Albus Potter suspiró y recargó la barbilla sobre la barra mientras observaba a un afanoso Ted Lupin revisar por segunda vez las dosis de pociones que había preparado para los pacientes del cuarto piso de San Mungo.
—Estas son para la sala 49. Recuerda regar la planta de la señora Longbottom cuando pases por su habitación —le recordó Teddy—. Y asegúrate de que las cortinas de Lockart estén abiertas. Acuérdate cómo se pone si no tiene suficiente luz.
Albus suspiró de nuevo, lo que causó que su cabello se moviera ligeramente con el aire, y comenzó a retorcer su túnica.
—OK —fue todo lo que dijo.
Ted volteó hacia él y dejó la pluma y el pergamino sobre la barra.
—¿Pasa algo?
¿Pasaba algo? Bueno, sí. Pasaba que cuando Albus se había enlistado en la Escuela de Medimagia del Reino lo que se había imaginado era una sala de urgencias en la que él tendría que imponer el orden para salvarle la vida a un moribundo, limpiarle toda la sangre y luchar para que se tragara las pociones o por tener a la mano los hechizos correctos. Encontrar la cura para el avada. Definitivamente no se había visualizado regando la planta de una señora loca, de la familia de un héroe muy respetable y todo, pero loca al fin y al cabo. Y ya no se diga si había pensado cuidar de un maniático narcisista que se pasaba las tardes firmando miles de autógrafos sobre una misma fotografía. Seguro que se divertiría más de dependiente en la tienda de regalos de la última planta.
—He estado pensando… —comenzó Albus, con la célebre frase que iniciaba todas sus conversaciones importantes, a lo que Ted respondió con un suspiro cansado— que tal vez, después de todo, esto no es lo mío, lo mío —dijo.
En realidad ya tenía ese discurso planeado, todo lo que había estado buscando era la oportunidad para exponerlo y esta era. Teddy frunció la boca, meneó la cabeza y lo miró por arriba de sus gafas.
—¿Vamos con la misma otra vez?
Albus se encogió de hombros y miró al piso.
—Es que no estoy seguro de que esto sea lo mío, ¿sabes? O sea, cuando tú nos contabas sonaba muy cool y todo pero… —miró a su alrededor— Esto está muerto y enterrado. No creo que sea para mí. Tal vez le estoy quitando la oportunidad a alguien que sí…
—No tienes que soltarme todas esas patrañas a mí, Al —dijo Ted, con una sonrisa suave—. Guárdalas para tu madre, que ella sí las va a necesitar.
Al miró al piso y comenzó a mover la punta de su pie contra el piso, con la boca fruncida.
—Me va a despellejar, ¿no?
Ted asintió.
—Terminaste la carrera, estás en tu pasantía. No creo que sea el momento más oportuno para arrepentirte de lo que has hecho los últimos dos años y medio, ¿tú sí?
Albus miró para otro lado.
—Es que no estoy seguro —repitió y luego, como tabla de salvación, agregó animado—: ¡tal vez regrese con los aurores! Puede que me haya equivocado y esa haya sido mi vocación real después de todo y, bueno…
Teddy se acercó a él, le apretó un hombro cariñosamente y lo miró con cierta pena:
—Ay, Al. —Luego de un largo silencio continuó—. Hazme un favor muy personal y piénsalo mejor, ¿quieres?
Albus asintió, solemne ante el hombre que consideraba su gran ejemplo a seguir. Después de todo, desde que él recordaba, sus padres siempre estaban hablando sobre Ted y sobre lo lejos que había llegado a pesar de ser huérfano. Al era capaz de replantearse las cosas unos días más, pero solo porque Ted se lo pedía.
Y es que Albus Severus Potter no sabía quién era o qué quería. A su edad, su padre había sido un auror experimentado y un héroe consagrado. Su madre ya estaba pensando en retirarse de su exitosa carrera de quidditch para tener a James quien, por su parte, a los 20 había sido fichado para jugar en Europa continental. Y su hermana más pequeña estaba ya comprometida y atendía un floreciente negocio en el callejón Diagon. Él, en medio de todo eso, estaba perdido.
