El siguiente día, por la tarde, en lugar de ir directamente a cenar a casa como el resto de sus aburridos días, Albus se despidió apresuradamente de Teddy argumentando tener que hacer algo y se metió en la chimenea para el personal del hospital. Salió por el Caldero Chorreante, como todo ciudadano normal para una tarde de compras y luego fue a Florean Fortescue, pidió un helado de limón y le sonrió a la encargada. Conversó con ella unos minutos sobre el calor que hacía, la típica conversación de "qué raro es, tomando en cuenta que es otoño", aunque para estas alturas hacía varios años que las estaciones prácticamente no existían y el calor o frío que hacía no tenían patrón o sentido alguno.

—¿Has oído de ese chico que encontraron? ¿El desconocido? —le preguntó entonces la encargada, en tono discreto.

—Oh, sí —respondió Albus, con una sonrisa bastante falsa—. ¿Qué raro, no?

—¡Vaya que sí! Tú no sabrás algo nuevo, ¿no?

Albus, cansado de que la gente creyera que la familia Potter, de alguna forma extraña, lo sabía todo, sólo sacudió la cabeza negativamente, procurando mantener el gesto de inocencia que era tan usual en él. Esta vez, sin embargo, estaba plenamente consciente de que sabía más que nadie. Y eso lo hacía sentir una corriente de energía que le recorría todo el cuerpo.

Terminó la conversación de un modo encantador y formal, como había aprendido a hacer para la prensa que solía entrevistar a su familia ante cualquier ligera eventualidad en el mundo mágico. Luego, tomó su helado y salió de ahí. Paseó entre las tiendas, observando los aparadores y sonriendo a modo de saludo para las pocas personas que todavía paseaban a esas horas por el callejón. Conforme fue avanzando por las tiendas, la tarde se hizo más fresca y pronto comenzó a soplar un ligero vientecillo que le dio la escusa perfecta para cubrirse con su capucha. Cruzó la acera cerca de Gringotts y en cuanto vio a la única persona que lo tenía en su rango visual entrar a la tienda de Quidditch, dio tres zancadas, con toda la seguridad que pudo reunir, y entró al callejón Knockturn. O a lo que quedaba de él.

Nunca había estado ahí. De hecho, las veces que había pasado remotamente cerca no se le había ocurrido que todavía pudiera haber algún tipo de actividad ahí. Obviamente, había una razón por la que nunca había tenido éxito en la academia de aurores: sus habilidades de observación estaban por los suelos. Ahora que había logrado que uno de los contactos de Scorpius le respondiera su lechuza, se había sorprendido al obtener una cita nada más y nada menos que en el callejón Knockturn. O en las ruinas de él, mejor dicho, ya que después de la gran explosión del 99 no había sido reconstruido.

—Uhm —susurró Albus, avanzando por entre las piedras y nidos de ratas que lo observaban al pasar—. ¿Hola?

Una de las ratas corrió hacia él y en el camino se transformó en un mago que apenas tomó su forma le apuntó a Albus con una varita. Él, extrañamente instintivo en ese momento, se encontró apuntándole también al extraño, con una seguridad que no sentía. Su corazón latía a mil por hora.

—Cuidado, niño, se puede romper tu juguetito.

Albus enrojeció, pero tuvo la esperanza de que no se notara con la capucha cayéndole sobre el rostro.

—¿Tú eres el que busco? —preguntó bruscamente.

—Depende de lo que estés buscando.

Albus miró alrededor, luego al sujeto frente a él y bajó la varita unos diez centímetros, sin dejar de apuntarle.

—Estoy buscando un escape para un amigo que tú debes conocer mejor que yo.

El mago frente a él se rió, una risa que sacudió su enorme barriga. Albus tuvo ganas de morderse los labios, pero se conformó con apretar la varita con todas sus fuerzas. Tal vez no era nadie especialmente temible, pero tenía un año de entrenamiento defensivo con los aurores y en su experiencia como sanador había aprendido qué cosas resultaban especialmente dolorosas. Por primera vez desde que había aprendido a volar solo, sintió un dejo de confianza en sí mismo. Podía ayudar a Scorpius.

Teddy entró a la habitación junto con una sanadora en prácticas cuyo turno estaba a punto de terminar y que se veía especialmente cansada.

—Es la última habitación y podrás irte a descansar —le dijo, para tratar de animarla.

