.
.
CAPITULO 27
«Oh, Cecilia, you are breaking my heart»
Birchington, Inglaterra, seis meses después
Frente a mí se extendía en plena ebullición primaveral la majestuosa campiña inglesa. El aire cargado de humedad proveniente de la costa cercana hacía volar mis cabellos. Caminé junto a Albert hasta el pequeño grupo de personas que conformaba mi familia, sentados en sillas de mimbre bajo una carpa de brillante blanco nuclear. Albert había sido convocado para un partido benéfico y estaba exultante por volver a jugar. No se arrepentía de haber dejado la competición, pero lo echaba de menos y yo lo sabía, más que nada, porque estudiaba cada partido como estudiaba la pantalla del ordenador cuando trabajaba, o me estudiaba a mí cuando..., bueno, me estudiaba con mucha concentración. Le di un suave beso en los labios y lo despedí para sentarme entre Anny y mi padre.
—¿Cuánto dices que dura un partido de críquet? —le pregunté a mi prima cuando Albert ya estaba a una distancia prudencial.
—Puede durar varios días —contestó acariciando su prominente barriga.
—¿Varios días? —exclamó mi padre bastante escandalizado—. Y ¿cómo se supone que lo hacen cuando llega la noche? ¿Con guardias, como en la mili?
Mi hermano llegó en ese momento acompañado de Mia. Me fijé en que él tenía el rostro ceniciento y parecía nervioso. Ella, en cambio, estaba radiante, como siempre.
—Papá, lo suspenden y continúa al día siguiente —aclaró Tom, que lo primero que hizo fue pedir al camarero un whisky doble.
Lo miré con extrañeza, pero mi madre y mi tía desviaron por completo mi atención.
—¡Por el amor de Dior! ¿Se creen que están en Ascot?
Almu volvió la cabeza y comenzó a reír. Patty, más rápida, sacó la cámara de fotos y lanzó una ráfaga antes de que las pamelas les volaran de la cabeza.
—Ni que esto fuera The Ashes —masculló Anny.
—¿«Cenizas»? —pregunté desconcertada.
—Sí, es una tradición.
—Y ¿cuál es el premio? ¿Una urna con las cenizas de los caídos en acto de servicio? —Mi padre cada vez estaba más perdido.
—Nooo... —Anny resopló—. Creo que viene porque en el siglo XIX Inglaterra perdió contra Australia y un periódico publicó que debían entregarle en la copa las cenizas, ya que el críquet estaba muerto para los ingleses.
—Ah..., ya..., ¡qué raros son por aquí, ¿no?! —Mi padre cabeceó sin haber entendido nada.
Anny y yo intercambiamos una mirada divertida.
—Cielo, ¿qué tal estás?
Mi tía se inclinó sobre mi prima y le dio un pequeño beso en la coronilla.
—Pues a punto de reventar, ¿no me ves? —contestó ella malhumorada.
—Y preciosa. Nunca te he visto tan resplandeciente —añadió Archie atrapando a Gonzalo, que parecía ser el único interesado en lo que sucedía en el campo de juego.
—Igual de resplandeciente que vas a estar tú cuando te hagas la vasectomía. No veas cómo vas a brillar —masculló Anny, arrancando nuevas carcajadas al grupo.
Excepto a Tom, que pidió otro whisky doble.
—¡Huy! —interrumpió mi madre, desviando el tema—. ¿Has visto, Candy, lo guapo que está Bert todo de blanco? Parece un marine estadounidense.
—O un marinerito en su comunión... —murmuré yo, aunque no pude evitar que mis ojos lo siguieran durante un buen rato.
—¿Por qué lleva esas protecciones en las piernas? No sabía que jugaba de portero —añadió mi madre.
—Mary, que en el críquet no hay porterías. ¿No dices que ves el Discovery Channel? —determinó mi padre, pero dirigió la mirada a Tom para corroborarlo.
Se quedó tranquilo cuando éste asintió levemente con la cabeza entre sorbo y sorbo, ausente y sin atender a lo que estaban hablando.
—Pues claro que lo veo. ¡Lo que no veo es el Eurosport! Roberto, qué cosas tienes —replicó mi madre con su típica muletilla—. Además, con lo útiles que le habrían sido a Casillas esos refuerzos, igual así no tendría que haberse ido a Portugal...
Anny meneó la cabeza y Almu reprimió la risa, al igual que yo.
—De hecho, la portería son aquellas tres estacas que veis al fondo—murmuró Anny, aunque nadie la escuchaba ya.