Aunque le daba por ponerse optimista y pensar que estaba bien, que estaba viviendo al día y experimentando lo que quería, la verdad es que no era así. Sentía que su vida había sido un gran desperdicio de aire y que nunca llegaría a ninguna parte porque mientras que otros iban a medio camino hacia sus metas, a él apenas se le había ocurrido abrir el mapa sin pensar adónde carajo quería ir.
Primero había pensado en ser como James y jugar quidditch porque, ¿a qué chico de 17 años no le encanta el quidditch? Así que cuando salió de Hogwarts intentó que lo contrataran, pero apenas pasó unos meses como refuerzo en la banca, se aburrió y lo dejó. Entonces supuso que ser como su padre era la opción. Después de todo, todos le habían dicho siempre que era igualito a su padre y Albus reconocía que Harry Potter era una persona admirable. Así que hizo el examen y en poco tiempo se encontró sentado en las mesas de la Academia de Aurores, en la que pasaría un año entero con calificaciones de decentes a mediocres y sin llamar la atención por su talento tanto como por su parecido con su padre. Y aquello no era ni tan fácil ni tan cool como lo había pintado en su mente.
En las vacaciones de verano de ese primer año con los aurores, Teddy había llegado a contarles de su ascenso en San Mungo y la familia había armado una fiesta sólo para él. Entonces, Albus había llegado a la conclusión de que su carrera como auror no estaba yendo hacia ninguna parte. Su madre había puesto el grito en el cielo cuando él había anunciado que dejaría la academia por tiempo indefinido para buscar un futuro como medimago. Y ahora, después de dos años de entrenamiento en los que se lo había pasado de lo más entretenido en la escuela, lo habían tirado al mundo real del hospital y se encontraba muy decepcionado de su elección.
Tenía veintiuno y lo único por lo que era "famoso" era por ser el hijo de los héroes Harry y Ginevra Potter, por ser el hermano del excepcional jugador James "el Rayo" Potter y por ser hermano de la bella Lily Potter, dueña de la mejor tienda de perfumes mágicos de Londres. Lo único que sí había hecho por él mismo, y por lo que se había ganado una fama efímera, era haber pasado veintisiete minutos enteros discutiendo con el sombrero de Hogwarts acerca de la casa en que iba a quedarse. Albus Potter estaba tan decepcionado de sí mismo como seguramente lo estaba el resto del mundo mágico…
—Trata de que Josh se tome toda la poción esta vez, si no, el pobre niño jamás va a dejar el hospital, ¿quieres?
Albus no terminó de despertar de sus reflexiones, pero asintió ausentemente. Justo cuando estaba arrastrando el dichoso carrito de pociones hacia el pasillo, la puerta del elevador se abrió y de él salieron como mínimo veinte personas entre gritos y un barullo que en todo su tiempo ahí no había escuchado jamás. No podía entender qué pasaba, pero sí podía distinguir las capas de los aurores ondeando.
—¿Qué ocurre? —preguntó Al— ¡Teddy! —gritó, olvidándose por completo del protocolo de "medimago Lupin".
El elevador se abrió de nuevo y de él bajó más gente. Esta vez tenían cámaras.
—¿Qué mierda…? —alcanzó a decir.
De la nada salieron los otros sanadores del piso, quienes se perdieron entre los aurores y los fotógrafos. Luego Teddy se perdió también entre tanta gente en el recibidor. Albus intentó hacerse espacio, pero la muchedumbre lo cubría y los gritos lo desorientaban: "grave", "desconocido", "lo más extraño", "informarle al Ministro", "primeras declaraciones". No entendía nada.
De pronto, la voz de Teddy se elevó sobre las demás y un bulto irreconocible flotando entre la gente salió disparado hacia una habitación que Albus jamás había visto usarse: la Habitación para Casos Terribles.
Al joven medimago se le fue el aliento en un jadeo. Tras echarle un último vistazo a la gran comitiva reunida en su usualmente tranquilo recibidor, echó a correr tras Teddy para ver si podía ayudar en algo. Su corazón estaba latiendo muy rápido.
Cuando cerró la puerta pudo ver a un puñado de sanadores moviéndose como hormigas por la habitación: dos mujeres en una esquina preparando a toda prisa una mezcla de pociones, dos hombres buscando enfermedades previas en el cuerpo, una más registrando los signos vitales del chico. Teddy estaba mirando la cabeza del herido.
—Al, ayúdame a limpiar aquí.
