Scorpius tenía la varita apuntada hacia Teddy.

Albus prácticamente se abalanzó sobre él para evitar que disparara y logró bajarle el brazo de un golpe justo antes de que Scorpius escupiera un encantamiento.

—¿Qué carajo te pasa? —gritó Scorpius, al tiempo que intentaba quitarse a Albus de encima.

—No puedes hacerle daño a él —respondió Albus, también a gritos.

Scorpius se detuvo entonces y miró a Albus y luego a Teddy, quien les apuntaba a discreción pero con una mirada confundida, más que decidida. Luego enrojeció.

—Oh —dijo, y su rostro delató que había sacado conclusiones extrañas.

Albus también enrojeció, pero finalmente soltó a Scorpius y se puso de pie con torpeza. El rubio lo siguió y ambos miraron al mayor.

—Puedo explicarlo… —comenzó Albus.

Teddy, cuyo cabello se había tornado de un gris enfermizo, se limitó a sacudir la cabeza y levantar la mano desarmada para detener el discurso.

—¿Cuántas veces te he dicho que las explicaciones se las debes a tu madre y no a mí? —preguntó el medimago, entristecido.

Albus miró hacia el piso, mientras Scorpius alternaba la mirada entre la escoba y los sanadores, con nerviosismo.

—Teddy, lo siento…

—Te aseguro que yo lo siento más —dijo el medimago, con una sonrisa afectada— y el Mundo Mágico lo sentirá mucho peor. No puedo creer que estés traicionando toda la confianza que había en ti, Al.

Eso fue como un puñetazo al estómago que le quitó el aire y lo hizo sentir como si las lágrimas se le fueran a venir a los ojos. No pudo responder, así que un silencio pesado cayó sobre ellos hasta que, para su sorpresa, fue Scorpius quien lo rompió.

—¿Nos dejarás ir? —preguntó, agitado y visiblemente quebrantado por la batalla reciente.

Teddy frunció los labios y no respondió. En lugar de eso, se giró hacia Albus.

—Siempre me dijiste que confiabas en mi opinión.

Albus asintió con la cabeza gacha.

—Si en este momento te dijera que entregaras a este hombre, ¿lo harías?

Albus alzó la vista, con los ojos verdes bien abiertos y asustados.

—Teddy, por favor, no…

Teddy miró al desconocido, que todavía portaba la varita y luego al hombre que consideraba su hermano. Finalmente, calculando los resultados de su acción a consciencia, lanzó un encantamiento no verbal hacia Albus. Scorpius reaccionó dos segundos tarde, pero lo hizo, no con un ataque hacia Teddy, como él esperaba, sino con una barrera protectora para Albus. Éste, a su vez, despidió un brillo violeta.

Scorpius abrió la boca y le apuntó a Teddy.

—¡Imbécil! —profirió contra él con un chillido indignado.

El sanador asintió, con el ceño fruncido y la varita baja.

—Rubio, hazme un favor: no me dejes consciente —dijo, dirigiéndose a Scorpius—. Y más vale que corran. Calculo tres minutos antes de que lleguen los refuerzos.

Scorpius no lo pensó dos veces y lanzó un desmaius hacia el sanador. Enseguida corrió hacia los aurores, tomó las varitas de ambos y se las metió en el bolsillo del pantalón. Albus miró la escena con los ojos todavía antinaturalmente grandes y la boca abierta.

—Eso no tiene sentido.

Scorpius lo jaló por la manga y lo llevó así hasta la escoba que estaba preparada para su huida.

—Claro que no lo tiene, yo calculo diez segundos antes de que alguien más entre por esa puta puerta —clamó Scorpius, sin importarle perder la elegancia con las palabrotas en un momento así.

Albus montó la escoba y señaló con la barbilla la parte trasera, para que Scorpius subiera. Su ex paciente logró hacerlo, tras un atorón de sus piernas con el mango y luego con los pantalones del sanador, pero lo hizo.

—No me refería a eso —dijo Albus, antes de dar una patada en el piso. Scorpius no le respondió, sólo chilló de nuevo y se aferró a su cintura con los puños—. Decía que lo que hizo Teddy no tiene sentido.

Scorpius estaba temblando cuando por fin despegaron del edificio y Albus podía sentir que su cabeza estaba girada, como esperando que los aurores llegaran y despegaran tras ellos. Luego de unos segundos lo sintió aferrarse a él con más fuerza todavía.

