Cuando Albus llegó comenzaba a oscurecer, pero las luces mágicas que rondaban su casa todavía no se encendían por completo, así que fue en semi penumbras que encontró a su madre charlando entre carcajadas con Lily, su hermana menor. La pelirroja, delgada, bajita y con la vivacidad de siempre, se lanzó a sus brazos en cuanto lo vio cruzar el umbral.

—¡Gordito! —lo saludó, con ese tono infantil que ponía cuando estaban a solas.

—Lily, que ya no me llames así —se quejó él, empujándola ligeramente pero con una sonrisa.

Usualmente sólo veía a su hermana los fines de semana, y eso un rato, porque siempre estaba ocupada con su tienda o con su pareja o con sus amigas.

—No te pongas pesado —le respondió ella—, deberías aprender a James, él nunca se queja.

—Ya, a él le dices "grandote", ¿cómo se va a quejar de eso? —rebatió, poniendo los ojos en blanco.

Ginny los miró con una sonrisa, de esas que le resaltaban las arrugas alrededor de la boca. Seguramente se había quedado recordando cuando eran niños, algún momento indefinido que ahora ellos no recordaban, en el que habían comenzado a usar esos apodos para llamar al otro. James era el grandote, porque había dado el estirón muy pronto y no cabía en los lugares donde sus hermanos se metían para jugar; Albus era el gordito porque de niño siempre había tenido una barriga ligeramente prominente y unas mejillas redondas y sonrojadas que a todas sus tías les daba por pellizcar; Lily era la enana, porque además de ser la menor también era la más bajita de la familia (bueno, ahora apenas alcanzaba la altura de Ginny) y de niña, cuando no podía hacer accios a todas horas como ahora, siempre había que acercarle las cosas.

—Al, ¿cenas con nosotras? Tu padre no viene, pero Lily trajo esas cosas muggles que te encantan.

—¿Hamburguesas? —preguntó ilusionado.

—Ajá —respondió Lily con un asentimiento.

—Te amo, enana.

La cena fue tranquila y hasta cierto punto divertida. Lily siempre se esforzaba por ser buena compañía, de eso no había duda. Albus realmente disfrutó ese tiempo al lado de las mujeres de su vida hasta un punto que le pareció surrealista. ¿Cómo podía tener él una cena tan normal con lo que le esperaba esa noche? Sólo pensarlo le removió las entrañas y la cena entera.

Alegando cansancio, le dio un beso en la frente a Lily, uno en la mejilla a su madre y subió las escaleras. Luego de preparar apresuradamente una bolsa con las cosas esenciales para esa noche, estuvo sentado en su cama, mirando su reloj de pulsera de reojo de vez en cuando, repasando mentalmente su plan hasta pasada la media noche, incapaz de moverse, víctima de la ansiedad. Cuando por fin llegó una hora decente (decente para lo que tenía planeado, o sea indecente para el resto del mundo mágico), tomó la bolsa y respiró profundo. Fue justo en el momento de tomar su varita y desaparecerse que le pasó por la cabeza que debía haberle dejado una nota a su madre, cuando menos, por si algo salía mal.

Pero ya era tarde, sólo quedaba esperar que eso no pasara.

Se apareció en una calle aledaña a San Mungo, la más cercana sin barreras anti-aparición, y caminó hacia el hospital.

Ahí estaban sentados y cabeceando dos reporteros medio dormidos, uno jugando a las cartas en solitario y otra con un libro en el regazo que parecía haber estado en la misma página por horas. Ambos alzaron la vista, lo reconocieron y volvieron a lo suyo. Esas eran las ventajas de ser el último de quien sospecharían. Además, jugaba de su parte que Scorpius hubiera estado "dormido" todo el tiempo, pues los reporteros se habían ido cansando. El interés seguía vivo, por supuesto, pero una espera sin las más mínimas noticias era una prueba para la paciencia de cualquiera.

Albus fue hasta la puerta y declaró ante el maniquí que guardaba la entrada:

—Albus Severus Potter, sanador.

