Capitulo 3
El termino increíble le quedaba corto al momento, definitivamente Arendelle tenía un rostro distinto en la noche, más aún en épocas festivas. Quizá la única queja de Anna era que para disfrutarlo debía retraer su rostro en su capucha, y pasearse como una falsa plebeya. Por lo general ocultarse de esta forma le parecía divertido, le agregaba cierto "sazón" a su vida aburrida, pero hoy por hoy se sentía molesta, por lo lejos que tenía que llegar para conocer un fragmento de su propio mundo ¿A qué le temían tanto su familia? ¿Qué peligroso tenían los malabares, los juegos y la música?
El pequeño empujoncito de un aldeano, le hizo callar su murmura interior, sacudió la cabeza, apretó su capucha con fuerza para desahogar su molestia, como un berrinche silencioso, sé recordó que no era el momento de quejarse, estaba afuera ¿no? entonces que el riesgo valga la pena.
- No te distraigas.
Anna continúo recorriendo el festival, el bullicio, el griterío de los comerciantes ofreciendo sus productos, desorientaban por momentos, había luces, juegos callejeros y trucos mágicos, música y bailes; esto último le llamo más la atención; a ella le gustaba bailar, los bailes de los plebeyos eran desordenados, exorbitantes, pero más alegres y libres.
Anna hubiera disfrutado eternamente el espectáculo, de no ser porque entre la multitud reconoció a Gerda, una de las sirvientas más confiables de la familia. Anna aferro aún más su capucha y huyo, luego al dar unos pasos más reconoció a unos cuantos guardias más.
Anna se dio cuenta que el espacio se le reducía, debía encontrar algo interesante y regresar lo más rápido posible antes que pasara cualquier desgracia.
Encontró unos puestos un poco más adelante, nunca las había visto adornadas de esa forma, parecían circos en miniatura, soportados por varas de madera seca; ellos debían ser los comerciantes extranjeros. Al llegar a los puestos, Anna sintió algo raro, una mescla entre nerviosismo y ansiedad ¿será que la adrenalina se le había escapado de su control? Sea como fuera, ese sentimiento no era normal así que decidido acelerar la compra. Se intereso en la tienda de un sujeto que parecía vender artículos variados, incluso mágicos según las palabras del dueño; Anna era una niña soñadora y ese lugar le cayo como anillo al dedo, talvez un poco de "magia" descongelaría la reticencia de su hermana.
- ¿Algo que le interese? – Pregunto el dueño de la tienda, que era un hombrecillo con una cara larga, semi afeitado y ojos profundos.
Anna estaba indecisa, todo parecía interesante, había relojes de arena de colores, capas con diseños diversos, incluso unos guantecitos que simulaba garras de dragón. El dueño al ver la indecisión de la niña decidido ayudarle, le ofreció un collar que tenía una pequeña piedra que cambiaba de color, según el estado de animo de la persona. En las manos del vendedor se mostro morada, y en las manos de Anna se mostró color naranja; sorprendida por semejante truco la compro sin regatear demasiado. Entonces terminada la compra Anna se retiró a toda prisa, sentía una enorme presión sobre ella ¿quizá el presentimiento de haber sido descubierta? ¿o el peso de la hora? Después de todo Anna jamás se había atrevido a aventurarse tan tarde.
Dejo atrás la algarabía fiestera, más rápido de lo que esperado, y se encontró sola y temerosa, en la otra faceta de la noche.
A punto estaba de entrar en un callejón, cuando sintió un fuerte jalón por detrás, luego un macizo brazo se enrollo como serpiente constructora en su cuello; por instinto Anna mordió el brazo con toda la fuerza que le permitió su pequeña mandíbula, logrando que el agresor la liberara. Sin perder un valioso segundo Anna se echó a correr, pidiendo auxilio, desgraciadamente solo dos veces pudo hacerlo, ya que el sujeto reprimió el dolor de la mordida y con un salto de liebre alcanzo a la princesa y rápidamente la golpeo en la nuca, dejándola inconsciente en el acto.