Albus se acercó y por primera vez concentró su atención en el paciente: su rostro y su cabello estaban llenos de sangre medio coagulada, alguna todavía corriendo lentamente. Con un nudo en la boca alcanzó un algodón y comenzó a limpiar la herida. Él hubiera preferido usar su varita y barrer toda la sangre de inmediato, pero no sabían si había una maldición contra ello en el joven y no podía interrumpir la labor de los hechizos de los otros.
—¿Qué encontraron? —preguntó Teddy, quien era medimago de guardia.
—N-no podemos saber si hay antecedentes —dijo una sanadora asustada y miró a su compañero.
—No hay registros de él —agregó el otro, con los ojos muy abiertos—, no hay nada. Ninguno.
—Los hechizos sugieren que apenas llega a los veinte años, estatura promedio, por debajo de su peso ideal, los músculos están débiles, parece tener algún problema en los ojos… Es todo lo que pude encontrar con los hechizos de rutina —confesó la sanadora, preocupada.
Albus la miró de reojo, medio mareado de tanta información, mientras limpiaba la herida con todo el cuidado que podía poner.
—¿Qué tiene ahí? —preguntó otro doctor a Teddy, señalando la cabeza.
—Concusión —respondió Teddy, con la mandíbula muy apretada de concentración—. Pero ese es el menor de sus problemas —continuó, para luego abrir los restos de la camisa que usaba el desconocido y mostrar su pecho, donde la piel estaba quemada y sanguinolenta.
A Al le dieron ganas de vomitar, pero justo cuando estaba a punto de pedir disculpas y retirarse, volteó a ver cómo iba su trabajo de limpiar la herida en la cabeza. Para su sorpresa, iba muy bien: había descubierto un rostro exageradamente pálido pero perfectamente esculpido. El cabello seguía manchado pero ahora podía distinguirse que era rubio, aunque un rubio antinatural: demasiado blanquecino.
En ese momento, se escuchó el ruido de flashes y gritos afuera, que anunciaban la llegada de alguien importante. La puerta se abrió y una asistente muy pálida los miró, con ojos enormes.
—El Ministro está aquí.
—Señores —anunció Teddy con el rostro repentinamente cargado de años—, prepárense para un día muy largo.
Probablemente pasaba de media noche cuando Albus tuvo oportunidad de salir de San Mungo y fumarse un buen cigarro en la calle para sacudirse todo el estrés de encima. Se sentía apabullado. Todas las emociones que no le habían pasado en una vida entera ahora se le venían encima. Tantos misterios. Tantos sobresaltos. Y todo gracias a una sola persona, a un chico desconocido que ni siquiera estaba consciente.
Cuando terminó el cigarro suspiró y se recargó en la pared. Se sentía fabulosamente mareado y maravillosamente confundido. Se sentía vivo.
Teddy lo encontró fumándose el tercer cigarro.
—Tía Ginny me dijo que te prohibiera hacer eso.
Albus bufó y tiró el cigarro a medio fumar sobre la acera.
—¿Contento?
—Mucho —respondió Teddy, con una sonrisa cansada—. Es una locura ahí adentro. No tengo ni idea en lo que nos hemos metido —pensó en voz alta.
—Seh —respondió Albus, sin saber muy bien qué más decir.
Después de un largo silencio producido por el cansancio, Teddy intervino de nuevo.
—Al, sobre lo que dijiste…
Al paró oreja, sin verlo a los ojos por si las dudas.
—De verdad, espero que lo pienses mejor. No sé, tal vez tienes razón y necesitas un cambio de aires, pero no sé… ¿regresar con los aurores? Si necesitas lidiar contra el crimen podría pedir tu traslado a la tercera planta, tú sabes que ahí siempre están ocupados con los que llegan con daños por pociones… Los de artefactos también la llevan muy ajetreada y bueno…
Albus lo miró. La verdad no se había planteado un cambio de piso solamente. Y de hecho, con todo lo que había pasado ese día, no tenía cabeza para eso.
—Voy a pensármelo muy bien, no te preocupes por eso ahora, Teddy.
—Vamos adentro entonces —pidió—. ¿Te molestaría hacer guardia conmigo esta noche… bueno, madrugada? Habrá una guardia de aurores seguramente, pero necesito a un sanador de confianza listo para cualquier eventualidad.