—No mires para abajo —le gritó, para oírse por encima del viento que golpeaba sus oídos. —Escuchó a Scorpius murmurar algo a modo de respuesta, pero no logró entenderlo—. ¿Qué dices?

—Que sí tiene sentido —gritó esta vez, con voz algo temblorosa—. Estaba comprobando que tú seguías siendo tú y que yo soy un idiota.

Albus se rió un poco.

—Tu explicación tiene menos sentido aún. Y no eres un idiota.

Scorpius tardó el tiempo que recorrían varios metros en responder.

—Seguro que fue a Slytherin.

—Ravenclaw en realidad —respondió Albus.

Era rara la gente, hoy en día, que iba a Slytherin. Había muy pocos sangres puras, cada vez más mezclados, y con el tiempo la marca oscura del pasado de Slytherin se había hecho una leyenda. Muy pocos niños de once años tenían ganas de ir a una casa con una historia que les contaban como cuento de terror para asustarlos, y menos querían ir a una con tan pocos habitantes (en algunas generaciones, ninguno).

—Por supuesto —siseó Scorpius en un respiro, como regañándose por su error—. Lógica pura y sin sentido de preservación.

Albus pasó de largo por la calle en la que había pensado aterrizar originalmente y decidió volar un poco más allá de las barreras, hacia algún sitio donde fuera menos obvio que los buscaran los aurores.

—Y tú sí pareces Slytherin. Me dijeron que toda tu familia fue ahí —dijo, por continuar la conversación.

Scorpius se tensó y retiró ligeramente una de sus manos de la cintura de Albus.

—Eso nunca lo sabremos, ¿no?

Albus no encontró la forma de responder a eso sin complicar más la situación. De todas formas, la plática sólo había surgido como una forma de acompañar el nerviosismo de ambos y el silencio cumplió la misma función.

Aterrizaron en un callejón sombrío, apenas iluminado por una bombilla muggle que se prendía y se apagaba a intervalos irregulares, titilante. Se quedaron viendo uno al otro, en silencio todavía.

—Tienes que aparecerte aquí —le dijo Albus por fin, entregándole un pedacito de pergamino con las coordenadas adecuadas.

Scorpius asintió.

—Bien.

Ninguno de los dos se movió.

—No puedo acompañarte porque debo ver el desastre que causé aquí —habló Albus nuevamente, con una risita nerviosa.

—¿Tendrás muchos problemas? —preguntó Scorpius.

La bombilla se había apagado y Albus no pudo discernir su rostro.

—Los solucionaré —respondió, intentando escucharse tranquilo y animado, cuando en realidad moría de nervios.

—Bien —respondió Scorpius, pero no se movió de todos modos.

Albus pasó la punta de su zapato por el piso mientras un gato maullaba en algún lugar cercano. La bombilla se volvió a encender y eso lo despertó de su ensueño.

—Olvidé decirte. No sé cuánto durará tu viaje hacia… donde vas, pero en esta bolsa puse provisiones —explicó, entregándole la mochila que había llevado—. Hay algo más de ropa, pociones para terminar tu tratamiento, agua… Y deberías ponerte esto —concluyó, al tiempo que se quitaba la chaqueta y se la ponía a Scorpius sobre los hombros.

—Gracias —susurró éste, acomodándosela.

Esta vez Albus pudo ver su rostro. Su nariz estaba enrojecida y tenía los ojos acuosos.

—¿Estás bien?

Para ser sincero, Albus no esperaba la respuesta que recibió: Scorpius avanzó hacia él, lo tomó por la nuca y lo besó. Total y completamente, mientras ambos se aferraban al otro. Sintió sus dientes chocar, la lengua de Scorpius colándose en su boca, que intentaba desesperadamente retenerla. Terminó rápido, como una sacudida de tierra que al final sólo te deja un mareo como recuerdo.

—¿Volveré a verte? —preguntó Albus al separarse.

—No lo sé —respondió Scorpius con sinceridad.

Albus sintió un nudo en la garganta y se aferró al cuerpo frío de Scorpius.

—Dime dónde encontrarte.

Él bajó la vista y sus pestañas cubrieron los ojos grises, reflejando la triste luz.

