Albus sabía que lo primero que debía hacer era llamar a Teddy para que viniera a revisar al desconocido, pero su cerebro había dicho "con permiso" y había emprendido la retirada. Por ende estaba ahí, quieto en su silla, abrazando sus rodillas bajo una manta y con la cabeza recargada hacia un lado. El desconocido bajó la cabeza, la acostó sobre su almohada y lo analizó detenidamente con aquellos perturbadores ojos grises.

Cuando Albus reaccionó por fin, se llevó una mano al cabello, intentó peinarlo hacia atrás y se aclaró la garganta para despejarse la modorra de una noche sin dormir.

—Hola —dijo, con voz todavía medio ronca y enseguida se pateó, ¿qué tal si el chico no hablaba su idioma? —. ¿Entiendes lo que digo? —preguntó, muy despacio.

El desconocido le sonrió socarronamente y alzó una ceja, sin responderle.

—Eh… —Albus se rascó la cabeza, nervioso—. Estás en el hospital, te encontramos… herido —explicó, muy despacio—. Estás fuera de peligro —hizo señas para intentar darse a entender—. Pero tenemos que revisarte. ¿Cómo te sientes? ¿Estás mareado? Soy un idiota, seguro no entiendes una mierda de lo que digo.

El desconocido soltó una risita que le erizó los vellos.

—Tienes un acento gracioso, pero sí te entiendo —respondió con voz baja y rasposa.

Albus enrojeció un poco, apenado por su actuación frente a un paciente.

—Es normal si te sientes algo mareado… pero en unas horas estarás perfectamente bien y probaremos tus reflejos y… ¿qué?

El desconocido no paraba de mirarlo y seguía con esa sonrisa socarrona que sin embargo no le llegaba a los ojos.

—Nada.

—Yo… será mejor que llame al medimago Lupin y tú deberías prepararte porque allá afuera la gente…

—¿Afuera?

Entonces el desconocido pareció terminar de reaccionar y se levantó de golpe de la cama, antes de que Albus pudiera reaccionar. Ni siquiera supo cómo, pero en un parpadeo aquel hombre lo había despojado de su varita y le apuntaba con ella.

—¿Dónde estoy? —preguntó alarmado.

—Te vas a lastimar —dijo Albus, sorprendiéndose hasta a sí mismo por poner ante todo el instinto de sanador.

—¡Que me digas dónde estoy!

—E-en San Mungo —susurró Albus—. Y te vas a desgarrar el pecho si no te sientas…

Scorpius miró hacia la puerta y pudo ver las sombras de los aurores que hacían guardia. Su corazón comenzó a latir enloquecido.

—¿Esto es Londres Mágico? —preguntó en un susurro temeroso, esas palabras no las había saboreado su boca en muchos años.

El extraño vestido de blanco asintió.

—¿S-san Mungo?

Un nuevo asentimiento que lo llenó de pánico. No podía ser. No podía ser. Su respiración se agitó y las siguientes palabras le salieron como entre jadeos.

—Dime cómo salgo de aquí.

El extraño lo miró alarmado.

—No puedes, necesitas cuidados, estás muy débil. Y estamos vigilados por todas partes… desde que te encontraron hay como mil aurores siguiéndote.

—¡¿Mil?! —Scorpius sintió que toda esperanza de salir de esa se esfumaba, al mismo tiempo que su aliento.

—Es un decir —dijo el chico y entonces hizo algo inesperado: lo tomó por la cintura, le dio vuelta y lo sentó en el sillón.

Scorpius todavía tenía la varita en la mano, pero por alguna razón ya no se sentía tan amenazante.

—¿Qué haces? —preguntó molesto.

—De verdad, si seguías levantado te iba a pasar algo —fue toda la respuesta que recibió.

Scorpius agitó la varita y le apuntó a la garanta mientras intentaba pensar lo más rápido que podía en una solución a su predicamento, y de paso terminar de entender su situación. Un momento estaba peleando una batalla y al siguiente despertaba nada menos que… afuera. Arriba. Con ellos. Entre los Apartados. Estaba en un mundo de sangresucias y mestizos y muggles y seguro que dentro nada lo iban a matar o iba a sufrir un ataque de alergia, alguna reacción a algo de ahí afuera contra lo que sólo estaba protegido en su refugio. Tal vez incluso una reacción a una de las pociones ilegales que él mismo había introducido en ese mundo. Lo recorrió un escalofrío y su respiración se volvió superficial y arrebatada.

—Oye —llamó el extraño de blanco y se hincó frente al sillón para mirarlo desde abajo—. Tranquilo —dijo, poniéndole la mano en el muslo—. Quieres saber tu situación, ¿cierto?