Un quejido de dolor y vértigo fueron las primeras señales del despertar de la princesa, después sintió inestabilidad en la superficie, Anna vio con horror que estaba encerrada en una jaula de madera, que colgaba a metro y medio del suelo, que se balanceaba levemente.; y no era la única, a su alrededor había más de esas jaulas y en su interior había niños de edades similares a la suya. Todas estas prisiones colgantes estaban en una habitación cerrada, donde un graderío y una compuerta era la única salida, además no tardo en comprender a que se debía ese leve vaivén; Anna estaba en el sótano de algún barco.
Desesperada, la niña empezó a gritar por ayuda y exigir que se le liberara, moviendo y apretando los barrotes con gran fuerza, pero nadie llegaba; la desesperación se apodero aun más de ella y entre forcejeo y apretones, los barrotes de madera empezaron a rajarse y posteriormente a romperse; Anna cayo pesadamente al suelo. Los demás prisioneros sorprendidos por semejante proeza empezaron a rogarle desesperadamente que los liberara. Este bullicio colectivo, si hizo eco en las afueras del barco, la escotilla se abrió, dos hombres con garrote en mano entraron, maldiciendo y callando a los prisioneros, hasta que se detuvieron en seco, al ver a la pequeña Anna quien intentaba reincorporarse de la caída, además alrededor suyo, había pedazos de jaula. La sorpresa no impidió la furia de estos hombres, entonces olvidándose del escandalo de los otros prisioneros, se dirigieron a ella, uno de ellos la levanto del cuello y le dejo ir un garrotazo en la cabeza tan fuerte que la dejo semi inconsciente. La pobre aun con su vista borrosa, pudo enfocar la vista a sus agresores, soltando una exclamación de sorpresa al ver a uno de ellos, a punto estaba de decir algo, cuando un segundo golpe la dejo inconsciente del todo.
Anna no supo cuanto tiempo paso inconsciente, pero cuando despertó estaba de nuevo en una jaula colgante, con la diferencia que tenia dos fríos y pesados grilletes apresándole las muñecas, estaba adolorida, asustada y arrepentida de haber salido esa noche; todas estas cosas desencadenaron un llanto profundo.
- Llora lo que quieras, pero sin hacer demasiado ruido, sino alteraras a los demás, y el ruido hará que los guardias bajen y te golpeen de nuevo.
- ¿Que dices?
- Hazme caso, así podrás vivir para ver el sol una vez más
El que daba el consejo, era un niño que estaba en una jaula contigua. Era delgado, casi demacrado, tanto que hacía ver su nariz como su fuera una zanahoria panda, su cabello parecía un sacudidor pegado, ya que los mechones delanteros le cubrían la frente.
- ¿De que estas hablando? Quiero volver a casa – Respondió entrecortadamente, tratando de que el llanto no le entorpeciera el habla.
- A partir de este punto, ya no tienes hogar, resígnate, de seguro nos venderán como esclavos.
- ¿Esclavos? En Arrendelle la esclavitud está prohibida – Exclamo Anna con indignación.
El chico sonrió con amargura y respondió:
- ¿Arendelle? Así que te recogieron de allí.
Anna agrego:
- Mi pad… El rey de Arendell aborrece la esclavitud.
- Los ejércitos no tienen ojos en todas partes niña, los contrabandistas son más astutos de lo que crees - Luego suspiro y finalizo - En todo caso, has tenido mala suerte de caer aquí, si no haces ninguna tontería como la que hiciste, talvez puedas ver tierra firme otra vez; créeme, llevo dos semanas navegando y he visto a algunos idiotas que han querido escapar, los pobres han terminado tan apaleados de tal forma, que ni su madre los reconocería. Ahora… hazme caso y racionaliza esa fuerza, tienes mucha para ser una niña, realmente nos sorprendiste, partir con tus manos una jaula de semejante grosor.
Anna, no presto al halago final, simplemente se recostó como pudo llena de desesperanza.