—No puedo arriesgarme a que te interroguen, Albus.

Esas palabras lo bajaron a la tierra y soltó a Scorpius de un movimiento.

—Que seas feliz, Scorpius Malfoy —le susurró Albus—. Y lleva tu varita preparada, ese hombre no me da confianza.

—Que tengas suerte, Albus Potter —respondió Scorpius para corresponderle—. Y espero que te crean que ha sido multijugos.

—Esa podría ser una buena excusa —murmuró, casi tímidamente.

Scorpius ya no respondió a eso. Desapareció frente a él.

Albus sintió el peso del vacío como nunca antes.

Scorpius cuidó de aparecerse casi en el lugar que Albus le había señalado, pero no exactamente. Fue difícil pues nunca había intentado la aparición en coordenadas de la superficie y las dimensiones lo marearon. Además, tenía que admitir que le costó trabajo extra concentrarse porque su nariz picaba y tenía los ojos llorosos. Racionalmente, le achacaba el malestar a la contaminación de la superficie, pero algo en su cabeza le decía que las lágrimas que había soltado tenían una razón más emocional que lógica. Lo cual era una mierda.

En cuanto se apareció, desenfundó la varita y se encontró frente a un hombre gordo de apariencia grasienta que no le causó el menor alivio. No sabía su nombre con certeza, pero, efectivamente, se trataba de uno de los compradores asiduos de los "bienes" que exportaba el Paraíso.

—¿Dónde está el portal? —preguntó Scorpius, sin más.

Entre más rápido mejor. Estaba consciente de que no quedaban muchas horas.

—Ah —respondió el hombre y se dio vuelta—. Ahí estás, pensé que ya no llegarías.

—Ya estoy aquí, ¿dónde está el portal?

—Oh, ya iremos, ya iremos. Está cerca. ¿Dónde está el muchachito que te ayudó en esto…?

Scorpius supo que esto iba a salir mal en ese instante.

—No está aquí —respondió—. Y su paradero no es de tu incumbencia.

El hombre simplemente se rió.

—¿Entonces ya está huyendo? Una lástima. Conmigo le hubiera ido mejor que con los aurores. Hubiera sido interesante tener a un Potter como trofeo, ¿no crees?

Scorpius frunció el ceño al ver que la intención de ese hombre había sido atrapar a Albus. Las alarmas comenzaron a sonar en su cabeza, pero de momento no podía hacer otra cosa que apuntarle con la varita.

—¿Los aurores? —fue todo lo que pudo decir en voz alta.

—Seguro que lo pondrán en Azkaban por ésta —rió el hombre, moviendo la barriga.

—¿A-azkaban?

Scorpius sintió como si se quedara sin piso y se le fue el poco color que tenía en su rostro.

Azkaban. El lugar donde habían asesinado a su abuelo a sangre fría. Donde habían mantenido a su padre por un tiempo. Donde tantos otros familiares habían muerto o habían perdido la razón. El peor lugar del planeta. Había escuchado todo sobre él.

—No pueden enviarlo ahí.

—Te lo aseguro, por quitarles a un pez gordo como tú, así sea el hijo de la reina, mañana temprano tendrá su primer desayuno en Azkaban, sobre todo con el santurrón que tiene por padre, que con tal de hacerse el bueno…

En su cabeza los pensamientos luchaban: no le pasará nada. No importa si le pasa algo. No me importa. Ya no me sirve, por mí pueden matarlo.

—No lo harían —repitió Scorpius, intentando ocultar su nerviosismo y el ligero temblor de sus manos—. No por mí, yo no valgo nada para ellos… —intentó poner aquello de forma racional, para convencerse a sí mismo más que al otro hombre.

—Oh, créeme Scorpius Malfoy, vales mucho. Si no me crees pregúntale a la gente que me pagó por entregarte —dijo el hombre, con una sonrisa.

Tras un expeliarmus la mano de Scorpius quedó vacía y él sólo pudo soltar un jadeo. El hombre lo tomó por el brazo con tanta fuerza que Scorpius se quedó paralizado por unos segundos. Luego reaccionó.

—Nott te compró.

El hombre se rió y comenzó a arrastrarlo por la oscuridad. Scorpius se dio cuenta de que estaba en una especie de jardín público. O un bosque. O un lugar con muchos más árboles de los que recordara haber visto juntos. Decidió dejarse llevar, aunque aquel hombre pareciera tener garras que se le clavaban en el brazo y seguramente dejarían marcas.