El maniquí era controlado por un hechizo de seguridad que sólo permitía que pasaran los pacientes y visitantes tras registrarlos o, en su caso, los trabajadores, a quienes no registraba y dejaba pasar sin restricciones, pues el hechizo no dependía del turno que trabajaban los sanadores. Se sustentaba en la confianza de que, una vez terminado tu turno, no ibas a regresar por más; y, en condiciones normales, ningún sanador lo haría.

Una vez adentro se dio vuelta para no quedar cara a cara con la recepcionista ni con los de la sala de espera. El elevador del personal estaba vacío, pero no iba a arriesgarse a que alguien lo viera por ahí en ese momento y le quitara el tiempo, así que subió por las escaleras, con un propósito bien firme en mente. Pasó de largo por la planta de daños provocados por hechizos, llegó hasta el último piso y abrió la puerta que daba a la azotea. Una vez ahí, también desbloqueó el cobertizo en el que se guardaban un par de escobas de emergencia y sacó la que menos maltratada le pareció para ponerla cerca de la orilla del edificio.

Una vez hecho esto respiró profundamente, repasó el plan por última vez y, con piernas temblorosas, bajó las escaleras hasta el cuarto piso donde una placa rezaba: "Daños provocados por hechizos". A esas horas no había mucha actividad, pues los daños por hechizos solían ocurrir… bueno, cuando los magos estaban despiertos, no a esas horas que, en cambio, eran las más ajetreadas en daños por pociones.

A pesar de la quietud, apostados en la entrada de la habitación de Scorpius, estaban los dos aurores que el Ministerio había mandado ahí. Uno estaba dormitando en una silla, con los brazos cruzados y la cabeza gacha, el otro estaba dando vueltas y vueltas por el mismo lugar, mirando el piso y el techo en busca de algo interesante que lo pudiera entretener.

Albus miró su reloj de pulsera mientras se colocaba la bata. No podía perder más tiempo. Estas horas de la madrugada eran el único momento del día en el que coincidía el cambio de guardia de los aurores con la salida del turno de ocho horas de los sanadores en prácticas nocturnas. La oportunidad estaba en bandeja de plata y si la perdía estaba seguro de que no habría otra. Reunió el coraje necesario para aparentar seguridad y despreocupación y se dirigió al auror que daba vueltas.

—¿Qué tal? —saludó, con una sonrisa temblorosa.

—Eh, buenas noches —saludó el auror, girando el cuello con un 'crack'.

—¿Cansado, eh, Davis?

—Mucho —respondió sinceramente el muchacho— ¿Qué tal el resfriado tuyo? Tosías mucho por la tarde.

—Mejor, mejor que nunca —se apresuró a mentir Albus—. Ya sabes, pociones, jarabes… son tan rápidos estos días.

—Me alegra.

Albus asintió. Este auror había tomado clases dos cursos por delante de él y, aunque entonces Albus no le había dirigido la palabra, en los últimos días había trabajado para ganarse su confianza ofreciéndole comida durante el almuerzo y una fingida preocupación por su bienestar.

—Deberías irte a descansar ya, te ves fatal —sugirió Albus, intentando ser sutil. El auror miró el reloj del pasillo y frunció el ceño, pero Albus siguió, sin darle tiempo a replicar—. Oh, vamos, sólo faltan, ¿qué? ¿cinco minutos? No será el fin del mundo, prometo no decirle a nadie y después de todo yo estaré por aquí hasta que lleguen los aurores del siguiente turno.

Se dio cuenta de que estaba hablando más rápido de lo normal, pero cuanto más tiempo dudaba el auror, menos tiempo le quedaba a él.

—De acuerdo… —murmuró el auror— Después de todo mañana me toca otro turno y tengo que descansar.

—Claro… —sonrió Albus— Y llévate a tu compañero, pobre. Descansen.

Mientras el auror despertaba a su compañero, Albus entró a la habitación de Scorpius para encontrarse, como había esperado, con un sanador en prácticas muy dormido en el sillón de dos plazas. Albus tenía confianza en que la típica desorientación causada por la modorra estuviera de su lado para esto.

