Cuando Albus llegó a casa del hospital, su madre estaba discutiendo en voz alta con la radio mágica, una actividad no poco común en la que se sumergía cuando tenía algo de tiempo libre y no estaba de muy buen humor como para hablar con una persona real. Las personas reales no apreciaban la sarta de insultos que el aparato recibía sin chistar.
—Hola, ma —saludó, con una sonrisa falsa al verla apuntarle a la radio acusadoramente.
—Oh —reaccionó ella, girando el rostro—. ¡Hola amor! ¡Qué bueno que llegaste! ¿Quieres cenar?
—No realmente, comí algo en el hospital —mintió—. ¿Y papá?
—Está trabajando hasta tarde —respondió Ginny con pesadumbre—. Es el caso del chico que parece Malfoy, lo tiene muy mal. Reabrió los expedientes de las desapariciones.
Albus tragó en seco.
—Ah… Debe… debe interesarle mucho resolver esto para la sociedad mágica, ¿no? Hace mucho no había un misterio así de grande a punto de ser resuelto.
Ginny apagó la radio y respondió solemnemente.
—No es por la sociedad mágica. Esto es personal. Tu padre conoció a mucha de esa gente, hijo. Fuimos a la escuela con ellos y los vimos librar sus propias luchas. Él… estuvo en muchos juicios, sobre todo en los de los magos que consideraba inocentes, y los intentó defender. Intentó muy duro detener las peleas y las matanzas. Si hay algo que le ha roto el corazón a tu padre es no haber podido salvar a esa gente. No haber podido evitar que se fueran así, que ya no se sintieran parte de esta sociedad. Tu padre entiende perfectamente lo que es el sentirse rechazado por las causas más estúpidas.
Ginny le extendió aquella información con el corazón en la mano y Albus la recibió igual. Sólo que su madre no se imaginaba era que en el corazón de su hijo había comenzado a formarse y a crecer una esperanza que nunca antes había acunado: lograr algo que su padre no había podido.
Salvar a "esa gente".
Subió a su habitación decidido a escribir unas cuantas lechuzas.
Todavía no amanecía cuando Albus inició su turno del día. Se subió al ascensor junto con Teddy y los dos se quedaron muy callados, cada uno sumido en sus reflexiones, seguramente pensando en el desconocido que se hallaba todavía en la habitación especial del piso. El Ministerio estaba ejerciendo presión sobre ellos para que lo "mejoraran como pudieran" y aunque su padre intentaba calmarlos, la influencia de un héroe no podía mucho sola contra la aplastante curiosidad de toda una sociedad. La gente estaba ansiosa por saber quién era el desconocido, de dónde venía y qué quería con ellos. El apellido Malfoy, debido a la foto del profeta, ya se cuchicheaba por todas partes.
San Mungo estaba más concurrido que nunca. Aparte de la prensa, había gente que se apostaba alrededor del edificio como quien no quería la cosa y algunos listillos hasta fingían enfermedades para poder entrar e intentar colarse hasta donde estaba el desconocido. Por supuesto que nadie lo había logrado, pues había aurores y sanadores zumbando alrededor de esa habitación todo el tiempo, Albus el primero.
Cuando el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron, Albus tardó un poco en reaccionar.
—Creo que nos equivocamos de piso —dijo, mirando a Teddy.
—No —respondió éste—. He estado pensando en lo que me dijiste el otro día sobre tu carrera.
Albus frunció el ceño. ¿El otro día? ¡Había olvidado por completo todo lo que había pasado antes de la llegada del desconocido! Ahora cualquier problema que tuviera con su vocación o su carrera estaba en segundo o tercer plano. El enigma del desconocido era lo más importante para él en esos momentos.
—¿Y…? —preguntó Albus, echándole un vistazo al piso donde habían parado.
—Y hablé con Maggie para que pasaras un día aquí por lo menos. Daños por pociones está mucho más ajetreada que Daños por hechizos y bueno…
Albus entró en pánico. Si en ese momento decía que no, iba a sonar muy sospechoso. Pero si decía que sí tendría que pasar un día entero ahí abajo y lejos del desconocido, sin saber nada de él.
