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Epílogo
Menorca, bastantes años antes
Tres niñas que acababan de cumplir nueve años se asomaron entre las hierbas que cubrían las dunas y otearon hasta que vieron a sus presas.
—¿Por qué se han escondido detrás de esas rocas? —preguntó la que se llamaba Almudena.
—Seguro que por algo malo —contestó su hermana Anny.
La más pequeña y bajita, Candy, permaneció en silencio, maquinando un plan.
—Es porque no quieren que sepamos que han venido a la playa de los desnudos —determinó al fin.
—¡Hala! —Almudena se tapó la boca con la mano—. El abuelo dice que aquí son todos unos vergonzosos.
—Desvergonzados —la corrigió Anny de forma automática.
—¡Pues yo aquí no me quedo, que luego me echan la bronca! Me voy —dijo alejándose hasta llegar al camino de tierra que bordeaba la cala.
—¿Tú crees que mantendrá la boca cerrada? —preguntó Candy.
—Ni lo sueñes, ya estará corriendo para decírselo a todos.
Ambas suspiraron, pero el temor a una represalia paterna era ínfimo en comparación con el hecho de descubrir a su hermano y primo mayor acompañado de su amigo con las manos en la masa.
Se fijaron en que del lugar donde estaban escondidos los adolescentes brotaban dos delgadas columnas de humo.
—¡Están fumando! —se escandalizó Anny.
—Serán cigarros de la risa..., se lo oí decir anoche a Tom—puntualizó Candy.
—Y ¿qué te hacen? ¿Cosquillas? —inquirió Anny confundida.
—No sé, pero se están riendo, así que parece que se lo están pasando bien —contestó Candy, desconociendo el poder de esos misteriosos cigarros.
—¿Vamos a pillarlos? Si los sobornamos podemos conseguir que nos compren todos los días que queden de vacaciones un helado—sugirió Anny.
—No, nuestro silencio vale más que eso. ¿Qué podemos pedirles?
Ambas lo meditaron unos segundos, hasta que Candy volvió a hablar:
—¿Y si cada vez que queramos algo se lo pedimos con la amenaza de que se lo vamos a contar a sus padres? Podemos sacarles mucho más que un simple helado.
—Vale, venga, vamos —la instó Anny.
Y las dos niñas se arrastraron por la arena hasta escalar la roca.
Una vez sobre ellos, asomaron sus cabezas y les sacaron la lengua.
—¡Joder! —soltaron ambos jóvenes a la vez, tapándose con la toalla.
Las niñas saltaron y se los quedaron mirando con los brazos cruzados.
—¿Por qué te tapas, Albert? ¿Qué escondes debajo de la toalla? ¿Estáis desnudos? —barbotó Candy como una ametralladora.
—Enana, no puedes estar aquí —la regañó su hermano, disimulando y enterrando los restos del cigarro de la risa en la arena.
—Tú tampoco —le contestó ella sin amilanarse.
—Se lo diremos a los papás —determinó Anny.
—No estamos haciendo nada malo —se defendió Albert, bastante colorado.
Candy lo miró con suspicacia y después echó un vistazo alrededor.
—¿Habíais quedado con alguna chica aquí?
—Hummm...
—Eso no es una respuesta —replicó ella, sintiendo que le dolía más de lo que quería aparentar.
—Sólo son unas amigas que hemos conocido esta tarde —le explicó Tom.
Pero Candy únicamente tenía ojos para Albert, y éste, avergonzado, agachó la cabeza.
—Los hemos pillado en la playa de los nudistas fumando y han quedado con unas chicas. ¡Anda, Candy, que les vamos a poder sacar todo lo que queramos! —exclamó Anny con el entusiasmo de un extorsionador profesional.
—De eso nada, ¿es que acaso pensáis chantajearnos? —interrogó Tom comenzando a enfadarse.
—Por supuesto —le contestó su hermana.
En ese momento se acercaron dos chicas vestidas con unos diminutos bikinis. Una de ellas no llevaba puesta la parte superior y parecían mayores que Tom y Albert. A Anny le entró la risa al verlas, y Candy sintió un enfado que no sabía de dónde provenía ni cómo enfrentarlo.
—Vaya, vaya, chicos, no nos habíais dicho que estabais de niñeras—comentó una de ellas.
—No lo estamos —replicó Tom.
Anny y Candy se sintieron indignadas y no dudaron en demostrarlo.
—Ya somos mayorcitas para tener niñera —protestaron.