—Eso suena mal. Nott no compra personas —dijo el hombre mientras caminaban; parecía divertido.

—Pero tú no eres persona —rebatió Scorpius al instante.

Se llevó un puñetazo en la boca que lo hizo escupir sangre y perder la fuerza en las piernas. Al hombre no le importó y lo siguió arrastrando hasta que estuvieron frente a una luz radiante.

—¿Querías tu portal? Bueno, aquí lo tienes. Nott te va a tener para romperte el culo y yo, yo voy a tener el tamaño de tu bocaza en libras. Y todos felices comiendo perdices.

En cuanto vio el portal, abierto de par en par (por así decirlo), Scorpius sintió una calidez que creía haber perdido. Hogar.

Entonces decidió que era suficiente; metió la mano izquierda por debajo de la chaqueta que Albus le había puesto encima y sacó la varita del segundo auror. Sin más, desarmó al hombre, lo sometió y lo miró fijamente.

—Mándale un mensaje a ese bastardo de mi parte.

El hombre lo miró, confundido como si todavía no entendiera que la situación había cambiado en segundos.

—¿Q-qué…?

Scorpius le soltó un puñetazo en la boca, por el puro placer de la revancha, y luego, con una patada, mandó al tipo por el portal hacia el Paraíso. Se sacudió las manos con fuerza, aunque luego se arrepintió y escondió su puño adolorido en la palma de la otra mano. Eso del contacto físico no se le daba, al parecer.

—A mí no me van a dar tu bocaza en libras, pero me conformo con que Nott te parta el culo a ti, animal —escupió furioso, como un último desquite de ira antes de desaparecerse de ahí.

No dudaba que Nott fuera capaz de mandar gente a la superficie si sospechaba que Scorpius rondaba por el portal.

Mandar gente a la superficie. Eso sería muy cruel, nadie aceptaría esa orden ni viniendo de Nott, ¿no?

Mandar gente a la superficie.

Le dieron escalofríos.

Él estaba en la superficie. Y estaba por hacer algo completamente estúpido.

Albus se quedó varios minutos en el mugriento callejón, considerando sus opciones. Por un momento pensó en montar la escoba y regresar volando al hospital, ver cómo estaba Teddy y si podía aclarar o arreglar un poco las cosas… pero los aurores y la investigación que seguramente ya se estaba llevando a cabo no sonaban nada agradables.

Luego de un rato de mirar fijamente la escoba, por fin pudo parpadear y lanzarle un "incendio" para deshacerse de ella. En cuanto se convirtió en cenizas, se pateó mentalmente por no conservar por lo menos un recuerdo, algo que le asegurara que la presencia de Scorpius había sido real, que había estado con él, aferrándose a su espalda en esa escoba, y no como un producto de su imaginación. Pero lo hecho, hecho estaba.

Por otro lado, podría ir a casa. Sonaba patético pero se sentía tan vacío que la idea de ir a llorar en la falda de su madre no sonaba del todo mal. De hecho, su madre y un poco de chocolate caliente lucían como el plan perfecto para el resto de la noche. Y de la semana. Y de su vida.

Pero en cuanto se apareció en las cercanías de su casa, en lo más oscuro de la noche, supo que algo andaba mal. Corrió hacia la acera contraria y se escondió tras un árbol. Apenas le dio tiempo de hacer eso cuando se escucharon los "plops" de la aparición de gente con cámara. Enseguida se le fue el color.

Después de esos reporteros vinieron otros y luego algunos aurores que intentaron sacarlos de la propiedad de los Potter sin éxito. Albus se esperaba que la situación se pusiera fea, pero, ¿tan rápido? ¿Cómo había pasado eso en cuestión de minutos?

Pronto, el barullo se puso tremendo, hubo varias luces y los vecinos comenzaron a asomarse. Albus se apareció entonces en la parte trasera de su casa, tras un arbusto que su madre llevaba diez años queriendo cortar. Entonces se confirmaron sus sospechas con la escena que vio: frente a la luz que salía de la cocina, su padre abrazaba a su madre justo en el umbral de la puerta trasera de la casa; ella temblaba entre sollozos, murmurando cosas que no podía discernir por la distancia. Su padre se veía cansado, más bien agotado. Y, algo que Albus no había visto nunca, también se veía asustado.

