El día que Hermione Granger descubrió que era una bruja fue un acontecimiento muy feliz para la familia. Su madre lloró, su padre mandó a matar diez gallinas para celebrar con los criados (extravagante, dirían algunos -uno no mata a sus gallinas-), y en general, todos en la Mansión Primavera tenían una disposición alegre y festiva. Los Grangers de Suther-Ge eran una antigua familia que había sobrevivido las invasiones germanas en Britania durante la baja edad media y habían hecho fortuna por sus servicios al nuevo imperio regente. Cientos de años habían pasado desde aquello y, aunque los miembros de su linaje se habían destacado como valientes guerreros y estrategas políticos, nunca en toda su historia se había manifestado sangre mágica en alguno de sus descendientes.
Había mucho por hacer. Primero, una carta a la corona. Lord Riddle de la casa de Gaunt, consejero personal de Athelstan el Glorioso, se tomaba muy en serio el registro de todas las personas con inclinaciones mágicas en su reino, siendo considerado él mismo como uno de los magos más competentes desde Morgana y Merlín. Segundo, asegurar una cita con la Casa de Alta Magia; todo mago debía medir su nivel de habilidad mágica y su afinidad elemental antes de determinar si valía la pena ser enseñado en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería o si solo se trataba de un simplón que terminaría vendiendo ungüentos y cremas para dentición a los ciudadanos de alguna aldea o en la capital. Por la magnitud del accidente mágico provocado por Hermione, sus padres no estaban preocupados por los resultados de la evaluación -pobres jornaleros, el susto de sus vidas al ver todas esas ovejas con lana en los colores del arcoiris- . Su pequeña Princesse definitivamente iría a Hogwarts y traería honor a la familia.
Hermione se sentía especial. Cuando su potencial mágico salió a la luz estuvo de inicio profundamente perturbada; es decir, nunca nadie en su linaje había mostrado afinidad mágica. ¿Tal vez algún squib se habría casado en la familia? Era una posibilidad, todo el mundo sabía la vergüenza que era para los magos y brujas tener un descendiente sin una onza de talento o disposición para las artes elementales. Solían desterrar a los Squib con alguna fortuna y se olvidaban de su existencia. Luego del susto inicial, la pequeña Princesse se sintió muy complacida. Ser la primera de la casa de Suther-Ge en manifestar poderes mágicos era el mayor honor que podría traer a su familia. Un mundo de posibilidades se abría ante ella: vivir aventuras, salvar aldeas de infecciones de dragones u otras criaturas peligrosas, hasta ser parte del consejo de magos de la corona y ayudar a traer prosperidad al reino de Inglaterra.
En medio de la celebración, cuando el vino fluía por las venas, Lord Granger preguntó a su hija qué quería de regalo en esa ocasión tan jubilosa
-Libros de magia, Papá- respondió con entusiasmo mientras hacía un movimiento rápido con las manos cerca de su rostro, abriendo los dedos como si presentara el final de una truco divertido. Su padre la miró perplejo y luego se echó a reír.
-Mi querida Princesse, aún si te comprara esos libros no tenemos permiso de la Casa de Alta Magia o una varita para que pudieras practicar los conjuros allí descritos.
-No me importa, Papá- dijo seria, tirando su cabello hacia atrás por encima del hombro-. Iré a Hogwarts y no estaré en desventaja frente a aquellos que han estado toda su vida rodeados por magia.
Lord Granger miró a su hija con una mezcla de ternura y diversión. Apenas con 11 años de edad aún era muy pronto para que se notara en ella la belleza de la forma femenina; sin embargo, sus ojos color miel tenían una firmeza y chispa que vaticinaba una mente despierta y afilada, así como mucho de sus ancestros antes que ella.
-Y libros de magia tendrás, mi Princesse, lo que sea para mi querida Hermione.
Sus ojos se iluminaron con aquella promesa y besó a su padre en la mejilla antes de salir corriendo a sentarse en la misma mesa que el joven Barón Potter. Lord Granger había considerado formar un contrato de matrimonio entre su hija y Harry. Se habían criado juntos luego de la tragedia venida sobre sus padres y eran inseparables desde entonces, pero con este nuevo giro del destino su hija tendría más probabilidades de escalar en títulos nobiliario. Si las cartas eran jugadas cuidadosamente, podría terminar siendo la esposa del futuro archiduque de Inglaterra, Lord Malfoy tenía un hijo aproximadamente de su edad y quien también tenía predisposición a la magia.
-¿Qué dijo tu padre?- Preguntó Harry en cuanto Hermione se sentó a la mesa.
-Tendré mis libros- respondió con aires de superioridad. El joven Potter rió disimuladamente.
-Me alegro mucho, Hermione.
El tono con el que lo dijo provocó que ella le mirase a los ojos. Detrás de sus buenos deseos se escondía una profunda tristeza.
-¡Oh, Harry!- exclamó -, jamás te olvidaré. Vendré cada verano y te escribiré muchísimas cartas. Eres mi mejor amigo, nada en el mundo cambiará eso.
Hermione dijo aquello último con tanta sinceridad y urgencia que Harry no tuvo más remedio que sonreír.
-Por supuesto que me escribirás, y yo también a ti, Mione, eres todo lo que tengo. La magia no podrá separarnos- dijo el pelinegro y agarró la mano de Hermione debajo de la mesa, como muchas veces hacía cuando creía que nadie estaba allí para notarlo. Hermione sonrió y con la mano libre se sirvió sosenga de conejo con papas para luego comer con gusto. Harry la miró de reojo un momento antes de sonreír y servirse lo mismo.