Scorpius asintió. Definitivamente quería saber en qué estaba metido y hasta dónde. Los oídos comenzaron a zumbarle.

—No sé de dónde viniste y nadie aquí lo sabe —comenzó, con voz suave, lo cual lo tranquilizó un poco—, sólo sabemos que apareciste en un lugar desierto muy mal herido. Te trajeron aquí y la información se coló a la prensa… y más cuando los aurores no encontraron nada acerca de ti. El ministerio, la prensa y medio mundo mágico está vuelto loco queriendo saber quién eres. Como no habías hablado pensaban que podías ser extranjero pero… E-eres… ¿eres uno de los Desaparecidos, no?

Scorpius parpadeó, sin entender bien la pregunta. Tal vez eran las palabras, que él jamás había escuchado usadas para referirse a su gente, o tal vez eran las náuseas que le llegaban a la garganta. En silencio, miró con desconfianza al extraño, apretando la varita entre sus dedos pero con la mente vacía de hechizos útiles para un momento así.

—Está bien, no me digas a mí si no quieres… pero ellos —señaló con la cabeza a los aurores tras la puerta— intentarán interrogarte en cuanto sepan que estás lo suficientemente despierto como para atacar a tu cuidador.

Scorpius se tensó y decidió analizar la situación. Si este chico hubiera querido, podría haber gritado para llamar a los guardias en lugar de estarse preocupando por él, mas no lo había hecho. Alguna razón debía tener. Había algo, una especie de aura alrededor del extraño, que era diferente a lo que él conocía y que le daba cierta confianza. No estaba seguro de si debía confiar en sus instintos en un momento como ese, cuando seguramente estaba drogado de medicamentos, pero es que muchas opciones no tenía.

—Necesito salir de aquí —dijo, en voz baja y con los dientes apretados en un gesto inconsciente—. Tienes que decirme cómo puedo salir de aquí.

El desconocido asintió muy lentamente. Scorpius hubiera sentido triunfo de no ser porque lo único que sentía era ardor desde la garganta hasta el estómago.

—Te entiendo, en serio. Pero si te mueves de aquí hoy, no lo cuentas.

Scorpius bufó y se levantó, ignorando el jalón en el pecho que sintió y, con la varita en mano, avanzó dispuesto a cargarse por su cuenta a todo el que se le pusiera enfrente hasta salir de ahí y encontrar el camino de vuelta al Paraíso.

—Puedo ayudarte —soltó el extraño de pronto, intentando mantener la voz baja pero obviamente alarmado—. En serio, quiero ayudarte.

El extraño se escuchaba sincero y… ligeramente lejos. Scorpius quiso enfocarlo con la mirada. Sólo hasta que escuchó el ruido de la varita al chocar contra el piso se dio cuenta de que la había soltado y lo siguiente que supo es que sus rodillas cedían ante su peso.

Cuando despertó, el mundo estaba borroso y olía a sangre y con los ojos entreabiertos pudo notar que había muchas personas en su habitación, algunas vestidas de blanco, otras que lo miraban con recelo. Giró la cabeza y se encontró con el extraño, quien desde una esquina de la cama le sonrió ligeramente. Scorpius volvió a cerrar los párpados, extrañamente tranquilo, llevándose para sus sueños la impresión de esos ojos verdes brillantes y esa sonrisa sincera.

Albus llegó a casa exultante. Pocas veces le pasaba eso, ya que vivir todavía en casa de sus padres no le parecía nada emocionante.

—¿Ma? ¡Nunca vas a adivinar lo que pasó en el trabajo!

Ginevra Potter lo recibió con un beso y al verlo tan animado se sorprendió.

—¿Pues qué pasó? ¿Quieres comer? —agregó, siempre preocupada por la alimentación de su pequeño.

—En serio, vas a alucinar, ¿dónde está papá? ¡Él debe estar alucinando también! Es que no lo vas a creer.

El último "no lo vas a creer" remató la sorpresa de Ginny, quien nunca había visto a su hijo de en medio así de emocionado, por lo menos no en años. De niño sí, se había ilusionado por cualquier tontería, pero como el jovencito que era rara vez algo le parecía más que "bien".

—Harry dijo que vendría más tarde, que empezáramos a comer sin él… ¿quieres esperar a que llegue para que hablemos de esta cosa tan… alucinante?

Albus se sentó a la mesa con mucha energía y asintió. Era costumbre entre ellos hablar de los temas importantes en familia durante las comidas. Aunque ahora que James estaba en el continente y Lily estaba ocupada con su tienda, la familia se veía bastante reducida.

—Es que en serio, se van a quedar idiotas.

—¡Albus!

—Perdón, ma.