—Pues yo no pienso cargar toda la tarde con dos pequeñajas—adujo la otra.
—¿Me estás llamando pequeñaja? —estalló Candy enfrentándose a ella.
—¿Acaso no lo eres? ¿Qué tienes? ¿Siete, ocho años?
—Tiene nueve—contestó Albert en su lugar.
—¿Es tu hermana? —La chica se volvió hacia él.
—Por desgracia, es la mía —masculló Tom.
—Venga, nenas, a casita a cenar, luego os ponéis el chupete y a dormir, que se os está haciendo tarde —se burló la que parecía más mayor, empujando a Candy con decisión.
Ella se revolvió y le dio un puntapié.
—¡A mí no me empujes!
—¡Y a mí no me pegues, niñata!
Albert se metió entre las dos para mediar en la pelea que se avecinaba.
—¿Me has llamado niñata?
—Sí, eres una cría.
—¡No lo soy!
—Eh, tranquila, que es mi hermana pequeña. No la toques—terció Tom apretando un puño.
—Pues que se larguen o nos largamos nosotras. Vosotros decidís—determinó la joven.
—Se largan ellas. Venga, renacuajas —las instó Tom.
Albert resopló.
—Eso, renacuajas, dejad que los mayores se diviertan —apostilló la otra.
—Podemos acompañarlas a casa y luego volvemos —sugirió Albert, y las chicas lo miraron con desprecio.
—Vámonos, Eliza , que éstos son unos pringados —dijo la mayor.
—Eh —intentó retenerlas Tom.
—Tú, idiota, no llamas a mi hermano y a su amigo pringados —los defendió Candy.
—Y ¿qué piensas hacer? —la interrogó la joven mirando hacia abajo.
Sólo una de las cinco personas supo ver el brillo en la mirada de la pequeña Candy, la decisión que mostraba su gesto y cómo apretó su pequeña mano.
Albert se puso delante de ella para evitar el golpe y acabó recibiéndolo él.
Aulló y se tapó la nariz con las manos.
—¡Joder! Creo que me la ha roto.
Aunque Candy no reculó, reconoció al fin que lo que sentía eran celos, unos celos hasta el momento desconocidos para ella pero que resultaban amargos al paladar, y todavía se irguió más en su escasa estatura.
—Te lo merecías.
—¿Por qué? —acertó a decir Albert.
—Por quedar con ellas, por estar con mi hermano, por excluirme de todo, por no hacerme caso. ¡Por ser tú! ¡Te odio! ¡Te odio y te odiaré siempre! —barbotó respirando de forma agitada.
Por un instante, Albert se apartó las manos del rostro y la miró entre confundido y estupefacto. Candy lo desafió con los ojos húmedos, habiéndose arrepentido ya de su arranque. Anny acudió en su ayuda y, cogiéndola de la mano, se la llevó a rastras.
—¿Sabes? —le dijo cuando ambas iban cabizbajas camino del apartamento—. Creo que nos hemos quedado sin helado y sin todo. Ahora hasta son ellos los que pueden chantajearnos.
—Es que cuando estoy con Albert no puedo pensar con claridad, es tan..., él es...
—¿Te gusta?
Anny sonrió entre dientes.
—¿Gustarme? ¿A mí? ¿No has oído lo que le he dicho? Lo odiaré toda mi vida.
—Sí, si lo he oído, aunque no me lo creo.
—¡Pues créetelo! —Candy se volvió con enfado hacia su prima—. Siempre lo odiaré. Siempre. No lo olvides.
Pero, mientras se alejaban, se volvió con disimulo para ver una vez más a Albert, que la estaba mirando con el mismo brillo de determinación que mostraban sus ojos. Y su corazón se fue acostumbrando a aquel sentimiento extraño que parecía revolverle el estómago, y en su interior, aunque no lo confesó nunca, supo que su boca mentía. Supo que odiar para siempre era demasiado tiempo.
F I N
Hola, como ven este es el epílogo, muy difefente a todos lo que hemos leido que comienzan, unos años despues ...la vercad yo habia leeido esta novela hace mucho tiempo, no habia querido adaptarla ya que como se dieron cuenta la protagonista es particularmente especial y nada parecida a la pecas, pero me hizo reir y a la ves me daban ganas de sarandearla para que reaccionara, pero si les soy sincera me encanto esta novela de Caroline March.
Mil gracias por sus comentarios y por su apoyo, pero ahora si me dedicare a leer sus fics y dejar mis comentarios.
Un abrazo fuerte y hasta la proxima.
Azul.
