—Fue un cúmulo de circunstancias, pero al fin todo se redujo a… Emma —explicó Regina.
Nuestra familia y los dos invitados restantes permanecían sentados en el gran salón de los Mills mientras, más allá de las ventanas, oscurecía el bosque.
Vladimir y Stefan habían desaparecido antes de que hubiéramos dejado de celebrarlo. Ambos estaban de lo más decepcionados con el giro final de los acontecimientos, aunque Regina aseguraba que habían disfrutado de la cobardía de los Vulturis lo bastante como para endulzarles la frustración.
Benjamin y Tia enseguida se pusieron a seguir el rastro de Amun y Kebi, ansiosos por hacerles saber el feliz desenlace del conflicto. Estaba segura de volver a verlos, al menos a Benjamin y a Tia… Ninguno de los nómadas se demoró demasiado. Peter y Charlotte mantuvieron una breve conversación con Jefferson antes de marcharse también.
Las reencontradas amazonas también se habían mostrado impacientes por regresar a su entorno lleno de vegetación, pues se les hacía muy difícil vivir lejos de sus amadas selvas, aunque fueran más reacias a marcharse que el resto de los huéspedes.
—Debes traer a los niña de visita —había insistido Zafrina—. Prométemelo, jovencita.
Mis hijos habían presionado sus manos, apoyadas en mi nuca, incorporándose a la súplica.
—Por supuesto, Zafrina —convine.
—Seremos grandes amigos, niños—aseguró la indómita mujer antes de partir en compañía de sus hermanas.
El éxodo continuó con el aquelarre irlandés.
—Bien hecho, Siobhan —la elogió Henry mientras se despedían.
—Ah, el poder de las ilusiones vanas… —respondió ella con sarcasmo mientras ponía los ojos en blanco—. Por supuesto, esto no ha terminado —añadió, esta vez hablando en serio—. Los Vulturis no van a perdonar lo ocurrido.
Regina era la única que podía responder a eso.
—Se han llevado un buen revolcón y su confianza se ha resquebrajado, pero sí, estoy segura de que algún día se recobrarán del varapalo y entonces imagino que intentarán darnos caza por separado… —concluyó con ojos entrecerrados.
—Ruby nos avisará cuando intenten asestar su golpe —repuso Siobhan con aplomo—, y volveremos a reunimos en tal caso. Tal vez haya llegado la hora y nuestro mundo esté preparado para liberarse de los Vulturis.
—Tal vez llegue ese momento —replicó Henry— y estaremos juntos de ser así.
—Sí, amigo mío, así será —convino Siobhan—. Aunque yo sola meta la pata, ¿cómo vamos a fallar todos juntos?
Y luego soltó una gran carcajada.
—Exactamente —dijo Henry, que abrazó a Siobhan para estrechar a continuación la mano de Liam—. Haced lo posible por hallar a Alistair y explicadle lo sucedido. No me seduce la idea de que se pase toda una década escondido tras una roca.
Siobhan soltó otra risotada. Maggie nos abrazó a los niños y a mí; después, el aquelarre irlandés se marchó.
El aquelarre de Denali fue el último en emprender la partida. Garrett se marchaba en su compañía, y allí se iba a quedar, de eso estaba bastante segura. Ni Elsa ni Mal soportaban la atmósfera de júbilo imperante. Necesitaban tiempo para lamentar la pérdida de su hermana.
Huilen y Nahuel fueron los únicos en quedarse, pese a que yo esperaba que se hubieran marchado con las amazonas. Henry se sumió en una intensa conversación con Huilen, y estaba fascinado. Nahuel permanecía sentado junto a ella, escuchando mientras Regina nos contaba a los demás el resto de la historia del conflicto, cuyas interioridades sólo ella conocía.
—Ruby le facilitó a Gold la excusa necesaria para abandonar la lucha. Probablemente, habría seguido adelante con su plan original de no haber estado tan aterrado por Emma.
—¿Aterrado ese…? ¿De mí? —salté, muy escéptica.
Me dedicó una sonrisa mientras me lanzaba una mirada que no reconocí del todo; era tierna, pero también con una nota de sobrecogimiento e incluso de exasperación. Luego, siguió hablando para los demás y para mí.
—Los Vulturis no han librado una lucha limpia en veinticinco siglos, y nunca, nunca jamás, han combatido en una batalla donde estuvieran en posición de desventaja, en especial desde que Marian y Robin se incorporaron a sus filas. Sólo han tomado parte en masacres sin oposición.