Oí a Pauna y a William acercarse comentando algo y les hicimos sitio. Ella depositó una pequeña bandeja con canapés en una mesa circular y sonrió.
—Los he robado de la recepción.
—Es lo que tiene formar parte de esta familia, que al final todos se vuelven delincuentes —determinó Anny, cambiando de postura en la silla.
—¡Eh!, que lo del aeropuerto fue un hecho aislado, al final quedó en nada —protesté.
—Sí, en una nada de seis mil euros de multa —continuó mi prima con una sonrisita sardónica.
—Pero mira que eres cabrona.
—No sabes tú cuánto.
—Ya te reirás, ya, que mucho te has quejado de que en el parto de Gonzalo estuviste sola, y ahora vas a tenernos a todos intentando colarnos en el quirófano.
—¡No irán a...!
Ni siquiera pudo terminar la frase.
Sonreí de forma maquiavélica.
—Yo soy la encargada de inmortalizar el momento. Patty dice que le da repelús.
—¡Pero qué vengativa eres!
—He tenido la mejor maestra.
—Chicas, que haya paz —interrumpió mi tía, que parecía haberse aclimatado a la nueva situación de sus hijas con bastante normalidad o bastantes tranquilizantes de mi madre. La verdad es que no lo sabía.
—Y ¿qué tal lo está haciendo Bert? —preguntó William, sentándose en el fondo norte con la facción masculina del grupo.
—¡Muy bien! —comentó entusiasmado mi tío—. Ya ha metido varios goles.
—¿Goles? —inquirió extrañado William.
—¿No habíais dicho que no jugaba de portero? Pues será delantero, digo yo... —dijo mi tío no muy convencido.
—En realidad, lateral derecho —aseveró Tom cogiendo otro vaso de whisky.
—Es que así, de lejos, es difícil distinguir algo, la verdad, y con esa pelota tan pequeñita... —musitó mi tío algo contrito, y recibió un par de palmadas en la espalda en señal de conmiseración masculina.
Seguí observando a Tom tres minutos más. Exactamente los que tardó en terminarse la bebida. No pude reprimirme.
—Y a ti, ¿se puede saber qué te pasa?
—Na... nada —balbució.
Mia le sujetó la mano y le susurró algo al oído. Y no había nada que excitara más a mi familia que un nuevo secreto. Era como si tuvieran una antena supersónica que alcanzaba a captar los sonidos vedados a los humanos.
—Venga, cuéntalo —lo animó Anny.
—Sí, Tom —lo instó Almu—. Que ya sabes que somos de confianza.
—No.
—Come on, sweetie —dijo Mia poniendo una mano delicada y pálida sobre su brazo.
Yo me reí en voz baja. Con lo poco que le gustaba a mi hermano que utilizaran palabras cariñosas con él, en Mia yo había encontrado mi venganza por tantos años de apodos. En su variado vocabulario nunca había un «Tom», pero sí estaba lleno de «Tony», «Toncito», «Thomy», «sweeties» y otras en japonés que no tenía ni idea de lo que significaban.
—Mejor será esperar un poco, ¿no crees?
Todos los sensores antisecretos de mi familia se alertaron a una.
—Vamos, Tom —intervino Anny—, que ya no nos sorprende nada. Además, no puede ser otra cosa más que te casas, te vas a hacer monje tibetano, estás embarazado, te has apuntado a Gran Hermano o acabas de ganar una competición televisiva al mejor chef, digo yo...
—Pues eso —terció mi hermano.
—¿Eso? ¿Quieres decir que te has apuntado a Gran Hermano? ¿Puedo ir como tertuliana? ¡Nadie mejor que tu propia madre para defenderte!
Mi madre estaba tan excitada que ni siquiera notó que un golpe de aire le robaba la pamela.
—Yo apuesto a que es lo tercero —aseveré, y Mia me sonrió.
Vi a mi padre y a mi tío contando con los dedos, y Anny resopló sin poder contener más la impaciencia.
—¡Suéltalo de una vez!
—No, si quien tiene que soltarlo soy yo.
Mia sonrió abiertamente y después se sonrojó, habiéndose dado cuenta de lo impropio de su comentario.
—Pues, hala, ya lo sabéis. Que para fin de año voy a ser padre—declaró Tom con voz ronca, como si estuviera comunicando una condena penal.
—No pareces muy contento —musité viendo que todos se iban levantando para felicitarlo.
—Es que son dos. ¡Dos!
Eso los dejó clavados en el suelo.