—Realmente no me gustaría dejarte —dijo Albus—, sobre todo ahora que hay tanto qué hacer y eso… —intentó no sonar ansioso.
—No te preocupes por mí —dijo Teddy sonriente—. Lo importante es que tú te sientas bien con tu trabajo.
Albus miró a su alrededor y suspiró. Si insistía demasiado, cuando él era una persona que se caracterizaba por nunca ser insistente con nada, Teddy notaría que algo andaba mal. Resignado, intentó sonreírle al medimago y "aceptar" su destino. Se prometió que estaría un día ahí, ni uno más, sólo para cumplir con el compromiso. No podía darse el lujo de perder días con el desconocido, arriesgándose a que lo descubrieran y se lo llevaran en cualquier momento, pero no había más opción.
—Bien —sonrió—. Bien, lo haré. Gracias, Teddy.
Si el piso de daños por hechizos no era en absoluto lo que se había imaginado que sería, el piso de pociones rebasaba sus expectativas. A unos minutos de estar ahí, sin siquiera haber terminado de presentarse con su jefa y dejar aclarado el asunto de "ignore el hecho de que soy hijo de un héroe y tráteme como el aprendiz que soy", el caos comenzó.
Una mujer llegó con cinco niños que parecían todos de la misma edad y todos estaban igual de azules.
—Tienen fiebre —le informó a la sanadora—. Y no se les quita —siguió, aunque eso parecía estar de más—. Y además están azules —agregó, como por no dejar, a pesar de que eso lo podría notar cualquiera con ojos.
Albus estuvo a punto de preguntar qué hacían en ese piso, si deberían estar en el de virus mágicos, pero su jefa pareció entender sin mayores explicaciones.
—¿De qué color era la poción para el resfriado en el momento en que se las dio?
—Amarilla —respondió la madre, con las mejillas coloradas—. Creo.
Albus intentó ocultar su impresión. ¿Era posible que alguien echara a perder así una poción tan simple? Él la había cagado un par de veces mientras practicaba, claro, ¡pero estaba en cuarto año! Y más importante: él no se la había dado a beber a su descendencia. Esperaba ver su misma indignación en la cara de su jefa temporal, pero lo que vio fue aburrimiento, costumbre.
Atrás de esta familia llegó un auror con dos magos apenas más jóvenes que Albus, cuyos síntomas eran obvios. Estaban hasta las patitas de pociones alucinógenas y no paraban de reírse.
—Dales algo para que se les baje y luego dales un folleto de los que están sobre el escritorio. Los aurores se encargarán de lo demás.
Albus estaba luchando por hacer que los chicos se tragaran la contrapoción entre sus ataques de risa cuando dos aurores llegaron con otros cinco chicos, que venían más callados y una sexta chica que traían flotando inconsciente.
Al entregarles el folleto a los primeros pacientes, se encontró asqueado. Era un pedazo de pergamino con mucho texto que no decía absolutamente nada: ten cuidado con lo que tomas, ven a pedir ayuda si crees que podrías estar tomando más pociones de las necesarias, come bien, haz ejercicio.
—¿No podemos hacer algo más? —le preguntó en privado a su jefa, realmente preocupado y molesto— ¿No hay programas de desintoxicación que podríamos organizar?
—No hay presupuesto para eso —respondió, cansada—. Ya lo hemos intentado, pero sin donaciones ni voluntarios, lo único que podemos esperar es que lean los folletos.
Cuando las contrapociones terminaron de hacer efecto en los dos chicos, Albus les extendió el folleto. Uno de ellos lo tomó y sin verlo lo guardó en su pantalón, el otro directamente no lo aceptó.
—Ya tengo como diez de esos.
Probablemente después sería criticado por la actitud poco profesional que tomó, o ridiculizado en El Profeta si aquel chico era de una familia importante, pero Albus no pudo reprimir la cara de asco con la que lo miró.
—Enfermo —espetó sin pensárselo.
El chico palideció un poco y se marchó con su amigo en silencio.
A la hora del almuerzo Albus subió a la cuarta planta y buscó a Teddy, dispuesto a terminar con aquello y volver al misterio del desconocido.
—Al, ¿qué tal te va?
—Fatal —dijo, intentando ser más enfático de lo que usualmente era—. Me gustaría...