»Deberíais haber visto qué aspecto ofrecíamos a sus ojos. Robin priva a las víctimas de los sentidos y los sentimientos mientras se celebra el simulacro de juicio. Así nadie sale por pies cuando se anuncia el veredicto. Pero nosotros seguíamos allí: preparados, alerta y en superioridad, y teníamos dones sobrenaturales de nuestra parte mientras que Emma anulaba los suyos. Gold sabía que, al tener a Zafrina de nuestro lado, eran ellos quienes iban a quedarse ciegos en cuanto comenzara el combate. Estoy seguro de que habríamos sufrido unas pérdidas terribles, pero las suyas no habrían sido menores, y existía una alta posibilidad de que ellos perdieran. Nunca antes se habían enfrentado a esa eventualidad y no estaban dispuestos a hacerlo ahora.
—Resulta difícil sentirte cómodo cuando estás rodeado por hombres lobo del tamaño de un caballo —espetó Killian mientras palmeaba los brazos de Graham y de Leah.
Éstos le devolvieron unas enormes sonrisas.
—Lo primero que les detuvo fueron los lobos —dije yo.
—Por supuesto —coincidió Graham.
—Totalmente de acuerdo —admitió Regina—. Ésa era otra imagen que jamás habían presenciado. Los verdaderos Hijos de la Luna no se mueven en manadas y no suelen tener mucho control de sí mismos. Diecisiete enormes lobos disciplinados era una sorpresita para la que no estaban preparados. De hecho, a Jekyll le aterran los licántropos. Estuvo a punto de perder en un enfrentamiento con uno de ellos hace unos miles de años, y no lo ha olvidado jamás.
—Entonces, ¿existen hombres lobo de verdad, de los que se transforman con la luna llena y a los que les afectan las balas de plata? —quise saber.
—Lo de la luna llena sí es cierto; lo de las balas de plata, no —me explicó Regina—. Los hombres lo incluyeron luego en los mitos con la finalidad de que pudieran creerse que tenían una oportunidad. No quedan muchos, la verdad, pues Jekyll los ha cazado hasta su práctica extinción.
—¿Y por qué nunca lo has mencionado…?
—No surgió el tema.
Puse los ojos en blanco. Ruby se hallaba debajo del otro brazo de Regina. Se inclinó hacia delante mientras se echaba a reír y me guiñó un ojo.
Le devolví la mirada de complicidad.
La quería con locura, por supuesto, pero empezaba a sentirme irritada con ella ahora que había tenido ocasión de asimilar que estaba de verdad en casa y que su defección no había sido más que un ardid para que Regina creyera que nos había abandonado. Me debía una explicación.
Ruby suspiró.
—Hala, suéltalo todo, desahógate.
—¿Cómo pudiste hacerme eso, Ruby?
—Era necesario.
—¿Necesario? —estallé—. Me tenías totalmente convencida de que íbamos a morir todos. He estado hecha una piltrafa durante semanas.
—Y eso podía haber ocurrido —repuso con calma—, y en tal caso debías estar preparada para salvar a mis sobrinos.
Los niños dormía sobre mi regazo y el de Regina. Los, aferré con más fuerza de forma instintiva.
—Pero conocías la existencia de otras opciones —la acusé—, sabías que existía una esperanza. ¿No se te ocurrió pensar que podías contármelo todo? Sé que Regina debía pensar que estábamos en un callejón sin salida cuando Gold le leyera la mente, pero a mí sí podías decírmelo.
Ella me dirigió una mirada pensativa.
—Yo no lo veo de ese modo —replicó—. Fingir no es lo tuyo, sólo eso.
—Ah, esto tiene que ver con mis dotes interpretativas…
—Baja un poco la voz, Emma. ¿Te haces una idea de lo complicado que ha sido montar todo esto? Ni siquiera estaba segura de que existiera alguien como Nahuel. Lo único que sabía era que debía encontrar a alguien a quien no podía ver. Prueba a imaginar cómo puede ser la búsqueda de un punto ciego. No es de las cosas más fáciles que he hecho, precisamente. Además, debíamos enviar de vuelta al testigo clave, como si no fuéramos ya bastante mal de tiempo. Y mantener los ojos abiertos todo el tiempo por si me lanzabas nuevas instrucciones, porque en algún momento me tendrás que explicar qué es lo que hay en Río.