Cuando estaba a punto de dar el paso delator y salir de los arbustos para anunciar su presencia (o, con más precisión, para lanzarse a los brazos de sus padres, decirles que estaba bien y pedirles amor), un auror se apareció en el patio.

—Terminaron de revisar los alrededores del hospital, jefe, no hay señales de su hijo —informó—. ¿Hubo algo en la habitación?

Harry, sin dejar de apretar a su esposa en brazos, respondió:

—No… No, no hay señales de lucha. Prácticamente todo está en orden, la cama preparada para dormir, no… no parecía querer salir.

El auror, un hombre robusto de cabello canoso, lo miró con tristeza.

—No se preocupe, jefe, estoy seguro de que todo esto no se trata más que de una confusión y quienes se lo llevaron lo regresarán a salvo pronto.

Harry tragó y miró al piso, luego a Ginny, quien tenía la cabeza gacha, y luego al auror.

—S-sí… —murmuró.

Albus conocía a su padre. Y su padre lo conocía a él. Y estaba seguro de que para ese momento Harry Potter ya había llegado a la conclusión de que no había nada de confusión en ese asunto, que Albus era el responsable de todo.

—¿Ya está despierto Teddy… el medimago Lupin? —preguntó.

El auror asintió.

—Está a salvo en su casa, justo ahora.

Albus no lo pensó dos veces y se desapareció con rumbo a la casa de Teddy. Las últimas palabras del auror las oyó como un eco lejano: "los aurores lo están terminando de interrogar".

Había una campana en la mesita de centro de la sala de su casa que anunciaba la aparición de un visitante (alguien a quien las barreras conocían). Cuando sonó, Teddy cuidó de tropezarse contra la pata de la mesa inmediatamente. Había estado esperando eso toda la madrugada.

—Perdón —se apresuró a decir—, son los nervios. No saber nada de Albus y eso…

—No hay problema, medimago —respondió el auror que lo interrogaba, una mujer joven pero de mirada cansada—. Entonces, estábamos en el hechizo que le lanzó al que aparentemente era Albus Potter… ¿cuál fue el efecto?

—Bueno, el brillo fue violeta, así que la persona no estaba bajo los efectos de alguna maldición en ese momento.

La auror asintió.

—Pero sobre poción multijugos…

—No tenía manera científica de comprobar que ese en efecto fuera Albus —confirmó Teddy.

—Pero confirma que alguien había estado ayudando previamente al paciente, poniendo a su alcance poción para dormir.

Teddy frunció el ceño.

—Como le dije, esta misma noche estudié en el laboratorio del hospital el contenido del vial que encontré en la habitación. Confirmé que contenía poción para dormir pero no tengo manera de saber cómo llegó ahí o si el paciente estaba bajo sus efectos. No hubo tiempo para verificarlo.

—Comprendo —respondió la mujer, aunque su tono no llevaba comprensión en absoluto.

—No creo que pueda hacer más por ustedes. Y de verdad me siento muy cansado…

—No se preocupe —respondió ella—. Volveré en la mañana cuando esté más tranquilo.

—Gracias…

En cuanto la mujer desapareció por la chimenea, Teddy volteó hacia la pared tras la cual Albus estaba oculto escuchándolo todo.

—No me digas nada que no querrías que los aurores encontraran en mi mente —dijo Teddy, a modo de saludo.

Albus se asomó.

—Lo tomaré en cuenta. No pareces sorprendido de verme.

Teddy asintió.

—La verdad es que esperaba que volvieras, aunque no estaba seguro de que lo harías o cuándo. Por un momento supuse que te irías con ese joven, aunque no encontré razones suficientes para ello.

—Todo tiene una explicación… —comenzó Albus.

—Me interrogarán más a fondo en la mañana, Albus. No hay que ponernos en peligro a ambos innecesariamente. No necesito los detalles.

Albus bajó la vista.

—No sé qué hacer ahora. No esperaba que la situación se pusiera así de grave…

Teddy asintió.

—Estas cosas pasan cuando hay un Potter involucrado.

Albus resopló.

—¿Puedo quedarme aquí esta noche?

Teddy lo miró con un gesto triste.

—Me temo que no, Al. Éste es el primer lugar donde te estarán buscando constantemente.