Después de servirle su plato, Ginny se sentó frente a él y lo miró, sonriente. Ver a su hijo feliz definitivamente la hacía feliz a ella. Saber que por fin parecía haber encontrado su lugar como sanador la hacía enorgullecerse por haber criado tres hijos maravillosos. Parecía que por fin, algo tarde pero a su ritmo, su niño había encontrado el camino como James y Lily. Excepto por una cosa que, a su modo de ver la vida, era lo que le faltaba.

—¿Es una chica? —preguntó, ilusionada.

James era un promiscuo irremediable, pero Ginny esperaba que entre tantas candidatas encontrara a la mujer de su vida. Lily, mucho más joven pero mucho más madura también, se había comprometido con un hombre íntegro y responsable. Albus, en cambio… jamás había mencionado nada de chicas o de amor y esta vez, al escuchar su pregunta, le cambió la cara.

—No, mamá —dijo, con seriedad—. Nada de eso, no seas tonta.

Ginny lo miró ofendida.

—No soy tonta, Albus. Simplemente quisiera que mi hijo encontrara el amor y se casara. Y no sé qué estás esperando, en serio. Si piensas que las chicas van a ir a tocar a tu puerta estás muy equivocado, tienes que salir más y buscar a la correcta, equivocarte, sentir…

Albus dejó el tenedor sobre la mesa y estaba por levantarse, airado, cuando su padre apareció por la chimenea y los saludó cariñosamente. Sólo eso logró bajarle el enfurruñamiento.

—Gin, no vas a creer lo que pasó —dijo el mayor de los Potter, haciendo eco a las palabras de Albus.

—Lo mismo dijo tu hijo, ¿qué pasa? ¿Por qué tanto misterio?

—Parece —dijo Harry, mientras le daba unas palmadas en el hombro a Albus— que uno de los Desaparecidos por fin apareció.

—¿En serio? —Ginny abrió la boca—. Pero, ¿cómo? ¿Dónde? ¿Para qué? ¿No están muertos? —las preguntas se le amontonaron en la boca.

—No sabemos mucho… de hecho no estaremos seguros de que sea un Desaparecido, hasta que despierte. En cuanto lo vea quizás… Tal vez me hagan dirigir el interrogatorio, ¿te imaginas? Gin, ese es el misterio más grande de este siglo y por fin va a resolverse.

Albus le sonrió a su padre, aunque un poco cortado porque ahora todo el protagonismo de la historia lo tenía él, para variar. Y Albus no tenía mucho que aportar.

—¿Sabes que Teddy está a cargo de él? Ya le dije que en cuanto despierte me llame. Tengo un montón de cosas que preguntarle —siguió su padre—. Y sobre todo quiero verlo. Me pregunto si podré reconocerlo… Seguro era un niño cuando fue la Desaparición, pero puede que tenga algún rasgo de familia, alguna cicatriz…

—¿No lo has visto? —preguntó Albus sorprendido—. ¿Pero qué no los del Profeta tomaron mil fotografías?

—Les prohibimos publicarlas de momento y las destruímos, por si resulta que el chico es parte de algo más gordo y nos trae algún problema con el exterior —explicó Harry—. Además, creo que a los chicos se les pasó la mano al querer evitar que las distribuyeran y quemaron hasta las cámaras… —agregó, sacudiendo la cabeza con pesar.

—¿En serio? —Albus abrió mucho la boca— ¡Yo lo vi! —declaró por fin, emocionado por tener algo que aportar— Yo estaba ahí cuando lo llevaron, yo lo vi, lo tuve muy cerca —por alguna razón, se ahorró decir que incluso había hablado con él y que estaba seguro que era un Desaparecido.

—¿De verdad? —preguntaron Harry y Ginny casi al mismo tiempo.

—¿Cómo es? —urgió Ginny.

—Rubio… pero no como tía Luna, rubio platinado más bien, con el rostro muy afilado, delgado… no tan alto. Y tiene los ojos grises —hermosos, agregó sólo para un rinconcito de su placer personal.

Ginny y Harry intercambiaron una mirada.

—¿Será posible? —murmuró Harry para sí.

Antes de que alguien pudiera decir otra palabra, una lechuza entró volando y les dejó una edición especial del Profeta.

—Mierda —dijo Harry, al ver la portada.

En ella se probaban dos cosas: que a los aurores se les había pasado una cámara por debajo de las narices y que la descripción de Albus se había quedado corta.

—¡Pero si es Malfoy! —exclamó Ginny, cubriéndose la boca.

Albus miró a su padre en busca de una explicación, pero sólo encontró a un hombre viejo, cansado y pálido. Se estremeció y estuvo a punto de callar, pero la curiosidad fue mucha, así que se encontró preguntando:

—¿Quién es Malfoy?