»Y por encima de todo debía estar atenta a cualquier treta de los Vulturis a fin de dejarte las pistas necesarias para que pudierais estar listos y afrontar sus planes de ataque. Y yo sólo contaba con unas pocas horas para rastrear todas esas posibilidades. Y sobre todo, había de asegurarme de que creyerais que os había dejado en la estacada, para que Gold estuviera seguro de que no os reservabais ningún as en la manga. De lo contrario, jamás habría actuado como lo hizo. Y si te piensas que no me sentía fatal…
—Vale, vale —la interrumpí—. ¡Perdón! Sé que también fue duro para ti. Es sólo que… Bueno, te eché muchísimo de menos. No vuelvas a hacérmelo, Rubs.
El trino de su risa se dejó oír por toda la habitación. Todos sonreímos al volver a escuchar esa música de nuevo.
—También yo te eché de menos, así que perdóname, e intenta contentarte con ser la superheroína del día.
Todos se rieron de nuevo y a mí me entró una gran vergüenza.
Regina retomó el análisis de cada cambio de intención y los intentos de control acaecidos durante la confrontación, asegurando que era mi escudo lo que había provocado la huida de los Vulturis con el rabo entre las piernas. Todos, incluso Regina, me observaron de un modo que me hizo sentir muy incómoda. Era como si hubiera crecido treinta metros en el transcurso de la mañana. Estaban impresionados, y yo procuré ignorar sus miradas, manteniendo mis ojos fijos en los rostros dormidos de Hope y Henry y en la expresión inalterada de Graham y Leah para quien yo siempre iba a ser Emma, y eso resultaba un alivio.
La mirada más difícil de ignorar era precisamente la que más capacidad tenía de confundirme.
No era como si Nahuel (el semihumano y semivampiro) estuviera acostumbrado a pensar en mí del mismo modo que el resto. Hasta donde él sabía, yo me pasaba el día rodeada de vampiros hostiles y demoledores por lo que la escena del prado no tenía que haber sido nada extraña para él. Pero el joven no apartaba los ojos de mí, o tal vez no dejara de mirar a los niños, lo cual también me hacía sentir muy incómoda.
No debía haber pasado por alto que Hope era la única mujer de su clase que no era medio hermana suya.
Pensé que a Graham todavía no se le había ocurrido esa idea y tuve la esperanza de que eso no ocurriera pronto, pues ya había tenido suficientes enfrentamientos por una larga temporada.
Al final, los demás empezaron a bombardear a preguntas a Regina y la discusión general se disolvió en un manojo de conversaciones privadas.
Me sentí extrañamente fatigada. No tenía sueño, por descontado, pero sí notaba en los huesos que el día había sido demasiado largo. Añoraba un poco de paz, algo de tranquilidad.
Quería que Hope y Henry descansaran en sus propias camas y sentir las paredes de mi casita alrededor. Miré a mi esposa y por un instante creí que era capaz leerle la mente. Noté que ella sentía justo lo mismo, estaba lista para disfrutar de un poco de paz.
—Deberíamos acostar a los niños…
—Quizá sea buena idea —convino enseguida—. Estoy convencida de que no han descansado bien la noche pasada con tanto ronquido.
Sonrió a Graham, que puso los ojos en blanco y luego bostezó.
—Hace la torta de tiempo que no duermo en una cama. Mi viejo estaría encantado de tenerme de nuevo bajo su techo, os apuesto lo que queráis…
— Lo mismo digo, hace rato no duermo en mí cama y deben extrañar mí mal humor en casa— Comento Leah.
Le acaricié la mejilla a Graham.
—Gracias, chicos.
—Estarémos cuando lo necesites, Emma, pero eso ya lo sabes.
Se pusieron en pie, se desperezaron y nos besaron en la coronilla a los niños y a mí. Al final, palmearon el hombro de Regina.
—Os veo mañana, tíos. Supongo que ahora todo va a ser un muermazo, ¿no?
—Espero que sí, de corazón —contestó Regina.
Nos levantamos en cuanto ellos se hubieron marchado. Fui alterando la posición para no mover a Hope, lo mismo que hacía Regina con Henry. Estaba muy contenta de verlos dormir tan profundamente después de que hubieran tenido que soportar tanta presión. Era tiempo de que volvieran a ser unos niños, protegidos y seguros durante los pocos años de su infancia.
La perspectiva de paz y seguridad me recordó la existencia de alguien que no había conocido ninguno de esos sentimientos ni un minuto.
—Ah, una cosa, Jefferson —comenté mientras nos dirigíamos a la puerta.
Él se hallaba entre Ruby y Cora, y no sabía por qué, pero la imagen parecía más hogareña de lo normal.
—¿Sí, Emma?
—Me pica la curiosidad. ¿Por qué J. Jenks se quedó helado de miedo nada más oír tu nombre?
Jefferson se rió entre dientes.