Lady Granger vio la escena desde la mesa alta y luego inclinó su cuerpo hacia su marido.
-Es una lástima que no terminarán casados- dijo, chasqueando los dientes.
-No te preocupes, amor- dijo Lord Granger -. Nuestra Hermione tendrá muchas mejores opciones que un Barón huérfano de un pequeño territorio feudal.
-No es eso lo que me preocupa, Henry- dijo Lady Granger con cierta impaciencia-. Conozco a mi hija. Le tiene verdadero afecto aunque todavía no sepa que le ama.
-Pues agradezcamos que no lo sepa. Así la separación será menos dolorosa
-Por supuesto, cariño- dijo Lady Granger antes de tomar vino para disimular su descontento.
Lord Granger conocía la disposición romántica del corazón de su esposa, así se había enamorado de ella, pero ni todo el brillo del romanticismo podían quitarle a él su naturaleza práctica. Frederick y George continuarían la línea familiar, pero el matrimonio de Hermione aseguraría conexiones que posicionarían a los Granger en un puesto privilegiado cerca de la corona. Su hija era joven, su corazón aún era capaz de cambiar de opinión.
La Casa de Alta Magia no era propiamente un castillo, como Hermione se había imaginado, más bien era una mansión de cuatro pisos con altos ventanales y siete torres, tres de cada lado y una central. La piedra había sido tintada en un color marfil nacarado y las puntas de las torres vestían un agradable azul cielo. Aunque no era un castillo sí que era impresionante. Hermione sabía que no cualquiera podía comprar vidrio para utilizarlo tan alegremente en una edificación. La Mansión Primavera apenas tenía unas dos ventanas en el salón que daba al jardín de las peonías, regalo para Lady Granger después de un mes de silencio tras una equivocación de Lord Granger.
Un leve apretón de manos regresó a Hermione de su ensimismamiento, miró a su padre y le dio una sonrisa débil, éste le devolvió otra llena de confianza.
-Estarás bien,mi Princesse.
Hermione respiró hondo y enderezó la espalda. -Lo sé, padre. No avergonzaré a la casa Suther-Ge.
Lord Granger disimuló otra sonrisa y colocó su mejor máscara de impasibilidad, después de todo no era prudente mostrar muchas emociones delante de estos magos. Aunque estuviesen bajo la corona, estos individuos sabían provocar el miedo de las masas.
-Declare su negocio-dijo un guarda en la puerta, quien miró rápidamente a ambos.
-Lord Granger e hija. Lord Riddle ha otorgado el permiso de evaluación de aptitudes mágicas a la señorita Granger- dijo sin pausa y entregó un pergamino con el sello real al oficial. Éste lo leyó con calma, como si no estuviesen debajo del sol en pleno verano. Al menos Hermione tenía su sombrilla.
-Por supuesto, Lord Granger, pueden pasar.
Henry Granger tomó el pergamino de vuelta y atravesó la puerta de roble junto a su hija. Una vez dentro, Hermione cerró la sombrilla y miró con curiosidad el lugar. No había nadie allí para recibirlos. El silencio apenas roto por el sonido de pajaritos provenientes del jardín central. Para una persona de mundo sería fácil reconocer el concepto de patio interior español, pero para Hermione que nunca había salido de casa, solo le parecía curioso que hubiese un espacio abierto dentro de la mansión, con pasillos que conectaban con las torres. Sin embargo, le parecía muy bonito. El espacio estaba cubierto de dedaleras rosas y moradas con una fuente de agua en forma de cáliz en el otro extremo del jardín. De repente Hermione corrió hacia la entrada del patio, sombrilla olvidada en el suelo.
-¡Princesse, espera!
Sin embargo ella parecía no escuchar, incluso, era como si tampoco pudiese escuchar nada más que el palpitar proveniente del cáliz de piedra. Una sensación contradictoria se apoderó de Hermione, lo que le ocurría en el momento era extraño, pero al mismo tiempo se sentía como lo más natural del mundo, como si había nacido para encontrarse con aquel objeto. Caminó hasta estar de frente y subió un peldaño de la base de la fuente para ver el contenido. En lugar de agua había un líquido perlado pulsante que cambiaba en distintos colores, de momento azul, luego rojo, pasando por amarillo, verde, naranja y otros que desaparecían muy rápido como para percatarse de la tonalidad.
Levantó su mano y tocó la superficie, tal vez hubiese sido más cuidadosa en otra situación, pero se sentía compelida a hacerlo. Tan pronto sus dedos tocaron el líquido, éste se transformó en un profundo color púrpura. El agua se agitó y saltó como si se tratara de una tetera bullendo, dejando escapar el vapor, y este vapor se transformó en una nutria violácea que saltó alegremente sobre su cabeza hasta que se colocó sobre sus hombros y olfateó sus cabellos rizados. Hermione rió encantada hasta que el animalito desapareció. Se dio la vuelta, su corazón lleno de felicidad, para hablar con su padre.
Lord Granger ya no estaba solo. Un anciano de larga barba y cabello tan blanco como nieve estaba a su lado. Sus ojos azules brillaron al mirarla y sonreía con amabilidad mientras esperaba que ella se les uniera.
-Muy bien, señorita Granger- dijo sin esperar a ser presentado -. Es usted muy bienvenida al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.