—Jenkins —llamó—, ve a casa, se acabó el turno.

El muchacho, delgado y más joven que él, saltó en su lugar, lo miró con ojos grandes y luego alrededor, como buscando algo que lo sujetara al mundo.

—Sí, sí, claro.

—Ve con cuidado.

Apenas se cerró la puerta, tras revelar que los aurores ya no estaban en su sitio, Scorpius saltó de la cama y Albus sacó de su pantalón el bolso encogido donde había metido la ropa.

—Engorgio —dijo, con el corazón latiéndole a mil por hora, sin detenerse ni para saludar.

Con los nervios que tenía su mente no estaba para otras cosas, pero sí reaccionó cuando Scorpius se quitó apresuradamente la bata, la metió en la bolsa y susurró:

—Sabía que vendrías.

Eso le dio mucha más confianza en sí mismo.

Albus, o por lo menos su parte irracional, hubiera querido echarle un vistazo al cuerpo desnudo, pero su parte racional lo obligó a ir a la puerta para asegurarse de que aún no llegaba la siguiente guardia de aurores. Era la hora en que casi todos los sanadores se concentraban en el vestíbulo antes de irse a casa, pero al mismo tiempo llegaba el siguiente turno, lo que le dejaba a Albus y a Scorpius aproximadamente… treinta segundos para llegar a la escalera. Bueno, no treinta, en realidad, en medio del pánico, no tenía ni idea de cuánto tiempo le quedaba, pero sabía que era poco.

—Listo —murmuró Scorpius, a sus espaldas.

Albus tuvo dos segundos para verlo, sorprenderse, y sentirse inmoral. Scorpius era totalmente otra persona, vestido con unos pantalones vaqueros y una camiseta roja que Albus no usaba. Definitivamente ese no era su tipo de ropa ni su tipo de colores, pero aun así se veía guapo. ¿Cómo podía ser alguien tan sensual vestido con su ropa usada? Albus sintió un jalón, pero reaccionó a tiempo para no dejarse llevar por sus hormonas nuevamente.

—Vamos, corre.

Lo tomó por la muñeca, alcanzó la mochila, y prácticamente lo arrastró para cruzar la puerta y correr a toda velocidad por el pasillo que llevaba a las escaleras. Los pasos de ambos parecían retumbar en el silencio de la noche del hospital, como con ganas de delatar su huida y detenerlos. Albus estaba sudando tanto que un par de veces su mano se resbaló de la de Scorpius, pero el rubio la volvió a tomar, con un jadeo asustado. Pasaron las puertas, una a una, y cuando la escalera estaba tan cerca que con un salto podrían alcanzarla, Albus frenó y Scorpius se estrelló contra su espalda y no se movió, escondiéndose tras él.

Frente a ellos estaba la dependienta nocturna de la tienda de regalos, que iba bajando tranquilamente por la escalera y quien, en cuanto los vio, se quedó paralizada en su sitio, con los ojos enormes.

—¿Sa-sanador Potter? —dijo la mujer.

Albus ni siquiera se detuvo a pensar lo que hacía. Su mano se adelantó a su cerebro y cuando escuchó sus palabras él fue el primero sorprendido:

Petrificus.

Albus fue más consciente del jadeo de Scorpius a sus espaldas, de los dedos que se enterraban en su suéter, que el de la mujer que caía al piso desde el último escalón. Tragó en seco. Nunca había paralizado a alguien en serio, su práctica consistía de las bromas en los primeros años de Hogwarts. Pero en ese momento se dio cuenta de que lo hecho, hecho estaba y no tenía tiempo que perder.

—Corre —ordenó, jalando a Scorpius nuevamente hacia las escaleras.