—Medimago Lupin —lo llamó una sanadora—, necesitamos su permiso para una visita por aquí.
—Hablaré contigo luego —le prometió Teddy—. Mientras intenta verle el lado bueno a trabajar en pociones, ¡tal vez te guste!
Albus golpeó el mueble con el puño antes de darse la vuelta, frustrado.
Scorpius escuchó las voces, murmurando desde la puerta y su corazón se aceleró de inmediato. Intentó controlar su respiración y mantener los ojos cerrados sin apretarlos de alguna forma que lo delatara, pero ya no estaba seguro de nada. La puerta se abrió.
—Mi madrina ya me había advertido que harías esto —decía, cansado, el medimago que aparentemente estaba a cargo.
—¿Qué haría? —respondió la otra voz, aparentemente enojada.
Scorpius no estaba seguro, pero parecía la misma voz que había amenazado con llevarlo al Ministerio antes.
—Obsesionarte con esto, con este paciente. Sabes que como eres jefe de los aurores no puedo prohibirte el paso pero sí puedo hacerlo porque me preocupo por ti.
—¿Está despierto?
Scorpius se tensó ligeramente bajo las sábanas.
—Como podrás ver: no. He tenido guardias junto a él día y noche esperando a que despierte, pero no lo ha hecho. Y con las heridas que le están sanando es lo mejor, que descanse por lo menos un par de días más.
Después de eso hubo un silencio incómodo en el que Scorpius estuvo seguro de que lo observaban.
—¿Qué quieres que te diga este chico cuando despierte? —preguntó el medimago.
Hubo más silencio.
—La verdad: dónde están y cómo lograron evadirnos, qué han estado haciendo todo este tiempo, por qué ha vuelto, quién lo lastimó.
—Eso no es verdad —contradijo el medimago con suavidad—. Eso es lo que toda la sociedad mágica quiere saber. ¿Qué quieres escuchar tú?
—Créeme que todavía no estoy seguro —susurró luego de unos segundos de duda—, pero en cuanto esté en custodia del Ministerio lo averiguaré.
Scorpius sintió escalofríos. Para su fortuna, lo siguiente que escuchó fue la puerta azotándose y el medimago gruñéndole a la otra persona.
Ya empezaba a ver cuál era la situación de los sangrepuras del Paraíso en este lugar. Se acomodó en la cama haciendo el mínimo ruido posible. Por esta vez había tenido suerte, pero tenía que ser muy cuidadoso.
Al contrario de lo que Teddy esperaba, a Albus no sólo no le gustó sino que literalmente lo enfermó la situación de la planta de Daños provocados por pociones.
—¿De dónde rayos sacan tantas porquerías? —se preguntó en voz alta mientras hacía ronda entre las camas de los pacientes que intentaban recuperarse de alguna experiencia especialmente fea con las pociones.
Una chica que había estudiado con él y trabajaba en ese piso sólo negó con la cabeza.
—No lo sé y no sé por qué los aurores no pueden detener esto. Esta niña —señaló a una chica que estaba tendida en una de las camas— tiene quince y está así porque pasó cinco años usando pociones adelgazantes.
Albus jamás se había sentido tan aliviado como cuando terminó su turno y pudo salirse de ahí. Fumó cinco cigarros, dando vueltas por la calle y llamando la atención de algunos curiosos, antes de decidir irse a casa.
Llegó al hospital con ojeras al día siguiente, por sueños interrumpidos con imágenes del desconocido siendo arrestado por su padre que se entretejían con imágenes de los chicos drogados con pociones sicotrópicas. Esta vez subió al elevador solo y se bajó en el piso de Daños por hechizos. Teddy ya estaba ahí, temprano como siempre, tomando un café mientras hojeaba los expedientes.
—Teddy… —comenzó Albus, inseguro—. Realmente no me gustó daños por pociones, nada, nada —aseguró enfáticamente—. Quiero volver. Por favor.
El hombre le sonrió y lo abrazó por los hombros.
—Me parece perfecto, enano —respondió con cariño—, porque necesito alguien de confianza con el Desconocido. He tenido a varios haciendo guardia con él, pero temo que se preocupen más por tomarle fotos de incógnito que por su salud —comentó, tristemente.