—Y dos chicas... Que si casi no sobrevivo siendo hermano y primo de vosotras, imagínate cómo lo voy a hacer siendo padre...
Aparte de las carcajadas, volaron los golpes en la espalda, los abrazos a Mia, los besos y los vítores.
—¡Mary! —Mi padre parecía el más emocionado—. ¿Has oído? Vamos a ser abuelos. Y de unas chinas, nada menos, con lo listas que son las jodías, y trabajadoras. Si ya me veo enseñándoles el oficio. Bueno, eso, si entienden mi idioma. Porque —se volvió hacia Tom— aprenderán español también, ¿no?
—Claro, papá.
—¡Roberto! ¡Pero qué bruto llegas a ser a veces! —exclamó mi madre, secándose una lágrima disimulada con un pañuelo de encaje—. ¡Que Mia es japonesa, no china!
—Pues mejor me lo pones, que ésos son pocos, pero mira cómo dominan las Bolsas bursátiles. ¡Qué orgulloso estoy! ¡Qué orgulloso! —continuó mi padre, sacando un puro del bolsillo interior para encendérselo.
Uno de los camareros le llamó la atención y él se volvió hacia mí.
—Papá, que aquí no se puede fumar.
—Dile que estamos de celebración.
—Eso, eso, dejad que hable Candy con su inglés académico, que seguro que acabamos todos en comisaría esta noche —dijo Anny desde el otro extremo.
—Si no me extraña que tu hijo no quiera nacer, con la mala leche que se gasta la madre...
—Pero ¡cuánto rencor! —murmuró ella poniéndose ambas manos a los laterales de su barriga—. Tú no escuches a tu prima, que es una arpía de cuidado.
Estábamos en ésas cuando se acercó Albert algo acalorado.
—¿Un descanso? —pregunté levantándome.
—No, ya hemos terminado. ¿Es que no habéis visto nada?
—Hombre, lo que se dice nada, nada...
—¡Bert! —lo llamó su madre—. Que ya nos han dicho la buena nueva.
—¿En serio? —Albert me miró fijamente y me sostuvo por la cintura—. Pues eso hay que celebrarlo, ¿no?
Olvidando a los que me rodeaban, me concentré en sentir los labios suaves de Albert posados sobre los míos. Le correspondí con demasiado entusiasmo. ¡Sus besos...! Nos separamos ante el silencio que se cernió sobre nosotros.
—Hombre, hijo, que digo yo que a quien tendrás que felicitar será a Mia, pero te aconsejo que no lo hagas con el mismo ímpetu, no vaya a ser que mi hija te suelte un guantazo que te lesione para cinco años —masculló mi padre.
Sonreí con benevolencia.
—Vamos a ser tíos, y de dos sobrinas, además —le expliqué a Albert, que parecía algo desconcertado—. Que mira que al principio Mia no me cayó muy bien, pero ahora le tengo un cariño...
Y el abuelo, que hasta ese momento había estado callado, observándonos a todos, soltó una ronca carcajada.
—Si ya lo sabía yo, nenuca. Si ya lo sabía yo, que me lo susurró la abuela Jacinta, que te cuida desde el cielo. Y me ha dicho que dejes de darle tantos sustos, que no da abasto.
El silencio antecedió a un cacareo sin precedentes.
—¡Ay, el abuelo, que nos chochea, y con lo caras que están las residencias...! —estalló mi madre.
—Padre, por Dios, no diga esas cosas, que a ver qué van a pensar los padres de Bert —apuntó mi padre algo preocupado.
—Que ya os decía yo que el viaje en avión, con la presurización esa, es muy peligroso para los ancianos —se lamentó mi tía.
—¿No le habrás dado alguna de tus pastillas, mamá? —preguntó un recuperado Tom.
—Abuelo, que se ha confundido, que es Mia la que está de enhorabuena —le dijo despacio y marcando cada letra mi madre para que el abuelo, que la ignoraba y sólo me miraba a mí, lo entendiese.
Anny me guiñó un ojo con sorna.
—Chivata —le siseé.
—¿No crees que es un buen momento para contar lo nuestro?—me susurró Albert al oído.
—No —le contesté, y descubrí los ojos inquisitivos de Anny mirándome con suspicacia.
Los míos respondieron: «Déjame al menos unos días para burlarme a gusto de mi hermano». Ella sonrió y cabeceó, ofreciéndome su complicidad. Porque era cierto que tenía un secreto. Un secreto que guardaba en mi interior escuchando el latido de mi corazón. Un secreto que se llamaría Cecilia.
CONTINUARA