Saltaron el cuerpo petrificado de la pobre dependienta y subieron los escalones, Albus de dos en dos, estirando las piernas, y Scorpius brincando de uno en uno con torpeza, atorándose cada tanto. Pasaron sin más sustos por el último piso, el de la tienda de regalos, y siguieron hasta la azotea. Cuando Albus lo guió por la puerta, Scorpius dobló las rodillas y miró hacia el piso, jadeando sin control e intentando recuperar la respiración.

Albus estaba un poco mejor, por la adrenalina que lo hacía seguir adelante; y porque nunca había vivido en el subsuelo, así que la altura no lo afectaba; y porque no había estado una semana en el hospital recuperándose de una maldición.

—¿Puedes seguir? —preguntó, preocupado.

—Por supuesto que sí —gruñó Scorpius, con el ceño fruncido.

Entonces alzó los ojos grises para registrar sus alrededores.

Por un momento, a Scorpius se le fue el aliento y se le olvidó por completo dónde estaba y qué tenía que hacer. Sintió que la boca se le abría pero no tenía control sobre ella ni sobre sus ojos, que iban de un lugar a otro intentando asimilar lo que estaba viendo, lo que estaba sintiendo, lo que olía.

Este era el mundo de los apartados. Esta era la superficie. La que tanto había temido en su infancia y adolescencia, la que había despreciado desde siempre.

Y era hermosa.

Esto no era lo que recordaba, ni lo que se había imaginado. Y los hechizos que había en el Paraíso para representar la luz del día y la penumbra de la noche no se acercaban ni remotamente al sentimiento de estar ahí, de pie, sintiendo el viento frío soplar contra su nuca, el olor de la ciudad invadiendo su nariz.

Desde pequeño había estudiado las constelaciones, se las sabía todas de memoria y podía señalar los nombres en un plano, pero esto era otra cosa. De niño, lo poco que había vivido en este mundo antes de que el Paraíso estuviera listo, no lo recordaba bien. Y de lo que recordaba, el cielo nocturno no era una de las cosas en las que había puesto atención en su tierna infancia: ¿quién miraría el cielo teniendo a su disposición otros entretenimientos? Por eso nunca se había dado cuenta de esto… del valor de las estrellas. Las verdaderas. Las que habían inspirado los nombres en su familia desde hacía siglos.

Se le cayeron las lágrimas de los ojos sin que pudiera evitarlo.

—¿Scorpius? —lo llamó Albus— ¿Estás bien? Necesitamos movernos, rápido.

Scorpius prácticamente se arañó el rostro para quitarse las lágrimas, respiró profundo y sacudió la cabeza para enderezarse el pensamiento.

—Sí, sí. Claro. Lo siento. ¿Qué hacemos aquí?

Albus lo miró con una mezcla de preocupación y ternura que Scorpius respondió rodando los ojos. Albus le sonrió. Qué manera de tirar al aire reacciones sólo para confundir a Scorpius, en serio.

—La única forma de salir de San Mungo sin registrarte como visitante abajo es… bueno… salir por arriba —explicó antes de mirar su reloj de pulsera—. Creo que todavía tenemos unos minutos de seguridad, pero hay que correr.

Scorpius intentó entenderlo, de verdad, pero sólo pudo mirarlo confundido.

—No entiendo nada —confesó—. ¿Y qué rayos es eso? —preguntó, señalando con un gesto el reloj de Albus.

—¿Qué es…? Ah.

Albus lo miró como si le hubiera crecido otra cabeza.

—Es un reloj, todo el mundo los usa desde hace siglos.

—Yo no —respondió Scorpius—. Y dudo que un instrumento aparentemente mecánico y de tan poco tamaño pueda transmitir la sensación temporal de la forma correcta dado que el tiempo es una cualidad intangible. Hay encantamientos para saber la hora precisa, ¿sabes?

Albus lo miró y parpadeó.

—No, no sabía, ¿no es más fácil...? —Sacudió la cabeza— No importa eso ahora. Ahora, tienes que volar dos calles hacia el sur para estar fuera de las barreras antiaparición —un viento prolongado apuntaló sus palabras; de pronto, se dio vuelta hacia él—. Sabes aparecerte, ¿cierto?

Scorpius soltó una risa agria.