Albus sonrió, intentando no mostrarse tan efusivo. Aunque no podían haberle dicho mejores palabras que esas.
—Por supuesto. ¿Puedo comenzar ahora mismo? No me apetece nada bajar a ver adolescentes vomitando a estas horas.
Haciendo gala de una habilidad de palabra hasta entonces no explotada, convenció a Teddy de que era conveniente que desayunara en la habitación del Desconocido pues había salido de casa sin apetito por el temor de no ser aceptado de vuelta en el piso. No fue tan difícil tomando en cuenta que desde que él y Lily eran pequeños, Teddy se encargaba de consentirlos más que muchos miembros de su familia al grado de casi llegar al nivel de la abuela Molly.
Scorpius estaba cansado de fingir que seguía inconsciente. Hasta ahora los medimagos que habían estado cuidándolo parecían más interesados en observarlo y picarlo para comprobar que era humano que en revisar sus signos vitales. Hasta ahora.
Pero estaba comenzando a desesperarse y los períodos de sueño que tenía que fingir cada vez eran más largos comparados con los que realmente podía dormir. Lo único que estaba logrando era hacer tiempo, pero sabía que lo inevitable llegaría; el Ministerio lo tomaría prisionero y entonces sí que no habría manera de escaparse.
¿Y dónde estaba ese sanador bueno para nada que le había ofrecido su ayuda? ¡En ninguna parte! Lo había esperado ansioso quién sabe cuánto tiempo y nada. Ya estaba perdiendo toda esperanza cuando la puerta se abrió y él tuvo que apretar los ojos para fingir un sueño que no sentía.
—Silencio.¡Hola! —saludó la voz de su sanador, en un susurro—. Perdona que venga hasta ahora, pero estaba metido en líos por mi gran bocota…
Scorpius se dio la vuelta en la cama y sonrió sinceramente, con las esperanzas de escaparse y volver a casa nuevamente floreciendo en él.
—Buenos días —saludó, muy formal, esperando atinar a la hora.
—¿Tienes hambre?
Tuvo que asentir, muy a su pesar. Mientras fingiera estar inconsciente lo último que pensarían darle serían alimentos; le daban pociones como suplementos pero no era lo mismo.
El sanador se sentó a su lado en la cama y puso a flotar la bandeja de comida que había traído justo arriba de las piernas de ambos.
—Se supone que es mi desayuno —explicó—. Pero tomé raciones dobles y busqué comida que no fuera a hacerte mal…
Scorpius miró la puerta.
—¿Estás seguro…?
—Claro, los aurores de guardia están entretenidos con unos cafés y donas que les traje, además les pedí por favor que no me molestaran mientras estuviera aquí desayunando. Una de las ventajas de… bueno, no importa.
—De que tu padre trabaje para el Ministerio —completó Scorpius, mientras revisaba la bandeja, viendo qué se le antojaba probar.
Pretendía estar concentrado en la comida, pero en realidad sí le interesaba obtener más información de su interlocutor.
—Sí, más o menos eso —respondió Albus, obviamente intranquilo, antes de morder una galleta.
Scorpius tomó nota de su actitud y decidió comenzar por la ensalada de lechuga. El sólo hecho de tener alimentos frescos lo ponía de buen humor. En el Paraíso eso era un lujo; cuando la comida llegaba a tu boca regularmente ya había estado almacenada por meses y sabía a hechizos de conservación. Seguramente en su cara se notó su satisfacción, porque el sanador lo observó atentamente y soltó una risita por lo bajo. Scorpius habría preferido indignarse, pero curiosamente sólo pudo devolverle la sonrisa.
Cuando se dio cuenta, estaba coqueteando descaradamente con el sanador.
Darle a probar a alguien en la boca de su coctel de frutas era probablemente lo más vergonzoso que había hecho en la vida. Y ya ni hablar de lo indigno que era quedarse viendo aquellos labios que habían enrojecido con las cerezas. Y, definitivamente, cuando saliera de allí iba a borrar el recuerdo de las risitas calladas cuando él mismo abrió la boca para aceptar la cucharada de puré que el sanador le daba.