—Entiendo —dijo Albus, intentando ocultar el pánico que surgió en su interior.

De pronto, se sentía perdido. Sin un lugar al que poder llamar hogar. Tragó. No podía pensar en eso.

—Ey… ¿puedo preguntarte qué rayos hiciste en la azotea? No entendí nada de lo que pasó.

Teddy sonrió.

—Te lo tienes merecido, porque yo tampoco entiendo nada de lo que haces —respondió. Luego se acomodó en un sillón y suspiró profundo, con los ojos cerrados—Te lancé un hechizo para comprobar que no llevabas ninguna maldición encima. La teoría más simple era que no eras tú, no podías ser tú el que hacías eso, así que debía ser una maldición o multijugos. Pero supe que no era esa poción por cómo te comportaste. Te conozco de toda la vida, Al, aunque eso no sea prueba científica —agregó en voz baja—. Y hay algo que he sabido toda la vida: que eres bueno. Y que lo que ibas a hacer, fuera lo que fuera, iba a tener tu marca de bondad.

Albus sintió cierta calidez en el pecho.

—Gracias —susurró— por confiar en mí.

Teddy se limitó a sacudir la cabeza.

—Eh… él dijo que lo que habías comprobado con el hechizo es que él era estúpido —se rió Albus.

Esta vez la sonrisa de Teddy se agrandó.

—No, no fue eso lo que comprobé. Pero también fue útil para saber más sobre él.

Albus lo observó de reojo y por alguna razón sintió escalofríos.

—¿Qué supiste?

—Oh, Albus, no creo que seas tan tonto como para no poder sacar tus propias conclusiones.

La chimenea chisporroteó en ese momento y los rostros de ambos se ensombrecieron.

—Me voy —dijo Albus.

Teddy se levantó, lo tomó por los hombros y lo abrazó con fuerza.

—Cuídate mucho, Al. Y hagas lo que hagas, nunca dejes de ser tú.

Albus se desapareció con esas palabras dándole vueltas en la cabeza.

Se apareció en el callejón donde había dejado a Scorpius hacía unas horas. Ya estaba amaneciendo y los restos de la escoba quemada estaban todavía en el piso. Los miró con melancolía. Un ruido en el fondo del callejón lo hizo girar la vista hacia allá y por eso estaba distraído cuando se escuchó un sonido de aparición del otro lado.

Expelliarmus.

—Mierda —gruñó Albus.

Frente a él estaba un auror, claro. Rodó los ojos. Qué idiota había sido. Tanto para nada.

—¿A-Albus S-severus? —medio tartamudeó el auror y luego tragó visiblemente.

El pobre chico probablemente era de la edad de James, pero se veía mucho más delgado y con semblante enfermo. De hecho parecía que iba a vomitar en cualquier segundo.

Albus se negó a responderle.

—A-albus S-severus, tengo q-que detenerlo y tomarlo en custodia para el Ministerio por el c-caso de la f-fuga d-del…

Un rayo de luz roja golpeó al pobre auror justo entre las cejas y entonces Albus se giró hacia el fondo del callejón una vez más. No podía creer lo que vio ahí.

—¿Cómo me encontraste? —preguntó, medio en shock, medio alegre.

—El asesino siempre vuelve al lugar del crimen.

—No asesiné a nadie.

—Es un símil, tonto.

Scorpius le sonrió y Albus sintió como si las piernas no lo fueran a sostener. Era estúpido, en serio. Tras un silencio, Scorpius habló, apresurada y torpemente:

—Escucha… Al, Albus… puedo llevarte conmigo a… a donde voy. No te aseguro que estarás protegido. Rayos, de hecho te aseguro que estarás en tanto peligro como aquí. Los dos lo estaremos. Y será un riesgo idiota y sin precedentes del que ambos nos arrepentiremos, pero… si confías en mí lo suficiente, si me dejas mostrarte algo de agradecimiento por lo que has hecho por mí… Ni siquiera sé lo que estoy diciendo, ni por qué. La puerta de… del lugar adonde voy se cerrará dentro de muy poco. Si tú… yo… yo te aseguro que los aurores no podrán llevarte a Azkaban, nunca te encontrarán allá…

Scorpius extendió su mano, nervioso.

Albus miró la mano e inhaló profundamente.