—Por supuesto que sí —dijo, arrugando la boca—. Lo que no sé es volar.

Casi le causaba gracia la reacción de espanto de Albus. Casi, excepto por el hecho de que su voz interior le estaba gritando: "Sabía que este idiota iba a cagarla en alguna parte del plan".

—¿No sabes volar? —exclamó atónito— ¿En qué mundo has vivido? —espetó, con la boca abierta.

Scorpius lo miró muy mal.

—En un mundo donde no volamos —gruñó a modo de respuesta.

Albus se quedó sin palabras.

—E-entonces tendré que ir contigo, pero entonces no podré regresar y… oh, dios, esto cambia todo —comenzó a balbucear el sanador, dando vueltas en su sitio—. A menos que puedas aprender a volar en diez segundos.

—Muy gracioso —siseó Scorpius antes de acercarse al borde del edificio para apreciar de qué altura se trataba.

Enseguida perdió el color y se alejó de la barda tres o cuatro zancadas. No recordaba haber visto un lugar más alto en su vida.

Albus puso la mano en su hombro.

—Tranquilo, yo iré contigo.

Lo que ocurrió en los siguientes segundos fue muy confuso para Albus.

Sintió que Scorpius se tensaba y se giraba hacia la puerta antes que él, así que lo siguió por instinto. La imagen que lo recibió lo tomó por sorpresa, así como también el hechizo del auror que lanzó a Scorpius muy cerca del borde del edificio.

Albus tampoco supo exactamente qué hechizo salió de su varita pero sí supo que pudo controlar al auror por un rato hasta que un segundo auror terminó de subir las escaleras y lo desarmó, enviando su varita rodando por el piso hacia atrás.

Mientras los aurores decidían si dispararle o no directamente al hijo de Harry Potter, Albus se debatía entre mirar hacia atrás para revisar que Scorpius estuviera bien o mantener la vista fija en las varitas de los aurores.

—¡No te muevas! —gritó uno de ellos, mirando atrás de Albus.

Entonces la voz de Scorpius sonó fuerte y segura justo atrás de él.

—¡Everte Statum!

El hechizo atrapó a uno de los aurores y lo estrelló contra la pared del cobertizo, dejándolo inconsciente en el acto, pero el otro logró esquivarlo y no tardó en devolverle la jugada a Scorpius.

Depulso —gruñó el auror.

Albus no lo pensó dos veces, se dio vuelta y empujó a Scorpius fuera de la trayectoria del encantamiento y, aunque él también intentó quitarse, se llevó una buena sacudida que lo empujó al piso, al lado de su cómplice.

—Mierda.

Albus respiraba apresuradamente, sobrepasado por las sensaciones desconocidas que recorrían su cuerpo a toda velocidad. Nunca su corazón había latido tan acelerado. Nunca sus sentidos se habían sentido tan vivos.

Scorpius, quien había caído al lado, sostenía la varita de Albus y le apuntaba al único auror que quedaba consciente. Era uno a uno, pero el otro también le apuntaba a Scorpius, directamente a la cabeza.

—Baja la varita —ordenó el auror.

—No —gruñó Albus.

Scorpius no dijo nada, sólo sostuvo la varita con fuerza.

Entonces ocurrió algo que en el momento nadie comprendió por completo. Se escucharon pasos apresurados y detrás del auror apareció la figura cansada y sorprendentemente desaliñada del medimago Lupin.

—Teddy —susurró Al, tan bajo que fue prácticamente inaudible.

—Al —llamó Teddy, con voz profunda y preocupada.

El auror desvió la mirada hacia Teddy apenas una fracción de segundo, pero fue suficiente para que Scorpius percibiera la oportunidad y lo dejara inconsciente de un golpe de varita.

Ambos contuvieron el aliento y acto seguido comenzaron a jadear, casi aliviados. Casi. Excepto porque Teddy Lupin los miraba, a uno y a otro alternativamente, con la varita desenfundada y apretada a un costado.

Scorpius giró su mano y le apuntó.