Trató. Trató de ignorar la mano que se recargaba en su muslo cada tanto a pesar de que le movía todo su mundo. Trató de convencerse de que sus risas eran forzadas y que si aceptaba todo aquello era sólo porque le convenía tener a su único aliado contento. Scorpius estaba dispuesto a todo en esos momentos. Sí. Estaba dispuesto a meter la mano bajo la bata del sanador si era necesario…
Estaba dispuesto, pero no por ello era menos perturbador que el sanador le tomara el rostro, le acariciara la mejilla y le limpiara la boca con una servilleta. Scorpius suspiró al recordar cómo esos dedos ya se habían posado antes en sus labios.
Estaba dispuesto y esperaba más, muchos más avances, pero cuando la comida se terminó, el sanador puso la bandeja a un lado y se acomodó sobre la cama, frente a él. Sus piernas dejaron de rozarse y la mano que había descansado en su muslo se fue.
Cuando el rostro del medimago se puso serio, la necesidad de Scorpius de hacer algo y largarse de ahí volvió al doble.
—¿Sabes? —comenzó el otro, intentando y fallando en mostrarse calmado y distante— Mi padre parece estar convencido de que eres Draco Malfoy.
Scorpius abrió más los ojos y jadeó, estupefacto.
—¿Lo eres? —preguntó Albus, visiblemente sorprendido—. Quiero decir, papá dice que eres igualito pero miró tu brazo… y bueno, tampoco es muy probable que los desaparecidos se hayan quedado atrapados en el tiempo… y bueno, nunca me dijiste realmente tu nombre.
Cuando terminó de tartamudear idioteces, el sanador se quedó callado y bajó la vista. Scorpius aprovechó para recomponerse de la sorpresa que le causaba que alguien del Ministerio hubiera estado tan cerca de saber quién era.
—Estás aquí para sacarme información, ¿cierto? —dijo por fin Scorpius, a la defensiva.
—¿Qué? —el sanador alzó la vista y negó enfáticamente—. No, no, no, no… ¿cómo crees que…? No. Yo quiero ayudarte. Sólo… mis padres me contaron de Draco Malfoy, cómo fueron a la escuela juntos y todo, y la guerra. Y... nada. Me preguntaba...
Scorpius analizó la sinceridad del sanador mientras pensaba en la posibilidad de un universo alterno en el que su padre se encontrara vivo y en su situación, ¿qué haría él? Por otro lado, ¿el sanador estaba coqueteando con él porque pensaba que era Draco Malfoy? Demasiadas posibilidades revoloteaban en su cabeza adolorida.
—Además —agregó el sanador, tímidamente—. Estoy harto de referirme a ti como "el desconocido". Se hace cansado.
El hombre de blanco se veía avergonzado. Y, sinceramente, Scorpius también estaba cansado de inventar formas de referirse a él en su cabeza. Tal vez ya era hora de presentarse.
—Soy un Malfoy —confesó entonces, para asombro del sanador— pero no soy Draco; él era mi padre. Yo soy Scorpius Hyperion, Scorpius Malfoy —susurró, temeroso de que los aurores vigilantes lo llegaran a escuchar a pesar de los hechizos de privacidad.
—Scorpius —repitió el otro, muy bajito, formando en sus labios las vocales, con cuidado—. Entonces sí eres uno de ellos —murmuró anonadado—. Yo… yo soy… Albus. Severus —dijo, y pareció avergonzarse todavía más.
El nombre hizo eco en Scorpius, mientras su cerebro procesaba la información.
—Eres un Potter —espetó por fin, ligeramente asustado.
Nunca había visto a un Potter en vivo. Era un Potter. Y su padre, el que amenazaba con llevarlo al ministerio, era nada más y nada menos que Harry Potter. Estaba jodido. Todo esto debía ser una trampa. Apretó las sábanas en sus puños, pero entonces miró a Albus y aquello cambió.
—Sí, bueno —respondió éste, con inesperada incomodidad y volteó la mirada hacia la pared.