El termino desafortunado apenas si cuadraba con la situación, en un abrir y cerrar de ojos Anna había dejado de ser princesa, para convertirse en mercancía viviente. La pobre niña se fundió con su jaula. Al principio pasaba sollozando, después solo suspirando, al final solo su respiración y el sonido de sus cadenas eran las señales que aún vivía. Una vez al día (a veces dos) un sujeto llegaba aventarles pan y algunas frutas que traía en un par de cubetas a los futuros esclavos, estos literalmente se hartaban como perros hambrientos; Anna apenas comía, esta demás decir que ella se apagó, apenas contestaba los consejos de aquel niño, que le instaba a comer y no dejarse morir. No era altanería o aires de superioridad por ser princesa, después de todo eso ya no tenía valor alguno, de hecho, jamás menciono su herencia ¿Quién podría creerle si al momento de su captura aún se veía como una plebeya? Su cuerpo pasaba lo más inactivo posible, pero no así su mente, se imaginaba que en cualquier momento llegaría un aventurero heroico, libraría una emocionante batalla con espadas y que, al finalizar, aquel héroe abriría las puertas del sótano y con varonil vozarrón prometiera llevar a los prisioneros a casa, así como una historia que encontró en la biblioteca del castillo, gente que se jugaba el pellejo por el bien común. No obstante, al poco tiempo se dio cuenta que eso no era más que una fantasía, gente que ocultaba su rostro tras una capucha, domaba aves y salvaba gente ¡por favor!
Anna no supo cuánto tiempo paso en aquella prisión flotante, y tampoco importaba, lo que si empezó a importarle, fue el día en que finalmente la escotilla se abrió un poco más tarde de lo normal, esta vez no era el carcelero desganado, hoy eran varios sujetos, que entraron con látigo en mano, y sin mediar palabras e insultos, se dirigieron a las jaulas, las descolgaron y a base de jalones y a veces a latigazos para los más lentos los sacaban; la inactividad de Anna le valió para medio recuperarse de los dos golpes y mantenerse relativamente fuerte, por lo tanto solo la halaron; el látigo no fue necesario para ella.
Por ordenes de los capataces, se formaron en parejas y formaron una fila; por suerte Anna quedo con aquel niño que intento mantenerla con vida con sus consejos. Luego, salieron de la bodega ordenados y en total silencio. Al salir, los rayos del sol enceguecieron a los esclavos, llevaban tanto tiempo encerrados que sus retinas habían perdido la costumbre a la luz, esta ceguera temporal hacía que su marcha fuera más muerta aún. Cuando las retinas de los esclavos volvieron a ser capaz de tolerar la luz solar, pudieron discernir el entorno, pero no saber en qué país estaban, solo sabían que estaban atrás de unos muelles, un lugar escondido y roído, un lugar ideal para contrabandos y demás cosas ilícitas. La tanda de desesperanzados siguió avanzando hasta que salieron del muelle. Aunque tenían la orden de caminar en silencio sin levantar la mirada, Anna se atrevió hacerlo un poco para reconocer la zona. Finalmente, la fila de esclavos llego donde varias carretas los esperaban, vio como los capataces y aquel "malnacido", platicaba con otros hombres; quizás los compradores. No paso más de quince minutos, cuando los capataces empezaron a separar a los esclavos, Anna fue separada de aquel niño, haciendo que se angustiara; Antes de ser separados Anna le murmuro su nombre, el niño también le murmuro el suyo.
. Al llegar al carruaje, uno de los compradores al verla gruño y protesto enfurecido.
- ¡Una niña escuálida! ¿acaso quieres tomarme el pelo? El trabajo es demasiado fuerte, se morirá al primer día
- Créeme, su precio lo vale, de no ser porque me has pagado bien, me la habría quedado.
A regañadientes acepto a Anna y a fuerza de empujones la metió a la carreta con otros niños.
El termino desafortunado apenas si cabía en el cuadro. La suerte de Anna, princesa de Arrendele, segunda heredera al trono, cambio de la noche a la mañana, de un día para otro, solo por sus deseos de libertad; su aventura se había alargado muchísimo más de lo que hubiera querido.
