Comentarios iniciales: lamento la demora de un año pero intentare subir unos cuantos mas. Para el guest bienvenido, espero disfrutes tu estadia aqui.
Capítulo 4
Definir la suerte de algunas personas es difícil. Algunos simplemente nacen afortunados y sus vidas son un recorrido en línea recta, apenas entorpecido por piedrecillas llamados infortunios menores. Pero para algunos, la vida es una cuesta arriba, llena de obstáculos y desaciertos; el destino podía ser cruel o simplemente tener un pesado sentido del humor. Y las hermanas lo sabrán, lo sentirán e intentarán sobrevivir a su modo, este capricho injusto.
El rey Agnarr siempre fue celebre por su personalidad tranquila, paciencia y por su buen juicio, sin embargo, estas cualidades se habían ido al demonio. Su expresión se torno autoritaria y su vos resonaba como un trueno; Se volvió así desde la mañana siguiente del carnaval.
Todo comenzó cuando Gerda llego a cumplir su rutina. Gerda se pararía frente a la puerta de la habitación de la princesa Anna y a base de toquecitos intentaría despertarla, en consecuencia, la sirvienta recibiría alguna respuesta entorpecida por el bostezo y la modorra; pero hoy fue la gran excepción. Gerda lo intento varias veces, pero no obtuvo ninguna respuesta, esto la asusto en sobremanera, y aunque su condición de sirvienta prohibía tajantemente, se atrevió a transgredir la privacidad de la princesa. Abrió lentamente la puerta y de lejos vio la "cabecita" pelirroja que sobresalía entre las sabanas, se acercó tímidamente a intentarlo de nuevo; fue entonces que se llevo el susto de su vida cuando la "cabeza" salió rodando. Los gritos de la sirvienta casi resonaron por toda esa sección, la reina que andaba cerca alcanzo a escuchar y sin dudarlo se apresuro a llegar al origen del grito. Al llegar vio a unas cuantas sirvientas en la entrada y a Gerda parada a la par de la cama de la princesa; la sirvienta miro a su majestad parada en la puerta y le dijo: La princesa se ha ido.
Este fue el origen del malestar del rey, pero más que malestar era la aflicción que pudiera sentir cualquier padre ante la desaparición de su hija.
- ¡No me importa si tienen que buscar hasta debajo de las piedras, quiero que la encuentren!
¡Si señor!
Los soldados respondieron al unisonó de manera acartonada, con un dejo de miedo, jamás pensaron ver a su señor de esa forma. Cuando los escuadrones se marcharon de su vista, el rey deshizo su autoridad, se empequeñeció a un simple padre de familia que rogaba a cielo y tierra volver a ver a su pequeña; el rey se refugio en el llanto de su reina.
Desafortunadamente, no importaba cuantas piedras le dieran vuelta los soldados, jamás encontrarían a la princesa, ella se encontraba en otra tierra, a un rumbo incierto, sin la seguridad de una larga vida.
Una caravana de tres carretas se bamboleaba de un lado para otro, tronando de pura vejez cada vez que la llanta pasaba encima de una piedra, la mayoría de sus pasajeros eran esos niños que habían sido vendidos como animales cualesquiera; entre todos ellos se encontraba Anna, cabiz baja, con inmensas ganas de llorar o gritar de rabia; pero debía guardárselo, sino quería ganarse una buena tunda, se hundió en un molote de sensaciones que pasaban desde el arrepentimiento, miedo a lo desconocido, incluso el rencor, esto último empezó a tomar protagonismo, si Elsa no hubiera tomado esa actitud tan repentinamente, sus padres no las hubieran aislado del mundo y ella no hubiera desarrollado esa sed de libertad, quien sabe Dios si en estos momentos estarían jugando alguna cosa o explorando los alrededores del reino.
Entonces levanto la mirada y pensó: Escapare de este lugar y lo primero que hare al llegar a casa será abrir esa puerta, así tenga que romperla.
Entretando en el primer carruaje el comprador de los esclavos guiaba la expedición. Este hombre era en realidad el administrador de una mina metalúrgica; desde la comodidad de su posición no dejaba de reprenderse (según él) el pésimo trato que había hecho, había pagado por Anna el precio de tres esclavos; no lo hubiera aceptado, de no ser porque tanto el comprador como el llevaba un largo historial de negocios, además según el vendedor, esa niña no era del todo ordinaria.