La joven le sonrió sin mucha convicción y comenzó a cambiarle las sábanas al paciente mientras Teddy revisaba lo que ya se había hecho costumbre: todavía no había despertado. El consuelo de Teddy era que por lo menos sí estaba sanando: su pecho estaba recuperando la textura normal de la piel. También estaba ganando un poco de peso y ya no se veía tan demacrado y amarillo como cuando había llegado ahí; además, según las últimas revisiones que le habían hecho, sus huesos y sus músculos estaban mucho más fuertes.

Sólo que no despertaba.

Como para darle una respuesta a Teddy, en ese momento la mujer que lo estaba ayudando alzó la cabeza de Scorpius de la almohada para quitarla y cambiarla por una limpia. El movimiento hizo que un vial rodara por la cama y se estrellara contra el piso.

—¿Qué fue eso? ¿Qué rompí? —preguntó la chica, asustada.

Teddy se inclinó y levantó el vial. Por instinto, antes de que la mujer pudiera verlo se lo guardó en la túnica.

—Nada, se me cayó a mí.

La mujer, cansada como estaba, pareció tragarse la mentira. Teddy observó a su paciente con el ceño fruncido por unos segundos, mientras apretaba el vial dentro de su bolsillo. La mujer siguió acomodando la cama y, una vez terminado su trabajo, se despidió y se fue.

Entonces él sacó el vial que había caído para observarlo detenidamente. Lo abrió y, aunque ya no quedaban más de dos gotas del líquido, pudo notar un olor familiar que lo asombró.

Mirando a su paciente, con los ojos entrecerrados, se dio cuenta de que muchas cosas podrían tener sentido. Como por ejemplo, por qué no despertaba a pesar de que su cuerpo estaba definitivamente mejor.

Lógicamente, para estar seguro y tener pruebas de lo que sospechaba, primero tenía que ir al laboratorio de pociones y analizar el poco líquido que quedaba en el vial. Pero mientras tanto, sus instintos y la evidencia apuntaban a que había algo muy, muy mal en todo eso.

—¿Qué rayos está pasando aquí? —se preguntó en voz alta— ¿Quién te está durmiendo?

A la mañana siguiente, Albus entró con el carrito de pociones a la habitación de Scorpius. El sanador de guardia estaba cabeceando en el sillón.

—Oh, Joe, ve a tomar un café o algo, yo me encargo.

—Mhm, ¿sheguro? —murmuró el otro, tras un largo bostezo.

—Claro.

Apenas se fue el hombre, Albus sintió como si su estómago entero quisiera darle batalla. Desde que Scorpius y él se habían besado, las cosas se habían puesto un poco vergonzosas, sobre todo de su parte. Como sanador, sabía que lo que había hecho era una irresponsabilidad, una práctica tan poco profesional que debería estarse castigando como los elfos domésticos hacían en los cuentos (no ahora, ahora los elfos eran libres y casi no se les veía por ahí). Había sido precipitado y estúpido y probablemente había sido su culpa por acercarse tanto a su paciente. Por sentir tanta curiosidad por cada pequeña parte que conformaba a un tal Scorpius Malfoy.

Hablando del cual, puso la mano en su hombro y lo sacudió un poco, sin resultados. Asumiendo que estaba bajo los efectos de la poción para dormir que le había dado, Albus lo acomodó bocarriba, tomó una de las pociones que había traído con él, le abrió los labios y la dejó caer.

Scorpius alzó el torso como resorte, tosiendo y buscando aire. Albus le tapó la boca, mirando con terror hacia la puerta, donde los guardias se habían puesto de pie. Antes de que pudiera hacer algo, habían abierto la puerta.

—¿Qué pasa?

Albus miró de reojo la cama, donde Scorpius se había tirado en un segundo y estaba quieto, con los párpados apretados.

—Un resfriado —improvisó entonces Albus y fingió la tos—. Es el clima, que ha estado tan loco. Tal vez me tome la tarde en cuanto termine aquí —agregó y les sonrió con nerviosismo—. ¿Qué tal ustedes?

Los guardias lo miraron, con un recelo que, dirigido hacia un Potter, se sentía antinatural, pero sólo murmuraron disculpas por la interrupción y un "esperamos que mejore" antes de cerrar la puerta. Albus puso un encantamiento de seguridad con las manos temblorosas e insonorizó la habitación.

—¿Tratabas de matarme? —murmuró Scorpius, conteniendo sus gritos a pesar del hechizo.