—Podríamos enervatearlo —sugirió una voz grave, que hizo que Scorpius despertara, sin abrir los ojos, y parara oreja, muy quieto.

—Ni usted ni nadie va a ponerle una mano encima a mi paciente —dijo otra voz, suave pero enfática—. Lo trajeron aquí para que recuperara su salud y eso va a hacer, así sea el mismísimo Ministro de Rusia en misión secreta o uno de los Desaparecidos.

—Pero el jefe quiere interrogarlo.

Hubo un silencio.

—El jefe resulta ser mi padrino —dijo la voz suave, esta vez un poco temblorosa—. Ustedes saben si quieren que le informe que se están metiendo donde no deben.

Más silencio, algunos pasos.

—Al, ve que esté hidratado, por favor —dijo la voz suave, ahora con un tono cansado.

Scorpius se tensó y se preparó para recibir al tal Al, sin saber bien quién sería. Entreabrió los ojos en cuanto sintió que la figura cerraba la puerta y avanzaba hacia su cama.

—Silencius —susurró una voz conocida—. Oye, ¿estás despierto?

Scorpius abrió los ojos y asintió levemente, sin atreverse a hablar a pesar de que sabía que la habitación había sido insonorizada.

Al sanador, el tal Al, le brillaron los ojos.

—Qué bien. No sé cómo has hecho para fingir que estás dormido con los demás, pero eso te ha salvado por hoy.

Scorpius sonrió de lado, ocultando que en realidad no había estado fingiendo para nada: había estado totalmente ido.

—Lo que dije antes… —dijo el muchacho, sentándose a su lado en la cama— era verdad. Quiero ayudarte.

Scorpius lo analizó detenidamente, intentando ser coherente después de tantas horas de inconsciencia. Luego de pensarlo un rato, asintió de nuevo. Decidió arriesgarse.

—Entonces ayúdame a salir de aquí.

El sanador se mordió el labio inferior y aunque trastabilló unos segundos, sin que pareciera saber dónde poner sus manos o cómo formar una palabra, finalmente lo miró a los ojos con una timidez que Scorpius podía afirmar no haber conocido hasta ese momento.

—Bien. Bien, si eso es lo que quieres… ¿T-tienes a dónde ir?

Scorpius frunció la boca.

—Sí. Tengo que regresar a… a casa.

—Oh —fue la respuesta—. Bien, claro, claro. A casa.

Sabía que nadie del Paraíso saldría a buscarlo al ambiente hostil de los Apartados. Ni siquiera sabía cómo él mismo había llegado ahí. Sólo podía pensar en una solución: buscar un aliado que lo ayudara a regresar al portal para la siguiente vez que se abriera, y los únicos aliados que tenía afuera eran los traficantes con los que negociaba.

—Podrías ayudarme a contactar con alguien… —dijo entonces.

El joven sanador asintió enfáticamente. Scorpius estaba sorprendido de encontrar a alguien que parecía tan sinceramente dispuesto a ayudarlo, así sin más. Estaba demasiado cansado y adolorido como para buscar las intenciones secretas en ese momento, así que decidió pensarlas con calma cuando estuviera solo. De momento, decidió aprovechar la ayuda ahora que estaba disponible.

—Bien —dijo Scorpius, y trató de recordar nombres o locaciones de personas que pudieran estar interesadas en regresarlo al Paraíso y, lo más importante, que pudieran ser rápidas pero prudentes.

Mientras él recapitulaba en voz alta las formas en las que creía poder contactar con sus aliados, el otro muchacho le acercó un vaso de agua a los labios y Scorpius bebió de él ávidamente. Cuando terminó, cerró los ojos y suspiró. Estaba en esa misma posición, sin moverse, cuando sintió claramente cómo un dedo delineaba sus labios húmedos con lentitud. Sintió mucho calor en las mejillas y abrió los ojos, sorprendido por el atrevimiento.

En ese momento la puerta se abrió y Scorpius apenas tuvo tiempo de tirarse sobre la almohada y fingir demencia, mientras su cómplice intentaba cubrir la escena.

—Albus —saludó entonces alguien que Scorpius no pudo identificar.

—Papá.

Al joven Malfoy se le heló la piel.

—Quería verlo por mí mismo… —dijo, con voz cavernosa, y se acercó a su cama.

Scorpius temía estar temblando de verdad.

—Dios. Parece como si lo estuviera viendo… —dijo el hombre mayor, para confusión de Scorpius, y luego de un silencio prosiguió— Tenemos que interrogarlo cuanto antes. Saber qué rayos pasó… Apenas se recupere un poco, vamos a tomarlo en custodia para el Ministerio.

Scorpius no pudo hacer ningún ruido pero el jadeo de su sanador representaba claramente lo que había sentido. Pánico.