- Con lo cara que esta la mano de obra – Murmuro.
La idea era comprar esclavos varones, ya que había perdido varios en un derrumbe hace unos días, si bien algunas niñas respondían bien al trabajo forzado y muchas de ellas eran buenas sirvientas, no se podía negar la eficiencia de la fuerza varonil. Además, le llamaba la atención el hecho de recibir la estricta instrucción de mantener esa niña con grilletes dobles de acero.
- Veamos a ver qué pasa - Dijo el sujeto mientras se bebía una botella de licor.
Entre la incertidumbre y la impaciencia el viaje se sintió interminable…
Después de varios días, finalmente los carruajes se detuvieron en una tierra accidentada y montañosa, pronto los groseros vozarrones empezaron a exigir a los pasajeros que bajaran. Los ahora esclavos bajaron temblorosos con ganas de llorar, pero el sonido del látigo estrellarse contra el suelo, les quitaba las ganas. Pronto esos niños se volvieron una masa de seres desalentados que caminaban a lo zombi.
El administrador se bajó de la carroza y se paseó a revisar rápidamente la mercancía, pese a su posición privilegiada había ocasiones que fungía como capataz, esto era admirado por los demás trabajadores; según ellos, el no eran de esos jefes que miraban sentadotes como los demás se partían el lomo trabajando, pero para los esclavos que ya llevaban su tiempo en ese infierno, era motivo de temer, ya que este sujeto disfrutaba estrellar su látigo sobre las espaldas de aquellos quienes consideraba holgazanes, pero lo peor era cuando estaba en estado de ebriedad, el alcohol le alborotaba la violencia y pobre de aquel que agarrara desprevenido.
Después de descargar completamente la mercancía humana, procedieron a la clasificación, los niños que tuvieran más masa corporal eran enviados a los trabajos más pesados, mientras los más enclenques eran simples picadores de piedra. El capataz no se aguanto en averiguar que tan especial era esa niña, así que sin pasar por el proceso debido la fue aventar a los trabajos más pesados. La pusieron a empujar un carruaje de acero llenos de piedras y minerales, pero a la pobre niña le temblaban las piernitas y los bracitos, total que no pudo mover el carro ni un solo milímetro.
- ¡He sido engañado! – Rugió el administrador mientras zapateaba de furia.
Con esa misma furia y frustración le arrebato el látigo a uno de sus trabajadores y dejo ir fuerte latigazo. El látigo fue a dar en la cara de la princesa, haciéndole una herida perpendicular desde parte de la frente hasta su nariz. Anna cayo de rodillas llorando de dolor, mientras que se cubría la herida con una de sus manitas.
El sujeto al ver la sangre gotear del rostro de la niña, se le avivo el sadismo y dejo ir un segundo golpe, pero para su sorpresa, Anna atrapo el látigo con su otra mano. Con sus ojos llorosos Anna miraba al sujeto con tremendo odio, como si fuera un animal salvaje con deseos de destazarlo. El sujeto quiso reafirmar su autoridad y jalo del látigo, pero una vez más quedo sorprendido al ver que no podía arrebatarle el látigo a la niña; pronto ambos se envolvieron en un forcejeo que paulatinamente era ganado por la princesa. Entonces después de una larga prueba de fuerza Anna le arrebato el látigo, su verdugo se quedó como las piedras que movían sus esclavos, e inexplicablemente estaba asustado, jamás se había sentido así, ni siquiera ante la presencia de los señores a los que tenia que responder. Por suerte para el Anna se desplomo, quizá de tanto llorar, quizá de dolor, o tal vez por la sangre que estaba perdiendo, en cualquier caso, se alegraba que finalmente podía volver a su crueldad habitual, entonces carraspeo y ordeno a los capataces que estaban con el (quienes también estaban en el mismo estado que su señor) ordeno que detuvieran las hemorragias de la nueva esclava y la encerraran en una celda solo para ella, la que tuviera los barrotes de la más fuerte alineación de acero.