¿Era su imaginación o el sanador parecía avergonzado de su nombre? En el mundo de Scorpius, ser hijo de un Potter realmente hubiera sido causa de vergüenza, ¿pero aquí? ¿con los Apartados, donde Potter era el héroe y santo nacional? No lo entendía. Como fuera, con suerte la actitud de este chico podría resultar conveniente para él…
—Eh… —intervino de nuevo Albus, en voz baja—. Estuve investigando a la gente que me dijiste. No es fácil encontrarlos, pero sí logré enviarles una lechuza privada a un par. El asunto es que no respondieron…
Scorpius se sentía confundido. El chico Potter parecía un sube y baja en el que perdía y ganaba su confianza una y otra vez. No tenía un puto sentido.
—Es normal —respondió, a pesar de todo—, a mí tampoco me gustaría involucrarme en esto, si tuviera opción. Pero de verdad, necesito que contactes con alguno de ellos lo más pronto posible. Si el Ministerio me saca de aquí…
Albus asintió con gravedad.
—Lo sé. Estoy haciendo lo que puedo por ahora, pero esta gente… Esta gente es peligrosa y no confía tan fácilmente —sonrió con amargura—. Scorpius… —comenzó y alzó la vista hacia él, con los ojos brillantes pero dudosos— ¿Estás seguro de que…? ¿Por qué necesitas contactar justo con ese tipo de gente? Si decidieras quedarte y…
—¿Con qué tipo de gente, si no, podría aliarse alguien como yo? ¿Eh? —espetó Scorpius entonces, con furia acumulada—. Somos exiliados, parias sociales —dijo, con una sonrisita agria—, ¿que, quieres que te pida que contactes con los Ministros? ¡Soy un sangre pura! ¡El hijo de un mortífago a todas luces! ¡Ustedes nos quitaron todo y nos echaron a la basura! ¿A qué tipo de gente podría pedirle ayuda yo? ¡Ustedes preferirían que estuviera muerto! —murmuró con rencor.
Albus guardó silencio y bajó la vista.
—No fui yo quien hizo todo eso y no me enorgullezco en absoluto de que pasara —confesó—. Al contrario, si fuera por mí… No quiero que mueras. No importa, sólo me gustaría saber más para poder ayudarte.
—Créeme, Albus, si realmente me quieres ayudar lo mejor es que no hagas preguntas y me ayudes a regresar. Hay cosas en juego que jamás vas a poder entender.
El sanador asintió nuevamente, en silencio. Era obvio que todavía tenía muchas dudas, pero se las iba a callar. Scorpius no llegaba a entenderlo. ¿Lo estaba ayudando para satisfacer su curiosidad? ¿O estaba dispuesto a sacrificar esa curiosidad por ayudarlo? ¿Entonces para qué lo ayudaba? ¡¿Qué clase de persona tenía frente a él?!
—Será mejor que descanses, si estás mucho tiempo así podría abrirse la herida de tu pecho—dijo el sanador luego del silencio.
Scorpius asintió y se acomodó en la cama, dispuesto a sufrir otra larga espera.
—Ah —los ojos del sanador se iluminaron entonces—. Casi lo olvido. Te traje esto: es una poción para dormir sin sueños. Así ya no tendrás que estar fingiendo.
Y ahí estaba de nuevo el sube y baja para Scorpius, quien ya no entendía nada. Tomó el vial que le ofrecía el sanador: era del tamaño de una falange y podía ocultarse fácilmente. Se lo acomodó en la mano y lo puso bajo la almohada para luego arrebujarse en la cama. Pasara lo que pasara, sabía que todavía no estaba totalmente sano y que había que aprovechar el tiempo muerto para recuperarse.
—Voy a regresar pronto con noticias, te lo prometo.
Antes de irse, Albus bajó una mano temblorosa hasta su hombro y acarició con mucho cuidado su brazo. Por primera vez Scorpius apreció la timidez que se encerraba bajo un gesto que podría parecer tan atrevido.
—Te voy a sacar de aquí —prometió, vehemente.
En un movimiento tan brusco que hasta a él mismo lo sorprendió, Scorpius se dio vuelta, tomó la mano que lo acariciaba y jaló al sanador hacia él. Por varios segundos, ambos se observaron y sus respiraciones se agitaron. Incluso antes de hacerlo, sólo con ver a los ojos a Albus Potter, Scorpius supo que al besarlo iba a cometer el peor error de su vida. Que los dulces labios que lo recibieron ansiosos le iban a causar muchos problemas.