Esta vez no se alzó de la cama, sólo movió los labios, temeroso de que los guardias decidieran abrir la puerta por sorpresa una vez más.

—Trataba de despertarte —aclaró Albus, ligeramente avergonzado—. Lo siento si te asusté.

—Oh, créeme, me asustan más ellos —susurró, señalando con la cabeza hacia la puerta, sin levantarse de la cama todavía—. Son enormes y seguro saben cómo hacer uso de la varita en formas retorcidas.

Albus se mordió el labio inferior, sintiéndose levemente culpable. Miró a Scorpius con ojos de cordero degollado y, sin poder aguantarse más la información que lo estaba consumiendo, se sentó en la cama y miró a Scorpius con ojos grandes.

—Esta noche —susurró, desconfiando también hasta de su hechizo insonorizador.

—¿Esta noche qué?

—Él, el… tipo que contacté, dijo… que el lugar adonde vas está abierto esta noche. Supongo que tú entenderás eso mejor que yo. El punto es que… es esta noche.

Los ojos de Scorpius jamás se habían visto tan enormes ni tan claramente delineados, tan vivos… Albus se sintió orgulloso de traer esos ojos a la vida. Y entonces, se dio cuenta de algo. Scorpius estaba eufórico por irse. Y una vez que se fuera… lo dejaría a él también. Su sonrisa se esfumó.

Scorpius primero saltó en su lugar, y luego se quedó quieto. ¿Ya había pasado una semana? Ni siquiera se había dado cuenta. En su estado de letargo y entre el ir y venir del sueño había perdido la noción del tiempo. Pero aparentemente, ya había pasado una semana desde la batalla que lo había llevado al mundo de los Apartados. Una semana entera y él no tenía idea de lo que había pasado con los otros. Con Gamp… con el idiota de Parkinson. Más les valía seguir vivos. Y a Nott más le valía estar muerto, porque nada valía una estancia en el mundo de los apartados. Nada.

Viendo el lado amable, todo ese tiempo había estado en esa habitación totalmente higienizada, así que seguramente no había contraído alguna enfermedad rara. Tampoco había tenido que sufrir la discriminación o los ataques que seguramente le esperarían si esa gente se enterara de que era uno de los habitantes del Paraíso. Uno de los sangrepuras a los que habían tratado tan mal hasta lograr su deseo: que desaparecieran para siempre.

Como fuera, hasta ahora había tenido mucha suerte, pero sabía por experiencia que la suerte no duraba para siempre. Y estaba ansioso por irse. Miró con agradecimiento a su cómplice en todo aquel desbarajuste, pero entonces notó el gesto apagado del sanador.

—¿Pasa algo? —preguntó Scorpius, preocupado por lo sombrío que estaba de repente el rostro de Albus. Tal vez acababa de darse cuenta de una falla en el plan.

—No, no —le respondió el sanador, sin siquiera intentar fingir una sonrisa—. Nada… ¿Tienes hambre? Escondí algunas cosas en el carrito…

Scorpius le echó un vistazo a las "cosas" y se sorprendió gratamente al ver que Albus le había traído sólo comidas frescas: ensalada, fruta, quesos y un jugo. Se sintió obligado a darle una sonrisa a modo de agradecimiento que resultó algo torpe pues Scorpius no estaba seguro de cómo debía reaccionar a eso. Nunca había tenido la necesidad de sentirse verdaderamente agradecido por algo y creía firmemente que debía darle a cambio algo que deseara, pero no sabía exactamente qué podía ser eso. Tenía una vaga idea: ¿sexo? Después de todo, Albus había sido muy claro en sus toqueteos y había aceptado con alegría los besos de Scorpius, así que parecía estar de acuerdo con ese tipo de pago por su ayuda.

Mientras picoteaba con el tenedor la fruta en su plato, miraba atentamente a Albus, quien a su vez evitaba verlo a los ojos. Scorpius decidió comer, pero sólo porque de verdad moría de hambre y la comida fresca sabía a gloria. Masticó cuidadosamente, en silencio. Le pareció raro que Albus rompiera la especie de rutina a la que se había acostumbrado: sentarse lado a lado, con los muslos tocándose entre las sábanas, intercambiar alimentos y reírse bajito. Besarse inesperadamente. Era estúpido extrañarlo cuando realmente ni siquiera había pasado tantas veces. Pero en toda su vida, en el Paraíso no había tenido algo así. Y el resto de su vida, cuando volviera, tampoco tendría a un Albus Potter jugando con la comida a su lado, así que estaba en su derecho a echar de menos un gesto que solo podría tener en ese momento.