—La experiencia me dice que el miedo es un incentivo más fuerte que la expectativa de lucro para que funcionen ciertas relaciones laborales.
Torcí el gesto mientras me prometía en mi fuero interno encargarme yo misma de esa relación laboral a partir de ese momento y ahorrarle a J el ataque al corazón, que debía de estar al caer.
Besamos y abrazamos a todos los miembros de nuestra familia antes de darles las buenas noches. Nahuel volvió a ser la única nota discordante. Nos miró con fijeza mientras nos marchábamos, como si deseara seguirnos.
Tras cruzar el río, caminamos cogidas de la mano a un ritmo apenas más veloz que el de los humanos. No había prisa. Me había hartado de estar siempre al límite y ahora quería tomarme mi tiempo. Regina parecía sentir lo mismo.
—Debo reconocer que en este momento Graham y Leah me tienenmuy impresionada —me dijo Regina.
—Los lobos ya no causan el mismo impacto, ¿eh?
—No me refería a eso. No han pensado en todo el día que, de acuerdo con lo expuesto por Nahuel, Hope y Henry habrán alcanzado su plena madurez en sólo seis años y medio.
Consideré el asunto durante cerca de un minuto.
—Ni los ven de ese modo ni tienen prisa porque crezcan. Únicamente desean su felicidad.
—Lo sé. Como te he dicho, es impresionante. Me fastidia mucho decirlo, pero a los niños les podría haber ido peor.
Fruncí el ceño.
—No voy a pensar en eso hasta dentro de unos seis años y medio.
Regina se carcajeó y luego suspiró.
—Van a tener competidores por los que preocuparse cuando llegue el momento, por supuesto.
Fruncí más el ceño.
—Lo he notado. Le agradezco a Nahuel su comportamiento de hoy, pero tanta miradita resultaba un poco rara, y me da igual si Hope es la única semivampira con quien no guarda parentesco.
—Ah, no la miraba a ella, te miraba a ti.
Eso era lo que me había parecido, pero no tenía mucho sentido.
—¿Y por qué…?
—Porque estás viva —contestó él en voz baja.
—No te sigo.
—Toda su vida, y tiene cincuenta años más que yo… —empezó a explicarme.
—Viejales —le interrumpí.
Ella me ignoró.
—… se ha acostumbrado a pensar en él como una criatura diabólica, un asesino por naturaleza. También sus hermanas mataron a sus madres al nacer, pero a ellas no les preocupa nada de eso porque el tal Joham las ha criado con la idea de que los humanos son poco más que animales y ellos, dioses. Pero es Huilen quien ha educado a Nahuel, y Pire era la persona a quien Huilen más quería. Eso ha dado otra forma a su perspectiva, y en cierto modo, él se odiaba a sí mismo, además de que según sus leyendas tú eres una especie de diosa, la única capaz en unirse con la semilla del ángel diabólico y engendrar la combinación del bien y el mal.
—Qué triste —murmuré.
—Entonces, llega y nos ve a nosotros cuatro, y comprende por vez primera que ser casi inmortal no tiene por qué ser necesariamente perverso. Me mira a mí y piensa en lo que podía haber sido su padre.
—Tú eres el ideal perfecto en todo —admití.
Me bufó y luego se puso seria otra vez.
—Cuando te mira, ve la vida que su madre debió haber llevado.
—Pobre Nahuel —musité.
Suspiré, ya que sabía que jamás podría pensar mal de él después de aquello, sin importar lo incómoda que pudiera sentirme por sus miradas.
—No estés triste por él. Ahora es feliz. Hoy, al fin, ha empezado a perdonarse.
Sonreí al saber de la felicidad de Nahuel y luego pensé que aquel día pertenecía al reino de la felicidad. Aunque la ejecución de Ingrid era una sombra oscura en un terreno iluminado por la luz blanca e impedía que la felicidad fuera perfecta, resultaba imposible negar la alegría. La vida por la cual tanto había luchado volvía a estar a salvo. Mi familia se había reunido y a mis hijos le aguardaba un futuro infinito por delante. Iría a casa de mi padre al día siguiente para que viera que la dicha había reemplazado al miedo en mis ojos y así también él sería feliz. De pronto, tuve la seguridad de que no iba a encontrarle solo. En las últimas semanas no había podido estar muy atenta, pero en ese instante tomé conciencia de algo que había sabido hacía mucho tiempo. Sue y David estaban juntos, la madre de los licántropos con el padre de los vampiros. El ya no iba a estar solo. Sonreí satisfecha ante esta nueva perspectiva.
