza.

—Que no es que me importe, si a mí también se me da fatal la lengua de Shakespeare...

—Voy a llamar a tu hermano —determinó.

Entonces levanté la cabeza y lo miré con ojos desorbitados.

—¡A él no! ¡A él no! Confesaré lo que sea. ¡Llévame a la cárcel! ¡Ahí, con los presos comunes! ¡Que me conviertan en un alfiletero! ¡Si siempre he sido carne de cañón!

—Candice, sé que estos últimos meses han sido duros. —Su tono fue suave, como el de aquel que piensa que está hablando con un desequilibrado—. Creo que debería examinarte un médico.

Antes de que pudiera hablar de nuevo, otorgándole una nueva baza para ingresarme en un psiquiátrico de por vida, la puerta se abrió y entró Albert. Lo miré con arrobo y sonreí. Me levanté para acercarme a él.

—Albert, a éstos no intentes sobornarlos como a los del ejército egipcio, que no creo que cuele —le susurré no lo suficientemente bajo.

—¿Soborno? ¿Has dicho soborno? —El rostro de Fran estaba colorado y contraído por la furia.

—Pero lo he dicho con buena intención, y porque una vez funcionara no quiere decir que funcione otra vez, ¿no?

Parpadeé de forma inocente, o eso creí yo, porque lo que me transmitió Fran fue que estaba a punto de sufrir un ataque cardíaco.

—Mr. Ardley LongClock, ¿puede hacerse cargo de ella antes de que ella misma me obligue a presentar cargos contra ambos?

—¡Anda! Ya te ha vuelto a cambiar el nombre... ¡Joder, con la Benemérita, si es que ya entra cualquiera...!

—Candy —dijo Albert acercándome a él.

—¿Qué? —pregunté mirándolo y comprobando al mismo tiempo cómo desaparecía el mundo a mi alrededor con la simple visión de sus penetrantes ojos azules.

—¿No crees que ya has hablado demasiado? —me preguntó con suavidad.

—Pero si ni siquiera le he dicho que cuando venía a estudiar a casa utilizaba un programa remoto para meterme en su ordenador y ver las cochinadas que hacían con las chicas con las que chateaban activando la webcam.

Fran, que ya estaba saliendo de la sala, se volvió como un resorte.

—¡¿Qué?!

—Nada, nada. Ni una palabrita más que voy a decir.

—¿Todavía guardas los archivos?

—Qué vaaaa...

Y en ese momento, que no era un momento muy romántico, la verdad, Albert me cogió el rostro entre las manos y me besó como sólo él sabía hacerlo.

—¿Qué estás haciendo? —murmuré contra sus labios.

—Lo único que se me ocurre para que te calles de una vez por todas —contestó reanudando su ataque.

Y funcionó, ya que contra sus labios no tenía margen de maniobra.

CONTINUARA