—Bien, suficiente —dijo, poniendo la charola a un lado—. ¿Qué te pasa? ¿Hay algo malo con el plan? ¿Necesitas posponerlo? ¿Dijo algo el Ministerio? Estoy aquí encerrado y no sé qué rayos pasa —espetó Scorpius, llevándose las manos al cabello.

—No es eso —susurró Albus.

Scorpius lo analizó a profundidad, sin despegar los ojos ni un segundo del rostro abochornado del sanador. Y entonces se dio cuenta. Estaba a punto de irse, de tener lo que quería y todo gracias a la ayuda de este hombre, Albus, quien no había obtenido nada a cambio. Sabía que en su lugar sentiría mucha frustración.

Así pues, tenía dos razones de peso para hacer lo que haría: Necesitaba asegurarse de que el sanador diera su mejor esfuerzo para que todo saliera bien y, al mismo tiempo, sentía la necesidad de agradecer dándole lo que obviamente había estado buscando todo ese tiempo.

Extendió su brazo y jaló al sanador por el cuello de la túnica blanca.

Albus sintió claramente cómo el calor se extendía por su rostro. Su cuerpo no parecía tener ningún tipo de resistencia ante aquello porque sin pensarlo se vio acercándose a Scorpius y acomodándose a horcajadas sobre él.

—¿Scorpius? —preguntó, con inseguridad.

—Shh —respondió éste.

Su cuerpo estaba temblando ligeramente, así que se sintió muy bien cuando Scorpius estabilizó sus caderas con las manos y lo miró a los ojos. Albus contuvo el aliento cuando el otro acercó su rostro y sin apartar la mirada le dejó un beso justo en la comisura de los labios. Luego, otro más hacia la mejilla y otro, tras inclinar el rostro, del otro lado. Sintió sus labios abrirse y temblar de incertidumbre y finalmente ser recompensados con un beso firme, seguro, de Scorpius.

Albus se quedó quieto y con los ojos cerrados en cuanto el beso terminó. Sabía que su rostro estaba delatando todo lo que sentía. ¿Eso… eso era todo? Abrió los ojos y bajó la vista para quitársele de encima al pobre chico, pero entonces el agarre en sus caderas se hizo más fuerte y Scorpius lo sostuvo por la barbilla.

No pudo evitar quedársele viendo al que supuestamente era su paciente. Debía admitir que desde el principio los rasgos del chico le habían parecido interesantes y el misterio a su alrededor lo había vuelto atractivo, muy atractivo, ante sus ojos. Pero en este momento… Después de los cuidados, la medicina y la buena alimentación, en este momento Scorpius Malfoy estaba impresionante.

—¿Vas a mirarme todo el rato o vas a aprovechar el tiempo que tengamos? —le preguntó Scorpius de pronto, con una sonrisita en la boca.

Albus quiso responder con palabras pero solo podía sentirse muy inadecuado; antes de que pudiera decir otra cosa, Scorpius acomodó su barbilla y volvió a besarlo. Delineó los labios de Albus una y otra vez, pero ya no fue sólo un toque suave sino una búsqueda por más. Le mordió el labio inferior y lo jaló para luego pasarle la lengua por encima. Sintiendo un cosquilleo, Albus abrió la boca naturalmente y Scorpius metió su lengua lentamente, tocando la punta de la de Albus y provocándole un estremecimiento.

Se dio cuenta de que sus manos estaban aferrando la túnica de paciente de San Mungo sólo porque notó que las manos de Scorpius estaban ocupadas de otra forma. La izquierda lo sostenía suavemente, mientras su pulgar le acariciaba el rostro; la derecha vagaba por su cintura, su espalda y su cadera, trazando caminos que a Albus le parecían perfectos.

Suspiró cuando Scorpius dejó de besarlo; se quedó literalmente con la boca abierta y sin pensarlo ni abrir los ojos buscó más contacto con aquellos labios. Lo obtuvo. Scorpius se adueñó de su boca con maestría, pero con cuidado. Y Albus simplemente cedió, cedió tanto que sólo pudo reaccionar cuando sintió la mano de Scorpius colándose bajo su túnica y acariciándole la entrepierna por arriba del delgado pantalón de su uniforme. Tembló de nuevo y exhaló el aliento que había contenido. Intentó relajarse, seriamente, porque un hombre impresionante le estaba tocando todas las partes sensibles y seguramente iba a… Sus nervios le ganaron y se separó de Scorpius, procurando que no se notara demasiado brusco.