Pero el hecho más significativo en esta oleada de felicidad era el más seguro de todos: iba a estar con Regina para siempre.
No tenía interés alguno en revivir las últimas semanitas, pero debía admitir que me hacían valorar lo que tenía más que nunca.
La casita era un remanso de paz iluminado por la plateada luz azulada de la luna. Acostamos a nuestros hijos en sus camas y los arropamos con suavidad. Los niños sonreía en sueños. Me quité del cuello el regalo de Gold y lo dejé en una esquina de su habitación. Ellos podrían jugar con él cuando quisieran. Les gustaban los objetos centelleantes.
—Una noche de celebración —murmuró mientras me ponía la mano debajo del mentón para buscar mis labios con los suyos.
—Espera —vacilé, y me eché hacia atrás.
Me miró, confusa, pues como regla general nunca me retiraba. Bueno, era más que una norma, aquélla era la primera vez.
—Quiero probar una cosa —le informé, y sonreí un poquito al observar su expresión de perplejidad.
Le puse las manos en ambas mejillas y cerré los ojos para concentrarme.
No me había salido demasiado bien cuando Zafrina había intentado enseñarme, pero ahora era consciente de que había mejorado mi dominio del escudo. Entendía a esa parte que no quería separarse de mí, el instinto irreflexivo de preservarme prevalecía por encima de todo lo demás. Ni de lejos resultaba tan fácil como proteger a otra persona que no fuera yo, y todavía notaba la tensión de la elasticidad, el deseo del escudo de recuperar su estado original, luchando por seguir protegiéndome. Tuve que esforzarme al máximo para quitármelo del todo. Requirió toda mi atención.
—¡Emmaa! —susurró Regina, asombrada.
Lo supe: había funcionado. Luego, me concentré todavía más y hurgué en los recuerdos específicos que había guardado para ese momento, dejando que fluyeran por mi mente y con la esperanza de que también lo hicieran por la de Regina.
Algunos de esos opacos vestigios de mi memoria humana eran difusos y poco claros, pues los había visto y escuchado con ojos y oídos débiles: la primera vez que vi su rostro, cómo me sentí la vez que me cogió en el prado, el sonido de su voz en la oscuridad de la inconsciencia cuando me salvó de James, su semblante debajo de un dosel de flores, aguardando para casarse conmigo, todos los preciosos momentos vividos en isla Cora, sus manos frías acariciando a nuestros hijos a través de mi piel…
Además, tenía recuerdos mucho más agudos y perfectamente definidos: su rostro nada más abrir los ojos a la nueva vida, al amanecer interminable de la inmortalidad, aquel primer beso, esa primera noche…
De pronto, sus labios estuvieron sobre los míos y disminuí la concentración, a consecuencia de lo cual perdí la sujeción que me permitía mantener el escudo alejado de mí; éste volvió de inmediato a su posición original como si se tratara de una goma elástica, protegiendo de nuevo mis pensamientos.
—¡Upa! ¡Lo solté! —suspiré.
—Te he oído —dijo, jadeante—. ¿Cómo…? ¿Cómo lo has logrado?
—Fue idea de Zafrina. Practicamos en varias ocasiones.
Estaba ofuscada. Parpadeó dos veces y sacudió la cabeza.
—Ahora ya lo sabes —comenté, restándole importancia y con un encogimiento de hombros—, nadie ha amado tanto como yo te amo a ti.
—Casi tienes razón —esbozó una sonrisa. Seguía teniendo los ojos más abiertos de lo habitual—. Conozco sólo una excepción.
—Embustera.
Comenzó a besarme otra vez, pero de pronto se detuvo.
—¿Puedes volver a hacerlo? —inquirió.
Le hice un mohín.
—Es muy difícil.
Aguardó con una expresión ávida.
—La más mínima distracción me impide aguantar.
—Me portaré bien —prometió.
Fruncí los labios y entorné los ojos, pero luego le sonreí. Apreté las manos sobre su cara una vez más y retiré el escudo de mi mente para dejarme ir de nuevo hasta los nítidos recuerdos de la primera noche de esta vida nueva, demorándome en los detalles.
Reía sin aliento cuando la urgencia de su beso interrumpió otra vez mis esfuerzos.
—Maldita sea —refunfuñó mientras me besaba con ansia por debajo de la barbilla.
—Tenemos todo el tiempo del mundo para perfeccionarlo —le recordé.
—Por siempre y para siempre jamás —murmuró.
—Eso me suena a gloria.
Y entonces continuamos apurando con alegría esa pequeña pero perfecta fracción de nuestra eternidad.