Albus asintió. Estaba cansado pero sospechaba que el desvelo valdría la pena.
Esa madrugada, mientras observaba la cama del paciente arrebujado en un sillón de dos plazas, Albus se preguntaba muchas cosas. Los aurores, la prensa y el mismo Ministro estaban escandalizados. Del chico que estaba tendido en la cama no había registros en San Mungo y en el Ministerio todavía se estaban dando de topes para atinar a su identidad. Podría ser quien fuera, pero algo era seguro: era un mago. Y cabían dos posibilidades: o era un inmigrante ilegal o era… uno de los Desaparecidos. La prensa no paraba de especular con esa posibilidad.
Albus lo observó. Podía ser extranjero, sin duda: sus rasgos le parecían extraños. Sin embargo, no podía poner el dedo sobre el país exacto del que provenía este individuo: tenía que ser un lugar donde el sol no cayera, así que tal vez Rusia. Eso también encajaría con el cabello.
La sola idea de que este muchacho fuera uno de los Desaparecidos no tenía sentido, ¿o sí? Los Desaparecidos se habían dado por muertos hacía años, cuando tras una búsqueda exhaustiva no se encontraron señales de sus huellas mágicas en el país. La teoría aceptada era que habían cometido alguna especie de suicidio masivo o que habían huido a otro país por medios desconocidos. Como fuera, Albus siempre había imaginado que los Desaparecidos eran personas mayores, de los tiempos de la Gran Guerra. Nunca había pensado en los niños y este tendría que haber sido un niño en la época de la Desaparición.
¿Y si fuera un Desaparecido? ¿Qué cambiaría? Muchas cosas, seguramente. Albus no se podía imaginar cuántas, pero sabía que pondría al mundo de cabeza.
Cuando estaba por amanecer, Albus seguía observando, con la cabeza inclinada. Milagrosamente, por estar sumido en sus reflexiones, no se había aburrido. Estaba pensando en su mundo, en el mundo que él había conocido. Y se preguntaba qué habría sido diferente si los Desaparecidos hubieran estado ahí. Pensó en las costumbres que tal vez habían perdido porque los sangrepuras no estaban para defenderlas. Quiso imaginarse un Hogwarts en el que hubiera niños que tuvieran familias históricas, familias oscuras...
Sobre todo, se preguntó si el mundo en que vivía habría sido mejor… más mágico. Y no este mundo que conocía, donde los chicos como él rara vez terminaban una carrera porque los empleos totalmente mágicos eran considerados pasados de moda e inútiles. Donde algunos abogaban por que Hogwarts dejara de ser un internado y se volviera escuela de cursos veraniegos para que todos pudieran estudiar en alguna escuela muggle una carrera de provecho.
Este mundo donde los niños jugaban alegremente con los muggles, sí. Donde iban al zoológico regularmente y sabían de jirafas y elefantes cuando muy pocos podían distinguir a un gato de un kneazle y aún a menos les interesaba hacerlo. "Sirven para lo mismo, de mascotas".
Este mundo donde los galeones se habían devaluado y donde ahora el noventa por ciento de las tiendas en el callejón Diagon preferían aceptar libras. Este mundo donde ya no se veían normalmente túnicas, ni capas, ni sombreros como en los viejos libros se ilustraba. Ahora las chicas vestían mezclilla y sandalias. La varita, pensaba a veces Albus, sólo sobrevivía porque era la que les facilitaba la vida.
Este mundo donde los más chicos consideraban que la magia era buena sólo para dos cosas: deporte y diversión. Apostar en el quidditch y conseguir drogas más baratas y supuestamente menos adictivas que los llevaban directo a la planta de Daños Provocados por Pociones. Esas eran dos de las actividades preferidas por la juventud.
—Me pregunto —susurró Albus para que los aurores que vigilaban tras la puerta no escucharan sus cavilaciones— si has venido a cambiar este mundo.
Apenas acababa de emitir la última sílaba cuando un movimiento en la cama lo sobresaltó. El desconocido, quien había jadeado y alzado la cabeza unos centímetros, volteó hacia él bruscamente para observarlo con ojos penetrantes, profundamente grises.
Albus sólo pudo quedarse sentado ahí, devolviéndole la mirada sin poder moverse.