—¿Qué pasa? —preguntó Scorpius.

Albus se quedó sin aliento nuevamente. El chico frente a él tenía los labios enrojecidos y los ojos entrecerrados pero bastante vivaces. Tragó prácticamente en seco, tomando esta vez la iniciativa, y lo besó en la mejilla y luego en el cuello. Se quitó de encima para poder alzar las sábanas que cubrían a Scorpius y luego también alzó la bata, única prenda que cubría apenas una parte de las largas piernas.

¿Qué pasaba? Que entre las miles de actividades en las que Albus se consideraba malo, la cama definitivamente era una de ellas. Los encuentros que había tenido habían sido torpes y sus parejas nunca obtenían todo lo que esperaban de él. Tal vez no pedían demasiado, pero era algo que aparentemente él no podía dar. Esta vez no quería arruinarlo, no, porque era seguro que sería la única oportunidad que tendría con Scorpius, así que decidió optar por el camino seguro: lo que hacía cada vez que su pareja en turno se rendía con él.

Respiró profundo y bajó por la cama, evitando con cuidado el pecho en recuperación, para besar las piernas de Scorpius, que de inmediato se flexionaron y se abrieron para él. En esto sí tenía práctica. Era triste, pero probablemente tenía más práctica con esto que con los besuqueos.

Le dio lamidas al pene de Scorpius, agradeciendo sinceramente que ya tuviera una erección pues de no haberla encontrado se hubiera cohibido mucho. Luego lo besó por cada rincón, dejándole saliva y usó su mano para masturbarlo al tiempo que empezaba a metérselo en la boca, desde la punta.

Scorpius lo tomó por el cabello cuando se metió todo lo que pudo en la boca, pero cuando comenzó a tomar ritmo, hacia arriba y hacia abajo, el chico lo soltó. En lugar de empujarlo, Scorpius le acarició la oreja y luego la nuca y la parte de atrás del cuello. Albus gimió con el pene en la boca y se dio cuenta de que nunca se había excitado haciendo eso como en este momento.

Lo excitó el olor a limpio del hospital corrompido por el olor natural de la piel, el sudor y el semen de Scorpius. Sus piernas firmes moviéndose en suaves espasmos, sus dedos cerrándose. Le excitó la respiración acelerada que escuchaba, interrumpida sólo por jadeos sorpresivos cuando movía su lengua con especial énfasis. Le excitó el peso del pene en su boca y el saber que lo que estaba haciendo estaba mal y que todo el puto mundo mágico podía irse a la mierda.

Scorpius llegó en su boca y Albus se lo tragó por el placer de poder hacerlo. Y se lamió los labios después, con una sonrisa de satisfacción. Se sentía con el poder de conquistar a todo el puto mundo en ese momento y más aún cuando en respuesta a su sonrisa le fue regalada otra, brillante y agitada.

—Vaya —dijo Scorpius por fin, cuando respiró con más normalidad—. Gracias…

—Por nada —respondió Albus, sin dejar de sonreír—. Creo que debo irme rápido o sospecharán. Pero prepárate para esta noche —agregó.

Bajó de la cama, con energía, y se acomodó la ropa mientras Scorpius hacía lo mismo con su bata y las sábanas. Albus lanzó un hechizo para limpiarlo y fue hacia el carrito de pociones. Sacó otro pequeño vial de poción para dormir, una dosis suficiente para tenerlo inconsciente hasta la noche, y lo lanzó por el aire. Scorpius lo atrapó sin problemas.

—¿Seguro que tienes todo planeado? —preguntó Scorpius de pronto, alzando una ceja.

—Claro —respondió Albus, que nunca en su vida se había sentido tan seguro y lleno de energía como en ese momento.

—Bueno, pues no te olvides de traerme algo de ropa —sugirió.

—Como si me pudiera olvidar de eso —bromeó Albus y se despidió con un beso rápido antes de salir alegremente, arrastrando el carrito de pociones.

A decir verdad, no había pensado en llevarle ropa a Scorpius, pero eso no tenía por qué confesarlo, simplemente lo arreglaría. Después de todo no era como si el plan de escape tuviera grandes fallas aparte de esa…